Estados grandes versus Estados emancipadores

El relato oficial repite que el gobierno de los Kirchner logró recuperar el rol del Estado luego del desmantelamiento que se produjo en la década del noventa. De a poco se instaló la idea de que existen sólo dos modelos de Estado: uno grande, con fuerte presencia en la producción de bienes y servicios y en el control de la economía, versus un Estado privatista, al que le es ajena la política social y que se maneja con una lógica empresaria. Esta visión dicotómica del Estado no contempla la existencia de otras concepciones, empobrece el debate y reduce la discusión a un conjunto de lugares comunes.

La mayor o menor participación del Estado no es en sí misma buena o mala. Por ejemplo, los países nórdicos tienen una proporción de gasto mayor a la de Argentina y figuran entre los mejores gobiernos del mundo en cuanto a nivel de competitividad, facilidad para hacer negocios, niveles de corrupción y provisión de bienes públicos, que se traduce en una mejor calidad de vida de sus habitantes. El problema es cuando esa mayor participación del Estado no tiene su correlato en mejoras para la sociedad. Entonces, la pregunta no debería ser más o menos Estado, sino qué clase de Estado queremos. En su libro Desarrollo y libertad, el premio Nobel en economía Amartya Sen plantea que el desarrollo debe ser entendido como el proceso mediante el cual se expanden las capacidades de los individuos de llevar adelante su proyecto de vida. Podríamos pensar, entonces, en que un Estado ideal sería aquel que intenta brindar los instrumentos necesarios para que los individuos tengan la posibilidad de realizar y elegir la vida que deseen: un Estado emancipador.

En Argentina no caben dudas de que hoy el Estado tiene un rol protagónico y activo. Actualmente el gasto público ronda el 50% del PBI, el más alto de toda la historia. Al mismo tiempo el Estado volvió a manejar empresas y servicios que en otro momento estaban fuera de su control. Por el lado de los recursos, los ingresos del gobierno aumentaron de manera considerable  por la presión tributaria, que se encuentra en valores récord, por el impuesto inflacionario,  los préstamos del BCRA y los fondos de la Anses. La injerencia en la economía también es notable, en la actualidad conviven todo tipo de controles: de precios, a las importaciones, a las exportaciones, a la compra de divisas, etc. Pero ¿podemos decir que estamos frente a un Estado que amplía libertades y capacidades?, ¿es un Estado emancipador?

Mi opinión es que no. Hoy existe un Estado asistencialista, rol fundamental en épocas de crisis extrema pero que luego de diez años de crecimiento a tasas chinas le queda chico.  El Estado asistencialista anuncia rimbombante el aumento de la Asignación Universal por Hijo, el Estado emancipador está pensando cómo mejorar la calidad educativa de nuestros chicos, para que la escuela pública vuelva a cumplir el rol igualador que supo tener. Hoy más del 6% del producto se destina a educación, un récord, y sin embargo, los últimos resultados de los exámenes Pisa indican que la calidad educativa empeoró significativamente.  Más aún, apenas la mitad de los chicos finalizan el secundario y de los afortunados, casi el 30% no comprende lo que lee. ¿Gastamos más, pero le estamos dando a las generaciones futuras las herramientas para que sean libres de desarrollar una vida plena? El Estado asistencialista pone barreras arancelarias y subsidia fábricas que ensamblan electrodomésticos en Tierra del Fuego. El Estado emancipador confía en las habilidades de su gente y les proporciona el contexto y  los instrumentos necesarios para que los miles de emprendedores argentinos tengan la posibilidad de concretar sus proyectos.

Estoy convencido que el Estado debe estar presente, la pregunta es dónde y para qué. Pero fundamentalmente estoy convencido que el Estado debe saber priorizar. Para ponerlo en términos más concretos. El Estado emancipador que imagino no gasta $ 13 millones por día en una aerolínea de bandera nacional y popular, que subsidia viajes a Miami para unos pocos y que ni siquiera presenta balances contables, pero sí está presente, ya sea controlando o gestionando, para que los miles de usuarios que utilizan a diario los trenes viajen mejor y no tengan que lamentar tragedias como la de Once. Tampoco subsidia el consumo energético de gente que no lo necesita, pero sí trabaja para que la mitad de la población no viva en hogares sin cloacas. Al Estado que imagino le resultaría inconcebible subsidiar Fútbol para Todos con publicidad oficial, y utilizar fondos públicos para hacer propaganda y atacar a los opositores del modelo, no sólo por cuestiones morales, sino porque al Estado emancipador esa lógica no le funcionaría. El Estado emancipador que imagino forma jóvenes críticos, con pensamiento propio y sencillamente no encuentra público que consuma “bajadas de línea”.

Es hora de dejar atrás a los clichés sin sustento, a los fantasmas del pasado, a los viejos enemigos, los noventa, los neoliberales, los imperialistas, y tener un debate profundo sobre cuál debería ser el rol del Estado de cara al futuro. El mundo avanza demasiado rápido como para seguir mirando hacia atrás.

Coparticipación, diálogo y desarrollo

Desde hace más de una semana que el país es testigo de un verdadero diálogo de sordos entre dos facciones del oficialismo en torno a la coparticipación federal de impuestos. El gobernador de la provincia de Buenos Aires Daniel Scioli se quejó de los fondos que recibe la provincia y el vicepresidente de la Nación Amado Boudou le contestó que el reclamo fue un “error institucional y un acto de cobardía política”.  Esta manera de discutir, lejos del diálogo que debería primar dentro de la política, es un fuerte obstáculo para alcanzar las soluciones verdaderas que necesita el país para avanzar en la senda del desarrollo sostenible.

Esta lucha se inscribe en una tendencia innegable: la de un gobierno nacional que se apropia de una parte cada vez mayor del producto nacional a costa de quienes lo producen y de otros niveles de gobierno. En los últimos diez años la recaudación creció de 23% a 35% del PBI y la recaudación nacional sobre el total creció de 84% a 86%. En términos nominales el gobierno nacional recaudó en 2011 640% más que en 2003. Además, las transferencias automáticas representan una proporción cada vez menor de la recaudación nacional: entre 2001 y 2011 pasaron de 33% a 26%, producto del surgimiento de nuevos recursos no coparticipables. Como contrapartida aumentaron las transferencias discrecionales lo que le permitió al kirchnerismo subyugar a gobiernos provinciales y municipales.

El gobernador Scioli, que fue vicepresidente de Néstor Kirchner y acompañó electoralmente al kirchnerismo en todas las instancias, no puede hacerse el distraído al respecto. La discusión de estos días es ridícula: si pensás distinto sos cobarde o golpista. El planteo de la provincia de Buenos Aires es sencillo: de los fondos que recibe existe el fondo de Reparación Histórica Bonaerenseque tiene un tope de 650 millones fijado en el año 1995. A raíz de la inflación ese monto que representaba el 10% del Impuesto a las Ganancias hoy representa el 1%. La Provincia pide sacar el techo de 650 millones de pesos. Al gobernador de Córdoba José Manuel de la Sota, también justicialista, no le ha ido mucho mejor, debiendo acudir a la Corte Suprema de Justicia para discutir esta cuestión. Si ésta es la actitud con los aliados, no sorprende la que ha tenido el gobierno nacional con la Ciudad de Buenos Aires; en su lucha contra PRO, el kirchnerismo ha discriminado a los ciudadanos de la ciudad, bloqueando proyectos y mostrándose incapaz de dialogar para buscar soluciones entre todos.

La coparticipación federal es fundamental para que Argentina se desarrolle de manera social y geográficamente sostenible. Para establecer las nuevas reglas de coparticipación (que la Constitución Nacional establecía que debían dictarse antes de 1997) hace falta todo lo contrario a lo que han demostrado estos días los gobiernos nacional y de la provincia de Buenos Aires: hace falta diálogo, respeto, comprensión y, sobre todo, la voluntad de resolver las cuestiones de largo plazo más allá de las conveniencias coyunturales. Lo que hemos visto estos días es un ejemplo más de un estilo de hacer política que ha mostrado sus limitaciones, pero ya somos muchos los que estamos trabajando en una alternativa política que permita el desarrollo sostenible de Argentina.