Massa y el fuego cruzado

Para el observador imparcial el mapa político civil argentino el siglo XX fue dominado por dos expresiones: el justicialismo y el radicalismo. El radicalismo prácticamente abrió y cerró el siglo democrático (1916-1999), pero el peronismo rigió la segunda mitad desde su surgimiento en 1945. ¿Qué diría ese observador frente al siglo XXI? Es probable que se sume en una aguda confusión. Podría explicar que el Frente Para la Victoria, ganador de las tres elecciones nacionales del presente siglo, es el nombre del peronismo actual, pero que no es exactamente lo mismo. Obervar qué fue del radicalismo es un tema más complejo.

Trasladado ya a las presidenciales de 2015, ¿cuál sería la configuración en pocas palabras? Se podría decir que Scioli es la continuación del FPV por otros medios, aunque no comparta parte del programa, de la estética y de la construcción política del kirchnerismo. También se podría racionalizar al PRO como un partido político nuevo de centro derecha, surgido de las capas medias y altas de la ciudad de Buenos Aires, basado en la idea que se pueden emplear modelos organizativos empresariales al gobierno de lo público.

¿Y Massa? Sergio Tomás Massa ha sido beneficiario de un fenómeno relativamente nuevo que es el voto flotante. Se trata de un votante insatisfecho, que no se vincula a ninguna expresión política en particular, y suele votar distinto en cada elección, a veces eligiendo más “en contra de” que a favor de tal o cual programa de gobierno. La pregunta que surge es: ¿se puede transformar el voto flotante en voto fiel? El voto flotante aparece especialmente en elecciones intermedias, en las presidenciales los ciudadanos comienzan a pensar en otras cuestiones como la gobernabiidad, la solidez de los candidatos, etc.

En 2009, hubo fenómeno de voto flotante cuando Francisco de Narváez triunfó en la Provincia de Buenos frente al mismísimo Néstor Kirchner con un frente llamado Unión–Pro. Sin embargo, la figura de De Narváez se diluiría rapidamente en el olvido, no pudiendo transformar su triunfo electoral en político.

Cuatro años después, Massa construye en un par de meses el Frente Renovador y da la sorpresa de la elección de 2013. Se sabe que tanto en política como en estrategia militar la sorpresa es un fenómeno efímero y de corta duración, luego hay que disponer de otras armas. Claro que Massa es, como se dice, un “animal” de la política, y desde el día en que se decidió ser candidato a diputado, también se postulaba a presidente, sin pasar por escalas intermedias.
Massa se afincó en dos temáticas: la seguridad, tema (relativamente) minimizado por Cristina Kirchner y la economía, armando un llamativo equipo de ex funcionarios kirchneristas como Miguel Peirano, Martín Redrado, Roberto Lavagna o Guillermo Nielsen. También espera volver a dar lugar a la sorpresa de las candidaturas a vicepresidente, gobernador de la Provincia de Buenos Aires, o a jefe de Gobierno de la Ciudad.

Jugando con una alta exposición mediática, las encuestas lo acompañaron hasta hoy, encabezando la intención de voto. Sin embargo, algunas movidas como convocar a algunos intendentes del Conurbano, buscando precisamente el voto peronista, espantó a parte de la clase media, sectores urbanos lejos de la lógica de los “barones”. Esto llevó a que sus apoyos en las encuestas se estancaran e incluso empezaran a decaer levemente hacia finales de 2014. No obstante, ha logrado un fenómeno a tener en cuenta: sectores del sur y del oeste del Gran Buenos Aires podrían ser potenciales votantes, es decir penetró en parte del voto peronista. Efectivamente mantuvo el porcentaje pero cambió parte de la composición social de sus seguidores.

Desde principios de 2015 la campaña electoral entrará en otra fase. Scioli cuenta con el paraguas de la moderación, y Macri de la novedad y la gestión. Ambos gobiernan amplios distritos y parecen tener recursos ilimitados. Paradójicamente, la campaña se reideologizará más allá de la voluntad de los contendientes. Se enfatizará en dos modelos, uno basado en la mayor intervención estatal y otro en la mayor apertura a los mercados. Massa, como tercero en cuestión, corre el riesgo de quedar atrapado en ese fuego cruzado.

¿Hay espacio para un cuarto hombre?

Como escalador de la cara más oculta de la montaña viene lentamente subiendo en las encuestas Florencio Randazzo.

¿Existe el espacio para la incorporación de un cuarto candidato, en el ya fragmentado proceso preelectoral? Los votantes parecen obligados a optar sí o sí, entre los tres contendientes principales: Scioli, Macri y Massa. Desde aquí, muchos ciudadanos muestran el desaliento por una oferta electoral constreñida a este triángulo equilátero, cuyos lados se identifican más por sus parecidos que por sus diferencias.

Florencio Randazzo, que debe su nombre de pila a la gratitud familiar al doctor Florencio Escardó,  se va posicionando, como les gusta decir a los expertos en marketing, mediante una estrategia muy particular: el cuidado de los trenes. Es desde 2007 Ministro de Interior de Cristina F. de Kirchner. Esa cartera es la sombra gris de lo que supo ser, el “ministerio político”, y que fuera desplazado como centro de poder desde la creación de la Jefatura de Gabinete pos reforma de la Constitución en 1994. Continuar leyendo

Macri, Massa, Scioli: cómo se sale del triple empate

Massa, Scioli, Macri: no importa en el orden que se expresen en las encuestas, encarnan una situación no muy común en la historia de las candidaturas presidenciales en Argentina, incluso en el mundo. Un triple empate. Visto desde el presente es imposible predecir quién asumirá en diciembre de 2015.

Para ponerlo blanco sobre negro, todas las encuestas (incluso los censos) tienen un margen de error propio como el “precio” a pagar por estimar desde una muestra. Este error suele calcularse en general en más o menos 2 al 5 por ciento. Por ejemplo, si se dice Macri tiene el 22% de adhesión a su candidatura, en realidad la estimación iría del 20 al 24% (pensando en el mínimo del 2%). Los tres candidatos están medianamente dentro de esta ventana. Continuar leyendo

¿Se ha vuelto Argentina un país más violento?

Existe una pregunta de incierta respuesta dando vueltas en la sociedad: ¿se ha vuelto Argentina un país más violento?

No hay una cifra que permita dar cuenta en forma exacta de esta cuestión. Sin embargo, se puede ver en los medios y también percibir en las calles que algo no está bien: desde casos triviales, hasta los más complejos, marcan una respuesta violenta como forma de resolver conflictos cotidianos.

Desde un colectivo que no se abre la puerta en la parada y el frustado pasajero que responde pateando la puerta con furia; hasta discusiones entre vecinos que finalizan en una gresca con muertes que lamentar, pasando por barras bravas emboscándose en la salida de la cancha de fútbol; lastimados por armas blancas a la salida de un boliche o recital; o un maestro golpeado por el padre o madre de un alumno, son todas situaciones que ya no nos sorprenden. Continuar leyendo

Escenarios del kirchnerismo ante el 2015

El 10 de diciembre de 2015, Cristina F. de Kirchner le pasará la banda presidencial al candidato elegido por la voluntad popular. Este acto, protocolar en las democracias maduras, se constituirá lógicamente en una fiesta para los argentinos. Sin embargo, ese día D cada vez menos lejano genera muchos interrogantes sobre las estrategias a asumir por los principales actores políticos para llegar a él.

Una de las preguntas más relevantes es cuál será el futuro del kirchnerismo, concretamente cómo trascenderá, si podrá seguir liderando el peronismo; si se constituirá como una fuerza política independiente; si será subsumido por otras corrientes políticas del “movimiento”; o por el contrario, si simplemente se extinguirá como pasó con el menemismo.

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Elecciones 2013: barajar y dar de nuevo

Luego de una extenuante campaña de muchos meses, finalizaron las elecciones argentinas para renovar diputados y senadores, campaña que contuvo la aún extraña experiencia de las PASO.

Toda elección tiene tres momentos diferentes: el propio acto del sufragio, luego las interpretaciones que se realizan en la misma noche del día de la elección y días sucesivos, y finalmente las consecuencias políticas posteriores. Las elecciones del 27 de octubre de 2013 se van a caracterizar más por sus consecuencias a mediano plazo que por el propio desenlace cuantitativo del conteo de votos.

Los datos que provienen de los resultados electorales sincronizan como nunca antes con una aguda dispersión del sistema político argentino. La geografía electoral marca el previsible triunfo de Sergio Massa en Buenos Aires, de Gabriela Michetti en la Ciudad de Buenos Aires, de Hermes Binner en Santa Fe, de Juan Schiaretti en Córdoba y de Julio Cobos en Mendoza.

En síntesis, el Frente para la Victoria sale derrotado en los principales distritos del país, y en cada caso a manos de una agrupación política diferente. Sin embargo, sobre el total del país efectivamente el kirchnerismo supera por casi dos millones de votos al segundo -la sumatoria del Frente Cívico y Social, socialismo y radicales-, obteniendo la mayor cantidad de diputados y senadores en juego, manteniendo incluso el quorum propio en ambas cámaras.

En ese marco complejo, las interpretaciones cobran una mayor relevancia. Aquí sobresale lógicamente el triunfo de Sergio Massa en la Provincia de Buenos Aires sobre el candidato del kirchnerismo Martín Insaurralde. Como siempre, la provincia más poblada del país marca los tiempos electorales y no por menos anunciada, su victoria extiende ampliamente la diferencia obtenida en las primarias y coloca al intendente de Tigre como el hombre del día de la Argentina.

¿Cómo se interpreta el triunfo de Massa? 

Massa sostiene su triunfo sobre tres bases. En primera medida viene sosteniendo una astuta estrategia de instalación política desde su paso por el Anses, sabiendo proyectar su buena imagen a nivel nacional, en particular por sus políticas de seguridad como intendente de Tigre. Luego, durante la campaña electoral organiza un discurso que discute la lógica amigo-enemigo del kirchnerismo, arrebatando el estilo a Scioli que queda arropado en los abrigos del Gobierno nacional. Finalmente, como parte de su instalación política, ha sabido presentarse como un estadista, un presidenciable, aceptando el desafío que lanza el kirchnerismo cada vez que plebiscita su acción de gobierno. No se puede olvidar que el massismo se ha nutrido por dirigentes que se han ido desprendiendo del kirchnerismo, desde el propio Sergio Massa, pasando por Darío Giustuzzi, Roberto Lavagna, Martín Redrado y un largo etcétera.

Las consecuencias políticas se irán hilvanando con el trascurrir de los meses. Pero ya se empieza a advertir el surgimiento de varios candidatos a Presidente de la Nación con la mirada fija en 2015. En esta grilla surgen Mauricio Macri, ya lanzado amplificando un triunfo no tan contundente en la ciudad; Hermes Binner, que intenta hegemonizar el pan-radicalismo, y por supuesto el propio Sergio Massa.

Pero el potencial mapa no puede completarse sin ver cuáles serán los movimientos subsiguientes de la presidenta, que sigue siendo una jugadora central de la política nacional.

Surge la incertidumbre de cómo enfrentará los dilemas de gestión en los próximos tiempos, en especial los problemas económicos y la pendiente creación de un candidato para competir con Massa. Una de las intrigas que habrá que atender será la continuidad de la particular alianza cuasi-electoral del sciolismo con el kirchnerismo, que potenciaría la candidatura presidencial del gobernador de la provincia de Buenos Aires, o lo obligará a establecer una estrategia diferenciada, con los riesgos que esto implica para la gobernabilidad futura.

Oscuros nubarrones sobre el panorama político

Un raro tamiz cubrió el último tramo de la larga campaña electoral que comenzara ya hace más de cuatro meses. Las noticias principales se centraron de dos tipos de operaciones: la sufrida por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y por la catarata de trascendidos que auguran diversos tipos de males para Argentina en los próximos dos años.

Es habitual que cualquier persona tenga a lo largo de su vida diversos malestares y problemas físicos, pero cuando se trata de quien ostenta la primera magistratura se vuelve, como ocurre en todas partes,  automáticamente en cuestión de Estado. Sin embargo, el caso argentino resulta especialmente problemático por tres factores.

Primero por el controversial rol de los vicepresidentes que, más allá de sus características particulares, se vuelven en forma instantánea sospechosos de conspiración. Hay que repasar el listado de vicepresidentes de la democracia del ’83 para acá para verificar esto. Víctor Martínez vice de Alfonsín, Eduardo Duhalde primer vice de Menem, “Chacho” Alvarez vice de De la Rúa, y Julio Cobos vice del primer mandato de Cristina Kirchner, fueron a su turno sospechados por diferentes motivos que valdría la pena analizar el detalle en otro espacio. Tampoco se salvó de las generales de la ley el propio Daniel Scioli, quien siendo vicepresidente de Néstor Kirchner sufriría su propia Siberia de los vicepresidentes expulsados del núcleo íntimo de las decisiones presidenciales.

El problema de los vicepresidentes es que existe una gran asimetría entre la situación de ser parte de un binomio ganador de la elecciones presidenciales y sus funciones ejecutivas sancionadas por la Constitución, cuya principal atribución es reemplazar al presidente ante su ausencia temporaria o permanente. En la situación de Amado Boudou la desconfianza sobre su persona se multiplica por sus características personales, lejos de la circunspección esperable de un jefe de Estado, y por los escándalos acontecidos al principio del segundo mandato de Cristina Kirchner y que llevaron a la renuncia del procurador Esteban Righi.

El segundo motivo por el cual se vuelve problemático el alejamiento temporario de la presidenta fruto de su estado de salud, es la enorme vacancia que deja en su rol de factótum del gobierno nacional. Su presencia a diario en actos, presentaciones e inauguraciones de diverso tipo conformó un estilo de gran exposición, multiplicado por las últimas entrevistas en exclusiva conferidas en los días previos a su intervención quirúrgica. Esto crea una gran ausencia que no puede ser suplida por el entorno presidencial, ministros y vicepresidente incluido. También es claro que gran parte de las decisiones pasan por sus manos, situación que agudiza la incertidumbre.

El tercer motivo por el cual resulta especialmente problemática su ausencia temporal remite a su momento específico. Frente a la derrota electoral sufrida por el oficialismo en las elecciones primarias del 11 de agosto pasado, la campaña queda sin el liderazgo natural de la presidenta y coloca a Daniel Scioli frente una extraña paradoja: ponerse  al hombro la difusión de una lista  a diputados nacionales sobre la cual no tuvo ninguna injerencia y bajo el riesgo (bastante probable) de ser el mariscal de la derrota del 27 de octubre, con impacto en sus propias aspiraciones, que buscará minimizar de todas las formas posibles.

Finalmente, a nadie se le escapa que restan dos años de alta complejidad en un país donde las sucesiones presidenciales siempre han sido conflictivas. El modelo económico basado en dotar de capacidad de consumo a amplios sectores de la población da muestras de un alto nivel de agotamiento, y desde las usinas del establishment bregan por un ajuste que vaya desde la eliminación de los subsidios hasta directamente la rebaja de salarios, pasando por una megadevaluación que recomponga la tasa de ganancia del sector agropecuario argentino.

El gobierno nacional, con cierta coherencia, resiste a ser el ejecutor de estas políticas; sin embargo ha perdido la iniciativa fundamental para buscar alternativas políticas y económicas viables para dar un salto de calidad en el modelo económico y productivo.

La era de la dispersión

Las elecciones de 2011 se caracterizaron por un reforzamiento de los “oficialismos”. Tanto las categorías presidencial, como gobernadores e intendentes se caracterizaron por guarismos importantes para el candidato ganador, donde fue normal que muchos superaran valores del 50 y aun el 60% de los sufragios. La elección primaria de 2013 presenta un panorama totalmente diferente, con una fuerte dispersión y valores bastante más escuetos donde algunos de los principales contendientes oscilaron entre el 30% y el 35%. De esta forma, Gabriela Michetti por Unión Pro en la Ciudad de Buenos Aires obtiene el 32%, en Córdoba Schiaretti, por Unión por Córdoba, araña el 30%, y Sergio Massa con el Frente Renovador queda cerca del 35%.

Una de las razones de estos resultados estriba en la lógica propia de las elecciones de medio término, donde el voto se dispersa entre una variedad de opciones. A esto debe sumarse un cambio en el clima de opinión de la sociedad argentina que busca opciones distintas al Frente para la Victoria, conjugado con las características de la oposición al gobierno nacional que por distintas razones no ha vertebrado dos o tres organizaciones políticas que puedan extenderse por todo el territorio nacional.

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El FpV, la única fuerza que rendirá cuentas a nivel nacional

El kirchnerismo lanzó el sábado 29 de junio desde el microestadio de Argentinos Juniors en la Ciudad de Buenos Aires su campaña electoral con eje central en la figura de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

La polarización será la estrategia central del oficialismo frente al escenario electoral, con la finalidad central de evitar la partición en tercios o en cuartos de las preferencias electorales.

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De Cafiero a Massa: el nuevo Frente Renovador

En 1985 Antonio Cafiero se presenta en las elecciones a diputados nacionales por fuera de las estructuras del peronismo copadas en aquel momento por Herminio Iglesias y por la ortodoxia. En pleno auge del alfonsinismo, Cafiero saca en la Provincia de Buenos Aires el 27%, perdiendo las elecciones contra la UCR que supera el 41%, pero le gana al Frente Justicialista de Liberación que apenas araña un 10%. Dos años después, en 1987, Cafiero sería electo gobernador de la provincia empujando el declive del gobierno de Raúl Alfonsín, pero un año después perdería una histórica interna con Carlos Menem que cambiaría al país para siempre.

Veintiocho años después, Sergio Massa se ilusiona con superar aquella histórica performance de la “cafieradora”. La conexión entre ambos acontecimientos es el Frente Renovador, estructura que Antonio Cafiero construyó para destrabar al peronismo bloqueado por la muerte de su líder en 1974 y desde donde Massa se propone destronar al kirchnerismo.

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