Un spot de Abuelas que desvirtúa su causa

Si alguna causa ha gozado de un consenso prácticamente unánime en estos años, ésa ha sido la de las familias que buscan a sus niños –hijos, nietos, sobrinos- robados durante la dictadura, tras nacer en cautiverio o ser secuestrados juntos con sus padres.

El siniestro crimen que estuvo en el origen de estas apropiaciones hace imperativa la restitución de identidad, incluso más allá de la voluntad –definitiva o pasajera- de la propia persona robada.

Es por eso que, a pesar de la excesiva partidización de algunas de sus referentes en la última década, la causa de las Abuelas de Plaza de Mayo sigue gozando de un amplísimo apoyo.

Sin embargo, en las últimas semanas, se está difundiendo un spot televisivo que la desvirtúa.

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Día Nacional de la Hipocresía

Pasa algo curioso en la Argentina. En los primeros años de la democracia, el debate sobre lo sucedido durante la dictadura, y en el período inmediatamente anterior, era menos masivo que ahora, pero mucho más profundo y honesto. El paso del tiempo, contrariamente a lo que se proclama, ha traído, al amparo del olvido y de la manipulación político electoral, una terrible simplificación que acaba por nublar la verdad.

Llevamos 30 años de normalidad institucional. Pese a ello, y a que la “memoria” hasta tiene su día en el almanaque, en lugar de un avance en la comprensión de los sucesos que llevaron al golpe de Estado de 1976, asistimos a una involución hacia posiciones maniqueas y simplistas, en las que el dogma es refugio y excusa para frenar el debate y eludir responsabilidades.

Convencidos tal vez de que los indecibles horrores cometidos por la dictadura justifican retroactivamente sus acciones, muchos protagonistas de aquella época guardan un conveniente silencio, cuando no se erigen en jueces de un proceso del cual fueron parte.

Así, año a año, el golpe de Estado de 1976 es condenado por los mismos sectores que contribuyeron al derrocamiento del gobierno constitucional de Isabel Perón.

El hecho de que nadie mencione a la presidente derrocada, en los muchos actos de repudio al golpe, habla a las claras de la aprobación que, de modo más o menos explícito, el grueso de los protagonistas de la época daba a su destitución. Muchos referentes de las fuerzas mayoritarias creyeron que los militares los dejarían participar del juego.

La izquierda, armada o no, también apostaba al golpe, y el Partido Comunista llegó a la ignominia de defender activamente a Jorge Videla, porque la dictadura era aliada comercial y diplomática de la Unión Soviética.

Otro caso es el de algunos sobrevivientes de las organizaciones guerrilleras –varios de ellos reciclados en el actual gobierno- cuyas conducciones practicaron la estrategia de “cuanto peor, mejor”: por ejemplo, frente al anuncio del adelantamiento de las elecciones para septiembre de 1976 –que debió funcionar como antídoto a las conspiraciones-, su respuesta fue agudizar la violencia, brindando mayores argumentos al golpismo. Cabe preguntarse a qué intereses servían realmente y cuánta responsabilidad tuvieron esas cúpulas en la muerte de miles de jóvenes –los hoy reivindicados desaparecidos- que en su enorme mayoría creían pelear por una mejor causa y por ella dieron la vida

El relato actual sostiene que Montoneros y ERP fueron casi organizaciones de autodefensa frente a la dictadura. Pero ambas guerrillas se habían levantado en armas antes, contra la democracia, y enfrentaron con violencia al gobierno “reformista” y “burgués” de Juan Perón; más larvadamente los Montoneros, puesto que alegaban ser peronistas; abiertamente el ERP, porque nunca reconoció la legitimidad de aquel gobierno. Y esto se agudizó durante la gestión de Isabel.

Algo análogo sucedió en Uruguay. La diferencia es que los sobrevivientes de la guerrilla Tupamara no niegan su responsabilidad. El actual presidente, José Mujica, se declaró “profundamente arrepentido de haber tomado las armas con poco oficio y no haberle evitado así una dictadura al Uruguay”.

En Chile, al cumplirse los treinta años del golpe de Estado (en 2003), Luis Corvalán, miembro del Partido Comunista, que integraba la Unidad Popular, el frente que llevó al gobierno a Salvador Allende, el presidente socialista derrocado y muerto en 1973, dijo: “No podemos negar nuestra responsabilidad. Prevalecieron en la UP las tendencias extremistas y sectarias”. La propia hija de Allende, Isabel, señaló: “Todos los actores políticos somos responsables de lo ocurrido. No fuimos capaces de entrar al diálogo para buscar una salida política”. Semejante honestidad política es imposible de encontrar en nuestro país.

En la Argentina previa al golpe también hubo sectores de todos los partidos que aportaron al caos. Como los diputados de la “Tendencia” (cercanos a Montoneros) que le presentaron la renuncia a Perón cuando éste quiso reformar el código penal para combatir a la subversión, pero años después le votan a Néstor Kirchner sin chistar una ambigua ley antiterrorista. O los 34 diputados del “Grupo de Trabajo” que paralizaron la actividad legislativa durante la gestión de Isabel. Varios de ellos están hoy refugiados en despachos oficiales o sentados en una banca.

A diferencia de sus pares de Uruguay y Chile, la clase política argentina calla.

Inclusive muchos creen que los juicios -tanto los del 84 como los actuales-, promovidos con más oportunismo que sincera convicción, los lavan de culpa y los invisten de autoridad moral. Lo mismo que su opción por los derechos humanos.

Pero tener una lectura del pasado con fines de manipulación no es lo mismo que tener una política de derechos humanos.

Estos, dicho sea de paso, han dejado de ser una causa para convertirse en una forma de vida. Un medio de sustento para muchos, si pensamos que hoy no debe existir municipio en el país que no tenga una secretaría o dirección de derechos humanos. Eso explica el discurso de los “avances” en materia de derechos humanos y la celebración callejera, en el mismo momento en que tantos argentinos están de duelo por las víctimas de una violencia delictiva descontrolada.

Ayer, durante el feriado por Memoria, Verdad y Justicia, hubo 4 muertes en hechos delictivos. En los tiempos previos al 76, una progresiva naturalización de la violencia anestesió a la sociedad frente a lo que venía. Hoy, se están naturalizando la anomia social, el no combate al delito y a la droga, y el avance del crimen organizado.

Si el recuerdo de la tragedia del 76 no contribuye a que los argentinos valoremos la vida y la cuidemos en el presente, ¿de qué sirve la memoria?

De momento, sólo para que muchos se golpeen hipócritamente el pecho por la violencia del pasado mientras en el presente asisten impávidos a la degradación y destrucción del tejido social argentino.

Sobreactuación feminista

Siempre sostuve que las feministas no la tienen fácil en este país, pero no porque se trate de una sociedad especialmente machista; al contrario, la Argentina es el país menos machista de toda América Latina y el que no lo crea que cruce la frontera y lo experimente.

No, el problema de las feministas vernáculas es que las principales conquistas femeninas del siglo XX en materia de participación política se deben a la iniciativa de dos hombres.

El voto femenino, que el folklore atribuye a Evita, no hubiera sido posible sin la decisión de Juan Perón. Más aún, es casi seguro que la idea vino de él, que fue el maestro de ella en política. Sin Perón, no hubiese existido una Evita.

Sin embargo, recientemente escuché a una numen del feminismo argentino decir, muy suelta de cuerpo, que Evita promovió el voto femenino “pese a tener un esposo machista”. Semejante nivel de negación sólo se explica por la imposibilidad de aceptar que haya sido de un hombre –militar para más datos- que las mujeres argentinas recibieron una de las leyes más emancipadoras de la historia.

No es algo fácil de tragar para un feminismo que sólo se concibe en oposición a los hombres y para el cual ser varón es sinónimo de ser machista.

La investigadora española Marysa Navarro, biógrafa de María Eva Duarte, dijo en una ocasión: “Eva descubrió a las mujeres a través de Perón; él fue el primer jefe de Estado argentino que puso el tema femenino en la mesa, antes de que Evita se metiera en política”. A Eva, su “machista” esposo le enseñó a construir poder político como mujer. Navarro dice que esto fue tan indigerible que, “aunque parezca triste, las feministas se opusieron [a la sanción de la ley]”.

Varios años más tarde, en 1991, la historia se repitió cuando nuevamente un hombre, el entonces presidente Carlos Menem, impulsó la Ley de Cupo Femenino, por la que un tercio de los puestos en las listas de diputados y senadores deben ser ocupados por mujeres. También en ese entonces, algunas militantes criticaron la medida.

Sin embargo, la socióloga feminista Dora Barrancos reconoció el papel de Menem en la iniciativa: “La nota peculiar en la materia la daba el propio presidente: dispuesto a ser irreductible y viendo que la aprobación de la norma no obtenía garantías suficientes, impuso al ministro del Interior acerca de la necesidad de convencer a los remisos del justicialismo; ése empeño fue decisivo”. Aunque atribuyó esta actitud al “cálculo político” y a “designios no encomiables”, reconoció que el cupo tuvo efecto en materia de “derechos para las mujeres”.

Estoy convencida de que existe en Argentina una sobreactuación feminista. No es fácil destacarse con una iniciativa por la “igualdad de género” en un país que ya tuvo dos mujeres presidentes –Cristina no fue la primera, mal que le pese-, cuyo Congreso es uno de los de mayor representación femenina porcentual del mundo, y que ocupa el 8º lugar en el ranking de presencia femenina en ámbitos públicos en general (según datos del International Institute for Democracy and Electoral Assistance, de Suecia).

Esto explica algunos proyectos delirantes como el de doble apellido obligatorio, apellido materno en primer lugar, supresión de la partícula “de”, lenguaje inclusivo forzoso, etcétera, con los que algunos buscan destacarse en un terreno en el que lo más decisivo ya está hecho.

Lo llamativo, además, es el tono con el cual fundamentan estas iniciativas: uno se creería en un país talibán. Por ejemplo, cuando el Senado debatía una ley para “Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres”, en el recinto se escuchaba: “El disvalor de la mujer es soporte fundamental de nuestra herencia cultural”; “La mujer es la gran discriminada en todos los aspectos sociales”; “Como mujeres nos sentimos a diario y en todo momento agredidas en nuestra dignidad”, etc. Y no faltó una senadora –“hermana de” para más datos- que, como muchas de sus pares, ocupaba una banca gracias a la ley de cupo-, que afirmó que “durante muchos años, en nuestro país, ésta ha sido una lucha sólo de las mujeres”.

Pero la sobreactuación feminista no es sólo femenina. También los varones caen en excesos. El escritor Ricardo Piglia por ejemplo dijo que “Cristina (Kirchner) es un personaje muy interesante, (…) porque es una mujer conduciendo el peronismo en un país muy machista”.

Salvo que esté devolviendo gentilezas por la invitación al Salón del Libro en París, sorprende este comentario en un país que tuvo una presidente mujer tan temprano como en la década del 70 y que tiene una de las leyes de cupo más avanzadas (en el congreso argentino hay más mujeres que en el francés).

La última sobreactuación en data también es de un hombre: el diputado nacional José Luis Riccardo (UCR, San Luis) quiere llevar el cupo femenino al 50 por ciento. El problema, nuevamente, además de la propuesta son los fundamentos. Entrevistado por Luis Novaresio para Infobae TV, y tras señalar que ya la mujer estaba discriminada en la democracia ateniense, sin miedo a la desmesura, dijo: “Veinticinco siglos y la mujer todavía aparece muy poco en la política”. ¿En qué país vive?

También intentó minimizar el valor de la Ley de cupo, diciendo que era “un mínimo” que muchas veces “ha actuado como un techo”. El periodista le señaló entonces que el radicalismo tenía muy pocas mujeres. Cosa que él quiso negar pero no pudo nombrar a ninguna, lo que no le impidió criticar al peronismo…

La hoy senadora Norma Morandini me dijo una vez lo siguiente: “Las feministas europeas  tenían una frase muy cínica, decían que la verdadera igualdad iba a llegar cuando las mediocres también fueran ministras”.

Y una precandidata a presidente, cuando le preguntaron si la mujer iba a traer más transparencia a la política, respondió indignada que era injusto exigirles más a “ellas” que a “ellos”. Traducción: las mujeres tenemos el mismo derecho a la corrupción que los hombres.

Bueno, les tengo una mala noticia: se ha alcanzado tal nivel de igualdad que ya quedó demostrado que en política las mujeres pueden ser tan mediocres, corruptas e ineficientes como los hombres. Por lo cual sería bueno que, dejando de lado la sobreactuación feminista, hombres y mujeres trabajasen codo a codo por volver a poner a la política al servicio de valores, para construir una Argentina más unida, justa y solidaria.

El sonoro silencio de los gremios docentes

Fue impactante escuchar a la Presidente retomar argumentos “neoliberales” –por decirlo en sus términos- para referirse a los docentes en su discurso de apertura de las sesiones del Congreso.

Pero más impactante todavía es el silencio de los sindicatos del sector que, de haber escuchado esos asertos en boca de algún funcionario no kirchnerista, estarían compitiendo por el repudio más enfático.

El sábado pasado, los argentinos escuchamos a la Presidente de la Nación tratar a los maestros de vagos y extorsionadores. Pero no escuchamos luego ni una sola declaración de repudio o condena a estas expresiones por parte de la dirigencia sindical docente.

No hay proporción entre la rabia desatada contra las aulas durlock del Gobierno porteño y la calma con la que fueron recibidas las sentencias que, al mejor estilo “doña Rosa”, desgranó la Presidente en su discurso. Comentarios de “alta peluquería”, como dijo alguna vez un ex ministro.

Recordemos que en su discurso Cristina Kirchner aludió primero al elevado ausentismo de los docentes. Y, segundo, acusó a los gremios de chantaje por frenar el comienzo de clases cada año en función de sus reclamos salariales. Ni el PRO se animó a tanto.

Sin embargo, en el distrito porteño, donde sí hubo acuerdo salarial con los maestros, de todas formas habrá paro, en repudio a… ¡la falta de vacantes! Un problema que no es de este año, sino de larga data. ¿O alguna vez hubo guardería pública para todos los infantes de 1 a 5 años en la Capital Federal?

Sobre el primer argumento de la Presidente, la pregunta que cabe es: ¿tiene el Gobierno nacional estadísticas de ausentismo docente? En un discurso interminable y lleno de cifras, no las hubo en esta materia, aunque no estaría de más saber de qué y de cuánto se habla exactamente. Presentismo o no, lo que el Estado debería hacer es garantizar el rápido remplazo de cualquier docente que falte, así sea un solo día. Mecanismos que están lejos de funcionar con la eficiencia necesaria.

Por otra parte, el ausentismo es un mal que corroe a toda la administración pública. Es decir, a los empleados de áreas que dependen directa o indirectamente de la Presidente. Pero frenar este flagelo y elevar la productividad de los empleados públicos no es un tema que figure en la agenda oficial. Es más fácil y más demagogo mirar la paja en el ojo ajeno.

El segundo dardo que la Presidente lanzó contra los maestros consiste en proponerles –como a todos los asalariados- que reclamen sin hacer paro, cuando cualquiera sabe que no hay conquista gremial que se haya obtenido sin apelar a la huelga.

Como patronal, Cristina Kirchner no se diferenció en lo más mínimo de los “personeros del neoliberalismo” que sus “pibes para la Liberación” denuncian, señalan y escrachan.

Lo que la Presidente debería haber explicado en el discurso del sábado pasado es por qué, si ha destinado más presupuesto que otras administraciones a la Educación, la calidad educativa sigue retrocediendo y los maestros son remunerados con sueldos indignos de su condición.

Como lo publicó Infobae en su momento, la Argentina tiene el peor resultado educativo en relación a la inversión que hace en el área. De ese “logro” debió hablar la Presidente. Para explicar por qué, con Ley de Financiamiento educativo y todo, las clases no pueden empezar porque los docentes no tienen remuneraciones a la altura de su función, por qué la Argentina no deja de retroceder en calidad educativa y por qué la escuela pública que el gobierno dice defender expulsa constantemente alumnos hacia la educación privada.

No hay plata que valga si los funcionarios no ponen a la Educación al tope de sus preocupaciones, en serio y no de palabra. Si las autoridades no respetan a los maestros –y la propia cabeza del Ejecutivo nacional los trata de vagos y extorsionadores- difícilmente éstos sean respetados por padres y alumnos; y es sabido que uno de los obstáculos para la calidad educativa es precisamente el deterioro de la autoridad del maestro.

Los funcionarios no se han preocupado por cumplir otras disposiciones de la Ley de Financiamiento educativo –como la generalización de la doble jornada escolar-, no han establecido mecanismos de evaluación y no cesan de promover el facilismo en materia educativa (por ejemplo, prohibiendo la repitencia).

En febrero de 2013, es decir hace apenas un año, Cristina Kirchner y su ministro de Educación Alberto  Sileoni presentaron un Plan Educativo en el cual brillaban por su ausencia conceptos tales como conocimiento, contenidos y calidad.

En cambio, se dieron muchas cifras sobre construcción de nuevas escuelas (incluyendo el eufemismo “mejoras” edilicias, para engordar cifras y batir récords imaginarios) y de distribución de netbooks, que en definitiva no son más que herramientas. Si la escuela argentina supo ser excelente con tiza y pizarrón, no es por la falta de computadoras que hoy se hunde cada año un poco más en el atraso.

Una de las metas anunciadas en aquel acto fue la de “disminuir las tasas de sobreedad”. Otro eufemismo: quiere decir que nadie repite. Para que un niño de 8 años no esté “retrasado” respecto a su edad, se lo hace pasar de grado aunque no haya aprendido. La mejora en las tasas de sobreedad –de las que luego se jactan las autoridades- no se debe a progresos en la enseñanza sino sencillamente a que ya no repiten.

El principal objetivo de cualquier plan educativo debería ser volver a tener una escuela en la cual los niños egresen del primer grado sabiendo leer y escribir, como sucedía históricamente. Hoy, no sólo no es el caso para un gran número de alumnos, sino que muchos llegan al final del secundario sin saber leer fluidamente, sin entender lo que leen y sin poder luego expresarlo en sus propios términos; es decir, llegan desarmados al combate laboral y profesional.

La inclusión no debe ser en detrimento de la calidad de la educación porque de lo contrario es una estafa.

De esto no habló Cristina Kirchner. Tampoco lo hacen los sindicatos docentes. Sin embargo, junto con una remuneración justa, la calidad educativa es uno de los elementos esenciales de la dignidad y la autoridad de un docente.

La verdadera traición de Hollande

El presidente francés, François Hollande, ha sido tema de la prensa del corazón por la revelación de su affaire con una actriz, Julie Gayet, y su subsecuente separación de la que hasta ese momento era su novia y Primera Dama, Valérie Trierweiler.

Pero, además del desagrado que causa a los franceses que la prensa hable de cuestiones privadas en un país que tradicionalmente consideró -como corresponde- mucho más graves en sus funcionarios los escándalos de dinero que los de polleras, hay otra traición que está cometiendo Hollande y que dice bastante más sobre su personalidad que estas supuestas correrías. Y vale la pena mencionarla porque permite muchas analogías con la política local. Y más allá.

Hollande es un presidente sobrevenido. Nadie lo imaginaba en ese puesto hasta muy pocos meses antes de la elección. Su ascenso a la pole position se debió muchísimo más a una combinación de circunstancia y oportunidad que a sus propios méritos.

No es que fuese un outsider en política; pero era un hombre de partido, de bajo perfil y de personalidad tan chata como a primera vista parece.

La contingencia que lo sacó de las sombras fue la caída en desgracia del ex director del FMI Dominique Strauss-Kahn, número puesto para la candidatura socialista y por lo tanto quien más chances tenía de ocupar la presidencia de Francia hasta el día que estalló el escándalo en el hotel Sofitel de Nueva York; un caso detrás del cual se adivinó la mano negra del entonces jefe de Estado, Nicolás Sarkozy, que habría querido librarse de su rival más peligroso. La cosa no resultó, porque ya los franceses estaban cansados de él y no querían darle otro mandato; estaban dispuestos a votar a cualquiera que se le pusiese enfrente. Así llegó Hollande a la presidencia. Y se nota, porque su gestión es tan mediocre que “Sarko” ya sueña con volver y parece que tiene chances de hacerlo… pero ésa es otra historia.

Un libro de reciente publicación en Francia, escrito por Céline Amar y cruelmente titulado Hasta aquí todo va mal (Jusqu’ici tout va mal, Ed. Grasset, enero 2014), revela que, pese a los escasos méritos que ha mostrado hasta ahora Hollande para la gestión de Estado, el tipo se la cree.

Hubo un hombre clave en su carrera; el nombre quizá no les diga mucho a los argentinos, pero su protagonismo en la consolidación de la Unión Europea fue muy grande, al punto de que los franceses lo hubieran votado como presidente, pero él, caso raro en política, declinó la candidatura socialista. Algo llamativo en tiempos en que abundan los políticos que se postulan para funciones que les quedan grandes. Y si no, repasemos el panorama nacional…

El nombre de esta rara avis es Jacques Delors, 88 años. Ministro de Economía de Francia entre 1981 y 1984 y presidente de la Comisión Europea entre 1985 y 1994.  Siendo favorito para la presidencial francesa de 1995, renunció a presentarse. Retirado de la vida política, sigue interviniendo regularmente en el debate público, Y, sobre todo, goza de la estima y el respeto de los franceses. A este hombre, Hollande decía deberle la carrera. Eso, hasta que llegó a la presidencia y se le subieron los humos a la cabeza.

En efecto, Delors apadrinó a Hollande desde su think tank, llamado Club Témoin, que funcionó entre 1993 y 1997. Gracias al respaldo de las personalidades allí agrupadas, Hollande llegó a la jefatura del Partido Socialista que ejerció de 1997 a 2008 y volvió a ocupar una banca en la Asamblea nacional de 1997 a 2012 (la había perdido en 1993).

Jacques Delors y François Hollande, en 1993En enero de 2013, el Bundestag (parlamento alemán) abrió sus puertas para celebrar con toda solemnidad el 50º aniversario del Tratado franco-alemán de amistad firmado por Konrad Adenauer y el general Charles De Gaulle, que puso fin a siglos de discordia y abrió el camino a la unidad de Europa. Cécile Amar revela en su libro que las autoridades alemanas deseaban la presencia de Jacques Delors en el acto, pero “las mezquindades del Eliseo [ejecutivo francés] decidieron otra cosa”.

Ausente, Delors fue de todos modos homenajeado, pero por la jefa de gobierno alemán, Angela Merkel: “Quiero evocar a Jacques Delors, quien, con perspicacia había señalado, antes de la introducción del euro, que una cooperación política más estrecha, especialmente en materia de política económica, era de la mayor importancia”.

No sin cinismo, interrogado por esta ausencia, Hollande respondió, aludiendo a la edad de Delors: “Yo creía que le costaba desplazarse”.

Pero este no fue el primer destrato hacia su padrino político. En mayo de 2012, a días de asumir como presidente, los periodistas le preguntaron: “¿Invitará usted a Delors (al acto de asunción)?”. “Por supuesto que lo voy a invitar”, respondió. Mentira, no lo hizo.

En marzo de 2013, Hollande hizo referencia en un discurso al proyecto de “nueva sociedad”, uno de cuyos inspiradores fue Jacques Delors, pero sin citarlo

Y el estudio comparado entre las ideas de gobierno formuladas por Delors en 1995 (reproducidas en sus Memorias en 2004) y los anuncios hechos por Hollande a fines de 2013, en un intento por sacar a su Gobierno del pantano, arroja sorprendentes resultados: el actual Presidente se entregó de lleno al copy-paste, otra vez, sin citar al autor.

Hollande escucha con atención un discurso de su mentor político, Jacques DelorsCécile Amar dice en su libro: “François Hollande borra a Jacques Delors de su vida y poco a poco de la política. En varias ocasiones, preparando un discurso europeo, sus ghost writers vinieron a ver al Presidente: ‘Aquí habría que citar a Jacques Delors’. ‘Sí, habría, pero no’, les respondía secamente el jefe de Estado. Como Presidente, considera que no le debe nada. ¿Por qué? Es su carácter. François Hollande quiere creer que se hizo solo, detesta que se lo juzgue, no quiere compararse y rara vez actúa gratuitamente. (En los 90) creyó que sería ministro gracias a Jacques Delors, pero el presidente de la Comisión Europea no se presentó. Él se sintió decepcionado. Delors no le sirve para nada desde que dejó la política”.

En nuestro país, abundan los ejemplos de este tipo de ingratitud. Es más, no falta quienes creen que es un mérito político o al menos un paso necesario para afirmar la autoridad. Pero lo cierto es que sólo los mediocres eluden manifestar gratitud porque creen que los debilita, cuando es de grandes el ser agradecido. Acomplejados por su falta de brillo y capacidad y/o conscientes de lo fortuito de su ascenso, empiezan negando toda deuda moral o política y se inventan una historia distinta, un relato, y terminan creyéndoselo ellos mismos.

Cuando Jorge Bergoglio fue elegido Papa, uno de los tópicos de la prensa mundial fue lo difícil que sería la coexistencia de dos pontífices. Francisco, con su constante expresión de agradecimiento y afecto hacia Benedicto XVI, demostró lo contrario. Quien es grande, puede ser humilde. Y, sobre todo, no pierde tiempo en mezquindades de cartel.

Aire acondicionado en todo el subte, ¿no sería mejor idea?

Fin de año agitado: entre amotinamientos de policías que ganan miseria, gobernantes que gastan más tiempo en pelearse entre ellos que en resolver problemas y cortes de energía al parecer no programados, los argentinos vamos de la indignación al asombro.

Pero cuando esta mañana tomé el subte, mis emociones –negativas- se concentraron en la última idea del Jefe de Gobierno de la Ciudad: que los porteños que vivimos en edificios de más de 6 pisos –se me ocurre que debemos ser unos cuantos, sobre todo considerando el boom de construcción de los últimos años- nos aseguremos nuestro propio suministro de energía.

Así es. Mauricio Macri anunció que presentará un proyecto de ley para que los edificios de más de 6 pisos cuenten con un grupo electrógeno para garantizar agua y ascensor. Generoso, el jefe de Gobierno previó también créditos del Banco Ciudad para que los consorcios puedan afrontar el gasto que su iniciativa les acarreará.

Esto me hace acordar a los abogados zaffaronistas que culpan a la víctima por haberse resistido. Los usuarios que padecemos las consecuencias de la mala política energética de este Gobierno –consecuencias profetizadas desde hace años- somos los culpables de nuestra miserable situación: de tener que vaciar heladeras y tirar a la basura la compra del mes, mudarnos a casa de papá y mamá o de amigos para poder ducharnos y dormir sin desmayarnos, y llamar incansable e inútilmente a las empresas de no-servicios.

Ahora, gracias a la iniciativa de gente que toma medidas a costa del bolsillo de los demás, podremos hacer una vaquita en el consorcio y terminar con esta odisea. ¿A quién no le gusta pagar expensas extraordinarias?

¿Y qué tendrá que ver esto con el subte?, se preguntarán algunos. Es que se me ocurre que ya que el Jefe de Gobierno de la Ciudad está interesado en que los porteños pasemos un mejor verano, ¿por qué no le exige a la concesionaria del subte que ponga YA aire acondicionado en TODAS la líneas y en TODOS los vagones? Si quiere, que ofrezca créditos blandos también para eso. Están en eso, ya sé, pero con una demora injustificada.

No soy usuaria habitual del subte no porque no quiera sino porque de mi casa al trabajo lamentablemente no tengo ninguna línea y creo que me cansaré de esperar que construyan una, aunque buena falta hace. Pero cada vez que tengo que ir al centro, me compadezco de los pobres vecinos que lo toman todos los días. Más aun, me pregunto ¿cómo sobreviven a semejante trance?

Si hace calor afuera, bajo tierra es el infierno. No sólo por las deficiencias de ventilación y la falta de aire en muchos vagones, sino por la densidad de pasajeros por metro cuadrado.

¿En qué cabeza cabe que se puede extender un subte 2, 3, 4 estaciones, sin aumentar la frecuencia? Y claro que no estoy criticando que se hayan abierto nuevas estaciones. Todo lo contrario. Pero sumar barrios enteros al servicio y no incrementar la frecuencia es inhumano. La gente viaja literalmente enlatada, y en hora pico hay que dejar pasar varios trenes antes de poder subir a uno.

Entonces me pregunto por qué los funcionarios no se hacen cargo de su responsabilidad en vez de pergeñar ideas para que la gente solvente su ineficiencia. Los errores de gestión y la desidia de las autoridades la tenemos que pagar nosotros.

Me resulta además sospechosa esta actitud tan solícita de buscarle soluciones no a la gente sino al Gobierno nacional.

¿No es bastante con que éste no brinde seguridad pública, y los vecinos deban gastar en alarmas, rejas, vigilancia y -triste y peligrosamente- también en armas?

¿No basta con que estén dejando colapsar la educación pública y los padres opten por los colegios privados?

¿No basta con que el transporte sea catastrófico y haya que pagar un plus para viajar en combis?

¿No basta con la crisis del hospital público y el desmanejo de las obras sociales que empuja a la gente hacia las prepagas y hace de la salud un negocio?

No. Ahora cada cual deberá también proveerse su propia fuente de energía.