La cultura de la fuga del peso al dólar

Entre los fundamentos para defender el proyecto de ley de blanqueo de dólares y también de pesos que se mueven en la economía informal, el viceministro de Economía, Axel Kicillof, hizo referencia a “la cultura argentina que data desde mucho más atrás que en los últimos 50 años”.

Dicho así, no cabe duda de que Kicillof tiene razón. Salvo que omitió hacer referencia a la intensidad del proceso y en particular a los factores impulsores, que no se corregirán si se trabaja sobre las consecuencias y no sobre las causas que le dieron origen y que repetidamente se realimentan.

En forma sintética el fenómeno se asocia, en términos de preponderancia, a la regularidad de las crisis sistémicas que afectan a la economía argentina, que algunos la ubican en intervalos de siete años y la memoria colectiva en torno a 10 años. Esa brecha alimenta las ganancias de quienes son expertos en anticipar las crisis en mayor medida que quienes lo hacen con rezago, cuando las primeras planas de los diarios, y ahora en particular de los portales y las redes sociales, resaltan la suba del dólar, la caída de la Bolsa, etcétera.

En términos de política económica se recuerdan como el Rodrigazo (1975), el Plan Austral (1985), la hiperinflación (1989/90), el Plan Bonex (1990), la convertibilidad (1991), el Tequila (1994/95), el default y pesificación asimétrica (2001/02), la intervención del Indec (2007) y ahora el “vamos por todo“, incluyendo la justicia.

En todos los casos, los agentes económicos pudieron comprobar que un dólar es un dólar, mientras que la moneda nacional pasó a denominarse de diferentes formas, cada vez más devaluada: pesos ley 18.188 (1970), argentino (1983), austral (1985), peso convertible (1991) y vuelta a pesos (2002), con un común denominador: singular pérdida de valor, superior al de cualquier divisa, con muy pocas excepciones. Por eso la alta propensión a resguardar los ahorros, y en épocas de crisis también el dinero para los gastos cotidianos, en dólares, reales o euros.


Fuente: INFOBAE con datos del Indec

Más ahora que antes
La simple lectura de la estadística oficial muestra con claridad la tendencia creciente de acumulación de activos externos en el exterior, los que no son todos en negro, ya que una parte no menor no sólo se ha generado en la economía blanca -esto es, dentro de la absoluta legalidad-, sino que aun parte de lo originalmente en negro se fue blanqueando atraído por generosas y repetidas leyes ad hoc a la salida de las crisis sistémicas.

Sin embargo, un análisis un poco más fino, pese a las limitaciones que tiene la serie que publica el Indec, porque data desde 1991 y desagregada se corta en el primer trimestre de 2002, posibilita advertir que la velocidad de fuga lejos de haberse desacelerado durante “la década ganada” se ha profundizado.

El primer dato conocido sobre el valor de los activos externos del sector privado no financiero es de a diciembre de 1991: sumaban el equivalente a u$s50.063 millones. De ahí puede concluirse que desde el Primer Gobierno Patrio hasta el año previo del inicio de la convertibilidad fija de un peso por dólar, la formación de esos activos que se conoce como salida de capitales promedió u$s278 millones por año.

Podrá argumentarse, y seguramente con razón, que las prácticas de huida del dinero -enseñanza que data del siglo XVI, cuando Thomas Gresham observó que “la moneda mala desplaza a la buena” (cuando es obligatorio aceptar la moneda por su valor facial, y el tipo de cambio flota, los consumidores prefieren ahorrar la buena y no utilizarla como medio de pago)- en la Argentina comenzaron en los años ’50. En ese caso, se puede concluir que en los primeros 40 años se fugaron poco más de u$s1.250 millones por año.

Luego, y tras el elevado costo de la hiperinflación y los temores de que se repita, se intensificó a un ritmo de u$s5.216 millones entre 1991/1999, durante el gobierno menemista, porque si bien se logró estabilizar los precios, se descuidaron las cuentas públicas y la competitividad de las empresas y el endeudamiento externo alcanzó una dinámica que comenzaba a inquietar a los agentes económicos: empresas y familias.

La crisis de la Alianza y la salida traumática de la convertibilidad con default, devaluación, desdolarización y desendeudamiento mantuvieron la salida de capitales, a razón de poco más de u$s5.000 millones por año.

Luego, con la normalización institucional a partir de 2003 y la aparición de la bonanza internacional la Argentina logró un singular impulso de la generación de riqueza, pero no alcanzó para reconstruir plenamente la confianza interna en la moneda nacional, según lo refleja la aceleración de la formación de activos externos durante la presidencia de Néstor Kirchner a u$s7.084 millones promedio por año.

Y así se llega a la situación del primer mandato completo de Cristina Kirchner y primer año del segundo, en el que persiste el viento de cola del mundo, pero con el agregado de la intervención del Indec a comienzos de 2007 y la crisis del campo a mediados de 2008, hasta llegar al cepo cambiario desde fines de octubre de 2011 y su profundización en el año siguiente, en un contexto de insostenible brecha entre la suba de la emisión monetaria, el gasto público, los salarios y la presión tributaria con la tasa de devaluación nominal del peso. Así, se profundizó la fuga de capitales hasta diciembre de 2012 a un ritmo de u$s11.250 millones por año.

Manos a la obra
Llegado a este punto, en el que el Indec estima que los activos externos del sector privado no productivo ya superan largamente los u$s202.000 millones, de los cuales se cree que entre 80.000 y 100.000 millones no otorgan otra renta que la diferencia de cambio (la que da la devaluación del peso), no se trata de hacer historia sobre las consecuencias de la ausencia de políticas de largo plazo consistentes y sostenibles, ni mucho menos de atraerlos con blanqueos que únicamente conducen al cansancio de los buenos, sino de volver a las fuentes del respeto de las instituciones, la responsabilidad fiscal y el diálogo en busca del consenso, sin poner en duda las libertades individuales y la propiedad privada.

No hay que temer a los activos externos, porque en los tiempos de bonanza y de flujos de capitales positivos hacia el país, por la succión que genera en las economías que funcionan, contribuyen a evitar apreciaciones exageradas e indeseadas de la moneda nacional.

Además, la inversión en el resto del mundo posibilita generar rentas adicionales a las que surgen del saldo positivo que puede generar el balance comercial para enfrentar compromisos financieros con el resto del mundo, tanto por parte del sector público y privado, y también contribuye a no caer en la denominada “enfermedad holandesa”, porque la demanda de moneda extranjera amortigua la oferta que ingresa del resto del planeta.

Las tensiones fiscales y comerciales elevan el cambio del dólar libre

Funcionarios del gobierno sostienen que desde 2003 no existen tensiones en el mercado de cambios, no obstante idearon un nuevo blanqueo de capitales destinado exclusivamente a atraer al tesoro del Banco Central los dólares acumulados por empresas y familias.

Según se reveló en conferencia de prensa el martes último, los líderes del equipo económico estimaron que dentro de la fronteras hay guardado fuera del circuito financiero más de u$s40.000 millones, esto es, más que las reservas en divisas que custodia la autoridad monetaria. Y más de tres veces ese monto en paraísos fiscales y cuentas en blanco fuera del país.

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Plazo fijo vs dólar o el karting vs un fórmula 1

La historia económica argentina es muy rica en experiencias sobre el paso de un régimen de tipo de cambio fijo y consecuente caída en atraso cambiario por no acompañar el ritmo de la inflación, a sistemas cambiarios flotantes que se inician con paridades altas y competitivas, pero que luego derivan en retrasos y deterioro de la competitividad de los productores de bienes y servicios cuando se acelera el alza de precios por desequilibrios fiscales crecientes.

En el primer caso se asiste a un escenario en que los inversores, y también las familias, tienden a financiar sus actividades y consumos con ahorros en moneda extranjera, porque observan que sus excedentes en pesos rinden más en colocaciones a interés en el sistema financiero.

Por el contrario, en el segundo, cuando la paridad cambiaria flotante empieza a ser manipulada como ancla inflacionaria, habida cuenta de la alta dependencia de la producción manufacturera del componente importado y de la toma de precios del mercado internacional de los sectores exportadores, en particular de cereales y oleaginosas, se despierta la tendencia al ahorro en dólares, en detrimento de las imposiciones en pesos.

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El peso ya se parece a una cuasimoneda

Los acontecimientos de las últimas semanas, tales como la imprevisible entronación del Cardenal Jorge Bergoglio como Papa Francisco, los desastres de las inundaciones, con epicentro en la Ciudad de La Plata, el impulso meteórico de la reforma de la Justicia y las denuncias de hechos de corrupción y lavado de dinero, entre otros, posibilitaron sacar de la agenda de preocupación la realidad de las finanzas provinciales.

Sin embargo, no ocultaron las primeras inquietudes empresariales sobre si se está próximo a repetir la fallida experiencia de las cuasimonedas entre fines de 2001 y principios de 2003.

Las monedas paralelas al peso resurgieron a fines de 2001, cuando comenzó a precipitarse a velocidad meteórica la caída de la convertibilidad fija de 1 a 1 entre el peso y el dólar, en coincidencia con el empobrecimiento de las cajas provinciales.

Habían comenzado con casos aislados por $580 millones, pero en un año se generalizaron a casi una decena de provincias y ascendieron al equivalente a 26,5% de la base monetaria, con $7.814 millones.

Una de las principales características limitantes como intento de sustituto del dinero fue que no eran aceptadas fuera de la jurisdicción de las denominadas cuasimonedas (Bocade, Bocanfor, Bonoscat, Cecacor, Federales, Lecop, Lecopcba, Patacones y Quebrachos), así como la singular depreciación de su canje por pesos, con extremos que llegaban a 80 por ciento.

En este punto, hoy se advierte que en los últimos 18 meses, desde el anuncio del cepo cambiario y la mímica presidencial del “vamos por todo”, el peso se fue transformando en una cuasimoneda, no sólo por el desagio que sufre a diario con respecto al valor de los bienes, servicios, el dólar y otras divisas, sino porque en muchas transacciones tiene menos poder de compra que el dinero plástico.

Claro está que, pese al fin de la convertibilidad, persiste una mínima confianza sustentada en las reservas en oro y divisas en poder del Banco Central, por casi u$s40.000 millones. Un respaldo teórico que no tuvieron ni tienen los estados provinciales. Teórico porque en los últimos años las reservas se han utilizado más para financiar el desequilibrio fiscal que el valor de la moneda.

Hoy con una tasa de inflación de 10% en la medición del Indec, pero que trepa a más de 34% en las expectativas de la población de todo el país, y a 24% en la denominada Inflación Congreso, el peso se deprecia a una velocidad singular, al punto que el billete de máxima nominación hoy es equivalente a “cambio chico” en Europa, los EEUU, y Japón.

Equivalencias en franco deterioro
La tozudez del Banco Central en no aprobar la emisión de billetes de más de $100 ha llevado a que este sufriera una violenta depreciación, no sólo en poco más de una década, sino incluso en apenas 18 meses desde la reelección de la Presidente de la Nación.

Mientras que a fines de octubre de 2011 con $100 se podían adquirir 23,5 dólares y 16,7 euros, a cambio oficial, hoy sólo puede comprar en ese mercado, limitado a operaciones comerciales, u$s19,3 y 14,6 euros.

Aunque en el mercado libre, con el riesgo de penalización penal cambiaria, se achica a 11,5 dólares y 8,7 euros, esto es prácticamente la décima parte del poder de compra que tenía hasta el último día de la convertibilidad, poco más de once años atrás.

No sólo eso. Otra forma de comprobar que el billete de máxima nominación que circula en la Argentina se parece más a una cuasi moneda que a un peso digno de cumplir con las tres funciones básicas del dinero: unidad de cuenta, medio de pago y reserva de valor, es comparar su poder adquisitivo con el de máxima nominación del dólar o el euro.

En el primer caso se limita a un quinto al cambio oficial y poco más de un décimo a la paridad libre. Mientras que en el segundo alcanza a poco menos de 2,9% al tipo oficial y apenas algo más de 1,7% a la cotización en el circuito marginal.

Por tanto la hora demanda no sólo aprobar la emisión de billetes de 200, 500 y 1.000 pesos, para facilitar el traslado físico para operaciones comerciales cotidianas, sino fundamentalmente revisar la política económica para poner en caja la inflación, esto es llevarla a un rango generalmente aceptado de un dígito bajo, para que el poder de compra de los trabajadores y empresas deje de deteriorarse a pasos agigantados y puedan recuperarse las finanzas de la Nación y provincias.

La reforma judicial mina la inversión productiva

La iniciativa del Poder Ejecutivo de avanzar hacia lo que eufemísticamente denominó la “democratización de la justicia”, ya que sin debate avanza a ritmo sospechosamente vertiginoso en el Congreso de la Nación, ya se ha cobrado innumerables víctimas en términos de calidad de vida de la población, porque conspira contra los emprendimientos privados y la consecuente creación de empleos y mejora de la participación de los asalariados en la distribución de la riqueza que se genera cada año.

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