“Yo qué sé”, ideas para pensar la educación

Últimamente, cuando uno lee sobre reforma educativa está acostumbrado a analizar estadísticas, mediciones, comparaciones internacionales, políticas de reformas y contrarreformas, pero muy pocos intentan volver a pensar la misión y fines de la educación, como lo hace Juan Segura en su primer libro, Yo Qué Sé, publicado en julio de este año. El mismo título es una provocación a que el lector se pregunte y repregunte sobre cómo mejorar la educación, con esa curiosidad intelectual que el autor correctamente define como una de las habilidades más importantes de cualquier trabajador en el siglo 21. Continuar leyendo

La inversión social de impacto

La filantropía está de moda en América Latina. Más fundaciones corporativas, familias e individuos de alto patrimonio se están involucrando en inversiones de impacto social. En una región donde el gobierno todavía es el principal proveedor de programas sociales y la filantropía se mantiene escasa, especialmente comparada con los Estados Unidos, este es un bienvenido desarrollo.

Colombia, una de las estrellas económicas de la región, puede ser el mejor ejemplo de esta creciente cultura filantrópica en América Latina. En ese país, la comunidad empresarial se involucró en la provisión de servicios sociales, de salud y educación, más que en cualquier otro de la región, debido al vacío que dejó el Estado en los largos años de conflicto armado.

Durante el extenso conflicto de guerrilla y narcotráfico, el alcance del estado estaba severamente limitado, y el nacimiento de fundaciones empresariales en todo el país permitió llenar ese vacío. Una de esas organizaciones es la Fundación Luker, la rama filantrópica de Casa Luker, empresa líder en fabricación de chocolate. Pablo Jaramillo, el director general de la Fundación Luker, en una presentación reciente en el Atlantic Council en Washington DC, explico “las fundaciones en Colombia son principalmente locales, no nacionales, concentrándose en proveer servicios que el gobierno no lograba brindar”

Carolina Suarez, la Directora Ejecutiva de la Asociación de Fundaciones Empresariales (AFE) está de acuerdo, y resalta que esto es especialmente cierto en el sector educativo “De las 56 fundaciones afiliadas con AFE, 43 consideran mejorar la educación una prioridad”. Y continua, “este interés comenzó hace décadas y se está expandiendo cada año, en todo el país, brindando innovación a este sector.”

De hecho, según la encuesta más reciente conducida por la Asociación Nacional de Empresarios (ANDI) de Colombia, la cual entrevistó a casi trecientos presidentes de distintas compañías, “lograr la educación primaria universal” fue la prioridad del 40% de ellos. Otras áreas altamente valoradas incluyeron la reducción de la pobreza y la protección del medio ambiente.

Otros grupos filantrópicos importantes de Colombia incluyen la Fundación Corona, Dividendo Por Colombia, y la Fundación Carvajal. Dividendo, liderada por María Teresa Mojica, cumplió su decimoquinto año de operaciones en el 2013. La organización se concentra particularmente en los niños más vulnerables – aquellos aislados en escuelas rurales “multigrado”, desplazados por la guerra, y afectados por la pobreza. Sus esfuerzos para entrenar a maestros con métodos de enseñanza participativos, centrados en los estudiantes, ahora alcanzan a más de 100.000 alumnos por año.

¿Pero tiene real impacto las fundaciones en mejorar la educación? ¿Les es posible escalar sus esfuerzos a niveles masivos? El ex alcalde de Nueva York, empresario y filántropo Michael Bloomberg recientemente afirmo, “Todos los billonarios juntos contribuyen muy poco comparado con la cantidad de dinero que el gobierno gasta.” Por eso el desafío consiste en mejores interacciones público-privada. Donde emprendedores y fundaciones pueden traer innovación y nuevos proyectos, más difícil para las burocracias estatales, probar que tienen impacto, y luego ser escalados en colaboración con los gobiernos.

Como dice Mojica, directora ejecutiva de Dividendos, “queremos implementar proyectos modelo, que luego pudieran ser expandidos como programas nacionales e impactar a estudiantes en una escala masiva”

Sin embargo, la filantropía sigue siendo escasa y también el impacto de muchas organizaciones no gubernamentales en generar mayor calidad educativa con sus iniciativas. Nuevas voces están proponiendo que filántropos inviertan mas en emprendimientos privados, en particular en fondos de capital riegos enfocados en educación, como forma de impactar el sistema educativo.

Ese es el tema de un ensayo reciente realizado por los expertos en educación americanos Tom Vander Ark y Matt Grrenfield, titulado “Boosting Impact: Why Foundations Should Invest in Education Venture Funds”, donde enfatizan que las grandes fundaciones muchas veces no tienen suficiente expertise y personal para escalar reformas educativas, y tendrían más impacto si invirtieran en fondos de capital de riesgo e impacto social, que pueden llegar a mas emprendedores e innovadores.

La fundación Bill and Melinda Gates, por ejemplo, invirtio $12 millones en New School Venture Fund, el cual invierte en emprendedores educativos. En el 2013, Kellogg junto con Lumina, Prudential, y otras fundaciones invirtieron en Rethink Education, otro fondo empresarial de educación.

Este tipo de inversión es menos común en América Latina, pero el caso de Colombia demuestra el potencial que existe para generar verdadero impacto cuando fondos privados y filántropos trabajan para desarrollar modelos innovadores en el contexto de un país en desarrollo.

La desconexión entre competencias laborales y educación superior

Existe creciente evidencia sobre la desconexión entre las demandas del mercado laboral y el conjunto de habilidades y capacidades adquiridas en las aulas. Altos niveles de desocupación entre las personas entre 18 y 24 años de edad son acompañados por un alto número de vacantes laborales que no son cubiertas por falta de competencias a lo largo de todo el continente latinoamericano. El reciente trabajo ¿Qué buscan -y no encuentran- las empresas en los profesionistas jóvenes en Mexico?, realizado por Ernesto Garcia, del think tank mexicano CIDAC, confirma esta realidad.

Cifras mencionadas en el estudio muestran que las empresas rechazan a los candidatos principalmente por falta de conocimiento o competencias (en 70.5% de los casos) más que por falta de experiencia (2.3%) o por no tener la personalidad adecuada (24.8%), Es decir, de acuerdo con los profesionales y empresarios encuestados, la limitante de la mayoría de los candidatos es que carecen de las habilidades y capacidades requeridas por las posiciones laborales ofrecidos.

Consecuentemente, disminuir la tasa de desocupación entre los jóvenes, que en México es cercana al 9%, es muy difícil. Aun ante incrementos en la demanda laboral, la desconexión con la oferta de competencias impide que los empleos recién generados se ocupen rápidamente. En el mediano plazo, algunos de los trabajadores “calificados” que no encuadran con los perfiles (o competencias) requeridas por las empresas, se ven obligados a aceptar empleos no calificados, desplazando a trabajadores con menos preparación y dejándolos sin empleo.

Ni siquiera formar parte del menos de 20% de la población que se gradúa de la universidad en la región garantiza escapar de esta situación. Siguiendo en México, los resultados de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE 2014) del INEGI indicaron que sólo 40 de cada 100 profesionales tienen un empleo ligado a su formación universitaria; el resto, o está desempleado, o desempeña puestos que no requieren educación superior. Aunque la falta de oferta de empleos explica gran parte de este fenómeno, otra buena parte se debe a que los conocimientos adquiridos a través del sistema educativo son obsoletos o poco aplicables en el mercado laboral.

En pocas palabras, para las empresas es difícil encontrar los mejores perfiles para las posiciones vacantes en su organización y, para la mayoría de los aspirantes, es igual o más de difícil encontrar empleo.

Como Ernesto García afirma en el estudio: “No hay duda de que la dinámica oferta/demanda de competencias no está funcionando de una forma eficiente.” De hecho, de acuerdo con sus resultados, la brecha entre ambas es alarmantemente alta, pues alcanza el 26%. Es decir, más de una cuarta parte de las empresas encuestadas tienen dificultades para encontrar a trabajadores — especialmente jóvenes — con un perfil de competencias que satisfaga los requisitos del puesto, a pesar de haber entrevistado a candidatos para dichas posiciones.

Aunque las causas de la desconexión entre la oferta y demanda de competencias son diversas, el común denominador de casi todas es la asimetría de información entre el sistema educativo y el mundo laboral. Las empresas suelen ser más rápidas que las instituciones educativas para adaptarse a los cambios tanto tecnológicos como económicos y entender las competencias requeridas para el desempeño de los nuevos trabajos.

Ante este hallazgo, las soluciones propuestas por el equipo del CIDAC están – de forma acertada — estrechamente interrelacionadas entre sí. Las principales líneas de acción que ellos proponen incluyen reenfocar el sistema educativo hacia las competencias, y no únicamente en acreditaciones y diplomas, que la vinculación entre empresas e instituciones de educación superior sea más estrecha y que se genere más y mejor información en cuanto a las competencias que las empresas requieren.

En este sentido, el estudio concluye que muchas de las iniciativas para reducir la brecha de competencias “no requerirían de grandes cambios a nivel institucional ni de la inversión de grandes montos en infraestructura, sino simple y sencillamente de la generación de información suficiente, de calidad”.

Una reforma a mitad de camino

Chile ha estado a la vanguardia de la reforma educativa en América Latina por décadas, y acercándose todos los años a los países más desarrollados. En las pruebas PISA de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), Chile obtuvo un promedio de 439 puntos en lectura, matemática y ciencia, el mejor del continente por un importante margen. Entre 2009 y 2012, los puntajes en las pruebas PISA mejoraron a mayor velocidad que el promedio de la OCDE. Las tasas de deserción declinaron, estimándose que el 83% de los estudiantes actuales lograrán graduarse del secundario –una diferencia sensible con el 56% de los adultos entre 55 y 64 años que cuentan con el título-.

En educación superior, Chile ha expandido el acceso. Más del 29% ha completado algún tipo de certificación avanzada –apenas por debajo del promedio del 32% que alcanzo la OCDE. Y en las cohortes más jóvenes, entre los 25 y 34 años de edad, esa cifra asciende al 41% -superando a la OCDE. Cerca del 70% de ellos son la primera generación en su familia en asistir a la universidad.

Sin embargo, aún persisten desafíos. Chile posee la distribución del ingreso más desigual de la OCDE y las desventajas socioeconómicas se reproducen en el sistema educativo, en vez de reducirse. Para cuando los alumnos cumplen 10 años, su desempeño educativo ya evidencia agudos contrastes basados en el ingreso familiar.

El hecho de que el país se haya lanzado al debate en los últimos meses, evidenciado en las marchas estudiantiles y hasta los pasillos del Congreso, es un primer paso que demuestra que la sociedad chilena está en constante búsqueda de progreso. ¿Cómo pueden los países latinoamericanos, dadas las restricciones presupuestarias vigentes, alcanzar la doble meta de crear un sistema educativo de nivel mundial que logre a su vez reducir la desigualdad?

Sin embargo, el debate en la Administración de la Presidente Michelle Bachelet está enviando confusos mensajes: que todas las escuelas primarias deben ser públicas y gratuitas; que la educación superior, que hoy no permite instituciones con fin de lucro, debe ser gratuita para todos; que la selección no debería ocurrir a nivel escolar. Para financiar todo esto, el gobierno está proponiendo una reforma impositiva que según algunas estimaciones tendrá un costo de US$ 8 mil millones.

El acceso en Chile ya es bueno; mejorar la calidad es el principal desafío, especialmente en escuelas con alumnos de menores ingresos. A pesar de ello, las medidas para incrementarla parecen estar más bien ausentes del debate. La falta de claridad en las propuestas pone en riesgo a las partes del sistema que si funcionan mientras se dejan a un lado los asuntos realmente más acuciantes.

Entre estos temas pendientes se cuentan, por ejemplo, el cambio de la matriz de pobreza estructural de Chile. La evidencia señala que las intervenciones en la primera infancia generan efectos positivos en cascada que continúan capitalizándose durante la carrera académica y profesional del estudiante. Las políticas focalizadas para mejorar la enseñanza preescolar, el involucramiento parental y la mejora de oportunidades laborales para los trabajadores de menores ingresos con hijos, pueden generar más beneficios que alterar el financiamiento global del sistema.

Mientras que hay consenso sobre la necesidad de mejores regulaciones de la educación superior, no se está discutiendo el cómo se puede lograr esto aprovechando también las contribuciones de las instituciones privada. Tampoco está claro que una educación universitaria gratuita mejorará la calidad. ¿Y cómo afrontara el gobierno estos costos en el largo plazo? Hoy el sistema chileno cuenta con unas 63 universidades que prácticamente no reciben apoyo financiero del Estado.

En efecto, el sistema primario ha sido un modelo a seguir para el resto de América Latina precisamente por la diversidad de oferta, que incluye escuelas públicas gratuitas, establecimientos privados con y sin fin de lucro, y los subvencionados, que son financiados con aportes subsidiados. Hay poca evidencia de que alguna de estas modalidades brinde una calidad superior a la de otra. Más bien, es probable que la combinación de alternativas, la competencia y las evaluaciones anuales sean la mejor opción para los padres, y para la estructura del sistema educativo.

Como el educador y emprendedor chileno Eugenio Severin argumenta: “Entre una reforma total y el status quo, Chile probablemente seguirá –como es tradición- un camino intermedio definido por el gradualismo y la moderación”. La clave será, según Severin, “introducir reformas fundamentales que refuercen los éxitos de Chile y que a la vez mejoren la equidad y la calidad educativa”.

Para combatir la desigualdad, tenemos que enfocarnos en la educación

Son muchos los indicadores que señalan que el mundo finalmente ha dejado atrás lo peor de la crisis económica de 2008. La economía mundial, de acuerdo con la OCDE, se encuentra en un entorno económico “moderadamente positivo”. El desempleo está disminuyendo y los inversores están recobrando su confianza en los mercados.

Mientras la recuperación se consolida, y el miedo de un colapso económico aun mayor se desvanece, la desigualdad ha cobrado nuevamente un papel protagónico en la agenda global. En Estados Unidos, por ejemplo, el presidente Barack Obama utilizó su discurso del State of the Union de hace unos meses para subrayar que, en los últimos años, “la desigualdad ha ganado terreno y la movilidad de clases se ha estancado”.

También en el resto del mundo, la inequidad ha vuelto al centro del debate. Incluso los círculos financieros están empezando a reconocer la urgencia del problema. En la más reciente cumbre del Foro Económico Mundial de Davos, no sólo el Papa Francisco exhortó a los líderes del mundo a combatir la desigualdad y la exclusión social, sino que el Foro mismo declaró que la mitigación de la inequidad es una prioridad. “La desigualdad económica”, se lee en uno de los comunicados del Foro, “constituye un grave riesgo al progreso humano, afecta la estabilidad social en los países y representa una amenaza a la seguridad a nivel global”.

Desafortunadamente, ante la creciente atención mediática, los líderes políticos están adoptando posturas partidistas cada vez más radicales al ofrecer soluciones al problema de la desigualdad. Ambas partes parecen cada vez menos dispuestas a ceder. Y, mientras la lucha por la igualdad sea reducida a un combate político-ideológico, las posibles soluciones continuarán avanzando lentamente.

En medio de este agitado debate, hay una alternativa menos polémica cuyos efectos sobre la desigualdad tienen un gran impacto: la educación. En el largo plazo, un combate efectivo a la pobreza y desigualdad requiere garantizarles a todos los ciudadanos la oportunidad de no sólo tener un trabajo digno, sino también de desarrollar sus habilidades y capacidades al máximo. Por lo tanto, mejorar la calidad de la educación, en la medida en que promueve las habilidades necesarias para el trabajo en el siglo XXI, es un mecanismo tanto técnicamente viable como políticamente alcanzable para incrementar la movilidad social.

Este es el argumento de Josh Kraushaar en un artículo reciente de la revista The Atlantic. La esencia del asunto de la desigualdad, él explica, es que “los niños de menores recursos no tienen las mismas oportunidades educativas que los ricos”. Y este problema inicial se acentúa con el tiempo. Mientras los niños con más recursos económicos y mejor educación generan mayores ingresos a lo largo de sus vidas, los pobres se quedan cada vez rezagados.

La magnitud del desafío es abrumadora, particularmente en una región como América Latina. De acuerdo con cifras de Worldfund, mientras que, en promedio, 92 por ciento de los niños latinoamericanos entran a la primaria, son mucho menos los que llegan a la secundaria –en Brasil, 41%; en México, sólo 35%.

Además, en una economía globalizada, ante un mercado laboral cada vez más competitivo, la baja calidad de la educación latinoamericana presagia un futuro poco prometedor para los niños de la región que sí terminan sus estudios. Alarmantemente, 50% de los mexicanos, colombianos y brasileños no han desarrollado las habilidades necesarias para entender los problemas más básicos de ciencias y matemáticas. Si consideramos el nivel de variación de la calidad educativa dentro de cada país, particularmente entre zonas urbanas y rurales, el panorama para la desigualdad es aún más desalentador.

Por si fuera poco, las nuevas tecnologías también están contribuyendo a ampliar la brecha de la desigualdad. Los trabajos que requieren habilidades tecnológicas – y, por lo tanto, una buena educación –, son cada vez mejor pagados. Mientras tanto, los salarios de los trabajadores poco calificados continúan estancados, o cayendo. Como Tyler Cowen explica en su libro Average is Over, “los trabajadores serán clasificados en dos categorías… La pregunta crucial para ser contratado para la mayoría de los trabajos será: ¿eres bueno para trabajar con máquinas inteligentes?

Hasta que encontremos mejores formas de que todos accedan a herramientas para formar parte de esta nueva era de la sociedad del conocimiento, la desigualdad sólo continuará incrementando. La educación es una las pocas maneras –quizás la única– que, como sociedad tenemos para solucionar de raíz el problema de la divergencia de ingresos, en lugar de sólo mitigar sus peores aspectos.

La segunda era de las tecnologias y el desarrollo económico

Al terminar de leer The Second Machine Age, de Erik Brynjolfsson y Andrew McAffee del MIT, queda la impresión de que la innovación se está apoderando del mundo, sin importar si la humanidad está preparada o no para tal profundo cambio. Como Kevin Kelly, de la revista Wired lo explica “la tecnología está transformando la economía mundial, y este libro es la mejor explicación de esta revolución que se haya escrito”. Este fenómeno no es exclusivo del mundo desarrollado. Brynjolfsson y McAffee lo confirman “hoy, las personas conectadas con smartphones y tablets en cualquier parte del mundo tienen acceso a la mayoría de los recursos comunicativos e informativos que nuestras oficinas en el MIT nos brindan. En pocas palabras, ellos pueden contribuir en la misma medida al mundo de la innovación y creación de conocimiento”.

Su argumento principal es que la actual (segunda) era de las nuevas tecnologías es de naturaleza digital, mientras que la primera fue de naturaleza mecánica. Usando las palabras de los autores “la primera era de las tecnologías expandió nuestros músculos; la segunda, nuestras mentes”. Estos cambios pueden ser profundamente disruptivos para nuestras economías y sociedades. El internet es una tecnología de impacto y alcance generalizado (GPT, por sus siglas en inglés), como lo fueron el motor de vapor o la electricidad “cuyos efectos tienen un impacto que afecta a todos los sectores de la economía.” Pero las tecnologías digitales difieren de las mecánicas en su capacidad de expandirse y evolucionar con una velocidad vertiginosa. A diferencia del motor de vapor, la tecnología digital “continúa perfeccionándose a una tasa exponencial… creando aún más oportunidades para la innovación”.

Los argumentos del libro son bien interesantes, pero es aún más fascinante cómo los autores los detallan, relatando los casos de compañías jóvenes e innovadoras que personifican “la digitalización de todo”. La sensación de asombro que el libro produce se parece a la ciencia ficción de Isaac Asimov. Sólo que, esta vez, los cambios futurísticos realmente están sucediendo y seguramente sorprenderían hasta al mismo Asimov. Y las implicaciones se extienden más allá del mundo ultramoderno de Silicon Valley. Las tendencias descritas aquí tienen impacto en todos los niveles no sólo a nivel global sino también regional. Tal es el caso de América Latina. Después de una década de estabilidad económica y crecimiento basado en el sector primario de la economía, la región necesita encontrar formas innovadoras de aumentar la productividad y moverse hacia arriba en la cadena global de valor. En América Latina, la joven generación de innovadores regionales está demandando mayores insumos tecnológicos. A su vez, existe una mayor necesidad de incorporar tecnologías en grandes sectores como la educación, la salud, y los servicios gubernamentales en general.

Esta segunda revolución está también impactando el mercado laboral. Para los trabajadores con el entrenamiento y las habilidades correctas, estas son buenas noticias. Pero para los trabajadores reemplazables por las nuevas tecnologías, es una preocupación, y representa un gran desafío. Reid Hoffman, fundador de LinkedIn, lo explica de esta forma: “En la medida en que una innovación masiva cambia radicalmente la estructura del mundo, tenemos que desarrollar nuevos modelos de negocio, nuevas tecnologías y nuevas políticas públicas que amplifiquen nuestras capacidades humanas. Sólo así garantizaremos la viabilidad económica en una época de automatización.”

La pregunta clave es ¿cómo? ¿Cómo nos podemos asegurar que todos participen de los beneficios de esta segunda era de las máquinas? Al abordar este interrogante, el optimismo de Brynjolfsson y McAfee se reduce. Mientras que “los innovadores, emprendedores, científicos y otros geeks podrán aprovechar el contexto para crear tecnologías que nos sorprendan, nos deleiten y nos sirvan”, muchos otros quedarán fuera del mercado. Por lo tanto, para adaptar a todos los trabajadores al nuevo entorno se necesita una verdadera revolución de capital humano.

A su vez, el libro describe cuatro riesgos adicionales. El primero es que, al integrar más y más sistemas, procesos productivos, redes de logística y de pagos, cualquier falla menor puede expandirse rápidamente, creando un efecto negativo generalizado. Segundo, tal y cómo se ha visto, los sistemas complejos representan oportunidades para los hackers y otro tipo de criminales. Tercero, las tecnologías pueden incrementar la habilidad de regímenes autoritarios para monitorear, controlar y reprimir a su población. Finalmente, un mundo digital e interconectado, presente un desafío en términos de respecto a la privacidad individual.

Brynjolfsson y McAfee concluyen con una provocación de corte filosófico. En un mundo donde las nuevas tecnologías realizan una proporción cada vez mayor del trabajo de las personas, ¿dónde enfocará la humanidad su creatividad, potencial y tiempo? ¿Pasaremos nuestro tiempo explorando ideas, nutriendo nuestra creatividad y disfrutando nuestros seres queridos? Es así que The Second Machine Age nos invita a reflexionar sobre el propósito mismo de la vida, y el lugar que ocupa el trabajo en ella.

Bienvenida la innovación en la educación brasileña

Los sistemas educativos en América Latina están gradualmente incorporando más innovación –algunos más, otros menos. Pero en el caso de Brasil, parece más una invasión de innovación y nuevas tecnologías.

Cada año, se realiza en la ciudad de San Pablo el LearnFest, una conferencia de alcance global que busca promover la innovación educativa a través del emprendimiento y la tecnología. Su organizador, Russell Goldman, se muestra optimista sobre el futuro. “Brasil lidera hace tiempo la agenda digital, pero en los últimos 5 años ha visto una explosión en la actividad emprendedora. Una revolución que comenzó con una nueva ola de iniciativas de comercio electrónico, desarrolladores e incubadoras de e-cosistemas y que ahora está llegando a industrias reguladas y de impacto como la educación y la salud”, explica. “Es emocionante e inspirador al mismo tiempo”.

El sistema educativo brasileño presenta una urgente necesidad de mejora, con una calidad que sigue siendo baja para demasiados alumnos. En las últimas pruebas PISA, Brasil obtuvo 391 puntos en matemática, en contraste con la media de 494, mientras que en ciencias registró el segundo peor desempeño entre los países evaluados. En tantoen lectura, el país sacó 410 puntos, 80 por debajo de la media. De acuerdo a PISA, el promedio de alumnos de 15 años con déficit en habilidades básicas para leer alcanza al 50% -en contraste con el 19% registrado en otros países de la OCDE.

Estos números son preocupantes, la educación brasileña no logra seguir el ritmo del progreso económico del país. La clase media se ha expandido del 38% de la población total al 50% en sólo una década. Sin embargo, las realidades socioeconómicas siguen siendo determinantes en la calidad educativas de los estudiantes. La deserción escolar es todavía un desafío, especialmente en alumnos de menores ingresos: sólo 23% de los estudiantes del quintil más pobre se gradúa de la escuela secundaria. Además, únicamente el 11% de los adultos brasileños cuentan con estudios postsecundarios, lo que dista mucho de los promedios de la OCDE.

Este punto fue comentado este año en LearnFest por Denis Mizne, Director Ejecutivo de la Fundacao Lemann. Fundada en 2002 por el exitoso empresario Jorge Paulo Lemann, la Fundación promueve tecnologías y técnicas innovadoras de alto impacto sobre los resultados educativos.

Mizne dejó claro que las currículas necesitan adaptarse al siglo XXI si quieren ser efectivas. “Como hemos visto en otros sectores, la tecnología pronto saturará todo”, argumentó, “las escuelas, los padres y los estudiantes –el ecosistema educativo completo”. Y agregó: “En Brasil, tenemos lo básico: infraestructura, docentes, menús escolares, transporte, pero necesitamos que los estudiantes aprendan, y es aquí donde la innovación realmente puede agregar valor”.

El estadounidense Ky Adderley es otro ejemplo de la cultura innovadora que invade Brasil. Adderley comenzó como docente en Washington DC y fundó su primera escuela chárter a los 30 años en Brooklyn, Nueva York. Más tarde, en 2011, llevó su experiencia a Rio de Janeiro, donde trabajó con los locales Sistema Elite y Gera Ventures para replicar el modelo de escuelas. “Personalización, educación combinada, y currículas adaptables están presentes en todo debate aquí en Brasil”, explica.

Como en todos los países latinoamericanos, el rol de los docentes es fundamental en el debate sobre calidad educativa. Rafael Parente, quien fue Vice Ministro de Educación de Rio de Janeiro, argumenta que para mantener estos cambios, la formación y entrenamiento docentes también deben incluir las habilidades “blandas”-trabajo en equipo, pensamiento crítico, y adaptabilidad- que el mercado laboral demanda de los estudiantes.

En efecto, en Rio, el gobierno municipal ha hecho un esfuerzo integral a través de una serie de iniciativas para incorporar en sus docentes las ventajas del cambio y la adaptación – como paso previo a cualquier lección de tecnología. Parente señala que los docentes son desafiados por estos cambios empezando por el hecho de que no empezaron sus carreras como nativos digitales. Pero al mismo tiempo, aún son lo suficientemente jóvenes –la mayoría entre 30 y 45 años de edad- como para aprender nuevas formas de hacer las cosas.

Una de las claves del caso de Rio, como en tantos otros lugares, fue involucrar a grupos de la sociedad civil en la estrategia. En palabras de Parente, “la innovación se expande en todo Brasil pero aún necesitamos más presión desde la base de la pirámide, desde la sociedad civil, ONGs, y presión sobre los líderes políticos para continuar impulsando la reforma”.

Adderley concluye: “Los brasileños aún no están lo suficientemente indignados con la baja calidad de la educación” ni reclaman lo suficiente a sus dirigentes políticos. “Aun necesitamos más de eso en Brasil”.

Graduación escolar en América latina: el vaso, ¿medio lleno o medio vacío?

Probablemente no sea una sorpresa sostener que la calidad de la educación es mayor en las zonas urbanas que en las rurales. A pesar de que ha habido un crecimiento económico sostenido en la última década principalmente impulsada por el sector primario -petróleo, gas, cobre, oro, soja, entre otros-, el impacto en la educación de las áreas rurales ha sido muy limitado.

Los residentes de las ciudades tienen una tasa de graduación hasta un 26% más alta que la de los habitantes rurales, un signo alarmante de la desconexión en la transición de la escuela al trabajo. La estadística proviene de una reciente publicación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) firmada por los especialistas Marina Bassi, Matías Busso y Juan Sebastián Muñoz.

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El debate sobre el rol de la iniciativa privada en educación

El año pasado, la prestigiosa Thunderbird School of Global Management, con base en Glendale, Arizona, fue objeto de un largo e intenso debate tras anunciar una vinculación con el grupo de inversión Laureate, dueño de 72 universidades en todo el mundo, que incluía inversiones privadas, por acceso a la gestión y dirección de la universidad. Thuderbird consideraba clave el acuerdo para recuperar competitividad en un mercado educativo que se enfrenta a importantes transiciones. Además de permitirle revitalizar parte de sus finanzas.

Pero en paralelo, el acuerdo generó marcadas reacciones entre los líderes de la institución, los estudiantes y graduados. Incluso, algunos donantes retiraron su apoyo -y sus fondos- a modo de protesta.

El español Miguel Porrúa es uno de esos graduados. Defensor del rol del Estado en asegurar el acceso a la educación a los sectores con menos recursos, Porrúa fue uno de los primeros opositores al acuerdo uniéndose a uno de los grupos organizados para protestar contra la inversión de Laureate. Pero un cambio en la mirada de Porrúa ilustra la polarización del debate actual sobre el involucramiento del sector privado en la educación. En sus palabras, “no veo mayores alternativas para permanecer competitivo a nivel global”.

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¿Cómo se educará la Generación Y?

En todo el mundo asoma una nueva generación marcada irrevocablemente por la naturaleza colaborativa de internet y la influencia decisiva de las redes sociales. Conocida como la “Generación Y” -o simplemente “Millennials”- esta generación, integrada por los nacidos entre 1983 y 2000, está comenzando a dejar su huella.

En América Latina hay más de 157 millones de millennials, lo que comprende alrededor del 26% de la población total de acuerdo a un estudio reciente de la Organización Iberoamericana de la Juventud (OIJ). Se trata de un dividendo o “bonus” demográfico decisivo, tomando en cuenta que una población joven incrementa la productividad, empuja el consumo y el crecimiento económico. Los latinoamericanos deben aprovechar las ventajas de esta tendencia para potenciar el capital humano que representa esta generación. Para eso, sin embargo, los sistemas educativos regionales necesitan adaptarse.

El abordaje de los millennials hacia la escuela es único en el sentido de que son probablemente la primera generación nativa digital, que creció conectada e inmersa en la tecnología. De acuerdo con un estudio de Telefónica y el Financial Times, los millennials pasan en promedio seis horas diarias conectados a internet. El estudio, basado en más de 12.000 encuestas en 27 países, halló que los millennials latinoamericanos usan aún más internet, hasta 7 horas diarias.

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