Bajar la inflación mensual a la mitad no alcanza

El ministro de Economía parece satisfecho porque la tasa de inflación mensual desaceleró a la mitad de los picos que se registraron en el trimestre diciembre 2013 a febrero 2014, como siempre más alta en las mediciones privadas que en las del crecientemente devaluado Indec.

Sin embargo, los cálculos para agosto por parte de las consultoras privadas y del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires arrojaron alzas de entre 2,3% y 2,9%. Superan cómodamente el 2,1% que habían estimado para igual mes del año anterior. En el caso del índice oficial, nadie proyecta que descienda al rango de 0,8% de doce meses antes.

Pero peor aún, la brecha que se abrió en la tasa anualizada, de 25 a más de 40% en el caso de los privados y de 10,5 a 22% en el de la serie que el Indec se resiste a empalmar entre el IPC y el IPCNu, indican con claridad que achicar la inflación mensual a la mitad respecto de los máximos de comienzos del año no alcanzan para generar no sólo un cambio en las expectativas, sino más aún para evitar el persistente deterioro del poder de compra de los salarios y jubilaciones, como en la competitividad de las empresas.

En la óptica del ministro y de su equipo la inflación es producto de actos inescrupulosos de los actores del sector privado que hábilmente logran sortear los crecientes obstáculos, regulaciones, restricciones y cepos que su cartera fue imponiendo, en particular desde fines de octubre de 2011.

Ninguna chance le asigna al efecto que sobre el alza de los precios del promedio de la economía provocan la concurrencia de desmedidas políticas fiscales y monetarias expansivas, pese a que los mercados ya hace tiempo que dan señales de saturación de esas prácticas fallidas y que se contraponen a las que se aplican en el mundo, con muy pocas excepciones.

Algunos economistas se atreven a describir el escenario actual como el retorno a la ortodoxia más rancia por parte de Kicillof y su equipo, ya que ha desacelerado la inflación luego de los picos pre y post devaluación de enero, por la vía de provocar una fuerte recesión en los mercados de bienes durables y de inversión, como el automotor, motos, inmobiliario, y en menor medida en el de los no durables y semidurables, como alimentos, bebidas, textiles y cueros, entre otros (claramente en el sector privado, porque el gasto de Gobierno, hasta ahora posibilitó atenuar la caída del PBI). Y por esa vía, contraer las importaciones, para atenuar la pérdida de visas por parte del Banco Central.

Sin embargo, todos esos efectos negativos no sólo han sido insuficientes para encaminar la suba de los precios a niveles manejables y evitar la acumulación de distorsiones entre los niveles de las tarifas, el tipo de cambio, los salarios y las tasas de interés, sino que peor aún han contribuido a profundizar los desequilibrios y elevar la tasa de inflación de 25 a 40% en los últimos doce meses y, al ritmo actual ya hay modelos econométricos conservadores que anticipan un salto a 50% o más el año próximo, si no se introducen cambios de política hacia la ortodoxia plena, sin cosmética ni contabilidad creativa. Y, ni qué decir si se cae en otra devaluación de dos dígitos antes del fin de mandato presidencial.

Tormenta perfecta
Hasta ahora el gobierno pudo escapar al ajuste del gasto público, porque pudo financiar el déficit fiscal creciente con el cobro de retenciones de hasta 37,5% sobre las exportaciones del complejo sojero, de modo primario, y con el uso de parte de las reservas en divisas que el sector aportaba al Banco Central, para pagar vencimientos de deuda pública.

Pero ahora con el derrumbe de los precios internacionales de una proyección a más de 600 dólares la tonelada que tenía en su hoja de balance en 2011 a menos de 400 en los futuros a noviembre, y para peor, las inundaciones y la pérdida de competitividad de los campos alejados a más de 500 kilómetros de los puertos de salida al mundo, alteraron el panorama.

De hecho, el anticipo de liquidaciones de divisas en el primer trimestre del año determinó una brusca contracción en este tercer trimestre que termina y provocó el doble efecto de caída del cobro de retenciones y de acumulación de reservas por parte de la autoridad monetaria, fenómenos que se tradujeron en agosto en la intensificación de la emisión de dinero para financiar el rojo fiscal, y consecuentemente en una nueva aceleración de la inflación.

Y ya está ampliamente demostrado que la inflación, sobre todo cuando se acelera a tasas de dos dígitos altos, provoca caída del poder de compra de los salarios y de las jubilaciones, y con ello un aumento de los índices de pobreza e indigencia al rango de dos dígitos porcentuales de la población, como estimó el Observatorio Social de la Universidad Católica Argentina, independientemente que lo nieguen sin justificación seria el jede de Gabinete, Jorge Capitanich y el ministro de Economía, Axel Kicillof. Eso no se puede discutir.

El techo del dólar libre lo fijan Economía y el Central

Las preguntas más repetidas que por estos días recibimos los economistas y periodistas del rubro son ¿hasta cuándo subirá el dólar libre? y ¿compro o vendo?  Las respuestas son muy simples: hasta que lo dispongan las autoridades del área, hoy Axel Kicillof y Juan Carlos Fábrega, en el primer caso; y compro, en el segundo, a hasta que no baje la inflación y las tasas de interés dejen de ser reales negativas en términos de inflación y de variación del tipo de cambio oficial.

No se trata de una visión ideológica y basada en complejos modelos econométricos de predicción, sino simplemente en mirar las estadísticas del Banco Central y dividir el nivel de la base monetaria por las reservas en divisas, en un escenario de déficit fiscal creciente. Ese ejercicio determinó en el promedio de los últimos tres años que el tipo de cambio libre, blue o paralelo, fue de apenas un dos por ciento más alto al de la relación de convertibilidad del peso por dólar, aunque con extremos de menos 15 y más 30 por ciento, según la proximidad a los puntos de giro de la política económica.

Si bien desde principios de 2002 la Argentina abandonó la Convertibilidad fija del uno a uno, el mercado siguió guiándose por ese principio, aunque con un tipo de cambio flotante con intervención del Banco Central, desde el momento en que el gobierno decidió terminar con la existencia de un Mercado Único y Libre de cambios, cuando inesperada y caprichosamente eligió imponer desde fines de 2011 el cepo cambiario, ampliar los controles de precios y ahora hasta quiere transformar a los empresarios en gerentes de un estado que se dice con capacidad de determinar que hay que producir, exportar, e importar (esto cada vez menos), cuánto debe o puede ganar y que cantidad de personas mantener ocupadas, en aras de garantizar el abastecimiento y la protección a los consumidores.

No es la primera vez que un gobernante busca encorsetar la economía, en defensa de un falso nacionalismo que sólo conduce al atraso y a la pérdida de calidad de vida de sus habitantes, pese a que esas políticas siempre terminaron mal.

Y tampoco es la primera vez que la inflación recrudece en un contexto de forzado proceso recesivo, al limitar las importaciones y también las exportaciones, y con ello debilitar la posición de reservas monetarias internacionales en el Banco Central hasta llegar al límite de virtualmente reducirlas a cero, porque moviliza las expectativas negativas y aumenta la presión sobre los costos.

Por eso los experimentados operadores financieros, cambiarios y de los mercados de capitales, sea por vivencias, sea por estudio de la historia de los últimos 70 años, saben que para conocer el techo del dólar no basta con mirar las tasas de interés que fija el Banco Central para sus instrumentos de regulación monetaria, sino fundamentalmente el desempeño de las cuentas fiscales y la capacidad de financiamiento genuino del exceso de gasto público por parte de la Tesorería.

El desbarajuste fiscal es el causal de las tensiones cambiarias
Es justamente el desmedido y creciente desequilibrio de las finanzas públicas y su necesidad de financiamiento con emisión espuria por parte del Banco Central, al que también se le quitan las reservas para pagar vencimientos de deuda pública, lo que ha provocado la escalada del tipo de cambio libre y con rezago del dólar oficial, así como también la aceleración de la inflación.

No haber comprendido esa secuencia y tener políticos amantes de las políticas de gasto expansivas, convencidos de que el mundo empresario está formado por hombres avaros que apuestan a ganar más vendiendo menos y que gozan con la pobreza de su pueblo, es lo que ha llevado a la Argentina a transitar períodos de muy alta inflación, uno de los cuales derivó en hiperinflación y repetición de escenarios largos de default, como el que se arrastra parcialmente desde fines de 2001 y que ahora amenaza otra vez en ampliarse y prolongarse.

Por tanto, mientras que la inflación no vuelva al cauce de la media mundial, esto es tienda sólidamente al rango de un dígito bajo, para lo cual es condición sine qua non exterminar el déficit fiscal hasta que se pueda recuperar el financiamiento externo e interno para obras de infraestructura de largo plazo y no gasto corriente, y que la recaudación de impuestos deje de oprimir la capacidad de consumo de la población y de inversión de las empresas, y posibilite al Tesoro adquirir las divisas para pagar los vencimientos de deuda en moneda extranjera, no podrá asistirse a una saludable apreciación del peso, y abandonar la larga historia de devaluación y dolarización de los portafolios de la sociedad en su conjunto.

Hasta que ese camino no comience a transitarse, la cotización del dólar libre no tendrá techo y su nivel no será determinado por el mercado, sino por las autoridades económicas que seguirán inyectando pesos, retirando dólares y desalentando los negocios de exportación e inversión, al trabar las importaciones de insumos y partes esenciales para el proceso productivo, y el giro de dividendo a las empresas de capital extranjero. Ese cuadro, junto al rechazo a cumplir un fallo judicial por un tribunal de los EEUU que eligió este gobierno y que fue ratificado en segunda y tercera instancia, escenarios de dólar libre rompiendo récord y reservas que ya retrocedieron a niveles de ocho años atrás seguirán repitiéndose.

La economía no es una cuestión de fe

“Tengo fe en que tenemos razón de lo que estamos planteando. Un país que ha dejado atrás un camino de endeudamiento permanente. Pero algunos intentan volver la historia para atrás”, señaló el martes la Presidente en su visita pre elecciones municipales en Santiago del Estero para entregar 750 viviendas.

La economía es una ciencia social, que analiza el comportamiento de las personas físicas y jurídicas frente a situaciones de administración de recursos escasos, que buscan grados de optimización de los sistemas de producción y consumo, tanto para su provecho como para el conjunto de la sociedad, para evitar situaciones de caos, y generar mejores condiciones de vida para el conjunto.

Y como tal, se han estudiado los factores y políticas que contribuyen a su buen y mal funcionamiento, pero no se han agotado. Por tanto es común elaborar teorías a partir de evidencias concretas y dictar leyes, luego de análisis de casos y comprobaciones empíricas relevantes. Pero nunca se diseñan cambios de políticas en función de pálpitos, corazonadas o cuestiones de fe, y menos aún se sacan conclusiones contrarias a las que muestran los datos de las propias cuentas oficiales.

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La economía destruye 127 empleos por hora

Esa es la cantidad de personas que en el segundo trimestre de 2014 perdieron su puesto de trabajo cada sesenta minutos, más de dos cada 60 sesenta segundos, surge de la última Encuesta Permanente de Hogares del Indec.

Si al resultado del sondeo, sobre una muestra representativa de poblaciones que sumaban 26,55 millones de habitantes, se lo extrapola al total nacional de 42,46 millones de personas (hace más de cuatro años que el país superó el umbral de 40 millones de residentes), surge que en un año más de 546 mil personas dejaron de buscar un empleo y otras 555 mil perdieron literalmente su puesto de trabajo.

En ambos casos, la mitad ocurrió en el período abril a junio, antes de que se incurriera en mora con parte de los bonistas reestructurados en los canjes de deuda en default en 2005 y 2010, y que ahora literalmente se incurrió en cesación de pagos, porque depositar en la Argentina no es sinónimo de pagar en Nueva York, como fijó las condiciones para un par de títulos.

En promedio, los 554.800 puestos de trabajo perdidos o cesanteados en los últimos doce meses, sin considerar los afectados por suspensiones parciales con pago acotado de salarios, fueron equivalentes a:

46.237 despidos por mes;
1.541 por día;
64 por hora;
1 por minuto.

Los números fueron más dramáticos en lo correspondiente al segundo trimestre respecto de los tres meses previos, 273.700 personas debieron quedarse en sus casas por haber perdido el empleo, no sólo porque proporcionalmente la cantidad de afectados fue singularmente más significativa, sino porque sucedió en un período estacionalmente aumenta la capacidad de generación de riqueza, la producción y el comercio, y además ese cuadro se dio antes de que empeorara el escenario financiero, porque el Gobierno decidió vivir con lo nuestro y prescindir del mundo. Representaron:

91.230 despidos cada 30 días;
3.041 en un día;
127 por hora;
2 por minuto.

La cuenta es muy simple. El organismo de estadística, siguiendo criterios internacionales, mide la tasa de participación de la población en el mercado de trabajo, como la tasa de empleo, en proporción a la cantidad total de habitantes de un distrito, aglomerado, o conjunto de aglomerados urbanos, que en el caso del Indec abarca a 31 que representan a poco más del 60% de los residentes en toda la nación. En ambos casos, el último relevamiento dio cuenta de una disminución de 1,7 puntos porcentuales respecto de un año atrás y de 0,2 y 0,4 puntos porcentuales, en cada caso, en comparación con los tres meses precedentes.

Como la población crece en términos vegetativos, si bien la tasa de destrucción de empleos en el trimestre fue proporcionalmente similar a la verificada en los pasados doce meses, el efecto en cantidad de personas involucradas es creciente.

El escenario que viene
Si en medio de expectativas positivas que tenían los mercados financieros hasta junio de una solución al litigio de la deuda con los holdouts, con un límite de definición a partir de enero de 2015 cuando supuestamente expira la cláusula RUFO, la economía destruyó más de 270 mil empleos netos (algo más en el sector privado, porque en el ámbito del sector público siguió ampliándose la nómina) en sólo un trimestre, la pregunta que comienzan a plantearse los economistas a la hora de hacer sus proyecciones para el resto del año es cuántos más empleos se destruirán, a partir de la decisión de ingresar en un default prolongado.

No se trata de hacer una regla de tres simple, sino de algo más profundo, porque en primer lugar la economía es una ciencia social que se preocupa por el comportamiento de las personas, jurídicas, pero principalmente físicas que son las que le dan sustento a las empresas y a los gobiernos. Y en segundo lugar porque lo que amerita evaluar es ¿quién va a estar dispuesto en el resto del mundo a financiar el comercio de importación de bienes y servicios esenciales que se requiere para el proceso productivo, como al exportador que necesita ese recurso, si a la hora de pretender cobrar su crédito el deudor le exige que debe venir a su establecimiento en Buenos Aires?.

Ante esa perspectiva, puede sonar como música grata para los oídos de los hombres de la Bolsa que la Presidente les diga, como ocurrió en el acto de celebración de los 160 años de la entidad, que “con el proyecto de ley de cambio de jurisdicción para el pago de los bonos reestructurados, de Nueva York a Buenos Aires, se potenciará el mercado de capitales”.

Se sabe que fue sólo un mensaje de oportunidad, carente de sustento, dado el virtualmente inexistente mercado de capitales local (apenas cotizan regularmente unas 70 u 80 empresas, de las cuales menos de 10% concentran el 80% del mercado, con menos del equivalente a 10 millones de dólares por día) y un sistema financiero acotado, porque muchos ahorristas se resisten a confiar sus excedentes a tasas de interés que no compensan la inflación y mucho menos el riesgo de una devaluación del peso, como se dispuso en enero último.

El default de fines de 2001, principios de 2002, provocó que la proporción de depósitos sobre el PBI cayera a menos de la mitad, hoy, más de doce años después, se mantienen varios puntos por debajo de aquellos índices, los cuales eran bajos en una comparación internacional. Ahora, con una nueva cesación de pagos, aunque parcial, inicialmente, cuánto más volverá a caer la monetización de la economía y con ello la capacidad de financiamiento de la actividad productiva y comercial. Eso tendrá consecuencias negativas sobre el empleo, ya lo detectó el Indec, pese a que la Presidente lo mencionó superficialmente ayer en la Bolsa.

Aceleración hacia el desempleo

El deterioro de las variables reales, como la producción, la inversión y el empleo van camino a intensificarse a una velocidad muy superior a la que proyectan las cautas previsiones del consenso de las consultoras privadas. No se trata de hacer futurología, sino simplemente de observar la dinámica de esas variables en los últimos tres años y más aún las iniciativas de un equipo económico que carece de ideas innovadoras y superadoras y que por el contrario, impulsa proyectos fracasados.

Ya casi no hay sector de la economía que no dé señales de caída muy fuerte de la actividad productiva y comercial, interna y externa, que superan con creces las tímidas bajas que miden, en forma agregada, las consultoras privadas, en torno a menos de 2% en el primer semestre, y que sostienen que se ampliaría a un limitado rango de 3 a 3,5 por ciento, en el peor de los casos en la segunda mitad del año, porque “el ejercicio ya está jugado”, justifican.

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Tener casi todo no asegura ser un “país viable”

El lunes la Presidente destacó en un discurso donde inauguraba pequeñas obras que “Somos un país viable…y voy a contar una anécdota que me contó un presidente latinoamericano, que no es, precisamente, de nuestra ideología, es un buen hombre, buen gobernante, acaba de ganar elecciones, pero no es precisamente de nuestro pensamiento, él tiene un pensamiento un poquito hacia otro lado, pero no tiene nada que ver, no importa. Y me contaba, él estudió en Estados Unidos y me contaba la anécdota de un economista muy conocido, que no lo voy a nombrar porque sino se van a dar cuenta, que les hizo a él y a un grupo de amigos un ejercicio diciéndole: ‘Si mañana se terminara el comercio internacional, si de repente se decidieran no haber relaciones más comerciales en el mundo, o sea, nadie vende a nadie y nadie recibe ninguna exportación ni nadie importa nada, nada, ¿cuál es el único país que podría sobrevivir?’ Y este presidente, actual presidente, junto a un grupo de amigos también universitarios, un grupo de estudiosos, se quedaron mirándolo sorprendidos ‘y no –dijo y este conocido economista norteamericano, eso sí lo voy a decir, dijo- Argentina. ¿Por qué? Porque es el único país que tiene energía, agua potable, octavo territorio en el mundo y apto como pocos, recursos humanos altamente calificados, no densamente poblado y, bueno, y todo eso lo convierte en un país…” Cuando yo decía el otro día ‘país viable’, decía esto”.

Sin embargo, la historia Argentina desde su gestación, en 1810 con el Primer Gobierno Patrio, o si se quiere desde 1816 con la declaración de la Independencia de España, ha incurrido en reiteradas crisis, muchas de las cuales derivaron en default de la deuda pública y salvatajes de deudas privadas, escalando al tercer puesto entre los mayores repetidores en dos siglos y el quinto sesi se amplía al club a experiencias desde tiempos más antiguos, demostrando sus incapacidades para ser un país viable.

Claramente, la culpa no de está en la diosa naturaleza que le brindó al país recursos abundantes y vitales, como tierras fértiles y extensas, reservorios de agua y mineros, junto a un singular potencial energético, y también reconocidos talentos humanos, aunque estos no en abundancia y mucho menos en la esfera de la política.

Ya por 1950 un maestro de maestro de economistas, como fue Paul Samuelson, había detectado que en el mundo diferenciaba cuatro tipos de países: desarrollados, en desarrollo, Japón y la Argentina. El curso del tiempo no ha cambiado esas características. La Argentina, una vez más quiere diferenciarse de todo el resto y como lo intentaron Perón, Alfonsín, Menem y ahora los Kirchner, ha encumbrado en el poder a gentes que se creyeron capaces de generar movimientos hegemónicos que pudieran cambiar los destinos del país y su historia, hacia un lugar realmente destacado a tono con sus capacidades naturales.

Sin embargo, una vez más, se advierten a todas luces severas incapacidades de estadistas a los políticos que llegaron a conducir los destinos del país, esto es de trabajar más con el norte en el futuro que en transgredir el presente, en aras de méritos inmediatos. Se insiste con la receta, pese a que los resultados fueron y son, a la postre, singularmente negativos.

Eso es lo que se repite ahora en que se ha llevado al país al octavo default en su historia, pese a que algunos economistas del Gobierno, pero también de la oposición, pretenden minimizarlo al calificarlo de inducido, chiquito, efímero, a plazo fijo, o peor aún de negarlo, porque se han depositados los fondos, pero después de más de 30 días de mora aún no han llegado a manos de los beneficiarios, y no se cumple con la legislación extranjera que se eligió para resolver un nuevo litigio con acreedores, además de prorrogar el estado de cesación de pagos por más de 12 años con quienes no aceptaron las condiciones de canje voluntario, no compulsivo.

Condiciones necesarias, pero no suficientes

De ahí que una vez más queda al descubierto que contar con todos los recursos naturales y climas y en condiciones abundantes, junto a talento humano y alto potencial de desarrollo, sólo constituyen condiciones necesarias, pero no suficientes para que la Argentina no sólo pueda autoabastecerse, sino, principalmente, desarrollarse como lo han logrado y aspiran diversas economías. ¿Qué nos falta?: apertura, primero interior, donde la democracia sea ejercida con el respeto y acompañamiento de las minorías, y luego, exterior, no sólo en busca de financiamiento, que es uno de nuestros recursos escasos, sino también de conocimiento, como han hecho Japón, Taiwán y el resto de los Tigres Asiáticos, y también algunos patriotas en los primeros tiempos del siglo XIX, y ahora lo hacen China, India, además de Brasil, Rusia y Sudáfrica, entre otros.

Por el contrario, en la Argentina cada año se ve como los chicos pierden horas de clases, a veces por justos reclamos de mejoras salariales de los docentes y de las condiciones edilicias de los establecimientos, pero también muchas veces y cada vez más por inventados feriados puentes para fomentar más el consumo y la diversión de unos pocos, que el conocimiento y la capacitación de muchos.

Por su puesto que tampoco se puede aspirar a un país viable donde no sólo se niega, sino que se fomente la inflación, el default, la inseguridad física y juridica, el desacato a la justicia y el descuido y aprovisionamiento adecuado de los hospitales y el sistema educativo, entre otras grandes falencias.