Una concepción monárquica de la política llega a su fin

El kirchnerismo es un sistema feudal de provincias marginales que una vez llegado al poder elaboró una alianza de conveniencias con un sector de los organismos de Derechos Humanos y algunos restos de revolucionarios fracasados. Tan feudal que, en Santa Cruz, lo mismo que en Formosa, la reelección es para siempre, y ahora aparece el hijo dedicado a los negocios opinando que la madre nos debe seguir gobernando. Una concepción de la monarquía encarnada en su versión decadente pero hereditaria: de Néstor a Cristina, a la hermana Alicia que se ocupa de los necesitados; o como en Santiago del Estero y Tucumán, donde el poder se queda en familia porque se eligen matrimonios. Menem y Kirchner expresaban la visión marginal de la política que teníamos como sociedad. Triunfadores en provincias donde ni siquiera se imponía con transparencia la democracia.

Ahora estamos cambiando esencialmente de actitud; los candidatos surgen de Santa Fe, Córdoba, Capital, Buenos Aires o Mendoza; es decir, provienen de democracias con alternativas. Claro que nos falta un paso fundamental y es devolverle el contenido a la política. Para el poder económico los partidos eran la Fundación Mediterránea e IDEA, los lugares donde los gerentes defienden los intereses de sus patrones. El poder de los negocios dejó en un sinsentido al lugar de las ideas y en eso nos convertimos en uno de los más atrasados del continente. La dirigencia política fue seducida por el poder de los negocios y en el fondo, después de tantas vidas entregadas a los sueños de cambio, demasiados candidatos son pura imagen sin ninguna idea. Incluido el gobierno que confunde ideas con enemigos, odios y resentimientos.

El menemismo fue la entrega de la política a la farándula y los negociados. Su herencia marcó una decadencia que el kirchnerismo sólo enfrentó con la mística de los empleados públicos y los necesitados subsidiados con planes sociales. Los personajes del kirchnerismo sólo se caracterizan por la obediencia convertida en obsecuencia. De tanto aplaudir y repetir el mantra de la década ganada ningún candidato podrá sobrevivir al enfermizo personalismo de la Presidenta. Los rostros de los aplaudidores van ingresando al anonimato de los sin rasgos particulares; baten palmas y se mimetizan con una multitud tan ficticia como rentada.

El gobierno sabe inventar enemigos para justificar sus desaciertos, pero de tanto odiar a los de afuera ha dejado de gobernar con eficiencia. La ideología la pintan de revolucionaria pero la ineficiencia no se puede disimular con nada. Quien gobierna tiene enemigos, pero eso no implica que estos justifiquen la incapacidad. Una cosa es hacer discursos y otra muy distinta es conducir con talento hacia el éxito.  Gritarle a los buitres puede ser un camino hacia el fracaso de toda negociación. Tantos gritos sólo porque imaginan que los partidos se ganan en la tribuna.

Néstor Kirchner nos sacó del miedo al dólar y de la inflación desmedida. Cristina nos hizo retornar a aquel lugar de atraso y debilidad que parecía superado. Menem y los Kirchner tardaron diez años en demostrar que el camino elegido llevaba al fracaso. Dos décadas perdidas mientras los países hermanos las dieron por ganadas. Dos gobiernos donde la soberbia se mezcló con la mediocridad, y el resultado fue el de siempre, el personalismo exacerbado acompañando del autoritarismo que se termina consumiendo a sí mismo. Una receta que nunca falla; un seguro camino al fracaso.

Menem se alió con sectores de la derecha y Cristina con los de izquierda, pero ambos gobiernos fueron tan oportunistas como carentes de proyecto, usaron el peronismo cuando en rigor a ambos no les importaba ni siquiera discutir un proyecto de sociedad. Fueron tiempos de liderazgos fuertes y pensamientos débiles, de obsecuencias impuestas por sobre la verdadera política.

Nos lastima la convicción enfermiza de que se necesita un jefe con poder. Por el contrario, si el gobernante lo hiciera en minoría estaría obligado a negociar, y eso sería en bien de todos. Los gobiernos fuertes generan pueblos débiles, necesitamos transitar el camino inverso.

De los Menem y de los Kirchner quedará un conjunto de personajes enriquecidos. Esa fue la política de los últimos años, una mezcla de mediocridad con fanatismo y triunfo de unos pocos.  Y un seguro retroceso de la sociedad.  Cuando los que gobiernan se creen la minoría lúcida que guía al resto, entonces sucede que el fracaso se impone. Todos queremos que la democracia no tenga alteraciones; a veces pienso que todos menos uno. Y lo malo es que ese uno es hoy la Presidenta. 

Una experiencia marcada por el personalismo y la corrupción

En el 83, la democracia retornaba, y en sus espacios apareció un nuevo personaje, “el operador”, un intermediario entre la política y los negocios. Este nuevo personaje no necesitaba pensar ni opinar, escribir propuestas ni debatir ideas; era un representante de los intereses particulares en el espacio donde las instituciones debían ocuparse de lo colectivo. Algunos políticos fueron transformándose en eso, en gente que era más lo que ocultaban que lo que expresaban. El operador se fue convirtiendo en empresario, en un simple lobbista que decía ejercer la política cuando solamente la parasitaba. Y, así, la política se transformó en una de las más seguras instancias de éxitos económicos. Sus responsables se fueron separando de sus lugares de origen para ocupar los espacios reservados a los triunfadores. El éxito de los políticos fue a costa del fracaso de la sociedad.

La Coordinadora Radical y la Renovación Peronista surgieron como sectores de la dirigencia que deberían tener vigencia en el presente. Una generación apasionada por la política había errado su destino con la violencia de los setenta y terminaba de fracasar con el oportunismo de los operadores. Un país donde la política había convocado pasiones pero carecía de cuadros suficientemente formados en el momento de gobernar. Políticos de raza ocupaban espacios en todos los países hermanos mientras que en el nuestro llegaba el tiempo de los aficionados además de la disolución de los partidos detrás de las momentáneas imágenes personales.

La imagen de prestigio necesitó venir de otros mundos -el deporte, entre ellos. Las ideas perdían vigencia frente a la desidia de los operadores. Finalmente, el kirchnerismo, arrastró una parte importante de la vieja militancia como simple reclutas de una causa que se justificaba sólo por el poder y las prebendas que repartía entre los seguidores. Entre Menem y los Kirchner, dos décadas fueron malgastadas entre frivolidades y resentimientos. La política, ese espacio de personas dedicadas a pensar el destino colectivo, la política fue desvirtuada en un amontonamiento de ventajas personales que culminaron siendo un retroceso colectivo. Y un espacio donde la sospecha se impuso al prestigio, donde la ambición se impuso al talento y la entrega. Los políticos no lograron arribar al espacio de la madurez y la sabiduría.

Hay quienes confiesan haber ganado la década que la sociedad perdió pero, en el mismo momento que definen sus sueños de secta, denuncian su voluntad de marginar de su proyecto a la mayoría, a los que simplemente no opinan como ellos. Esos personajes menores reiteran sus errores del ayer. Cuando eligieron la violencia podían ser héroes, pero no democráticos y, cuando eligieron la secta, dejaron en claro que el egoísmo se imponía en ellos sobre las necesidades colectivas.

La política exige de la sociedad apenas una cuota de esa pasión que depositamos en el fútbol y nos permite jugar entre los mejores. Sin embargo, la desidia con que participamos en la política nos ubica en frustraciones que cuestionan nuestra propia responsabilidad colectiva. Estamos finalizando una experiencia exageradamente personalista y tediosa, tan transitada por la soberbia como por los fracasos. Una experiencia donde los peores operadores de los negocios llegaron a incorporar algunos antiguos militantes que se rindieron a las necesidades de lo cotidiano; también el juego y la obra pública, el enriquecimiento ilimitado, y algunos discursos que los intentan justificar como parte del bienestar colectivo.

Nunca antes la decadencia se vistió con el ropaje de lo sublime para transitar frívolamente el ridículo. Nunca antes fue tanta la soberbia y la corrupción como para gestar una fractura entre gobernantes y disidentes, entre burocracia y sociedad. Con el dinero de todos engendraron diarios, radios y televisión oficialista, gastaron fortunas en defender con el discurso aquello que era indefendible en la realidad. Ahora los oportunistas de siempre, los que vienen aplaudiendo desde Menem, el feudalismo y la burocracia que roba usurpando el nombre del peronismo, comienzan a ponerse nerviosos, a no saber en qué momento se deben distanciar para salvarse.

Hay un pedazo del Gobierno que sueña con sobrevivir y otro, el de los duros, que se imaginan parte de una fuerza política permanente. Pareciera que no hay vida para ellos después de la derrota. Ni el kirchnerismo será una fuerza vigente ni los oportunistas podrán hacerse los distraídos. La Patria es una víbora que cambia de piel, nos enseñaba el Maestro Marechal, y todos somos conscientes que está gestando una piel nueva.

Aplausos

Cuando aplauden apasionadamente los discursos presidenciales, no entiendo nada. Escucho las palabras, se reiteran los aplausos, hasta encuentro ciertos rostros que conozco, y me enojo, me irrito como pocas veces en mi vida.  Me cuesta entender qué nos pasó, qué  infinita serie de casualidades nos llevaron a lo que para mí es un rincón de la historia. Intento separar las lealtades en serio de las otras: las que conozco desde siempre, las de esos que son oficialistas por salarios o prebendas o simplemente porque no se les ocurre perder de ganar sólo para salvar su dignidad.

Conozco demasiado, por la edad transcurrida y los tiempos transitados. Veo a algunos, muy pocos, de aquellos que alguna vez jugaron su vida por una causa noble. De ésos hay contados con los dedos de la mano. Veo de los otros, de los que siempre caminaron al lado del poder.  De ésos hay, para mi gusto, demasiados. De todos los rubros, empresariales o sindicales, y muchos operadores, esa especie que terminó sustituyendo a la política, ese montón de intermediarios entre el Estado y los negocios. De ésos, de los operadores, hay un montón. De esa especie proviene el vice y varios ministros  y senadores y diputados y gobernadores. Practican el aplauso fuerte y el perfil bien bajo, cosa que el poder los sienta leales y la sociedad ni los reconozca. Y hasta hay alguno que cree… También  conozco creyentes del ayer y del hoy. Creen siempre en el poder, van adaptando sus convicciones a sus conveniencias. Y así les funciona la conciencia y la vida.

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Ordenando la tropa

Me asombró verlo a De Vido dando cátedra de pureza revolucionaria y cuestionando a Scioli por haber saludado al enemigo elegido. Lo de la concurrencia a saludar a Magnetto era un golpe duro para el relato. Si le sumamos que Boudou había hablado en TN la noche anterior, nos queda claro que ese día fue decretado por la sociedad y parte del gobierno como el fin de la era del miedo. De Vido intentaba ordenar la tropa y daba pena, o mejor dicho, bronca, de ver semejante caradura con actitud de profeta poseído por la verdad intentando recuperar el orden con sus gritos. No le avisaron al ministro que va a pasar a la historia como un destructor serial, desde la energía al transporte. Ese mediocre gritón destruyó en exceso como para tener derecho a hablar.

Saludaron a Magnetto demasiados como muestra de haberle perdido el miedo al poder de turno. El Grupo Clarín podía tener muchos defectos, pero el gobierno lo odiaba por su virtud, que es el derecho a opinar libremente. Y Scioli fue a saludar al grupo supuestamente enemigo porque todavía tiene votos y gente que lo respeta, dos cosas que los De Vido hace rato que perdieron. Y derecho a hacer lo que quiera, aun cuando eso Scioli no lo ejerza demasiado.

El oficialismo armó una secta y en su seno se aplauden entre ellos, un mundo de cómplices que se imaginan estar haciendo politica. El lugar del vicepresidente refleja como pocas la imagen del conjunto.
Y en esto de ser valientes, Carta Abierta se anima y dice que Scioi no es revolucionario. Es el único dato que tenemos de que alguno de ellos lo sea. Pero no se animan a tomar distancia de Boudou. Para creerse revolucionarios resultan escasos de valentía…

Un final de ciclo a toda orquesta, lo que suponía ser la década ganada se les cae como arena entre los dedos. La secta organizada en torno a los beneficios del Estado y sus prebendas va quedando al desnudo, con demasiadas ganancias para la burocracia y pocas para la sociedad. Ahora van a medir hasta la audiencia en la televisión. Vendría a ser un premio consuelo para esos medios en los que gastan fortunas y no los sigue nadie. La secta necesita de todo un sistema de medidas propio y original. Desde los pobres a la inflación, desde la educación a las audiencias, todo exige falsificar los resultados para poder justificar lo que han gastado y disfrazar de éxito lo que a todas luces es un duro fracaso.

Verlo a De Vido a los gritos me trajo a la memoria alguna vieja película de Carlitos Chaplin, pero enseguida tome conciencia que la cosa era distinta, que no se estaba dirigiendo a la sociedad sino a los miembros de la secta, a esos que viven los beneficios del modelo en el mundo de ficción que llamaron “relato”. Y entonces me quedó claro que los héroes de ellos son para nosotros los villanos, que van a llegar al final sin tomar contacto con la cruel realidad, y que cuando se acaben los dulces del Estado la gran mayoría de los supuestos seguidores fieles y devotos van a hacer mutis por el foro y se van a ir a disfrutar en privado los beneficios de la década ganada. Porque es cierto que para la sociedad lo de ganada es casi una tomada de pelo, pero para ellos fue ganada en serio, y de eso nadie tiene derecho a dudar.

De Vido hizo mucho por imitar a Venezuela. Por suerte no lo logró. Es necesario que si le queda algún amigo le avisen que gastar fortunas en micros y artistas no es convocar multitudes, que los que se aplauden entre ellos están más cerca de ser extras que seguidores. Que su discurso amenazante es solo un patético recuerdo de lo que intentaron hacer de nosotros, degradarnos a la obediencia. Que no siga gritando, tiene menos audiencia que la Presidenta en cadena nacional. No midan la audiencia, es un gran riesgo, va a ser peor.