Un añejo resentimiento revisionista

No está mal la propuesta de la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires de incorporar Villa Urquiza al nombre de Juan Manuel de Rosas para denominar a una estación de subte que casualmente se encuentra en dicho barrio. Y no está mal, tampoco, integrar en el presente lo que durante tanto tiempo se utilizó para enfrentarnos. ¿Urquiza o Rosas? ¿Rosas o Urquiza?

Lo que sí está pésimo son los argumentos del doctor Pacho O’Donnell al comentar la decisión de la Legislatura, expresados en una nota aparecida en Infobae el domingo 17 de abril, puesto que el ex Presidente del Instituto Dorrego continúa con el añejo resentimiento revisionista que hace tiempo dejó de explicar nuestro pasado. Leer el artículo de O’Donnell es ingresar en un tren fantasma en el que en cada curva aparecen las figuras de Rodolfo Irazusta, Carlos Ibarguren o Ernesto Palacios, entre otros. ¡Esos sí fueron buenos! Revisaron, corrigieron, explicaron nuestra historia a la luz de la crisis mundial del liberalismo cuando finalizó la Primera Guerra Mundial y se desencadenó la crisis del treinta. Remozaron la ciencia histórica. Le insuflaron energía. A su manera fueron modernos. Política y revisionismo funcionaron acoplados en aquella época turbulenta. ¡Pero eso ya fue! Pasó. Nada queda de aquel mundo. Las respuestas políticas hoy son otras y la visión histórica esclava del presente, también. Continuar leyendo

Lo que no se resuelve, retorna

La sociedad argentina está enferma y desorientada. El kirchnerismo y algunos sectores del Gobierno nacional se equivocan fieramente. Sus actos revelan inconsistencia y vaguedad. Y no hablo de economía, del aumento de los servicios ni de ganancias, que dejo para especialistas y ecónomos. Hablo de conductas antisociales llevadas adelante por el kirchnerismo, que la autoridad tenía la obligación de impedir y no lo hizo por temor, más que por prudencia.

Las escenas de la toma de Comodoro Py evocan los tiempos del Gobierno de Héctor José Cámpora, cuando la Juventud Peronista aliada a montoneros asaltaba oficinas y edificios públicos. Cuarenta y nueve días de espanto que el kirchnerismo evoca como el paraíso a recuperar. No ha sido un tema menor que Kirchner adoptara el nombre del ex Presidente para bautizar su creación juvenil. La sociedad ya debería darse cuenta de que el revisionismo histórico de estos gandules no es incoloro ni inodoro, ni siquiera un devaneo intelectual. Conlleva el peligro de la repetición de viejos errores que la inteligencia, la intelectualidad peronista y los políticos del mismo espacio dejaron correr como si fuera una simple travesura juvenil. Ahora, con las escenas de la toma de Comodoro Py, es tarde, el mal está hecho. El futuro se anuncia borrascoso. Continuar leyendo

Mariano Moreno y la corrupción política

El kirchnerismo ha sido una generación educada en los sesenta y los setenta con las premisas culturales e ideológicas de aquellos tumultuosos y conflictivos años. Su mirada de la acción política se fundaba en la idea de revolución, de cambio copernicano y de uso de la violencia para lograrlo. Adicionaron a esta concepción una mirada historiográfica con la que pretendieron vincularse al pasado, de modo de asumirse herederos de combates que no comprendieron.

La patraña consistía en el vano intento de echar raíces en terreno ajeno. Esto es, arrogarse la representatividad de la marcha del pueblo argentino desde sus orígenes hasta la actualidad. Al asumirse herederos de las derrotas y las frustraciones de un pueblo que se les antojaba inmaculado, ingenuo y sufriente, no hicieron otra cosa que repetir el ideal heroico de minorías exquisitas. En este caso, bajo el sesgo del iluminismo nacionalista o marxista.

El revisionismo histórico de la década del treinta y el marxismo que lo atravesaba fueron la argamasa con la que construyeron una línea de acción que, a su saber y entender, venía de lo profundo de la historia y era un mandato a seguir. Eran el último eslabón de una cadena que ellos romperían para crear un engranaje nuevo. ¡Una nueva sociedad! O como decía Mario Firmenich, comenzar a realizar el paraíso en la Tierra. Continuar leyendo

La Guerra Fría

El presidente Barack Obama aseguró que, concluida la Guerra Fría, no tiene más sentido aislar a Cuba. Justificó así, ante propios y extraños, su viaje a La Habana. En la misma línea, aseveró que, al romper el hielo, el comunismo isleño se quedará sin excusas frente al fracaso, que siempre justificó por el bloqueo. Dos buenas razones para el viaje.

¿Cuándo comenzó la guerra que Obama afirma haber concluido? Breve repaso: al terminar la Segunda Guerra Mundial, los aliados se repartieron Europa. Quedaron para la Unión Soviética los territorios invadidos por el Ejército Rojo en su avance sobre el Tercer Reich: Alemania Oriental, Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, Yugoeslavia y Albania. Winston Churchill, primer ministro inglés, denominó al conjunto telón de acero, luego conocido como cortina de hierro.

George W. Bush, en mayo de 2005, pidió disculpas a estas naciones por no haber hecho nada por ellas. Claro que esas disculpas tenían olor político por las diferencias entre republicanos y demócratas. Desacuerdos de lado, lo cierto fue que si Estados Unidos permitió o no pudo impedir la cortina de hierro, advirtió a los soviéticos que en Turquía y Grecia no debían meterse. La primera porque gozaba del privilegio estratégico del control de los estrechos (del Bósforo, mar de Mármara y de los Dardanelos) y Grecia sobre el mar Egeo. Si los soviéticos lograban apoderarse de esos dos países, la flota rusa con asiento en la península de Crimea (mar Negro) asomaría al mar Mediterráneo y podría ejercer presión sobre el Canal de Suez, en caso de algún conflicto. Continuar leyendo

El sentido político de Cámpora

Ser cristiano y simpatizar con Judas es una decisión incomprensible. No sé si alguna vez pasó. Creo que no. Pero si hubiera llegado a ocurrir, se trataría de un desquicio moral de proporciones gigantescas con ribetes demoníacos.

Algo parecido ocurre, naturalmente, salvando la distancia, los hombres y el contexto, con el merengue de asumirse como peronista y reivindicar la figura de Héctor Cámpora, hasta el límite de bautizar con ese nombre a una agrupación juvenil que hace de la militancia y del peronismo una vocación cuasi religiosa. En este último caso me refiero a los jóvenes, incautos e inocentes, que han creído en la honestidad de una causa. No en sus jefes, que se han enriquecido de manera inmoral. Inmoralidad similar a la de identificarse con el peronismo y llamarse camporistas.

Continuar leyendo

Cristina le debe una explicación al peronismo

Como se  advierte en el título de esta nota, la ex Presidente le debe una explicación al peronismo; y el peronismo, por su lado, debe exigírsela, como también corresponde que lo haga Daniel Scioli, si llegaran a ser ciertas las declaraciones realizadas por ella a un empresario amigo: si Mauricio Macri arreglara con los holdouts, el PRO se quedaría doce años en el poder.

Para arrancar digo que el peronismo jamás le pedirá una rendición de cuentas a la señora por esas declaraciones o, al menos, para corroborar que hayan sido dichas. El partido peronista no existe y no quiere líos con la progresía. Tampoco lo hará Daniel Scioli, que nunca mostró coraje y autonomía en su etérea vida política.

De ser ciertas las declaraciones (creo que lo fueron), ponen de manifiesto que la señora tenía en claro que arreglar con los holdouts significaba para el país un enorme alivio para su alicaída economía, como garantía de gobernabilidad y éxito futuro. Como al kirchnerismo sólo le quedaba un año de gobierno, solucionar el asunto al final de su mandato era otorgarle a Daniel Scioli el éxito promovido por Cristina, dado que, de realizar en tiempo y forma un arreglo con los fondos buitre, el bonaerense tendría mayores posibilidades de ganar la elección. Continuar leyendo

La historia de la grieta

Una profusión de artículos, escritos por historiadores y periodistas, apareció en los últimos tiempos para explicarnos cómo la fractura política que azuzó el kirchnerismo es un mal que proviene del fondo de nuestra historia. Que en definitiva no ha sido una creación original del Gobierno que se fue. Por el contrario, una larga lista de enfrentamientos sacudió la armonía y el equilibrio del país, afirman, en el supuesto de que esto último fuera posible. Como ejemplos citan a Mariano Moreno y Cornelio Saavedra, Juan Lavalle y Manuel Dorrego, federales y unitarios, provincianos y porteños y así hasta nuestros días. Ubicando, de esta forma, el problema en el plano político, sin profundizar en los aspectos ideológicos o filosóficos que determinan el problema. Estos análisis se deslizan por la superficie como son los hechos cotidianos de la política menuda. Dejando en manos del individuo y su voluntad la posibilidad de ser más menos inapelable.

Ciertamente hay mucho de individual en la violencia y el fanatismo. Es un componente psicológico. Escapa al territorio de la historia y la filosofía. No forma parte de este artículo. Lo que sí podemos afirmar es que ciertas personalidades se orientan más por una línea de acción política que por otra. El intolerante, intransigente e inapelable con seguridad se inclinará por aquellas doctrinas que proclamen un pensamiento absoluto, incondicionado, que se halla por encima de la realidad y aspiran alcanzarlo por el camino de la revolución. También hay climas de época que confunden al más pintado.

Lo que propongo en el presente escrito es una aproximación al tema abordando las doctrinas o las líneas ideológicas que alientan la fractura al promover el progreso mediante la revolución que parte de una idea. Idea construida como una elaboración intelectual por fuera del desenvolvimiento histórico y llevada a la realidad por la fuerza y la voluntad. El iluminismo es la expresión ideológica de esta tendencia. Un gran filósofo argentino afirmaba: “La razón se impone a la historia. El progreso no está en la historia misma, es obra de la razón que formula los valores y los impone a golpe de reformismo radical. La teoría iluminista del progreso implica el espíritu de utopía revolucionaria” (Coriolano Alberini. Problemas de la historia de las ideas filosóficas de la Argentina).

De modo entonces que la idea impuesta a golpes de revolución lleva implícito que quien no comulgue con estos valores es un contrarrevolucionario. Por lo tanto, un enemigo del bienestar humano. Al que hay que anular. La idea de revolución es un absoluto. El siglo XIX en la Argentina estuvo signado por este pensamiento. A manera de ejemplo y sin afán de hacer una crítica, el general José de San Martín le escribía a su ex secretario, Tomás Guido, que luego de diecinueve años de desinteligencias en busca de la libertad sólo queda para que el país pueda existir “la necesidad absoluta que uno de los dos partidos desaparezca”. Está plagada nuestra historia de ideas similares. La izquierda, el revisionismo nacionalista y el iluminismo liberal hicieron de esta idea desafortunada del Libertador el leitmotiv de su existencia. Lo que viene a demostrar que los tres cuerpos de doctrina —liberalismo iluminista, marxismo y nacionalismo— guardan en sus pliegues un componente racionalista resuelto a ser impuesto por la fuerza y la voluntad al conjunto de la sociedad.

Sin embargo, una línea del liberalismo surgida como reacción al iluminismo, el romanticismo, construyó en el territorio de la interpretación histórica y la acción política una mirada más amigable del devenir: el historicismo. En nuestro país, el más claro pensador de esta corriente fue Juan Bautista Alberdi. El intelectual argentino más brillante del siglo XIX no cree en la revolución ni en el extermino del adversario. Cree en la evolución y el acuerdo. Decía Alberini del pensamiento de Alberdi: “El progreso no se impone a la historia: se halla ínsito en ella. La creación no constituye un acto excepcional sino continuo. Es inmanente, no trascendente”.

Por lo tanto, el progreso no se impone a fuerza de revoluciones. Esta mirada de Alberdi hizo que el tucumano acompañara a Urquiza cuando promovió el Acuerdo de San Nicolás con los antiguos gobernadores de la época rosista, cuando se opuso a la pena de muerte decretada sobre Juan Manuel de Rosas por los liberales iluministas porteños y cuando escribió: “El libro Facundo es peligroso para los tutores argentinos. Es el manual del caudillo y del caudillaje, en que el autor (Sarmiento, liberal iluminista) consagra la teoría del crimen político y social como medio de gobierno”.

Como ve el lector, en nombre del progreso a fuerza de revoluciones se han producido los más grandes crímenes de la historia. Nuestro país es un claro ejemplo de esta enfermedad ideológica. Hace no más de cuarenta años se asesinaba en nombre de una revolución que nos traería la igualdad, el bienestar y el paraíso perdido. ¡Así nos fue!

El kirchnerismo, al posicionarse en la fractura, no hace otra cosa que dar continuidad a una línea histórica que sin embargo tuvo su contracara en pensadores como Alberdi que afirmaba: “Promover el progreso, sin precipitarlo, evitar los saltos y las soluciones violentas en el camino gradual de los adelantamientos, abstenerse de hacer cuando no se sabe hacer, o no se puede hacer, proteger las garantías públicas, sin descuidar las individualidades…cambiar, mudar, corregir conservando”.

Con las manos atadas

Tiene razón el presidente Mauricio Macri en responsabilizar al Gobierno anterior por el avance del narcotráfico y el delito. Cuando el ex gobernador Daniel Scioli se anime a contarnos, ahora que no está bajo la mirada admonitoria del matrimonio Kirchner, quién le ataba las manos, según le confesó al marido de Carolina Píparo, los argentinos estaremos en condiciones de identificar con nombre y apellido a los cómplices y los encubridores.

De todos modos, no alcanza ni con una cosa ni con la otra. Lo que hace falta es voluntad y la voluntad brota de las convicciones fruto de las ideas. Aun en ojotas o alpargatas, si se tiene voluntad, se vence a la delincuencia.

El combate contra el delito lleva implícito un debate cultural e ideológico. Aquellos que piensan que esto es un error se equivocan o son ingenuos. Si fuera como ellos dicen, el kirchnerismo habría solucionado el asunto, dado que resolverlo reditúa votos. No lo hizo, dejó al pueblo y a la patria en una indefensión absoluta. Al atarse al progresismo, quedó preso de esta cosmovisión y nos embromó a todos.

El kirchnerismo ha tenido una postura zigzagueante frente a este flagelo. Una primera etapa de negación del tema hasta la irrupción de Juan Carlos Blumberg. Frente a la imponente movilización, aceptó el endurecimiento de las leyes, quizás porque no era la solución. Luego, con Cristina Kirchner se retornó al progresismo. En la nueva etapa se dieron los argumentos más contundentes. Se justificó el delito cubriéndolo con un manto de piedad. Los delincuentes son la consecuencia de una sociedad injusta, afirmaban. Continuar leyendo

Final del Instituto Dorrego

¡Y no podía ser de otra manera! En una feliz decisión, el ministro de Cultura de la Nación, Pablo Avelluto, decidió cerrar ese engendro ideológico denominado Instituto Dorrego con el contundente argumento de que no corresponde al Estado tomar partido por una corriente historiográfica. ¡Felicitaciones! ¡Bien hecho!

Creado en noviembre de 2011 por un grupo de hombres interesados por el pasado, que procuró extender en el tiempo una visión historiográfica anacrónica nacida en nuestro país al calor de la expansión nacionalista en el mundo.

En los años ’30 del siglo pasado, el nacionalismo autoritario causaba furor en Europa. Su atractivo ideológico, más el valor atribuido a la fuerza y la voluntad, sedujo a jóvenes inquietos que responsabilizaban al liberalismo del siglo XIX de todos los males sociales y de la feroz matanza de la Primera Guerra Mundial. Un sector de la juventud argentina, fundamentalmente de clase media y alta, cayó bajo ese embrujo europeísta, rindiéndose al nacionalismo autoritario que hizo su ingreso triunfal en la política argentina con Uriburu en el golpe militar de 1930. Continuar leyendo

La tercera derrota

El peronismo ha sido derrotado, afirman voces oficiosas. ¿Qué peronismo? El populismo retrocede en todos los frentes, aseguran otros. ¿Qué populismo? Lo que ha sido vencido es el kirchnerismo y el que retrocede en todos los frentes es su sucedáneo: el progresismo.

Desde el inicio de su gestión, el Gobierno que se retira se asoció interna y externamente con lo que vulgarmente se conoce como izquierda: desde el marxismo dogmático de Cuba, el sandinismo nicaragüense o el socialismo del siglo XXI de Hugo Chávez hasta la línea soluble de Pepe Mujica en Uruguay, pasando por el Partido de los Trabajadores de Lula da Silva, trotskista hasta 1989 y luego creador del Foro de San Pablo, Evo Morales y Rafael Correa.

En el país y desde sus inicios el kirchnerismo se inclinó hacia la izquierda con gran vocación ideológica. Duro crítico de los noventa por ser esa década la expresión criolla del capitalismo salvaje, según afirman, levantaron las banderas de una revolución que si bien reconocían de imposible realización en los términos anteriores a la caída del Muro de Berlín, la creían factible por métodos acordes a tiempos de democracia. Ante el triunfo del capitalismo vieron en las elecciones el camino que antes resolvían por las armas. Los nuevos tiempos republicanos podrían abrir la brecha hacia la revolución. No pudo ser. Continuar leyendo