El fracaso del progresismo

El trípode sobre el cual se asienta la inconcreta ideología progresista sostiene que el Estado es un justo distribuidor de la riqueza, garante de la equidad social y promotor del desarrollo económico. Resabio de la cultura decimonónica alemana que afirmaba que cuando un órgano del Estado ejecuta un acto de servicio, ese acto es necesariamente bueno. Así las cosas el estrepitoso fracaso del progresismo en la Argentina se asoma a la vista de todos aunque todos, aún, no lo perciban.

Seguridad, educación, salud y justicia conforman las cuatro obligaciones indelegables de todo Estado que se precie de estar al servicio de su pueblo. En esto hay una absoluta coincidencia entre los distintos cuerpos de doctrina, incluido el liberalismo moderno. Pero cuando uno observa a cada uno de estos rubros descubre que en los últimos doce años han retrocedido respecto de la calidad del servicio ofrecido anteriormente (educación, salud y justicia) y la inseguridad ha escalado a niveles jamás vistos. Continuar leyendo

Educación y pobreza

Cuando leí el artículo que Iván Petrella, director académico de la Fundación Pensar, publicó en el diario La Nación, el 2 de agosto de 2013, se disparó en mi memoria histórica algunos hechos que deseo compartir con mis lectores y, también, con el joven pensador.

En su relato acerca de la necesidad de dejar de lado los debates ideológicos, que en nada contribuyen a la hora de las realizaciones, pone como ejemplos de la ineficacia de los ideologismos, dos obras implementadas por distintos gobiernos: una por el alcalde de Medellín y la otra, un emprendimiento educativo en el Harlem.

Por la primera se embellecen barrios pobres, que el autor observa como política de izquierda y al mismo tiempo se refuerza la seguridad que atribuye a espíritus de derecha. En síntesis un político resuelto a solucionar los problemas de la pobreza no duda en tomar las medidas que sean necesarias para hacerlo. Fin.

En el caso de las escuelas del Harlem se trata de una modalidad de intervención escolar sobre familias desamparadas hasta el punto de llegar a sustituirlas cuando el abandono es total, modificando sus costumbres y sus prácticas. Algo que el progresismo no aplaudiría, según nos dice Petrella.

Más allá de estas observaciones, acerca del juego de las ideologías, aspecto sobre el cual no voy a opinar, el artículo me invita a traer al presente viejas prácticas educativas que hemos dejado en el  olvido. De manera de ser nosotros y nuestra historia  los inspiradores de urgentes reformas que nos debemos.

La Ciudad Infantil

En el mes de julio de 1949 el gobierno de Perón inauguraba en el barrio de Belgrano, Echeverría y Dragones,  un complejo escolar denominado Ciudad Infantil. Dos hectáreas dedicadas a la educación de los niños. En una de ellas, el edificio central donde se hallaban los dormitorios, las aulas, los salones de juego, de espectáculos, gimnasios, cancha de básquet, biblioteca y todas las dependencias necesarias y pertinentes a un hogar-escuela. Que de esto se trataba.

Los pasillos que conducían y comunicaban estaban pintados y decorados con colores suaves y dibujos expresivos, con representaciones de Blanca Nieves o Caperucita Roja. En torno al edificio principal se extendía la Ciudad Infantil, propiamente dicha, una verdadera planta urbana de juguetería, realizada a escala reducida, en proporciones adecuadas a los niños y con proyecciones a un mundo imaginario. Un mercado, un Banco, un bar, un mundo fantástico. ¡Un cuento de hadas! O para decirlo  con palabras del General Perón: “La Ciudad Infantil hará posible que nuestros niños pobres vivan como no vivieron antes los niños ricos de esta Patria de la abundancia”.

En esta ciudad se atendía niños de dos a siete años. Pero todo el ciclo que continuaba en otros hogares-escuela iba hasta los diecisiete. Tenían que ser niños pobres, preferentemente  huérfanos o que no podían ser atendidos por sus  padres. Había externos e internos. Los internos dormían separados por sexo en dormitorios espaciosos proveyéndoseles la ropa de cama. Los dormis, primorosos, debían ser cuidados por ellos mismos como poderoso motivo de educación. Eran visitados semanalmente por médicos y odontólogos.

En fin, una educación  integral. La caída de Perón se llevó por delante estas instituciones. Quizás un orgullo que no debimos haber perdido.

La educación que nos debemos

La obra de aquel gobierno ya no es patrimonio del peronismo. Ni sus valores, ni sus principios. Hoy son de todos los argentinos. La justicia social ya no se discute. Es un derecho adquirido. Sin embargo ha quedado en el olvido aquello de que los únicos privilegiados son los niños.

Hay que recuperar lo destruido. Hoy, los problemas de la niñez y la juventud son más graves que en aquellos años. Sin embargo nada se ha hecho. La droga, la violencia y la delincuencia asota a niños y jóvenes.

Es imperdonable que en la “década ganada” los niños hayan perdido. Con menos de lo que se ha ido en subsidios y corrupción se hubieran podido levantar estas experiencias educativas a lo largo y ancho de nuestro país. Nada, absolutamente nada puede disculpar la desidia de funcionarios que arrogándose ser la expresión de  mayorías populares han dejado en la calle a cientos de miles de niños a merced del vicio y de la muerte.

La Argentina que viene deberá saldar esta deuda.

Una nueva reinvención del peronismo

Tiene razón Darío Giustozzi, intendente de Almirante Brown y segundo en la lista encabezada por Sergio Massa, del Frente Renovador, cuando afirma “no hay fin de ciclo, hay fin de mandato”, lo que es todo una declaración  político-ideológica de su parte y una sabia mirada al conjunto de los políticos con posibilidades reales de poder. Pues nadie cuestiona los pilares fundantes del modelo.

Aunque también es cierto que al presentar, Massa y él, una lista distinta y recortada del Frente para la Victoria, el camino que inician estos ex kirchneristas consiste en apartarse  del tronco que les dio origen. Y las consecuencias políticas de esta fractura cobran una dinámica y una velocidad que sus autores no podrán manejar, al menos en su totalidad. El clima social será decisivo a la hora de precisar un discurso, un programa, el tono y los sonidos.

Por otro lado es un buen punto de partida la fractura con el Frente para la Victoria. Eso explica mucho más que cualquier análisis meduloso e intencionado.

La reacción del gobierno no se ha hecho esperar y los ataques han comenzado, pues Mazza, Giustozzi y otros intendentes, antiguos  amigos del gobierno nacional, vienen a confirmar el viejo dicho popular de que no hay “peor astilla que la del mismo palo”.

Una oposición novedosa

La novedad política del Frente Renovador, lo que le da potestad y fuerza, es el carácter territorial de la feliz experiencia. Esta creación política bonaerense reviste  una impronta y un sesgo que ningún opositor al gobierno ha logrado en la provincia. Esto es, una fuerza con base territorial en las intendencias, similar a la que tiene el Frente para la Victoria.  No se trata de  políticos que, con una inmensa fortuna, compran, alquilan, publicitan y “desde afuera” procuran captar voluntades y luego “si te he visto no me acuerdo”. Ellos se quedarán y serán dueños de su triunfo o su derrota.

Es una fuerza que  gobierna municipios, que se opone a otra, que también gobierna municipios, la provincia y la nación. Es un choque en el mismo andarivel.

Por lo tanto la discusión seguramente se dará sobre políticas concretas y no sobre ideas abstractas. Seguridad, educación, salud, servicios y la manera de gestionar más eficientemente en cada uno de estos tópicos. Allí va a estar, supongo, el núcleo del debate.

La permanencia  de Daniel Scioli al lado del gobierno nacional lo facilita, pues si se hubiera aliado a Massa la discusión política tendería a ser sólo con la presidente, cosa que le haría perder energía controversial a algunos intendentes más cercanos al kirchnerismo. Ahora, los alcaldes del Frente Renovador, al quedar liberados de la alianza con Scioli, podrán enfocar sus críticas, sin complejos, a la gobernación. Que es el objetivo central del Frente Renovador.

Gente enojada

Con la irrupción del Frente Renovador hay mucha gente molesta. Políticos, opinólogos y periodistas, entre otros. Cada uno tendrá sus razones, seguramente atendibles. Pero voy, en este caso, a abordar el enojo de aquellos que observan maliciosamente el carácter camaleónico del peronismo. Que se reinventa, sin remordimientos, ni autocrítica. Que le da lo mismo los 90’ que los 2000.

Como primera aproximación diría que luego de la caída del Muro de Berlín y el ocaso del comunismo se acabó la Guerra Fría y con ella la etapa de las ideologías fuertes. Se acabó también la “revolución”. El debate moderno es conducir la evolución. Y eso se hace en el marco de instituciones respetadas por todos y de horizontes previsibles al conjunto.

Antes de estos acontecimientos  había sucumbido otro cuerpo doctrinario fuerte como fue el nacionalismo. En el bunker de Berlín y en Hiroshima le dijeron adiós a la historia, al menos hasta nuevo aviso.

Desaparecido del horizonte político dos cuerpos doctrinarios fuertes, la realidad convoca a otras sustancias. Estamos en esos tiempos.

Por otro lado no se le puede exigir a los políticos lo que sí le debiera pedir a los intelectuales y filósofos y aún no han encontrado.

Si el peronismo ha sido capaz de dar diferentes respuestas en distintos tiempos, a lo mejor lo que pasa es que no existe más el peronismo. Al menos como históricamente se lo ha conocido. Sin embargo lo que perdura del justicialismo histórico, lo que se conserva en su horizonte cultural, es su vocación por los humildes y su opción preferencial  por el movimiento obrero y sus dirigentes.

Cuando Roberto Lavagna sonaba como candidato peronista para acompañar a Mauricio Macri, estaba todo bien si iba solo. Cuando se sacó la foto en Córdoba y allí estaba Hugo Moyano,  las cosas cambiaron. Del radicalismo conocemos su escasa voluntad de mezclarse con la dirigencia gremial. El denominado peronismo disidente que por multitud de razones enfrentó al kirchnerismo jamás lo hizo con el movimiento obrero que acompañaba al gobierno. Quizás esto sea lo que aun perdura del peronismo. ¡Y no es poca cosa!