Algunas cosas ya cambiaron

La victoria de Mauricio Macri frente a Daniel Scioli pone fin a uno de los procesos electorales más emocionantes de nuestra joven democracia. Y, aunque probablemente estos meses se estudien una y otra vez en los años por venir, ya se pueden hacer algunas observaciones para intentar explicar lo que sucedió el domingo.

Las estrategias electorales de ambos frentes, en primer lugar, fueron diametralmente opuestas. Cambiemos, surgido del encuentro de PRO, la Coalición Cívica y la Unión Cívica Radical, optó por decidir su candidato presidencial mediante las PASO. Lejos de desgastar, esto legitimó a Mauricio Macri como candidato. El Frente para la Victoria hizo lo contrario: frustró con verticalismo las aspiraciones de Florencio Randazzo y se inclinó muy rápido por el resistido Scioli. Esta falta de competencia legitimadora hizo que el candidato oficialista tuviera que destinar mucha energía a convencer al kirchnerismo más ortodoxo de que él los representaba, mientras muchos de estos decían que lo votarían a regañadientes.

Algo similar ocurrió con el debate. Scioli, bajo la verdad no comprobada de que el que lidera la intención de voto no debate porque no le conviene, decidió no asistir y posibilitó que todos los candidatos no oficialistas compartieran un escenario y una foto ante un atril vacío. Creo que pocas cosas en toda la campaña hicieron más por acercar a los votantes opositores que esa decisión del oficialismo de no reconocer que el debate tenía un significado que trascendía la campaña y los candidatos: era el primer debate presidencial de la historia de nuestro país. Continuar leyendo

Democracia sin miedo

Las campañas políticas basadas en el miedo no son una novedad. Sin embargo, no siempre se reconoce una verdad incómoda: la campaña del miedo no es en realidad una campaña contra un candidato particular, sino una campaña contra la democracia misma. Puede servir para que gane un candidato, pero es la democracia la que siempre pierde.

En Creative Democracy, el gran filósofo norteamericano John Dewey advertía que la democracia no es algo que se preserve por sí misma. Dicho de otra manera, hay que dejar de lado la idea de que una vez puesto en marcha un régimen democrático el trabajo ya está terminado. Una idea muy característica de Dewey es que la democracia es un modo de vida e, incluso, un modo personal e íntimo de vida. En este sentido, la democracia implica que cada uno tenga y practique un conjunto de actitudes y conductas acordes.

Esto lleva a una conclusión fundamental: no es que las personas se ajusten a las instituciones democráticas, sino que esas instituciones son expresiones de las actitudes y las disposiciones de las personas. Sin incorporar esta dimensión personal corremos el riesgo de que nuestra democracia quede como un simple mecanismo formal: una cáscara que, en realidad, no protege nada. Continuar leyendo

Jóvenes, viejos y el cambio que necesitamos

Ser joven no es una virtud ni un defecto, como tampoco lo es ser viejo. Sin embargo, en política es habitual escuchar valoraciones positivas de lo uno y de lo otro: “Qué bueno que los jóvenes se involucren en política”, dicen algunos; o resaltan la virtud de la experiencia de un candidato. La realidad es que lo importante es menos la edad que la capacidad para hacer algo distinto, para aprender, para cambiar: jóvenes o viejos, tras muchos años de estancamiento, Argentina necesita cambiar.

La virtud viene de lo que hacemos con nuestras vidas, no de la edad que tenemos. Lo que sí traen los jóvenes es la esperanza del cambio. Por definición, nacieron y crecieron en el mundo que sus padres crearon y en gran medida lo entienden mejor. Manejan mejor la tecnología que sus padres, se comunican al doble de velocidad que ellos y procesan una cantidad de información impensable décadas atrás. Es cierto que la juventud es un accidente cronológico, pero también lo es que parece ser la astucia de la historia para que, paso a paso, avancemos y progresemos.

Esa esperanza de cambio, sin embargo, no siempre se cumple. Un peligro viene de la idea, aparentemente bienintencionada, de: “Los jóvenes son el futuro”. Por un lado, lo serán sólo y en cuanto se sumen a construir el futuro. Pero el problema es otro: la idea, el mantra, el cliché de que los jóvenes son el futuro es también una manera sutil de robarles el protagonismo en el presente. Si son el futuro, les toca esperar y su momento aún no llegó. Muchas veces, cuando un político más viejo le dice al joven que su tiempo es el futuro, simplemente está posponiendo su llegada a la discusión del ahora. Este peligro se salva haciendo algo muy sencillo: no posponiendo la participación y la discusión para otro momento. Continuar leyendo

Una tarea ineludible

El martes, Mauricio Macri anunció el Plan Belgrano para el norte argentino. Basta con una recorrida por las provincias a las que afectaría para encontrar una realidad ineludible: Argentina es un país que funciona a dos velocidades.

Por un lado, tenemos el centro, relativamente integrado a la economía internacional y con estándares educativos, sociales y económicos cercanos a los países desarrollados. Por el otro, el norte, donde la situación es completamente distinta y su desarrollo se dificulta cada vez más, con una desigualdad no atendida por las sucesivas políticas económicas y los distintos Gobiernos.

Para revertir este proceso hay que hacer que el norte crezca de manera sostenida por encima del promedio del país. Y no hay forma de lograrlo sin una intervención específica por parte del Estado, porque, con el marco actual, la brecha no hace más que ampliarse. Desde Cambiemos sentimos que la obligación de impulsar esta tarea no es solamente económica, es también moral. Continuar leyendo

Intelectuales por el cambio

Hace unas semanas, en una reunión del Grupo Manifiesto, un reconocido filósofo argentino criticaba con dureza al kirchnerismo y a Daniel Scioli en particular. Respecto de Mauricio Macri, pese a expresar diferencias personales hacia él y algunas críticas al PRO, señalaba que la gestión en la ciudad de Buenos Aires había sido muy buena. Por eso sorprendió cuando cerró su exposición diciendo que, en un eventual ballotage, lamentaba inclinarse por Scioli y no por Macri.

Para justificar su postura ejerció un pesimismo resignado. En su intento por desterrar prácticas políticas como el clientelismo, el nepotismo y la corrupción, un Gobierno de Cambiemos tendría problemas de gobernabilidad. Temía que eso, sumado al legado institucional y económico que deja el kirchnerismo, pudiera conducir a una crisis similar a la de diciembre de 2001. El kirchnerismo en el poder, en cambio, significaría la continuación de la degradación actual, pero eso sería mejor que arriesgar otro estallido. Se trata de una postura frecuente en el ambiente intelectual opositor: creer que nada realmente puede cambiar y que lo máximo a lo que podemos aspirar es a hacer más lento el proceso de deterioro que sufrimos. Continuar leyendo

El desafío de ser mayoría

Ya pasó más de una década, pero la historia es bien conocida. Con la crisis de 2001 y el final del Gobierno de la Alianza colapsó el sistema de partidos. Era la época del “Que se vayan todos”, el radicalismo había desaparecido del escenario político y el peronismo, con el Gobierno de Eduardo Duhalde, pasaba por una enorme crisis de legitimidad. Ese contexto de crisis y descreimiento fue el terreno en el que surgieron los dos grandes emergentes políticos del siglo XXI argentino: el kirchnerismo y PRO. Sin embargo, lo particular y peculiar de PRO es que no surgió dentro de una fuerza ya existente, como el kirchnerismo dentro del peronismo, sino por fuera de la política tradicional.

Este arribo de outsiders a la política es un rasgo común en los últimos años en América Latina. En este sentido, muchas veces se dice que el PRO es moderno. Habría que agregar que lo es no solo como un deseo, sino también como una realidad inevitable: Es el único de los grandes actores de la política argentina que nació plenamente en este siglo y no en el pasado o en el anterior. Por eso le suenan tan externas y extrañas las críticas que lo vinculan con Gobiernos y experiencias políticas con los que nunca convivió; críticas que además lo desconciertan, porque, paradójicamente, esa es la situación de sus contrincantes y sus denunciantes que sí formaron parte de Gobiernos y experiencias políticas por lo menos erráticas. Continuar leyendo

¿Continuidad o cambio?

A solo unos meses de las elecciones presidenciales, la gran discusión política pasa entre prorrogar cuatro años más de kirchnerismo o apostar a otra alternativa: detrás de la consigna “continuidad o cambio” se esconde nuestro destino próximo como país. Pero, ¿qué contenido hay detrás del binomio? Intentar responder a esta pregunta es de una importancia enorme en la Argentina de hoy.

En su sentido más básico, continuidad y cambio refieren al apoyo o la crítica de los lineamientos políticos y económicos del actual gobierno. Sin embargo, muchos de los que dicen querer un cambio reconocen aciertos del Gobierno, tales como la asignación universal por hijo o el matrimonio igualitario. Del mismo modo muchos de los que quieren la continuidad del kirchnerismo no niegan la necesidad de modificaciones para solucionar problemas como la falta de empleo, la inflación o la inseguridad. Considerada bajo este lente, la discusión del cambio y la continuidad parece tan solo una cuestión de grados. Continuar leyendo

ISIS: ¿el Islam es la solución?

Históricamente, la comunidad internacional intentó combatir los grupos fundamentalistas del Medio Oriente interviniendo militarmente y a partir de ahí tratando de secularizar el conflicto. Ahora, ante las atrocidades que viene cometiendo ISIS, una fuerte ofensiva militar se está complementando con una nueva alternativa: el combate teológico, la batalla por la definición del Islam. Lo que se busca es que el Islam sea una herramienta, y a largo plazo tal vez la herramienta central, en la pelea contra fundamentalistas.

El argumento que subyace a esta tercera opción fue resumido por un importante referente del clero musulmán, el Sheik Bin Bayyah: “Si no derrotas las ideas intelectualmente, las ideas van a resurgir”. Por eso, hay que combatir ISIS con el Islam y así evitar que sean los extremistas quienes definan la fe. El combate se está dando en tres niveles distintos: juristas y autoridades del Islam, sociedad civil y Estados nación. Continuar leyendo

En los márgenes de la paz

El pasado lunes se encontraron los cuerpos sin vida de los tres adolescentes israelíes perdidos desde el 12 de junio. El caso mantuvo en vilo al país durante las últimas semanas y alcanzó una enorme trascendencia a nivel internacional. Israel, y particularmente el primer ministro Netanyahu, responsabilizaron a Hamas, la organización terrorista palestina.

Este hecho, sumado al reciente pacto entre Hamas y la Autoridad Palestina, refuerzan la idea simplista de que estamos ante los dos bandos tradicionales en el conflicto: Israel versus Palestina. Sin embargo, al adentrarse en lo sucedido y en la relación entre las partes, la situación que se presenta es aún más compleja: Palestina, e Israel en algún punto, están lejos de ser actores homogéneos.

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La crisis de Corea y un rol para la Argentina

La cuestión de Corea es de larga data y fue, en los años cincuenta, uno de los casos más importantes que le tocó resolver a las Naciones Unidas poco tiempo después de su creación. La división de un país es casi siempre un último recurso y difícilmente sustentable, especialmente si a la partición geográfica se le une profunda brecha ideológica, de alianzas y de desarrollo. Mientras Corea del Sur es uno de los diez países más desarrollados del mundo, muy cercano a EEUU y de la forma de vida de “occidente” como elección estratégica; Corea del Norte, se ubica entre los países más atrasados, alineada con gobiernos autoritarios, y prácticamente sumergida en el aislamiento y el atraso.

Cuando las cosas se dan de esta manera la inestabilidad es casi inevitable y hoy el conflicto se volvió a agudizar. La gran diferencia con crisis anteriores radica en que Corea del Norte adquirió capacidad militar de vanguardia: posee tecnología nuclear y capacidad misilística de largo alcance, intercontinental, capaz de amenazar a los EEUU. Si bien no existe una receta simple para una crisis que involucra una dictadura emprobrecida, aislada y fuertemente armada, una primera reacción debería provenir del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Allí le cabe la voz más autorizada a China, el principal apoyo del régimen norcoreano hasta hace poco tiempo.

No obstante, Argentina es hoy miembro no permanente del Consejo de Seguridad. Aun más, entre los miembros no permanentes del Consejo es el único que posee capacidad nuclear autolimitada a su uso pacífico y tecnología misilística. Es por eso que a nuestro país también le cabe un rol en la búsqueda de soluciones a un conflicto que podría afectar al mundo entero. Al estar Argentina afiliada a la Organización Internacional de Energía Atómica y el Régimen de Control de Tecnología Misilística, puede junto con China y otros países interesados ejercer de “buenos oficios” con las Naciones Unidas.

No sería la primera vez que la Argentina contribuye a la búsqueda de soluciones en la cuestión de Corea. Durante los años noventa, por ejemplo, Argentina se incorporó a la Organización para el Desarrollo de la Energía de la Península de Corea (KEDO), que en ese momento había negociado el congelamiento y reemplazo del programa nuclear norcoreano para ofrecer experiencia y tecnología en materia alimentaria, imprescindible para un país atormentado por recurrentes hambrunas.

Cabe recordar que después de su prueba nuclear del 2006 el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas votó sanciones contra Corea del Norte. Nunca está del todo claro si las sanciones surten efecto en los países totalitarios o si sólo perjudican al pueblo. De allí la posibilidad que el dialogo entre pares en desarrollo que también se autolimitaron en cuestión nucleares -Argentina, Brasil, Sudáfrica, Ucrania, etc.- pueda ser más útil que el diálogo asimétrico de los poderosos contra un régimen acorralado y fuertemente armado. Por eso, un grupo de países en desarrollo podría ser más eficaz para abrir canales de contacto que EEUU y Japón, considerados enemigos de los norcoreanos. Las gestiones deberían canalizarse a través de las Naciones Unidas y bilateralmente con los países asiáticos más amenazados, como Corea del Sur y Japón, ya que al igual que China, son históricos interlocutores y socios de Argentina en los ámbitos multilaterales.

El escenario está a la vista. Lo peor para Argentina, un fuerte actor regional y global en estos temas, sería no hacer nada.