¿Ayudará la enseñanza online a generar mayor acceso a la educación superior?

La educación superior se ha convertido en un paso obligado para competir en el mercado de trabajo del siglo XXI. Diversos estudios han demostrado que las personas con títulos superiores -de institutos comunitarios, programas de formación técnica o universidades tradicionales- tienen mejores salarios a lo largo de su vida, pero además gozan de una mayor movilidad social, una esperanza de vida más larga y mayores oportunidades.

A pesar de estos hallazgos, la enseñanza postsecundaria es aún escasa en las economías emergentes como en las latinoamericanas. Y en los países más desarrollados, los costos -y la consecuente deuda- se han disparado. Un informe reciente de los investigadores de Harvard Claudia Goldin y Lawrence Katz sostiene que “las ganancias asociadas a la educación superior en EEUU se han elevado de modo marcado desde 1980, sugiriendo que la oferta de formación para el trabajo no ha podido seguir el ritmo de la demanda”. Continuar leyendo

Potenciando la inversión social de impacto

Para muchos, América Latina está asociada a una larga lista de atributos negativos: narcotrafico, corrupción, violencia pandillera y crimen organizado. Sin embargo, nuestro nuevo reporte Harnessing Social Impact Investing in Latin America ayuda a contrarrestar algunos de esos mitos. En efecto, en el campo de la inversión social de impacto, la región se ubica a la vanguardia de las nuevas tendencias globales.

El informe, publicado por el Atlantic Council, demuestra que la inversión de impacto – el uso de fondos y herramientas de inversión para financiar programas y emprendedores que generan ganancias a la vez que brindan servicios públicos esenciales –está alcanzando un punto de inflexión en la región. Bajo el subtítulo “Capital Privado para el Bien Público”, analizamos cómo emprendedores e inversores contribuyen con el progreso social en los ámbitos de la educación, la salud pública y otros sectores de impacto.

En el 2013 el 19% de las inversiones de impacto a nivel global estaban dirigidas hacia firmas y organizaciones situadas en América Latina. Ello aun a pesar de que sólo el 4% de los inversores globales de impacto se encuentran basados físicamente en la región. Un motivo fundamental de la popularidad de América Latina entre estos inversores es la demografía. La clase media se ha expandido de un modo dramático en la última década, acompanada de un crecimiento económico sostenido y programas gubernamentales que sacaron a miles de familias de la pobreza.

La creciente clase media demanda a los gobiernos una mejora en los servicios sociales, desde la educación hasta la vivienda y la salud. Hoy, el 20% de la población tiene entre 15 y 24 años de edad, y cada vez más de ellos –conocidos como “NiNis” (ni estudian ni trabajan)— tienen pocas oportunidades en el mercado laboral. Aquí, la inversión de impacto puede ofrecer nuevas alternativas a través de la educación técnica y la formación para el trabajo. Como el columnista del New York Times David Brooks escribió recientemente, “no sustituirá al gobierno o será la panacea, pero es una herramienta más para atender a problemas sociales”. En otras palabras, donde los gobiernos llegan a un límite, el sector privado puede ayudar.

La tecnología también es un factor clave. Los jóvenes de hoy son “nativos digitales” en una región donde la penetración de Internet crece rápidamente y se espera que en 2015 sobrepase el 54%. Los millenials latinoamericanos exhiben un espíritu emprendedor y una marcada preocupación por la justicia social, dos ingredientes claves para inversiones de impacto exitosas.

Entonces, ¿de qué se tratan puntualmente estos programas? Nuestro informe examina diversos casos liderados por el sector privado, agencias gubernamentales y organismos multilaterales –llamados los rayos de la rueda de la inversión de impacto.

Algunos de los fondos privados más exitosos incluyen al brasileño Gera Venture Capital, el fondo mexicano IGNIA, o el fondo regional Elevar Equity. Elevar, por tomar un caso, distribuyó US$94 millones a más de 11 millones de hogares a través de servicios como microcréditos, salud rural y préstamos hipotecarios, con ROI’s superiores al 20%. Los fondos multilaterales, asimismo, como el Fondo Multilateral de Inversión (FOMIN) del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), juegan un rol fundamental.

Junto con ellos, se encuentran los propios emprendedores, como el Grupo Compartamos, el mayor grupo de microfinanzas en la región, con más de 2.4 millones de clientes. Otro start-up mexicano, FINAE, ofrece préstamos de bajo costo a miles de estudiantes mexicanos. El informe argumenta que, aunque el emprendimiento social es motorizado por el sector privado, los gobiernos tienen un importante papel, ya que proveen reglas de juego claras e invierten en infraestructura estratégica, como internet de banda ancha. Los gobiernos también pueden absorber parte del riesgo al apoyar iniciativas prometedoras que se encuentren en estadios incipientes.

Este último rol viene siendo asumido por incubadoras de negocios con respaldo público en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, y México. Start-Up Chile es quizás el más aclamado, y a traves del caul el gobierno chileno ofrece directamente capital semilla de hasta US$40.000 a emprendedores calificados. El Instituto Nacional del Emprendedor (INADEM) en México e IncuBA en la Ciudad de Buenos Aires son otros dos ejemplos del rol promotor que están desempeñando los gobiernos.

Mientras la inversión de impacto aún enfrenta numerosos desafíos en la región –la falta de métricas consistentes, la escasez de capital inicial—estos casos de éxito demuestran que los proyectos bien manejados pueden tener impactos sociales significativos. El desafío que tenemos por delante es encontrar el modo de desplegar este potencial –identificar a los emprendedores en los estadios más precarios de desarrollo y conectarlos con las redes de negocios y los capitales adecuados.

La transición hacia una economía de alta productividad

En la última década, América Latina mantuvo niveles llamativos de crecimiento mientras EEUU y Europa se debatían en medio de la crisis económica. Y aun cuando los desafíos sociales históricos de la región –incluyendo altos niveles de pobreza, desigualdad, informalidad laboral y baja calidad educativa- mostraron avances, siguen siendo un gran impedimento para construir economías más sólidas e inclusivas.

Una lección central de los últimos años es que mientras el equilibrio fiscal y la estabilidad macroeconómica son necesarios para el crecimiento económico, no bastan para subsanar las deudas sociales más profundas. Al mismo tiempo, aprendimos que los esfuerzos gubernamentales aislados tampoco son suficientes –a veces por falta de financiamiento pero también a menudo dada la carencia de innovación y de implementación efectiva.

El fenómeno se replica en el campo de la educación técnica y vocacional que podría preparar a más estudiantes latinoamericanos para empleos altamente calificados. Informe tras informe se demuestra una profunda desconexión entre los contenidos enseñados en la escuela y los requeridos por el sector privado. Pero ni el mercado ni los gobiernos han logrado  solucionarlo.

Datos del Enterprise Survey del Banco Mundial revelan que el sector empresario latinoamericano tienen mas dificultades que el de cualquier otra región para reclutar talentos. Más del 35% de las empresas de la región afirman que una fuerza laboral mal calificada es su principal impedimento para la expansión de su negocio, contra el 22% en África Subsahariana o el 17% del Sudeste Asiático. Las empresas latinoamericanas son también las que sufren de los mayores periodos de posiciones vacantes.

Los gobiernos han estado lidiando con el tema por algún tiempo con pocos resultados visibles. Uno de los precursores, el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) de Colombia, fue lanzado en 1957, mientras que el más nuevo, el programa Bolsa Escola de Brasil, data de 2001. Argentina, México y Chile han realizado esfuerzos similares.

El Banco de Desarrollo de América Latina – CAF presentó un informe sobre este tema llamado Educación Técnica y Formación Profesional (ETFP). El estudio reveló que las Pymes generalmente necesitan ofrecer sus propios programas de entrenamiento dado que, sobre todo para las posiciones de menor nivel, casi no existen alternativas públicas o privadas de formación para sus potenciales empleados. Tampoco está claro cuan valiosa sería la acreditación dada por instituciones públicas –aunque hay poca evidencia, el mercado parece preferir las acreditaciones privadas ofrecidas con el respaldo de grandes empresas como por ejemplo la Cisco Networking Academy, Adobe Certification o el Amazon Web Service.

Conseguir empleo ya no es suficiente para empezar a desarrollar habilidades profesionales, especialmente en sectores donde la automatización está reemplazando a la mano de obra. En estas industrias tecnificadas se requieren conocimientos más sofisticados, en particular habilidades técnicas y una mentalidad creativa orientada a la solución de problemas.

Al mismo tiempo, mientras el retorno a los empleos más calificados se incrementa, estos beneficios no siempre están claros para los individuos que toman las decisiones educativas. Este es un punto en el que los gobiernos tienen un rol concreto que desempeñar: brindando información certera, transparente y accesible sobre las carreras con mayor demanda y las habilidades que requieren.

El entorno regulatorio es otro de los desafíos pendientes. La falta de una regulación clara significa que es imposible diferenciar las instituciones de mayor y de menor calidad. Al mismo tiempo, las escuelas y los programas exitosos encuentran trabas para expandirse y tener éxito por la falta de transparencia en los requerimientos. Además de minar la innovación, este escenario pone en riesgo a los propios estudiantes.

Los gobiernos necesitan poder evaluar de un modo efectivo la calidad de las nuevas instituciones educativas e identificar a aquellas que flaquean. Los programas públicos están en una posición de privilegio para proveer información objetiva y brindar a los desocupados alternativas de formación que puedan devolverlos al mundo del trabajo y la productividad.

Mientras América Latina emerge de una década de crecimiento basada en la exportación de commodities con altos precios internacionales, hoy se enfrenta a su próximo desafío: la transición hacia una economía de alta productividad. Mantener la estabilidad macroeconómica será crucial, así como ampliar la infraestructura regional y continuar luchando contra la pobreza. Pero para crear sectores económicos verdaderamente robustos que puedan elevar la calidad de vida, será imperativo equipar a los trabajadores de todos los niveles con las habilidades necesarias para progresar. Difícilmente lo logremos sin un sector técnico y vocacional más fuerte.

La economía on-demand y la brecha global de talentos

El mundo está cambiando a un ritmo sin precedentes. Internet y los avances tecnológicos han transformado los negocios, la industria, la administración gubernamental, y prácticamente todos los aspectos de nuestra vida diaria. Mientras la penetración de la computación llevo décadas, los celulares, y más recientemente los smartphones, han proliferado en tan solo unos pocos años.

Hoy la mayor parte de la población mundial usa teléfonos inteligentes. Además, lo que se conoce como “internet de las cosas” (o “the internet of things”) nos está conectando con nuestros electrodomésticos, nuestros autos, y nuestros edificios a través de inteligencia artificial virtual. Esto ha tenido sus implicancias en la economía, a medida que la automatización estimula la productividad y la eficiencia desplazando a los trabajadores de las industrias tradicionales.

También ha provocado la expansión de la llamada “economía colaborativa”, muy positiva para los consumidores pero disruptiva para viejas formas de empleo. Uber desafía a los taxistas tradicionales, Airbnb hackea a la industria hotelera, ZipCar compromete a las agencias de alquiler de autos, y los servicios de streaming como Netflix revolucionan a las productoras dominantes de televisión y cine y a los cableoperadores. Mientras hay mucho por explicar desde un punto de vista sociológico acerca de la confianza que generan estos servicios sin el respaldo de una marca o una empresa, es claro que todos estamos actuando cada vez más como si fuéramos cada uno pequeñas empresas.

El impacto sobre el mercado laboral –y por tanto sobre el tipo de educación y entrenamiento necesario parar progresar—aún debe ser evaluado. Pero sabemos que el contrato convencional entre empleado y empleador esta rompiéndose. Las empresas ya no pueden ofrecer como antes la seguridad del empleo de por vida, y como consecuencia los jóvenes posiblemente cambien de trabajo más de una docena de veces a lo largo de su carrera. Casi un tercio de los trabajadores norteamericanos ya son “virtuales”, y la consultora PWC estima que para 2020 la movilidad laboral se incrementara en un 50%.
Como consecuencia, la competencia por el talento es más intensa en todos lados, aun cuando el futuro del trabajo es más incierto. Un estudiante en Brasil está compitiendo contra otros en Singapur o Marruecos.

Al mismo tiempo, las empresas tienen cada vez más dificultades para encontrar los talentos que necesitan para sus negocios globales y de alta tecnología. El informe de PWC también encontró que a casi dos tercios (63%) de los CEOs globales les preocupa no poder encontrar los empleados con las habilidades y el suficiente espíritu innovador para cubrir las posiciones abiertas. McKinsey estima que habrá un déficit de unos 85 millones de trabajadores calificados hacia 2020.

Aquí es donde el alza del trabajo cuentapropista y la economía colaborativa, a menudo basadas en aplicaciones de celular, entran en juego. 53 millones de estadounidenses -34% de la fuerza laboral- están trabajando de forma independiente y el número continua creciendo. Como señala The Economist, esta tendencia “desafiará muchos de los supuestos fundamentales del capitalismo del siglo XX”.

Para empezar, desafía la lógica original de agrupar trabajadores en empresas. Unificar la actividad económica bajo el paraguas de grandes compañías reducía los costos de transacción, resolvía los problemas de coordinación inherentes a la producción industrial, y conectaba la oferta con la demanda. Pero ahora, cualquiera con un teléfono móvil puede ofrecer sus bienes y servicios a consumidores potenciales de todo el mundo moviendo un solo dedo. (Las empresas también se benefician, ya que pueden tercerizar servicios rutinarios y menores a trabajadores freelance y enfocarse en otras competencias estratégicas).

Y mientras tanto, nuestra política pública queda rezagada, con mercados laborales regulados y estructurados para una economía diferente –basada en la seguridad laboral, generosas pensiones, y de beneficios otorgados por el empleador. Todas estas tendencias juntas –conectividad, emprendedorismo móvil, la ruptura de las relaciones corporativas tradicionales, y la brecha global de talentos- significa que nuestros estudiantes enfrentan presiones inesperadas así como oportunidades inimaginadas. Ellos tendrán que adoptar lógicas innovadoras y resolutivas, y prepararse para una vida profesional adaptándose permanentemente al cambio.

Es un reto para nuestros sistemas educativos desactualizados, y aquellos estudiantes que queden rezagados deberán competir con trabajadores de todo el mundo. Pero aquellas escuelas, ciudades, estados y países que puedan adaptarse a la economía on-demand podrán cosechar los beneficios de una productividad creciente y el avance tecnológico.

La voluntad política es clave para una reforma educativa exitosa

“La escuela estaba en pésimas condiciones –bajas tasas de graduación, violencia pandillera filtrándose desde un vecindario convertido en un campo de batalla, y una comunidad educativa cercana a su punto de quiebre.” A diferencia de lo que uno podría imaginar, no es la historia de una comunidad marginal en un país en desarrollo. En relato proviene del corazón de Nueva York, según cuenta Joel Klein, responsable del sistema educativo de la ciudad durante la administración de Michael Bloomberg.

A comienzos de la década de 2000, cuando Klein asumió su función, Nueva York enfrentaba desafíos similares a los de varias ciudades latinoamericanas. Bajo rendimiento –especialmente en comunidades vulnerables- , falta de rendición de cuentas, carencia de alternativas educativas para los padres, y pesadas burocracias obstruían casi por completo las posibilidades de reforma. En su nuevo libro, Lecciones de Esperanza: Como Corregir nuestras Escuelas, Klein comparte su experiencia sobre la transformación de un sistema “con escuelas a medida de las necesidades de los alumnos, no de los adultos.”

Mientras muchos reformadores parecen dedicar su retórica a apaciguar a los críticos, Klein toma otro camino. Por el contrario, ofrece una decidida defensa, arraigada en su paso por la función publica, de los motivos por los que es más necesario que nunca evitar que las reformas educativas se liguen a los ciclos políticos. “Klein produjo un excelente material para la reforma educativa a nivel urbano”, sostiene Esteban Bullrich, actual Ministro de Educación de la Ciudad de Buenos Aires –un sistema muy parecido al neoyorquino por tamaño y cantidad de estudiantes.

“Los datos –encuestas, estudios, reportes- son muy importantes, pero sobre todo se necesita liderazgo,” continua Bullrich. “Construir un equipo competente, el apoyo de tu jefe –el jefe de gobierno- sea local o federal, y se necesita lidiar con una gran variedad de grupos de interés: la comunidad de negocios, sindicatos, los medios, grupos de padres, todos los cuales tienen perspectivas y puntos de vista contrapuestos. Este tipo de liderazgo político es clave para sostener la reforma y generar mejoras reales para los alumnos.”

En esta línea, Klein articula una estrategia clara para sistemas escolares de baja calidad, basada en cuatro pilares de cambio. Los dos primeros tienen que ver con inyectar más opciones y flexibilidad en el sistema, promoviendo escuelas independientes de gestión mixta y cerrando otras que no producen resultados. Un tercer punto es implementar políticas que “empoderen a directores y les permitan ser los verdaderos líderes de sus escuelas,” mientras que el último paso es promover la innovación en un sistema que ha operado por largo tiempo como un virtual monopolio excluyendo a nuevos participantes, nuevas tecnologías y nuevos métodos pedagógicos.

La experiencia de Klein debería ser particularmente interesante para los reformadores en otras ciudades alrededor del mundo. Una de sus mejores iniciativas ha sido la creación de las llamadas “iZone” o clusters de escuelas que reciben financiamiento específico para experimentar nuevas metodologías de enseñanza. De este modo, las buenas –y malas- ideas pueden ser testeadas a baja escala sin imponerlas sobre todo un distrito educativo.

La idea del iZone reafirma que las mejoras educativas en general son primero generadas a nivel local. Esto es particularmente cierto en América Latina, donde las prolíficas burocracias federales en grandes países como Brasil, México y Argentina complican al extremo los procesos de reforma a escala. Colombia bajo el liderazgo de la actual Ministra Gina Parody y su Vice Luis Enrique García, puede ser una excepción, pero las más destacadas reformas se has visto a nivel local, como las impulsadas por Bullrich en Buenos Aires o Claudia Contin en Rio de Janeiro.

Mientras Klein ahonda en sus políticas, vuelve una y otra vez sobre la cuestión del liderazgo, enfocándose en la construcción de equipos, evaluaciones de impacto y construcción de coaliciones como si estuviera escribiendo un libro de estrategias de campaña o negocios. En ese sentido, su libro es muy original. El espacio educativo está lleno de expertos en políticas educativas, pero es difícil encontrar análisis sobre la acción política necesaria para llevarlas adelante.

La esperanza de Klein es que una nueva generación de reformadores pueda beneficiarse de sus experiencias. La planificación de la comunicación y de la estrategia es esencial para el éxito de cualquier reforma estructural, especialmente una tan compleja y sensible como la educativa. Los interesados en reformar la educación en América Latina no deberían dejar de leer las lecciones de Klein!

La calidad educativa en América Latina está en manos de los docentes

Todos los días parece haber más evidencia de que los docentes son el factor más determinante cuando hablamos de calidad educativa. Un mayor entendimiento del rol de los docentes es vital para darle foco a los esfuerzos de reforma y direccionar los recursos de manera más efectiva. El desafío es grande: hay unos 7 millones de maestros en América Latina y el Caribe, de acuerdo a un reporte reciente del Banco Mundial, lo que representa alrededor de un 4% de la fuerza laboral y un 20% de los profesionales, mientras sus salarios equivalen a casi un 4% del PBI regional. Se desempeñan en condiciones que van desde aulas al aire libre en zonas rurales hasta instalaciones con aire acondicionado en ricas áreas urbanas.

Entonces, ¿cómo se puede mejorar el desempeño docente en la región, en medio de tantas particularidades locales?

En su reporte, “Great Teachers: How to Raise Student Learning in Latin America and the Caribbean,” el Banco Mundial ensaya posibles respuestas. En quizás uno de los informes más exhaustivos sobre la profesión docente, los investigadores realizaron más de 15.000 visitas sorpresas a aulas en más de 3000 escuelas públicas entre 2009 y 2013.

Así, llegaron a una serie de interesantes conclusiones. La publicación The Economist sintetiza los hallazgos: “El principal motivo de la crisis educativa latinoamericana es simple. La región capta grandes cantidades de docentes de entre los egresados menos lucidos. Los entrena pobremente y les paga peniques (entre el 10 y el 50% menos que otros profesionales). Como resultado, la enseñanza es mala.”

En efecto, el Banco Mundial revelo que los docentes de América Latina en general pasan apenas el 65% de su tiempo enseñando –comparado con el promedio internacional que ronda el 85%. Este no es un problema que se solucione fácilmente con nuevas tecnologías o mejores materiales –el informe destaca que aun en escuelas con conectividad a internet, computadoras u otros dispositivos de aprendizaje avanzados, los maestros generalmente usan lo que mejor conocen, el pizarrón.

En consecuencia, las cifras sobre la pérdida de tiempo en el aula indican que hay que prestar atención a un problema más fundamental: el modo en que los docentes son reclutados, entrenados y compensados por su desempeño. Desafortunadamente, hacer cambios en este sentido no es tarea fácil dada la influencia de varios actores con un decidido interés en mantener el statu quo –incluidos sindicatos docentes, administraciones universitarias, e institutos de formación.

Sin embargo, no todas las mejoras son necesariamente complejas, de acuerdo a Javier Luque, uno de los autores del reporte del Banco Mundial y un especialista en educación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Luque sostiene: “Interactuando con maestros en miles de aulas, encontramos que a menudo los mayores problemas tienen que ver con cosas muy simples: una vez que tenemos docentes en el aula, el sistema debería garantizar que usen el tiempo en promover el aprendizaje de todos sus alumnos. Los estudiantes no pueden recuperar el tiempo perdido. En muchos casos vimos desperdiciar hasta un tercio del tiempo de clase esperando que sonara el timbre. Solo imagínense las actividades que se podrían haber hecho en todo ese tiempo”

“Los alumnos van a la escuela a aprender,” agrega, “y por lo tanto todos los actores del sistema deben alinearse para asegurar que el aprendizaje ocurra. Esto suena muy sencillo, pero lamentablemente no está ocurriendo.” Uno de los posibles motivos es que los docentes de menor rendimiento ya poseen los conocimientos técnicos o las habilidades cognitivas, pero la falta de señales claras en cuanto al aprendizaje de sus alumnos los previene de avanzar.

Al mismo tiempo, Luque argumenta que se necesitan reformas más profundas. “Estas se refieren a modernizar la formación docente y los sistemas de evaluación,” dice. Esto resulta crítico “a fin de obtener mejor información sobre lo que funciona y lo que no –y así saber cómo y dónde intervenir.”

Algunos países como Chile, México, Perú y Ecuador han aprobado regulaciones para incrementar las evaluaciones. A la vez, grandes ciudades como Río de Janeiro y Buenos Aires están tomando la delantera. En cada uno de estos casos, las propuestas encontraron fuerte resistencia por parte de los sindicatos docentes, quienes se opusieron a vincular el desempeño al progreso de carrera.

Pero en mi conversación con Luque, él insistió en que esas “señales” son exactamente lo que nuestros sistemas educativos no están advirtiendo. “En América Latina, la mayoría de las aulas son como una ‘caja negra’: el sistema desconoce lo que realmente sucede en ellas. Eso limita sustancialmente las posibilidades de mejora”. Hacer esto explicito –y atarlo a procesos rigurosos de evaluación- puede hacer una gran diferencia.

El informe presentado por Luque y sus colegas presenta no solo un vigoroso retrato de la educación latinoamericana sino también una serie de buenas ideas para arreglarlo: mejores directivos, más intercambio de experiencias, y la reducción de la carga de tareas administrativas de los maestros.

Aun así, pone poco foco en los recursos que se necesitaran a nivel sistémico para alcanzar estas reformas. El ámbito político es donde radican los verdaderos desafíos y, con grupos poderosos listos para oponerse a cualquier cambio, los reformadores deben construir estrategias políticas tanto como recomendaciones técnicas. Ese, quizás, sea un buen tema para el próximo reporte.

Las 5 claves de la Innovación en América Latina

Si a Ud le interesa el desarrollo económico de América Latina y todavía no leyó Crear o Morir, el último libro de Andrés Oppenheimer, no puede dejar de hacerlo.

Por dos razones. La primera se refiere a que América Latina no pasará a su próximo estadio de desarrollo sin innovación. Luego de casi una década de crecimiento económico, como nunca antes se vio de manera continua en la región, será muy difícil hacerlo sostenible si no se mejora la competitividad, trayendo innovación a todos los niveles, que genere un aumento de la productividad. Innovación que no sólo se refiere a nuevas tecnologías, sino también a introducir valor en industrias tradicionales, a mejorar procesos. Crear o Morir traer muy buenas ideas de cómo lo han hecho en otros países, y lecciones para nuestra región. Continuar leyendo

La pelea por el talento en América Latina

Con la naturaleza cambiante de la economía global, y la creciente competencia entre países y empresas por el talento, la educación de calidad es más importante que nunca. Tanto el desarrollo personal como la competitividad nacional dependen de las llamadas habilidades del siglo XXI, habilidades que califican a los trabajadores para tener éxito en industrias de alto valor agregado, y los preparan para ser emprendedores e innovadores.

Así como la revolución industrial generó un cambio de paradigma en los sistemas educativos que llevó a la masificación del entrenamiento para el trabajo, pero que a su  vez estandarizó el conocimiento, las transformaciones provocadas por las nuevas tecnologías y la globalización requieren que repensemos las formas de enseñar y aprender, de preparar a los ciudadanos para este siglo que recién comienza.

Educacion 3.0, The Struggle for Talent in Latin America, el libro que recientemente he publicado, busca enfocarse en esta necesidad que existe en el mundo iberoamericano, tanto de América Latina como los más de 50 millones de hispanos que viven en Estados Unidos, de mejorar los sistemas educativos. En todo el continente, los latinos están enfrentando desafíos similares referidos al alto abandono escolar, baja calidad de la enseñanza y una pronunciada desconexión entre lo aprendido en la escuela y las demandas del mundo del trabajo. Las nuevas clases medias que han surgido en la región ponen más presión al problema, ya que justamente, exigen más y mejor educación, a la que antes no podían aspirar. Continuar leyendo

“Yo qué sé”, ideas para pensar la educación

Últimamente, cuando uno lee sobre reforma educativa está acostumbrado a analizar estadísticas, mediciones, comparaciones internacionales, políticas de reformas y contrarreformas, pero muy pocos intentan volver a pensar la misión y fines de la educación, como lo hace Juan Segura en su primer libro, Yo Qué Sé, publicado en julio de este año. El mismo título es una provocación a que el lector se pregunte y repregunte sobre cómo mejorar la educación, con esa curiosidad intelectual que el autor correctamente define como una de las habilidades más importantes de cualquier trabajador en el siglo 21. Continuar leyendo

La inversión social de impacto

La filantropía está de moda en América Latina. Más fundaciones corporativas, familias e individuos de alto patrimonio se están involucrando en inversiones de impacto social. En una región donde el gobierno todavía es el principal proveedor de programas sociales y la filantropía se mantiene escasa, especialmente comparada con los Estados Unidos, este es un bienvenido desarrollo.

Colombia, una de las estrellas económicas de la región, puede ser el mejor ejemplo de esta creciente cultura filantrópica en América Latina. En ese país, la comunidad empresarial se involucró en la provisión de servicios sociales, de salud y educación, más que en cualquier otro de la región, debido al vacío que dejó el Estado en los largos años de conflicto armado.

Durante el extenso conflicto de guerrilla y narcotráfico, el alcance del estado estaba severamente limitado, y el nacimiento de fundaciones empresariales en todo el país permitió llenar ese vacío. Una de esas organizaciones es la Fundación Luker, la rama filantrópica de Casa Luker, empresa líder en fabricación de chocolate. Pablo Jaramillo, el director general de la Fundación Luker, en una presentación reciente en el Atlantic Council en Washington DC, explico “las fundaciones en Colombia son principalmente locales, no nacionales, concentrándose en proveer servicios que el gobierno no lograba brindar”

Carolina Suarez, la Directora Ejecutiva de la Asociación de Fundaciones Empresariales (AFE) está de acuerdo, y resalta que esto es especialmente cierto en el sector educativo “De las 56 fundaciones afiliadas con AFE, 43 consideran mejorar la educación una prioridad”. Y continua, “este interés comenzó hace décadas y se está expandiendo cada año, en todo el país, brindando innovación a este sector.”

De hecho, según la encuesta más reciente conducida por la Asociación Nacional de Empresarios (ANDI) de Colombia, la cual entrevistó a casi trecientos presidentes de distintas compañías, “lograr la educación primaria universal” fue la prioridad del 40% de ellos. Otras áreas altamente valoradas incluyeron la reducción de la pobreza y la protección del medio ambiente.

Otros grupos filantrópicos importantes de Colombia incluyen la Fundación Corona, Dividendo Por Colombia, y la Fundación Carvajal. Dividendo, liderada por María Teresa Mojica, cumplió su decimoquinto año de operaciones en el 2013. La organización se concentra particularmente en los niños más vulnerables – aquellos aislados en escuelas rurales “multigrado”, desplazados por la guerra, y afectados por la pobreza. Sus esfuerzos para entrenar a maestros con métodos de enseñanza participativos, centrados en los estudiantes, ahora alcanzan a más de 100.000 alumnos por año.

¿Pero tiene real impacto las fundaciones en mejorar la educación? ¿Les es posible escalar sus esfuerzos a niveles masivos? El ex alcalde de Nueva York, empresario y filántropo Michael Bloomberg recientemente afirmo, “Todos los billonarios juntos contribuyen muy poco comparado con la cantidad de dinero que el gobierno gasta.” Por eso el desafío consiste en mejores interacciones público-privada. Donde emprendedores y fundaciones pueden traer innovación y nuevos proyectos, más difícil para las burocracias estatales, probar que tienen impacto, y luego ser escalados en colaboración con los gobiernos.

Como dice Mojica, directora ejecutiva de Dividendos, “queremos implementar proyectos modelo, que luego pudieran ser expandidos como programas nacionales e impactar a estudiantes en una escala masiva”

Sin embargo, la filantropía sigue siendo escasa y también el impacto de muchas organizaciones no gubernamentales en generar mayor calidad educativa con sus iniciativas. Nuevas voces están proponiendo que filántropos inviertan mas en emprendimientos privados, en particular en fondos de capital riegos enfocados en educación, como forma de impactar el sistema educativo.

Ese es el tema de un ensayo reciente realizado por los expertos en educación americanos Tom Vander Ark y Matt Grrenfield, titulado “Boosting Impact: Why Foundations Should Invest in Education Venture Funds”, donde enfatizan que las grandes fundaciones muchas veces no tienen suficiente expertise y personal para escalar reformas educativas, y tendrían más impacto si invirtieran en fondos de capital de riesgo e impacto social, que pueden llegar a mas emprendedores e innovadores.

La fundación Bill and Melinda Gates, por ejemplo, invirtio $12 millones en New School Venture Fund, el cual invierte en emprendedores educativos. En el 2013, Kellogg junto con Lumina, Prudential, y otras fundaciones invirtieron en Rethink Education, otro fondo empresarial de educación.

Este tipo de inversión es menos común en América Latina, pero el caso de Colombia demuestra el potencial que existe para generar verdadero impacto cuando fondos privados y filántropos trabajan para desarrollar modelos innovadores en el contexto de un país en desarrollo.