Un añejo resentimiento revisionista

No está mal la propuesta de la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires de incorporar Villa Urquiza al nombre de Juan Manuel de Rosas para denominar a una estación de subte que casualmente se encuentra en dicho barrio. Y no está mal, tampoco, integrar en el presente lo que durante tanto tiempo se utilizó para enfrentarnos. ¿Urquiza o Rosas? ¿Rosas o Urquiza?

Lo que sí está pésimo son los argumentos del doctor Pacho O’Donnell al comentar la decisión de la Legislatura, expresados en una nota aparecida en Infobae el domingo 17 de abril, puesto que el ex Presidente del Instituto Dorrego continúa con el añejo resentimiento revisionista que hace tiempo dejó de explicar nuestro pasado. Leer el artículo de O’Donnell es ingresar en un tren fantasma en el que en cada curva aparecen las figuras de Rodolfo Irazusta, Carlos Ibarguren o Ernesto Palacios, entre otros. ¡Esos sí fueron buenos! Revisaron, corrigieron, explicaron nuestra historia a la luz de la crisis mundial del liberalismo cuando finalizó la Primera Guerra Mundial y se desencadenó la crisis del treinta. Remozaron la ciencia histórica. Le insuflaron energía. A su manera fueron modernos. Política y revisionismo funcionaron acoplados en aquella época turbulenta. ¡Pero eso ya fue! Pasó. Nada queda de aquel mundo. Las respuestas políticas hoy son otras y la visión histórica esclava del presente, también. Continuar leyendo

La estatización del pensamiento

Con motivo  del nombramiento del militante de Carta Abierta, Ricardo Forster, como Secretario de Estado para coordinar el Pensamiento Nacional, muchas voces se levantaron y el asunto aparece como muy opinado. El periodismo y la intelectualidad  han dejado correr páginas y declaraciones donde una de las preocupaciones centrales ha sido: ¿le corresponde al Estado llevar adelante dicha tarea?  Las respuestas fueron muy variadas y en general críticas.

Por mi parte me pregunto: ¿es saludable estatizar al pensamiento como se hizo con las AFJP, Repsol, Aerolíneas, Ciccone y demás yerbas? Estatizaciones acompañadas por un abanico social y político muy amplio de la sociedad argentina que creen ingenuamente que el avance del Estado siempre es necesario para la defensa de la Patria. Bueno… ¡ahora no se quejen! El gobierno nacional ha decidido estatizar el pensamiento para impedir que se diluya y se contamine por el neoliberalismo, que naturalmente ¡siempre es extranjerizante!

 

¿Qué es el pensamiento nacional?

La idea del Pensamiento Nacional surgió en la Argentina de la mano del nacionalismo, cuerpo doctrinario que hizo furor en el mundo inmediatamente después del Primera Guerra Mundial. En nuestro país  ingresó, gracias al libre fluir de las ideas, en la década del 20’y como hecho político, con el golpe de Estado del 30’, en la figura de Uriburu. Desplazado del poder, dos años después,  alcanzó la Presidencia el general Justo, un hombre que se reivindicaba liberal, pero que sin embargo debió implementar medidas intervencionistas porque la atmósfera mundial torcía la brújula hacia esos lares. El nacionalismo vernáculo, sin embargo, bautizó a esos tiempos como Década Infame casualmente por intentar Justo, al menos desde las ideas y los discursos, asociarse al liberalismo que en el mundo estaba de capa caída. El nacionalismo, entonces, ganó adeptos también en la Argentina; y sin lograr constituirse en partido político alcanzó algo mucho más trascendente, instalar la ideología nacionalista, nacida en Europa, como esencia y componente sustancial de nuestra cultura, mejor dicho, construir en el imaginario popular e intelectual la idea de  que nuestra cultura guarda en sus pliegues, componentes nacionalistas que provienen de un pasado remoto y arcádico. Confundiendo aviesamente cultura con ideología. Pues los nacionalistas no aceptan que su dogma es una construcción intelectual moderna, precisamente del siglo XX. El revisionismo histórico fue su más alta creación en el territorio del pensamiento argentino.

Así las cosas el nacionalismo permeó a la totalidad de los partidos políticos e impregnó con sus principios las décadas siguientes. Estatismo, intervencionismo, nacionalismo cultural fueron algunos de los valores que hicieron furor en la década del 60’ y el 70’.  Ganó al peronismo, a los radicales del programa de Avellaneda, a los Demócratas Progresistas de Lisandro de la Torre, a los conservadores, a los desarrollistas e incluso a ciertos socialistas.

Sin embargo el mundo del siglo XXI ha dado una vuelta de campana respecto de aquellos años. Huele a viejo esta ideología que ha perdido el encanto de la controversia para transformarse en una “cultura oficial”. Congelada en el pasado y en el poder.

El revisionismo reaccionario

El Diputado Carlos Kunkel (ex-montonero)  espada filosa del kirchnerismo duro,  que  en sus años mozos fuera un militante de la violencia; ahora,   en la tercera edad,  no pierde el estilo que genera, en ciertas corrientes ideológicas, el placer por la agresión y la brutalidad. Antes por las balas, ahora por los gestos y la palabra.

En una reciente nota que le hiciera el diario La Nación, y al solo efecto de  provocar desde el inicio al cronista, se sentó prácticamente envuelto en una bandera, prolijamente desplegada, donde se dejaba leer: ¡Viva la Confederación Argentina! ¡Mueran los salvajes unitarios!

De arranque no más y como un hematólogo rupestre buscó la sangre en el pasado argentino, para que las heridas no cierren, escarbando en la carroña de dos siglos.

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El 12 de octubre sin Colón

Inmediatamente después de producirse el golpe de estado del 4 de junio de 1943, el general Pedro Pablo Ramirez nombró interventor de la provincia de Tucumán al doctor Alberto Baldrich. Pertenecía, éste, a una familia de tradición militar, como también al nacionalismo católico, tan en boga por aquellos años. Por estas razones adhirió al Revisionismo Histórico.

Movimiento nacido en la década del 30’ para combatir a lo que denominaban “la historia oficial“, esto es la visión liberal del pasado y la política “liberal del presente”. Marchó entonces a la provincia, acompañado de asesores del mismo sesgo ideológico como Silenzi de Stagni y Ramón Doll, entre otros. Al tomar posesión de su cargo observó en la pared, a la espalda de su escritorio, el cuadro de Bernardino Rivadavia. Dio inmediatamente la orden de retirarlo de ahí, llevarlo a la plaza, situada enfrente de la casa de Gobierno, en tanto ordenaba la presencia de un pelotón policial y procedió a su inmediato fusilamiento. ¡Ciento veinte años después de su malhadada presidencia, don Bernardino caía bajo el fuego de las armas de la Patria! Por lo menos, así se recuerda en las familias de algunos de los funcionarios participantes en aquella “heroica” jornada. Viene a cuento la anécdota, poco conocida, al ver cómo los herederos hermenéuticos de aquellos revisionistas maltratan, hoy, a Colón, ¡quinientos veinte años después de su arribo a América!

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