Mi desayuno con Gabo

La verdad, nunca le llamé Gabo, o Gabito. Hubiera querido, pero nunca fui parte de ese privilegiado círculo de amigos y escritores que se reunían frecuentemente con Gabriel García Márquez, el novelista más importante de nuestro tiempo. Es más, ni siquiera lo conocía en persona.

Como millones de lectores, crecí con él, leyéndolo, analizándolo, tratando de llegar hasta el hueso de cada una de sus frases perfectas. Su carpintería era única; siempre parecía encontrar la palabra exacta para decir lo que quería. Y eso requería mucho trabajo, mucho talento y muchas páginas en la basura. (Se nos olvida ya que la computadora es post-Aureliano Buendía y su descubrimiento del hielo.)

En mi época universitaria, García Márquez ya era García Márquez, el genio de Cien años de soledad y el mejor exponente del realismo mágico – esa manera tan nuestra del ver el mundo. Macondo es América Latina. Y en este rincón del planeta donde todo es posible – dictadores que no mueren, niños con colas, mujeres que flotan, amores eternos y fantasmas más vivos que los vivos – García Márquez fue el primero en darle voz y legitimidad.

En 2004, cuando un colega periodista me invitó a un evento en Los Cabos, México, donde iban a homenajear a García Márquez, acepté con una condición: preséntamelo.

Continuar leyendo

Dos ciudades imposibles

Venecia y Las Vegas son dos ciudades imposibles. No deberían existir y, sin embargo, ahí están. Una de ellas amenaza con hundirse y no se hunde, y la otra sobrevive inmune al viento, la arena y el calor en la mitad del desierto.

Por uno de esos extraños itinerarios que solo aterrizan en las agendas de periodistas desorganizados, hace unos días yo estaba en Venecia y hoy amanecí en la ciudad donde un gran hotel inventó en el lobby una grotesca réplica de Venecia, con góndolas y gelato . Imposible compararlas.

Pero si algo tienen en común Venecia y Las Vegas es que ambas desafían la imaginación y la arquitectura. Sus edificios se alzan como un reto al mar y al desierto, como niños berrinchudos que se resistieran a aceptar los obstáculos de la naturaleza y jugando construyeron sus castillos de arena.

Venecia es hermosa y sublime -aunque sus aguas se mezclen con excremento y apesten en el verano. En uno de sus laberínticos canales perdí mi celular, durante una visita previa, y es lo mejor que me pudo haber pasado; dejé de tomar fotos y el mundo exterior desapareció.

En este último viaje me adentré a las zonas donde viven los venecianos, donde el turista se siente perdido y la ropa sucia cuelga entre canales. Los jóvenes venecianos tienden a irse por falta de trabajo y porque están hartos de nosotros, los viajeros. Pero hay tantos momentos en Venecia en los que uno piensa ¿cómo alguien se va a querer ir de aquí?

La magia en Venecia ocurre cuando, de pronto, estás solo y apenas oyes el agua rebotar suavemente contra las paredes de ladrillo que hace siglos perdieron el rojo. En cada viaje busco esa magia, y siempre me he despedido con ese silencio tan veneciano incrustado entre mis orejas.

Venecia, en sus días de gloria como Ciudad-Estado en el siglo XV, incluso se daba el lujo de ser vulgar, con más prostitutas por habitante que muchos imperios y particularmente en carnaval. Pero nada como Las Vegas.

Vegas (el “Las” ya se perdió) es artificial y parece siempre recién hecha. En las mañanas se le ven todas las costuras. Pero en la noche  -!ay, la noche!- sus clubes, casinos, suites, tiendas, restaurantes y bares llevan la vida al límite, exprimiéndola, el exceso es la norma, como si fue ramos empujados por un Dios rebelde que nos acaba de confesar que esto se acabó y el sol no saldrá más.

Pero la magia de Las Vegas está en haberse inventado un lugar en la mitad de la nada, donde todo se vale. Y eso requirió -requiere- un ejército de ingenieros, vestuaristas, trabajadores, croupiers y magos que mantienen vivo el sueño de la inmortalidad y la riqueza.

A veces uno se queda con la impresión de que Las Vegas está hecha de cartón, que es un escenario removible y pintado con el color de moda. Sin embargo, lo realmente sorprendente es lo que ocurre detrás de esa máscara de fiesta. La ciudad está llena de trabajadores-magos que tienen por objetivo hacerle creer a sus visitantes que lo mejor aún está por venir.

Mis despedidas de Venecia y Las Vegas fueron totalmente distintas. En Venecia fue una promesa de que, pase lo que pase, regresaré pronto. De Las Vegas me fui pensando que, ojalá, pasara mucho tiempo antes de regresar. En Venecia me faltó tiempo mientras que las horas que pasé en Las Vegas se sintieron como sobredosis.

Las Vegas y Venecia son productos de la imaginación, de esa maravillosa resistencia a aceptar lo que tenemos. Venecia y Las Vegas no deberían existir, son ciudades imposibles, y por eso no las podemos sacar de nuestra cabeza.

Los rusos quieren más

MILAN – Los rusos están por todos lados. Dos adelante y cuatro detrás de mí en la fila para mostrar el pasaporte en el aeropuerto de Venecia. El único funcionario italiano que nos atiende habla ruso.

Seis damas rusas, con bolsas y bolsas de compras, se apoderan de una mesa en un restaurante de moda cerca de Via della Spiga en Milán. Afuera, en un hermoso patio interior, un padre ruso llega con sus tres hijos perfectamente uniformados con chaquetas fosforescentes, verde y naranja. Pide en ruso una mesa, y el mesero italiano se la da inmediatamente.

El cuarto de mi hotel ofrece seis canales en ruso y sólo tres en español. En el de Londres, unos días antes, fue la misma historia. Un diario local describía cómo los inversionistas rusos, temerosos de guardar su capital en Moscú, han invadido el mercado de valores londinense y disparado los precios de las propiedades en la que ya es, sin duda, la ciudad más cara del mundo.

No es algo nuevo para mí. Vivo en Miami, donde los rusos veranean todo el año y su presencia en clubes, los malls y en restaurantes de lujo ha dejado de llamar la atención.

Continuar leyendo

La rebelión del pajarito

Nicolás Maduro, el líder autoritario de Venezuela, está rodeado de pajaritos. Un “pajarito chiquitico” le silbó una vez y él creyó que era el espíritu del fallecido Hugo Chávez (aquí está el video en que habla de esa milagrosa aparición).

Pero además, Maduro está rodeado de otros pajaritos, azules – los de Twitter – que le están haciendo la vida imposible.

Aunque tenga su cuenta abierta (@NicolasMaduro), odia a Twitter. Lo ha llamado “esas máquinas imbéciles”, según nos recordó hace poco el historiador Enrique Krauze. Maduro censura brutalmente los medios tradicionales de comunicación – TV, radio, diarios – pero con las redes sociales y la Internet no puede. Y si intentara bloquear a Twitter o a cualquiera otra red, otras opciones tecnológicas brotarían de inmediato (hemos visto que esto ocurrió recientemente en Turquía, después de que el gobierno del Primer Ministro Recep Tayyip Erdogan tratara de bloquear allí el Twitter).

Maduro dice que no mata ni reprime, pero basta un clic para que aparezcan cientos de videos en YouTube.com que lo contradicen.

Es la rebelión del pajarito. O, como lo describió el New York Times, “la globalización del desafío”. Censurar la prensa y tratar de que el mundo no se entere de los abusos del poder en Venezuela es inmaduro y estúpido.

“Hay que asumir la idea de que hay 3 mil millones de personas en el planeta con cámaras de televisión en sus manos”, me dijo en una reciente entrevista el profesor Jeff Jarvis, el gurú del periodismo del futuro. “Éste es un momento muy interesante para reinventar la televisión.”

Es cierto. Como periodista no puedo competir contra miles de testigos de las rebeliones en Caracas y Kiev. Así que, lejos de rechazar todo el material que suben a internet y a las redes sociales, hay que aceptarlo, identificarlo, verificarlo, ponerlo en perspectiva y destacar lo que es relevante. Esa es parte de nuestra nueva labor periodística. Pero eso no lo entiende Maduro, quien se formó con las ortodoxias y abusos del propio Chávez.

Lo que pasa es que Maduro todavía gobierna y reprime a la antigüita. Denuncia como “fascistas” a quienes se oponen a su régimen totalitario, pero no se da cuenta de lo mucho que se parece al dictador Augusto Pinochet cuando ordena a sus milicos y a la Guardia Nacional detener a los estudiantes. Digámoslo con absoluta claridad: los soldados y la Guardia Nacional no podrían haber disparado contra los manifestantes sin la autorización tácita del comandante en jefe, Nicolás Maduro.

Justificando sus brutales acciones, Maduro dijo en una entrevista con Christiane Amanpour, de CNN, que en Estados Unidos, como en Venezuela, no se permitiría un movimiento que buscara derrocar al presidente. Pero en Estados Unidos no podría estar en el poder un presidente que manda matar estudiantes. En Venezuela sí.

Ningún demócrata – ninguno – puede apoyar o promover un golpe de Estado. Y una salida democrática al régimen de Maduro no está a la vista. El Artículo 350 de la Constitución bolivariana claramente establece que “el pueblo desconocerá cualquier autoridad que menoscabe los derechos humanos.” Pero la Asamblea, controlada por chavistas, no va a sacar a Maduro del poder. Hoy Maduro perdería un referéndum revocatorio, pero la ley no lo prevé hasta el 2016.

Las protestas en las calles no pueden seguir aguantando tantos muertos. Por eso un editorial del diario español El País dijo que “las protestas podrán irse extinguiendo por la represión y el cansancio. Pero es solo cuestión de tiempo que vuelvan a brotar, y con más fuerza.”

Es posible que Maduro caiga por su propio peso: por sus muertos y por su obvia incapacidad para manejar el país – y que sean los propios chavistas quienes le pongan la zancadilla. Pero, tarde o temprano se irá: no puede ser presidente alguien que mata a sus propios jóvenes. Punto.

Esto nos lo dijo un pajarito.

(¿Tiene algún comentario o pregunta para Jorge Ramos? Envíe un correo electrónico a Jorge.Ramos@nytimes.com. Por favor incluya su nombre, ciudad y país.)

César Chávez en la Casa Blanca

WASHINGTON – César Chávez, el líder histórico de la comunidad latina, nunca fue invitado a la Casa Blanca. Al menos ocho presidentes pudieron invitarlo, pero no lo hicieron.

Quizás porque Chávez hacía sentir muy incómodos a los poderosos. O tal vez porque le tenían miedo a alguien que había bautizado a sus perros “Boycott” y “Huelga”.

Una de las mejores cosas de Estados Unidos es esa voluntad de disculparse públicamente y de corregir errores. Por ejemplo, estoy seguro de que, tarde o temprano, este país rectificará el gravísimo error de haber deportado a dos millones de personas en seis años y de haber esperado casi tres décadas para legalizar a la mayoría de los 11 millones de indocumentados. Eso vendrá. Pero lo que ya ocurrió fue la invitación de César Chávez a la Casa Blanca.

Hace unos días el presidente Barack Obama invitó a los actores de la nueva película César Chávez – Michael Peña, América Ferrera y Rosario Dawson – y a su director, Diego Luna, a la Casa Blanca. Junto a ellos estaban Dolores Huerta, la principal aliada de Chávez en el sindicato de campesinos United Farm Workers, Paul Chávez, el sexto de los ocho hijos del líder, y una docena de familiares. Yo estaba de testigo y aquello fue una fiesta. César Chávez, por fin (y aunque de manera simbólica, en un filme), había llegado a la Casa Blanca.

Continuar leyendo

El Chapo, los chapitos y los marihuaneros

La buena noticia es que el “Chapo” Guzmán todavía no se ha escapado. La última vez, en el 2001, sus carceleros se quedaron enojados porque se salió sin avisarles. No volverán a cometer el mismo error. Pero la mala noticia es que ya hay competencia para reemplazar a el Chapo y que aquí en Estados Unidos hay más marihuaneros que nunca. No es para lloverle a la fiesta del presidente de México, Enrique Peña Nieto: capturar a uno de los hombres más buscados del mundo es un triunfo, y se logró sin disparar una sola vez cuando las autoridades irrumpieron en el condominio donde Guzmán se escondía, en Mazatlán. Pero la captura ocasional de un importante jefe del narcotráfico no reducirá la violencia en México ni pondrá fin a la guerra contra las drogas.

La estrategia de perseguir a los jefes de los carteles de las drogas no genera paz ni seguridad. Se arresta a un Chapo y, al rato, aparecen más chapitos. Ésa es la regla de este mortal juego. En enero de este 2014 fueron asesinadas 1,366 personas en México (según cifras oficiales) y hubo 132 secuestros. Estas cifras son casi las mismas que las de enero del año pasado y, para nuestra desgracia, serán casi iguales en este marzo, abril y mayo.

Continuar leyendo