Crimea, Malvinas y nosotros

La crisis de Ucrania sugiere algunas reflexiones útiles para la  política exterior. La primera es que, pocas veces como en este  dramático asunto, fueron invocados tantos principios originados en América Latina o que tuvieron en la región un apoyo firme y consecuente. Así, los distintos actores en el conflicto se refirieron muchas veces al no uso de la fuerza, a la no intervención, a la integridad territorial, a la solución diplomática de las disputas,  a las sanciones económicas y a la autodeterminación de los pueblos.

Los latinoamericanos y en particular los argentinos, deberíamos sentirnos orgullosos del aporte hecho a la política y al derecho internacional ya que todos estos principios fueron adoptados por la Carta de la OEA y la Carta de las Naciones Unidas. Hoy tienen peso constitucional y ordenan la relación entre los países.

La segunda reflexión  es que una crisis tan grave nos recuerda que, además de los principios,  los valores y el comercio, nunca  se debe  soslayar la  definición que cada país hace respecto de sus intereses estratégicos. Esos intereses siempre priman sobre los demás y son básicamente dos: la propia seguridad,  que conlleva también la identidad, y  la percepción acerca de su territorialidad, concepto que también implica rechazo al “encerramiento”.

Pero la “anexión” de Crimea por parte de Rusia parece  injustificable incluso a la luz de dichos intereses superiores. En el siglo XXI y en plena interdependencia, globalización y ausencia de “bloques”, siempre hay que agotar las medidas que puedan llevar a soluciones que, ajustadas al derecho internacional, conjuguen las legítimas preocupaciones de todos los interesados  evitando el conflicto. Por otro lado, la “anexión” en perjuicio de Ucrania  crea  un foco de dificultades e inseguridad en la frontera con Rusia que es, justamente, lo que quiso evitar  desde un primer momento. La resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptada  en respaldo de Ucrania oficializa esas dificultades.

La tercera reflexión tiene que ver con el hecho que Argentina es miembro del Consejo de Seguridad y también del G20. Ha sido y es, aun hoy,  un  importante actor global  y ha sostenido históricamente la solución pacífica y negociada de los conflictos, en particular los de naturaleza territorial por ser los más sensibles y riesgosos. Es decir, este conflicto no le resulta indiferente, sobre todo, por los valores involucrados,  por la amistad que la une a los principales actores y por los factores estratégicos en juego. De allí que esta crisis debería ser analizada por su sustancia y no por otras consideraciones que le son ajenas. Habría entonces que evaluar si conviene a la gobernanza global que Argentina y un sector de América Latina convaliden, con sus actitudes, la anexión  de parte de Ucrania por Rusia y las consecuencias que esto pueda tener mediano plazo.

La cuarta reflexión apunta a los escépticos del multilateralismo y de la utilidad  de las Naciones Unidas. Esta crisis, por su contenido estratégico, demostró la necesidad de una organización global y democrática, como único instrumento para  acercar posiciones e identificar tendencias entre los países y otros actores del sistema internacional. Demostró una vez más que, para democratizar el Consejo de Seguridad, no hay que incorporar nuevos miembros permanentes, sino reducir los privilegios de los actuales ya que, dichos privilegios y en especial el veto, sirven  la mayor parte de las veces a sus propios intereses. Por ello es que oportunamente Kofi Annan, la Argentina, Sudáfrica y otros muchos países presentaron  iniciativas para democratizar genuinamente al Consejo de Seguridad. Recientemente, Laurent Fabius,  Canciller de Francia, que es uno de los cinco Miembros Permanentes,  ofreció una propuesta que se orienta en  esa misma dirección.

Finalmente, una última reflexión, es que no conviene a nuestros objetivos  suponer – o consentir que se trace – una relación entre la disputa sobre las Islas Malvinas y la crisis de Crimea. A diferencia de la situación en Crimea, cuya reversión parece hoy improbable, Malvinas fue  definido como un caso “especial” y “particular”  por las Naciones Unidas, la OEA y el Movimiento de Países No Alineados. Así fue determinado porque la  disputa Argentino/Británica tiene un régimen legal y de procedimiento para su solución establecido por las Naciones Unidas y por la OEA; porque  es de interés hemisférico permanente (OEA); porque se han ofrecido y discutido fórmulas viables de arreglo para el problema de fondo y sobre todo, porque las dos partes, Argentina y el Reino Unido, son amigos de larga data con coincidencias en aspectos globales y cooperación en temas estratégicos que, utilizadas con diplomacia y tacto, deberían ayudar a diseñar un punto de encuentro para  resolver la disputa y no lo contrario.

Es posible que la crisis desatada entre Ucrania y Rusia esté sólo en sus comienzos y trascienda al actual gobierno. Argentina tendrá entonces  nuevas oportunidades de examinar el fondo del problema a la luz de sus antecedentes en las Naciones Unidas, la defensa de sus intereses y la amistad con todos los  actores.

Qué puede hacer Argentina en el Consejo de Seguridad

El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas es el órgano más importante del sistema internacional.  Excepto la guerra de Vietnam, ninguna crisis susceptible de poner en peligro la paz ha sido soslayada  de su agenda, ya sea en su prevención, origen, desarrollo o arreglo sustentable. El Consejo siempre ha tenido que ver en alguna de dichas etapas.

Por ello, los países con mayor vocación  internacional, procuran integrarlo con la máxima frecuencia posible. Este es el caso de Argentina que fue electa nueve veces y siempre por amplias mayorías,  en razón del realismo de sus iniciativas y de la eficacia de su diplomacia. En efecto, desde sus aporte a la solución de la crisis de Berlín - al comienzo de la guerra fría – a las cuestiones relacionadas al desarme nuclear y convencional, a la paz en Medio Oriente, pasando por  la guerra entre India y Paquistán, la cuestión de Namibia, Haití, la guerra del Golfo, los Balcanes, el terrorismo, Chipre, Irak y la crisis humanitaria en Kosovo, Argentina accionó siempre como actor internacional responsable y necesario.

Es que la diplomacia argentina nunca fue entrenada para “bailar el minué de la alfombra roja”, para comprar ideologismos paralizantes o para aparecer solo con lo “justo”. Operó con sacrificio y éxito en los escenarios más complejos, coordinando  siempre sus acciones con los actores más afectados  y con los países  relevantes dentro y fuera del Consejo de Seguridad. Esto, porque en el escenario multilateral, es mejor actuar “de más”, en las buenas causas, que mantenerse al margen y hacer apenas lo “correcto”.

El Consejo es, por su misma naturaleza, un órgano para la acción, para las propuestas concretas y no necesariamente orientado a la retórica, por valiosa y articulada que esta pueda resultar. Esa visión estrictamente de servicio es lo que, tempranamente, aprendieron los funcionarios argentinos de las actitudes de Hipólito Irigoyen en la Liga de las Naciones, en 1918, de la Paz del Chaco con Carlos Saavedra Lamas y de la generosidad respecto de  los  perseguidos por el nazismo,  de los refugiados de la guerra civil española, del golpe de Augusto Pinochet en Chile o los disidentes de la dictadura cubana, para citar solo algunos ejemplos.

De allí que en cierto modo sorprende que, habiendo transcurrido un año del actual mandato argentino en el Consejo de Seguridad, no se haya conocido, o discutido –en el Congreso o en los medios académicos- alguna iniciativa de nuestro país en dicho órgano. Tampoco ha sido el caso de la “Cooperación de la UN con los organismos regionales y subregionales en el mantenimiento de la paz y la seguridad….” presentado por la señora presidente Cristina Fernández de Kirchner el 6 de agosto pasado en el ejercicio de la presidencia (S/PV.7015). Tal vez habría ahora que concentrarse en los casos de Irán y Siria  que son típicos asuntos de extrema gravedad y sensibilidad en los que Argentina  puede realizar una contribución sólida,  acorde con su tradición histórica.

Al respecto parece necesario evitar dos actitudes. Por un lado, una suerte de sentimiento aislacionista falsamente “protector” y por otro, el temor a un eventual fracaso. Desafiando esas circunstancias Brasil, durante su reciente pasó por el Consejo, se alió a Turquía para participar en las negociaciones sobre el desarrollo nuclear de Irán que llevaban adelante el Secretario General Ban ki Moon y los miembros permanentes del Consejo. Al margen de su resultado, dicha actitud fue acertada. Si en algo se  la podría objetar es por no haber invitado también a países emergentes como Argentina, Sudáfrica y Ucrania que, dominando la tecnología para fabricar artefactos nucleares, decidieron autorestringirse, aunque sin limitar su desarrollo nuclear pacífico. Ese era ejemplo que habría que  haber ofrecido a Irán. Brasil buscó individualmente un “salto hacia la calidad”, asociándose con Turquía y ganar así mayor presencia internacional. Su actual asociación con Alemania para combatir el espionaje global es otro ejemplo de “salto hacia la calidad”, en una causa que suscita amplio consenso y que Argentina también apoya.

Argentina habría actuado igual que Brasil aunque, seguramente, hubiera incorporado a la iniciativa  a otros países con preocupaciones similares para consolidar, conjuntamente, las alianzas más calificadas adentro y afuera de la región.

Por ello es que Argentina no debería descuidar los espacios que el sistema internacional ofrece y que han sido  los ámbitos naturales de su accionar político y diplomático por mucho tiempo. Dicha actitud le restaría interlocución con los grandes actores que son, en definitiva, aquellos mejor munidos para ayudar a superar los propios problemas. Obtener diálogo fluido con esos actores constituye  el objetivo principal  de una  diplomacia motivada a servir los intereses de su país. Con ese propósito, el Consejo de Seguridad ofrece un instrumento insustituible  mediante los aportes prácticos que se realicen para la solución de las grandes crisis.

Pero, sin perjuicio de lo anterior, hay un importante motivo adicional a tener en cuenta. Chile acaba de incorporarse al Consejo y compartirá la representación de América Latina con Argentina. Su actual Canciller es una personalidad con amplia experiencia dentro del “sistema” y razonablemente buscará aumentar el prestigio chileno en el orden multilateral. Ello no debería suceder a expensas de la Argentina. Hay que reforzar los lazos de cooperación que seguramente existen  con iniciativas sobre los temas en los que Argentina tiene más peso, como los relativos a la seguridad, a las cuestiones humanitarias y a las Operaciones de Mantenimiento de Paz en las nuevas áreas críticas donde la presencia argentina haga una diferencia.

Poco antes de la desafortunada invasión a Irak, en el año 2002/2003, Argentina, Canadá, Chile, Francia,  México y Suecia participaron colectivamente de un último y agotador esfuerzo destinado a evitar el uso de la fuerza sin autorización del Consejo de Seguridad.  Entonces, lo que contaba, era  comprometerse  activamente en los hechos para lograr un orden internacional más pacífico, antes que ponerse al costado por temor a los resultados. El aporte argentino a esas discusiones fue central en razón de su presencia técnica y diplomática en los organismos verificadores que actuaban dentro de Irak. Ese sigue  y seguirá siendo, el rol  de la diplomacia argentina

Tal vez este episodio pueda también servir de inspiración para el largo año de trabajo que le espera a la Argentina en el órgano principal de las Naciones Unidas.

John Kerry, la OEA y la Argentina

América Latina se fue consolidando gradualmente durante el siglo XIX y comienzos del siglo XX sobre la base de seis principios, todavía celosamente vigentes. Estos son: a) igualdad soberana de todos los Estados; b) no intervención; c) integridad territorial; d) autodeterminación; e) solución pacifica de las disputas y f) respeto por el derecho internacional (Carlos Calvo). Las sucesivas Conferencias Panamericanas, a partir de 1899, fortalecieron esos principios, rechazaron el intervencionismo, sentaron prácticas humanitarias ejemplares como el asilo y convencieron a Estados Unidos de inaugurar la política del “buen vecino”, que llevó a una mayor cooperación y entendimiento dentro del Hemisferio. Pero fue la adopción de la Carta de la Organización de Estados Americanos, junto con el Tratado de Soluciones Pacíficas, y la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre (Bogotá, 1948) lo que, al incorporar la democracia republicana y los derechos humanos, otorgó al sistema interamericano y a los países que lo integran una cohesión dentro de la unidad, que resultó ejemplar para el nuevo orden internacional posterior a la Segunda Guerra. En efecto, no sólo muchos de los principios del sistema interamericano fueron incorporados a la Carta de San Francisco, sino que la Declaración Americana de Derechos y Deberes del Hombre -redactada por juristas latinoamericanos y estadounidenses- es anterior a la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

A partir de esos históricos momentos, el rol de la OEA, con sus luces y sus sombras, ha servido para demostrar que los países se asocian principalmente por dos motivos: las necesidades estratégicas derivadas de compartir un inmenso ámbito geográfico como el Hemisferio Occidental, es decir, América y las afinidades culturales e institucionales, reflejadas en los valores comunes como la democracia y los principios republicanos (Lagorio).

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Mandela y nosotros

La muerte de Nelson Mandela ha conmovido justamente a la opinión pública nacional e internacional. Es que ha desaparecido un líder que hizo causa  con la libertad, la justicia, la unión y el repudio inconmovible a la violencia. Igual que Vaclac Havel conoció las prisiones más crueles pero, al recupera la libertad, fomentó la convivencia evitando la división y la discordia,  sentimientos que germinan fácilmente después de las grandes tragedias. Madeleine Albrigth, representante permanente de Estados Unidos ante las Naciones Unidas y luego secretaria de Estado, lo recuerda en sus Memorias como una persona muy valiente que siempre buscó justicia y nunca venganza. Boutros Boutros Galhi, secretario general de las Naciones Unidas, evoca emocionado que, para obtener el respaldo norteamericano para su reelección ese alto cargo, Mandela lo llamo a Bill Clinton y le dijo que Boutros era su “hijo adoptivo”. Kofi Annan destaca que supo innovar en la agenda del Consejo de Seguridad al promover, en diciembre de 1999 con explicito respaldo argentino y de otros países, que la cuestión del sida sea considerada en la agenda de dicho órgano.

La mayoría de las crónicas sobre su muerte se centran en los rasgos formidables de su personalidad y cómo ésta permitió extraer a Sudáfrica de su trágico laberinto y llevarla, en relativamente poco tiempo, a ser una de las naciones más respetadas y admiradas. Por todo ello, no debe sorprender que Carlos Menem, presidente de la Argentina precisamente cuando el laborioso proceso de reconversión hacia la democracia multirracial tenía lugar, se hubiese interesado tan profundamente en el líder africano y en su visión sobre el arrepentimiento, verdad, justicia, memoria, convivencia y finalmente, reconciliación. Esto también explica el impulso de la Cancillería de Guido Di Tella para una rápida recomposición de las relaciones  y obtener que Carlos Menem fuese el primer presidente de América Latina que realizara una visita oficial a Sudáfrica, aun cuando algunas de las dificultades políticas seguían sin resolverse.

Las relaciones  con Sudáfrica habían sido hasta ese momento muy distantes –incluso en su momento suspendidas por el presidente  Alfonsín- en razón de la nefasta  practica del apartheid. Además, Argentina había sido y era un  activo promotor de la descolonización en las Naciones Unidas y factótum de la primera visita de un secretario general -el austriaco Kurt Waldheim-  a Namibia en 1972, hecho que alteró el equilibrio  estratégico subregional que sustentaba al régimen sudafricano. Los vínculos diplomáticos, de bajo nivel, se mantenían en razón de intereses mineros y ganaderos así como por una muy discreta cooperación naval en el Atlántico Sur área de indiscutible interés para ambas naciones. Pero la situación cambió de raíz cuando apareció la figura de Mandela. Se sucedieron entonces contactos diplomáticos y visitas recíprocas de alto nivel. De Klerk a la Argentina en 1993, Guido Di Tella a la asunción del ya presidente Nelson Mandela en mayo de 1994,  posteriormente Thabo Mbeki y Carlos Ruckauf así como los primeros ejercicios navales conjuntos argentino-sudafricanos a los que luego se unieron Brasil y Uruguay.   Menem visitó oficialmente Sudáfrica en febrero de 1995. La declaración conjunta suscripta por ambos mandatarios reconoce baluartes de la diplomacia argentina como las Operaciones de Mantenimiento de Paz, los voluntarios de Cascos Blancos, la Zona de Paz y Cooperación en el Atlántico Sur y el apoyo a la Argentina para sede  de la Secretaría del Tratado Antártico. Se discutieron también cuestiones de no proliferación nuclear ámbito donde argentina se destacaba con justicia por su arreglo con Brasil y la voluntad de “autorrestringirse”, criterio al  que también  adhirió Sudáfrica. Mandela retribuyó la visita a la Argentina en 1998, ocasión en que recorrió parte de nuestro país.

Tanto Argentina como Sudáfrica designaron embajadores representativos. Hugo Porta, por ejemplo, no solo se instruyó cuidadosamente en la Cancillería respecto de su labor, sino que, por su dedicación y compromiso, demostró ser la persona adecuada para el momento. Mandela lo distinguió personalmente  porque decidió hacer del rugby –deporte nacional sudafricano– el símbolo del perdón y la reconciliación. Con posterioridad Argentina acreditó diplomáticos experimentados y Sudáfrica a  Peter Goosen, experto en desarme y  hoy representante en La Haya para la Organización para las Armas Químicas, y a Tony León, abogado opositor que había negociado con el Congreso Nacional Africano los problemas más dolorosos de la transición. Actualmente la embajadora sudafricana es Dlamini Mandela, que fuera enviada especial para la inauguración del presidente Fernando De la Rúa, gestión durante la cual se firmó un acuerdo Mercosur-Sudáfrica. Hacia el fin de ese primer período, el intercambio comercial se había triplicado y diversificado, así como las vinculaciones deportivas y los contactos académicos. Exponente de esto último es que Sudáfrica estableció en el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales la primer oficina en América Latina para la difusión de la cultura africana.

Los vínculos entre ambos países siguieron fructíferos hasta la actualidad. Por ello sería muy oportuno que nuestra línea de bandera enfatizase las rutas hacia África, así como la ruta transpolar que nos comunica con Asia, donde están los más prometedores intereses comerciales. No hacerlo prontamente y privilegiar las rutas “shopping”, en desmedro de la estrategia “sur- sur”, sería un error seguramente no consentido por la Cancillería.

Bill Clinton registra que su admiración por Mandela se sustenta no solo en su sorprendente viaje desde el sufrimiento a la reconciliación,  sino también en que siempre cultivó la humildad, el trato cortes, así como el desprendimiento personal y el interés genuino en el bienestar ajeno. En estos momentos de confusión política  y de liderazgos inconsistentes en el mundo y  en los países, el ejemplo de Nelson Mandela es el mejor legado que nos deja su vida.

El desarrollo nuclear y la responsabilidad

La diplomacia y la comunidad científica argentinas tienen un bien ganado prestigio en materia de desarrollo nuclear pacífico. Desde los primeros debates que tuvieron lugar en las Naciones Unidas con motivo del Tratado de No Proliferación Nuclear, ese prestigio ha seguido consolidándose. La cooperación brindada generosamente a muchos países, las ventas de reactores, los acuerdos con Brasil para la contabilidad y control recíproco de las respectivas instalaciones nucleares, así como la cooperación con la OIEA y la participación en otros regímenes de no proliferación, han servido para dar a la Argentina presencia, voz y autoridad en estos sensibles y estratégicos temas.

Dentro de esos históricos lineamientos, resulta ejemplar que, desmintiendo el convulso y receloso panorama político mundial, Argentina y Brasil hayan suscripto el 6 de mayo pasado un contrato para desarrollar un reactor multipropósito a ser construido por la empresa argentina Invap, de impecable trayectoria. La iniciativa continúa los acercamientos iniciados por Alfonsín y Sarney, profundizados por Menem y Cardozo y siguientes presidentes argentinos y brasileños.

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Argentina, Máxima y la responsabilidad

El objetivo principal de una buena diplomacia es lograr que el propio país se inserte virtuosamente en el sistema internacional. Que el país “sume”, que el país “pese”. Esto implica asociarse, no sólo con sus vecinos y su región, sino también y muy especialmente con aquellos otros países que, por su afinidad cultural, características y desarrollo, están en condiciones de ayudar al crecimiento y satisfacer así los intereses y necesidades de su pueblo.

Para que ello sea posible, la diplomacia tiene que recurrir a todas las circunstancias –a veces provocadas, a veces fortuitas– que ponen a su país bajo las luces y la atención de la opinión pública mundial, lo que resalta sus cualidades respecto de otros actores internacionales.

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Otro 2 de abril

El 2 de abril es una fecha triste y emblemática que debería servir para asumir definitivamente que el uso de la fuerza para resolver disputas bilaterales fue siempre estéril y lo es más hoy, en el mundo interrelacionado post Guerra Fría que se consolidó a partir de la crisis financiera.

Pero tengamos presente que la confrontación no es sólo de naturaleza militar. La confrontación se da también en el plano político y diplomático. Alimentar la confrontación en esos niveles es igualmente negativo. Aleja de cualquier entendimiento y, finalmente,  obliga a buscar excusas o inventar circunstancias que permitan dar marcha atrás, lo que resulta siempre embarazoso. Por ello, parece  productivo aprovechar este aniversario para repudiar las acciones de confrontación, sean éstas militares, políticas o diplomáticas y reflexionar sobre los aciertos y errores en la negociación con el Reino Unido, iniciada después de la adopción de la Resolución 2065/65 por las Naciones Unidas.

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Malvinas, el día después

Una buena diplomacia procura maximizar con prudencia las circunstancias positivas que le brinda la dinámica internacional y minimizar las repercusiones cuando dichas circunstancias resultan desfavorables.

El reciente referéndum en las Islas Malvinas podría ser una buena oportunidad para no otorgar mayor relieve a un acto cuyo resultado sólo tendría gravitación entre quien administra las islas, el Reino Unido, y los administrados -aun considerando su relativa autonomía-, que son los isleños.

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La muerte de Chávez abre el debate en América Latina

La desaparición de Hugo Chávez está llamada a generar un profundo debate introspectivo en toda América Latina. Podríamos identificar tres ámbitos principales. El ámbito argentino, el latinoamericano y, también, el global.

En lo que a nosotros se refiere, seguramente la relación argentino-venezolana no sufrirá cambios. Esa relación es anterior a Hugo Chávez y lo trascenderá. Se origina en el fondo de la historia común, con San Martín y Bolívar, se fortalece con Perón y Pérez Giménez, continua con la generosidad venezolana hacia los primeros exilados argentinos, cuando asomaba la violencia irracional a principio de los ’70, y se mantuvo firme respaldando la causa Malvinas, las candidaturas multilaterales argentinas y, sobre todo, defendiendo la unidad hemisférica de los proyectos “separatistas” que aspiraban a excluir al Caribe, América Central y México de la región.

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Malvinas: leer la realidad

Una diplomacia eficaz debe interpretar los mensajes que el sistema internacional le transmite y adaptarlos a sus posibilidades para poder impulsar sus intereses de manera sustentable. Encerrarse y especular políticamente con posiciones “principistas” debilita los propios argumentos y, al distanciarse de la realidad, lleva al fracaso las causas más justas.

Los documentos recientemente desclasificados del Foreign Office sobre el conflicto sobre las Islas Malvinas brindan el trágico ejemplo de una diplomacia alejada de la realidad que, representando a un gobierno de facto, arrogante y ciego, llevó a dos países históricamente amigos a la guerra, destruyendo lo alcanzado en años de laboriosas negociaciones para resolver la disputa de soberanía. Esas negociaciones auguraban una solución satisfactoria para ambas partes que, reflejando la realidad internacional del momento, mostraban al Reino Unido más contemporizador y a EEUU dispuesto a ayudar diplomáticamente, cosa que hizo incluso durante el desarrollo de la guerra. Ese apoyo de EEUU a la Argentina se mantuvo constante desde el fin del conflicto armado hasta el presente.

Salvando las abismales distancias de fondo y forma que nos separan de aquellas trágicas experiencias, hoy también el sistema internacional nos ofrece indicios cuya correcta lectura nos permitirá reaccionar con justeza, sin sobreactuar y, sobre todo, sin reincidir en la trampa de la impaciencia que es la peor enemiga de la eficacia. En efecto, periódicamente el Reino Unido destaca en las Naciones Unidas que los territorios bajo su administración –lo que incluye a las Islas Malvinas– ya gozan de un grado de autogobierno que hace innecesaria la participación de la Organización. Si bien estas manifestaciones son rebatibles y aisladamente no deberían preocupar, unidas al referéndum en las Islas, a las declaraciones de Ban Ki-moon en sentido de que “las personas en ciertas condiciones deben poder tener alguna capacidad para decidir sobre su futuro”, a la visita de Hillary Clinton a Kosovo y su mensaje a Serbia y al reciente enfriamiento del respaldo de EEUU a la Argentina , constituyen cuatro señales que en modo alguno deberíamos soslayar.

De todos esos factores, el referéndum es el que más impacta. Sin embargo los isleños han estado manifestándose hacia una gradual autonomía desde el fin de la guerra hasta nuestros días. Expresaron sus puntos de vista periódicamente. Cuando el Reino Unido propuso el “retro arriendo” a la Argentina en 1977, por ejemplo, y en cada uno de los acuerdos provisorios suscriptos desde el restablecimiento de las relaciones diplomáticas en 1989, hasta la renuncia del presidente De la Rúa. No parece haber mucho de nuevo. Por otra parte, los términos de la consulta son amplios y dejan opciones abiertas. Volver a un clima de asociación con Argentina no está descartado. No es entonces la “formalidad” de la consulta lo que podría preocupar sino que hagamos una vez más mal las cosas y otorguemos al referéndum y a su eventual resultado una entidad que a nadie conviene. Este, en sí mismo, no afecta a las resoluciones de Naciones Unidas ahora vigentes aunque, debemos recordar, no todo el derecho internacional está contenido en la Carta y en las resoluciones adoptadas en su contexto. Lo que haría falta por nuestro lado son acciones imaginativas y, tal vez, transgresoras, como retomar activamente la presencia argentina en el área disputada y no eludir contactos oficiosos con los isleños ya que, lo que ellos respondan puede afectar seriamente la estabilidad en el cono sur y postergar posibilidades de cooperación, necesarias para todos, e insoslayables a mediano plazo. Negarse a que los isleños estén presentes en la delegación británica es un contraproducente paso atrás que, además, implica cercenar la soberanía de nuestra contraparte.

Lo que debería inquietar realmente es la distancia puesta ahora por Estados Unidos. El rol de la principal potencia mundial fue de gran ayuda para el restablecimiento de relaciones con el Reino Unido en 1989, preservando intactos los términos de la disputa de soberanía y, ulteriormente, apoyando el involucramiento argentino en la seguridad, las comunicaciones y la economía de las Islas, así como para el establecimiento de la Secretaría del Tratado Antártico en Buenos Aires, fortaleciendo nuestro rol como actor central en el Atlántico Sur y en las zonas australes.

Suponer que el principal aliado del Reino Unido en el hemisferio no está interesado en la disputa sería un serio error en la lectura de la realidad. Lo que parece urgente y necesario es asegurar que ese interés no ha variado y que sigue apoyando las negociaciones bilaterales entre las partes, aunque el conflicto, por su naturaleza, reconozca la existencia de otros “actores”, cual sería el caso de los isleños. Esta debería ser nuestra prioridad con la Casa Blanca.

Claramente, el sistema internacional nos envía mensajes y oportunidades. Pero para aprovechar las oportunidades tendríamos que “refrescar” nuestros argumentos y adaptarlos a un mundo globalizado, de responsabilidades compartidas y de soluciones imaginativas. Los criterios de los años sesenta hoy podrían ser leídos con espíritu distinto. La mayoría de quienes deberán solucionar la disputa de soberanía habrán nacido con posterioridad a la adopción de la resolución 2065 (1965) de la Asamblea de la ONU. No conocieron la guerra fría, el conflicto este-oeste o el colonialismo. Tildar al Reino Unido de “colonialista” nos aleja de la negociación y no refleja la actitud de nuestros vecinos y socios que mantienen con ese país lazos estratégicos y económicos muy profundos.

Naciones Unidas ha sostenido con razón que la cuestión Malvinas es un caso “especial y particular” y, por ello, nada tiene que ver con las miserias humanas y económicas del “colonialismo” que, con extrema ligereza, atribuimos al Reino Unido. Además, quienes conocen el fenómeno colonial saben que ninguna situación, ninguna disputa, por violenta y compleja que haya sido, se resolvió sin antes asegurar garantías, consentir privilegios y diseñar proyectos conjuntos a futuro entre los distintos actores. De allí que, con realismo, deberíamos crear urgentemente las condiciones para retomar las conversaciones con el Reino Unido tal como ha propuesto la señora Presidenta en Naciones Unidas y durante su último periplo asiático. Retomar las conversaciones implica no ignorar que la otra parte puede tener también algo de razón y que la solución debe recoger esa circunstancia. Implica también reactivar, con visión de país grande, la actitud asociativa con las Islas sin estancarnos en la búsqueda de “simetrías” que harían más difícil ese acercamiento.

En síntesis, se trata de respaldar con posiciones claras y coherentes el mensaje conciliador de la señora Presidenta que, con singular franqueza, ha pedido sentarse a dialogar sin precondiciones. Esa actitud refleja una lectura correcta de los mensajes que nos presenta el sistema internacional. No asumirla en estos momentos de cambios y de oportunidades y buscar frenéticamente la confrontación sería malograr una vez más la posibilidad de encaminar el conflicto territorial más importante que tiene nuestro hemisferio.