Un vínculo clave

Una de las premisas básicas del milenario Realismo afirma que los Estados no tienen amistades sino intereses, los cuales son cambiantes dependiendo las relaciones de poder y amenazas percibidas en cada momento de la historia. Un saber convencional basado en hechos sólidos suele remarcar la histórica constructiva relación de Brasil vis a vis con los EEUU. Situación que se remonta al siglo XIX y que se extendió, consolidó y llegó a su cúspide entre 1940 y principios de la década de los 70.

Tanto los gobiernos monárquicos cómo luego los de la República -y ni que decir Getulio Vargas para comienzos de la Segunda Guerra Mundial o el gobierno militar brasileño que toma el poder en 1964- no dudaron en estar del lado de Washington en diversos momentos claves, ya sea las dos grandes conflagraciones mundiales del siglo pasado y uno de los tramos más calientes de la Guerra Fría entre 1946 y entrada la década del 60. La estrategia de largo plazo impulsada de manera clara e impecable a principios del 1900 por el entonces canciller, el Barón de Río Branco, se basaba en articular una relación estrecha y cooperativa con los EEUU cómo forma de apuntalar al Brasil en su búsqueda de superar a la potencia sudamericana de ese momento. O sea, la Argentina.

Cabría recordar que recién en 1955 la economía de nuestro gigantesco vecino logró equiparar el PBI argentino. De manera sutil, Río Branco buscaba lograr ese vínculo especial pero al mismo tiempo era muy prudente y cuidadoso de no generar una escalada militar en el Cono Sur y en especial con la poderosa Argentina. Su idea era crear un curso de acción sostenido en el tiempo que derivaría en poder desplazar a los rioplatenses como principal actor de la región sin que por ello se produjese un desembarco activo y hegemónico de Washington en la zona.

A mediados del siglo pasado, desde las escuelas geopolíticas y diplomáticas del Brasil se impulsó la idea de un “trato leal” entre Río de Janeiro (luego Brasilia) y la Casa Blanca. Consistía en una parcial pero no por ello menos amplia delegación de las responsabilidades “hegemónicas” de la superpotencia en sus confiables aliados brasileños. Mas aún después de las fuertes tensiones existentes entre Buenos Aires y Washington por la neutralidad en la Segunda Guerra Mundial y el posterior “Braden o Peron”. Todo ello, combinado por una recurrente inestabilidad política que se acentuará en la Argentina desde 1930, así como la fuerte erosión del poder politico-militar y ni que decir económico del Reino Unido a nivel global y en su condición de socio clave de nuestro país.

Las ahora tan mencionadas y actuales lógicas de “stop and go” y periodos de alta inflación y bajo crecimiento o directamente recesión (estanflación), erosionaban de manera lenta pero constante la diferencia de poder de Argentina vis a vis con el Brasil. La inestabilidad política y económica no se lograba alcanzar ni con gobiernos radicales, peronistas o militares. Ergo, sin esa gobernabilidad de largo plazo nuestro país pasaría ser visto por la élite decisoria de Brasilia como un Estado que había perdido definitivamente la carrera por la primacia regional de manera nítida al promediar los años 70.

En ese mismo momento, el entonces secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger hizo su famosa referencia al Brasil cómo “Estado llave” o clave. No obstante, esas agradables palabras se veían acompañadas por fuertes restricciones a la venta de tecnología nuclear de uso civil a  los brasileños y un creciente proteccionismo comercial de los EEUU. Ello, iría generando un gradual y poco estridente giro de la política exterior del Brasil y de su gobierno militar hacia una más orientada a buscar canales de interacción más fluidos con otras potencias ascendentes en ese momento como Alemania, Japón, etc. El ascenso en las capacidades materiales y simbólicas brasileñas se consolidarán entre los 80 y el presente siglo.

En esa tres décadas se irán sumando y combinando estabilidad democrática, luego control de la inflación y estabilidad macroeconomica en los 90 y finalmente, el boom de los precios de las materias primas cómo hierro, soja y petróleo y la llegada al poder de la izquierda con Lula y su demostración de moderación, prudencia y eficiencia en el manejo de la economía.  En este escenario de un Brasil con más recursos materiales y simbólicos que nunca, sin olvidarnos el ser elegido para organizar el Mundial de fútbol y los Juegos Olímpicos, y una superpotencia norteamericana afectada por la crisis financiera en Wall Street del 2008 y el trauma de dos guerras largas y sangrientas cómo Irak y Afganistán, es lógico que las tendencias neoautonomistas iniciadas por Brasil casi 40 años atrás tomasen más fuerza. Mas aún cuando los EEUU no ve la zona sudamericana cómo una zona clave y caliente para su seguridad nacional como las regiones Asia-Pacífico, Medio Oriente y Golfo Pérsico.

En este escenario los gobiernos bolivarianos fueron interpretados por la Casa Blanca de los últimos tres presidentes como una liturgia folclórica molesta más que como una amenaza a sus intereses vitales. No es para menos, cuando se asume el rol clave de los dólares entregados día a día desde EEUU a Venezuela por la venta de, ahora mismo, casi un millón de barriles diarios de petróleo (a más de 100 dólares cada uno), un Ecuador de Correa que convive sin mayor trauma con una economía con el dólar como moneda circulante y una Nicaragua que tiene un acuerdo de Zona de Libre Comercio con los EEUU. Así las cosas, la superpotencia no tuvo mayor inconveniente en contar con Brasil como un estabilizador y contenedor de conflictos en la zona. Las crecientes tensiones de Buenos Aires con Washington en los últimos años no hicieron más que potenciar esa parcial y condicionada “delegación”. Cualquier observador informado e interesado entre los decisores de los EEUU vería claramente el doble juego brasileño, o sea, consolidar su relación con los bolivarianos y por ende incrementar las retóricas anti norteamericanas en el sur de América Latina y al mismo tiempo mostrarse cómo garante de que los mismos no cruzarán algunas líneas rojas.

La escalada de conflicto, violencia y muertes en la Venezuela de los últimos meses no hacen más que poner en riesgo este juego inteligente, sencillo y pendular. Un desmadre de la situación en ese país caribeño y la continuidad y acentuación de la polarización y del deterioro económico (con una inflación esperada en torno al 60% anual)  y social, dejaría al Brasil en una difícil posición. La paciencia americana, y de amplios sectores sociales y políticos de América Latina, puede agotarse si la diligencia brasileña no asume que el liderazgo tiene beneficios pero también costos y que la situación venezolana requiere algo más que un nuevo capítulo del juego pendular y ya casi rutinario con Washington y Caracas. La Presidenta Rousseff ha dado algunas señales de haber comenzado a entender que zanahorias sin palos no será la mejor forma de poner en caja la situación en la tierra del difunto Chavez.

Una Venezuela signada por muertos y deterioro acentuado de algunas prácticas democráticas básicas es claramente una de las líneas rojas. Una de esas, que un pretendido estabilizador confiable cómo Brasil, no puede permitir que se traspasen. El proceso de diálogo entre el oficialismo y la oposición que tendrán a cargo los enviados de Bogotá, Quito y la misma Brasil así como los buenos, y claves,  oficios del Vaticano, será quizás la última oportunidad para evitar un trauma mayor para la región. El fracaso en encauzar en parte la explosiva situación política y socioeconomica (y quizás aun dentro mismo de sectores militares que no concuerdan con un exceso de injerencia cubana ni con muertes civiles) y una Brasilia más propensa a resguardar al gobierno de Maduro que a ser un interlocutor válido y confiable para todas las partes, tendría dentro del misma vida política de la potencia sudamericana un grave costo para el PT y la izquierda oficialista brasileña. Un sector que por no poder y, en muchos casos, también por un sabio y prudente no querer, dista de buscar emular a sus pares bolivarianos en el manejo de la economía, relación con el mundo y prácticas republicanas. Es por ello que un libero cómo Lula da Silva, ya no atado, a la responsabilidad de ser Presidente, podría y debería ser un sostén de Rousseff en este esfuerzo. A riesgo, de no lograrlo, de serios costos para el Brasil en general y para el Partido creado por el en particular.

El espejo invertido

Un clásico del proceso de transición democrática en América Latina del último tramo de los años 70 y hasta fines de los 80 fue el “saber convencional” que identificaba a los sectores políticos y sociales más afines con la derecha y el centro derecha como muy distanciados y antagónicos a temas como los DDHH, la calidad de las instituciones republicanas y la tolerancia frente a las protestas sociales y periodismo crítico. Su relación más o menos cercana con los gobiernos militares que iniciaban las salidas mega-pactada en el caso chileno, pactada en el brasileño y caótica en el argentino, le ponía ese sayo que, dependiendo el caso, podía ser más o menos certero y justificado.

Los años 90 y el síndrome de “fin de la historia”, con el auge de reformas neoliberales y promercado, tendieron a reactualizar esos estereotipos en amplios  sectores de la progresía regional e internacional. El cliché de ver a la centroderecha como incondicional del los EEUU y sus intereses durante la puja con el comunismo soviético, había mutado a un supuesto alineamiento carnal de esos sectores con la “diosa globalizacion” y el “turbo-capitalismo” con eje Wall Street.

Por esos cursos y recursos de la historia, la segunda década del siglo XXI presenta una paradoja no menor para los debates políticos, ideológicos y electorales presentes y futuros. Nos referimos a cómo cuestiones como los DDHH, la tolerancia a la protesta social, la libertad de expresión y la no militarización de la vida social comienzan a aparecer como pilares de amplias capas sociales de la centro y centro derecha y de los partidos políticos o movimientos que canalizan sus agendas.

Un claro ejemplo de ello es la situación en Venezuela, con su escenografía de una extrema polarización enmarcada por alta inflación y índices alarmantes de inseguridad ciudadana. En un verdadero juego de espejos invertidos, los roles que cumplían los partidarios de la izquierda parecen asimilarse a primera vista a sus rivales-enemigos de lo años 70 y 80 y viceversa.

La llegada al poder de gobiernos bolivarianos y otras expresiones políticas, que de manera más o menos táctica, consistente y sincera, se atribuyen un barniz de izquierda y el lema de liberación o dependencia 2.0, es uno de los motivos fundamentales obviamente de esta inversión de roles. Aquellos que se formaron y actuaron con la lógica de resistencia frente al poder del Estado, ahora tienen ese Leviatán en sus manos. Mas aún, en un escenario de históricamente altos precios de materias primas como el petróleo, gas, soja, etc y un EEUU que los tiende a ver más como una molestia, en muchos casos pintoresca, que como amenazas a su seguridad nacional. Basta de ejemplo como durante los últimos 15 años Caracas nunca interrumpió los flujos de 1.5 a 900 mil barriles diarios de petróleo hacia el “sulfuroso” (recordado el olor a azufre que comento Chávez)  Washington así como el funcionamiento de más de 12 mil estaciones de servicio en territorio del Imperio o un Ecuador que mantiene y sin mayor debate y trauma al dólar como moneda de circulante y reserva.

Por esas travesuras crueles que suelen darse en la historia, el control simbólico de agendas tan poderosas como los DDHH, el control civil sobre la Defensa y la libertad de expresión, iría pasando a ser parte constitutiva de los reclamos y alianzas políticas a nivel doméstico e internacional de los sectores del centro y centro-derecha.

Asimismo, la izquierda y la centro-izquierda, con capacidad de alguna autocrítica silenciosa y de reflexión, sabrá que en el fondo que en el pasado sus rivales y enemigos cuando condujeron al poderoso Leviatán tuvieron quizás las mismas tentaciones que ellos tienen hoy o sea imponerse cueste lo que cueste. De la prudencia, visión de largo plazo y el autocontrol en ese ejercicio, dependerá que sus idearios no arrastren el desprestigio y cuestionamientos que acompañaron a la centro-derecha en los tiempos posteriores a la transición democrática.

Por el momento, la situación en Venezuela no parece ser un ejemplo en este sentido. Si algo positivo se podrá sacar de todo ello, será que los polos ideológicos enfrentados durante décadas ya no entablarán a futuro su choque en el plano simbólico como víctima versus victimario o el soñador vs el ejecutor de la cruda praxis del poder. Será una pelea entre iguales, con las manos igualmente manchadas por el fango del poder.

El maestro cruel

Tiempo atrás, una importante personalidad de la política y la sociedad colombiana contaba a su expectante audiencia una anécdota con mucho de enseñanza y consejo. El relato describía cómo hace unas décadas un más que famoso y ya abatido narco colombiano decidió un día “solicitar” ser admitido en uno de los clubes más exclusivos de ese país. Su argumento era bastante brutal y sencillo, él era un hombre de incalculable fortuna y poder y tenia diversos tipos de acuerdos económicos y emprendimientos con varios de los patricios miembros de la entidad. Cuando le comunicaron las dificultades y la negativa a aceptar su pedido, les habría advertido que no dudaría en volar por los aires las instalaciones del predio en cuestión así como a varios de sus miembros. El transfondo de lo que intentó transmitir el relator, fue cómo el narcotráfico avanza entremezclando sus influencias no sólo en donde impera la marginalidad y la desesperación, sino en las capas superiores de la políticas y la sociedad. Las cuales sólo reaccionan cuando ese poder, que en un primer momento se ve como tentador para establecer alianzas tácticas o usarlas a favor de proyectos personales de diverso tipo, se erige, desafía y busca penetrar en cotos que estos estratos consideran exclusivos de ellos. Colombia es un país dotado de una verdadera élite política y social, en donde las grupos políticos más importantes comparten la idea de que están sobre el mismo barco y buscan controlar el timón pero no con la ceguera de llevar al mismo contra el iceberg.
O, en el peor de los casos, si la nave ya chocó, se dan cuenta de la necesidad de una tregua sobre puntos básicos y se ayudan entre todos para que no se hunda. El reciente acuerdo en México, firmado por los principales partidos de la oposición y el oficialismo es también un reflejo en este sentido. Quizás nada diferencia más a los países que tienen élite de los que tienen meramente a “los que mandan”, de manera transitoria más o menos prolongada, como la tendencia de estos últimos a caer en la tentación de “incendios fundacionales” o “cuanto peor, mejor”. Es decir, el deseo y la acción para que el rival o el enemigo llegue a su máximo colapso a fin de que, una vez tomado el poder, la sociedad esté lo suficientemente golpeada como para contar con amplios márgenes de maniobra para las acciones a tomar. Si 1976, 1989 y el 2001 mostraron a la Argentina como un caso testigo típico de este patrón de conducta, la recuperación económica y social iniciada a partir del segundo cuatrimestre del 2002, así como el amplio consenso existente en la totalidad de los actores relevantes sobre las próximas elecciones presidenciales se den en tiempo y forma, es un signo más que alentador.

Desempolvar los manuales de la Guerra Fría

Por esos giros y rendijas de la historia, la zona de Crimea tiene un vínculo pocas veces recordado con algunos de los aspectos más folkloricos de la argentinidad. Nos referimos a cómo algunos de los rasgos de las vestimentas usadas por las fuerzas británicas, que hace más de un siglo y medio combatieron en esa península contra las fuerzas rusas, terminaron ‎incorporándose a la vestimenta más propia de nuestros gauchos. En las últimas semanas esa zona signada por choques de etnias y religiones durante siglos y residencia de los siempre combativos cosacos, que pese a la lejanía se han mantenido leales a Moscú, vuelve a ser un punto de máxima tensión internacional.

Un país dividido entre un amplio sector apegado al idioma y la historia de Ucrania, que mira a Occidente y a la Unión Europea como Norte, y otro, más reducido, ligado en lo étnico, idiomático, afectivo y económico al gigante ruso. La península de Crimea revierte esa ecuación, dado que ahí sí existe una mayoría civil y de personal militar vinculada a Moscú así como la principal base naval de la flota de guerra rusa en el Mar Negro, la cual está bajo jurisdicción legal de Moscú hasta el 2017 por un acuerdo firmado en su momento por los dos países.

La rebelión popular con el antecedente de decenas de muertos en las calles motivó el ascenso de un gobierno de transición que que representa a lo sectores más pro occidentales. La reacción del gobierno de Vladimir Putin fue inmediata y consistió en consolidar la presencia y control militar sobre -su ya en gran medida controlada- Crimea. Ello ha llevado a una situación de máxima tensión entre ambos países a lo que se suma a la mecha encendida de una eventual guerra civil o choques violentos a gran escala entro los ucranianos nacionalistas y los que buscan preservar una alianza histórica con Rusia. Ya durante la Segunda Guerra Mundial el mismo Stalin envío a uno de sus hombres de confianza, Nikita Krushchev, el mismo de cuando asuma el poder en 1956 por muerte de Stalin procederá a una abierta y furiosa crítica a lo hecho por su mentor, para controlar a sangre y fuego a los sectores sospechados de poder respaldarse en la Alemania nazi para independizarse de la URSS.

Las taras ideológicas y el racismo extremo de los nazis impidió que pudiesen aprovechar a pleno esas fuerzas separatistas tanto en Ucrania cómo en otras repúblicas. Diversos analistas no dudan en marcar la actual situación como el principal clivaje geopolítico desde los traumáticos hechos del 11 de Septiembre del 2001, y un antes y un después del vínculo de la Rusia post-soviética con Occidente en general y con los EEUU y Europa en particular. Por el momento, la posibilidad que Putin ordene una ofensiva militar sobre parte sustancial de territorio ucraniano no parece lo más probable aunque si pasará en los hechos la península de Crimea como un verdadero protectorado de Moscú.

Quizás más que una abierta y sangrienta guerra interestatal, aún mayores recaudos se deban tomar para evitar una implosión de la misma Ucrania. La respuesta que en estos momento está elaborando la Casa Blanca parecen orientadas a redactar una Orden Ejecutiva que articule un pasos conjuntos para a presionar de manera diplomática, comercial y financiera a las jerarquías políticas, militares y algunos empresarios vip rusos. Al mismo tiempo, impulsará junto a la Unión Europea y organismos internacionales créditos que ayuden a Kiev a superar una aguda crisis económica, factor este que también tuvo un peso no menor en el derrumbe del gobierno pro Moscu.

La sorpresa del Departamento de Estado de los EEUU no debería ser total, al menos eso es lo que revelan los cables reservados y secretos del 2006 al 2009 dados a conocer por los Wikileaks en donde se describen hipótesis serias del escenarios críticos e incluso peores que los que se vienen dando en los últimos días. El avanzar hacia sanciones sobre la elite rusa y sus aliados dentro de Ucrania es un ejercicio por demás delicado o quizás el más sensible que tiene y que tuvo que enfrentar el presidente Barack Obama. Moscú es un actor clave, no sólo por mantener un formidable arsenal nuclear y ser protagonista estelar en el mercado del petróleo y el gas a nivel mundial, sino también por el rol que tiene en procesos sensibles para la Casa Blanca como el repliegue planeado en Afganistán (pocos años atrás EEUU acordó con Rusia ir reemplazando los canales logísticos que pasaban por la turbulenta Pakistán por otros en área de influencia de Moscu), las negociaciones con Irán por el programa nuclear, el desarme del arsenal químico sirio, la lucha contra el enemigo común que constituye Al Qaeda y sus filiales, y la estrategia de ir reduciéndose márgenes de maniobra estratégica a la ascendente China.

Este último, es el verdadero rival geopolítico que Washington ve para las próximas décadas. Los planificadores norteamericanos en tanto se orientan a considerar a Rusia una megapotencia nuclear-militar pero con serios problemas demográficos así como con dificultades para articular una economía capitalista moderna y con normas claras y transparentes. Para la Casa Blanca, más temprano que tarde, las tensiones de diverso tipo presentes en la históricamente compleja vinculación rusa-china terminará favoreciendo los márgenes de maniobra de la diplomacia y la inteligencia norteamericana para sacar provecho de esas fricciones. Por el momento disimuladas, según se piensa, por la tendencia tanto de Pekin y Moscú de buscar balancear el mega poder americano post-triunfo en la Guerra Fría.

La crisis en Ucrania en general y en Crimea en particular son un recordatorio que no todas las amenazas a la seguridad nacional de los Estados en general y de las grandes potencias en particular se derivan de actores trasnacionales como el terrorismo fundamentalista o la proliferación de armamento nuclear por parte de regímenes cómo Irán. La vieja geopolítica de las fronteras y población se resiste a desaparecer. Los tomadores de decisiones en Rusia tienen frente a sí el desafío de marcar firmemente un límite a los riegos de perder el control en áreas claves cómo Crimea, mantener en alto del orgullo ruso y la imagen de poder y resurrección soviética que transmite Putin, pero al mismo tiempo reconocer que al mundo capitalista e interdependiente al cual se están sumando de manera exitosa, aún depende en gran medida de actores claves en ese sistema como los EEUU y sus aliados estratégicos como Alemania, Japón, Francia, Reino Unido y otros.

En síntesis, buenos motivos para no escalar al extremo. Rusia necesita de Occidente para su modernización y estabilización de largo plazo y los EEUU y sus aliados necesitan del oso ruso en temas por demás sensibles en el corto, mediano y largo plazo. Esa combinación de necesidad mutua y rivalidad no es impedimento para estar atento a errores de percepción que puedan llevar decisiones apresuradas o situaciones en donde los impactos cruzados vayan más allá de lo previsto. Los mecanismos de comunicación y de medidas de confianza mutua que armaron EEUU y Rusia tras la crisis de los misiles en Cuba de 1962, y que fueron perfeccionándose en los 70 y todavía más en los 80, volverán a tener una utilidad que desde 1989 se consideraba casi olvidada. El vetusto y mítico teléfono rojo parece destinado a volver a sonar entre el Kremlin y la Casa Blanca en esta era digital y de internet donde los teléfonos fijos parecen haber quedado como recuerdo del pasado.

México y Colombia, recuerdos del futuro para Argentina

Ya a fines del año pasado había fuertes versiones acerca de que faltaba poco para que lo capturaran. Pero pasaban los días, semanas y meses y el escepticismo volvía. No era para menos, había sido detenido en 1993 en Guatemala y en el 2001 en México y ambas veces había escapado sin mayores dificultades. A ello cabe agregar las disquisiciones más o menos conspirativas que se elaboraron en los últimos dos años acerca de un supuesto pacto de no agresión abierta entre el Cartel dirigido por él y el Estado.

Motivado, según decían, por ser su estructura delictiva menos sanguinaria y violenta con otras como los Zetas, Templarios, etcétera. Desde ya, estamos hablando del Chapo Guzmán. Ese pequeño hombre en estatura que ha sido uno de los máximos criminales de la historia de México. Ver las saga de las películas de El Padrino, la famosa Cara cortada de Al Pacino. O la más reciente  Inflitrados dirigida por Martín Scorsese en el 2006, no harían más que acercarnos a este mundo de sombras y grises,  donde nada es como parece a primera vista.

Como muestra, bastaría recordar que hace pocos años una de las últimas parejas del Chapo dio a luz uno de sus hijos en uno de los más sofisticados y exclusivos sanatorios de California en los EEUU, acompañada por familiares y, según se comentó, con alguna supuesta breve visita del propio Chapo durante un lapso de la estadía en ese Estado norteamericano. Pero finalmente, este escurridizo bandido, como se suele decir en las tierras colombianas a este tipo de personaje, cayó en la red. La captura del Chapo Guzmán por parte de las fuerzas de la Infantería de Marina mexicana tuvo 4 pasos fundamentale: las interceptaciones efectuadas por los EEUU a la telefonía satelital y comunicaciones del Chapo, un informador, el empleo de vehículos aéreos no tripulados de los EEUU y un poco de suerte.

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Inestabilidad de gobiernos, pero no del régimen democrático: el caso de América Latina

El escenario de agitación social y traumática polarización política que se vienen generando en algunas democracias de países en vías de desarrollo cómo Ucrania, Venezuela y Tailandia han colocado nuevamente en el centro de la escena la cuestión de la estabilidad de gobiernos y regímenes en la periferia. Uno de los consensos más fuertes existente en la ciencia política de las últimas décadas es la mayor marginalidad que adquieren situaciones de golpes de Estado clásicos ejecutados por las instituciones militares respaldadas por sectores políticos y sociales.

Eso es particularmente evidente en América Latina. La Argentina es un claro ejemplo de ello, con media decena de mandatarios que por diferentes razones no terminaron sus mandatos constitucionales desde 1983 en adelante.  Esta fenómeno ha llevado a académicos cómo Aníbal Pérez-Liñán, politólogo argentino radicado en EEUU, a escribir el relevante y provocador libro titulado Presidential Impeachment and the New Instability in Latin America (2007). Su análisis se centra en las crisis y juicios políticos que terminaron con presidencias pero no con la democracia electoral entre 1992 y el 2004‎ en países como Brasil, Venezuela, Colombia, Ecuador y Paraguay. En las últimas décadas, afirma, no bajó el nivel de inestabilidad política, sino la forma en que ésta se da. Los escándalos aislados de corrupción no tienen un peso determinante en la gestación de estos fenómenos. No obstante, fuertes caídas en la popularidad del Ejecutivo por cuestiones económicas suelen alentar mayor producción y mayor atención pública de informes sobre prácticas cleptocráticas y desmanejo de los recursos públicos. Si a esto se le suma agitación y movilizaciones callejeras, las posibilidades de precipitación institucional se incrementan fuertemente.

Un Ejecutivo dotado de una masa crítica de legisladores leales o al menos no dispuestos a romper lanzas definitivamente es un escudo frente a todo ello. Una presidencia que tienda al aislamiento y a descuidar o desgastar su relación con los legisladores  es un peligro para su propia estabilidad. Otras de las conclusiones es la dificultad que presentan la mayoría de los países en los cuales se producen estos traumas para aprovecharlos para profundizar y consolidar los componentes republicanos de la democracia y sus instituciones. A ello agrega que estos procesos destinados a controlar poderes ejecutivos que han abusado de su posición suelen actuar sobre hechos consumados y no llegan a prevenirlos a tiempo. Así, se pasaría del dejar hacer de manera delegativa a precipitar su salida.

Un factor central a considerar es cuando se combina movilización social masiva y persistente con mecanismos de mediación que no funcionan adecuadamente. Allí, hay claramente mayores posibilidades de crisis agudas. Ni que decir en los casos nacionales caracterizados por una aguda polarización política y social así como la recurrencia a la violencia y la intimidación. ‎

Más recientemente, Pérez-Liñán afirma que frente a la crisis internacional que se desencadenó en el 2008,  los mayores lazos comerciales con el Pacífico y China y los altos precios de las materias primas actuaron cómo un factor de protección de los países de la región, lo cual sin duda tendrá como contracara una mayor influencia política china sobre estos estados. También, sostiene que hay economías que tienen perspectivas de largo plazo más allá de los problemas que surjan, en tanto que otras en su visión resultan más erráticas cómo Venezuela y Argentina.

Lograr cierta previsibilidad y moderación en los ciclos políticos es clave para estabilidad económica e institucional. No duda en afirmar que la amplia mayoría de la región está poblada por regímenes democráticos, pero tampoco deja de visualizar que su consolidación es y será tortuosa. Todo ello pese a la nítida tendencia de los militares a no volver a intervenir en manera clásica en golpes.

A diferencia del pasado, los gobiernos no caen por asonadas, pero aun así sigue habiendo inestabilidad políticas. Actores claves, a veces el Ejecutivo y otras menos el Congreso, tienden a abusar de su poder. Las movilizaciones sociales por hechos conmocionantes, sea crímenes, crisis económicas, escándalos de corrupción, etcétera, son nuevos disparadores de fines anticipados. Por ahora los Presidentes son inestables, pero los elementos básicos de la democracia no. Mas aún en un escenario de menor crecimiento o aun de decrecimiento económico como el que presentan varios países del área. Bajado al caso concreto de la Argentina, una revisión de los indicadores y variables propuestos por Pérez-Liñán tiende a reforzar aquellos análisis que se orientan a pensar en los plazos políticos electorales previstos por la Constitución, o sea fines del 2015. No queda tan claro, no obstante, siguiendo la misma matriz metodológica, si será el caso de Venezuela. Sin que ello implique necesariamente la caída de la totalidad de la estructura de poder que montó Chavez junto a su pilar básico, los militares.