Reincidir en el enfrentamiento con Uruguay es un error

Reincidir en el enfrentamiento con Uruguay por la Pastera UPM (ex Botnia) constituye un gran error para los intereses nacionales argentinos.

En 2006, con su permanente gimnasia de construir poder a través del choque, el entonces presidente Nestor Kirchner, fiel a su preferencia por las audiencias cautivas, convocó a diecinueve gobernadores en el corsódromo de Gualeguaychú y se envolvió en la bandera, convirtiendo a un diferendo localizado en una “causa nacional” generalizada (sic), como si se tratara de las mismísimas Malvinas. Y ya se sabe, cualquiera que pretenda siquiera tocar a una causa nacional se convierte, automáticamente, en un traidor a la Patria. Y a la Argentina, en presa indefensa de algún malvado extranjero.

No habiendo en el mundo una relación de identidades comparable a la de argentinos y uruguayos, la malvinización de este conflicto, con la dimensión que le otorga la exacerbación de una disputa solamente ambiental con quienes siempre hemos considerado como hermanos, configura una verdadera cruzada contra nosotros mismos, un conflicto esencialmente intestino, involucrando a los desprevenidos uruguayos en la inmisericorde confirmación de que, para determinadas formas de entender la política, para un argentino no hay nada peor que otro rioplatense.

Consecuentemente, cortamos los puentes (consumando la primera exportación del piqueterismo como herramienta de política exterior), congelamos la relación, acudimos a la justicia internacional y no obtuvimos nada. Los uruguayos, en cambio, obtuvieron una pastera. La Corte Internacional de Justicia de La Haya no mandó demoler el edificio ni cesar su actividad; apenas recomendó a ambas partes lo que desde el primer momento muchos aconsejamos: conformar un mecanismo binacional de técnicos neutrales que controlen la eventual polución inaceptable de las aguas. Pero hoy tenemos una diplomacia tan mal manejada que, cuatro años después, ni siquiera eso conseguimos todavía implementar con los uruguayos.

Es lo que hace pocas décadas sucedió con Itaipú. Cuando Brasil anunció su construcción, el gobierno argentino de entonces lo vivió como un ataque a la seguridad de la Patria, puso en crisis la relación y apelamos directamente a las Naciones Unidas.

Para cuando estas, tiempo después, tibiamente manifestaron que Argentina debiera, al menos, haber sido consultada, Itaipú ya estaba camino a terminarse. Nos quedamos con la razón pero los brasileños se quedaron con su represa. Como pasa desde siempre en Malvinas y como pasó en 2010 con el fallo sobre esta misma pastera. “Vieron que teníamos razón” fue la frase de nuestra ya entonces Presidenta, como todo resultado práctico que pudimos obtener, mientras, en cambio, el Uruguay podía exhibir el éxito de la mayor inversión extranjera directa de toda su existencia. Hacer política requiere ir siempre delante, no detrás de los acontecimientos.

Se sabe: quien no aprende de la Historia está condenado a repetirla. Proceder como hace nuestro gobierno supone, además, permitir que el árbol nos tape el bosque. Esta pastera Botnia-UPM no es más que la punta del iceberg: Brasil y Paraguay planean aumentar sus respectivas producciones y la propia Uruguay se apresta a instalar no una sino dos más. Enfocarnos en esta sola pastera supone ignorar el horizonte que se nos viene encima, la política de los parches tiene patas demasiado cortas. No en vano fue aquí que se acuñó la expresión de “máquina de impedir” como un sistema que, en nombre de consignas progresistas, consolida permanentemente a las causas estructurales de nuestro retraso.

Ahora parece que vamos a ser campeones morales otra vez. Sin embargo, otro camino era posible, y su ejemplo siempre estuvo allí, a la vista. En finales de los setenta y en los ochenta y noventa enfrentamos una crisis semejante, pero mucho más grave, por el aprovechamiento unilateral de la energía hidroeléctrica. Conseguimos entendernos con Paraguay en Yacyretá, Garabí y Apipé, y con Uruguay en Salto Grande, erigiendo obras y represas binacionales que resultaron un enorme éxito energético y de política exterior acordada, porque en el mundo de hoy el poder es de naturaleza inevitablemente asociativa.

Se lo construye a través de la cooperación, no de las victorias. Frente a un vecino como el Uruguay no existe una política más reaccionaria que la de ver a un gobierno supuestamente moderno implementando relaciones regionales de suma cero, a partir de la derrota del otro. Desde Hobbes ya se sabe: el vamos por todo es un lema de depredadores, no de constructores.

Ese ejemplo pudo seguirse perfectamente en el caso de las pasteras. Generar en el Mercosur una explotación del recurso en común, o al menos coordinadamente, superando al conflicto por arriba, por la cooperación y no la disputa, para solucionar choques intestinos y, de paso, conformar un bloque de oferta de pasta de papel de primera importancia mundial. Pero no se hizo, probablemente porque tal solución adolece de una falla intolerable: sería reconocer que, en el pasado, hubo gobiernos que hicieron alguna cosa bien. Y, como sabemos, para nuestros actuales gobernantes eso resulta ontológicamente imposible.

Pero conviene tenerlo presente, porque algún día Argentina volverá a ser un país respetado, creíble para el mundo y nuestros vecinos, tractor y no vagón de cola en los procesos que transformen al planeta en un lugar mejor y más justo donde vivir, liberado ya de los delirios de las sedicentes progresías que, en nombre de la revolución, nos condenan al atraso.

Estadistas, no meros politicos

El 2 de Abril nos sumerge, necesariamente, en la evocación de quienes dieron su vida en defensa de los intereses nacionales en Malvinas. Es bueno que así sea, ya que el debido recuerdo es la mínima de nuestras obligaciones para con ellos. Pero ¿se agotan nuestros deberes en la recordación piadosa y las arengas de circunstancias? ¿No merece su memoria un compromiso mayor de nuestra parte?

Después de 1982, la recuperación de las Malvinas se tornó aún más difícil, hundiendo a la opinión pública argentina en una suerte de paralizante sopor peligrosamente cercano a la resignación. En ese clima, toda intención de honrar esa memoria aparece anestesiada, como todavía más lejana, más probable de quedarse en las buenas intenciones.

El argentino medio ya ha entendido que la solución no solo será trabajosa sino muy, muy larga, y se encuentra sabiamente preparado para entender que ya nadie puede prometerle la recuperación de las Islas en cuatro años, tampoco en ocho, ni en dieciséis, ni en bastante más. Sensata comprobación que lo lleva a la certeza de que eso no ocurrirá si no hacemos, al menos, dos cosas.

La primera, crecer como Estado en la región y en el mundo. Volver a estar entre los diez PBI per cápita más altos del planeta y reconstruir una red de alianzas que Gran Bretaña no pueda seguir ignorando. Si hoy tuviéramos el PBI y el peso de Brasil en el mundo, este conflicto estaría muy probablemente solucionado.

Y la segunda, generar internamente una política de estado sobre Malvinas que perdure en el tiempo y no se cambie aunque cambien los gobiernos.

Nuestros dirigentes debieran convocar a sus expertos, estudiar las diversas posibilidades y abrir un debate sin exclusiones para poder construir acuerdos básicos que la opinión pública vaya legitimando como una política de Estado. Tal como acaban de hacer los principales partidos políticos mexicanos, nada menos que en medio de la campaña electoral -que es cuando normalmente más se hostilizan- nuestra clase política debiera pronunciar menos arengas patrióticas y acordar que el de Malvinas sea un tema excluido de la lucha partidaria y electoral, para pasar a trabajarse, al mismo tiempo, en la serenidad de los ámbitos académicos y el dinamismo de los debates públicos libres de anteojeras de facción.

La razón más profunda por la que somos un país en grave y ya demasiado larga decadencia radica, precisamente, en nuestra incapacidad para llegar a acuerdos y mantenerlos en el tiempo, como desde hace décadas vienen haciendo, cerca de nosotros, Brasil, Chile o Uruguay. Así nació, por ejemplo, el Mercosur, la política exterior más importante de la Argentina en el siglo XX y no por casualidad hoy moribundo, dado que no somos un país subdesarrollado sino subgobernado.

A nuestros dirigentes no se les pide que ofrenden su vida como hicieron aquellos héroes. Lo que se espera de ellos es mucho menos sacrificado pero que parece costarles un esfuerzo que no están en voluntad de concretar: la postergación de sus debates banderizos en beneficio del interés general.

La solución de Malvinas vendrá dentro de muchos años, cuando volvamos a ser fuertes afuera y unidos adentro. Tendríamos que trabajarlo durante años para que los beneficios recaigan en la siguiente generación, tal vez incluso en otra más. Construir ahora para beneficio de quienes todavía no nacieron fue la conducta de nuestros mayores que generaron la posterior grandeza argentina. Pero para ello se necesita que volvamos a ser gobernados por estadistas.

Tropezamos otra vez con la misma piedra

La discusión acerca de si la pastera uruguaya contamina o no contamina tendrá patas cortas: aunque lleguemos a un acuerdo coyuntural, ¿cuánto tardaríamos en discrepar otra vez? Después de pelearnos más de cuatro años, el Tribunal de la Haya nos recomendó acordar un análisis imparcial por algún laboratorio internacional, y ni en eso nos pusimos de acuerdo. Ahora, cada cancillería dice que la otra miente y deambula con respectivos análisis de parte, no de común acuerdo, que la otra automáticamente desmiente. Y eso que se trata de la siempre tan invocada hermandad rioplatense.

La demanda mundial de pasta de papel crece sin cesar, por lo que la presión al alza de la producción tentará a todos los países sobre la misma cuenca hídrica. Argentina incluida, que cuenta con al menos tres pasteras y numerosas industrias ribereñas muy contaminantes, respecto de las que los uruguayos señalan que no aplicamos los mismos criterios que exigimos en la UPM oriental. Brasil y Paraguay también montaron pasteras y no parece que dejen de hacerlo en el futuro. Y eso no se para con amenazas de acudir otra vez a La Haya.

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¿Un chavismo sin Chávez?

Nadie bien nacido desea la muerte de otro, pero las condiciones objetivas en que se encuentra Hugo Chávez Frías, corroboradas por la información oficial de sus propios funcionarios y el hecho de que el mismo comandante haya señalado a Nicolás Maduro como su eventual sucesor permiten  reflexionar sobre el futuro institucional de Venezuela en el caso de que el actual presidente tuviera que renunciar a su cargo.

La sucesión de los caudillos ha sido siempre un clásico de la historiografía y la ciencia política desde mucho antes de Julio César, y su expresión más redondeada pertenece al vaticinio que Alejandro Magno habría dado en su lecho de muerte: “El más fuerte de mis generales”.

La fórmula no ha variado mucho veintitrés siglos después. El repaso de la sucesión de los hombres providenciales de los últimos, digamos, mil años se continúa rigiendo por esa lógica de hierro.

En la era moderna, las que podrían visualizarse como excepciones, por ejemplo en la Rusia poscomunista o en la China luego de Mao, en realidad encubren la existencia de nomenclaturas o partidos aún más poderosos que sus hombres fuertes. Saludable mecanismo -que en el Occidente desarrollado se replica en el sistema constitucional o las instituciones, como cuando dos Kennedy resultaron asesinados o Winston Churchill, el caudillo largamente más popular en Inglaterra, perdió las primeras elecciones luego de la segunda guerra- que permite procesar la desaparición de un dirigente irreemplazable sin derivar hacia el caos y la anomia.

A su manera, Perón lo anticipó al advertir que solo la organización vence al tiempo, pero lamentablemente toda América latina ha sido siempre muy vulnerable a los terremotos institucionales que suceden a las muertes de dirigentes aparentemente imprescindibles.

En España, el mismísimo caudillo que gobernaba omnímodamente respaldado nada menos que por la Gracia de Dios, pasó a ser sucedido por los acuerdos de la Moncloa, desde entonces modelo universal de concordancia entre diferentes.

La Venezuela bolivariana no aparece como una excepción. Su sistema institucional es tan débil, que siendo Maduro el vicepresidente y, por ello, legal sucesor de Chávez, éste tuvo que hacer un pronunciamiento expreso, designándolo a dedo, un título seguramente más fuerte que el solamente constitucional.

Y cuando la legitimidad desaparece o es demasiado débil, las sociedades retroceden hacia el último bastión de gobernabilidad: la nuda fuerza. Y la fuerza siempre son los hombres de armas, por lo común el Ejército, en cristalino corolario de lo que podríamos llamar la Ley de Alejandro.

Se encuentra en curso un experimento político de enorme interés: la sucesión en Cuba. Mientras viva Fidel, su hermano Raúl podrá gobernar sin  mayores sobresaltos, pero la verdad será recién conocida cuando la sombra del gigante no lo ampare más.

De hecho, Chávez ha venido desde hace años conformando una suerte de burguesía militar que maneja no solo sus resortes específicos sino negocios, empresas y emprendimientos tradicionalmente civiles, hoy a cargo de militares en actividad o retirados [1]. Ese poco conocido entramado debe ser hoy el más poderoso circuito de autoridad después de la figura del actual presidente.

La eventual continuidad de Maduro -o de quien fuere- dependerá, entonces, del respaldo que obtenga de esa especie de boliburguesía, ciertamente más poderosa que todos los partidos políticos juntos.

Al respecto, aunque alguien como Capriles haya obtenido el cuarenta y cinco por ciento de los votos, siempre estuvo claro que encabezaba una alianza meramente electoral, no programática, y que ni él ni ningún líder opositor hoy visible pueden ofrecer a la gente las garantías de un programa de gobierno que no tenga detrás una coalición fragmentada en cuarenta pedazos.

Importa señalarlo, porque la aparición y subsistencia de gobernantes providenciales se potencia por el estruendoso fracaso de las clases políticas tradicionales, fallando en exhibir suficientes acuerdos de largo plazo que le reporten la confianza del electorado. Basta con leer los diarios.

El bolivarianismo dejará un amargo recuerdo en Venezuela y la región, pero debe recordarse que Chávez y los otros hombres y mujeres iluminados de América latina no surgen por casualidad, representan el castigo que la gente aplica a dirigencias políticas erosionadas por la egolatría personal y la incapacidad de llegar a acuerdos profundos, como sucede en las democracias desarrolladas. Mientras eso no se corrija, no solo el venezolano, sino también muchos otros pueblos cercanos perderán oportunidades históricas.  Eso lo conocemos bien los argentinos.

 


[1] Entre nosotros, ese fenómeno ha sido exhaustivamente informado  por Carolina Barros.