Ni ganada ni perdida, una década desaprovechada

Década infame, década perdida, ahora década ganada. Cuando miramos la historia caemos en la tentación de fraccionar décadas y ponerle rótulos. El kirchnerismo no ha sido la excepción, a días de cumplirse el décimo aniversario en el poder, ha instalado su propio slogan, la “Década Ganada”.

Más allá de las frases, es una buena oportunidad para mirar el pasado reciente, buscar explicaciones y aprender de los aciertos y los errores que hemos tenido como sociedad estos años.

Haciendo hincapié en el desempeño económico, es necesario referenciar que el modelo económico tuvo su inicio un año y medio antes de la llegada del kirchnerismo a la Casa Rosada.

Allí se pautaron los cuatro pilares fundamentales sobre los cuales se erigió el modelo que heredó Néstor Kirchner en mayo de 2003: superávit fiscal y comercial (los famosos superávits gemelos), tipo de cambio competitivo y baja inflación.

Este marco económico encontró el mejor contexto internacional que haya experimentado Latinoamérica en su historia. Durante esta década, los términos de intercambio favorables, la demanda extendida de productos de base agropecuaria y la disponibilidad de crédito a muy bajo costo le dieron a la región una oportunidad histórica para saldar deudas sociales y sentar las bases para el desarrollo genuino de sus pueblos.

Aquel modelo tuvo un éxito inicial que perduró hasta 2007. Fue entonces que de a uno se fueron perdiendo esos pilares. Primero apareció la inflación, tiempo después el deterioro de las cuentas públicas y el fin de los superávits gemelos, hace un par de años el tipo de cambio comenzó una espiral de deterioro y perdimos competitividad y más recientemente, se deterioraron los índices de empleo; mientras el modelo original creó millones de puestos de trabajo, hoy se pierden empleos a lo largo y ancho del país.

La década, más allá de si ganada o perdida, ha tenido claramente dos momentos. Uno, con indicadores económicos positivos, baja conflictividad social y buen relacionamiento externo de la Argentina con sus países vecinos y el mundo.

En el período 2003-2007, el balance es positivo, aún cuando por entonces el kirchnerismo dejaba ver su naturaleza autoritaria con la primera reforma del Consejo de la Magistratura y la acumulación de facultades delegadas por un Congreso con mayoría adepta.

Otra fue la historia a partir de 2007. Desde entonces, el kirchnerismo se enfrenta a un karma que no puede, no quiere o no sabe resolver y que ha minado la esencia del modelo: la inflación. El deterioro que mostró la economía ante la inflación sacó a la luz el kirchnerismo en estado natural.

La sujeción de las provincias y la concentración de poder, en primera instancia político, luego también mediático y ahora judicial fue una combinación perversa junto a la aparición de una mística oficialista que reduce la historia, el presente y el futuro a la propia supervivencia.

Así, desde la política el gobierno creó las condiciones para que la economía se enfriara lentamente, cayera la inversión y se fugaran millones de dólares. Así, la ambición de poder, el “vamos por todo”, el asalto a las cajas de la Anses y al Banco Central, alejó al modelo político del modelo económico. El virtuosismo inicial del modelo económico se diluyó en un modelo político populista y conservador, motivado sólo por la perpetuidad en el poder.

Entonces, aparecieron las manifestaciones de la ineficiencia y la corrupción de ese modelo político: primero en Once, después en las inundaciones de Buenos Aires y La Plata se pusieron en evidencia las consecuencias de un gobierno de funcionarios tan poderosos como ineficaces y un Estado que mantiene el descontrol, la desinversión y la ineficiencia de los -90.

La profundización de un perfil político autoritario, concentrador y populista también ahondó las distancias entre el modelo argentino y el de sus vecinos. Se profundizaron las diferencias en el marco del Mercosur y nuestro país pasó a liderar los rankings regionales de inflación, mientras que quedó en lejos de los países que más crecieron en los últimos años. Titular desde el fanatismo oficialista u opositor a esta década pasada, no parece ser adecuado.

No creo que la Argentina haya ganado mucho, hay en los últimos años un proceso de deterioro político y social alarmante y un retroceso en materia de economías regionales, solvencia económica, tolerancia y convivencia democrática.

Cuando miramos a los países vecinos, cuando sopesamos los logros con las oportunidades notamos que podríamos estar mucho mejor.

La Argentina de hoy se enfrenta a los problemas de siempre: inflación, inseguridad y desempleo. Da la sensación de que el país vive ciclos, y esta década no ha sido la excepción, hubo un inicio para la ilusión y estamos en un final de desencanto: al fin y al cabo, no hemos ganado ni perdido nada, Argentina desaprovechó otra oportunidad.

 

Fuente: Agencia DYN

En la política no hay enemigos sino adversarios

Hay cuatro circunstancias históricas que para mí constituyen una suerte de base para un programa común para la sociedad argentina: la Declaración de Independencia de 1816, el Preámbulo de la Constitución de 1853, el abrazo de Perón y Balbín el 19 de noviembre de 1972 y la conformación de la Multipartidaria en 1982, antes del retorno de la democracia.

Lo común a estos hitos de nuestra historia es que cada uno de ellos vino a cerrar largos períodos de conflicto y de enfrentamientos, con oscuridad y culpas compartidas.

El único de todos estos hechos que no precisó de ningún texto explicativo o de reafirmaciones periódicas fue el abrazo entre Perón y Balbín, porque el significado de este símbolo representó más que cualquier declaración.

Durante los años transcurridos desde la caída del gobierno de Juan Domingo Perón en el 55 hasta el abrazo con Balbín, la pelea entre peronismo y antiperonismo en el país había sido muy dura, y en ese período la Argentina se había convertido en una máquina de perder oportunidades, circunstancia que nos había llevado, de ser el país de la región con el futuro más promisorio, a convertirnos en la sociedad con más frustraciones a cuestas.

Por eso el abrazo de Perón y Balbín tenía y tiene un valor incalculable. Además de que es digno de rescatar el hecho de que en ese gesto ninguno de los dos cedió o arrió sus banderas. Ni Perón se volvió radical ni Balbín se transformó en peronista. No fue un acuerdo electoral. Balbín siguió siendo Balbín y Perón fue más Perón que nunca.

La carga simbólica no pasó por banderas arriadas sino por un mensaje a la sociedad: que en la política no hay enemigos sino adversarios, que los dirigentes políticos se equivocan y deben reconocer sus errores, que el bienestar de la sociedad debe estar siempre por encima de las diferencias políticas y por encima de los dirigentes por más importantes y encumbrados que estos sean.

En ese momento ambos líderes supieron interpretar a la sociedad, entendieron que había que escuchar más y hablar menos y que cuando la democracia es hegemonizada por dirigentes de espaldas al pueblo se empobrece y pierde valor.

Hoy, cuatro décadas después, no hay Argentina de progreso sin traer de la Historia lo mejor de Perón y lo mejor de Balbín.

Después de aquella fecha probablemente no hayan sido muchos los ejemplos o las réplicas a la altura de este abrazo; salvo lo de la Semana Santa de 1987 no han abundado los hechos similares.

Es más, en la historia política reciente de la Argentina, sobran los ataques, las chicanas y las especulaciones.

Y faltan las muestras de sensibilidad y acuerdo entre quienes, aun pensando distinto, debemos anteponer el país a los intereses partidarios.

Homenajear a estos dos dirigentes a pocos días del 8N, cuando la comunidad marchó en las calles, debe servir para la reflexión, porque la gente le está pidiendo a la política más hechos y menos discurso, más diálogo que monólogos, más apertura y trabajo conjunto que cerrazón e individualismo.

Los problemas que tiene la Argentina hoy son demasiado grandes para una sola persona y deberían ser más fáciles de resolver con un diálogo franco y con el espíritu abierto.

Así como antes del 72 se habían desaprovechado enormes potencialidades, ahora nos sucede lo mismo: estamos perdiendo oportunidades y las están aprovechando otros.

La Argentina de hoy, y especialmente la Argentina de los próximos años, necesita de más abrazos y más gestos como el de Perón y Balbín.