Entre los comisarios y el mercado

Parece que una parte sustancial de los artistas e intelectuales españoles, incluidos los medios académicos, va a votar por PODEMOS, la formación política neocomunista que ha irrumpido con fuerza en la escena política.

No me extraña. La intelligentsia latinoamericana y española, como regla general, suele ser estatista. A eso le llaman ser de izquierda. Los escritores, artistas plásticos, músicos, cineastas, actores, autores dramáticos, y, especialmente, los catedráticos y estudiantes de Ciencias Sociales y de Humanidades (antropólogos, sociólogos, arqueólogos, filósofos, teólogos, pedagogos, periodistas, etc.), se sitúan a la izquierda del espectro político. Se colocan, con variable intensidad, en el campo del estatismo.

Pero no todos. Por la otra punta de este fenómeno, en general, una buena parte de las facultades de ingeniería, arquitectura, medicina, odontología, informática, Ciencias Empresariales, y tal vez la mitad de los economistas y abogados, tanto profesores como alumnos, mantienen una actitud diferente.

Entre estos profesionales y aspirantes a serlo abunda un mayor porcentaje de personas que pudiéramos llamar liberales, en el sentido que se le da a ese término en América Latina y Europa. Confían mucho más en el esfuerzo individual, se inscriben en el espacio político del centroderecha, y desconfían de la gestión del Estado porque la experiencia les ha demostrado que suele ser desastrosa.

La izquierda está convencida de que le corresponde al Estado, administrado por gobiernos populistas, producir ciertos bienes o gestionar directamente una gran cantidad de servicios para el pretendido beneficio del “pueblo”, lo que inevitablemente significa la adjudicación y el manejo de un alto porcentaje de la riqueza que la sociedad produce.

La derecha, persuadida de que ése es el camino más corto al aumento de la corrupción, al clientelismo, al descalabro económico y al surgimiento de atropellos contra los individuos, defiende que los bienes se produzcan o los servicios se brinden dentro del ámbito privado. Serán mejores, alega, y resultarán más económicos.

¿Por qué esa marcada inclinación populista de la intelligentsia? Sospecho que se trata de una fatal consecuencia del mercado. El vasto campo de los intelectuales y artistas ofrece una mercancía que, independientemente de su calidad, salvo algunas excepciones, difícilmente puede sostenerse motu proprio entre los consumidores. La inmensa mayoría depende fatalmente de cátedras universitarias, subsidios, becas o premios que suelen ser abonados por medio de los presupuestos oficiales. Son “cazadores de rentas”.

En cambio, los profesionales que suministran algún servicio demandado por la sociedad, pese al riesgo que ello entraña, confían mucho más en el mercado que en la seguridad de colocarse bajo el ala protectora del Estado y recibir un salario mensual o alguna suerte de prebenda.

A esa intelligentsia estatista que rechaza el mercado con un despreciativo aire de superioridad, le gusta autopercibirse como solidaria y generosa, pero, aunque algunos o muchos de sus miembros tengan esos rasgos, en realidad se trata de un grupo que, como es frecuente, defiende sus intereses individuales y busca la protección de un patrón que le garantice la seguridad económica, divulgación y cierta fama profesional.

Claro, eso tiene un costo. En general, las dictaduras ilustradas, es decir, las que poseen un corpus ideológico que define sus presupuestos y objetivos –comunistas y fascistas en primer lugar–, son las que con más habilidad crean instituciones y mecanismos dedicados a controlar a la intelligentsia.

Lo hacen mediante un sistema claramente conductista de refuerzos positivos y negativos, administrado por inflexibles comisarios culturales que manejan  (en Cuba utilizan el verbo “atender”) los gremios en los que colocan a los periodistas, escritores, artistas plásticos y otros intelectuales para servirse de ellos.

Esos gremios son jaulas sin barrotes en las que estabulan a la intelligentsia para vigilarla y organizarla de manera que, dócilmente, los intelectuales firmen documentos, y aprendan y repitan consignas que le sean útiles al régimen para construir y sostener su relato. Si asumen los dogmas de la secta y colaboran en estas tareas, se les remunera generosamente y se les llena de premios y lisonjas. Si se oponen, se les castiga y desacredita.

En cambio, en los regímenes democráticos realmente libres, regidos por la economía abierta, la intelligentsia no está sujeta al látigo de los comisarios, sino a las preferencias del mercado, lo que, con frecuencia, resulta económicamente perjudicial y riesgoso para estos intelectuales y artistas.

¿Es preferible el comisario o el mercado? Los comisarios son despreciables policías del pensamiento que exigen un insoportable sometimiento. El mercado –la libre preferencia de la sociedad—no tiene corazón y los artistas e intelectuales pueden naufragar, pero hay libertad. El mercado es mil veces mejor.

La última lección de Oliver Sacks

Oliver Sacks publicó un artículo extraordinario en The New York Times sobre su muerte próxima. Tiene cáncer en el hígado, irreversible e imparable, como consecuencia de un melanoma en un ojo que hizo metástasis. Tiene 81 años y goza de una personalidad mucho más grata que su menguada salud.

Lo sorprendente del artículo es el tono sereno con que el autor reflexiona sobre su inminente desaparición. La muerte es un tema de mal gusto en Estados Unidos. La palabra cáncer suele ser sustituida por el absurdo circunloquio “una larga y penosa enfermedad”. La gente “pasa a otra vida”, se “va”. Vale la pena leer el clásico de Philippe Ariès, Historia de la muerte en Occidente, para entender cómo un hecho tan absolutamente natural como morirse, esa “costumbre que suele tener la gente” –dice la milonga argentina–, se ha convertido en un tema tabú.

Sacks es un médico neurólogo, nacido en Inglaterra, profesor de su especialidad en la Universidad de Nueva York. Hace tres décadas publicó un libro que de inmediato se transformó en un best sellerEl hombre que confundió a su mujer con un sombrero. En un lenguaje sencillo, propio de los sabios, contó 20 historias de personas que padecían otros tantos problemas neurológicos en el que abundaban las alucinaciones visuales y auditivas.

Quienes disfrutan de las célebres conferencias TED pueden verlo y escucharlo. Por él descubrí que muchas personas normales tienen (“padecen” no es el verbo adecuado) alucinaciones que se diferencian de las que sufren los dementes. Las alucinaciones benignas son silentes y la persona no se siente amenazada. Las malignas, que afectan, por ejemplo, a los esquizofrénicos, son terribles porque las visiones y las voces interpelan agresivamente a quienes las experimentan.

Al final de la charla, el propio Sacks reveló que su cerebro, de vez en cuando, fabrica autónomamente figuras geométricas que se instalan en su imaginación sin consecuencias posteriores. Parece que se deben a los problemas de la vista que lo aquejan. El melanoma lo privó de la visión de un ojo y ve con gran dificultad por el otro. Los ciegos o casi ciegos son quienes con mayor frecuencia perciben estas alucinaciones benignas elaboradas por el cerebro.

En todo caso, la existencia de este hombre ha sido extraordinaria, así que no me sorprende que se despida de ella de la misma manera. En lugar de llorar o rasgarse las vestiduras de dolor, hace un breve recuento de la dicha de haber vivido muchos años de apasionante creación, lucha y, a ratos, felicidad. 

Inmediatamente, nos dice cómo va a emplear el tiempo que le queda y revela el cambio sustancial de sus prioridades. Lo que la víspera del fatal diagnóstico le parecía importante, súbitamente queda relegado a un segundo plano.

Creo que de las muchas lecciones que ha dado este excelente profesor, la mejor es esta última: enseñarnos a morir sin aspavientos, felices por haber sido criaturas inteligentes y sentientes (la palabra la acuñó el filósofo Xavier Zubiri) que hemos podido gozar de lo que ninguna otra especie ha percibido nunca: entre otras maravillas, la belleza, el humor, la ironía, el amor, el conocimiento del pasado o la anticipación del futuro.

Es muy curioso (y lamentable) que en Occidente interpretemos la muerte como una especie de desgracia o maldición evitable y no como lo que realmente es: el cierre de un ciclo por el que hemos tenido la inmensa suerte de pasar, pese a las escasas posibilidades que teníamos de nacer y convertirnos en seres humanos.

Nadie nos enseña nunca todo lo que es genuinamente importante: cómo vivir en pareja, cómo criar una familia, cómo cuidar y tratar a los hijos o a los ancianos de nuestro entorno, cómo ayudarlos a morir, cómo afrontar la soledad cuando esto sucede. Por último, cómo enfrentar las enfermedades y la muerte con naturalidad. Todo eso debemos descubrirlo por nuestra cuenta, a lo largo de la vida, cuando hubiera sido mucho más sencillo que nos lo enseñaran.

Como ha hecho Oliver Sacks, por ejemplo.

Por qué todos debemos ser Nisman

En memoria de Jaime Einstein, muerto recientemente en Israel (*)

Ante todo, mi gratitud al rabino y amigo Mario Rojzman por el honor de permitirme estar hoy 18 de febrero junto a ustedes en esta sinagoga de Miami Beach, en un día muy singular, honrando la memoria de Alberto Nisman, quien perdiera la vida defendiendo la causa de la justicia, la causa de los argentinos decentes, y la causa, en definitiva, de todos las personas que aman la libertad.

Le dedico esta breve charla a un buen amigo, Jaime Einstein, abogado y escritor cubano-americano-israelí.

Tras una carrera plena de éxitos profesionales, Jaime se trasladó a Israel a pasar allí su tercera edad. Estaba lleno de planes y de sueños. Era un ardiente sionista y la muerte le sorprendió en Safed, Galilea, a los 67 años.

Al menos murió en su tierra prometida. En estos tiempos de exilios prolongados e inciertos, morir en la tierra que uno ama es un privilegio. Jaime lo tuvo.

Debo aclarar que no estoy aquí en mi condición de analista de CNN en español, de columnista del ABC de Madrid, del Miami Herald, de los otros diarios y portales de Internet que reproducen habitualmente mis columnas, o de las estaciones de radio que transmiten mis comentarios, medios de comunicación, todos ellos, justamente celosos de la objetividad e imparcialidad que le deben a su público.

Ninguno de esos medios tiene la menor responsabilidad en el contenido de mis palabras, aunque estoy seguro, porque los conozco, que coincido con muchos de los profesionales que en ellos laboran. Aman demasiado la libertad para que fuera de otra forma.

Comienzo. Continuar leyendo

La hora de los monstruos

Las preguntas son muy incómodas. ¿Por qué las sociedades eligen gobernantes antisistema que las conducen al despeñadero? ¿Por qué los venezolanos votaron a Hugo Chávez a fines de 1998, los griegos acaban de hacerlo con Alexis Tsipras y es posible que los españoles repitan esa forma de suicidio cívico dentro de unos meses dándole la mayoría de sus votos a Pablo Iglesias, un neocomunista simpatizante del chavismo, como lo calificó, muy orgulloso, Diosdado Cabello, presidente del Congreso en Venezuela y el poder tras el delirante trono de Nicolás Maduro, ese ornitólogo y médium, experto en la comunicación con los pájaros y los muertos?

La clave está en la fragilidad de las democracias liberales, un débil diseño institucional surgido a fines del siglo XVIII para ponerle fin al “antiguo régimen”. Una forma de gobierno basada en la combinación de libertades políticas y económica, que exige el inexorable cumplimiento de los principios en los que se sustenta y proclama para poder prevalecer. El consenso general define estos diez principios: Continuar leyendo

El extraño síndrome de la “benevolente simpatía superficial”

La batalla cubana se ha trasladado a la prensa. Se trata de una contracarta. Responde, sin decirlo, a un documento aparecido en el NYT en sentido contrario.

Un grupo de 40 prominentes personajes norteamericanos y cubanoamericanos, muy prestigiosos y con una larga tradición de servicio público o de relevancia en el mundo empresarial, de alguna forma vinculados al destino de Cuba, publicará una lúcida página en el Washington Post. La he leído y es muy persuasiva.

Los firmantes se oponen a la nueva política cubana de Barack Obama. Les parece un peligroso error hacerle concesiones a la dictadura sin que Raúl Castro dé pasos hacia la apertura y la democracia.

Son partidarios de lo que dicta la ley de la nación, “The Cuban Liberty and Democratic Solidarity Act” de 1996, y de lo que supuestamente defendía el propio Obama hasta la víspera del  17 de diciembre pasado, cuando anunció los cambios.

Obama llevaba 18 meses conversando en secreto. ¿Qué ha conducido al presidente, con la entusiasta colaboración de su canciller John Kerry, a engañar a propios y extraños con tal de modificar la política cubana y hacer las paces con la dictadura?

En Estados Unidos hay por lo menos cinco categorías de personas que se oponen al embargo o la prohibición a los ciudadanos norteamericanos de visitar la isla vecina.

1. Las personas convencidas de que, tras más de medio siglo, la política de hostilidad ha fracasado y es preferible pasar la página, como en Vietnam o China, y suscribir la estrategia del acercamiento. O sea, declarar la paz y olvidar el pasado.

2.  Los exportadores y negociantes que ven en Cuba un mercado pequeño y pobre, pero potencialmente interesante.

3. Los libertarios que piensan, basados en sus principios, que ningún gobierno debe interferir en la libertad de los norteamericanos para viajar a donde deseen y hacer negocios con quienes quieran.

4. Los simpatizantes procomunistas –pocos, pero muy activos—presentes en publicaciones como The Nation o en numerosas universidades, generalmente antigobierno norteamericano.

5. Las víctimas del muy extendido fenómeno de la “Benevolente Simpatía Superficial” (BSS).

Estos últimos, sin ser comunistas, ven a la revolución cubana con una vaga y epidérmica simpatía, surgida del poderoso imprinting que dejó ese episodio en la memoria de medio planeta desde 1959.

Les resultan “fascinantes” aquellos jóvenes barbudos que derrotaron al ejército del dictador Batista, dirigidos por un personaje singularísimo, que hablaba ocho horas consecutivas en Naciones Unidas, se enfrentaba paladinamente a Washington, y estaba decidido a construir un mundo más justo entre los escombros de una sociedad poblada de prostitutas y dominada por los gángsters.

Ven con simpatía la figura del Che Guevara, eligiendo la imagen del rebelde que da su vida por una causa, olvidando que esa causa era crear dictaduras colectivistas sin el menor espacio para las libertades, e ignorando la monstruosa dimensión de una persona que era capaz de declarar que un buen revolucionario debía ser una implacable máquina de matar, o que le confesaba a su mujer que estaba en la selva cubana “sediento de sangre”.

En esta última categoría, la de la “benevolente simpatía superficial”, a mi juicio, sustentada en una lectura romántica, falaz y tonta de la realidad cubana, pero muy arraigada, se inscriben personas como Obama y Kerry. No son comunistas, y no desearían para su país un sistema como el que padecen los cubanos, pero observan a los Castro y a la revolución con una benevolente y superficial simpatía.

He visto a muchas personas afectadas por el síndrome de la BSS. Tal vez Manuel Fraga Iribarne, el político conservador español, lo padecía. Era visceralmente anticomunista, pero sentía una difusa atracción por Fidel. Le parecía un gallego valiente que le había plantado cara a los yanquis.

A principios de los años noventa, el presidente Carlos Salinas de Gortari convocó a una isla mexicana del Caribe a Felipe González, a César Gaviria y a Carlos Andrés Pérez –todos entonces gobernantes en sus respectivos países—a una discreta reunión con Fidel Castro.

La URSS acababa de desaparecer y con ese cataclismo se había esfumado el subsidio a la Isla. El propósito del pequeño y distendido cónclave –probablemente alentado por González– era tratar de ayudar al dictador cubano a sortear las dificultades y facilitarle el tránsito hacia otro modo de organizar la sociedad cubana.

Fidel era un enemigo ideológico del neoliberal Salinas, privatizador y cercano a Estados Unidos. Era un aliado de la ETA española a la que González se había enfrentado a tiros. Era un cómplice de las narcoguerrillas colombianas a las que Gaviria intentaba derrotar. Y nunca se había alejado de los conspiradores antidemocráticos venezolanos, como se demostró cuando Chávez apareció en el horizonte. Pero los cuatro estadistas reunidos con Castro querían salvarlo. Los dominaba la Benevolente Simpatía Superficial. Habían perdido la facultad de entender quiénes eran sus enemigos objetivos. Gravísima limitación.

Muchos años más tarde, en su exilio miamense, provocado por la persecución de Hugo Chávez, Carlos Andrés Pérez me confesó que había sido tan ingenuo que llegó a pensar que Fidel Castro era su amigo. En sus palabras había un profundo desengaño. Me dijo, en abono de su inocencia, que cuando su segunda toma de posesión, en 1989, un millar de venezolanos ilustres habían firmado una carta saludando la presencia de Castro en Caracas. Casi todos estaban hoy en la oposición o en el exilio. Sufrían, sin saberlo, de BSS.

¿Padecen Obama y Kerry del mismo mal? Sospecho que sí, aunque no hay nada más opaco y contradictorio que las motivaciones. En todo caso, parece que la BSS acompaña hasta la muerte a muchos enfermos. Sólo se curan los que chocan con la realidad.

La vaga y epidérmica simpatía hacia Cuba

La batalla cubana se ha trasladado a la prensa. Se trata de una contracarta. Responde, sin decirlo, a un documento aparecido en el NYT en sentido contrario.

Un grupo de 40 prominentes personajes norteamericanos y cubanoamericanos, muy prestigiosos y con una larga tradición de servicio público o de relevancia en el mundo empresarial, de alguna forma vinculados al destino de Cuba, publicará una lúcida página en el Washington Post. La he leído y es muy persuasiva.

Los firmantes se oponen a la nueva política cubana de Barack Obama. Les parece un peligroso error hacerle concesiones a la dictadura sin que Raúl Castro dé pasos hacia la apertura y la democracia. Son partidarios de lo que dicta la ley de la nación, “The Cuban Liberty and Democratic Solidarity Act” de 1996, y de lo que supuestamente defendía el propio Obama hasta la víspera del  17 de diciembre pasado, cuando anunció los cambios. Continuar leyendo