La fractura como modus vivendi

Ahora, que se van acallando las voces de tantos argentinos que durante el último mes confraternizamos frente a televisores, con compatriotas que nunca habíamos visto y que jamás volveremos a ver. Ahora, que la luces de los estadios se apagaron y la selección nacional ha dejado de ser centro de charlas y encuentros; que el humo de los combates botineros se ha marchado tras la línea del horizonte, pienso, que es llegado el momento, al menos para quien esto escribe, de compartir algunas reflexiones producto de cierto sabor amargo que las declaraciones presidenciales provocaron en mi ánimo y que vienen a confirmar lo que la mayoría de los habitantes de este país sospechamos desde hace un largo tiempo.

Antes que nada, huelga decir que los argentinos nos sentimos orgullosos de haber sido activos espectadores de este Mundial al cinchar parejo por el éxito futbolero. Algunos ejemplos: promesas, esfuerzos personales, propuestas de cambios, viajes multitudinarios para apoyar a los muchachos, cábalas infalibles, modificaciones de hábitos, costumbres y modas, todas conductas muy humanas, que habla de cierto pensamiento mágico que nos vincula y emparienta, además, con nuestros antepasados remotos al momento de ofrecer un cordero a los dioses tutelares y de esta forma manejar el destino, la naturaleza o la suerte. ¡Hombres al fin y al cabo!

Al llegar a la patria la Selección Nacional, la Presidente de la Nación les dio la bienvenida a los jugadores y los técnicos en el predio de la AFA, en Ezeiza. Lo hizo en el marco de un encuentro descontracturado y sencillo. En el centro y rodeada por los jugadores, les habló con cierta complicidad canchera, ponderando los valores que esta selección ha mostrado a los argentinos: trabajo en equipo, espíritu de cuerpo, solidaridad, compañerismo. Buenos ejemplos que nos ha dejado, al decir de 678, la “Década Ganada”.

En el mismo sentido se expresó el senador Aníbal Fernández en un artículo y en declaraciones radiales. Hago notar que fueron muchos los comentaristas deportivos, políticos, sociólogos y tantos otros que observaron los mismos valores. Sin embargo, el kirchnerismo, que todo lo bueno y lo sano lo asocia a su estilo político, una vez más metió la pata. O para decirlo cortito y al pie, Cristina Kirchner, Aníbal Fernández y 678 se apoderaron de esos ejemplos arrastrándolos por el fango, al borrar con el codo lo escrito con la mano.

Inmediatamente de ponderar lo colectivo y el valor de la unidad para la existencia de una nación, pidió memoria a los muchachos, rogándoles recordaran lo mal que habían hablado de ellos y del director técnico el periodismo descreído y pesimista al que se sumaron muchos argentinos. ¡Unos y otros! ¡Los buenos y los malos!

El cristinismo no puede con su genio. La fractura como modus vivendi forma parte de su política y estructura psicológica. La mirada conspirativa como estilo de vida es una construcción ideológica pero también mental. Fuerzas oscuras que conspiran permanentemente y la luz de los buenos emergiendo victoriosos de entre las brumas. Demasiado sencillo para ser cierto.

La Patria y sus símbolos

Cuando las Provincias Unidas del Río de la Plata, en el futuro República Argentina, iniciamos el camino de la independencia nacional, se hizo indispensable contar con símbolos que nos unificara, nos diera identidad y al mismo tiempo nos recortara del viejo amo colonial.

Fue la Asamblea del Año 13 la encargada de llevar adelante las primeras resoluciones sobre nuestra simbología. El Escudo Nacional, el Himno y la Bandera azul y blanca fueron reconocidos como tales. En el caso de la Bandera, la Asamblea, fue algo ambigua en su resolución aunque autorizó al Director Supremo, Ejecutivo Nacional creado por ella, a portar una banda con esos colores. Al mismo tiempo mandó retirar, de todos los organismos públicos o privados los emblemas que recordaban la simbología goda.

Sobre el Escudo Nacional mucho se ha escrito acerca de la influencia cultural que le dio sentido. El debate se centró fundamentalmente en el origen del sol. Si se trataba del sol inca o del sol griego. Esto es, de la influencia de la historia clásica europea o de la historia americana de los Incas. No quedan dudas del aporte incásico en nuestros símbolos, en el himno, e incluso en el debate sobre nuestra forma de gobierno, cuando en el Congreso de 1816 Belgrano defendió la idea de una Monarquía Inca.

La Revolución francesa con sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad hizo su aporte, verificado en el gorro frigio del Escudo. Lo cierto fue que todos estos estandartes recorrieron el continente del brazo de los Ejércitos libertarios como también de las fuerzas criollas que enfrentaron en diversas circunstancias la agresión extranjera. La unidad nacional y la organización constitucional de nuestra patria se hicieron, también, a la sombra de nuestros símbolos patrios, tanto, como el ejercicio de nuestra soberanía sobre la totalidad del actual territorio nacional. En definitiva los símbolos nacionales son emblemas de encuentro, consensos y unidad nacional.

Los pañuelos blancos

¿Qué representan estos pañuelos para que una inmensa mayoría de nuestros Diputados hayan votado afirmativamente una ley que los transforma en símbolos nacionales? ¿Acaso la defensa de la soberanía nacional? ¿La unidad de los argentinos frente a un enemigo extranjero? ¿O el emblema de una vida democrática y republicana? Lo que sí expresan es el dolor de las madres y abuelas que perdieron sus hijos o nietos en una guerra fratricida que dividió en partes desiguales a los argentinos.

Hubo a lo largo de nuestra historia distintos momentos de crisis entre compatriotas pero jamás el terrible error de proponer como símbolos de la argentinidad los emblemas de los federales o unitarios, de provincianos o porteños, de conservadores o radicales, de peronistas o socialistas o de cualquier fracción política por encima del conjunto. Esa idea de levantar el emblema de una minoría sobre las mayorías o al revés, surge de un espíritu de facción al servicio de la fractura nacional. Es un error que habrá que enmendar.

Como dijimos, estos pañuelos expresan el llanto de una época aciaga de la patria pero lo que los diputados y en el futuro los senadores debieran saber y contemplar a la hora de votar es que el dolor, genuino y humano de las madres, se derrama sobre unos jóvenes y no tan jóvenes que lucharon por instalar una dictadura armada en el país, apoyada por fuerzas extranjeras radicadas en Cuba y la Unión Soviética.

Sería como instaurar en calidad de símbolos patrio, también, el luto que llevaron los familiares de los maturrangos muertos en Sipe-Sipe, Ayohuma o San Lorenzo. Frente a este grave error político no he escuchado ni leído ningún comentario del Instituto Dorrego o del Juan Manuel de Rosas como tampoco de la Academia Nacional de la Historia y demás Institutos Nacionales.

La Ley sancionada en Diputados es el más claro ejemplo del espíritu divisionista y de facción que anida en la ideología kirchnerista y ha impregnado a un amplio sector de nuestra ciudadanía.

El último Perón

Conversando  con el doctor Carlos Menen, en el año 2009, con el objetivo de recuperar algunos recuerdos de su vida política, el ex-presidente me contó que siendo gobernador de La Rioja se había reunido, hacia fines de 1973, con el entonces Presidente de la Nación, el general Perón.

El motivo de aquella conversación fue poner al tanto al caudillo justicialista de las dificultades económicas de La Rioja y las escasas posibilidades de generar trabajo genuino para  su gente.

Perón, con el gracejo y el humor que lo caracterizaba, le dijo que ya conocía el problema: “¡Al fin y al cabo mi mujer es riojana! Y me ha contado que hasta  las langostas cuando ingresan a la provincia lo hacen con mochilas provistas de viandas”.

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Relato y realidad

Cada época o tiempo histórico tiene su relato. Esto es, un conjunto de ideas, valores y principios que explican y, de alguna manera, conducen el devenir.  Este relato es una construcción teórica realizada por filósofos, pensadores, intelectuales, economistas, poetas, escritores, músicos, entre algunos de los creativos, que consciente o inconscientemente reflexionan y racionalizan la realidad. Como la historia es un continuo, es natural que las ideas acompañen ese acontecer o lo promuevan según la corriente filosófica en la que uno se incluya: la que cree que la realidad material es la que evoluciona y las ideas acompañan, o aquella que sostiene que son las ideas las que modifican la realidad, existiendo entre estos dos extremos una amalgama de ambas. No será éste el tema del presente artículo.

Con la revolución americana, la institucionalización de su república y finalmente la revolución francesa, las ideas liberales abrazaron todo el siglo XIX, promoviendo el crecimiento exponencial del capitalismo. En el caso de la Argentina vienen a cuento aquellas palabras del general Perón: “Todos somos hijos del liberalismo creado por la Revolución Francesa.”  Citando nuevamente a Perón, ese ciclo virtuoso culminó con la Primera Guerra Mundial: “En 1914, para mí, comienza un nuevo ciclo histórico que llamaremos de la Revolución Rusa”

La naciente etapa requirió de un nuevo relato que la explicara y facilitara. Además, su arrollador avance trajo aparejado dos cuerpos de doctrina o ideologías que se disputaron el siglo: el nacionalismo y el marxismo, y finalmente una combinación entre los dos pensamientos. Este período vio crecer los movimientos de liberación nacional, la lucha contra las naciones imperiales, el nacionalismo industrial, cultural, el proteccionismo y la autarquía económica. El vivir con lo nuestro como paradigma de la nacionalidad enfrentado a las fuerzas “extranjerizantes” expresadas por aquellos sectores vinculados al mercado mundial, que la palabra oligarquía los describía acabada y despectivamente. Este esquema con sus más y con sus menos tuvo vigencia en buena parte del siglo XX y fue promovido por la revolución soviética y la crisis del 30.

La mayoría de los partidos políticos de la novedosa fase cayeron bajo la influencia del paradigma de su época . Conservadores, peronistas, radicales del programa de Avellaneda, desarrollistas, incluido algunos liberales aggiornados. Ahora bien, ese mundo nacido con la revolución rusa, corregido y aumentado por la Gran Depresión, ha desaparecido. La caída del Muro de Berlín, la implosión de la Unión Soviética, el fin de la Guerra Fría y el fenomenal boom tecnológico dieron por tierra con todo un siglo. Los tiempos que corren ameritan un nuevo relato y otra explicación a treinta años de la novedad que no puede dejar afuera valores y principios asociados a un novedoso liberalismo social.

Malvinas y los fondos buitre

La comparación y el peligro del que hablan políticos y periodistas, que encierra la igualación por parte del gobierno actual con el de Galtieri, no tiene asidero ni punto de comparación. Intrínsecamente, no es lo mismo defender o intentar recuperar lo robado que pagar deudas contraídas. Pero lo que fundamentalmente ha cambiado es el mundo en el que se dio el conflicto de Malvinas y el actual.

En 1982 aún se vivía bajo la pesada carga de la Guerra Fría, hacía cuatro años que el Frente Sandinista de Liberación había tomado el poder en Nicaragua y tres que el ayatollah Khomeini dirigía los destinos de Irán. Es decir, el capitalismo liberal no salía aún de la formidable derrota de Vietnam. El entusiasmo del nacionalismo y de la izquierda fue tan manifiesto que creyó posible el triunfo de Malvinas, pensando que la Unión Soviética velaba desde las sombras. En ese mundo bipolar, al decir de Hernández, siempre había “un palenque ande rascarse”.

En la actualidad, el capitalismo ha triunfado en todos los frentes y la Argentina se halla, propiamente, en el centro geopolítico de los vencedores. Cavilar como en aquellos años es un disparate fenomenal en el que incurren sectores de izquierda y del kirchnerismo. No hay dudas que Cristina ha virado hacia posiciones amigables al capitalismo mundializado. Hace más de un año y en vísperas de una reunión en Naciones Unidas la Presidente aseguró que por su formación político-cultural, en la década del 60, miraba con desconfianza el proceso de globalización, pero después de diez años de gobierno lo observaba como una oportunidad. ¡Finalmente se asomó al mundo!
Estas palabras son ignoradas por la izquierda kirchnerista que ya no tiene dónde aferrarse. Patria sí, buitres no, vociferada en una raleada concentración espectral, suena tan añejo como Patria sí, colonia no, de los años 40.

El kirchnerismo, sobre su ocaso, le hace un gran favor al país al dejar a la deriva al infantilismo político.

La estatización del pensamiento

Con motivo  del nombramiento del militante de Carta Abierta, Ricardo Forster, como Secretario de Estado para coordinar el Pensamiento Nacional, muchas voces se levantaron y el asunto aparece como muy opinado. El periodismo y la intelectualidad  han dejado correr páginas y declaraciones donde una de las preocupaciones centrales ha sido: ¿le corresponde al Estado llevar adelante dicha tarea?  Las respuestas fueron muy variadas y en general críticas.

Por mi parte me pregunto: ¿es saludable estatizar al pensamiento como se hizo con las AFJP, Repsol, Aerolíneas, Ciccone y demás yerbas? Estatizaciones acompañadas por un abanico social y político muy amplio de la sociedad argentina que creen ingenuamente que el avance del Estado siempre es necesario para la defensa de la Patria. Bueno… ¡ahora no se quejen! El gobierno nacional ha decidido estatizar el pensamiento para impedir que se diluya y se contamine por el neoliberalismo, que naturalmente ¡siempre es extranjerizante!

 

¿Qué es el pensamiento nacional?

La idea del Pensamiento Nacional surgió en la Argentina de la mano del nacionalismo, cuerpo doctrinario que hizo furor en el mundo inmediatamente después del Primera Guerra Mundial. En nuestro país  ingresó, gracias al libre fluir de las ideas, en la década del 20’y como hecho político, con el golpe de Estado del 30’, en la figura de Uriburu. Desplazado del poder, dos años después,  alcanzó la Presidencia el general Justo, un hombre que se reivindicaba liberal, pero que sin embargo debió implementar medidas intervencionistas porque la atmósfera mundial torcía la brújula hacia esos lares. El nacionalismo vernáculo, sin embargo, bautizó a esos tiempos como Década Infame casualmente por intentar Justo, al menos desde las ideas y los discursos, asociarse al liberalismo que en el mundo estaba de capa caída. El nacionalismo, entonces, ganó adeptos también en la Argentina; y sin lograr constituirse en partido político alcanzó algo mucho más trascendente, instalar la ideología nacionalista, nacida en Europa, como esencia y componente sustancial de nuestra cultura, mejor dicho, construir en el imaginario popular e intelectual la idea de  que nuestra cultura guarda en sus pliegues, componentes nacionalistas que provienen de un pasado remoto y arcádico. Confundiendo aviesamente cultura con ideología. Pues los nacionalistas no aceptan que su dogma es una construcción intelectual moderna, precisamente del siglo XX. El revisionismo histórico fue su más alta creación en el territorio del pensamiento argentino.

Así las cosas el nacionalismo permeó a la totalidad de los partidos políticos e impregnó con sus principios las décadas siguientes. Estatismo, intervencionismo, nacionalismo cultural fueron algunos de los valores que hicieron furor en la década del 60’ y el 70’.  Ganó al peronismo, a los radicales del programa de Avellaneda, a los Demócratas Progresistas de Lisandro de la Torre, a los conservadores, a los desarrollistas e incluso a ciertos socialistas.

Sin embargo el mundo del siglo XXI ha dado una vuelta de campana respecto de aquellos años. Huele a viejo esta ideología que ha perdido el encanto de la controversia para transformarse en una “cultura oficial”. Congelada en el pasado y en el poder.

Recuerdos de una conversación con Carlos Menem

Fue durante el año 2009 que visité al ex presidente Carlos Menem en su casa del barrio de Belgrano. Durante diez encuentros conversamos sobre su gestión. Le formulé preguntas no pactadas, absolutamente  abiertas, tendientes a recuperar en su memoria, algo frágil por esos años, viejos recuerdos que evidenciaran su mirada política,   ideológica e histórica  tanto como a sus valores y principios. No pretendía escribir un libro de historia de su presidencia sino más bien una aproximación a su personalidad y a su forma de concebir la política. Aspectos que no aparecen en discursos, declaraciones o escritos que con seguridad siempre redactan otros. Treinta horas de grabación, como las que poseo,  me hubieran permitido la realización de la obra que nunca hice, no obstante mi compromiso de realizarla. Deuda que no creo vaya a saldar alguna vez. De todos modos en cortos artículos periodísticos narré algunos pasajes de aquellas conversaciones. En esta oportunidad, y a propósito de las declaraciones de Zulema Yoma respecto de la muerte de su hijo a consecuencia de un atentado – hipótesis que ella siempre sostuvo-,  me veo liberado de una decisión mía de no escribir sobre este asunto tan controvertido como doloroso.

Zulema afirmó que  finalmente su ex marido  le había reconocido, en el mes de enero, la posibilidad del atentado. Más allá de que sea una confesión sincera o el firme deseo de acabar con la controversia matrimonial que anímicamente lo tenía a mal traer al ex Presidente, según me lo confesara en las conversaciones, lo cierto fue lo que me dijo y que transcribiré, sin asumir posiciones personales.

LA CONVERSACIÓN

Ese día, el 14 de abril del 2009, el  ex Presidente se hallaba un poco retraído y apocado, hablaba lento y meditaba mucho antes de responder. Al narrar el desgarro de su alma por aquella muerte y por la enorme tristeza en que se había hundido  Zulemita, le pregunté:

-¿Por qué Zulema cree que no fue un accidente?

- No sé, la verdad es que no sé. Pero todos los datos indican que fue un accidente. Aunque hay cosas que no se saben, por ejemplo quién iba piloteando el helicóptero, si Carlitos o su amigo Oltra.

- De todos modos no entiendo, con todas las evidencias que hay, que ella siga sosteniendo  la idea del atentado (le dije).

- Bueno, es la madre y la intuición puede hacerle pensar una cosa así.

- ¡Pero la intuición muchas veces puede  llevarnos a la verdad!

- Sí, sí y máxime cuando la intuición es de una madre.

- ¿Entonces a usted le cabe la sospecha…?

- No, no…es muy difícil de responder.

- Sin embargo, Carlos, usted me habla de la intuición de la mamá.

- Sí, intuición de madre.

CONVERSACIÓN CON ZULEMITA

El 10 de noviembre del mismo año conversé con Zulemita. Es pública su postura: al igual que su madre afirma que la muerte de su hermano ha sido un asesinato.

- Lo único que yo sé es que a mi hermano lo mataron. Nosotros habíamos recibido amenazas de que nos iban a matar al punto que un día abro mi cama y encuentro en ella una bala. Carlitos estaba muy cerca de papá y antes de que lo toquen a mi papá debían pasar por encima de él.

- Entonces, hay otra hipótesis que no es la del tercer atentado, le espeté.

- Seguramente, no sé. Yo no quiero dar… si uno se pone a ver la causa ella habla por sí sola.

Me reservo la opinión de Zulemita respecto de quiénes podrían estar interesados en la muerte de su hermano.

Hasta aquí lo conversado con el doctor Menem y su hija. Personalmente, no tengo opinión al respecto. Y si he escrito esta nota, que insisto no pensaba realizar, ha sido por las declaraciones de Zulema. Quiera Dios que  esta familia halle la paz que se merece y pueda llorar a su hijo muerto en el sosiego de una única verdad compartida.

Una nueva gestión escolar

Manuel Gálvez, uno de los mejores novelistas históricos de la Argentina, cuenta en uno de sus libros una graciosa anécdota acerca de los males de la educación centralizada. Resulta que siendo inspector de enseñanza secundaria conversaba cierta vez con su colega, Larsen del Castaño quien, entre risueño y sorprendido, le decía que en la época que se estudiaba griego llegó al Colegio Nacional de una pequeña capital de provincia. “Como dominaba el idioma de Homero decidí asistir a esa clase. Mi asombro llegó al infinito cuando un alumno comenzó a recitar la lección. ¿Qué estará enseñando el profesor? me preguntaba un tanto descolocado sin abrir los ojos para no humillarle. Pero acabada la clase lo mandé llamar.

El hombre que se acercaba encogido, al hallarse frente a quien con media palabra podía hacerle echar a la calle, dijo:
-Discúlpeme señor inspector. Soy padre de familia, con doce hijos. Pedí una cátedra y me dieron la de griego. Le ruego por mis criaturas…
-Bien, lo haré trasladar. ¿Pero que enseña usted como griego?
-Quichua, señor”.

Esta anécdota, tan graciosa como criolla, revela el dislate de aquel modelo educativo concentrado en Buenos Aires e impuesto a rajatabla por la Ley Lainez de 1905. La gestión escolar centralizada en Buenos Aires permaneció así hasta la década del 90. Por esos años el mundo, y la Argentina no fue ajena a ese movimiento, vivió un proceso general de descentralización, desregulación, privatización y avance de las libertades jamás pensado. De modo que una profunda reforma en la gestión escolar fue el corolario de aquella ola mundial. Aunque, es justo decirlo, el Congreso Pedagógico Nacional celebrado bajo la presidencia del doctor Alfonsín había avanzado en propuestas similares como el federalismo, la regionalización, la provincialización y la desconcentración. El gobierno del doctor Menem no hizo otra cosa que implementar las reformas propuestas por el Congreso Pedagógico y la dirección internacional de los hechos.

Ocurrida la descentralización sobre las provincias, sus Ministerios de Educación se apoderaron de la gestión concentrándola sobre sí mismos sin facilitar un proceso de delegación de poder sobre las escuelas que era la dirección natural de los hechos. Cuando todo estaba dado para profundizar el camino, avanzar en la autonomía y descargar responsabilidad y poder en la comunidad tanto educativa como familiar, el establishment educativo provincial se apoderó de la situación en complicidad con los gremios. Concentró todo en los ministerios provinciales torciendo el sentido de la reforma. Es bueno advertir que el espíritu democrático propio de los tiempos que se viven no admite centralizaciones extremas. Los totalitarismos rechazan la autonomía y la autogestión porque en ellas se verifica la participación de la gente. Ya, en la década kirchnerista, el centralismo aumentó su voltaje.

Los CENS, una valiosa experiencia abortada 

La educación del adulto comenzó en el país en 1968 con la creación de la Dirección Nacional de Educación de Adultos (DINEA) que con el tiempo desarrolló centros educativos a lo largo y ancho del país. Si bien era una Dirección en el marco del Ministerio Nacional de Educación, las unidades académicas funcionaban bajo una gestión descentralizada y en acuerdos con la sociedad civil por medio de convenios con sindicatos, empresas y la Iglesia. El Estado cedía poder a la comunidad y a las entidades conveniantes quienes ofrecían espacio físico para la escuela, proponían al Director del Cens, elevando una terna a la DINEA quién elegía uno de ella. Los docentes eran seleccionados por el Director en acuerdo con la entidad conveniante y con el proyecto educativo de la escuela, evitando de esta forma las Juntas de Clasificación que como ente ajeno a la escuela decidía y decide por medio de concursos o actos públicos que docente trabaja y quién no. El salario lo abonaba el Estado pero la liquidación, deduciendo ausencias y llegadas tardes las efectivizaba el Director. Aquellos viejos CENS, destruidos en su espíritu por la burocracia educativa estatal y los gremios, eran un espacio dónde la participación, la valoración de la individualidad y el sentirse artífice de un proyecto compartido por una comunidad escolar, conformaba la esencia de la filosofía pedagógica.

De no haber sido destruida la gestión descentralizada de los CENS, se podría haber partido desde esa experiencia hacia formas novedosas de autogestión que puede ser una solución para elevar la calidad educativa, al conformar unidades académicas homogéneas, solidarias con el proyecto e identificadas con la filosofía escolar y que deposita en la comunidad el poder real del proceso educativo. Estas escuelas que se han desarrollado en distintos países del mundo con el objeto de mejorar la enseñanza es una experiencia que nos debemos. Debería ser una oferta educativa más, optativa y decidida en el marco de la más plena libertad ejercida por la comunidad docente y familiar.

La decadencia política del progresismo

¿Entonces, el proyecto de reforma del Código Penal es garantista o no? ¿Disminuye las penas de los delitos, las mantiene o las aumenta? Ante el lío que se ha armado, los autores del proyecto niegan la reducción de las penas y acusan a Massa de demagogo, apresurado y oportunista. Lo cierto es que la sociedad desconfía del gobierno nacional y sus amigos progresistas, incluido Pinedo, y el líder dell Frente Renovador, quien sabe esto se montó sobre esa desconfianza. Cría fama y échate a la cama, así dice el refrán y el gobierno nacional ya no puede zafar del estereotipo.

¿Qué hay de cierto?

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La travesía

En el Facundo de Sarmiento hay una escena, descrita con pluma maestra, que exuda un enorme dramatismo. El caudillo riojano, huyendo de la ley, marchaba a pie por el desierto conocido como la Travesía, que une a la provincia de San Luis con la de San Juan. Arrastraba Quiroga su figura por aquellas polvorientas tierras cuando oyó, a lo lejos, bramar a un tigre. El animal cebado en carne humana buscaba saciar su vicio en las entrañas del caudillo. Apuró éste el paso, abandonó su montura y corrió a un débil algarrobo, alcanzando la punta, mientras se mantenía escondido en el ramaje, en constante oscilación.

Sus pertenencias que yacían con la montura fueron despedazadas por las furiosas garras del tigre que frustrado lo miraba desde el llano. Esta vívida escena en la que para salvar la vida se abandona todo, hasta el coraje, prevaleciendo la prudencia, me recuerda la huida de Cristina de la “revolución a la contrarrevolución”.

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Un Perón poco conocido

Cuando Juan Domingo Perón buscó una salida electoral para la Revolución del ’43, pensó en el dirigente radical cordobés Sabattini como su acompañante en la fórmula presidencial. “¡Al fin y al cabo yo también he sido radical!”, dicen que afirmó. La estrategia fracasó. Y el peronismo se hizo solo. ¿Fue radical Perón? Y en tal caso ¿qué tipo de radical?

Perón y el 6 de septiembre de 1930

En mi libro Perón liberal, he abordado con más detalles la participación del capitán Perón en aquella jornada. A los efectos de esta nota solo diré que se sumó a la revolución, invitado por su amigo el teniente coronel Descalzo (padrino de su casamiento con Aurelia Tizón) y el coronel José María Sarobe, bajo la conducción del general Justo, por quien Perón profesaba gran admiración y respeto. Este pequeño núcleo sumó a doscientos oficiales, persuadidos por la proclama redactada por Sarobe, que reemplazó la escrita por Leopoldo Lugones, expresión del nazismo vernáculo.

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