Cuba, Obama y la ley de las consecuencias imprevistas

No hay excepciones. El presidente de los Estados Unidos también está sujeto a la ley de las consecuencias imprevistas. Esto se hizo patente, por ejemplo, en Libia. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) realizó siete mil bombardeos y provocó la destrucción del ejército de Muammar Gadafi, quien resultó ejecutado por sus enemigos. El país, totalmente caotizado, quedó, finalmente, en poder de unas bandas fanáticas que asesinaron al embajador norteamericano.

El loco criminoso de Gadafi, objetivamente, era menos malo que lo que vino después. Algo parecido sucedió con Sadam Hussein en Irak, con Hosni Mubarak en Egipto, con el Sha de Persia, con Fulgencio Batista en Cuba, episodios en los que, directa o indirectamente, Estados Unidos tiene una gran responsabilidad por su actuación, por abstenerse de actuar o por hacerlo tardíamente.

Le acaba de suceder a Barack Obama en Cuba. El Presidente llegó risueño a La Habana, precedido por la expresión adolescente “¿qué volá?”, algo así como “¿qué tal están?”. Pisó la isla ilusionado y cargado de buenas intenciones, acompañado de exitosos (ex) desterrados cubanos, también deseosos de ayudar a la patria de donde proceden, convencidos todos de la teoría simplista del bombardeo de jamones. Continuar leyendo

¿Fueron los rusos o los norteamericanos?

Era como la primera escena de una película de espías.

Hace poco más de un año, un diario alemán recibió un email sin firma, ofreciéndole once millones y medio de documentos en los que se describían los movimientos de cientos de miles de compañías offshore, totalmente legales, pero opacas, articuladas desde hace 40 años por una de las oficinas de abogados dedicadas a esos menesteres en Panamá.

Era el estallido de los Panamá papers. El periódico se dio cuenta de la tremenda importancia de la información y se puso al habla con el Consorcio Internacional de Periodistas Investigativos para abordar la tarea. Se trataba de 400 profesionales radicados en 80 países.

Habían abierto una nueva Caja de Pandora. En esa enorme masa informativa, seguramente aparecerían las pruebas del lavado de dinero procedente del narcotráfico; de la corrupción de políticos inescrupulosos coludidos con empresarios venales; de la venta ilegal de armas y de otras actividades prohibidas por las leyes locales e internacionales.

También, claro, aflorarían los datos anodinos de quienes intentaban proteger su patrimonio en medio de divorcios muy peleados. O de los que huían de las abusivas dentelladas fiscales a las herencias. Incluso, de empresarios que se cubrían contra las acciones legales de exsocios depredadores.

¿Quién filtró los documentos? Los expertos están de acuerdo en que se trata de la labor de alguna poderosa agencia de inteligencia.

Según Clifford G. Gaddy,  en un análisis publicado por el Instituto Brookings,  postula que el cerebro tras la operación fue Vladimir Putin y su instrumento de investigación los servicios secretos rusos, en los que existen muy competenteshackers.

Para Gaddy, el hecho de que algunos de los asociados al propio Putin aparecieran en los papers no le resta validez a su tesis. No se ha revelado nada que no se supiera, pero muchos de sus enemigos, como el Primer Ministro británico David Cameron han resultado afectados.

Bradley Birkenfeld, en cambio, aporta otra versión: fue la CIA. Este banquero norteamericano es el mayor soplón (whistleblower) financiero de la historia. Fue quien reveló los números de cuenta de muchos norteamericanos que ocultaban sus capitales en Suiza, cobrando por sus servicios más de 100 millones de dólares en comisiones al sistema fiscal norteamericano (IRS), aunque él mismo pasó un par de años tras la reja.

Los casos de Mauricio Macri, de Cameron, del Primer Ministro de Islandia, de José Manuel Soria –Ministro de Industria de España hasta hace unas horas–, unos inocentes y otros culpables, todos pronorteamericanos y cercanos a Washington, serían las víctimas del “fuego amigo”. Estaban en la zona de combate cuando comenzó el tiroteo y resultaron heridos.

A mi juicio, al menos por ahora, me parece más creíble la participación de la CIA o de alguna otra agencia parecida. Desde hace unos cuantos años el gobierno de Estados Unidos –la CIA, el FBI, la NSA, la DEA—deambula febrilmente por los laberintos cibernéticos –Internet, teléfonos—en busca de pistas que le permitan conjurar, en primer lugar, el terrorismo, el narcotráfico y la proliferación de armas nucleares, y, en segundo lugar, la corrupción, el lavado de dinero y el robo de secretos militares o industriales.

Seguramente, en esa ciclópea labor los investigadores se tropezaron mil veces con las empresas offshore –unas entidades opacas creadas en decenas de países, con frecuencia desde los propios Estados Unidos, que obstaculizaban sus labores—y decidieron tirar de la manta, sin importarles que Delaware, Nevada o South Dakota participen en unas actividades semejantes a las que hoy le imputan a Panamá.

El resultado de este escándalo (que acaba de comenzar), a corto plazo va a tener consecuencias devastadoras en el terreno político, y muchas personas –culpables o inocentes– van a sufrir por el hecho de que sus nombres aparezcan en la prensa, porque ya han sido juzgadas y condenadas sin pruebas por la opinión pública, pero cuando se disipe el humo, incluso cuando ya hayan sido rematados los sobrevivientes con un disparo mediático en la nuca, se abrirá paso un mundillo más transparente.

Eso será positivo. Los políticos y los empresarios corruptos se lo pensarán dos veces antes de hacer sus negocios turbios. A los narcos y a los terroristas les resultará más difícil esconder sus huellas. Los abogados, los banqueros y los inversionistas tendrán que jugar sin cartas marcadas.

El mito griego relata que una curiosa mano femenina –la de Pandora– abre el ánfora prohibida que contenía todos los males de este mundo, y éstos escapan apresuradamente antes de que ella consiguiera cerrarla. Sólo permanece dentro un espíritu bueno, Elpis, asociado a la esperanza. Esperemos que esta vez Elpis también haya huido y el irremediable escándalo nos traiga un mundo más seguro y más decente. Sería deseable.

La difícil tarea de revocar a Maduro

Es bastante obvio que los chavistas, con Nicolás Maduro a la cabeza, no están dispuestos a cumplir las leyes y perder el poder. Las elecciones y la legalidad burguesa les eran útiles cuando tenían o podían simular que poseían la mayoría de los electores. Ahora, y desde hace unos años, sólo les queda invocar la sacrosanta revolución y gobernar apelando a la razón testicular.

La estrategia es muy simple y transparente: cuando pierden el control de alguna institución (las gobernaciones, las alcaldías, la Asamblea Nacional), la vacían de funciones reales, que pasan a ser ejercidas directamente por el Ejecutivo o el núcleo duro de la dictadura.

A los representantes de la mayoría opositora los dejan figurar en el organigrama de la república, ocupando cargos nominales y cobrando todos los meses algún estipendio, pero sin poder real. Cuando protestan en las calles por esta burla a la voluntad popular, los represores asesinan a unas cuantas personas como forma de escarmiento y acusan a las víctimas de haber causado las muertes. Esa es la increíble historia de Leopoldo López, de Antonio Ledezma y de las docenas de presos políticos que hay en el país. Estamos ante una dictadura mal disfrazada de Estado de derecho. Continuar leyendo

El síndrome populista

¿A qué nos referimos cuando calificamos de populista a un político o a un Gobierno? ¿Cómo es posible colocar en el mismo saco a Donald Trump, a Bernie Sanders (¿por qué no?) y a Nicolás Maduro? Dios los cría, los diablos de la derecha y de la izquierda los separan, pero el populismo los junta.

Muy sencillo: procediendo como se hace en medicina. Calificamos de ‘síndrome’ a ciertos síntomas coincidentes. No sabemos exactamente qué causa la enfermedad, pero el médico conoce, en líneas generales, cómo se comporta. Cuando están presentes uno o varios de los síntomas, declara la existencia del mal en el paciente y procede a tratarlo.

¿Cuáles son esos síntomas del síndrome populista o neopopulista? Hemos identificado 15. Basta con que estén presentes varios de ellos para proceder a diagnosticar como populista a cualquier persona o Gobierno que los exhiba.

Anotemos, esos quince rasgos: Continuar leyendo

Un punto de inflexión

Los niños españoles solían jugar imaginando y diciendo las cosas que transportaban los buques coloniales. “De La Habana ha llegado un barco cargado de: piñas, encajes, azúcar”, qué sé yo. Era un ejercicio lúdico en el que se mezclaban la fantasía y el vocabulario con la pedagogía.

Barack Obama, sin saberlo, revivió el juego. Para el presidente estadounidense su viaje tenía cuatro objetivos declarados: enterrar unilateralmente la Guerra Fría en el Caribe; eliminar oficialmente la estrategia diplomática del containment o aislamiento, al sustituirla por el engagement o acercamiento; reforzar los lazos con la sociedad civil cubana, especialmente con el incipiente sector empresarial privado; y fortalecer a la oposición democrática que busca pacíficamente la evolución del régimen hacia el pluralismo.

Para el régimen cubano la visita era otro paso para finalizar el viejo embargo comercial, permitir la llegada de turistas e inversiones norteamericanas, obtener la promesa de créditos blandos cuando la ley lo permita, y la posibilidad de aliviar la difícil situación económica que plantea el fin de los subsidios venezolanos, calculados en trece mil millones de dólares anuales en el pasado por el economista Carmelo Mesa-Lago.

Raúl Castro no tenía la menor intención de modificar su dictadura comunista. Al fin y al cabo, como lo ha reiterado cien veces el propio Fidel Castro, la habían establecido por convicciones ideológicas y no como respuesta a la hostilidad norteamericana. La secuencia fue a la inversa. Continuar leyendo

Obama en Cuba

El Presidente norteamericano no había puesto un pie en Cuba y el régimen ya había comenzado a bombardearlo. Primero fue un largo editorial de Granma. ¿La esencia? Cuba no se moverá un milímetro de sus posiciones socialista y antiimperialista, incluido su apoyo al engendro chavista en Venezuela, enorme fuente de subsidio para los cubanos, de quebrantos para los venezolanos y de desasosiego para los vecinos.

Luego, el canciller Bruno Rodríguez, el chico de los recados diplomáticos, le advirtió que su Gobierno no agradecía que Barack Obama hablara de empoderar al pueblo cubano. Tampoco de que trataran de imponerles internet. Cuba, dijo, “protegerá la soberanía tecnológica de nuestras redes”. En lenguaje llano quiso decir que la policía política seguirá controlando las comunicaciones. De eso y para eso viven.

El Presidente norteamericano no se amilanó. Hablará sin tapujos de los derechos humanos en su visita a Cuba. Lo ha dicho y lo va a hacer. Pero hay más: Barack Obama, aparentemente, no visitará a Fidel Castro (Con cautela: nunca digas “De este dictador no beberé”). Al menos por ahora inhibirá la curiosidad antropológica que siempre despierta el tiranosaurio mayor. Hoy es una encorvada caricatura de sí mismo, pero tiene cierto morbo conversar con un señor de la historia que se las ha ingeniado para llevar sesenta años revoloteando por los telediarios.

Obama, además, tendrá la generosidad de reunirse con algunos de los demócratas de la oposición. Ahí hay todo un mensaje. Es una buena lección para Mauricio Macri, que todavía no ha ido, y para François Hollande, que ya pasó por La Habana y no tuvo la valentía cívica de realizar un gesto solidario con los disidentes. Obama se reunirá con los más duros. Les pasará el brazo por encima a los peleadores. A los más apaleados y curtidos. Esos a los que la policía política califica falsamente de terroristas y agentes de la CIA. Continuar leyendo