La economía on-demand y la brecha global de talentos

El mundo está cambiando a un ritmo sin precedentes. Internet y los avances tecnológicos han transformado los negocios, la industria, la administración gubernamental, y prácticamente todos los aspectos de nuestra vida diaria. Mientras la penetración de la computación llevo décadas, los celulares, y más recientemente los smartphones, han proliferado en tan solo unos pocos años.

Hoy la mayor parte de la población mundial usa teléfonos inteligentes. Además, lo que se conoce como “internet de las cosas” (o “the internet of things”) nos está conectando con nuestros electrodomésticos, nuestros autos, y nuestros edificios a través de inteligencia artificial virtual. Esto ha tenido sus implicancias en la economía, a medida que la automatización estimula la productividad y la eficiencia desplazando a los trabajadores de las industrias tradicionales.

También ha provocado la expansión de la llamada “economía colaborativa”, muy positiva para los consumidores pero disruptiva para viejas formas de empleo. Uber desafía a los taxistas tradicionales, Airbnb hackea a la industria hotelera, ZipCar compromete a las agencias de alquiler de autos, y los servicios de streaming como Netflix revolucionan a las productoras dominantes de televisión y cine y a los cableoperadores. Mientras hay mucho por explicar desde un punto de vista sociológico acerca de la confianza que generan estos servicios sin el respaldo de una marca o una empresa, es claro que todos estamos actuando cada vez más como si fuéramos cada uno pequeñas empresas.

El impacto sobre el mercado laboral –y por tanto sobre el tipo de educación y entrenamiento necesario parar progresar—aún debe ser evaluado. Pero sabemos que el contrato convencional entre empleado y empleador esta rompiéndose. Las empresas ya no pueden ofrecer como antes la seguridad del empleo de por vida, y como consecuencia los jóvenes posiblemente cambien de trabajo más de una docena de veces a lo largo de su carrera. Casi un tercio de los trabajadores norteamericanos ya son “virtuales”, y la consultora PWC estima que para 2020 la movilidad laboral se incrementara en un 50%.
Como consecuencia, la competencia por el talento es más intensa en todos lados, aun cuando el futuro del trabajo es más incierto. Un estudiante en Brasil está compitiendo contra otros en Singapur o Marruecos.

Al mismo tiempo, las empresas tienen cada vez más dificultades para encontrar los talentos que necesitan para sus negocios globales y de alta tecnología. El informe de PWC también encontró que a casi dos tercios (63%) de los CEOs globales les preocupa no poder encontrar los empleados con las habilidades y el suficiente espíritu innovador para cubrir las posiciones abiertas. McKinsey estima que habrá un déficit de unos 85 millones de trabajadores calificados hacia 2020.

Aquí es donde el alza del trabajo cuentapropista y la economía colaborativa, a menudo basadas en aplicaciones de celular, entran en juego. 53 millones de estadounidenses -34% de la fuerza laboral- están trabajando de forma independiente y el número continua creciendo. Como señala The Economist, esta tendencia “desafiará muchos de los supuestos fundamentales del capitalismo del siglo XX”.

Para empezar, desafía la lógica original de agrupar trabajadores en empresas. Unificar la actividad económica bajo el paraguas de grandes compañías reducía los costos de transacción, resolvía los problemas de coordinación inherentes a la producción industrial, y conectaba la oferta con la demanda. Pero ahora, cualquiera con un teléfono móvil puede ofrecer sus bienes y servicios a consumidores potenciales de todo el mundo moviendo un solo dedo. (Las empresas también se benefician, ya que pueden tercerizar servicios rutinarios y menores a trabajadores freelance y enfocarse en otras competencias estratégicas).

Y mientras tanto, nuestra política pública queda rezagada, con mercados laborales regulados y estructurados para una economía diferente –basada en la seguridad laboral, generosas pensiones, y de beneficios otorgados por el empleador. Todas estas tendencias juntas –conectividad, emprendedorismo móvil, la ruptura de las relaciones corporativas tradicionales, y la brecha global de talentos- significa que nuestros estudiantes enfrentan presiones inesperadas así como oportunidades inimaginadas. Ellos tendrán que adoptar lógicas innovadoras y resolutivas, y prepararse para una vida profesional adaptándose permanentemente al cambio.

Es un reto para nuestros sistemas educativos desactualizados, y aquellos estudiantes que queden rezagados deberán competir con trabajadores de todo el mundo. Pero aquellas escuelas, ciudades, estados y países que puedan adaptarse a la economía on-demand podrán cosechar los beneficios de una productividad creciente y el avance tecnológico.

La voluntad política es clave para una reforma educativa exitosa

“La escuela estaba en pésimas condiciones –bajas tasas de graduación, violencia pandillera filtrándose desde un vecindario convertido en un campo de batalla, y una comunidad educativa cercana a su punto de quiebre.” A diferencia de lo que uno podría imaginar, no es la historia de una comunidad marginal en un país en desarrollo. En relato proviene del corazón de Nueva York, según cuenta Joel Klein, responsable del sistema educativo de la ciudad durante la administración de Michael Bloomberg.

A comienzos de la década de 2000, cuando Klein asumió su función, Nueva York enfrentaba desafíos similares a los de varias ciudades latinoamericanas. Bajo rendimiento –especialmente en comunidades vulnerables- , falta de rendición de cuentas, carencia de alternativas educativas para los padres, y pesadas burocracias obstruían casi por completo las posibilidades de reforma. En su nuevo libro, Lecciones de Esperanza: Como Corregir nuestras Escuelas, Klein comparte su experiencia sobre la transformación de un sistema “con escuelas a medida de las necesidades de los alumnos, no de los adultos.”

Mientras muchos reformadores parecen dedicar su retórica a apaciguar a los críticos, Klein toma otro camino. Por el contrario, ofrece una decidida defensa, arraigada en su paso por la función publica, de los motivos por los que es más necesario que nunca evitar que las reformas educativas se liguen a los ciclos políticos. “Klein produjo un excelente material para la reforma educativa a nivel urbano”, sostiene Esteban Bullrich, actual Ministro de Educación de la Ciudad de Buenos Aires –un sistema muy parecido al neoyorquino por tamaño y cantidad de estudiantes.

“Los datos –encuestas, estudios, reportes- son muy importantes, pero sobre todo se necesita liderazgo,” continua Bullrich. “Construir un equipo competente, el apoyo de tu jefe –el jefe de gobierno- sea local o federal, y se necesita lidiar con una gran variedad de grupos de interés: la comunidad de negocios, sindicatos, los medios, grupos de padres, todos los cuales tienen perspectivas y puntos de vista contrapuestos. Este tipo de liderazgo político es clave para sostener la reforma y generar mejoras reales para los alumnos.”

En esta línea, Klein articula una estrategia clara para sistemas escolares de baja calidad, basada en cuatro pilares de cambio. Los dos primeros tienen que ver con inyectar más opciones y flexibilidad en el sistema, promoviendo escuelas independientes de gestión mixta y cerrando otras que no producen resultados. Un tercer punto es implementar políticas que “empoderen a directores y les permitan ser los verdaderos líderes de sus escuelas,” mientras que el último paso es promover la innovación en un sistema que ha operado por largo tiempo como un virtual monopolio excluyendo a nuevos participantes, nuevas tecnologías y nuevos métodos pedagógicos.

La experiencia de Klein debería ser particularmente interesante para los reformadores en otras ciudades alrededor del mundo. Una de sus mejores iniciativas ha sido la creación de las llamadas “iZone” o clusters de escuelas que reciben financiamiento específico para experimentar nuevas metodologías de enseñanza. De este modo, las buenas –y malas- ideas pueden ser testeadas a baja escala sin imponerlas sobre todo un distrito educativo.

La idea del iZone reafirma que las mejoras educativas en general son primero generadas a nivel local. Esto es particularmente cierto en América Latina, donde las prolíficas burocracias federales en grandes países como Brasil, México y Argentina complican al extremo los procesos de reforma a escala. Colombia bajo el liderazgo de la actual Ministra Gina Parody y su Vice Luis Enrique García, puede ser una excepción, pero las más destacadas reformas se has visto a nivel local, como las impulsadas por Bullrich en Buenos Aires o Claudia Contin en Rio de Janeiro.

Mientras Klein ahonda en sus políticas, vuelve una y otra vez sobre la cuestión del liderazgo, enfocándose en la construcción de equipos, evaluaciones de impacto y construcción de coaliciones como si estuviera escribiendo un libro de estrategias de campaña o negocios. En ese sentido, su libro es muy original. El espacio educativo está lleno de expertos en políticas educativas, pero es difícil encontrar análisis sobre la acción política necesaria para llevarlas adelante.

La esperanza de Klein es que una nueva generación de reformadores pueda beneficiarse de sus experiencias. La planificación de la comunicación y de la estrategia es esencial para el éxito de cualquier reforma estructural, especialmente una tan compleja y sensible como la educativa. Los interesados en reformar la educación en América Latina no deberían dejar de leer las lecciones de Klein!

La calidad educativa en América Latina está en manos de los docentes

Todos los días parece haber más evidencia de que los docentes son el factor más determinante cuando hablamos de calidad educativa. Un mayor entendimiento del rol de los docentes es vital para darle foco a los esfuerzos de reforma y direccionar los recursos de manera más efectiva. El desafío es grande: hay unos 7 millones de maestros en América Latina y el Caribe, de acuerdo a un reporte reciente del Banco Mundial, lo que representa alrededor de un 4% de la fuerza laboral y un 20% de los profesionales, mientras sus salarios equivalen a casi un 4% del PBI regional. Se desempeñan en condiciones que van desde aulas al aire libre en zonas rurales hasta instalaciones con aire acondicionado en ricas áreas urbanas.

Entonces, ¿cómo se puede mejorar el desempeño docente en la región, en medio de tantas particularidades locales?

En su reporte, “Great Teachers: How to Raise Student Learning in Latin America and the Caribbean,” el Banco Mundial ensaya posibles respuestas. En quizás uno de los informes más exhaustivos sobre la profesión docente, los investigadores realizaron más de 15.000 visitas sorpresas a aulas en más de 3000 escuelas públicas entre 2009 y 2013.

Así, llegaron a una serie de interesantes conclusiones. La publicación The Economist sintetiza los hallazgos: “El principal motivo de la crisis educativa latinoamericana es simple. La región capta grandes cantidades de docentes de entre los egresados menos lucidos. Los entrena pobremente y les paga peniques (entre el 10 y el 50% menos que otros profesionales). Como resultado, la enseñanza es mala.”

En efecto, el Banco Mundial revelo que los docentes de América Latina en general pasan apenas el 65% de su tiempo enseñando –comparado con el promedio internacional que ronda el 85%. Este no es un problema que se solucione fácilmente con nuevas tecnologías o mejores materiales –el informe destaca que aun en escuelas con conectividad a internet, computadoras u otros dispositivos de aprendizaje avanzados, los maestros generalmente usan lo que mejor conocen, el pizarrón.

En consecuencia, las cifras sobre la pérdida de tiempo en el aula indican que hay que prestar atención a un problema más fundamental: el modo en que los docentes son reclutados, entrenados y compensados por su desempeño. Desafortunadamente, hacer cambios en este sentido no es tarea fácil dada la influencia de varios actores con un decidido interés en mantener el statu quo –incluidos sindicatos docentes, administraciones universitarias, e institutos de formación.

Sin embargo, no todas las mejoras son necesariamente complejas, de acuerdo a Javier Luque, uno de los autores del reporte del Banco Mundial y un especialista en educación del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Luque sostiene: “Interactuando con maestros en miles de aulas, encontramos que a menudo los mayores problemas tienen que ver con cosas muy simples: una vez que tenemos docentes en el aula, el sistema debería garantizar que usen el tiempo en promover el aprendizaje de todos sus alumnos. Los estudiantes no pueden recuperar el tiempo perdido. En muchos casos vimos desperdiciar hasta un tercio del tiempo de clase esperando que sonara el timbre. Solo imagínense las actividades que se podrían haber hecho en todo ese tiempo”

“Los alumnos van a la escuela a aprender,” agrega, “y por lo tanto todos los actores del sistema deben alinearse para asegurar que el aprendizaje ocurra. Esto suena muy sencillo, pero lamentablemente no está ocurriendo.” Uno de los posibles motivos es que los docentes de menor rendimiento ya poseen los conocimientos técnicos o las habilidades cognitivas, pero la falta de señales claras en cuanto al aprendizaje de sus alumnos los previene de avanzar.

Al mismo tiempo, Luque argumenta que se necesitan reformas más profundas. “Estas se refieren a modernizar la formación docente y los sistemas de evaluación,” dice. Esto resulta crítico “a fin de obtener mejor información sobre lo que funciona y lo que no –y así saber cómo y dónde intervenir.”

Algunos países como Chile, México, Perú y Ecuador han aprobado regulaciones para incrementar las evaluaciones. A la vez, grandes ciudades como Río de Janeiro y Buenos Aires están tomando la delantera. En cada uno de estos casos, las propuestas encontraron fuerte resistencia por parte de los sindicatos docentes, quienes se opusieron a vincular el desempeño al progreso de carrera.

Pero en mi conversación con Luque, él insistió en que esas “señales” son exactamente lo que nuestros sistemas educativos no están advirtiendo. “En América Latina, la mayoría de las aulas son como una ‘caja negra’: el sistema desconoce lo que realmente sucede en ellas. Eso limita sustancialmente las posibilidades de mejora”. Hacer esto explicito –y atarlo a procesos rigurosos de evaluación- puede hacer una gran diferencia.

El informe presentado por Luque y sus colegas presenta no solo un vigoroso retrato de la educación latinoamericana sino también una serie de buenas ideas para arreglarlo: mejores directivos, más intercambio de experiencias, y la reducción de la carga de tareas administrativas de los maestros.

Aun así, pone poco foco en los recursos que se necesitaran a nivel sistémico para alcanzar estas reformas. El ámbito político es donde radican los verdaderos desafíos y, con grupos poderosos listos para oponerse a cualquier cambio, los reformadores deben construir estrategias políticas tanto como recomendaciones técnicas. Ese, quizás, sea un buen tema para el próximo reporte.

Las 5 claves de la Innovación en América Latina

Si a Ud le interesa el desarrollo económico de América Latina y todavía no leyó Crear o Morir, el último libro de Andrés Oppenheimer, no puede dejar de hacerlo.

Por dos razones. La primera se refiere a que América Latina no pasará a su próximo estadio de desarrollo sin innovación. Luego de casi una década de crecimiento económico, como nunca antes se vio de manera continua en la región, será muy difícil hacerlo sostenible si no se mejora la competitividad, trayendo innovación a todos los niveles, que genere un aumento de la productividad. Innovación que no sólo se refiere a nuevas tecnologías, sino también a introducir valor en industrias tradicionales, a mejorar procesos. Crear o Morir traer muy buenas ideas de cómo lo han hecho en otros países, y lecciones para nuestra región. Continuar leyendo

La pelea por el talento en América Latina

Con la naturaleza cambiante de la economía global, y la creciente competencia entre países y empresas por el talento, la educación de calidad es más importante que nunca. Tanto el desarrollo personal como la competitividad nacional dependen de las llamadas habilidades del siglo XXI, habilidades que califican a los trabajadores para tener éxito en industrias de alto valor agregado, y los preparan para ser emprendedores e innovadores.

Así como la revolución industrial generó un cambio de paradigma en los sistemas educativos que llevó a la masificación del entrenamiento para el trabajo, pero que a su  vez estandarizó el conocimiento, las transformaciones provocadas por las nuevas tecnologías y la globalización requieren que repensemos las formas de enseñar y aprender, de preparar a los ciudadanos para este siglo que recién comienza.

Educacion 3.0, The Struggle for Talent in Latin America, el libro que recientemente he publicado, busca enfocarse en esta necesidad que existe en el mundo iberoamericano, tanto de América Latina como los más de 50 millones de hispanos que viven en Estados Unidos, de mejorar los sistemas educativos. En todo el continente, los latinos están enfrentando desafíos similares referidos al alto abandono escolar, baja calidad de la enseñanza y una pronunciada desconexión entre lo aprendido en la escuela y las demandas del mundo del trabajo. Las nuevas clases medias que han surgido en la región ponen más presión al problema, ya que justamente, exigen más y mejor educación, a la que antes no podían aspirar. Continuar leyendo

“Yo qué sé”, ideas para pensar la educación

Últimamente, cuando uno lee sobre reforma educativa está acostumbrado a analizar estadísticas, mediciones, comparaciones internacionales, políticas de reformas y contrarreformas, pero muy pocos intentan volver a pensar la misión y fines de la educación, como lo hace Juan Segura en su primer libro, Yo Qué Sé, publicado en julio de este año. El mismo título es una provocación a que el lector se pregunte y repregunte sobre cómo mejorar la educación, con esa curiosidad intelectual que el autor correctamente define como una de las habilidades más importantes de cualquier trabajador en el siglo 21. Continuar leyendo

La inversión social de impacto

La filantropía está de moda en América Latina. Más fundaciones corporativas, familias e individuos de alto patrimonio se están involucrando en inversiones de impacto social. En una región donde el gobierno todavía es el principal proveedor de programas sociales y la filantropía se mantiene escasa, especialmente comparada con los Estados Unidos, este es un bienvenido desarrollo.

Colombia, una de las estrellas económicas de la región, puede ser el mejor ejemplo de esta creciente cultura filantrópica en América Latina. En ese país, la comunidad empresarial se involucró en la provisión de servicios sociales, de salud y educación, más que en cualquier otro de la región, debido al vacío que dejó el Estado en los largos años de conflicto armado.

Durante el extenso conflicto de guerrilla y narcotráfico, el alcance del estado estaba severamente limitado, y el nacimiento de fundaciones empresariales en todo el país permitió llenar ese vacío. Una de esas organizaciones es la Fundación Luker, la rama filantrópica de Casa Luker, empresa líder en fabricación de chocolate. Pablo Jaramillo, el director general de la Fundación Luker, en una presentación reciente en el Atlantic Council en Washington DC, explico “las fundaciones en Colombia son principalmente locales, no nacionales, concentrándose en proveer servicios que el gobierno no lograba brindar”

Carolina Suarez, la Directora Ejecutiva de la Asociación de Fundaciones Empresariales (AFE) está de acuerdo, y resalta que esto es especialmente cierto en el sector educativo “De las 56 fundaciones afiliadas con AFE, 43 consideran mejorar la educación una prioridad”. Y continua, “este interés comenzó hace décadas y se está expandiendo cada año, en todo el país, brindando innovación a este sector.”

De hecho, según la encuesta más reciente conducida por la Asociación Nacional de Empresarios (ANDI) de Colombia, la cual entrevistó a casi trecientos presidentes de distintas compañías, “lograr la educación primaria universal” fue la prioridad del 40% de ellos. Otras áreas altamente valoradas incluyeron la reducción de la pobreza y la protección del medio ambiente.

Otros grupos filantrópicos importantes de Colombia incluyen la Fundación Corona, Dividendo Por Colombia, y la Fundación Carvajal. Dividendo, liderada por María Teresa Mojica, cumplió su decimoquinto año de operaciones en el 2013. La organización se concentra particularmente en los niños más vulnerables – aquellos aislados en escuelas rurales “multigrado”, desplazados por la guerra, y afectados por la pobreza. Sus esfuerzos para entrenar a maestros con métodos de enseñanza participativos, centrados en los estudiantes, ahora alcanzan a más de 100.000 alumnos por año.

¿Pero tiene real impacto las fundaciones en mejorar la educación? ¿Les es posible escalar sus esfuerzos a niveles masivos? El ex alcalde de Nueva York, empresario y filántropo Michael Bloomberg recientemente afirmo, “Todos los billonarios juntos contribuyen muy poco comparado con la cantidad de dinero que el gobierno gasta.” Por eso el desafío consiste en mejores interacciones público-privada. Donde emprendedores y fundaciones pueden traer innovación y nuevos proyectos, más difícil para las burocracias estatales, probar que tienen impacto, y luego ser escalados en colaboración con los gobiernos.

Como dice Mojica, directora ejecutiva de Dividendos, “queremos implementar proyectos modelo, que luego pudieran ser expandidos como programas nacionales e impactar a estudiantes en una escala masiva”

Sin embargo, la filantropía sigue siendo escasa y también el impacto de muchas organizaciones no gubernamentales en generar mayor calidad educativa con sus iniciativas. Nuevas voces están proponiendo que filántropos inviertan mas en emprendimientos privados, en particular en fondos de capital riegos enfocados en educación, como forma de impactar el sistema educativo.

Ese es el tema de un ensayo reciente realizado por los expertos en educación americanos Tom Vander Ark y Matt Grrenfield, titulado “Boosting Impact: Why Foundations Should Invest in Education Venture Funds”, donde enfatizan que las grandes fundaciones muchas veces no tienen suficiente expertise y personal para escalar reformas educativas, y tendrían más impacto si invirtieran en fondos de capital de riesgo e impacto social, que pueden llegar a mas emprendedores e innovadores.

La fundación Bill and Melinda Gates, por ejemplo, invirtio $12 millones en New School Venture Fund, el cual invierte en emprendedores educativos. En el 2013, Kellogg junto con Lumina, Prudential, y otras fundaciones invirtieron en Rethink Education, otro fondo empresarial de educación.

Este tipo de inversión es menos común en América Latina, pero el caso de Colombia demuestra el potencial que existe para generar verdadero impacto cuando fondos privados y filántropos trabajan para desarrollar modelos innovadores en el contexto de un país en desarrollo.

La desconexión entre competencias laborales y educación superior

Existe creciente evidencia sobre la desconexión entre las demandas del mercado laboral y el conjunto de habilidades y capacidades adquiridas en las aulas. Altos niveles de desocupación entre las personas entre 18 y 24 años de edad son acompañados por un alto número de vacantes laborales que no son cubiertas por falta de competencias a lo largo de todo el continente latinoamericano. El reciente trabajo ¿Qué buscan -y no encuentran- las empresas en los profesionistas jóvenes en Mexico?, realizado por Ernesto Garcia, del think tank mexicano CIDAC, confirma esta realidad.

Cifras mencionadas en el estudio muestran que las empresas rechazan a los candidatos principalmente por falta de conocimiento o competencias (en 70.5% de los casos) más que por falta de experiencia (2.3%) o por no tener la personalidad adecuada (24.8%), Es decir, de acuerdo con los profesionales y empresarios encuestados, la limitante de la mayoría de los candidatos es que carecen de las habilidades y capacidades requeridas por las posiciones laborales ofrecidos.

Consecuentemente, disminuir la tasa de desocupación entre los jóvenes, que en México es cercana al 9%, es muy difícil. Aun ante incrementos en la demanda laboral, la desconexión con la oferta de competencias impide que los empleos recién generados se ocupen rápidamente. En el mediano plazo, algunos de los trabajadores “calificados” que no encuadran con los perfiles (o competencias) requeridas por las empresas, se ven obligados a aceptar empleos no calificados, desplazando a trabajadores con menos preparación y dejándolos sin empleo.

Ni siquiera formar parte del menos de 20% de la población que se gradúa de la universidad en la región garantiza escapar de esta situación. Siguiendo en México, los resultados de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE 2014) del INEGI indicaron que sólo 40 de cada 100 profesionales tienen un empleo ligado a su formación universitaria; el resto, o está desempleado, o desempeña puestos que no requieren educación superior. Aunque la falta de oferta de empleos explica gran parte de este fenómeno, otra buena parte se debe a que los conocimientos adquiridos a través del sistema educativo son obsoletos o poco aplicables en el mercado laboral.

En pocas palabras, para las empresas es difícil encontrar los mejores perfiles para las posiciones vacantes en su organización y, para la mayoría de los aspirantes, es igual o más de difícil encontrar empleo.

Como Ernesto García afirma en el estudio: “No hay duda de que la dinámica oferta/demanda de competencias no está funcionando de una forma eficiente.” De hecho, de acuerdo con sus resultados, la brecha entre ambas es alarmantemente alta, pues alcanza el 26%. Es decir, más de una cuarta parte de las empresas encuestadas tienen dificultades para encontrar a trabajadores — especialmente jóvenes — con un perfil de competencias que satisfaga los requisitos del puesto, a pesar de haber entrevistado a candidatos para dichas posiciones.

Aunque las causas de la desconexión entre la oferta y demanda de competencias son diversas, el común denominador de casi todas es la asimetría de información entre el sistema educativo y el mundo laboral. Las empresas suelen ser más rápidas que las instituciones educativas para adaptarse a los cambios tanto tecnológicos como económicos y entender las competencias requeridas para el desempeño de los nuevos trabajos.

Ante este hallazgo, las soluciones propuestas por el equipo del CIDAC están – de forma acertada — estrechamente interrelacionadas entre sí. Las principales líneas de acción que ellos proponen incluyen reenfocar el sistema educativo hacia las competencias, y no únicamente en acreditaciones y diplomas, que la vinculación entre empresas e instituciones de educación superior sea más estrecha y que se genere más y mejor información en cuanto a las competencias que las empresas requieren.

En este sentido, el estudio concluye que muchas de las iniciativas para reducir la brecha de competencias “no requerirían de grandes cambios a nivel institucional ni de la inversión de grandes montos en infraestructura, sino simple y sencillamente de la generación de información suficiente, de calidad”.

Una reforma a mitad de camino

Chile ha estado a la vanguardia de la reforma educativa en América Latina por décadas, y acercándose todos los años a los países más desarrollados. En las pruebas PISA de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), Chile obtuvo un promedio de 439 puntos en lectura, matemática y ciencia, el mejor del continente por un importante margen. Entre 2009 y 2012, los puntajes en las pruebas PISA mejoraron a mayor velocidad que el promedio de la OCDE. Las tasas de deserción declinaron, estimándose que el 83% de los estudiantes actuales lograrán graduarse del secundario –una diferencia sensible con el 56% de los adultos entre 55 y 64 años que cuentan con el título-.

En educación superior, Chile ha expandido el acceso. Más del 29% ha completado algún tipo de certificación avanzada –apenas por debajo del promedio del 32% que alcanzo la OCDE. Y en las cohortes más jóvenes, entre los 25 y 34 años de edad, esa cifra asciende al 41% -superando a la OCDE. Cerca del 70% de ellos son la primera generación en su familia en asistir a la universidad.

Sin embargo, aún persisten desafíos. Chile posee la distribución del ingreso más desigual de la OCDE y las desventajas socioeconómicas se reproducen en el sistema educativo, en vez de reducirse. Para cuando los alumnos cumplen 10 años, su desempeño educativo ya evidencia agudos contrastes basados en el ingreso familiar.

El hecho de que el país se haya lanzado al debate en los últimos meses, evidenciado en las marchas estudiantiles y hasta los pasillos del Congreso, es un primer paso que demuestra que la sociedad chilena está en constante búsqueda de progreso. ¿Cómo pueden los países latinoamericanos, dadas las restricciones presupuestarias vigentes, alcanzar la doble meta de crear un sistema educativo de nivel mundial que logre a su vez reducir la desigualdad?

Sin embargo, el debate en la Administración de la Presidente Michelle Bachelet está enviando confusos mensajes: que todas las escuelas primarias deben ser públicas y gratuitas; que la educación superior, que hoy no permite instituciones con fin de lucro, debe ser gratuita para todos; que la selección no debería ocurrir a nivel escolar. Para financiar todo esto, el gobierno está proponiendo una reforma impositiva que según algunas estimaciones tendrá un costo de US$ 8 mil millones.

El acceso en Chile ya es bueno; mejorar la calidad es el principal desafío, especialmente en escuelas con alumnos de menores ingresos. A pesar de ello, las medidas para incrementarla parecen estar más bien ausentes del debate. La falta de claridad en las propuestas pone en riesgo a las partes del sistema que si funcionan mientras se dejan a un lado los asuntos realmente más acuciantes.

Entre estos temas pendientes se cuentan, por ejemplo, el cambio de la matriz de pobreza estructural de Chile. La evidencia señala que las intervenciones en la primera infancia generan efectos positivos en cascada que continúan capitalizándose durante la carrera académica y profesional del estudiante. Las políticas focalizadas para mejorar la enseñanza preescolar, el involucramiento parental y la mejora de oportunidades laborales para los trabajadores de menores ingresos con hijos, pueden generar más beneficios que alterar el financiamiento global del sistema.

Mientras que hay consenso sobre la necesidad de mejores regulaciones de la educación superior, no se está discutiendo el cómo se puede lograr esto aprovechando también las contribuciones de las instituciones privada. Tampoco está claro que una educación universitaria gratuita mejorará la calidad. ¿Y cómo afrontara el gobierno estos costos en el largo plazo? Hoy el sistema chileno cuenta con unas 63 universidades que prácticamente no reciben apoyo financiero del Estado.

En efecto, el sistema primario ha sido un modelo a seguir para el resto de América Latina precisamente por la diversidad de oferta, que incluye escuelas públicas gratuitas, establecimientos privados con y sin fin de lucro, y los subvencionados, que son financiados con aportes subsidiados. Hay poca evidencia de que alguna de estas modalidades brinde una calidad superior a la de otra. Más bien, es probable que la combinación de alternativas, la competencia y las evaluaciones anuales sean la mejor opción para los padres, y para la estructura del sistema educativo.

Como el educador y emprendedor chileno Eugenio Severin argumenta: “Entre una reforma total y el status quo, Chile probablemente seguirá –como es tradición- un camino intermedio definido por el gradualismo y la moderación”. La clave será, según Severin, “introducir reformas fundamentales que refuercen los éxitos de Chile y que a la vez mejoren la equidad y la calidad educativa”.

Para combatir la desigualdad, tenemos que enfocarnos en la educación

Son muchos los indicadores que señalan que el mundo finalmente ha dejado atrás lo peor de la crisis económica de 2008. La economía mundial, de acuerdo con la OCDE, se encuentra en un entorno económico “moderadamente positivo”. El desempleo está disminuyendo y los inversores están recobrando su confianza en los mercados.

Mientras la recuperación se consolida, y el miedo de un colapso económico aun mayor se desvanece, la desigualdad ha cobrado nuevamente un papel protagónico en la agenda global. En Estados Unidos, por ejemplo, el presidente Barack Obama utilizó su discurso del State of the Union de hace unos meses para subrayar que, en los últimos años, “la desigualdad ha ganado terreno y la movilidad de clases se ha estancado”.

También en el resto del mundo, la inequidad ha vuelto al centro del debate. Incluso los círculos financieros están empezando a reconocer la urgencia del problema. En la más reciente cumbre del Foro Económico Mundial de Davos, no sólo el Papa Francisco exhortó a los líderes del mundo a combatir la desigualdad y la exclusión social, sino que el Foro mismo declaró que la mitigación de la inequidad es una prioridad. “La desigualdad económica”, se lee en uno de los comunicados del Foro, “constituye un grave riesgo al progreso humano, afecta la estabilidad social en los países y representa una amenaza a la seguridad a nivel global”.

Desafortunadamente, ante la creciente atención mediática, los líderes políticos están adoptando posturas partidistas cada vez más radicales al ofrecer soluciones al problema de la desigualdad. Ambas partes parecen cada vez menos dispuestas a ceder. Y, mientras la lucha por la igualdad sea reducida a un combate político-ideológico, las posibles soluciones continuarán avanzando lentamente.

En medio de este agitado debate, hay una alternativa menos polémica cuyos efectos sobre la desigualdad tienen un gran impacto: la educación. En el largo plazo, un combate efectivo a la pobreza y desigualdad requiere garantizarles a todos los ciudadanos la oportunidad de no sólo tener un trabajo digno, sino también de desarrollar sus habilidades y capacidades al máximo. Por lo tanto, mejorar la calidad de la educación, en la medida en que promueve las habilidades necesarias para el trabajo en el siglo XXI, es un mecanismo tanto técnicamente viable como políticamente alcanzable para incrementar la movilidad social.

Este es el argumento de Josh Kraushaar en un artículo reciente de la revista The Atlantic. La esencia del asunto de la desigualdad, él explica, es que “los niños de menores recursos no tienen las mismas oportunidades educativas que los ricos”. Y este problema inicial se acentúa con el tiempo. Mientras los niños con más recursos económicos y mejor educación generan mayores ingresos a lo largo de sus vidas, los pobres se quedan cada vez rezagados.

La magnitud del desafío es abrumadora, particularmente en una región como América Latina. De acuerdo con cifras de Worldfund, mientras que, en promedio, 92 por ciento de los niños latinoamericanos entran a la primaria, son mucho menos los que llegan a la secundaria –en Brasil, 41%; en México, sólo 35%.

Además, en una economía globalizada, ante un mercado laboral cada vez más competitivo, la baja calidad de la educación latinoamericana presagia un futuro poco prometedor para los niños de la región que sí terminan sus estudios. Alarmantemente, 50% de los mexicanos, colombianos y brasileños no han desarrollado las habilidades necesarias para entender los problemas más básicos de ciencias y matemáticas. Si consideramos el nivel de variación de la calidad educativa dentro de cada país, particularmente entre zonas urbanas y rurales, el panorama para la desigualdad es aún más desalentador.

Por si fuera poco, las nuevas tecnologías también están contribuyendo a ampliar la brecha de la desigualdad. Los trabajos que requieren habilidades tecnológicas – y, por lo tanto, una buena educación –, son cada vez mejor pagados. Mientras tanto, los salarios de los trabajadores poco calificados continúan estancados, o cayendo. Como Tyler Cowen explica en su libro Average is Over, “los trabajadores serán clasificados en dos categorías… La pregunta crucial para ser contratado para la mayoría de los trabajos será: ¿eres bueno para trabajar con máquinas inteligentes?

Hasta que encontremos mejores formas de que todos accedan a herramientas para formar parte de esta nueva era de la sociedad del conocimiento, la desigualdad sólo continuará incrementando. La educación es una las pocas maneras –quizás la única– que, como sociedad tenemos para solucionar de raíz el problema de la divergencia de ingresos, en lugar de sólo mitigar sus peores aspectos.