El éxito en el fracaso del ministro Kicillof

Como si se tratara de un enorme choque contra la realidad, prácticamente el mismo día en que la Presidente inauguraba el Centro Cultural Kirchner (ya no es “Nestor Kirchner” sino simplemente “Kirchner” en un obvio cambio para que la mandataria esté incluida también) el Foro Económico Mundial ubicaba a la Argentina en el lugar 140 entre 141 países verificados -el último es Venezuela- en el listado conocido como “clima de negocios”.

En efecto, el país ocupa el anteúltimo lugar en lo que se refiere a cómo ven los inversores a los países cuando se trata de considerar su ambiente para llevar negocios adelante.

Se trata de un objetivo cumplido: el ministro de economía Axel Kicilloff al poco tiempo de asumir su cargo dijo en el Congreso que había dos conceptos que odiaba: el de la seguridad jurídica y el de “clima de negocios”.

Muy bien, dos años después el mundo le dice que ha tenido éxito en su cometido; ha generado las condiciones para que la Argentina no sea tenida en cuenta para invertir porque se la considera impredecible y en manos de la discrecionalidad caprichosa del poder.

Resulta curiosa esta situación a la luz de lo que decía el jueves la Sra. de Kirchner en su decimonovena cadena nacional al inaugurar parte de su Escorial: “Estas inversiones solo las puede hacer el Estado, no el sector privado”.

En su aldeana guerra contra el individuo, Pa presidente ignora que solo en EE.UU. (por no mencionar otros países en donde ocurriría lo mismo) debe de haber no menos de 10 empresas privadas que valen mucho más que toda la Argentina. No hay ningún avance de la tecnología, de la industria, del confort y hasta de la ciencia que deba su origen al Estado. No hay invención humana conocida que provenga del Estado, desde el microchip a la bombacha todo lo que el hombre toca y consume ha sido fruto de la inventiva, de la creatividad y de la inversión privada.

Solo la compañía Apple dispone de activos líquidos de más de 200 mil millones de dólares, la mitad del PBI argentino. Repito: de activos líquidos, allí no se cuentan los materiales, los stocks, la marca. Nada. Solo billetes disponibles contantes y sonantes.

Según el documento del Foro Económico Mundial, este aspecto (el “clima de negocios”) analiza el entorno que tiene un país para que las empresas hagan allí negocios. “Estudios han encontrado relación significativa entre el crecimiento económico y aspectos como, cuán bien los derechos de propiedad son protegidos, y la eficiencia del marco legal”, reza el informe.

Resulta obvio que los derechos de propiedad no están bien cuidados en la Argentina y que la Justicia no se ha demostrado todo lo eficiente que debería en mostrarse como la reserva última de defensa de los derechos civiles y las garantías constitucionales.

Claramente, el exceso de regulaciones y un esquema de tipos de cambios múltiples, junto a limitaciones al giro de dividendos por parte de las empresas de capital extranjero, y manejo discrecional de la autorizaciones de pago de importaciones, además de un déficit fiscal que exige creciente financiamiento a través del aumento de la carga impositiva y de la inflación, han conspirado para configurar un severo deterioro del clima de negocios y pérdida de competitividad del país.

Son obvias las complejidades a las que el cepo cambiario ha sometido a toda la actividad económica. A ello sumábamos las consecuencias de pretender reprimir la inflación manteniendo el tipo de cambio oficial sobrevaluado lo que ha llevado a una contracción generalizada y a una clausura al comercio con el mundo que ha llevado al país a una situación de insignificancia extrema en cuanto a su peso específico y a su interrelación con los demás.

Las exportaciones han caído a niveles históricos, las importaciones están pisadas para entregar una falsa situación de reservas y la deuda está nuevamente en default. Estos han sido los logros duros de una gestión económica que se presenta como exitosa. Con una Presidente que cree (o hace que se cree) que los salarios aumentan a razón de 30% por año en términos reales en la Argentina y que se enoja porque no se lo reconocen cuando otros países apenas entregan mejoras del 1,5% (como fue su recordada acotación sobre España, un país que acaba de salir de un proceso deflacionario)

Lo único que cuenta a la hora de ver la realidad es cuánta inversión libre y voluntaria convoca la Argentina. La Presidente hizo esa referencia al Estado inversor, como si fuese la única fuente de la que se pueden esperar las soluciones. El Estado no genera un solo puesto de trabajo que no pague la sociedad con sus impuestos. Ninguno de esos empleos multiplica la riqueza. El único motor de la multiplicación de la riqueza (producir más con menos) es el sector privado.

En parte, la Presidente tiene razón cuando habla de la “inversión” estatal porque en el país todo depende del Estado. Pero esa no es la realidad del mundo. Es una verdadera pena que el suelo argentino no haya sido la tierra en donde geminarán “Apples”, “Toyotas”, “Samsungs”, “Disneys”, “Fiats”, “Siemenes”. Es una verdadera pena que el país que tenía todo para convertirse en un refugio de millonarios sea hoy una tierra llena de pobres.

Hora de mostrar un compromiso

El jueves se conoció el cierre de FM Identidad, emisora en la que trabajé dos años y a la que me unía una relación cordial con su gerente de contenidos, José Luis Zorzi. La radio fue directamente eliminada. Su frecuencia 92.1 pasará a ser ocupada por la radio Vorterix de los empresarios Sergio Szpolski y Matías Garfunkel, fuertemente vinculados al Gobierno, cuyos medios están regados generosamente por una millonaria pauta pública inexplicada e incontrolada.

Todos los trabajadores fueron despedidos y todos los programas salieron del aire. Identidad era una emisora independiente perteneciente a la familia Cassino, que emitía una variada programación con periodistas independientes como Martín Pitton, Maria Eugenia Alonso Piñeyro, Carlos Maslaton, Quique Matavoz, José Benegas… Por allí pasaron Jorge Jacobson, Pepe Eliaschev, Marcela Salleras, Carlos y Malu Kikuchi, Beto Valdez.

Los programas de la radio expresaban una opinión crítica del Gobierno pero con apertura, moderación, con datos y con información confiable. Parece que la combinación de todos esos elementos no resultaba demasiado digerible para el kirchnerismo, que mandó a una de sus espadas empresarias a terminar con el problema. Por supuesto en este caso nadie se acuerda de la compatibilidad de la operación con la ley de medios o con el principio de la “no-concentración”. Aquí la única concentración que cuenta y está autorizada es la que respalda al Gobierno, todas las demás se consideran ilegales aunque nadie tenga concentrado nada.

El hecho es por demás preocupante. El silenciamiento de la opinión es siempre un problema grave para la democracia. El ataque sistemático sobre los medios con opinión crítica ha sido, sin dudas, una característica del “modelo” que, hace rato, debe dejar de definirse por sus contornos económicos para pasar a describirse como lo que realmente es: una matriz de dominación completa de la sociedad a manos de una nomenklatura privilegiada con acceso libre a todo aquello que le prohíbe a los demás.

En materia de emisoras de radio independientes ya van quedando pocas en el espectro. Un formidable torniquete económico ahogó a muchas de ellas y a muchas producciones independientes que se financiaban a sí mismas por la vía de la publicidad.

La pauta publica dirigida solo a los amigos del poder generó un desbalance de tal magnitud que hoy solo se cuenta a “periodistas” millonarios -por su cercanía con esa canilla libre- y a periodistas boqueando porque no tienen acceso a ella y porque el sector privado se ha retirado en mucha medida del mercado anunciador, contribuyendo indirecta pero grandemente con los propósitos y objetivos del gobierno.

Si las empresas tuvieran una idea aunque sea somera del daño que han producido por esa decisión quizás la revisaran. Estoy seguro que ninguna de ellas tiene una idea clara de cuán importante son en el mantenimiento del periodismo libre. Es muy posible que si FM Identidad hubiera estado bien apoyada por el sector privado interesado en mantener abierta la pluralidad de las ideas, no hubiera podido ser atropellada como lo fue. Y eso vale no solo para FM Identidad sino para muchas radios cuyos dueños, dejados de la mano de Dios, finalmente sucumben ante el ofrecimiento de una mano suculenta.

Desde aquí lamentamos lo que ocurrió con FM Identidad. Nadie sabe cuál será la siguiente. Nadie sabe cuántas radios quedarán. Hasta hace unos años ningún periodista tenía estos miedos. Las cosas podían ir mejor o peor, pero a nadie se le ocurría que podía quedar literalmente en la calle porque sus opiniones fueran críticas del gobierno. Esta es una novedad de la “década ganada”.

Ojalá las fuerzas vivas de la sociedad, entre las que se encuentra el sector privado productivo, tome conciencia de lo que ocurre con la libertad de expresión e interprete esos hechos como una circunstancia excepcional frente a la cual no se puede actuar como si se tratara de tiempos normales.

Resulta muy cierto que las empresas deben dedicarse a innovar, a invertir, a emplear gente, a desarrollar nuevos productos, a pagar buenos salarios y a cumplir sus obligaciones impositivas. Pero en tiempos donde un poder aluvional viene a llevarse puestas las voces que defienden los principios por los cuales esas empresas viven, no pueden dar vuelta la cara y hacer como que no tienen nada que ver. Es la hora de mostrar un compromiso, muchachos. Cuando todo se caiga a pedazos será muy tarde para salir a decir que a ustedes, esto, “nunca les gustó demasiado”. El momento es ahora; no cuando ya nadie pueda hablar.