¿Debate de la década?

Viví recientemente -durante un encuentro con amigos- una situación que en los últimos años se convirtió en una constante de los hogares argentinos: un encarnizado diálogo de sordos (no corresponde llamarlo debate y mucho menos “debate político”) respecto a las ventajas o desventajas del “modelo” tras una década de estadía en el poder. Estuvo ausente en este caso la catarata de adjetivos “descalificativos” que todo lo resuelve (era gente respetuosa y funcionó el antídoto “beatrizsarliano” del “conmigo no”), no hubo más remedio que analizar la década desde una perspectiva lo más objetiva posible. Tampoco (lo acordamos) le dejamos lugar al “comparado con el 2001”… Una década es demasiado para eso. Coincidimos que sería tan absurdo como que Raúl Alfonsín, tras cinco años de gestión, hubiera insistido con “por lo menos ahora hay democracia”. O que Menem en 1998 defendiera su gestión reivindicando que “por lo menos ahora no hay saqueos”. No alcanza. Estar mejor que antes, avanzar, progresar, es una condición básica. Y mucho más cuando hay condiciones favorables para ello.

Sin el recurso simplista de “golpista”, “facha”, “empleada de Magnetto” o de “un país en llamas” ni “50% de pobreza” la conversación se hizo más interesante. La diferencia principal pasó a ser desde dónde se analiza la década, qué cosas son las que se deben considerar, que es lo importante en la vida de un país y de su gente como para evaluar si el balance es positivo o no. Si está bien o mal gobernado…

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Otro naufragio del relato

El episodio que tuvo como protagonista a Julio Alak, la ESMA, los micros con asistentes y los choripanes no es -a mi juicio- un hecho que merezca ser visto por sí mismo, aislado de un contexto caracterizado por la banalización y utilización de los graves hechos que vivimos los argentinos en la década del ’70.

En síntesis, es la consecuencia de pararse frente a una realidad sólo desde el aprovechamiento de su impacto en amplios sectores de nuestra sociedad, sin estar verdaderamente involucrados ni desde los sentimientos ni desde las convicciones verdaderas.

Para muestra, la anécdota que me relató en una oportunidad un ahora ex kirchnerista. Pensaban en una actividad que consolide a su espacio en competencia con otros sectores del arco oficialista y uno de los participantes del debate afirmó sin ponerse colorado: “Hagamos algo de homenaje a alguien y llevemos a Abuelas y a algún nieto. Eso vende”.

¡¡¡Eso vende!!! Eso genera adhesión entre quienes creen profundamente en la necesidad de memoria, verdad y justicia, sostienen. Eso “nos blanquea” sería una interpretación a la luz de la realidad, plagada de hechos donde ni la “verdad” ni la “Justicia” parecen ser valores defendidos con convicción desde el cristinismo. Mientras tanto -parecen pensar- se puede hacer cualquier cosa: reprimir y asesinar QOM en Formosa, desalojar tierras jujeñas de la familia Blaquier provocando cuatro muertes, reprimir movilizaciones contra el gatillo fácil provocando muertes en Bariloche y en Buenos Aires, reprimir a los ambientalistas para asegurar los dividendos de las mineras, aprobar una Ley Antiterrorista preparada para reprimir la protesta social, etcétera.

Creo que si hay un tema en el que definitivamente el relato hizo agua, naufragó definitivamente, es en el tema de los derechos humanos. En realidad así se denominó -“vendía” más- una acción de cumplimiento de la leyes, de castigar a quienes habían cometido delitos horrorosos. La celebración de Alak, en el escenario del sufrimiento ajeno, es simplemente la gota que rebalsó el vaso. Los derechos de los humanos, a la vida, a la seguridad, al trabajo, a la salud, a la vivienda digna, a la información -entre otros- no forman parte del ideario oficialista.

Para ser respetuosos del pasado, para asumirlo con seriedad, para no intentar especular ni servirse de él, hay -como mínimo- que estar honestamente conmovidos por sus secuelas trágicas. No es el caso de nuestro gobierno.