Roca, una figura incómoda para Cristina

El gobierno de la presidenta Cristina Kirchner intentó que el centenario de la muerte de Julio Argentino Roca, que se cumple hoy, pasara lo más desapercibido posible o bien fuera incluido dentro del relato oficial, que, como se sabe, divide también a la historia en buenos y malos, en amigos y enemigos. Por eso, hace unos meses, la Secretaría de Cultura instruyó a las autoridades de los museos dedicados a las figuras de la Generación del Ochenta que no prepararan actos alusivos al centenario de la muerte de Roca y que si se les ocurría tocar el tema convocaran a los dos historiadores oficiales: Felipe Pigna y Pacho O´Donnell.

Roca es una figura molesta para el kirchnerismo. Por un lado, sectores de la alianza oficialista lo ven como un genocida porque derrotó militarmente a los indios que ocupaban parte del territorio nacional. Eso ocurrió antes de su presidencia, cuando Roca era ministro y encabezó la llamada Conquista del Desierto, en base a una ley aprobada por el Congreso. La pelea contra los indios venía ya desde la Independencia; el objetivo de la ley del Congreso fue ocupar esas tierras para atraer a los millones de inmigrantes que el país necesitaba. No iban a venir si persistían los malones indígenas.

Roca derrotó a los mapuches e incorporó al Estado a millones de hectáreas: el sur y sudoeste de Buenos Aires, el sur de Córdoba, San Luis y Mendoza, y las actuales provincias de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. Sin esos territorios, no habría, además, Antártida argentina ni Malvinas argentinas. Es bueno tener en cuenta que los mapuches no eran pueblos originarios en la zona sino que habían derrotado militarmente a otras tribus. Ellos  habían venido de Chile y tenían contacto permanente con sus hermanos que vivían del otro lado de los Andes.

La palabra genocidio es muy atractiva para la propaganda política pero no sirve de mucho para la historia; es un concepto reciente y los hechos tienen que ser analizados en su contexto. Obviamente, nadie le puede impedir a un grupo político que acuse, por ejemplo, a Cristóbal Colón de genocida, pero eso es política, lucha por el poder presente; no tiene mucho que ver con la historia ni con la búsqueda de la verdad histórica. Si usáramos la palabra genocidio, también tendríamos que calificar como tal a Juan Manuel de Rosas, que cuatro décadas antes que Roca mató casi el triple de indios durante su Campaña al Desierto. Y eso sería un problema para el proyecto nacional y popular, que abreva en Rosas.

Roca es una figura complicada para el kirchnerismo porque Néstor Kirchner fue nuestro primer presidente patagónico también gracias a Roca. Seguramente por su capacidad, habría sido presidente pero de otro país porque semejante territorio sería hoy una nación independiente o bien formaría parte de otro Estado, como Chile, por ejemplo. Roca tuvo la habilidad de concretar la conquista mientras Chile estaba concentrado en la Guerra del Pacífico. Tanto es así que apenas lograda su victoria en el norte, Chile extendió su dominio hacia el sur derrotando a los indios que ocupaban esa región.

Es decir que, con Roca, la Argentina consolidó su dominio territorial y, gracias a una vasta obra de gobierno realizada en dos mandatos, doce años en total, construyó el Estado nacional. Un solo Estado en una sola Nación porque los millones de inmigrantes pobres se convirtieron en argentinos gracias al ley 1.420, sancionada durante la primera presidencia de Roca, que introdujo la enseñanza primaria obligatoria, universal, gratuita y laica. Para eso, derrotó políticamente a la Iglesia Católica, que controlaba la educación. Vean la vastedad del proyecto de Roca: hubo una ruptura diplomática con la Santa Sede, que se solucionó recién en su segundo mandato.

Roca no estuvo solo sino que formó parte de una clase dirigente notable, con figuras como Mitre, Avellaneda, Pellegrini y Roque Sáenz Peña, entre otros. Y fue esa Generación la que transformó un país pobre, vulnerable y despoblado en una de las economías más pujantes de su época. Claro que ese cambio vertiginoso se hizo con muchas tensiones sociales y políticas, pero la virtud de Roca y de sus contemporáneos fue ir incorporando al progreso a la mayoría de los argentinos. Un poco por la lucha cívica de un sector de la élite y de la Unión Cívica Radical y otro poco por la consolidación de una clase media que aspiraba a más fue sancionada la ley que estableció el voto universal, obligatorio y secreto, que llevó a los radicales al gobierno.

Roca representa a otra Argentina, de paz, administración y progreso.

Videla, un producto típicamente argentino

Una de las cosas que más me llamaron la atención en las entrevistas que derivaron en el libro “Disposición Final” fue que Jorge Rafael Videla se reveló como un producto auténticamente argentino; el fruto extremo de una cultura política fratricida, que divide entre buenos y malos, entre amigos y enemigos, y que, en consecuencia, considera que cada gobierno tiene la misión de refundar el país. Una cultura autoritaria, que desprecia la búsqueda de equilibrios y consensos, así como es renuente a la tolerancia y a la evolución.

Videla y los militares llevaron al extremo la división de la Argentina entre amigos y enemigos: “Había que eliminar a un conjunto grande de personas que no podían ser llevadas a la Justicia ni tampoco fusiladas”, afirmó sobre el acuerdo básico de la cúpula militar que tomó el poder, hace treinta y ocho años. No sólo para “ganar la guerra contra la subversión” sino para “disciplinar a una sociedad anarquizada, volverla a sus cauces naturales”; reconstruirla como si fuera de plastilina y pudiera ser modelada por la fuerza.

Sería hermoso que el relato kirchnerista fuera cierto, al menos en este punto; que Videla y los militares hayan sido una anomalía o más bien la expresión de solo una parte de la Argentina, esa gente mala, egoísta, a la que solo le preocupan sus intereses particulares: la prensa hegemónica, el campo, la Iglesia, las clases medias (cuando no votan como tienen que hacerlo), el empresariado que no es nacional ni popular, el radicalismo, el peronismo ortodoxo o moderado, el sindicalismo “burocrático”…

Sin embargo, la realidad supera al relato. La “juventud maravillosa”, de la que el kirchnerismo se postula como legítimo heredero, no tomó las armas luego del golpe del 24 de marzo de 1976 para defender la democracia y los derechos humanos, respaldados por los partidos, sindicatos, medios de comunicación y organizaciones sociales que defendían los intereses populares.

No ocurrió así. Los militares desplazaron a la presidenta Isabel Perón con el apoyo de buena parte de la sociedad, que estaba harta de la inflación, el desabastecimiento, la violencia de derecha e izquierda (en 1975 hubo 1.065 muertos por razones políticas), la fragilidad del gobierno y de la Presidenta y las denuncias de corrupción. Tanto fue así que no hubo protestas callejeras ni huelgas en las fábricas o los comercios.

La prensa reflejó ese respaldo social: no solo La Nación y Clarín, como ahora machacan los voceros del kirchnerismo; también La Opinión, de Jacobo Timerman, un diario considerado de centro izquierda que apoyaba abiertamente al almirante Emilio Massera, y el vespertino La Tarde, dirigido por su hijo, el actual canciller Héctor Timerman.

Buena parte de los empresarios y del Episcopado respaldaron el golpe de Estado. Pero también el Partido Comunista, que alababa a las “palomas” de la dictadura, como Videla, y proponía un gobierno cívico-militar. Las guerrillas recibieron el golpe con entusiasmo: ya existían antes del 24 de marzo de 1976; el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) no había abandonado las armas durante los cuatro gobiernos constitucionales del peronismo, entre 1973 y 1976, y Montoneros, de origen peronista, había vuelto a la clandestinidad luego de la muerte del presidente Juan Perón, el 1° de julio de 1974.

Tanto el ERP como Montoneros jugaron al golpe, a “fascistizar” al Ejército, seguros de que una nueva dictadura convencería a los sectores populares de que eran ellos quienes defendían sus intereses. Para concretar el sueño de la revolución socialista, habían creado “ejércitos populares”, con grados y uniformes. Esto no es una interpretación, son hechos; se pueden consultar los documentos de la época y las declaraciones de los jefes guerrilleros, como Mario Firmenich y Mario Santucho.

Fueron muchos los actores que condujeron al poder a los militares, cuya dictadura fue un desastre: miles de detenidos asesinados y desaparecidos según el macabro método llamado “Disposición Final”, crisis económica y hasta una guerra perdida contra Gran Bretaña y sus aliados por las Islas Malvinas. La memoria es importante pero luego de conocer la verdad, toda la verdad.

Montoneros nació en las sacristías

El papa Francisco sorprendió el sábado al lamentar “cuántos muchachos de la Acción Católica, por una mala educación de la utopía, terminaron en la guerrilla de los años ’70″, durante un mensaje a los cardenales que encabezan la Comisión Pontificia para América Latina.

Fue la primera vez que Bergoglio se refirió a la violencia política que afectó a la Argentina en los 70 desde que fue elegido papa, pero seguramente no será la última.

La sorpresa fue que esa primera referencia fuera sobre la responsabilidad de sectores de la Iglesia Católica en la formación de la guerrilla, en especial de Montoneros. Más políticamente correcto habría sido una primera mención a la represión ilegal durante la última dictadura, que fue respaldada por otros sectores de la Iglesia.

Pero, el primer papa jesuita tiene una fuerte, muy definida, personalidad. “El Papa habla como San Francisco y piensa como San Ignacio”, dice uno de los laicos argentinos que más lo trata.

Precisamente, la influencia de la Iglesia en la creación de Montoneros es uno de los temas de mi último libro, ¡Viva la sangre!, que está ambientado en Córdoba en 1975, es decir antes del golpe del 24 de marzo de 1976.

Es que durante los setenta, Córdoba fue un laboratorio donde los sectores en pugna se presentaron en la esencia de sus proyectos, como paradigmas de todo lo que eran, lo que representaban y lo que querían lograr. Córdoba resume la gran tragedia nacional de esa época.

Por ejemplo, en los montoneros cordobeses aparecen nítidas las tres matrices que caracterizaron a la guerrilla peronista: la Iglesia Católica, el nacionalismo y el Ejército a través de la formación en el Liceo Militar General Paz.

Varios de los cordobeses que fundaron Montoneros a nivel nacional y que debutaron con la toma de la localidad de La Calera, el 1° de julio de 1970, habían egresado de ese Liceo Militar y pertenecían a familias del patriciado cordobés, que se dividió frente a la irrupción del desafío armado de las guerrillas.

Es el caso de los Vélez, los Vaca Narvaja, los Roqué, los De Breuil.

Todos eran católicos. Montoneros nació en las sacristías y en los colegios, las universidades, las residencias estudiantiles, los campamentos juveniles y las misiones de ayuda social organizadas por las Iglesia.

Los primeros montoneros cordobeses reflejan la trayectoria típica de tantos jóvenes de buena posición social que, a partir de un compromiso católico, se fueron convenciendo de que la lucha armada era la única salida para terminar con “la violencia de arriba” —de “la oligarquía”, “el imperialismo” y sus aliados— y liberar a “los explotados”, a los sectores populares, que seguían teniendo una fe casi religiosa en Perón. Además, se hicieron peronistas, aunque, en realidad, fueron más bien evitistas: amaban a Eva Perón, la veneraban como una verdadera y perfecta revolucionaria, pero muchos dudaban sobre la ideología, la coherencia y la valentía de Perón.

En el Grupo Córdoba, que luego sería uno de los fundadores de Montoneros, participaron al comienzo Emilio Maza, Héctor Araujo e Ignacio Vélez, y el padre Alberto Fulgencio Rojas. Todos ellos se conocieron en el Liceo General Paz: Maza, Vélez y Araujo se hicieron amigos cursando los últimos años del Liceo, donde Rojas era el capellán y, al igual que su antecesor, el padre Carlos Fugante, pertenecía a los sectores reformistas de la Iglesia.

El cura Rojas instruía a esos cadetes en filosofía e historia, animaba debates sobre la actualidad y organizaba tareas de asistencia social en los barrios pobres de la capital cordobesa.

Ese grupo siguió reuniéndose todas las tardes cuando terminaron el Liceo; el lugar de encuentros fue el Hogar Sacerdotal, en La Cañada y Rioja, un lugar emblemático de la ciudad de Córdoba; allí vivían Rojas y otros sacerdotes. Había nuevos miembros: otro “liceísta”, Fierro; la novia de Vélez, Cristina Liprandi; Losada y su novia, Mirtha Cucco, que fueron acercados por el padre Fugante; Carlos Capuano Martínez, y Susana Lesgart, entre otros.

Muchos sacerdotes estaban consustanciados con el Concilio Vaticano II, que entre 1962 y 1965 renovó y adaptó la Iglesia al mundo contemporáneo, aunque luego desató una puja interna entre las corrientes conservadoras y progresistas sobre cómo había que interpretar y aplicar todos esos cambios. Una de las figuras más carismáticas en la Córdoba de los sesenta fue monseñor Enrique Angelelli, que en 1968 fue nombrado obispo de La Rioja.

Angelelli también participaba de las discusiones en el patio del Hogar Sacerdotal. En eso estaban cuando el 28 de junio de 1966 el general Juan Carlos Onganía desplazó al presidente radical Arturo Illia con el aval de los sindicatos y el peronismo, que seguía proscripto.

Los colaboradores de Onganía provenían de los sectores más conservadores y nacionalistas del catolicismo, formados en los Cursillos de Cristiandad; uno de los primeros blancos de la dictadura fue la universidad pública en el marco de una cruzada contra la izquierda marxista y su influencia en el ámbito de la cultura. El decreto-ley 16.192 suprimió la autonomía universitaria, eliminó el gobierno tripartito (profesores, alumnos y graduados) y disolvió los centros de estudiantes. Los universitarios cordobeses, herederos directos de la Reforma del 18, no podían dejar de reaccionar contra esa afrenta.

La dictadura de Onganía logró exactamente lo contrario de lo que se había propuesto. Por un lado, unificó en las protestas a los universitarios de izquierda con los radicales y los católicos de una corriente llamada Integralismo. Por otro, favoreció la peronización de tantos estudiantes de los sectores medios y altos. En tercer lugar, convenció a muchos jóvenes de que la lucha armada era la única salida para solucionar los problemas de las mayorías populares.

La formación católica los ayudó mucho en esa determinación: “Se solidificó —cuenta Ignacio Vélez— en la conciencia de cada uno de nosotros que éramos los elegidos, que con el sacrificio de nuestras vidas estábamos construyendo el poder armado que derrotaría al brazo armado del imperialismo. Era el mesianismo en todo su esplendor. La convicción profunda de que estábamos elegidos, que nos tocaba cumplir la misión de Cristo: estoy dispuesto a dejar todo, padre, madre, amigos, por tu nombre”. Y eligió “Mateo” como nombre de guerra, en homenaje a uno de los apóstoles y evangelistas.

En esa decisión influyó la relación con Juan García Elorrio, un ex seminarista porteño que en septiembre de 1966 fundó con su esposa, Casiana Ahumada, la revista Cristianismo y Revolución, todo un símbolo de la época porque se propuso reconciliar la militancia cristiana con la lucha armada.

También los curas rebeldes se radicalizaron; fue en Córdoba donde nació el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, en los primeros días de marzo de 1968, con veintiún integrantes que representaban a trece diócesis. Los había inspirado un documento del año anterior firmado por dieciocho obispos del Tercer Mundo que expresaban su deseo de profundizar su compromiso con “los pueblos pobres y los pobres de los pueblos”; criticaba a sus opresores: “el feudalismo, el capitalismo y el imperialismo”, y se “regocijaba al ver aparecer en la humanidad otro sistema social menos alejado de la moral de los profetas y del Evangelio”, en alusión al socialismo. Ningún obispo argentino firmó ese manifiesto, pero sí el brasileño Helder Cámara, cuyo deseo: “Ser voz de los que no tienen voz”, resumió el ideario religioso y político de los “tercermundistas”.

Verbitsky, una persona de “autocrítica” fácil

Réplica a otro artículo en Página 12 sobre la lucha armada, Montoneros y la responsabilidad de cada cual.

Maestro del marketing de sí mismo, Horacio Verbitsky insiste en cubrirse con mortajas ajenas para blanquear o mejorar algunos tramos de su currículum y alimentar un presunto estatus de superioridad moral. Si antes fueron Rodolfo Walsh o Emilio Mignone ahora es Juan Gelman quien viene a cumplir esa tarea. Por eso, en otro artículo en Página 12, Verbitsky nos relata una noticia sobre aquel pasado: también él, al igual que Gelman y Walsh, hizo una autocrítica sobre la lucha armada de Montoneros, que ocurrió en la misma época en la que sucedían los errores y las desviaciones.

Verbitsky dice, textual: “La autocrítica de Gelman (como la de Walsh o la mía, aunque a Reato le moleste su mención) fueron contemporáneas a los hechos y prosiguieron después”. La construcción de esa oración es muy llamativa porque el sujeto está en singular y el resto, en plural, pero filtra la intención del autor, que es destacar que él compartió la actitud que atribuye a Gelman y a Walsh. Y no es que eso me moleste: yo no protagonicé aquella etapa de nuestra historia y sólo trato de cumplir con mi trabajo, que es reconstruir lo que pasó acercándome lo más que puedo a la verdad histórica.

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El juez Bonadío y el guerrillero que pasó de traidor a víctima del terrorismo de Estado

En un sorpresivo allanamiento a la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, el juez federal Claudio Bonadío incautó una treintena de legajos, entre ellos el de Fernando Rubén Haymal, un montonero cordobés de 26 años fusilado en 1975 por el grupo guerrillero al que pertenecía, acusado de traición y delación.

Así fue explicado en su edición de octubre de aquel año por Evita Montonera, la revista mensual que funcionaba como el órgano oficial de la guerrilla peronista. Lo que Bonadío quiere saber es cómo fue que Haymal fue convertido luego en una víctima del terrorismo de Estado, por lo cual sus familiares cobraron la indemnización dispuesta por ley en los años noventa.

Es una de las irregularidades en los pagos a supuestas víctimas de la dictadura o de grupos paraestatales. En total, Bonadío ordenó el viernes pasado que se incautara una treintena de legajos de guerrilleros muertos en ataques a cuarteles y comisarías.

Voceros de la Secretaría indicaron que Bonadío pudo llevarse parte del material que buscaba y que ellos le enviarían el resto de la información en los días sucesivos.

El allanamiento fue originado por una denuncia penal presentada por Julio César Aráoz, ex secretario de Energía y ex ministro de Desarrollo Social, entre otros cargos, contra el secretario de Derechos Humanos, Martín Fresneda, por los presuntos delitos de abuso de autoridad, violación de los deberes de funcionario público y administración fraudulenta.

Durante más de dos años, Aráoz reclamó el pago de la indemnización prevista para los ex “presos políticos” ya que entre 1970 y 1973 estuvo detenido por su militancia en la Juventud Peronista.

Aráoz sostiene que no le pagan “al no ser adherente al actual gobierno y especialmente al grupo denominado La Cámpora, que maneja dicha secretaría”.

Al principio, esta reparación económica beneficiaba solo a los presos durante la última dictadura, pero luego leyes sucesivas, apoyadas por la oposición, fueron ampliando la indemnización hasta alcanzar ahora a todos los detenidos por razones políticas, gremiales o estudiantiles desde el 16 de junio de 1955.

Bonadío también incautó el legajo de Aráoz.

Fresneda, abogado, es hijo de desaparecidos y llegó a la Secretaría de Derechos Humanos con el auspicio del también cordobés Carlos Zannini, el secretario de Legal y Técnica de la Presidencia.

El Caso Haymal es uno de los más oscuros de la trayectoria de Montoneros. Fue “ajusticiado” porque entregó a la policía (bajo torturas, según sus parientes) la dirección de una casa de Montoneros en la cual fueron apresados varios jefes guerrilleros.

Luego de esa redada, Haymal fue liberado por la policía; Montoneros formó un “tribunal revolucionario”, que decidió su ejecución. Así se hizo: el martes 2 de septiembre de 1975, cuando la presidenta era Isabel Perón, es decir, antes del golpe de Estado, Haymal fue muerto y su cuerpo arrastrado varias cuadras desde un automóvil hasta que fue abandonado, cerca de la cancha del club Instituto.

Con el tiempo, Haymal pasó de traidor y delator en víctima del Terrorismo de Estado, como figura en los anexos del Nunca más, que fue “actualizado” en 2006, durante la presidencia de Néstor Kirchner.

Su hijo menor, Marcos Haymal, creyó la versión oficial e incluso militó en HIJOS, en Córdoba, junto a Fresneda, hasta que supo la verdad, de boca de un ex compañero de militancia de su padre.

Los setenta o cómo entender a Cristina

La presidenta Cristina Kirchner se considera una heredera virtuosa de aquella “juventud maravillosa” a la que perteneció en los setenta junto con su marido, Néstor, si bien en un rol periférico, y se inspira en esa década tanto para situarse en la realidad como para tomar sus decisiones políticas.

Cristina también divide entre amigos y enemigos, entre buenos y malos, como lo hacía la Juventud Peronista. De allí sus críticas a Estados Unidos y sus elogios a Cuba y a la Patria Grande latinoamericana. Y su recelo hacia las “corporaciones”: el campo, los medios, la “oligarquía”, la Iglesia, la Justicia y los sectores de clase media refractarios al peronismo.

Como aquellos jóvenes, la Presidenta es más evitista que peronista; considera que Juan Perón abortó la gesta reformista del presidente Héctor J. Cámpora, y es partidaria de una alianza fuerte con un sector del Ejército, que en su caso es encarnada por el teniente general César Milani, una réplica del Jorge Carcagno del ’73. Y si bien, a diferencia de su marido, nunca se sintió especialmente atraída por la economía, es sensible a las explicaciones y a las recetas vinculadas al nacionalismo revolucionario setentista: centralidad del Estado, recelo del mercado, desconfianza del liberalismo, etcétera.

Un aspecto negativo de esa cultura política es la ausencia de responsabilidad: los hechos no queridos siempre pasan por culpa de otro. Por ejemplo, la inflación es el efecto de las remarcaciones de empresarios egoístas; los cortes de luz se deben a que los usuarios gastan demasiado o a que las eléctricas no invierten, y el dólar sube por la especulación. Esa lógica del setentismo es uno de los temas centrales de mi último libro, ¡Viva la sangre!, del cual ofrezco la Introducción a quien quiera descargarla.

Ceferino Reato – ¡Viva la sangre! – Introducción

El contagio del laboratorio cordobés

Córdoba inauguró una ola de saqueos novedosos, orientados tanto a supermercados como a negocios de electrónicos, tecnología y ropa deportiva, que está contagiando al resto del país. “La Docta” confirma así su capacidad anticipatoria: allí suelen producirse hechos que luego se expanden a nivel nacional.

Así ocurrió, por ejemplo, con la Reforma Universitaria de 1918 y con el golpe que derrocó al presidente Juan Perón, en 1955, que comenzó allí bajo el lema “¡Cristo vence!”.

Más acá en el tiempo, Córdoba fue el gran laboratorio donde se mezclaron las fuerzas, los valores y las ideologías que detonaron la tragedia de los setenta, como explico en mi último libro ¡Viva la sangre!, que está ambientado en esa ciudad seductora entre agosto y octubre de 1975, meses antes del golpe del 24 de marzo de 1976.

En primer lugar, fue la sede del “Cordobazo”, una revuelta popular que comenzó el 29 de mayo de 1969 y también duró 36 horas; los obreros organizados en sindicatos autónomos tanto del peronismo como de la CGT, aliados con los universitarios, derrotaron a la policía y tomaron el control hasta que intervino el Ejército.

Aquel “Cordobazo” hirió de muerte a la dictadura del general Juan Carlos Onganía y convirtió a esa ciudad en la capital simbólica de todos quienes soñaban con la revolución socialista, que era, según el catecismo marxista, el destino inexorable no solo de nuestro país. “¡Vamos a hacer de Córdoba la capital de la Patria Socialista!”, prometía Agustín Tosco, el recordado secretario general de la filial de Luz y Fuerza.

Tanto era así que Córdoba se convirtió en la meca interna de los grupos guerrilleros que surgieron luego del “Cordobazo”, Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Sus cúpulas nacionales, encabezadas por Mario Eduardo Firmenich y Mario Roberto Santucho, vivieron allí durante varios meses porque querían estar cerca de la clase obrera local, que giraba alrededor de la industria automotriz, la más pujante de su tiempo.

Montoneros y ERP se postulaban como la vanguardia armada de esa clase obrera, que era joven, calificada y ganaba los salarios más altos del país. Por ejemplo, apuntalaban las luchas sindicales con el secuestro o la muerte de empresarios y gerentes de las empresas en conflicto.

La política tiene su dinamismo: Córdoba también anticipó la reacción de quiénes se sentían amenazados por aquel clima de época; de los contrarrevolucionarios, para utilizar un lenguaje de la época. El primer “grupo de tareas” nació, precisamente, allí, en octubre de 1975, cuando fue fundado el llamado Comando Libertadores de América, que tenía hasta un campo de reunión de detenidos y dependía del jefe de la guarnición local del Ejército, que ya era encabezada por el general Luciano Benjamín Menéndez.

Gobernaba el peronismo, la presidenta era Isabel Perón, y los militares se encaminaban al golpe de Estado, favorecidos por la violencia política y el terror que provocaba entre los ciudadanos.

A nivel nacional, hubo 1.065 muertos por razones políticas durante 1975; pertenecían a la izquierda, el centro y la derecha. Córdoba era un infierno de sangre: en los seis meses previos al golpe 69 personas fueron detenidas o secuestradas y aún permanecen desaparecidas.

Los militares ensayaron allí el método -“Disposición Final”, según las palabras del ex dictador Jorge Rafael Videla-, que luego masificarían en todo el país.

Rebeldes y vanguardistas. Córdoba siempre fue una sociedad compleja, atravesada por varias identidades y diversas líneas ideológicas y políticas. La “Córdoba de las campanas” es uno de los mitos más difundidos sobre la identidad local y alude a su posición como centro relevante del conservadurismo religioso durante sus primeros siglos de vida, luego de la fundación en 1573. Pero, de esa Iglesia surgió en los sesenta una corriente de sacerdotes reformistas que derivó en el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, cuyo primer encuentro se realizó precisamente en Córdoba.

Luego, la Reforma Universitaria originó el segundo mito: la “Córdoba rebelde”, que aludía a una ciudad liberal, reformista, laica, plural, democrática; la fortaleza de una clase media que avanzaba hacia un horizonte infinito, con centro en la Universidad Nacional, fundada por los jesuitas hace 400 años. Más adelante, con el desarrollo industrial, surgió el tercer mito: la “Córdoba revolucionaria”.

Los saqueos indiscriminados de esta semana reflejan una Córdoba diferente. Es, por un lado, uno de los centros más dinámicos de la Argentina rica del complejo sojero, pero ahora aparece una cara distinta, amarga: ciudadanos que protagonizan una violencia capilar en busca de comida pero también de artículos suntuarios; correlato, tal vez, de la opulencia de unos y la corrupción de otros. Una “Córdoba anárquica” que, como en el pasado, amenaza con otro contagio a nivel nacional.

El general católico que creía haber salvado al país

Uno de los temas que más me impactaron de las entrevistas con el ex dictador Jorge Rafael Videla fue la valoración que él tenía de sí mismo: un general católico que había salvado al país de que cayera en el comunismo.

Un fin que, además, justificaba cualquier tipo de medios, como el secuestro, las torturas, la muerte y la desaparición de los restos de aquellas personas que eran “irrecuperables” según los criterios de la dictadura que él encabezó.

“Era el precio que tuvimos que pagar para ganar la guerra contra la subversión”, me dijo sobre los desaparecidos.

Además, un rasgo de nuestra cultura política, donde muchas veces pensamos que si los fines que nos orientan son buenos, los medios, por más perversos que sean en sí mismos, se vuelven buenos, se redimen.

En ese sentido, creo que Videla fue un general católico muy argentino.

En primer lugar, él se veía como un soldado, que llegó al gobierno para cumplir con una misión. La dictadura fue muy corporativa; la expresión de un Ejército que había alcanzado un notable grado de autonomía con relación a la sociedad y a los partidos políticos.

Por eso, pudo imponer un plan para refundar el país como si fuera de plastilina, eliminando sin más todas las anomalías.

El otro aspecto importante es su catolicismo, su concepto de “guerra justa” de Santo Tomás, su convencimiento de que la sangre purifica, y otros conceptos que, hay que decirlo, también estaban presentes en los miles de argentinos que tomaron las armas para ingresar en Montoneros y en otras guerrillas.

“Creo que Dios nunca me soltó la mano”, me dijo Videla que, hasta su muerte, rezaba el Rosario todos los días a las 19, comulgaba todos los domingos y se emocionaba cuando escuchaba los villancicos entonados por el coro formado por sus numerosos nietos.

1976, un golpe que alegró hasta a las guerrillas

El relato que nos hemos construido con gran ayuda del Gobierno indica que el golpe de hace 37 años fue provocado y respaldado por una minoría que buscó proteger sus intereses particulares, una oligarquía vinculada al imperialismo estadounidense que no vaciló en propiciar un conjunto de políticas que incluyeron una matanza masiva.

Hay datos ciertos en ese relato, como los millares de víctimas, sobre las cuales, a tono con la falta de rigor que nos caracteriza y con esa búsqueda constante de nuestra clase política de sacarle el jugo a cualquier situación, todavía no hay un listado verdadero, con nombres y apellidos.

Pero otros datos no son ciertos. El golpe del 24 de marzo de 1976 fue recibido con entusiasmo o al menos con alivio por muchos argentinos, que estaban cansados de la inflación, el desabastecimiento, la violencia política de izquierda y derecha, las denuncias de corrupción y el estilo de la presidenta Isabel Perón y su gobierno.

Además de ese consenso, tal vez difuso en varios sectores pero no por eso menos relevante, muchos actores políticos, económicos y sociales apoyaron decididamente el golpe: empresarios, políticos, sindicalistas, sacerdotes, periodistas y también los grupos guerrilleros, que creyeron ver en esa situación una “crisis revolucionaria”, que aceleraría la llegada del socialismo previa “dictadura del proletariado”, como enseñaban la teoría y también la práctica, por ejemplo, la revolución cubana. Basta ver el comunicado de Mario Santucho, el jefe del PRT-ERP, el 24 de marzo de 1976. Las guerrillas creían que el golpe terminaría alineando al pueblo detrás de los “ejércitos populares” en un capítulo decisivo de “la guerra popular y prolongada” que habían emprendido.

En aquel momento, nadie defendía ni la democracia, ni el estado de derecho ni los derechos humanos. Todo eso surgió luego de un duro aprendizaje, cuando se comprobaron los resultados concretos de la dictadura más cruenta de la historia, que, además, sumó otros dos fracasos: el descalabro económico y la guerra perdida por las Islas Malvinas.

Una mirada más ajustada de la historia tal vez nos daría una comprensión más adecuada de los problemas del presente.

 

Ceferino Reato es Editor Ejecutivo de la Revista Fortuna

Lijo, con licencia para citar a Firmenich

El juez Ariel Lijo puede ahora argumentar que el fallo de la Sala Segunda de la Cámara Federal, que reabre la investigación del caso Rucci, no le dejó otra opción que citar a los testigos propuestos por los familiares de José Ignacio Rucci para profundizar la investigación de su asesinato. Por ejemplo, citar a testigos como Mario Firmenich, Fernando Vaca Narvaja y Horacio González sin que desde el Gobierno se le enojen y ven en esa posible decisión un gesto o una maniobra sospechosa, poco amistosa. En este sentido, el fallo de la Cámara le sirve como una suerte de escudo protector.

La sentencia revoca la decisión de Lijo de agosto de declarar prescripto este asesinato debido a que todos los indicios indicaban que había sido cometido por Montoneros. Lijo citaba fallos de la Corte Suprema de Justicia que señalaban que los delitos de los grupos guerrilleros no podían ser investigados por ser delitos “comunes”; en otras palabras, que solo los delitos cometidos desde el aparato estatal eran de lesa humanidad y, en consecuencia, podían ser investigados y sancionados.

La Sala Segunda de la Cámara, la más independiente del Gobierno, le ha dicho que se apuró en tomar esta decisión y que, en lugar de dedicarse a descartar hipótesis alternativas sobre la autoría de ese crimen, debe profundizar la investigación, por ejemplo en el posible vínculo entre sus autores y funcionarios de la gobernación de Buenos Aires.

En agosto, llamó la atención que Lijo dedicara tantos párrafos a Firmenich y al ex subsecretario de Asuntos Municipales de la gobernación bonaerense, Ernesto Jauretche, a quienes, sin embargo, no había llamado como testigos.

Por ejemplo, el juez citó profusamente dichos de otros testigos que aseguraban que el mismo día del crimen Firmenich reconoció la autoría de Montoneros en una visita a la redacción de la revista partidaria El Descamisado.

Según los indicios reunidos por el juez, y también de acuerdo con mi libro Operación Traviata, Rucci fue asesinado por Montoneros, el 25 de septiembre de 1973, en el marco de una disputa de poder con el general Juan Domingo Perón, que dos días antes había sido elegido presidente por tercera vez con un resultado casi plebiscitario, más del 61 por ciento y en primera vuelta.