El nuevo panorama cubano

Este 26 de julio es diferente. La dictadura de Raúl Castro estrena una nueva relación con Estados Unidos. La Habana ha derrotado totalmente a Washington. Barack Obama ha levantado los brazos y lo ha entregado todo sin pedir nada a cambio.

Como repiten los personeros del castrismo una y otra vez, el pequeño David ha liquidado, finalmente, al gigante Goliat, sin hacer una sola concesión.

Las cárceles siguen llenas de disidentes, continúan aporreando a las Damas de Blanco, no hay el menor espacio para expresarse públicamente contra ese estado de cosas y mucho menos para formar partidos diferentes al comunista. Lo dijo Fidel Castro y lo cumplió: “Primero la isla se hundirá en el mar antes que abandonar el marxismo-leninismo”.

No obstante, ¿ha cambiado algo? Por supuesto. Raúl y toda la dirigencia comunista, incluso Fidel, que es el más terco de todos, saben que el sistema no funciona en el terreno de la creación de riquezas. Es totalmente improductivo.

Con los años, han comprendido que los incentivos materiales son indispensables y que la propiedad privada es clave para lograr el desarrollo, pero no se atreven a sustituir ese desastre por una economía abierta regida por el mercado, porque temen perder el poder. Continuar leyendo

Libertad o prosperidad: el falso dilema

Nos dicen que hay que sacrificar la libertad para alcanzar la prosperidad. Mentira. Ese es un falso dilema, generalmente planteado por los autoritarios. La prosperidad es muy conveniente para nuestro bienestar material, pero la libertad es absolutamente necesaria para nuestro bienestar emocional. No hay que elegir.

La libertad tiene que ver con el dolor de vivir enmascarado. Bruce Jenner -por ejemplo-fue un gran deportista y se convirtió en señora. Ahora es feliz. Al menos más feliz que antes. Se despojó de la máscara. En Irán la hubieran ahorcado del extremo de una grúa para que el crimen sirviera de escarmiento, sin tener en cuenta que su único delito era buscar la coherencia interna.

Otro caso: el funcionario equis, para que no le hicieran daño, aplaudía consignas y personajes en los que no creía. Le parecían ridículos, pero tenía que sobrevivir. Hasta que el día en que controló su vejiga, venció sus miedos, se atrevió a decir que no y se transformó en un disidente. Fue muy duro, porque la dictadura era severa, pero por primera vez en su vida se sintió en paz consigo mismo.

Hay mil ejemplos posibles. La libertad es eso: poder tomar decisiones congruentes con nuestras creencias y valores. Elegir las ideas que nos parecen correctas, seleccionar sin imposiciones externas nuestros amigos, nuestros libros, nuestros afectos, nuestros proyectos de vida, nuestras carreras, nuestras preferencias sexuales; creer en ciertos dioses o en ningún dios. También, claro, poder escoger a nuestros gobernantes y oponernos vehementemente a los que nos resultan nefastos. Continuar leyendo

Democracias liberales contra iliberales

La crisis griega es la expresión de un gravísimo problema planetario. Es verdad que la desataron los socialdemócratas y conservadores con su gasto público desbocado y su corrupción rampante, pero la han agravado los neocomunistas y sus primos neopopulistas, en el poder desde hace pocos meses.

¿Por qué es un asunto que concierne al planeta? Tres ejemplos. Syriza en Grecia, Podemos en España y el chavismo en Venezuela comparten varios elementos que los hermanan: son enemigos de la democracia liberal, partidarios irrestrictos del populismo, y sostienen unas proclamadas simpatías por el comunismo.

Sus dirigentes odian el mercado, la propiedad privada, el comercio internacional sin ataduras y los organismos financieros internacionales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o el Banco Central Europeo. Todas estas instituciones, con sus errores y sus aciertos, constituyen la savia de la economía en las naciones más desarrolladas de la Tierra. Continuar leyendo

Las embajadas y el dinosaurio al pie de la cama

El primer paso fue sacar a Cuba de la lista de naciones que auspician el terrorismo. Era sólo el comienzo. El 20 de julio próximo está previsto que las oficinas de representación recíproca que hay en Washington y en La Habana eleven la jerarquía de sus relaciones diplomáticas.

No obstante, no será tan sencillo como parece. Mauricio Claver-Carone, editor de un blog muy consultado por los legisladores norteamericanos llamado CapitolHillCubans.com, alega que la ley “Libertad Act” (Helms-Burton) que regula las relaciones entre ambos países, establece dos condiciones muy claras para reanudar los vínculos con Cuba: primero, el presidente norteamericano debe determinar que en la Isla existe un gobierno electo democráticamente, y, segundo, que hayan sido satisfechas las reclamaciones pendientes por las confiscaciones de propiedades de norteamericanos llevadas a cabo por el gobierno cubano en los años sesenta del siglo pasado. Ninguna de las dos premisas se confirman en el caso de la dictadura cubana.

Sin embargo, lo más probable es que la Casa Banca se salte a la torera ambos aspectos de la ley vigente, lo que seguramente terminará en los tribunales. El presidente Obama está decidido a que parte de su legado histórico en materia de política internacional sea la restauración de las relaciones con Cuba, interrumpidas en enero de 1960 durante la administración de Ike Eisenhower, y no vacilará en hacer las concesiones que sean necesarias para conseguir su propósito. Si Nixon logró a posteriori la aprobación de la sociedad norteamericana a su acercamiento con China, ¿por qué no pasar la página de la diminuta dictadura cubana sin exigirle nada a cambio? Al fin y al cabo, ni Nixon ni su consejero Kissinger le exigieron a Mao que cediera un ápice en su sangriento estalinismo.

Es muy posible que Obama esté bajo la influencia del politólogo Charles Kupchan, funcionario importante del Consejo Nacional de Seguridad y profesor de Georgetown University. Hace pocos años, Kupchan publicó un libro sobre la política exterior que es casi una parodia de la famosa obra de Dale Carnegie. El de Kupchan se titula How Enemies Become Friends: The Sources of Stable Peace (Cómo los enemigos se convierten en amigos: la fuente de una paz estable).

La tesis, disputada por numerosos estrategas, es alarmantemente sencilla: entréguesele al enemigo todo lo que solicita sin requerirle nada a cambio. Estados Unidos, con sus 320 millones de habitantes, un enorme territorio asomado al Atlántico y al Pacífico, un PIB de 17 billones (trillones en inglés) y un presupuesto militar de 600.000 millones de dólares anuales, no tiene por qué temerle a una empobrecida isla del Caribe, legendariamente torpe en el manejo de su economía y extremadamente cruel en la forma en que maltrata a los demócratas de la oposición.

La apertura de las embajadas, obviamente, es sólo un paso. El próximo será devolver la base de Guantánamo al gobierno cubano. Por lo pronto, la Casa Blanca ya ha ordenado el cierre de la cárcel y le ha pedido a un gran bufete de abogados una opinión sobre la autoridad que tiene el presidente para entregarle al régimen cubano la base militar adquirida en el 1903. Simultáneamente, ha solicitado la opinión de la Marina sobre la utilidad y la relación costo-efecto que tienen esas instalaciones más de 100 años después de haber sido alquiladas a Cuba. Presumiblemente, la Marina sostendrá que a estas alturas de la historia es perfectamente inútil. Si se cerró Roosevelts Roads en la vecina Puerto Rico, la mayor base naval del mundo, no hay duda de que Guantánamo apenas sirve como centro de detención.

Pero el presidente Obama no se detendrá en ese punto. Dijo en Panamá, durante la Cumbre de las Américas, que su país renunciaba al “cambio de régimen” en la Isla. Eso quiere decir que eventualmente desmontará Radio y TV Martí, privatizandolos, y le negará cualquier tipo de ayuda financiera federal a los programas de fortalecimiento de la democracia que todavía se mantienen vigentes. Al fin y al cabo todas esas actividades están encaminadas a provocar un cambio en las forma como los Castro gobiernan la Isla. Su decisión, contraria a más de 60 años de contención del comunismo, es convivir pacíficamente con la dictadura cubana.

¿Cómo culmina todo esto? Este cambio de política por parte de Obama tendrá un primer final –habrá otros—con una visita del presidente norteamericano a Cuba en el 2016, poco antes de abandonar la Casa Blanca, tal vez tras las elecciones de noviembre de ese año, cuando no pueda perjudicar al candidato demócrata. Se dará un baño de multitudes. Y, cuando se despierte de su sueño, como el dinosaurio del cuento de Monterroso, la dictadura cubana seguirá ahí junto a su cama, imperturbable y feroz, muy satisfecha de haberle ganado la partida a su secular enemigo.

¿Quién es el Papa para decirnos lo que debemos consumir?

Su Santidad está intensamente preocupado por el bienestar de los pobres y por la salud del planeta. En poco tiempo ha proclamado dos encíclicas para enfrentarse al tema: Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio) y Laudato Si(Loado sea).

La participación de la Iglesia en este asunto es legítima, al menos desde su perspectiva. El Papa, como buen creyente, suscribe la hipótesis creacionista. Su Dios, supone, creó el mundo –todo lo que existe–, como les reveló la Biblia en el Génesis, y con él a una criatura muy especial, el hombre, que tiene la responsabilidad de administrar la Creación. Por lo tanto, el bienestar de los seres humanos y la salud del planeta le atañen, especialmente a una persona convencida de ser el representante de Dios en la Tierra.

En general, la visión de Francisco es la de alguien que rechaza el mercado y sospecha de las virtudes de la propiedad privada, o lo subordina todo a un inasible bien común, como sostiene la Doctrina Social de la Iglesia, un curioso cuerpo doctrinario, a veces contradictorio, en el que se trenzan los planteamientos económicos, los dogmas religiosos y los juicios morales.

El Papa argentino, afortunadamente, no es el único teólogo católico que tiene esas preocupaciones. El sacerdote Robert A. Sirico, que es, además, economista, y pasó las calenturas socialistas en su juventud, de las que consiguió curarse, hace 25 años fundó en Michigan el Acton Institute of Religion and Liberty para explicar cómo el mercado, la propiedad privada y la libertad son mucho más eficientes para combatir la pobreza y mantener los equilibrios ecológicos que las decisiones de los comisarios o la buena voluntad de los obispos.

Invito a los lectores a que entren en la página web del Acton Institute, contrasten la encíclica Loado sea con la crítica que ahí se le hace, y lleguen a sus propias conclusiones. El papa Francisco es una persona carismática y bien intencionada, pero esos rasgos de su personalidad no le conceden una especial verosimilitud a sus opiniones sobre el desarrollo. Si Sirico, como creo, tiene razón, los criterios del Papa, en general, resultan contraproducentes.

Pero hay otros cristianos que participan en el debate. Los luteranos también se lo toman muy en serio e invocan las mismas razones teológicas que Francisco, pero arriban a conclusiones contrarias.

En abril, pocas semanas antes de la encíclica del Papa sobre el cambio climático, más de un centenar de científicos, teólogos y profesores universitarios vinculados al luteranismo, le dirigieron una carta abierta advirtiéndole que los combustibles nucleares y fósiles –petróleo, carbón–, la propiedad privada, el comercio libre, el Estado de Derecho y los gobiernos limitados habían logrado rescatar de la pobreza a millones de personas que podían volver a ella si se aceptaba como ciencia las opiniones para ellos caprichosas y equivocadas de algunos ecologistas embriagados por el estatismo.

Los lectores interesados en conocer los argumentos de la carta abierta y la impresionante lista de firmantes pueden acceder al documento por medio de Internet: Cornwall Alliance for the Stewardship of Creation.

Una observación final: el Papa y muchos de sus seguidores participan de una gran contradicción en el terreno económico cuando predican al mismo tiempo las virtudes del ascetismo y la frugalidad y la necesidad de rescatar de la pobreza a cientos de millones de personas.

La pobreza material es la consecuencia del no-consumo. Los pobres carecen de todo: desde agua potable hasta de un techo decente, pasando por medicinas, ropa y alimentación adecuadas, transporte y comunicaciones.

Para que abandonen la pobreza hay que convertirlos en consumidores progresivos. Una sociedad productiva sólo puede crecer si genera incesantemente más bienes y servicios para un número mayor de personas, empleando proporcionalmente menos recursos. Si se detiene ese ciclo sobrevienen el desempleo y la miseria.

Carece de sentido condenar a los alemanes por vivir opulentamente y censurarlos porque hay millones de personas que viven mucho más miserablemente que ellos y se sienten con derecho a emularlos. Lo mismo puede decirse de los norteamericanos o de los daneses.

¿Cuánto es suficiente? Depende de cada individuo. El valenciano Rodrigo Borja, que fue papa con el nombre de Alejandro VI, era el cardenal más rico de su tiempo (y el que más hijos tuvo). Benedicto XVI se sentía bien en los mejores aposentos del Vaticano. A Francisco I, en cambio, le basta una habitación mucho más modesta en una especie de hote en el que pernoctal.

Un Papa capaz de reconocer paladinamente que no era nadie para juzgar las preferencias sexuales de sus prójimos puede entender que tampoco es nadie para decidir cuáles autos o cuántos metros de vivienda son moralmente justificables. Eso pertenece al ámbito de la subjetividad individual y de la definición personal de lo que es necesario, confortable o lujoso. ¿Quién es él para decirles a los demás lo que pueden o deben consumir? Aceptar esa limitación humildemente acaso sea una de sus mayores virtudes.

Desde el este, augurios de “decadencia” norteamericana

Estados Unidos ya está en franca decadencia. Por lo menos, esa es la percepción que desea proyectar Russia Today (RT), la voz oficial del Kremlin en Occidente por medio de Internet.

Más allá de la propaganda, ¿es eso verdad? Al fin y al cabo, todas las potencias hegemónicas algún día dejan de serlo. Francia, que tuvo un siglo XVIII espléndido, o España y Turquía, que reinaron en el XVI y el XVII, son hoy una sombra de lo que fueron.

Se supone que dentro de cinco años el ejército de tierra inglés no será más numeroso que la policía de New York. El Reino Unido, que fue el gran poder planetario en el siglo XIX, se encoge progresivamente, década tras década, y ya ni siquiera es imposible que se desuna y pierda Escocia.

¿Cómo se juzga la fortaleza de una sociedad, incluido el Estado segregado por ella? Continuar leyendo