La benevolente figura del lavado para la corrupción K

El asunto en el caso Kirchner-Lázaro Baez-Fariña no es ni el lavado de dinero ni la evasión impositiva, es el asalto durante una década a las arcas del estado a la vista de todos. Los Kirchner jamás han escondido sus delitos, lo que hicieron fue llegar hasta el 2008 con una complicidad tan generalizada que quedará en la historia de la vergüenza nacional.

Al Capone fue apresado por evasión impositiva y siempre se señala eso como una genialidad, pero en realidad era pura impotencia, porque el mafioso más célebre de la prohibición no era un asaltante sino que hacía negocios en áreas que el gobierno había decidido prohibir, sin que hubiera víctimas. Era un delincuente porque su actividad iba acompañada de todo tipo de crímenes, pero no del robo. Vendía alcohol a quién quisiera comprarlo. El Estado al prohibirlo dejó ese mercado sólo para a los delincuentes.

Con las drogas el problema aumentó porque los flujos de dinero se hicieron exorbitantes Esa prohibición a diferencia de la del alcohol, se hizo mundial.

Tampoco el dinero del narcotráfico es robado, pero ¿cómo perseguir a los narcos internacionales por evasión impositiva?

No creo siquiera que exista acción por evasión por actividades sin víctimas que se encuentran prohibidas, porque no hay forma de pagar impuestos por algo que el Estado decide que no se puede hacer, sin someterse al castigo establecido. Es decir, se transforma en la elección entre dos castigos, pagar impuestos se vuelve una confesión y una entrega, por lo tanto si en los tribunales se pudiera discutir todavía de cosas serias que definen al sistema político (cosa imposible), creo que las acciones por evasión contra un Al Capone no podrían prosperar con seriedad. Si yo fuera juez al menos, porque o la actividad está prohibida o se recaudan impuestos por ella, pero las dos cosas juntas no cierran desde el punto de vista lógico. Ni siquiera entro en la cuestión de que la evasión tampoco debería ser delito.

El invento del delito del lavado de dinero es más incoherente todavía. Resulta que se transforma en crimen no sólo una actividad sin víctimas sino un movimiento (del negro al blanco) que permite al Estado cobrar impuestos, que antes estaban siendo “evadidos”. Al Capone preso por evadir, y un señor X del narcotráfico por lavar, es decir por hacer algo para dejar de evadir. Gataflorismo penal del Estado prohibicionista.

Lo único coherente (no digo justificado) por lo que se podría perseguir a Al Capone y a los narcos es por desobediencia. Esos son todos los delitos sin víctimas. Pero el Estado no quiere asumir su autoritarismo.

Igual que los mafiosos, los funcionarios ladrones hacen una exhibición orgullosa de cómo pagan impuestos, como si eso fuera un indicio de que la plata por la que pagan se la ganaron.

Acá viene la diferencia entre los narcos, Al Capone y ellos. Los primeros no robaron nada, se les debió inventar figuras o forzar otras. En cambio los lavadores de dinero robado al erario público tiene como víctimas a todos los “contribuyentes” y al Estado en lo inmediato. Lo que tienen no les pertenece.

Para los corruptos que se les diga que no pueden justificar el origen de sus fondos es una buena noticia, porque es un tema menor frente al hecho de que no es su dinero y si logran pagar impuestos son los tipos más felices del mundo. Total nada del monto imponible es de ellos.

Por eso, atención. Que el caso Fariña esté en el casillero de la evasión, es un síntoma más de la impunidad con la que los K se llevaron todo.

No bajan la inflación, la mandan a un solo precio: la tasa de interés

La inflación no terminó, ni se apagó, ni se controló, ni se bajó. Tampoco el dólar se ha calmado por un rato porque la moneda trucha argentina se haya estabilizado. El gobierno de la señora Kirchner y sus brujos ensayan un nuevo truco que consiste en concentrar todas las exteriorizaciones del problema en un solo precio, que de cualquier manera afecta a toda la economía: la tasa de interés. Ortodoxia menguelista de la más pura cepa. Le llamo menguelismo al uso de instrumentos para obtener resultados usando a las personas como animales de laboratorio.

Mientras el elenco artístico kirchnerista despliega su comedia llamada “precios cuidados”, la política antiprecios en las góndolas se maneja en el Banco Central, haciendo pases mágicos para que las tasas de interés sean lo suficientemente altas para que una buena cantidad de pesos emitidos para pagar las cuentas del Estado (que no paran de emitirse) se atesoren como préstamos al propio gobierno. Éste a su vez no llevará a cabo ningún negocio que justifique pagar esas tasas, todo se traduce en un nuevo quebranto que alimenta el mismo círculo vicioso. Una enorme zanahoria como para que solo suba la zanahoria y todas esas asociaciones de consumidores creadas por el kirchnerismo festejen la inutilidad de su existencia.

Es fácil de notar que en la lista de “precios cuidados”, el precio tal vez más importante de todos que es la tasa de interés, no figura.

Lo que obtiene el gobierno es calmar las góndolas y dejar que algunos pobrecitos de La Cámpora crean que han conseguido algo con la vigilancia. Ya produjo destrucción al alterar los precios relativos con la emisión y el lanzamiento al mercado de pesos sin contrapartida, ahora realiza otra alteración en sentido contrario con la tasa de interés. Todo a lo Menguele.

Ahora bien, si alguien piensa que esta es una inflación que la gente no sufrirá, se equivoca. Hay tanto ni-ni (que ni piensa ni le importa) desprevenido, que mejor aclararlo. La tasa de interés determina qué negocio es rentable y qué negocio no lo es. Si poner un quiosco genera un retorno del 10% y prestarle al gobierno un 11% sin correr ningún riesgo, entonces se sacrifica producción por financiamiento a la vagancia. Las tasas que hoy pagan los bancos como consecuencia de esta política iniciada a principios de febrero alcanzan al 25%. ¿Qué otro quiosco además del Frente para la Victoria genera beneficios a guarismos tales que justifique pagar esas tasas más el spread bancario?

Lo que hace el oficialismo mientras le miente a la gente con la ayuda de casi toda la prensa, cómplice o boba, es lo que dijeron que no iban a hacer: enfriar la economía. O más bien congelarla, para que los balances no se vean feos a ver si algún organismo internacional menguelista consuetudinario como el FMI le presta contra semejante dibujo.

El problema siempre es que el que está siendo financiado no tiene cómo ganar, cómo producir, cómo para pagar sus deudas y justificar la tasa que paga. Entonces tenemos enfriamiento del mercado y a la vez el iceberg otra vez creciendo y creciendo. Los que están en la tasa hoy saben que el iceberg existe, van a elegir cuándo saltar a los botes.

Hay un alternativa por supuesto al enfriamiento de la economía, que es el enfriamiento de la vagancia, del sector improductivo. Esto es el “Estado para todos” o Estado para bobos, más precisamente. Pero eso no lo van a hacer. ¿Para qué les sirven las soluciones que los sacrifiquen a ellos mismos? Nunca Menguele experimentó sobre sí mismo ni sobre su familia.

Esto termina como ya lo sabemos. Lo contó Roberto Cachanosky hace unas semanas en La Nación. Estamos en otro Plan Primavera, una lavadita de cara, con ácido sulfúrico. No hace falta que les diga que después de aquella primavera no vino ningún verano.

Listado de condiciones mínimas para que me importe que no tengas luz

  1. Que no hayas votado nunca a los K.
  2. Que no seas de los que se la pasa lamentando la década del 90.
  3. Que no te hayas enamorado nunca de Página 12.
  4. Que no seas estatista.
  5. Que no hayas apoyado la estatización de YPF y el resto de las empresas.
  6. Que no te haya gustado nunca el fascismo ni le hayas llamado “estilo”.
  7. Que no hayas apoyado el golpe contra la Corte de los K.
  8. Que no creas que el terrorismo es justificable por “ideales”.
  9. Que no identifiques derechos humanos con un pensamiento colectivista ni te creas que este gobierno se caracteriza por su defensa.
  10. Que no estés pidiendo la estatización de las distribuidoras ni repitiendo que lo que pasa es “que no invierten”.
  11. Que no confundas “vaciamiento de empresas” con no cumplimiento de objetivos ideológicos nacionalistas.
  12. Que quieras que los K paguen por lo que hicieron y se recupere todo lo robado por ellos, sus contratados y acomodados.
  13. Que no hayas apoyado el robo de los fondos de las AFJP.
  14. Que entiendas por qué todo lo anterior está relacionado con la falta de luz.

Solo si todas las condiciones se cumplen, lo lamento muchísimo y espero que pronto podamos lograr que la Argentina sea un país normal y respetable.

Semana de furia y el doble efecto Sobremonte

Los cordobeses vivieron en carne propia la paradoja política de sostener con altísimos impuestos e inflación un Estado nacional que se declara prescindente cuando sus vidas y propiedades están en peligro. El kirchnerismo ha provocado por su torpeza y espíritu vengativo el “efecto Sobremonte”.

Así como el marqués de Sobremonte, virrey del Río de la Plata, abandonó la ciudad en 1806 con “la caja”, dejándola librada a su suerte, Cristina Kirchner dijo una vez más “el Estado es mío”, pero cometió el mismo error de aquel personaje histórico. Aquella vez los porteños entendieron su realidad, el sometimiento era sin contraprestación. Tres años después de la segunda invasión inglesa ocurrió la Revolución de Mayo.

Como si hubiera querido sumar motivos a mi afirmación de que las provincias deben independizarse, lo que hizo el oficialismo fue como Sobremonte emprender la retirada y develarse.

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Las provincias deben independizarse

El 1º de mayo de 1853 y después de cuarenta años de divisiones e incoherencias políticas, la Argentina logró la unión nacional sancionando una constitución. No se trata sólo de la piedra fundamental del sistema jurídico y político del país, sino también de un pacto federal por el que las provincias históricas dieron origen al Estado nacional bajo sus condiciones.

Un siglo y medio después mucha agua ha corrido bajo el puente. De la primitiva autonomía provincial queda poco. Al costado del sistema constitucional se erigió una realidad política que lo sobrepasa, unitaria, despótica, con gobernadores que sirven al partido oficial y una presidencia omnímoda que de acuerdo al pensamiento que predomina carece de responsabilidad. La facción que gobierna lo hace a través de una caja con la que somete a los gobernadores y mantiene a sus partidarios a los incentiva a hostilizar a los ajenos.

Peor es la situación del fundamento liberal de aquél pacto de unión, no solo ha desaparecido sino que coinciden todas las ofertas partidarias más relevantes en rechazar los principios que además de dar origen a la Argentina como país en aquella constitución, motivaron el inicio de su proceso de independencia.

La Argentina de 1853 no existe más y por lo tanto tampoco el compromiso de las provincias que ni siquiera cuentan con la posibilidad de contar con sus propios recursos. El Estado nacional a su vez no presta servicio útil alguno al ciudadano, es un enorme barril sin fondo del que distintas bandas se quieren apoderar invocando cualquier doctrina justificatoria a mano. Se trata de un negocio que no tiene vestigios de orden legal, cuyo fin es servir a los objetivos de una banda a cargo con la anuencia explícita o la indiferencia de otras bandas en competencia.

Los recursos de muchos municipios alcanzarían para financiar todo tipo servicios públicos locales por mucho menos de lo que el Estado nacional les extrae.

Todo esto lleva a una conclusión que ya es obvia. El Estado nacional no sirve para nada y las condiciones que obligaban a las provincias a mantenerse unidas a la nación han desaparecido para siempre.

El debate sobre la independencia de las provincias debe comenzar.

La violencia populista

Max Weber, con total realismo, definió al Estado como la forma de violencia institucionalizada. Comparado con la manera en que es invocado el Estado en la actualidad (no solo en los países populistas), la definición podría desconcertar a más de un desprevenido. Pero es así, el Estado manda y cobra sin preguntar. Se impone. Se podría trazar una exégesis de lo que hoy consideramos el poder establecido y la dominación de tipo patriarcal que el mismo autor examinó con todo detalle. Se trataba de un tipo de dominio ilimitado en lo formal, pero sustentado en prestaciones y contraprestaciones. Una forma de protección supone otra de obediencia en lo que yo llamaría poder consentido. Si esa relación es de hecho o de derecho daría para una gran discusión a mi juicio, pero en tanto no se lo cuestiona, nada más continúa de un modo en algún sentido natural.

La institucionalización vendrá después, cuando haya que explicar más la cosa y el vínculo prestacional no sea tan claro. Cuando el patriarcado quiera extenderse a los no protegidos, por distinguirlos de algún modo, a los “hombres libres” en sentido estricto. El poder es entonces con más nitidez “político” y tiene que encontrar una justificación porque no es tan evidente que convenga a ambas partes. Éste será el campo del “relato”, del mito o de la simple simulación que hará correr ríos de tinta en busca de una “legitimidad”. El hecho es que llegamos al Estado moderno como esa violencia cargada de reglas, institucionalizada y de alguna manera pretendiendo un vínculo patriarcal entre gobernantes y súbditos que incluso no serán llamados de la esa manera.  Lo que llamamos “poder público”.

La institucionalización supone ahora varias cosas, como por ejemplo que el poder político es una extensión de nuestra voluntad (democracia), que nos protege, que se guía por reglas objetivas, que actúa (agrede) en función de nuestros intereses tomados de manera general, que existe una igualdad ante la ley y que esa ley está por encima del gobierno. La violencia del poder está encorcetada bajo el concepto de “bien común”, bastante discutible de todos modos.

Estos elementos que dan peso al complemento institucional y dominan o tornan inofensiva para las personas pacíficas esa violencia, es lo que nos mantiene libres a pesar de no ser nosotros “el poder” en realidad.

Pero imaginemos que ese poder atado pierde sus reglas. O que las reglas lo son en sentido formal porque al examinarlas comprobamos que dicen que el poder hace lo que quiere. Por ejemplo dice “derechos humanos” cuando la arbitrariedad alcanza a los propios de la facción y dice “presencia fundamental del Estado” cuando el disciplinado es un extraño, un “otro”. Es decir que no son verdaderas reglas, instituciones, sino propaganda de algo que esconde otro tipo de cosa. Supongamos que nuestra voluntad está muy restringida, que votamos tal vez pero muchos de los que votan dependen del gobernante y no al revés, con lo cual nuestra participación en las decisiones se ve disminuida de modo notable por intereses que nada tienen que ver con nuestra protección y a su vez los otros que aparecen votando en realidad se parecen más a verdaderos siervos. Es más, el poder es ejercido para favorecer a los que mantienen con el poder un flujo de prestaciones y contraprestaciones en el que ya no somos unos súbditos protegidos sino el pato de la boda. Supongamos que el poder se nutre de activar a una masa importante de la población en nuestra contra, convirtiéndonos en enemigos del Estado. Supongamos que las reglas objetivas ya no existen sino que tienen nombre y apellido, que lo que es válido para los amigos no es válido para los enemigos. Es más, bastaría suponer que podemos ser definidos como enemigos por nuestros protectores para que la idea de Estado como sinónimo de “violencia buena” desaparezca. Supongamos que el poder nos muestra que su violencia se utiliza para beneficiar a los gobernantes, amigos y aduladores y que paga por ser defendido a ultranza y por atacar a los molestos. Supongamos que cuando alguna institución molesta a la voluntad del gobierno, se la aplasta. Cuándo pasa todo eso, la violencia institucionalizada pierde la mitad civilizada de su naturaleza y es nada más que violencia. Entonces Max Weber diría que lo único que queda de su Estado es eso, la violencia.

El Estado es un aparato sostenido por esa idea muy discutible, hasta débil, que es la de “bien común”. En función de eso y no ya de lo que quisiera un monarca o un patriarca benevolente, recauda. Es decir se queda con parte de nuestro trabajo. Qué otra cosa que un asalto es un impuesto si todo el vínculo anterior se ha desnaturalizado.

El populismo es el sistema más eficiente de violencia estatal ejercida sobre las personas, porque no se puede fotografiar. Sucede por desaparición del elemento institucional que mantenía a la violencia a raya. Externamente no pasa nada distinto a lo que pasaba antes de esta pérdida institucional, así que nos dirán que no hay violencia. Como una familia en la que los padres ponen todas las reglas. Esto sucede porque los padres nutren y protegen. Pero si los padres son los operadores de un sistema de bullying interno dejando de nutrir y proteger la orden tiene otro valor, se transforma en un sistema de denigración y castigo. Un régimen familiar sin ese afecto es un totalitarismo. Un Estado sin institucionalidad, sin esas reglas, sin esa igualdad ante la ley, con los roles entre servidores y servidos invertidos, también lo es.

El sistema es eficiente porque no se ve, pero el Estado populista desprovisto de ataduras, que de manera abierta favorece a un grupo y perjudica a quienes no son cómplices es de una altísima violencia cuando convierte al juez en un militante, cuando el policía pasa a ser el ladrón, el diputado el delegado del presidente, el presidente un concedente de privilegios, el jefe de la recaudación un agente de policía político, el que es pagado con dinero público para informar un propagandista. Eficiente como un motor que no pierde energía en forma de calor.

El populismo significa la evolución de la revolución, ejercida con una violencia explícita, a la infección como forma de transformar la regla protectora en regla disciplinadora.

Sumemosle ahora la parte que sigue siendo ineficiente. El grito, la invitación a la división, la retórica violenta en señalamiento permanente de enemigos internos. Un aparato de propaganda y difamación y un mecanismo vigilante bullying ejercido desde determinadas usinas. Un señor dice algo inconveniente y se lo ataca desde las redes sociales con lenguaje descalificante, multiplicando manifestaciones de desprecio y denigración, todo realizado por empleados públicos. Programas de televisión y radio que se dedican a destruirlo y aislarlo, reforzados por medios privados que reciben fondos públicos para sumarse al sistema de bullying en un mecanismo que se denomina “asesinato de la reputación”, pero que va mucho más allá del problema de la fama. Persigue otra forma de violencia tradicional y extrema, que es el ostracismo interno, la transformación de la víctima en un objeto, al cual transferir toda la cobardía de la sociedad agredida. Su aislamiento. El mensaje es que todo aquél que protesta será sometido al ostracismo interno, y los que son cómplices serán recompensados. La cobardía frente a ese clima apabullante es manejada por la mayoría de las personas con una identificación con el agresor, que multiplica los efectos del ambiente tóxico. Los cobardes eligen agredir con el agresor, para no ser agredidos con el agredido.

Mientras tanto esa violencia ya caprichosa, nada institucionalizada pero que en su infección habla de instituciones, también cierra el camino a ser denunciada transformándose en denunciante de violencia. Se crean fantasmas, se señala cualquier tipo de manifestación privada fuera de lugar como una forma de violencia no solo equivalente, sino excluyente respecto de la que ejerce el poder, para taparse. No es raro, es bien coherente que ese Estado encabece campañas contra la violencia de género y dicte leyes que definen a la violencia de un modo en el que por supuesto queda él mismo definido en su bullying generalizado diario. Pero al denunciar a otros de sus propios crímenes también obtura la posibilidad de ser denunciado.

Del bullying y de la cobardía disfrazada de adhesión participan todo género de colaboradores. Unos pegan, otros se dedican a minimizar, relativizar, desviar la atención. Incluso a maltratar a las víctimas igualándolas con el agresor o a descalificar a los que denuncian como poco serios. Porque si los que denuncian son serios, ellos no solo son cobardes, sino también cómplices.

Así se enferma todo el sistema con esta revolución travestida en infección. La enfermedad de los que están afuera consiste en no hacer nada, en no denunciar. En hacer como que no está pasando nada y mostrar que hay elecciones, que hay críticos, que todo sigue igual cuando todo ha cambiado y los que se quejan o los llaman nazis exageran o están locos.

Llega el punto en que ya no quiero permitirle a la gente que no se ha solidarizado con Alfredo Casero simular que son moderados o serios o que no ven problema en un “debate” entre un aparato nazi de bullying político y un señor que tiene a todos sus colegas debajo de la cama, cuando no contribuyendo con algún insulto. Que sepan todos lo que han estado haciendo y mucho peor, lo que no han estado haciendo.

El santuario

Hay que reconocer que el poder político es algo mucho menos serio de lo que se viene pensando en el último par de siglos. Tanto esfuerzo por ponerlo en caja, tornarlo previsible, servicial, hasta protector, que el deseo no le deja lugar a la mirada atenta. El propósito de amansarlo mediante instituciones cuando no se alcanza deriva en mistificación.

Se producen dos bandos, los aburridos que lo atan y los divertidos que lo desatan. Los divertidos están cada vez que hay que repartir para cosechar sonrisas y los aburridos nos recuerdan que toda cuenta se paga. Los divertidos acusan a los aburridos de no querer fiesta y los aburridos están aburridos de explicar que antes de festejar hay que tener con qué. Lo que pasa es que cuando se tira el dinero de otros la responsabilidad parece más tediosa que cuando uno tiene que pagar.

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Contra la pobreza, afán de lucro

 “La mitad de daño que se hace en este mundo se debe a gente que se quiere sentir importante. 

No es que quieren hacer daño, sino que el daño no les interesa”

T. S. Eliot

En The Truman Show (Peter Weir – 1988) el protagonista tiene un amigo asignado por los guionistas. Hay una escena con una carga dramática extraordinaria en la que Truman y su amigo artificial están conversando en un muelle, en la que el primero le habla al segundo de sus dudas, le abre el corazón como se hace con cualquier amigo de verdad. Pero éste no es de verdad, sus gestos son para la cámara, espera el efecto en el público, imagina cómo se ve él y respecto del otro se encuentra a una distancia afectiva abismal. De algún modo Truman lo percibe igual que lo ha hecho el resto del día con su trabajo, en su propia casa donde la rubia que hace de su mujer aprovecha cualquier ocasión para meter un PNT (publicidad no tradicional). Es un show, el rating es emotivo, lacrimógeno y en algún sentido limitado verdadero. Pero sólo verdadero dentro del juego. Los que lloran tienen que ser buenos, siempre es así en la ficción.

La televisión es a veces ficción también cuando pretende ser crónica. La ficción produce emociones impunes, irresponsables. Es gratuito sentirse compungido por la muerte del héroe, total no hace falta hacer nada por él. Los que van a rescatar al soldado Ryan siempre son los que están en la pantalla. Para eso hemos pagado la entrada.

El problema es cuando hay gente que no está jugando como Truman o cuando todo queda reducido a demagogia y manipulación y se ven los hilos. El que sufre se convierte en insumo de un espectáculo de novela. Pero no de novela de Balzac, sino de Migré. De repente alguien puede denunciar al falso amigo, al programa, por estar jugando con lo que no se debe, a la situación, y ser visto por los llorones como enemigo de la amistad. Todo puede pasar. Algo de eso ocurrió en el programa Periodismo para Todos del domingo.

Jorge Lanata ha cumplido un papel muy destacado en el final de un sistema horroroso de gobierno, de mistificación, manipulación y abuso llamado kirchnerismo. Sistema que no sólo incluye a los partidarios sino también a los que guardaron silencio o simularon oponerse mientras disfrutaban las mieles de pertenecer a la casta estatal. Esa en la que no existe la responsabilidad ni el despido ni la rendición de cuentas, en la que la vagancia es un pacto general. Todos se sienten parte de un club, antes que representantes de los que no son parte de él. La vida dentro del Estado es fácil y el kirchnerismo se ocupó de comprar a unos, asustar a otros y darles buena calefacción y viajes pagos al resto. Ese sistema en colapso encontró un Lanata que dejó la siesta y salió a contar lo que en el país se había estado silenciando en un contexto de la trata de empresarios, políticos, periodistas, faranduleros, músicos, militontos, etc. Por él una sociedad censurada y autocensurada recibe dosis terapéuticas de verdades todos los domingos. Lo curioso y anormal es que un programa aislado sea fuente de legitimación para habilitar temas viejos y romper el pacto de silencio. Pero en todo caso ese no es problema del periodista y ese mal que le pese es su lugar hoy.

A esta altura se preguntarán qué tiene que ver The Truman Show en todo esto. Bien, el domingo pasado tuvimos al amigo artificial y a la lágrima para mostrar una colecta en la ciudad de Los Ángeles, ni mayor ni menor que otras tantas que ocurren en la Argentina, pero que servía para mostrar cierta adhesión internacional al programa.

Una colecta mal pensada. Juntaban ropa que era fácil advertir que sería imposible de enviar con el estado de macumba económica general en el que el comercio es un atentado contra un engendro llamado “industria nacional”. Como casi todos creen en eso, creo que hasta el propio Lanata, cómo no iban a haber requisitos imposibles para mandar cosas gratis si parece que el fin de las aduanas es que tengamos que comprar cosas más caras. La campaña, por lo tanto, por más buena, simpática que fuera la gente de Los Ángeles, era un fracaso. La información podría haberse completado destacando la locura que significa que haya que dar alguna explicación diferente en ese caso que cuando se mandan zapatillas desde Chivilcoy. Pero el asunto no era mostrar otra cosa que la “bondad” en estado puro, una que era internacional y contarle a los gritos a la mano izquierda lo que había querido hacer la derecha. Así que hubo que pasarle a los argentinos exiliados de un país lleno de demagogia los videos del programa anterior, el que los había hecho llorar, para que vuelvan a llorar pero ahora en público, en el prime time de canal 13.

En el programa anterior se había mostrado a Truman padeciendo la falta de agua en el paraíso socialista que la generación idealista nos trajo robando unas cantidades importantes en el camino. Información relevante porque destruye el cuento de la “inclusión” que se supone que justifica el robo. ¿Qué cosa diferente tiene esta argentina post K a la anterior como no sea esa casta estatal privilegiada conociendo los restoranes de Las Cañitas? Truman era en este caso gente sumamente pobre, fuera de la frontera productiva que deja el elefante llamado sector público en el que viven los vivos. Y el amigo de Truman eran unas personas de Los Ángeles, que habían empezado como amigos de verdad y fueron convertidos previo casting en otro insumo.

El hashtag elegido por el programa (#ArgentinaUrgente) fue, no por casualidad, el de otra campaña demagógica oportunista de una década atrás llamada “el hambre más urgente”, que no consistía en juntar un peso, sino en sacar una ley que iba a terminar con el hambre, promovida por una cantidad de gente “buena” que sólo gente mala podía criticar.

Perdón por el escepticismo, alguna gente me quiso convencer de que no importaba toda esa demagogia si en definitiva aumentaban los volúmenes de donaciones. No creo que el fin justifique los medios, ni que los medios conduzcan a ningún buen fin. Así no se arreglan las cosas, los pobres necesitan empresas, caminos, gente que sea capaz de ganar dinero. Esos emprendedores que buscan beneficios son necesarios incluso para los que tienen una visión de criadero de la gente sin recursos. Porque los repartidores no tienen nada si antes no acumularon los emprendedores. Las personas a las que se etiqueta como “pobres” pueden darnos muchas lecciones de supervivencia y de cómo ganarse la vida, sólo si dejan de aplastarlos con impuestos y regulaciones y con impuestos y regulaciones a todas las personas con las que tendrían que tratar para salir adelante. Si dejan de aumentar el gasto público para para sostener a inescrupulosos pseudoartistas o burócratas que conjugan el verbo “articular” como modo de parasitar a la población.

Una de las peores cosas de estas exhibiciones impulsivas es que detrás de todo está la idea de que el afán de lucro y la solución de la pobreza son fuerzas en competencia, lo cual es una falsedad absoluta económica y también moral. No se puede dar sin producir. El que da si no es el que produce es un accesorio, un gerente del final de la cadena que empieza y se hace posible porque alguien obtuvo una ganancia. Esa ganancia además, y es lo más importante, ya redujo la pobreza mucho antes de ser regalada. Cuando no se regala, sigue combatiendo la pobreza por medio de la inversión o el ahorro. Si algo necesita la verdadera caridad para existir es previo afán de lucro y estas olas de invitaciones al sacrificio ignoran esa realidad, porque en nuestra cultura un tanto parasitaria el que produce no es un héroe, no da rating ni hace llorar.

La caridad en sí, como la amistad, no tiene un fin económico sino afectivo. La caridad no da de comer y por más que en un aspecto la caridad puede solucionar un problema inmediato, caridad no es colocar a otra persona en situación de dependencia total, convertirla en instrumento, en juguete para verse en el espejo como un falso héroe de una falsa moral.

Pero sobre todo la caridad no puede ser impostada y el hecho de desentenderse de los resultados ya nos permite saber a qué tipo pertenece. Hay caridades que no tendrían un punto de rating, no sirven como espectáculo. Está en los vínculos cercanos, esos que no son impunes, que generan responsabilidad y no pueden ser un toco y me voy. Esa cuesta, sobre todo desde el punto de vista afectivo. Y no es que valga por costar, pero sirve para medirla en su profundidad.

En otra parte del programa Lanata habló de una recaudación extorsiva hecha por Guillermo Moreno para supuestamente enviar ayuda a los inundados de La Plata. Ese botín no había llegado a destino y eso era lo que le preocupaba. Es decir, no había que devolverle el dinero a los dueños sino perfeccionar el crimen inicial, como si no estuviera mal o no tuviera consecuencias. Como si el la extorsión no fuera causa de pobreza.

Luchar contra la pobreza es poner una empresa. Y si no se puede poner una empresa denunciarlo. También es defender la legitimidad del afán de lucro y tratar a los reguladores como lo que son. Unos inútiles destructores de riqueza. La caridad, la verdadera y no la del Truman Show, es una maravilla para mejorar nuestros vínculos. Ricos no nos hará.

Sé que es muy fácil agarrar este artículo y presentarlo como un ataque a la gente de Los Ángeles, que será maravillosa, no lo dudo. O como un ataque a Lanata que con sus más  y sus menos le ha hecho un gran servicio al país mostrándole lo que no quería ver. Pero es sólo una opinión. Si estuviera muy equivocada a nadie le debería importar.

¡Eso, señora @CFKArgentina, vayamos a la quiebra!

Tanto se ha criticado el uso de Twitter por la presidente de la Nación y sin embargo parece haber hecho en esa red social un aporte muy interesante en su paso por la cumbre del G20. Le sobraron caractéres para “tuitiar” que en su reunión con el primer ministro de Japón Shinzō Abe le habló de la necesidad de formular una ley de quiebras a nivel internacional como una forma de enfrentar el problema de la deuda pública impaga.

Lo correcto hubiera sido hablar de un tratado, pero de cualquier manera lo que propuso la presidente es una genialidad, lo que no estoy muy seguro es de que sea consciente de lo que implica.

La quiebra supondría al menos dos cosas importantes para nosotros y para los acreedores. La primera sería la liquidación de los bienes de la fallida, esto es, empresas comerciales, negocios como el Fútbol para Todos y todo tipo de activos que tengan un valor económico. La segunda, la indagación sobre la responsabilidad penal de sus administradores. Toda quiebra abre una investigación sobre la posibilidad de que fuera fraudulenta, que existan acreencias inventadas, contratos realizados sólo para vaciarla en beneficio de sus administradores. Un caso típico serían empresarios proveedores amigos de los gobiernos, que se pudiera sospechar además que fueran testaferros. También operaciones que escondan prestaciones a título gratuito, es decir, sin una contraprestación justificable para el Estado, como los recitales de Fito Páez, propagandistas contratados en los medios públicos o la pauta oficial.

Ambas cosas serían muy convenientes para los argentinos. Los acreedores en lugar de cobrar a costa de impuestos contra los contribuyentes argentinos que no acordaron ningún crédito con nadie, deberían rematar los bienes del Estado, que de paso ya no tendríamos que mantener. Tendrían algo con qué cobrarse también los acreedores internos, como los jubilados por ejemplo. Las compañías comerciales en primer lugar y todo tipo de activos se rematarían en su beneficio. A su vez esos activos serían un límite a los acreedores, ellos no podrían pretender continuar sus pretensiones contra particulares.

Una vez que fuera establecido ese procedimiento, la capacidad de endeudarse de los estados sería limitada porque sus potenciales prestamistas deberán analizar su solvencia en base a sus bienes y a un flujo razonable y no al simple cálculo de que son un barril sin fondo dado que tienen la capacidad de obligar a terceros a trabajar para pagar sus deudas.

Supongamos que dejamos de lado otra de las consecuencias de la quiebra que sería la intervención de la administración por parte de un síndico para llevar a cabo el procedimiento, si la Argentina hubiera sido declarada en quiebra en 2002 el gobierno del matrimonio Kirchner hubiera sido de verdad uno de los mejores de la historia, porque no hubiera podido hacer nada de lo que hicieron desde que llegaron al poder. Por ejemplo, la idea de la quiebra es incompatible con su negativa a que se embarguen los bienes del Estado.

De cualquier manera sospecho que más que en una quiebra la señora estará pensando en una suerte de “paga Dios”, es decir, que los estados puedan ofrecer a los acreedores lo que quieran y que esto no sea simplemente una situación “de facto” derivada de que no se los puede rematar, sino una prerrogativa avalada por los sindicatos de gobiernos. Quiere mantener el “es esto o nada” que es lo que le permitió a la Argentina lograr un nivel de adhesión al canje tan alto que ahora le permite pensar que los holdouts son una minoría testaruda, pero con cualquier mecanismo de quiebra eso no hubiera sido igual de sencillo, su margen de maniobra hubiera sido otro y el gobierno de los Kirchner hubiera terminado con la quinta de olivos convertida en un Club Med.

De cualquier manera el tratado del “paga Dios”, que supongo que es como la señora entiende a su propuesta, también sería conveniente para los argentinos. Porque el Estado quedaría fuera de los mercados de crédito para siempre. La reducción a la nada de la posibilidad de cobrar haría que nunca más se le prestara un centavo. Y lo hubiéramos logrado sin tener que elegir en las elecciones a un gobierno serio, cosa que está visto que no queremos hacer bajo ninguna circunstancia.

Por desgracia para nosotros y por suerte para la señora Kirchner, lo que propone no es lo que va a pasar. Nadie quiere acabar con el negocio de unos falsos insolventes que están legitimados para cobrar impuestos y hacer responsables como siervos a individuos privados de cualquier compromiso que quieran firmar. Lo mejor para todos los que están en el juego es la prolongación de la situación indefinida en la que de vez en cuando algún juez pueda jugar al derecho sin hacer justicia de verdad nunca.

CFK tiene la suerte de no tener razón

Los juegos retóricos del kirchnerismo, en su total decadencia, aburren. Pero vale la pena utilizar sus actuales invocaciones para invalidar de una vez y para todas el veneno con el que intentaron inocular a las raíces republicanas de nuestra constitución.

Si el número en las elecciones fuera determinante de una legitimidad del tipo que estaban defendiendo hasta ayer, se tendrían que ir ya, junto con la totalidad de los jueces de la estudiantina llamada “justicia legítima”. Eso sería ahora “democratizar” al Poder Ejecutivo y a la Justicia. El gobierno de Cristina Kirchner debiera darse por terminado dado que un 75% de los votantes lo rechazan. Lo único que les permite seguir es, en principio, el sentido de legalidad que estaban negando con fanatismo durante la discusión sobre la intervención del Poder Judicial o las arremetidas contra la prensa por ser contraria al credo obligatorio de los supuestos dueños del 54%. Es decir, todavía están ahí porque el gobierno es gobierno por lo que dice la Constitución y no por el mero grito de las urnas.

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