En los márgenes de la paz

El pasado lunes se encontraron los cuerpos sin vida de los tres adolescentes israelíes perdidos desde el 12 de junio. El caso mantuvo en vilo al país durante las últimas semanas y alcanzó una enorme trascendencia a nivel internacional. Israel, y particularmente el primer ministro Netanyahu, responsabilizaron a Hamas, la organización terrorista palestina.

Este hecho, sumado al reciente pacto entre Hamas y la Autoridad Palestina, refuerzan la idea simplista de que estamos ante los dos bandos tradicionales en el conflicto: Israel versus Palestina. Sin embargo, al adentrarse en lo sucedido y en la relación entre las partes, la situación que se presenta es aún más compleja: Palestina, e Israel en algún punto, están lejos de ser actores homogéneos.

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La crisis de Corea y un rol para la Argentina

La cuestión de Corea es de larga data y fue, en los años cincuenta, uno de los casos más importantes que le tocó resolver a las Naciones Unidas poco tiempo después de su creación. La división de un país es casi siempre un último recurso y difícilmente sustentable, especialmente si a la partición geográfica se le une profunda brecha ideológica, de alianzas y de desarrollo. Mientras Corea del Sur es uno de los diez países más desarrollados del mundo, muy cercano a EEUU y de la forma de vida de “occidente” como elección estratégica; Corea del Norte, se ubica entre los países más atrasados, alineada con gobiernos autoritarios, y prácticamente sumergida en el aislamiento y el atraso.

Cuando las cosas se dan de esta manera la inestabilidad es casi inevitable y hoy el conflicto se volvió a agudizar. La gran diferencia con crisis anteriores radica en que Corea del Norte adquirió capacidad militar de vanguardia: posee tecnología nuclear y capacidad misilística de largo alcance, intercontinental, capaz de amenazar a los EEUU. Si bien no existe una receta simple para una crisis que involucra una dictadura emprobrecida, aislada y fuertemente armada, una primera reacción debería provenir del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Allí le cabe la voz más autorizada a China, el principal apoyo del régimen norcoreano hasta hace poco tiempo.

No obstante, Argentina es hoy miembro no permanente del Consejo de Seguridad. Aun más, entre los miembros no permanentes del Consejo es el único que posee capacidad nuclear autolimitada a su uso pacífico y tecnología misilística. Es por eso que a nuestro país también le cabe un rol en la búsqueda de soluciones a un conflicto que podría afectar al mundo entero. Al estar Argentina afiliada a la Organización Internacional de Energía Atómica y el Régimen de Control de Tecnología Misilística, puede junto con China y otros países interesados ejercer de “buenos oficios” con las Naciones Unidas.

No sería la primera vez que la Argentina contribuye a la búsqueda de soluciones en la cuestión de Corea. Durante los años noventa, por ejemplo, Argentina se incorporó a la Organización para el Desarrollo de la Energía de la Península de Corea (KEDO), que en ese momento había negociado el congelamiento y reemplazo del programa nuclear norcoreano para ofrecer experiencia y tecnología en materia alimentaria, imprescindible para un país atormentado por recurrentes hambrunas.

Cabe recordar que después de su prueba nuclear del 2006 el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas votó sanciones contra Corea del Norte. Nunca está del todo claro si las sanciones surten efecto en los países totalitarios o si sólo perjudican al pueblo. De allí la posibilidad que el dialogo entre pares en desarrollo que también se autolimitaron en cuestión nucleares -Argentina, Brasil, Sudáfrica, Ucrania, etc.- pueda ser más útil que el diálogo asimétrico de los poderosos contra un régimen acorralado y fuertemente armado. Por eso, un grupo de países en desarrollo podría ser más eficaz para abrir canales de contacto que EEUU y Japón, considerados enemigos de los norcoreanos. Las gestiones deberían canalizarse a través de las Naciones Unidas y bilateralmente con los países asiáticos más amenazados, como Corea del Sur y Japón, ya que al igual que China, son históricos interlocutores y socios de Argentina en los ámbitos multilaterales.

El escenario está a la vista. Lo peor para Argentina, un fuerte actor regional y global en estos temas, sería no hacer nada.

Cuatro razones para un Papa argentino

La elección de Jorge Bergoglio como Papa es un hecho revolucionario para la Iglesia Católica y, por ende, por la sencilla cantidad numérica de sus fieles, para el mundo. Bergoglio, ahora Francisco, será no solamente el primer Papa argentino o latinoamericano, sino también el primer Papa del llamado “nuevo mundo”. El peso simbólico es enorme. No hace falta más que recordar que Juan Pablo II fue el primer Papa no-italiano desde el siglo XVI.

Para mí, la pregunta interesante es: ¿por qué un Papa argentino? No es, desde mi punto de vista, una casualidad. La elección de un Papa revela decisiones estratégicas y geopolíticas que transcienden la personalidad de la persona electa. Nuevamente, Juan Pablo II sirve como ejemplo; la elección de un Papa polaco en plena Guerra Fría no fue resultado del azar.

Existen por lo menos cuatro razones. En primer lugar, 42% de los católicos del mundo se encuentra en América Latina. La realidad es que el catolicismo es cada vez más una religión del mundo en desarrollo con un centro de gravedad numérica que se encuentra en Latinoamérica, Asia y África. La elección de un argentino responde a esa realidad.

En segundo lugar, esta elección surge también del reconocimiento de que Argentina tiene una gravitación especial en la región. A pesar de nuestros descalabros recientes, somos un país con un importante caudal de poder blando y, por eso, de influencia regional. En un continente plagado de corrupción y pobreza, un Papa argentino conocido por su lucha contra esos flagelos podría tener un impacto enorme.

En tercer lugar, Argentina no es solamente un país predominantemente católico, es también el país que disfruta del mayor número de judíos y musulmanes de América Latina. Ha sido, además, más que cualquier otro país de la región, un actor equidistante en la búsqueda de la paz en un Medio Oriente plagado por conflictos entre los tres grandes monoteísmos de raíz abrahámica. El nuevo Papa seguramente no podrá soslayar la búsqueda de soluciones a esos conflictos. Por eso no es un dato menor que provenga de un país donde religiones actualmente en pugna sangrienta en otras partes conviven de manera pacífica y fructífera.

Finalmente, Argentina es un país puente en un mundo que empieza a organizarse alrededor de distintos bloques económicos y políticos, un mundo en el que Occidente comienza a compartir influencia con los nuevos países emergentes. Argentina es del sur por ubicación geográfica; latinoamericana por historia, idioma y cultura; occidental por el apego a valores como los derechos humanos y la democracia que tanto costaron conseguir. Así, Argentina, como pocos países, combina las cualidades particulares y universales quela Iglesia Católica, en Francisco, necesita hoy encarnar.

Los desafíos para un Papa del siglo XXI

A los 85 años el papa Benedicto, nacido Joseph Ratzinger, sorprendió al mundo renunciando a su cargo como líder de más de mil millones de católicos. El Papa número 265 de la historia, Benedicto, fue electo en el 2005 con 78 años. Desde 1730 que no se elegía un Papa de edad tan avanzada. En su momento, su nombramiento como fue interpretado por analistas como un intento de extender, en su persona, la era de Juan Pablo II. Joseph Ratzinger, al fin y al cabo, había sido la mano derecha del Papa polaco, en lo que tenía que ver con el cuidado y la aplicación de la ortodoxia católica.

Por eso, su elección pospuso tomar decisiones importantes para el futuro de la Iglesia Católica, decisiones que podrían suscitar tensiones y hasta divisiones dentro de ella. La elección de un nuevo Papa ya no podrá postergarlas, cuestiones que se pasaron por alto en el 2005 no podrán, con toda seguridad, eludirse nuevamente.

Hay varios interrogantes que  se deberán enfrentar ante la elección de un nuevo Papa que se pueden resumir dentro de dos desafíos amplios y que, dependiendo de cómo se encaren, podrían marcar futuros distintos para el Catolicismo de la primera mitad del siglo XXI.

En primer lugar, ¿qué postura tomara el Vaticano ante el hecho que el Catolicismo es una religión no principalmente del mundo desarrollado sino del mundo en vías de desarrollo? Es una realidad demográfica. El 28% de los católicos se encuentran en América del Sur mientras que un 42% residen en América Latina. Un 15% se encuentra en África y un 11% en Asia, pero estas dos regiones son, respectivamente, las de mayor crecimiento. En contraste, sólo el 7% de los católicos del mundo habitan en América del Norte mientras que un 24% vive en Europa. Claro que Europa sigue teniendo una participación importante, pero si se tiene en cuenta que en 1970 concentraba al 40% de la población católica mundial, la caída es dramática.

El centro de gravedad numérica del catolicismo dejó de ser europeo. Todo hace pensar, entonces, que es solamente una cuestión de tiempo antes que las preocupaciones y necesidades del mundo en desarrollo pasen a dominar la agenda del Vaticano. Confirmar que se reconocen estas realidades sería la elección de un Papa proveniente de las regiones donde el Catolicismo florece. Sería, sin dudas, un hecho simbólico de enorme impacto. No hace falta más que recordar que la elección de Juan Pablo II convulsionó al mundo católico por ser el primer Papa no-Italiano desde el siglo XVI. Ese hecho demuestra no sólo cuan europeo, sino cuan italiano, ha sido tradicionalmente el Vaticano. Un Papa latinoamericano, africano o asiático, tendría un impacto enorme y podría movilizar fieles en el mundo en desarrollo por el reconocimiento obvio de semejante nombramiento, pero también en el mundo desarrollado ya que demostraría que el Vaticano está dispuesto a cambiar para adaptarse a su nueva realidad. Surgiría la imagen de una fe en movimiento y perfilado hacia sus fieles.

En segundo lugar, ¿cómo hará el Vaticano para navegar entre el Primer Concilio Vaticano y el Segundo? Este interrogante, que parece técnico e interno a la Iglesia, tiene implicancias enormes para  el (su desarrollo) futuro. El Primer Concilio de 1870 fue la primera respuesta del Vaticano al mundo moderno que surge de la revolución científica, la revolución francesa y el auge del nacionalismo europeo. Fue una respuesta conservadora. Este es el Concilio que adopta la doctrina de la infalibilidad del Papa y condena el liberalismo, la ciencia y la separación de Iglesia y Estado. El Vaticano decidió encerrarse en sí mismo al rechazar muchos de los desarrollos que se estaban dando fuera de la esfera de la Iglesia. En el Segundo Concilio de 1962, en cambio, se buscó abrir la Iglesia al mundo. En este Concilio se adoptan posturas hasta el momento impensadas: se reconoce que hay salvación fuera del catolicismo, se produce un acercamiento con el judaísmo y el protestantismo, se cambia al vernáculo el idioma de la misa y el sacerdote pasa a brindar la celebración de frente a la congregación en vez de espaldas como tradicionalmente se practicó. Si uno lo piensa en términos de conversación, el Primer Concilio adoptó la postura del monólogo, donde el mundo no tenía nada que ofrecerle a la Iglesia, es decir, la postura del rechazo. En el Segundo Concilio se enfatizó el diálogo, la idea de que se puede aprender del mundo y al hacerlo hay prácticas y creencias que cambian acordemente.

El problema que afronta el Vaticano es que la promesa de cambio del Segundo Concilio abrió la puerta a demandas que los Papas que vinieron después, entre ellos Juan Pablo II, desesperadamente trataron de cerrar. Demandas de cambio, por ejemplo, en la enseñanza de la Iglesia en temas como la homosexualidad, la anticoncepción, y el sacerdocio femenino. Ni Juan Pablo II ni Benedicto se mostraron dispuestos a flexibilizar posiciones en estas temáticas y nada indicaría que se pueda hacer en el futuro ya que la elección de un Papa del mundo en vías de desarrollo no cambiaría, necesariamente, el escenario. Casi todos los 117 cardenales que deberán elegir al nuevo Papa fueron nombrados por Juan Pablo II y Benedicto, lo cual prácticamente asegura que quien resultase electo compartirá el conservadurismo teológico de ambos. Más aún, la búsqueda de reformas en esas temáticas son banderas de las Iglesias en EEUU y Europa, no tanto en África, Asia o América Latina, donde las sociedades y sus representes eclesiásticas son más conservadores en materia de sexualidad y género. El interrogante de cuánto cambiar, y cuánto permanecer igual, se plantea en todas las religiones, y ahora, con la elección de un nuevo Papa, esa pregunta vuelve al primer plano.

Dentro de estos dos grandes desafíos hay otros. El próximo Papa tendrá que fomentar el diálogo interreligioso, en particular con el mundo musulmán. Deberá impulsar la percepción de una cultura compartida judeo-cristiana-musulmana como base para la paz en el mundo. A estas tres grandes religiones occidentales le sobran los lazos históricos para lograrlo. El próximo Papa deberá remediar el daño que le ha hecho a la Iglesia el escándalo de la pedofilia. No puede haber credibilidad moral sin encarar este tema, cueste lo que cueste y hasta las últimas consecuencias. El próximo Papa deberá también atender a la persecución que sufren católicos y cristianos en algunas regiones del mundo y a la corrupción e insensibilidad que posibilitó la crisis financiera que sacudió a varios países. El nuevo equilibrio mundial debido al auge de países emergentes es aún otro tema. Finalmente, aunque parezca menor, el Papa deberá manejar las redes sociales. Benedicto, al abrir su cuenta en diciembre del año pasado, fue el primer Papa de la historia con Twitter. Apenas dos meses después ya tenía más de 1.5 millones de seguidores. Para llegar a la juventud hay que acercarse donde ella esta. En esto sí, no hay manera de escaparle a la realidad de este siglo.

Cuatro observaciones sobre el acuerdo con Irán

El memorando firmado con Irán para aclarar el atentado a la AMIA culmina un largo proceso de contactos oficiosos iniciados poco tiempo después del atentado. Sin ignorar las justificadas pasiones y preocupaciones que suscita, cabe resaltar cuatro puntos preliminares.

Primero, la importancia estratégica que tiene el dominio de la tecnología nuclear de uso pacífico, volcada al diseño y exportación de reactores, para nuestro país. En un momento en que la Argentina ha cedido espacios en casi todos los ámbitos de política exterior donde ha sabido tener gravitación, gracias a  ese dominio mantiene un rol importante en cualquier discusión sobre no-proliferación y desarme, puntos centrales de las preocupaciones de los principales países.

Segundo, Irán no desconoce esta realidad. No sorprende entonces que desde el atentado de 1994 cada vez que Argentina estuvo por ingresar al Consejo de Seguridad se haya mostrado más proclive al dialogo. Este memorando se produce cuando nuevamente nuestro país ingresa al Consejo.

Tercero, Irán es un estado que está violando el régimen internacional de no proliferación y cuyo presidente ha negado en reiteradamente el Holocausto y el derecho del Estado de Israel a existir. Por eso, la difusión del acuerdo justo el 27 de enero, Día Internacional de Conmemoración de las víctimas del Holocausto, no parece un hecho feliz. Tampoco se puede permitir que el acuerdo ponga en duda los lazos históricos de amistad que nos unen con Israel ni haga que este país considere en peligro su seguridad. De allí que las inquietudes de Israel en obtener por la vía diplomática normal las explicaciones sobre el alcance del acuerdo parecen razonables entre países amigos y por tal motivo no deberían haber motivado la dura respuesta de nuestra Cancillería.

Cuarto, el programa nuclear iraní será seguramente uno de los temas más candentes del Consejo de Seguridad con la Argentina como miembro. Es imprescindible que la discusión bilateral con Irán no influya sobre nuestras posturas sobre la no proliferación, la instrumentación de las sanciones ya vigentes sobre Irán y al conflicto del Medio Oriente, cuestión de interés primordial en la renovada agenda de Obama y de Occidente en su totalidad.

Finalmente, conforme a Naciones Unidos el terrorismo es un crimen que viola los derechos humanos y pone en peligro la paz mundial. Su combate es parte de la actividad de dicho organismo y de las conversaciones entre los principales actores globales. Este es otro muy delicado a tener en cuenta cuando se encaran discusiones formales con un Estado enemistado que estaría fomentando el terrorismo.

De ser el acuerdo aprobado por el Congreso, se lanzará un proceso que durará años y que probablemente le tocará a otro gobierno atender.