Es impericia propia, no terrorismo ajeno

La calidad de los gobiernos queda expuesta ante las adversidades o las situaciones comprometedoras. Allí es donde deben responder con rapidez y eficacia. El mensaje de ayer de la presidenta Cristina Kirchner es justamente inverso y deja zozobra, incertidumbre y miedo en la economía.

Cuando en el año 2011 se modificó la ley antiterrorista, teníamos dudas acerca de la conveniencia de esta señal para la sociedad. En aquel momento, la inflación ya llevaba cuatro años golpeando la economía, el tipo de cambio era un problema grave para muchos sectores de la producción y una incertidumbre por el cepo, y el empleo privado había dejado de crecer y sólo se expandía el empleo público.

Todas esas señales de alarma que llamaban la atención durante aquel 2011 se agravaron en estos tres años. Nuestra presunción con respecto a qué quería hacer el gobierno con esta ley, se confirmó.

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Boudou debe tomar licencia

Cuando hace un mes y medio la Cámara Federal desestimó el pedido de sobreseimiento que había presentado Amado Boudou, solicité públicamente que el vicepresidente tomara licencia y se apartase de sus responsabilidades institucionales hasta tanto resolviera su situación judicial.

Luego, hace poco más de un mes, con el llamado a indagatoria insistimos en el pedido con un argumento más, la causa avanzaba, el vicepresidente lucía comprometido y el Gobierno hacía oídos sordos.

Hoy, no hay tiempo para dilaciones. No lo necesita el vicepresidente, lo necesita el país: Boudou debe tomar licencia y lo debe hacer de manera urgente para priorizar la salud de las instituciones de la República.

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Argentina tiene que volver a ser moderna

El 26 de junio de 1884, hace 130 años, se sancionó una de las leyes más importantes de la historia argentina, la ley de educación primaria conocida como 1420, que guió la educación de millones de argentinos. La escuela primaria tiene por objeto favorecer el desarrollo moral, intelectual y físico de todo niño. La educación debe ser obligatoria y gradual. La obligación escolar comprende a todos los padres de los niños en edad escolar.

Gratuidad y obligación de la enseñanza, el reconocimiento de la diversidad de cultos, la construcción de jardines de infantes y el compromiso de construir miles de escuelas, esa ley sancionada en una Argentina que estaba en plena construcción social y cultural, fue moderna e inclusiva y constituyó un desafío para un Estado que cumplió con creces el objetivo y que hizo del argentino uno de los pueblos más instruidos del mundo.

Ese mismo día, pero siete años después, se constituía uno de los primeros partidos políticos modernos de América Latina. Nacía la Unión Cívica Radical. Compuesta principalmente por jóvenes, muchos de ellos los primeros en sus familias que accedieron a educación, hijos y nietos de inmigrantes, constituyeron un movimiento social imparable aglutinado en torno a la reivindicación por los derechos civiles y la decisión de no acordar con un régimen que negaba la igualdad de derechos políticos a sus ciudadanos.

Esa generación de jóvenes dirigentes políticos fue protagonista de uno de los períodos de progreso más importantes de Argentina: un extraordinario crecimiento económico, la asimilación de millones de inmigrantes, un importante crecimiento cultural y la disposición política de medidas estratégicas como la creación de YPF, la reforma universitaria y el impulso al desarrollo de los ferrocarriles marcaron una época de oro para el país.

Recordar hitos en la historia del país carece de sentido si se lo hace de memoria o solo para la memoria. De recuerdos no vive el hombre y tampoco prospera un país. Pero mirando y recordando se aprende. Y el 26 de junio es una fecha ideal para tomar inspiración y recuperar aspiraciones. Argentina alguna vez fue moderna y tiene con qué volver a serlo.

Hoy, en 2014, un 50% de los chicos no termina la secundaria en nuestro país. Hoy, en el siglo XXI, hay un 9% menos de estudiantes en las escuelas públicas que hace diez años. Hoy y ahora, el rendimiento de los estudiantes argentinos es menor que el de los chicos que estudiaron en los primeros años de este siglo.

Pero estos datos duros, que nos cachetean sin piedad, contrastan con un mar de oportunidades. El campo argentino produce más del doble de soja que hace diez años, los yacimientos de Vaca Muerta multiplican por 40 nuestras reservas de gas, y por 10 las de petróleo. Una quinta parte del litio que hay disponible en todo el mundo está en Argentina, y el litio es un mineral fundamental para la industria del siglo XXI. Finalmente, en un mundo preocupado por el agua, Argentina es el 17° país con más reservas de aguas subterráneas del mundo.

Tenemos recursos naturales estratégicos, y no solo eso: nuestra población es joven, la mayor parte de los argentinos tienen edad de estudiar y trabajar, producir, innovar y crear. A diferencia de muchos países de Europa por ejemplo, no tenemos una población vieja, sino que contamos con una enorme oportunidad demográfica de desarrollarnos antes de envejecer.

Argentina está en las puertas de la oportunidad más grande de su historia. No de los últimos años, de su historia. Pero aunque las oportunidades lleguen, si los hombres y mujeres que habitamos este país no las aprovechamos, veremos pasar otro tren y en donde hay esperanza habrá una nueva frustración.

Mirar para atrás sirve para darnos impulso. Este 26 de junio, además de recordar a aquellos argentinos visionarios de la 1420 y a aquellos ciudadanos comprometidos y convencidos de 1891, tomemos de ellos el coraje y la voluntad de cambiar.

Cambiemos, innovemos y emprendamos un camino distinto. Argentina puede progresar. La cultura de la decadencia no es un impedimento cuando un país decide avanzar. Depende de nosotros tomar la decisión y aprovechar esta nueva oportunidad.

Mucho más que el futuro de un fiscal

Un fiscal abre una investigación, avanza según lo estipula la ley, dispone medidas fundamentales y descubre pruebas claves para resolver la investigación. Esa información afecta intereses del Gobierno y entonces éste decide apartarlo de la causa y juzgarlo por un inexistente mal desempeño.

Esta saga puede ser perfectamente el hilo de una historia que se desarrolla en un absolutismo monárquico, pero no, pasa en la Argentina del siglo XXI.

La causa contra Campagnoli pone a nuestra sociedad de espaldas a uno de sus pilares fundamentales: la organización republicana del Estado. Republicana porque ningún líder o grupo ostenta la totalidad del poder público; por el contrario, hay tres poderes con responsabilidades y facultades diferenciadas que se sopesan entre sí.

Algo está fallando. Un poder presiona a otro, aborta una investigación y manda un mensaje elocuente: conmigo no.

El futuro de Campagnoli es algo más que el futuro de una persona. En su causa se juega algo más que el futuro de un individuo. Se pone sobre la mesa la independencia de poderes para luchar contra la corrupción.

Acá no se trata de un fiscal. Se trata de la Constitución, la República, la igualdad ante la ley y la posibilidad real de que haya Justicia.

La cuestión es el mensaje: si a Campagnoli lo corren por investigar, ¿quién se va a animar a hacerlo ahora? Es una actitud que busca sembrar miedo  y crear zozobra entre quienes tienen que aplicar la ley.

Los días que estamos viviendo son fundamentales para entender dónde estamos parados como país. Una investigación firme avanza cuestionando el accionar del vicepresidente, un fallo de la Corte ordena a la ANSES a pagar fallos judiciales a favor de jubilados que sufren día a día las dilaciones y el desentendimiento de los funcionarios y un fiscal es acusado por hacer su trabajo sin reparar en los vínculos de los investigados con el poder.

Tenemos muchos desafíos como sociedad, un sistema educativo declinante, una economía deprimida y una violencia creciente en hechos de inseguridad. Ninguno de estos temas prioritarios para la Nación podrán ser afrontados sin una República fuerte e incuestionable.

La década ganada de las llamadas perdidas

Si el anuncio de licitación de 4G hubiese sido hace tres años, nuestro país habría estado en ritmo con lo que sucedía en América Latina. Si hubiésemos querido estar en la punta en telecomunicaciones, como antes del kirchnerismo, el anuncio tendría que haber sido hace cinco años. Hoy somos furgón de cola.

Comunicaciones inaudibles, ruidos extraños, llamadas que se cortan sin explicación, zonas sin señal en pleno centro, mensajes de texto que llegan nunca, o llegan mal, o llegan tarde. Pobrísima cobertura de redes de internet móvil. ¿Quién no sufre alguna de estas situaciones a diario?

Entre 2001 y 2012 la cantidad de aparatos celulares en servicio aumento de seis a cincuenta y ocho millones de teléfonos, pero las inversiones en infraestructura no acompañaron ese crecimiento. Lógicamente, a mayor demanda con infraestructura constante, hay un inevitable deterioro del servicio e inconvenientes propios de un sistema que no está preparado para soportar la exigencia.

En estos años además de la cantidad de teléfonos, hubo otros aumentos: un crecimiento exponencial de quejas por parte de los usuarios. Solemos chocar contra estructuras oligopólicas que ponen en evidencia que el Estado no cuenta con regulaciones para evitar abusos. El gobierno se niega sistemáticamente a avanzar en regulaciones transparentes, estrictas y eficaces. Se deterioran las comunicaciones y no se defiende a los usuarios.

Según OpenSignal, empresa que confecciona mapas de cobertura de redes móviles en todo el mundo, en enero de 2013 en Buenos Aires y los veinticuatro partidos del conurbano, cada antena abasteció a más del doble de celulares que en el Gran San Pablo, más del cuádruple que en Santiago de Chile y casi doce veces más que en Londres.

El anuncio del 4G es una buena noticia que llega muy tarde. Es notable que Argentina tenga una enorme cantidad de frecuencias vacantes sin licitar y sin uso, frecuencias que de estar en servicio descomprimirían considerablemente la situación actual. Tenemos infraestructura desperdiciada por desidia política.

Frente a esta situación propongo una urgente introducción para impulsar la innovación tecnológica. Además de habilitar nuevas frecuencias bajo condiciones estrictas de calidad, desarrollo e inversión en 4G, y que garantice el ingreso de nuevos prestadores, debemos ir planificando el 5G para el año 2020, porque es cuarenta veces más rápido que el 4G.

En estos momentos, en el mundo, se despliega una nueva forma de empresas, servicios, trabajos, oportunidades y conocimiento a partir de la conjunción de telefonía móvil e Internet. Es imperdonable que nuestro país desaproveche esta oportunidad histórica (porque tiene el talento humano y la potencialidad tecnológica) por culpa de la negligencia y la falta de visión de futuro de este gobierno.

En el siglo XXI no hay progreso posible con malos servicios de comunicación y accesibles de telefonía celular e Internet. Esta gran deuda histórica que deja este gobierno va a ser saldada cuando desde el 2015 impulsemos políticas que pongan en el centro de la escena la conjunción de crecimiento, desarrollo, progreso y bienestar.

Ni ganada ni perdida, una década desaprovechada

Década infame, década perdida, ahora década ganada. Cuando miramos la historia caemos en la tentación de fraccionar décadas y ponerle rótulos. El kirchnerismo no ha sido la excepción, a días de cumplirse el décimo aniversario en el poder, ha instalado su propio slogan, la “Década Ganada”.

Más allá de las frases, es una buena oportunidad para mirar el pasado reciente, buscar explicaciones y aprender de los aciertos y los errores que hemos tenido como sociedad estos años.

Haciendo hincapié en el desempeño económico, es necesario referenciar que el modelo económico tuvo su inicio un año y medio antes de la llegada del kirchnerismo a la Casa Rosada.

Allí se pautaron los cuatro pilares fundamentales sobre los cuales se erigió el modelo que heredó Néstor Kirchner en mayo de 2003: superávit fiscal y comercial (los famosos superávits gemelos), tipo de cambio competitivo y baja inflación.

Este marco económico encontró el mejor contexto internacional que haya experimentado Latinoamérica en su historia. Durante esta década, los términos de intercambio favorables, la demanda extendida de productos de base agropecuaria y la disponibilidad de crédito a muy bajo costo le dieron a la región una oportunidad histórica para saldar deudas sociales y sentar las bases para el desarrollo genuino de sus pueblos.

Aquel modelo tuvo un éxito inicial que perduró hasta 2007. Fue entonces que de a uno se fueron perdiendo esos pilares. Primero apareció la inflación, tiempo después el deterioro de las cuentas públicas y el fin de los superávits gemelos, hace un par de años el tipo de cambio comenzó una espiral de deterioro y perdimos competitividad y más recientemente, se deterioraron los índices de empleo; mientras el modelo original creó millones de puestos de trabajo, hoy se pierden empleos a lo largo y ancho del país.

La década, más allá de si ganada o perdida, ha tenido claramente dos momentos. Uno, con indicadores económicos positivos, baja conflictividad social y buen relacionamiento externo de la Argentina con sus países vecinos y el mundo.

En el período 2003-2007, el balance es positivo, aún cuando por entonces el kirchnerismo dejaba ver su naturaleza autoritaria con la primera reforma del Consejo de la Magistratura y la acumulación de facultades delegadas por un Congreso con mayoría adepta.

Otra fue la historia a partir de 2007. Desde entonces, el kirchnerismo se enfrenta a un karma que no puede, no quiere o no sabe resolver y que ha minado la esencia del modelo: la inflación. El deterioro que mostró la economía ante la inflación sacó a la luz el kirchnerismo en estado natural.

La sujeción de las provincias y la concentración de poder, en primera instancia político, luego también mediático y ahora judicial fue una combinación perversa junto a la aparición de una mística oficialista que reduce la historia, el presente y el futuro a la propia supervivencia.

Así, desde la política el gobierno creó las condiciones para que la economía se enfriara lentamente, cayera la inversión y se fugaran millones de dólares. Así, la ambición de poder, el “vamos por todo”, el asalto a las cajas de la Anses y al Banco Central, alejó al modelo político del modelo económico. El virtuosismo inicial del modelo económico se diluyó en un modelo político populista y conservador, motivado sólo por la perpetuidad en el poder.

Entonces, aparecieron las manifestaciones de la ineficiencia y la corrupción de ese modelo político: primero en Once, después en las inundaciones de Buenos Aires y La Plata se pusieron en evidencia las consecuencias de un gobierno de funcionarios tan poderosos como ineficaces y un Estado que mantiene el descontrol, la desinversión y la ineficiencia de los -90.

La profundización de un perfil político autoritario, concentrador y populista también ahondó las distancias entre el modelo argentino y el de sus vecinos. Se profundizaron las diferencias en el marco del Mercosur y nuestro país pasó a liderar los rankings regionales de inflación, mientras que quedó en lejos de los países que más crecieron en los últimos años. Titular desde el fanatismo oficialista u opositor a esta década pasada, no parece ser adecuado.

No creo que la Argentina haya ganado mucho, hay en los últimos años un proceso de deterioro político y social alarmante y un retroceso en materia de economías regionales, solvencia económica, tolerancia y convivencia democrática.

Cuando miramos a los países vecinos, cuando sopesamos los logros con las oportunidades notamos que podríamos estar mucho mejor.

La Argentina de hoy se enfrenta a los problemas de siempre: inflación, inseguridad y desempleo. Da la sensación de que el país vive ciclos, y esta década no ha sido la excepción, hubo un inicio para la ilusión y estamos en un final de desencanto: al fin y al cabo, no hemos ganado ni perdido nada, Argentina desaprovechó otra oportunidad.

 

Fuente: Agencia DYN

En la política no hay enemigos sino adversarios

Hay cuatro circunstancias históricas que para mí constituyen una suerte de base para un programa común para la sociedad argentina: la Declaración de Independencia de 1816, el Preámbulo de la Constitución de 1853, el abrazo de Perón y Balbín el 19 de noviembre de 1972 y la conformación de la Multipartidaria en 1982, antes del retorno de la democracia.

Lo común a estos hitos de nuestra historia es que cada uno de ellos vino a cerrar largos períodos de conflicto y de enfrentamientos, con oscuridad y culpas compartidas.

El único de todos estos hechos que no precisó de ningún texto explicativo o de reafirmaciones periódicas fue el abrazo entre Perón y Balbín, porque el significado de este símbolo representó más que cualquier declaración.

Durante los años transcurridos desde la caída del gobierno de Juan Domingo Perón en el 55 hasta el abrazo con Balbín, la pelea entre peronismo y antiperonismo en el país había sido muy dura, y en ese período la Argentina se había convertido en una máquina de perder oportunidades, circunstancia que nos había llevado, de ser el país de la región con el futuro más promisorio, a convertirnos en la sociedad con más frustraciones a cuestas.

Por eso el abrazo de Perón y Balbín tenía y tiene un valor incalculable. Además de que es digno de rescatar el hecho de que en ese gesto ninguno de los dos cedió o arrió sus banderas. Ni Perón se volvió radical ni Balbín se transformó en peronista. No fue un acuerdo electoral. Balbín siguió siendo Balbín y Perón fue más Perón que nunca.

La carga simbólica no pasó por banderas arriadas sino por un mensaje a la sociedad: que en la política no hay enemigos sino adversarios, que los dirigentes políticos se equivocan y deben reconocer sus errores, que el bienestar de la sociedad debe estar siempre por encima de las diferencias políticas y por encima de los dirigentes por más importantes y encumbrados que estos sean.

En ese momento ambos líderes supieron interpretar a la sociedad, entendieron que había que escuchar más y hablar menos y que cuando la democracia es hegemonizada por dirigentes de espaldas al pueblo se empobrece y pierde valor.

Hoy, cuatro décadas después, no hay Argentina de progreso sin traer de la Historia lo mejor de Perón y lo mejor de Balbín.

Después de aquella fecha probablemente no hayan sido muchos los ejemplos o las réplicas a la altura de este abrazo; salvo lo de la Semana Santa de 1987 no han abundado los hechos similares.

Es más, en la historia política reciente de la Argentina, sobran los ataques, las chicanas y las especulaciones.

Y faltan las muestras de sensibilidad y acuerdo entre quienes, aun pensando distinto, debemos anteponer el país a los intereses partidarios.

Homenajear a estos dos dirigentes a pocos días del 8N, cuando la comunidad marchó en las calles, debe servir para la reflexión, porque la gente le está pidiendo a la política más hechos y menos discurso, más diálogo que monólogos, más apertura y trabajo conjunto que cerrazón e individualismo.

Los problemas que tiene la Argentina hoy son demasiado grandes para una sola persona y deberían ser más fáciles de resolver con un diálogo franco y con el espíritu abierto.

Así como antes del 72 se habían desaprovechado enormes potencialidades, ahora nos sucede lo mismo: estamos perdiendo oportunidades y las están aprovechando otros.

La Argentina de hoy, y especialmente la Argentina de los próximos años, necesita de más abrazos y más gestos como el de Perón y Balbín.