Siria: la guerra que Obama no quiere

Barack Obama no es un pacifista.

Cuando ganó (prematuramente) el premio Nobel de la Paz, el presidente de Estados Unidos habló en su discurso de aceptación en Oslo, Noruega, sobre los momentos en que es necesario iniciar una guerra. “No erradicaremos los conflictos violentos durante nuestra vida”, dijo Obama en diciembre de 2009, cuando apenas llevaba 11 meses como presidente. “Y habrá ocasiones en que las naciones verán el uso de la fuerza como algo necesario y moralmente justificable”.

La pregunta que le urge responder a Obama ahora es si es “necesario y moralmente justificable” atacar o invadir a Siria para terminar con el sanguinario régimen de Bashar Al Assad. Durante los últimos dos años, el dictador sirio ha causado la muerte de miles de sus compatriotas que se han levantado contra su gobierno. Sus métodos de tortura son espeluznantes y culminan, muchas veces, con la muerte del interrogado. Y recientemente la Casa Blanca investiga informes acerca del uso de armas químicas en contra de la población.

Es comprensible el temor de Obama de iniciar una nueva guerra para Estados Unidos. Las encuestas dicen que los norteamericanos ya no quieren involucrarse en otro conflicto armado. Cuando Obama tomó posesión en enero del 2009 se convirtió también en comandante en jefe de un ejército que luchaba en dos guerras: Irak y Afganistán. Hoy Estados Unidos ya se retiró de Irak y para finales del 2014 lo hará en Afganistán. Pero el costo ha sido altísimo: en vidas humanas, en dólares y en credibilidad.

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Dos dirigentes que no pueden dirigir

Enrique Peña Nieto, el presidente de México, y el presidente Nicolás Maduro, de Venezuela, tienen algo en común: millones de sus compatriotas creen que ganaron con trampa las pasadas elecciones y, por lo tanto, consideran que sus presidencias son ilegítimas. Esta falla de origen ha marcado los gobiernos de Peña Nieto y de Maduro. Por eso, muchas de sus acciones están destinadas a tratar de demostrar que sí se merecen el puesto y la autoridad que tienen.

En México, aunque muchos no estén de acuerdo todavía, el debate sobre la legitimidad de Peña Nieto ha ido pasando a segundo plano. Ya es noticia vieja las acusaciones de que usó muchos más recursos que sus contrincantes para ganar la elección. Y la reciente visita de el Presidente Barack Obama a México –aunque exprés y hasta apresurada– le da el visto bueno a Peña Nieto y le permite concentrarse en otras cosas.

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Vivir con acento

El acento es una belleza y una brújula. Dice inmediatamente de dónde venimos, el tiempo que llevamos en Estados Unidos, con quién nos juntamos, qué hacemos y qué buscamos. El acento se puede tratar de ocultar pero, como el césped que rompe el cemento, siempre brota con una palabra inesperada.

Los hispanos, con una fuerza superior a los 52 millones, estamos cambiando la forma en que este país suena. En las calles de todas las grandes ciudades se escucha el español. Varios de los programas más vistos de la televisión en Los Ángeles, Houston, Miami, Chicago y Nueva York son en español. Hace poco Univisión, que transmite en español, se convirtió en la cuarta cadena de Estados Unidos en los niveles de audiencia, desplazando al quinto lugar a la cadena NBC.

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Cuando nadie está seguro

Después de una tragedia, los psicólogos recomiendan que hablemos con nuestros hijos y les digamos que están seguros. Que eso que ocurrió no les va a pasar a ellos y que nosotros los vamos a proteger. El problema con ese mensaje es que no es cierto.

Estoy seguro de que los padres de Martin Richard, el niño de 8 años que, junto con otras dos personas, murió cuando dos terroristas denotaron sendas bombas cerca de la meta final del Maratón de Boston, le habían dicho que no debía tener miedo cuando ocurrieran tragedias como la matanza en la escuela primaria de Newtown, Connecticut; que aquello que había visto u oído en televisión nunca le iba a suceder a él.

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La amenaza a Yoani Sánchez

La amenaza de la dictadura de los hermanos Castro contra la periodista y bloguera cubana Yoani Sánchez fue directa. Esto fue lo que me dijo ella durante una entrevista en Miami: He sufrido arrestos, he sufrido golpes y eso no me ha dolido tanto. Pero la última vez que estuve detenida, una oficial de la seguridad del estado me dijo: ‘¿Tu hijo monta bicicleta? Que tenga cuidado.’ … Eso me llegó al alma”

Sánchez sabe que su mayor vulnerabilidad es su hijo, Teo, de 17 años. “Sí, ese es mi punto débil”, reconoce. Ella sabe que puede haber graves represalias por lo que dice. Pero sigue hablando. ¿Por qué? “Claro que le temo a las represalias, pero ¿qué voy a hacer? Pienso que la mejor manera de protegerme es seguir hablando”.

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La larga sombra de Hugo Chávez

La pregunta en Venezuela es si puede haber chavismo sin Chávez.

La historia está repleta de ejemplos en que, una vez muerto o desaparecido el caudillo o dictador, se acaba su régimen y su legado. Pero el experimento chavista en Venezuela no parece haber desaparecido con la muerte de Chávez el pasado 5 de marzo y lucha por su sobrevivencia en las elecciones del próximo 14 de abril. El chavismo venezolano se está comportando como el viejo Partido Revolucionario Institucional mexicano. Está tratando de demostrar que el partido y sus ideas pueden superar cualquier obstáculo, incluyendo la muerte de su líder. Chávez, como todos los presidentes priístas desde 1929 al 2000, escogió a su sucesor con un dedazo. Y el escogido – Nicolás Maduro – no tuvo más mérito que haberle caído bien a su jefe.

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