Un líder para el mundo y un estímulo para la Argentina

Si hay algo que caracteriza hoy al mundo es la falta de liderazgos fuertes, populares y confiables. Vivimos una época que arrastra conflictos de vieja data y no encuentra en los líderes mundiales respuestas a la altura de esos desafíos.

Tal vez parezca extraño que una opinión acerca de los dos años de papado de Francisco empiece con esta afirmación, pero comprender la magnitud del impacto y la ascendencia del Papa argentino implica entender el mundo en el que actúa. Francisco ha generado sorpresa, porque muchos esperaban que fuera un Papa más, encontraron en él un referente social y moral, en un mundo sediento de liderazgos y escaso de rumbos.

Cuando hace dos años, tras ver el humo blanco salir de la chimenea en el Vaticano, vi a Jorge Bergoglio aparecer en ese balcón ya como Papa, quedé impactado. Minutos después, en medios radiales, decía que era una oportunidad para todos y que ponía mis expectativas en un liderazgo fraterno para un mundo convulsionado. Dos años después, está claro que cumplió con creces, trajo aire nuevo a la Iglesia, un mensaje de paz a la humanidad y una constante invitación a desafiarnos a nosotros mismos y enfrentarnos con nuestras debilidades.

Desde que fue electo, Francisco renunció a privilegios, comodidades y beneficios, enfrentó sin eufemismos los grandes desafíos que acosan a la Iglesia y demostró que el cambio, cuando se lo desea y se lo promueve, sucede.

En dos años, Francisco ha instalado debates que merodeaban la periferia de la Iglesia a modo de tabú y en voz baja; auspició, y concretó, un encuentro impensado entre los líderes de Palestina e Israel e hizo de la opción cristiana por los pobres, mucho más que un slogan y una expresión de deseo. 

Sería muy sencillo para mí vincular a Francisco a la política argentina, contraponer sus gestos y valores con los de nuestro Gobierno y enlazar la esperanza que irradia su liderazgo a la expectativa de un país distinto.

Más fácil sería, incluso, hacer hincapié en las incoherencias e inexplicables cambios de opinión que, dentro de la Casa Rosada, sucedieron con la elección de Bergoglio como Papa, cuando pasaron del estupor y el desprecio a la algarabía y triunfalismo.

Podría, pero no, no corresponde hacer de Francisco un factor de la política nacional. Prefiero destacar valores de ese argentino que sorprende gratamente al mundo y que se convirtió en una referencia de la tolerancia, el diálogo y la paz.

Por eso, hago tres reflexiones con los pies en Argentina y aplicables a todos nosotros. Primero, ese hombre nació, creció y se formó en nuestro país. Setenta y seis de sus setenta y ocho años, los vivió entre nosotros, como uno más. Ese líder que hoy sorprende al mundo es uno de los nuestros. En una sociedad, tan acostumbrada a autoflagelarse, nos hace bien ese argentino, que es una carta de esperanza para todos. Los valores de Francisco y la audacia de ese papa del fin del mundo, son mayoría en nuestra Argentina.

Segundo, a todos, en algún momento, la vida nos pone frente a desafíos que tal vez nunca imaginamos. Francisco llegó a Roma con setenta y seis años, tal vez lo más sencillo para él hubiera conducir la Iglesia en velocidad crucero, dejarla que camine al ritmo de su inercia. Lejos de ello, Francisco propició los cambios más importantes de la Iglesia en los últimos cuarenta años, evitó la comodidad de la continuidad y eligió la valentía que solo tienen los líderes.

Tercero, a Francisco más que admirarlo, hay que imitarlo; más que visitarlo, hay que escucharlo. El Papa argentino no puede ser una imagen para reverenciar o idolatrar, tiene que ser un ejemplo más de los muchos argentinos inspiradores, que nos muestran a nosotros mismos y al mundo, que Argentina puede ser mucho más, y que hacerlo, depende exclusivamente de nuestro convencimiento, nuestro compromiso y nuestra decisión.

La diplomacia populista

En los años 70, la Argentina, aislada de buena parte del mundo occidental por la violación de los derechos humanos, recostó sus relaciones exteriores y el comercio internacional, en un movimiento que la dictadura creyó una genialidad estratégica, sobre la Unión Soviética.

Cuarenta años después, la Argentina, sospechada entre los países democráticos, dueña de una colección de conflictos evitables con los Estados vecinos, y poseedora de larga lista de demandas en la Organización Mundial del Comercio (OMC) por medidas ilegales en la materia, cayó en el mismo error.

Así, como en aquella época fue la Unión Soviética, por estos años los elegidos han sido Angola, Azerbaiján, Rusia, Irán y China. Muchos de esos acuerdos son pintorescos, porque sencillamente no tienen más efecto que el publicitario. Otros son graves por lo que transmiten, y allí podemos inscribir esos abrazos amistosos con Putin, tal vez el líder global más cuestionado en estos momentos. Pero el caso de China, es especialmente grave, por lo que muestra, por lo que esconde y por lo que proyecta.

Las causas de esta decisión tienen sorprendentes coincidencias con aquellos acuerdos de hace 40 años. Un gobierno que niega su aislamiento, que compra batallas ajenas y que planifica su política exterior en base a dos variables: la necesidad –que tiene cara de hereje-, y la ideologización –un condicionante que pone anteojeras y saca de la vista buena parte de la realidad-.

El Gobierno, preso de la desesperación por el peso de sus propios errores en la economía y encerrado en su ideologización inútil, fue a China a rogar por yuanes y volvió con una parva de compromisos, ventajas comerciales y concesiones con aroma a colonialismo que permiten a los inversores chinos, gozar de prerrogativas a las que no pueden acceder los capitales argentinos.

A los chinos, solo les interesa abastecerse de materias primas, y está muy bien. El problema es que encuentran de este lado del mostrador, en la Casa Rosada, defensores de sus mismos intereses, que con tal de salir de la coyuntura, entregan con moño nuestros recursos naturales.

Esta es una relación perniciosa para el país. Basta mirar a Angola y Nigeria para proyectar las consecuencias, o revisar nuestra propia historia, para encontrarnos con lo que puede ser nuestro futuro. Nunca un acuerdo de esta naturaleza logró equilibrar balanzas comerciales y promover el desarrollo.

Los acuerdos con China van en el sentido contrario. Quienes los firmaron se preocuparon más por abrir la puerta a convenios específicos por área para que los funcionarios puedan, con total discrecionalidad, identificar proyectos y definir los mecanismos de recepción y uso de fondos, que por establecer beneficios para los emprendedores y trabajadores argentinos.

El acuerdo deja tres certezas. Primero, si un inversor chino quiere venir a la Argentina, traer sus trabajadores, máquinas y procesos, extraer minerales y volver a China sin siquiera comprar un tornillo o contratar un obrero en el país, puede hacerlo. Segundo, si un funcionario argentino quiere establecer convenios específicos fuera del escrutinio público, puede hacerlo. Tercero, esto no le hace ningún bien al país. La Argentina debe formar parte de las corrientes de la producción y el comercio mundial, pero debe hacerlo sin afectar a inversores y trabajadores argentinos. 

La economía mundial tiene vínculos cada vez más estrechos, que desdibujan fronteras y estandarizan procesos. La estrategia de los gobiernos atentos a los cambios en el escenario internacional implica aprovechar esas oportunidades, diversificar sus vínculos y ampliar mercados.

Lejos de ello, el kirchnerismo nos deja otro ejemplo de inserción desventajosa en un mundo que ofrece oportunidades para los gobiernos capaces y hace tropezar con las mismas piedras a quienes no leen la historia ni proyectan el futuro.

 

Para salvar la democracia

Hace 20 años, un atentado terrorista en Buenos Aires mató a 85 personas e hirió a 300 más. Han pasado 20 años y los culpables de aquel asesinato masivo están libres.

Los argentinos hemos visto con horror cómo nuestro propio Gobierno aparece como sospechoso de haber contribuido a encubrir a aquellos asesinos y cómo el funcionario judicial que hizo pública esa sospecha resultó muerto pocos días después, cuando estaba a punto de revelar sus pruebas ante los representantes de la Nación en el Congreso.

Da igual si fue venganza, mensaje disuasorio al estilo mafioso, ajuste de cuentas en las zonas más oscuras del Estado o hundimiento personal de alguien abrumado por las más terribles presiones y amenazas que puede recibir un ser humano. Lo importante es el efecto: un país asustado de sí mísmo, un Estado sumido en el descrédito y una democracia en peligro.

Estamos asistiendo con escándalo a un engaño masivo desde el Gobierno justo en el momento en que una sociedad conmocionada más necesita y merece saber la verdad.

Acabamos de ver también que el periodista que dio la primera noticia sobre la muerte de Nisman en las redes sociales tuvo que escapar del país para proteger su vida. Lo lograron, miembros del Gobierno: la Argentina que ustedes conducen desde hace doce años vuelve a enviar gente al exilio político.

Hoy ya sabemos algo con toda certeza: que con este Gobierno nunca se va ya a esclarecer el atentado de AMIA. Porque su prioridad ya no es investigar aquel crimen, sino defenderse de la terrible sombra de sospecha que cayó sobre él. Puede que en algún momento futuro llegue a hacerse justicia, pero tendrá que ser con otra gente en el poder.

Sabemos más cosas.

Sabemos que, con este Gobierno, el Poder Judicial no va a recuperar su independencia. Que con este Gobierno los tribunales se han convertido en el teatro de operaciones de una disparatada batalla política en la que se pretende instrumentar a jueces y fiscales como meros ejecutores de designios ajenos al imperio de la ley.

Sabemos que, para los que ocupan el Poder Ejecutivo, hoy lo que menos importa en la administración de justicia es el Derecho. Que la suerte final de un proceso judicial, sobre todo si afecta al poder político, ya no depende de la razón jurídica sino de la capacidad de ese poder político para influir en los encargados de dictar sentencia. Que ya no se buscan jueces imparciales sino jueces amigos; o aún peor, jueces sumisos.

Sabemos que los servicios secretos que se mueven en el subsuelo del Estado hace ya mucho tiempo que dejaron de servir a los intereses de la nación y se dedican a espiar, vigilar, amedrentar -y, después de Nisman, puede que a algo más-, a los ciudadanos a los que deberían proteger. Sabemos que hay demasiados políticos en la cúpula política de este país que creyeron poder usar esos servicios secretos para su beneficio y hoy son prisioneros de ellos.

Sabemos que hoy la Argentina es, a los ojos del mundo entero, un Estado sospechoso de complicidad con el terrorismo. Se ha llegado a sugerir en medios extranjeros que se forme una comisión internacional para esclarecer el atentado terrorista de AMIA. Ningún Estado democrático y soberano podría aceptar algo semejante; pero el hecho de que se haya planteado es ya un síntoma muy grave de que en estos días, más que nunca, el mundo mira hacia nosotros y no le gusta nada lo que ve.

Constatamos que con este Gobierno los términos se han invertido y el Derecho es un instrumento al servicio del poder en lugar de ser el poder un instrumento al servicio del Derecho.

Sabemos que con este Gobierno la Argentina no va a salir de la trampa terrible de la inflación desbocada, la recesión y la deuda. Que con este Gobierno no sólo las familias se han empobrecido; además, el país perdió su crédito ante el mundo. Si la economía es una cuestión de confianza, hoy en los mercados internacionales la Argentina suscita cualquier cosa menos confianza.

Sabemos que con este Gobierno estamos perdiendo dramáticamente el tren del progreso mientras la señora Presidente pasa todas las horas del día buscando imaginarios conspiradores a los que perseguir, supuestos desleales a los que castigar y periodistas a los que culpar de los males del país.

Y en el momento más crítico que ha vivido nuestra democracia desde 1983, en lugar de ponerse frente a los ciudadanos y transmitirles serenidad y liderazgo, se dedica a escribir cartas paranoicas, que no por ser publicadas en Facebook, dejan de esparcir basura en todas las direcciones excepto en aquella en la que realmente está acumulada la basura que hoy nos apesta.

La esencia de este gobierno kirchnerista se resume en un frase: quieren mandar sobre todo pero no están dispuestos a hacerse responsables de nada.

Tenemos, es verdad, un Gobierno elegido en las urnas. Tenemos un Parlamento también elegido; tenemos –por el momento- libertad de expresión para publicar artículos como este; y tenemos libertad de movimientos, aunque muchos (políticos de la oposición, periodistas, sindicalistas, empresarios) sabemos que todo lo que hacemos y decimos se vigila y se registra por ese poder oscuro que se ha hecho dueño del Estado.

Tenemos, pues, algunos de los instrumentos imprescindibles de una democracia. Pero lo que en realidad tenemos en el día de hoy es una democracia en grave peligro de descomposición por el desprecio a la ley y la voracidad de poder absoluto de quienes se han enquistado en el aparato del Estado y parecen estar dispuestos a cualquier cosa por no abandonarlo.

Un Estado infectado por la arbitrariedad en la aplicación de las leyes, por la corrupción en todos los niveles del poder, por la sucia complicidad con el narcotráfico, por la amenaza patoteril de quienes nos advierten mediante afiches en todas las paredes de que “ni lo intenten” y por el intento de secuestro del Poder Judicial para asegurarse la impunidad de hoy y de mañana, tiene graves problemas para seguir llamándose propiamente democracia.

Sí: afirmo que la democracia argentina está en peligro.

Digo que esta democracia necesita una refundación para recuperar el espíritu con el que, entre todos, comenzamos a construirla en 1983.

Digo que mientras siga en el Gobierno este kirchnerismo que en 12 años ha degenerado en una ciega maquinaria de poder al servicio de sí mismo, la democracia argentina va a seguir deteriorándose y aproximándose cada día más a la raya a partir de la cual ya no será merecedora de llamarse democracia.

Digo que estamos a tiempo de rescatar a la Argentina de este descenso a los infiernos y abrir una nueva etapa con tres palabras en la boca: democracia, convivencia y progreso. Exactamente las tres cosas que más están sufriendo en el día de hoy.

No sé si en el curso del camino será necesario revisar algunos aspectos de nuestra Constitución: de momento, me conformo con que logremos ponerla de nuevo en pie y restablecerla en su letra y en su espíritu. Y les puedo asegurar que, tal como están las cosas, no es tarea pequeña.

Digo que esa tarea de refundación democrática, imprescindible, ineludible, inaplazable, no puede hacerla un solo partido ni un solo líder ni un Gobierno que no esté respaldado por una muy amplia mayoría social y parlamentaria.

Digo que el poder kirchnerista es el principal responsable del actual estado de postración de nuestro sistema institucional y del deterioro de nuestra convivencia pacífica.

Pero digo también que si el resto de las fuerzas políticas no somos capaces de ponernos de acuerdo y ofrecer una salida a ese 70% de ciudadanos que hoy demandan el cambio, seremos igualmente culpables ante la historia; y los argentinos harán bien en exigir responsabilidades a quienes, por cálculo partidista o simplemente por ceguera política, hayan impedido esa unidad por el cambio.

En 2015 tendremos la oportunidad de comprobar si el kirchnerismo es capaz de aceptar una derrota electoral, abandonar pacíficamente el poder y dar paso a la alternancia democrática. Será una prueba importante para todos; y en primer lugar para ellos, porque de eso depende su legitimidad para seguir siendo un actor político relevante en el futuro.

No dejemos pasar la oportunidad: pongámonos a prueba y pongámoslos a prueba.

No permitir que la democracia muera de impunidad

Hago memoria y no recuerdo una situación que haya golpeado a la democracia con la fiereza que lo hace la muerte del fiscal Nisman.

Por eso, el Estado argentino debe darle señales urgentes y contundentes a su pueblo. Y el pueblo, debe marcarle el terreno a un Estado que ha vuelto a fallar.

El país ha adquirido en estos últimos años y a ritmo galopante, muchas deshonras propias de autoritarismos pasados. Violencia, secretismo, persecución, impunidad.

De todas ellos, la más grave y peligrosa es la impunidad, porque las democracias mueren de impunidad. Si dejamos que la impunidad haga metástasis en el país nos ahogaremos en ella.

Del Gobierno no espero gestos, espero definiciones. No lo quiero a Capitanich frente a un micrófono, quiero a los acusados por Nisman a disposición de la Justicia y demostrándonos a todos que no contaminarán el camino a la verdad.

Es una horrible señal que un fiscal muera menos de 100 horas después de denunciar a la presidenta. Especialmente, cuando durante el año pasado, el Gobierno instrumentó cuanta artimaña pudo para destituir a Campagnoli, un fiscal que lo ponía en aprietos, y en momentos en que la Procuradora General ejecuta una caza de brujas en las fiscalías.

Hoy hay tres prioridades. Una que lleva 20 años en el tintero, queremos saber qué pasó con la AMIA y queremos ver a sus culpables presos. Otra, tan importante como la primera, queremos saber quiénes y cómo permitieron por acción u omisión que durante 20 años no pudiéramos hacer Justicia, a ellos también los queremos ver presos. Finalmente, queremos saber por qué murió Nisman.

En estas tres caras del mismo caso se debate hoy qué democracia tenemos los argentinos. Me niego a convivir con la impunidad, porque ella, silenciosa, primero mata con la indiferencia e incredulidad de los ciudadanos y termina envenenando la democracia cuando destruye desde adentro las instituciones de la república.

Si esta muerte no se resuelve, si la investigación que llevaba Nisman queda en la nada, la democracia quedará tambaleando.

Los argentinos hemos recibido un golpe y tenemos que abrir los ojos.

El horror ha puesto en jaque la democracia, arroja un manto de temor sobre la Justicia y nos da un baño de realidad. Pero hemos resuelto situaciones duras y siempre lo hemos hecho frenando en seco a la impunidad.

Siempre en estos casos decimos “tenemos que esperar a la Justicia”, “tiene que hablar la Justicia”. Hoy no. Hoy tenemos que hablar todos, unidos, como Nación y como ciudadanos de bien: no vamos a parar un segundo en la búsqueda de la verdad y no vamos a tolerar un solo gesto de impunidad.

El acuerdo con China, una garantía de subdesarrollo

A mediados de este año, la Presidente tuvo un encuentro híper publicitado con su par chino, Xi Jinping. En esa oportunidad, los mandatarios firmaron una veintena de acuerdos cuyo contenido, en algunos casos, no salió a la luz. Ese secretismo se acabó hace algunos días, cuando siguiendo su tradición de atropellar más que acordar y de imponer más que debatir, el Gobierno envió al Congreso uno de esos acuerdos para su aprobación exprés.

El acuerdo en cuestión es específicamente un convenio macro para inversiones y relaciones comerciales entre los países. Imaginará cualquier argentino informado la importancia de este instrumento, China es la potencia emergente más importante, un socio comercial fundamental para nuestro país y comprador de muchos de nuestros productos estrella, tales como los derivados de la soja. Pero también, China es una potencia que busca legítimamente expandir su influencia en el mundo. Tal es así que a través de mecanismos monetarios, financieros y comerciales, busca extender sus vínculos en esta parte del planeta.

La cuestión central de estos acuerdos es, como siempre, la letra chica, las condiciones que establecen para regular una relación que es hoy muy importante y que sin dudas crecerá en los próximos años. En este sentido, hay dos o tres cuestiones que cualquier país que busca el desarrollo, establece como prioritarias e innegociables.

En primer lugar, que los beneficios otorgados al país con el que se acuerda, en este caso China, no perjudiquen a las industrias y trabajadores nacionales. Es decir, no extender beneficios de los que no puedan gozar nuestras empresas que crean trabajo argentino y los trabajadores de estas empresas.

En segundo lugar, cuando se trata de sectores o actividades económicas que no están desarrolladas en el país, es vital establecer condiciones para transferir tecnología; esto es, abrir puertas para que en unos años, esos productos y esos servicios se puedan crear y prestar desde Argentina, con industrias argentinas, trabajadores argentinos, innovaciones argentinas, valor argentino.

Finalmente, se busca crear condiciones de transparencia que generen credibilidad en Argentina y en el mundo.

Como es de suponer, el secretismo con que se trataron los acuerdos inicialmente y el apuro ilógico con que el Gobierno lo trató en estos días, tiene una razón: ninguna de estas tres condiciones básicas se cumple. Este acuerdo otorga beneficios únicos a China en energía, minerales, manufacturas, agricultura y sistemas de apoyo, tales como centros de investigación y desarrollo. Beneficios de los que no gozamos ni siquiera los argentinos. Como si esto fuera poco, no establece mecanismos para transferencia tecnológica a nuestro país. Es decir que eventualmente, desarrollarán negocios e inversiones sin tener ni siquiera que contar cómo lo hacen.

Finalmente, abre la puerta a negociados, habilitando a los funcionarios de cada área a celebrar acuerdos específicos y eliminando requisitos de licitaciones públicas en casos que podrán involucrar enormes recursos naturales, formidables cantidades de dinero y buena parte del destino del país por muchos años. Los países, como las personas, deben evitar caer dos veces por culpa de la misma piedra. Nosotros, estamos al borde de caer por tercera vez. En los 70 la dictadura creía que en una alianza táctica con la Unión Soviética estaba la clave para prosperar y en los 90 el peronismo sostenía que una relación acrítica con los Estados Unidos garantizaría el progreso. Hoy el Gobierno comete el error de esconderse bajo el ala de China.

No estamos vinculados al mundo cuando nos sometemos a algún país; nos vinculamos al mundo cuando aprovechamos las oportunidades, atraemos inversiones y creamos mercados para emprendedores, trabajadores e innovadores argentinos en condiciones de transparencia, previsibilidad e igualdad. En el siglo XXI, en un mundo globalizado y democratizado, la clave no es una relación preferencial y excluyente, la clave pasa por tener relaciones amplias y coherentes con objetivos precisos. Con este acuerdo el Gobierno aleja un poco más a la Argentina de una inserción en el mundo sana y productiva.

La política exterior cierra un 2014 para el olvido. Al previsible fracaso del acuerdo con Irán, se le suma el vergonzoso proceder en el acuerdo con Chevrón -del que ni siquiera podemos conocer su letra- y este convenio con China, desventajoso por donde se lo mire. Normalmente hablamos de las reformas educativas, económicas o institucionales, pero cuando pensamos el país que queremos, no podemos dejar de pensar cómo deseamos insertarnos en el mundo. Aquí también, quienes creemos seriamente en un país de progreso, necesitamos de acuerdos amplios que establezcan criterios y caminos que permitan recuperar la coherencia de una política exterior que perdimos en manos de improvisados.

Esto no presagia nada bueno

Durante diez años las políticas oficiales hicieron que el país dejara pasar, con más pena que gloria, la década más prodigiosa en la historia económica argentina; ahora, echan de la peor manera, con reto público incluido, a la última reserva de racionalidad que quedaba en la conducción económica. Y, en estos días, en el Congreso, el Gobierno se ocupa de imponer a la fuerza una ley de hidrocarburos que entrega sin muchos reparos y con pocos beneficios, la explotación de Vaca Muerta.

La salida de Juan Carlos Fábrega del Banco Central no presagia nada bueno. Su renuncia, tras el discurso de la Presidenta ayer, sólo puede traer una profundización de las políticas que han creado el monstruo de tres cabezas que hoy paraliza el país: inflación, recesión y desempleo.

En tiempos en que la economía demanda confianza, el Gobierno le dará amenazas y en momentos donde hace falta previsibilidad, florecerán las arbitrariedades. Continuar leyendo

Es impericia propia, no terrorismo ajeno

La calidad de los gobiernos queda expuesta ante las adversidades o las situaciones comprometedoras. Allí es donde deben responder con rapidez y eficacia. El mensaje de ayer de la presidenta Cristina Kirchner es justamente inverso y deja zozobra, incertidumbre y miedo en la economía.

Cuando en el año 2011 se modificó la ley antiterrorista, teníamos dudas acerca de la conveniencia de esta señal para la sociedad. En aquel momento, la inflación ya llevaba cuatro años golpeando la economía, el tipo de cambio era un problema grave para muchos sectores de la producción y una incertidumbre por el cepo, y el empleo privado había dejado de crecer y sólo se expandía el empleo público.

Todas esas señales de alarma que llamaban la atención durante aquel 2011 se agravaron en estos tres años. Nuestra presunción con respecto a qué quería hacer el gobierno con esta ley, se confirmó.

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Boudou debe tomar licencia

Cuando hace un mes y medio la Cámara Federal desestimó el pedido de sobreseimiento que había presentado Amado Boudou, solicité públicamente que el vicepresidente tomara licencia y se apartase de sus responsabilidades institucionales hasta tanto resolviera su situación judicial.

Luego, hace poco más de un mes, con el llamado a indagatoria insistimos en el pedido con un argumento más, la causa avanzaba, el vicepresidente lucía comprometido y el Gobierno hacía oídos sordos.

Hoy, no hay tiempo para dilaciones. No lo necesita el vicepresidente, lo necesita el país: Boudou debe tomar licencia y lo debe hacer de manera urgente para priorizar la salud de las instituciones de la República.

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Argentina tiene que volver a ser moderna

El 26 de junio de 1884, hace 130 años, se sancionó una de las leyes más importantes de la historia argentina, la ley de educación primaria conocida como 1420, que guió la educación de millones de argentinos. La escuela primaria tiene por objeto favorecer el desarrollo moral, intelectual y físico de todo niño. La educación debe ser obligatoria y gradual. La obligación escolar comprende a todos los padres de los niños en edad escolar.

Gratuidad y obligación de la enseñanza, el reconocimiento de la diversidad de cultos, la construcción de jardines de infantes y el compromiso de construir miles de escuelas, esa ley sancionada en una Argentina que estaba en plena construcción social y cultural, fue moderna e inclusiva y constituyó un desafío para un Estado que cumplió con creces el objetivo y que hizo del argentino uno de los pueblos más instruidos del mundo.

Ese mismo día, pero siete años después, se constituía uno de los primeros partidos políticos modernos de América Latina. Nacía la Unión Cívica Radical. Compuesta principalmente por jóvenes, muchos de ellos los primeros en sus familias que accedieron a educación, hijos y nietos de inmigrantes, constituyeron un movimiento social imparable aglutinado en torno a la reivindicación por los derechos civiles y la decisión de no acordar con un régimen que negaba la igualdad de derechos políticos a sus ciudadanos.

Esa generación de jóvenes dirigentes políticos fue protagonista de uno de los períodos de progreso más importantes de Argentina: un extraordinario crecimiento económico, la asimilación de millones de inmigrantes, un importante crecimiento cultural y la disposición política de medidas estratégicas como la creación de YPF, la reforma universitaria y el impulso al desarrollo de los ferrocarriles marcaron una época de oro para el país.

Recordar hitos en la historia del país carece de sentido si se lo hace de memoria o solo para la memoria. De recuerdos no vive el hombre y tampoco prospera un país. Pero mirando y recordando se aprende. Y el 26 de junio es una fecha ideal para tomar inspiración y recuperar aspiraciones. Argentina alguna vez fue moderna y tiene con qué volver a serlo.

Hoy, en 2014, un 50% de los chicos no termina la secundaria en nuestro país. Hoy, en el siglo XXI, hay un 9% menos de estudiantes en las escuelas públicas que hace diez años. Hoy y ahora, el rendimiento de los estudiantes argentinos es menor que el de los chicos que estudiaron en los primeros años de este siglo.

Pero estos datos duros, que nos cachetean sin piedad, contrastan con un mar de oportunidades. El campo argentino produce más del doble de soja que hace diez años, los yacimientos de Vaca Muerta multiplican por 40 nuestras reservas de gas, y por 10 las de petróleo. Una quinta parte del litio que hay disponible en todo el mundo está en Argentina, y el litio es un mineral fundamental para la industria del siglo XXI. Finalmente, en un mundo preocupado por el agua, Argentina es el 17° país con más reservas de aguas subterráneas del mundo.

Tenemos recursos naturales estratégicos, y no solo eso: nuestra población es joven, la mayor parte de los argentinos tienen edad de estudiar y trabajar, producir, innovar y crear. A diferencia de muchos países de Europa por ejemplo, no tenemos una población vieja, sino que contamos con una enorme oportunidad demográfica de desarrollarnos antes de envejecer.

Argentina está en las puertas de la oportunidad más grande de su historia. No de los últimos años, de su historia. Pero aunque las oportunidades lleguen, si los hombres y mujeres que habitamos este país no las aprovechamos, veremos pasar otro tren y en donde hay esperanza habrá una nueva frustración.

Mirar para atrás sirve para darnos impulso. Este 26 de junio, además de recordar a aquellos argentinos visionarios de la 1420 y a aquellos ciudadanos comprometidos y convencidos de 1891, tomemos de ellos el coraje y la voluntad de cambiar.

Cambiemos, innovemos y emprendamos un camino distinto. Argentina puede progresar. La cultura de la decadencia no es un impedimento cuando un país decide avanzar. Depende de nosotros tomar la decisión y aprovechar esta nueva oportunidad.

Mucho más que el futuro de un fiscal

Un fiscal abre una investigación, avanza según lo estipula la ley, dispone medidas fundamentales y descubre pruebas claves para resolver la investigación. Esa información afecta intereses del Gobierno y entonces éste decide apartarlo de la causa y juzgarlo por un inexistente mal desempeño.

Esta saga puede ser perfectamente el hilo de una historia que se desarrolla en un absolutismo monárquico, pero no, pasa en la Argentina del siglo XXI.

La causa contra Campagnoli pone a nuestra sociedad de espaldas a uno de sus pilares fundamentales: la organización republicana del Estado. Republicana porque ningún líder o grupo ostenta la totalidad del poder público; por el contrario, hay tres poderes con responsabilidades y facultades diferenciadas que se sopesan entre sí.

Algo está fallando. Un poder presiona a otro, aborta una investigación y manda un mensaje elocuente: conmigo no.

El futuro de Campagnoli es algo más que el futuro de una persona. En su causa se juega algo más que el futuro de un individuo. Se pone sobre la mesa la independencia de poderes para luchar contra la corrupción.

Acá no se trata de un fiscal. Se trata de la Constitución, la República, la igualdad ante la ley y la posibilidad real de que haya Justicia.

La cuestión es el mensaje: si a Campagnoli lo corren por investigar, ¿quién se va a animar a hacerlo ahora? Es una actitud que busca sembrar miedo  y crear zozobra entre quienes tienen que aplicar la ley.

Los días que estamos viviendo son fundamentales para entender dónde estamos parados como país. Una investigación firme avanza cuestionando el accionar del vicepresidente, un fallo de la Corte ordena a la ANSES a pagar fallos judiciales a favor de jubilados que sufren día a día las dilaciones y el desentendimiento de los funcionarios y un fiscal es acusado por hacer su trabajo sin reparar en los vínculos de los investigados con el poder.

Tenemos muchos desafíos como sociedad, un sistema educativo declinante, una economía deprimida y una violencia creciente en hechos de inseguridad. Ninguno de estos temas prioritarios para la Nación podrán ser afrontados sin una República fuerte e incuestionable.