Desastre inocultable

Julio María Sanguinetti

Una de las pocas modificaciones importantes y positivas ocurridas en el sistema educativo uruguayo, de tan lamentables resultados, fue la creación del Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEEd). Cualquier organización moderna requiere de evaluaciones objetivas, que vayan midiendo resultados y, de ese modo, permitan orientar mejor las acciones pedagógicas y administrativas.

Cuando se designó a sus autoridades, todo el mundo aplaudió los nombramientos y estimó que la designación de Pedro Ravela como director ejecutivo aseguraba la idoneidad del trabajo. Se trataba de un técnico ampliamente reconocido, quien había coordinado la engorrosa prueba PISA en Uruguay y era —y es— considerado el mayor experto en el tema.

Al llegar a la difusión de la primera evaluación importante, empero, se produce su renuncia por discrepar con la conducción del organismo, lo que preocupa y es de lamentar hacia el futuro. En esta primera oportunidad, los procedimientos fueron los adecuados. Se ha encendido, ahora, una luz amarilla sobre lo que vendrá.

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En la evaluación difundida, que condujo el director renunciante, los datos duros reaparecen, para confirmar el desastre educativo en que vivimos. Un gobierno que se proclama “de izquierda” consagra la mayor inequidad en el espacio de formación de nuestros jóvenes, justamente el fundamental para quebrar el círculo vicioso de pobreza-ignorancia-pobreza. Un mayor presupuesto derivó en peores resultados.

La población de 18 a 20 años que llegó a 12 años de educación formal, en Uruguay es apenas el 28%, menos que Paraguay (43%), Brasil (47%), Argentina (48%), Bolivia (56%) y Chile (76%). No se necesita calificativo alguno porque los números son terminantes. Nuestros jóvenes no llegan a terminar estudios secundarios y estamos detrás de todos aquellos países que antes nos miraban con envidia. El liceo no les atrae, se aburren, sienten que no les sirve para nada y desertan. ¿Se puede revertir esta situación con más de lo mismo, como cree nuestro gobierno?

Lo mismo ocurre cuando se analiza al rendimiento de alumnos en función del entorno socio-cultural. El Uruguay no es el país con mayor desigualdad social, comparando en la región. Sin embargo, en la educación muestra un resultado espantoso en términos de equidad, lo que hacia el futuro nos condena a retroceder. En los entornos socialmente más desfavorables, el 87% no alcanza el mínimo de comprensión en matemáticas. Más grave aún es comprobar que seguimos caminando hacia atrás porque los resultados de 2012 son peores que los de 2003.

Podría seguirse analizando números pero basten con estos porque todos coinciden. La deserción es enorme, los niveles alcanzados son bajísimos, las horas de clase son notoriamente insuficientes y esto nos rezaga en la comparación con nuestros vecinos de región (lo que es realmente oprobioso). Retrocedemos incluso con respecto a nosotros mismos.

No advertimos, sin embargo, una preocupación acorde con la realidad. El presidente Mujica se limita a hablar de la exaltación de la enseñanza técnica, que es lo menos malo y agota allí sus razonamientos. El Presidente electo hizo una campaña totalmente continuista y ahora insinúa cambios, pero no asume que lo primero sería desandar la nefasta ley que surgió de aquel vacío “debate educativo” que se condujo en su período.

El país hoy no tiene desafío mayor. Si no se logra hacer un cambio a fondo, quedará condenado a la mediocridad e incluso retrocederá en términos de equidad social. No es posible aceptarlo. El país tuvo en su educación la palanca de su construcción democrática; hoy es un factor de desigualdad progresiva. Todas las expectativas de futuro se juegan en ese escenario y ya no hay discurso que pueda llenar ese vacío.