No solo el kirchnerismo es viejo, la mayoría de sus detractores también lo son

Claudio Chaves

Cuando se aborda la historia sin tener oficio, las cosas no salen bien. Ocurre que en este último tiempo han brotado, como las arrugas en la senectud, una ristra de libros y exposiciones culturosas abocadas a explicar a Juan Domingo Perón y al peronismo que repiten, o para decirlo educadamente, que recuperan las viejas ideas que sobre él se tenía en los años cuarenta y cincuenta. Esto es, que era un fascista, un protonazi o un dictador enemigo de la democracia y las instituciones, y sus acusadores -los de aquellos años-, almas bautismales ofrecidas al altar de la República. Un disparate como luego veremos. Descargan sobre su figura males que eran de todos, pero que no se quieren ver. El asunto se agrava aún más, pues estos noveles autores que se hallan bajo el desagradable influjo del actual Gobierno se han almorzado sin degustar la idea de que el kirchnerismo es peronismo y en consecuencia un revival light de aquella dictadura. ¡De tal palo, tal astilla! Imaginan.

Adelantándome a la conclusión diría que mientras el peronismo histórico, con un gran esfuerzo intelectual de mi parte, podría asimilarse a la etapa de los populismos, el kirchnerismo no es otra cosa que progresismo retro. Tan cierto es esto último que el inmenso arco progre le extendió su apoyo al kirchnerismo durante varios años. Es preciso recordarlo.

Su labor, entonces, la de los nuevos investigadores, se dirige en la actualidad a revisar la abrumadora bibliografía peronista y no peronista, muy posterior a los hechos, que abordó aquel período con más calma y menos calenturas emocionales como Félix Luna, Peter Waldmann, Juan Carlos Torre, Rosendo Fraga, Tata Yofre o el mismísimo Luis Alberto Romero, por caso. Superando en equilibrio a historiadores como José Luis Romero, Halperín Donghi, Isidoro Ruiz Moreno o Sebreli, duros antiperonistas. A estos últimos retornan los revisadores.

Cuando las aguas amanecían serenas, un aluvión rocoso se descargó sobre el lago. Afectados emocionalmente por la soberbia kirchnerista, se desplazaron sin escalas a la soberbia antiperonista.

 

Entender el contexto

La Primer Guerra Mundial trastocó al mundo. El liberalismo del siglo XIX se hundió sin pena ni gloria en aquella ciénaga de muertos sin destino, emergiendo formas de gobierno dictatoriales sustentadas en ideologías tan disímiles como el nacionalismo o el marxismo pero coincidentes en derrumbar las libertades y la democracia en nombre de la revolución social o nacional, según el caso. A partir de ese momento y hasta después de la Segunda Guerra se gobernaría como en los campos de batalla, con hombres proverbiales que por encima de las instituciones o contra ellas empujaban a las masas a la vida política sin mediación institucional. Aun países con profunda cultura liberal se vieron salpicados por estos valores como fueron los Estados Unidos o Inglaterra. Anatole France, célebre novelista de izquierda, afirmaba: “Los pueblos gobernados por sus hombres de acción y sus jefes militares derrotan a los pueblos gobernados por sus abogados y profesores. La democracia es el mal, la democracia es la muerte. Hay un solo modo de mejorar la democracia, destruirla”.

Políticos, filósofos y escritores de distintos ángulos ideológicos pensaban del mismo modo: las instituciones democráticas con su lento transitar devienen en antros de corrupción e inoperancia. La revolución se impuso, entonces, como un valor superlativo. Nuestro país no fue una excepción. La Revolución del 30 puso en evidencia lo dicho hasta aquí. Liberales, nacionalistas, izquierdistas y progres (que los había) derribaron un Gobierno democrático como ya era común en Occidente. Luego los derrumbados buscaron el poder del mismo modo. Hubo a lo largo de la llamada “década infame” todo tipo de planes golpistas para todos los gustos y sonidos. Extensos sería enumerarlos. Tan delicada era la situación y el tironeo que los políticos realizaban sobre las Fuerzas Armadas que un grupo de militares fundó una logia denominada GOU (Grupo Oficiales Unidos); su nombre lo dice todo. Evitar el descuartizamiento de una institución que estaba perdiendo su estructura vertical. No es cierta la falaz atribución al GOU sobre su responsabilidad en el golpe del 43 y menos su condición fascista. Fueron las instituciones armadas en su conjunto, liberales y nacionalistas, los hacedores del golpe. El GOU estaba en la marea militar. Y no más que eso. A los Gobiernos democráticos no solo los volteaban los fascistas, los izquierdistas también lo hacían y los liberales de igual modo. ¡Nadie creía en las instituciones!

Si no se comprende el contexto, es imposible hacer historia. Solo es un panfleto. Dejo para otro artículo las evidencias liberales de Perón o para decirlo de otro modo: fue la máxima aproximación liberal en una época cargada de densidad autoritaria y en el marco de la más profunda revolución social de la América hispana, con excepción de lo acontecido en México.