Que no nos cuenten que somos lo que no somos

Ya en las postrimerías del año que se va, no puedo evitar reflexionar no solo sobre el 2014 sino sobre toda la década que estuvo bajo la órbita de esta misma administración. En aras de los derechos humanos, se ha tergiversado la historia y deformado y descompuesto las Instituciones. Pareciera incluso que se ha utilizado la ley con un sentido mas de venganza y oportunidad que con un fin de verdadera y sincera justicia. A nadie se le escapa que este gobierno cabalgó del extremo castigo y severidad a unos, a la extrema liviandad y liberalidad para con otros. Daría la sensación que los únicos delincuentes que cuentan para esta administración son aquellos imputados de haber violado la bandera de la que se han apropiado, la de los “derechos humanos del pasado”. Los otros delincuentes, los que violan los derechos humanos en la actualidad o cometen cualquier otro tipo de delito, pareciera que para este gobierno no solo no deben ser objeto de castigo, sino en todo caso, merecedores de todo tipo de contemplación.

Al amparo de esa “cruzada” contra los violadores de los derechos humanos del pasado, hemos presenciado todo tipo de troperías. Millones de pesos que nunca llegaron a sus destinatarios. Viviendas que nunca se construyeron. Indemnizaciones fastuosas. Funcionarios y/o allegados a ellos que se han vuelto multimillonarios. Pareciera todo permitido o justificado para los “defensores” de los derechos humanos “del pasado”.

Como parte de esa estrategia, se ha hablado hasta el cansancio de la década ganada. Pero a la luz de la situación actual del país, hoy nuevamente en default por no haber cumplido con la sentencia del juez Neoyorkino Thomás Griesa, sufriendo una inflación que según los expertos supera el 40%, que naturalmente se “come” el salario de los trabajadores, con un impuesto a las ganancias totalmente desvirtuado, que sencillamente se ha transformado en un impuesto al trabajo, con impuestazos que han destruído sectores enteros, como vemos sucede por ejemplo con el impuesto a los automóviles, o con el cepo cambiario que ha destruído entre otras cosas la plaza inmobiliaria, con una caída superior al 60% en la actividad si la comparamos con la de 2005, -y asi podría seguir exponiendo esta realidad-, advertiremos, que los únicos que realmente han “ganado” en esta década, han sido los allegados a esta administración, sus socios y/o amigos, que han hecho verdaderas fortunas, y/o las han incrementado sorprendentemente.

Tan solo deténganse en lo que sucedió por caso con la Presidente, quién acrecentó su fortuna personal en un 687% desde 2003 a la fecha, según informó un sorprendido diario brasileño, o con el patrimonio del matrimonio presidencial, que de 2003 a 2011 habría experimentado un crecimiento del 3540% . Ni que hablar de casos como el de Báez, que de empleado bancario pasó, al calor de esta década, a convertirse en uno de los millonarios mas investigados quizás, tanto por jueces nacionales como de otras latitudes. O aquellos que se han beneficiado con los millones de dólares que entraban al país en valijas desde Venezuela sin que nadie pudiera explicar su origen ni destino; o con los miles de dólares encontrados en baños de importantes funcionarios, sin que nadie pudiera explicar su origen ni destino. Década ganada…para unos pocos según se ve.

Diría a fuerza de ser honesto, que es la década ganada por la corrupción y la impunidad. Se ha intentado sistemáticamebte socavar los cimientos de nuestra sociedad, y de nuestra historia. Se quiso inventar un relato, y construir alrededor de él una matriz “Bolivariana” que no ha logrado otro efecto que el de dividir a la sociedad y descomponer las Instituciones. No hay mas que ver lo que sucede con el Poder Legislativo, que a fuerza de un ejercicio abusivo de las mayorías, se ha convertido en una “escribanía” al servicio del Ejecutivo, haciendo oídos sordos al reclamo de la ciudadanía y desnaturalizando su escencia y finalidad. O el enfrentamiento que se ha provocado dentro del seno del Poder Judicial, donde se ha producido una grieta entre jueces y fiscales, que vaya uno a saber que consecuencias deparará de cara a lo que viene. Hoy vivimos el absurdo de ver enfrentados jueces contra fiscales; una Procuradora General que denuncia a jueces y/o fiscales que investigan a funcionarios y/o empresarios vinculados al poder. Y jueces que denuncian o investigan a fiscales que se niegan a investigar a esos mismos funcionarios y/o empresarios vinculados al poder.

Pero esa década, final y felizmente llega a su fin. El ocaso de este autoritarismo bolivariano ya se vislumbra, se percibe, se siente. No finaliza tan solo el 2014 sino toda una década injusta, una década perdida. Asoma en cambio no solo un nuevo año, sino una nueva era. En la noche de fin de año, cuando alcemos nuestras copas y brindemos por el 2015 tan ansiado, tan esperado, que viene con la esperanza de las tan liberadoras elecciones, no nos detengamos en lo que pasó, ni en lo que se perdió, o se sufrió, a modo de lamento, sino a título de reflexión para que no nos vuelva a pasar un gobierno como el que se va. Que ese pensamiento dé paso a la esperanza, a la libertad, a la alegría, para que el país recupere su norte e identidad de siempre, y no permitamos que nunca mas, se nos quiera reformular nuestra historia, ni revisionar nuestro pasado. Que no nos cuenten que somos lo que no somos. Muy feliz año nuevo para todos los argentinos.

El peligroso encanto de la impunidad

“Ganar” una década perdiendo valores no parece ser la mejor ecuación.  Principios éticos que creíamos incuestionables hoy están siendo desvalorizados o, si se quiere, revalorizados de forma negativa, en beneficio de otras alternativas, donde el trabajo, el estudio y la justa compensación por el mismo parecen metas distantes para los jóvenes en formación. ¿Cuál es el incipiente resultado de esta fórmula? La honestidad y el respeto a la sociedad se convirtieron en paradigmas poco redituables. Así es, estimado lector. El Modelo nos presenta una nueva y atractiva salida laboral: delinquir.

Hace unos días nos informaron al pasar, entre toses y silbidos, como si fuese un anuncio que no afecta el ordenamiento social en lo más mínimo, la siguiente resolución: “La Justicia ordenó equiparar los derechos laborales de los presos en el mismo rango que los de una persona libre”, según un fallo ordenado por la Cámara Federal de Casación Penal.

Más de una década de “Vamos por todo” trajo como consecuencia que la línea que divide lo moralmente reprochable, de lo tolerable dentro de una sociedad, se está volviendo cada vez más delgada. Amparados en consignas vacías, los supuestos militantes del amor nos despojan de los derechos más básicos y de una sensación que todo pueblo necesita para crecer: la justicia prevalecerá. Veo difícil que esto suceda si se sigue persiguiendo a jueces y fiscales que no se dejan seducir por caprichos partidarios.

En Argentina, el salario de un preso que está dentro de las condiciones del sistema carcelario es de aproximadamente $4.400, más los beneficios obtenidos (ART, aguinaldo, vacaciones, llamadas ilimitadas, entre otras). Y cada preso nos cuesta a todos los trabajadores y jubilados… a todos los argentinos $30.000 mensuales. Pero con las comodidades que les otorgaron recientemente, la delincuencia no parece una opción descabellada y no se ve tan mal ante los ojos de quien debe decidir si levantarse a las cinco de la mañana para viajar a trabajar o subirse a una moto y asaltar turistas a punta de pistola. Considerando, en suma, que la jubilación mínima jamás se acercó a estos números.

Algunos de los primeros alcanzados por este beneficio fueron un grupo de presos VIP del penal de Ezeiza. ¿Qué me diría si su padre, o su abuelo, que trabajó toda su vida para brindarle a usted las mejores oportunidades de desarrollo, hoy perciben un monto menor que una persona que está detenida por asesinato, violación, robo, corrupción o narcotráfico?

Poner los derechos laborales de los presos al mismo nivel que los derechos de un trabajador. Ahí está el eje principal del debate. Especialmente si contemplamos que en un año más de 100 mil personas (según cifras oficiales) perdieron su trabajo, aumentó la tasa de precarización laboral y el empleo en negro. ¿Por qué la sociedad debe pagarle al recluso cuando es él quien está en deuda con todos nosotros?

¿Este es el país que queremos? ¿Una Argentina de tratamiento desigual, de Derechos Humanos para algunos y de décadas ganadas para pocos? Por lo menos yo no, y creo que la mayoría de los argentinos tampoco. Depende de nosotros que esto no suceda.

Feliz navidad para todos los trabajadores y jubilados de nuestro país, que se esfuerzan por creer en un futuro mejor.