La nueva Guerra Fría

Para Beatrice Rangel, que me puso sobre la pista

 

Tal vez fue una casualidad, pero coincidieron en el tiempo. En abril de 1990, durante el Gobierno de George Bush (padre), pocos meses después del derribo del Muro de Berlín, cuando era evidente que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y el comunismo se hundían, Washington comenzó a planear su próxima batalla en nombre de la seguridad nacional.

Fue entonces cuando se creó el Financial Crimes Enforcement Network (FinCen), una dependencia del Departamento del Tesoro que habitualmente contrasta y complementa sus informaciones y sus actividades con el FBI, la DEA, la CIA, la NSA y otras agencias de inteligencia.

Originalmente, el nuevo enemigo era mucho más difuso, extendido y, al mismo tiempo, limitado: los traficantes de drogas. La estrategia era seguirle la pista al dinero por los vericuetos financieros hasta descubrir y asfixiar a los grandes capos. Al fin y al cabo, una masa de plata de ese volumen no se podía esconder en el colchón. Había que invertirla. Continuar leyendo

Tres consecuencias de la crisis brasileña

Dilma Rousseff afirma que le dieron un golpe de Estado. No es verdad. Le aplicaron la Constitución con saña política, pero dentro de los márgenes de la ley. Los poderes Legislativo y Judicial la desalojaron de la Casa de Gobierno mientras se lleva a cabo un proceso de impeachment. En 1992, con la entusiasta ayuda del Partido de los Trabajadores (PT, el de la señora Rousseff), fue expulsado el presidente Fernando Collor de Melo por el mismo procedimiento. El que a impeachment mata a impeachment muere.

La salida de Dilma tiene (al menos) tres tremendas consecuencias políticas y sociales.

En el plano internacional, se descabeza el loco proyecto del socialismo del siglo XXI. Aunque Brasil no formaba parte del núcleo duro (Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua), el godfather de esa banda era el profesor marxista Marco Aurélio Garcia, fundador y arquitecto del Foro de San Pablo, amigo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, gran consejero de Lula da Silva y de Dilma Rousseff, hombre muy cercano a los servicios cubanos de inteligencia. Ello ocurre en el peor momento para la corriente populista en América Latina, hoy en caída libre. Continuar leyendo

Lo que el mundo se juega en las elecciones norteamericanas

Robert W. Merry, editor en The National Interest y notable escritor de temas históricos, afirma que el enfrentamiento entre Donald Trump y Hillary Clinton es, en realidad, una batalla entre el nacionalismo y el globalismo. Me parece un buen resumen, pero vale la pena ahondar en el tema.

En Estados Unidos siempre han coexistido la tentación de aislarse de los conflictos internacionales, prescrito por el famoso discurso de despedida de George Washington, y la propuesta alterna de Thomas Jefferson de concebir el “Empire of Liberty” como destino natural de un país que debía dedicar sus mejores esfuerzos a la expansión de la democracia y la protección de los desvalidos más allá de sus fronteras.

No debe olvidarse que durante las dos guerras mundiales, de acuerdo con las encuestas de la época, el porcentaje de los norteamericanos decididos a participar en los conflictos era menor que el de los pacifistas, hasta que las acciones bélicas de Alemania, en la Primera, y de Japón, en la Segunda, precipitaron la ruptura de las hostilidades. Continuar leyendo

El último WASP

Es difícil detener a Donald Trump. Se le ha escapado al pelotón de aspirantes republicanos a la Casa Blanca. La convención final será en julio. Aunque el establishment republicano se oponga con muy buenas razones, Trump llegará a los 1.237 delegados que le exige el reglamento, o con una cifra tan cercana que hace casi imposible sustituirlo por otro candidato sin dividir profundamente al viejo partido cofundado por Abraham Lincoln.

Para entender el fenómeno Trump hay que releer el libro de Samuel P. Huntington, Who are we? The Challenges to America’s National Identity (2004). Algo así como “¿Quiénes somos nosotros? Los retos a la identidad nacional de Estados Unidos”. Huntington (1927-2008) fue un sabio profesor de Harvard y uno de los mejores pensadores norteamericanos de las últimas décadas. Tuve el honor de colaborar con él y Larry Harrison en Culture Matters, uno de sus últimos libros.

La tesis central de Who are we? es que Estados Unidos es una expresión de los protestantes reformistas ingleses que colonizaron al país y le imprimieron su sesgo civilizador. Aquellos fundadores no eran inmigrantes que llegaban a incorporarse a un mundo establecido. Fueron los creadores de una sociedad nueva, parcialmente diferente a la que habían dejado en Europa. Continuar leyendo

Cuba, Obama y la ley de las consecuencias imprevistas

No hay excepciones. El presidente de los Estados Unidos también está sujeto a la ley de las consecuencias imprevistas. Esto se hizo patente, por ejemplo, en Libia. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) realizó siete mil bombardeos y provocó la destrucción del ejército de Muammar Gadafi, quien resultó ejecutado por sus enemigos. El país, totalmente caotizado, quedó, finalmente, en poder de unas bandas fanáticas que asesinaron al embajador norteamericano.

El loco criminoso de Gadafi, objetivamente, era menos malo que lo que vino después. Algo parecido sucedió con Sadam Hussein en Irak, con Hosni Mubarak en Egipto, con el Sha de Persia, con Fulgencio Batista en Cuba, episodios en los que, directa o indirectamente, Estados Unidos tiene una gran responsabilidad por su actuación, por abstenerse de actuar o por hacerlo tardíamente.

Le acaba de suceder a Barack Obama en Cuba. El Presidente llegó risueño a La Habana, precedido por la expresión adolescente “¿qué volá?”, algo así como “¿qué tal están?”. Pisó la isla ilusionado y cargado de buenas intenciones, acompañado de exitosos (ex) desterrados cubanos, también deseosos de ayudar a la patria de donde proceden, convencidos todos de la teoría simplista del bombardeo de jamones. Continuar leyendo

¿Fueron los rusos o los norteamericanos?

Era como la primera escena de una película de espías.

Hace poco más de un año, un diario alemán recibió un email sin firma, ofreciéndole once millones y medio de documentos en los que se describían los movimientos de cientos de miles de compañías offshore, totalmente legales, pero opacas, articuladas desde hace 40 años por una de las oficinas de abogados dedicadas a esos menesteres en Panamá.

Era el estallido de los Panamá papers. El periódico se dio cuenta de la tremenda importancia de la información y se puso al habla con el Consorcio Internacional de Periodistas Investigativos para abordar la tarea. Se trataba de 400 profesionales radicados en 80 países.

Habían abierto una nueva Caja de Pandora. En esa enorme masa informativa, seguramente aparecerían las pruebas del lavado de dinero procedente del narcotráfico; de la corrupción de políticos inescrupulosos coludidos con empresarios venales; de la venta ilegal de armas y de otras actividades prohibidas por las leyes locales e internacionales.

También, claro, aflorarían los datos anodinos de quienes intentaban proteger su patrimonio en medio de divorcios muy peleados. O de los que huían de las abusivas dentelladas fiscales a las herencias. Incluso, de empresarios que se cubrían contra las acciones legales de exsocios depredadores.

¿Quién filtró los documentos? Los expertos están de acuerdo en que se trata de la labor de alguna poderosa agencia de inteligencia.

Según Clifford G. Gaddy,  en un análisis publicado por el Instituto Brookings,  postula que el cerebro tras la operación fue Vladimir Putin y su instrumento de investigación los servicios secretos rusos, en los que existen muy competenteshackers.

Para Gaddy, el hecho de que algunos de los asociados al propio Putin aparecieran en los papers no le resta validez a su tesis. No se ha revelado nada que no se supiera, pero muchos de sus enemigos, como el Primer Ministro británico David Cameron han resultado afectados.

Bradley Birkenfeld, en cambio, aporta otra versión: fue la CIA. Este banquero norteamericano es el mayor soplón (whistleblower) financiero de la historia. Fue quien reveló los números de cuenta de muchos norteamericanos que ocultaban sus capitales en Suiza, cobrando por sus servicios más de 100 millones de dólares en comisiones al sistema fiscal norteamericano (IRS), aunque él mismo pasó un par de años tras la reja.

Los casos de Mauricio Macri, de Cameron, del Primer Ministro de Islandia, de José Manuel Soria –Ministro de Industria de España hasta hace unas horas–, unos inocentes y otros culpables, todos pronorteamericanos y cercanos a Washington, serían las víctimas del “fuego amigo”. Estaban en la zona de combate cuando comenzó el tiroteo y resultaron heridos.

A mi juicio, al menos por ahora, me parece más creíble la participación de la CIA o de alguna otra agencia parecida. Desde hace unos cuantos años el gobierno de Estados Unidos –la CIA, el FBI, la NSA, la DEA—deambula febrilmente por los laberintos cibernéticos –Internet, teléfonos—en busca de pistas que le permitan conjurar, en primer lugar, el terrorismo, el narcotráfico y la proliferación de armas nucleares, y, en segundo lugar, la corrupción, el lavado de dinero y el robo de secretos militares o industriales.

Seguramente, en esa ciclópea labor los investigadores se tropezaron mil veces con las empresas offshore –unas entidades opacas creadas en decenas de países, con frecuencia desde los propios Estados Unidos, que obstaculizaban sus labores—y decidieron tirar de la manta, sin importarles que Delaware, Nevada o South Dakota participen en unas actividades semejantes a las que hoy le imputan a Panamá.

El resultado de este escándalo (que acaba de comenzar), a corto plazo va a tener consecuencias devastadoras en el terreno político, y muchas personas –culpables o inocentes– van a sufrir por el hecho de que sus nombres aparezcan en la prensa, porque ya han sido juzgadas y condenadas sin pruebas por la opinión pública, pero cuando se disipe el humo, incluso cuando ya hayan sido rematados los sobrevivientes con un disparo mediático en la nuca, se abrirá paso un mundillo más transparente.

Eso será positivo. Los políticos y los empresarios corruptos se lo pensarán dos veces antes de hacer sus negocios turbios. A los narcos y a los terroristas les resultará más difícil esconder sus huellas. Los abogados, los banqueros y los inversionistas tendrán que jugar sin cartas marcadas.

El mito griego relata que una curiosa mano femenina –la de Pandora– abre el ánfora prohibida que contenía todos los males de este mundo, y éstos escapan apresuradamente antes de que ella consiguiera cerrarla. Sólo permanece dentro un espíritu bueno, Elpis, asociado a la esperanza. Esperemos que esta vez Elpis también haya huido y el irremediable escándalo nos traiga un mundo más seguro y más decente. Sería deseable.