Quiero ser gorila

No cabe más que mandarle un saludo y una felicitación a Sandra. En apenas un mes consiguió que el órgano máximo de la justicia penal atendiera sus reclamos (sic).

El 13 de noviembre se reclamó por sus derechos y en menos de 20 días hábiles la causa recorrió un juzgado de faltas, un juzgado de primera instancia y la Cámara de Casación penal. ¿Vieron que no es cierto que la justicia es lenta? Al menos con Sandra, la orangutana. No hay error: la sala integrada por los doctores Slokar, David y Ledesma resolvió el caso de una orangutana en un mes.

Me considero cercano a los ideales de las organizaciones animalistas. Creo en los derechos de los animales. Maldigo, por sólo dar algunos ejemplos, a los organizadores de riñas de gallos, carreras de galgos y, por supuesto, no creo que  la cultura ancestral justifique las corridas de toros. Creo, como dijo Albert Schwitzer, que no tengo claro si los animales pueden o no pensar. Sé que pueden sentir y por eso los considero mi prójimo. Pero, a la par, creo que si el órgano máximo de la interpretación judicial de la ley penal debe ocuparse de manera sumarísima de resolver el estado de una orangutana, la línea de las prioridades en nuestro país está totalmente quebrada.

Hay jueces que creen que los presos condenados por homicidios o robos deben tener derecho a aguinaldo, vacaciones y antigüedad. Se trata ¿casualmente? de los mismos doctores Slokar, Daniv y Ledesma, autores del leading case mundial de la simia declarada persona no humana.  Hay legisladores que creen que ya mismo hay que garantizar un cupo de empleos públicos para travestis o transgéneros. Estos ejemplos tomados al azar de tantos similares conforman un “relato” de lo que piensa el poder ocupado por representantes de un pueblo bastante alejado de la realidad de la mayoría de los ciudadanos de a pie.

¿Alguien duda que una travesti merece mejor opción que prostituirse? ¿Alguno sospecha que no son una minoría discriminada? Ahora bien: ¿qué hay para decir de la inmensa minoría (sic) de hombres y mujeres de 40 y 50 años expulsados del mercado laboral que no pueden reinsertarse porque son “viejos”? ¿No hay cupos para ellos? ¿No hay urgencia para ellos?

Un preso debe trabajar y cobrar por esa actividad. Pero ¿hay que equipararlos con el trabajador que en libertad intenta dignamente llevar el pan a su mesa sin transgredir la ley penal? ¿Es lo mismo recibir sentencia condenatoria que no haber pasado jamás por una comisaría? Claro que no lo es. Salvo que se imponga el autoritario tenor del “igualitarismo” demagógico de querer igualar lo que es desigual con el sólo efecto de hablarle a la tribuna con apetito de populismo dialéctico.

Por fin, da pena lindante con la bronca saber que un simio ha sido explotado por 29 años lucrando con un dinero nacido a base de la crueldad animal. Pero creer que como prioridad la Cámara de Casación debe ocuparse de forma exprés -como no lo hace en casos de eternas esperas de sentencia reparadoras para familias víctimas del delito y de procesados eternos sin derecho a la inocencia o a la culpabilidad- es casi una afrenta. Es una decisión que nace de una ceguera judicial por poner prioridad sobre lo que se espera de ellos o de un delirante egocentrismo de quien tiene resuelta sus necesidades elementales (sueldo glorioso sin impuesto a las ganancias, custodia, trabajo asegurado por la estabilidad, etc.) y juega con onanismo intelectual para generar construcciones jurídicas que se estampen en libros escandinavos escritas desde una realidad argentina dolosamente ignorada.

La orangutana no tiene que estar presa de la maldad humana. Para eso hay un intendente de la ciudad que, como titular del poder ejecutivo, debe ejecutar el arte de gobernar. No hace falta que el órgano máximo de la justicia penal ocupe su tiempo en ello.

Se trata de priorizar. Poner lo importante, lo urgente, sobre lo que no lo es. Con los presos, con las travestis y con la orangutana que, de paso, espero me recomiende a su abogado.

Cutzarida: Perdón por pedirte perdón

Hace 20 días firmé en esta misma columna un pedido de disculpas al actor Ivo Cutzarida. Apenas había irrumpido en los medios con un discurso de supuesta “mano dura” para con los delincuentes en general y con el motochorro “Conejo” Aguirre en particular. Sentí que yo era intolerante con alguien que planteaba un sentir masificado en la sociedad. Fui crédulo, por decirlo suavemente. Hoy, quiero retirar ese pedido y avergonzarme por mis disculpas.

Cutzarida ahora se abraza con el ladrón. Que, de paso, sigue libre sin que siquiera la jueza  Susana Castañeda, o quien resulte competente, considere que merece una declaración en su despacho por presunta apología del delito, por haber hecho desaparecer el arma con la que intentó robar (¿eso no es obstaculizar el accionar de la justicia que amerita la pérdida de la libertad en el proceso?), por pavonearse en la tele jugando a justificar el delito. Ivo, a ese personaje, lo abraza. Le lee, con triste tono de recitador precario, el Martín Fierro y lo absuelve autoproclamándose como una especie de pastor ecuménico, líder de una secta cholula devota de la notoriedad a cualquier precio. Cutzarida, por si alguna duda cabe, se saca fotos con el chorro. Con eso alcanzaría para retirar el pedido de disculpas. Y sin embargo, hay más.

motivo

No me excuso por mis excusas por ese abrazo fotografiado. ¿Quién sería yo por criticar ese encuentro? ¿Me parece mal? Me parece una vergüenza. La publicidad de esa foto es legalizar lo ilegal. La piedad es una acto que reclama privacidad. Pero, por ahora, la vergüenza individual si no afecta el derecho de un tercero queda reservada a la esfera de la conciencia de cada uno.

Me excuso por haber creído que este actor revivido a la notoriedad era algo distinto al pensamiento demagógico que impera en la mayoría de la política que desea, apenas, un par de votos  más a costa de cualquier tema. Cutzarida no busca votos (creo, aunque…). Busca, en el mejor de los caso, vender alguna entrada más en su teatro o satisfacer su narcisismo mediático en base a un motochorro. Y eso, apena.

No sólo la política  no reaccionó frente a este caso que es la representación de tantos. No lo hizo tampoco la Justicia. Como agregado, un actor que pareció interpretar el sentir de muchos, se subió a la demagogia de aparentar un pequeño cambio para no modificar nada. Descreo que Cutzarida sepa quién fue el marqués de Lampedusa. Quizá le vendría bien asomarse a ese texto y entender que se nota mucho cuando uno cree que cualquier fin valioso justifica un medio mezquino.

La inseguridad es una preocupación crítica que amerita el respeto por las víctimas, por sus familiares y por todos los que seguimos reclamando que desde las instituciones asuman el problema. Las instituciones. Y no un actor de escasos recursos que aprovechó sus quince minutos de fama, su cuarto de hora de una tele que tampoco repara en límites, para jugar a su notoriedad personal. Cutzarida usó un medio fenomenal para amparar su fin chiquito, chiquito. Retiro mis disculpas. Y todo esto sin contar, como dice mi compañero de radio Oscar González Oro, que Cutzarida aburre con tanta perorata televisiva. El “Negro” dice que tiene colmada cierta parte de su anatomía. Nos pasa a más de cuatro.

20 de junio: Cristina versus resto del mundo

Pido permiso para escribir en primera persona esta columna y, con generosidad, el editor de Infobae me admite (por hoy) este gesto de soberbia periodística. Pido licencia para invocar, antes que nada, que soy rosarino orgulloso y que el acto del 20 de junio expresa en mí un plus de sentimiento nacional de emoción, y espero que me sea concedido.

En los 49 años que llevo de existencia no debo haber estado menos de 40 veces en el Monumento a la Bandera en un día como hoy. Nos gusta a los que somos nacidos (o a los se declararon adoptivos) en las tierras de Lito Nebbia y Antonio Berni que llegue esta mañana de junio para asomarnos a ese lugar pensado por el padre de Beatriz Guido a la vera del Paraná y honrar a la bandera. Aunque la conveniencia turística mueva el feriado con insolente desmemoria. Aunque haga mucho frío (no tanto como en mis tiempos cuando con guardapolvos soportábamos los sabañones en las orejas y padecíamos el discurso militar autoritario que nos escondía la constitución). Aunque el Presidente que vaya no sea el que uno ha votado.

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