La crisis del sindicalismo argentino

Ocurrió algo importante la semana pasada, que no empezó hace un mes, ni un año. Es una sucesión de hechos que desembocó en una imagen triste, de calles y discursos tan vacíos como extraños.

Los líderes sindicales solo reclamaron por la elevación del mínimo imponible de ganancias, que hoy se aplica sobre quienes perciben sueldos por encima de los $15.000, en un país donde a partir de $7500 se pasa a ser parte del 25% que mejores ingresos registra de la sociedad, es decir, “luchar” por quienes ganan $15.000 en un país donde el 75% de los trabajadores no llega ni a la mitad de esa cifra es un poco cínico, y por cierto, nada con lo que el Gobierno Nacional pueda torearlo, porque es más responsable que ellos.

Esto exhibe un problema central, y es que el trabajo no cumple su función como redistribuidor de riqueza y menos aún de dignificación. El acceso a la vivienda demanda un 50% más de salarios completos que hace 15 años. El 37,5% de los trabajadores se encuentra en negro y quienes están en blanco aportan todos los meses a las cajas de obras sociales para un sistema de salud decadente. Sobre esta situación no reflexiona ni propone absolutamente nada el sindicalismo.

En este contexto es inevitable hablar de Hugo Moyano, el gremialista más influyente que dio nuestro país desde el legendario Saúl Ubaldini. Es inevitable porque resulta un ícono para comprender qué lo moviliza, qué entiende por trabajadores, qué rol debe ocupar el sindicalismo y qué debe representar la política. El 6 de Julio de 2011, cuando aún era kirchnerista, y enojado por la renuencia del oficialismo por incorporarlo en las listas de su partido, dijo: “No solo estamos para votar o concentrarnos, o cuando nos llaman para una movilización. Los trabajadores tenemos la herramienta y el instrumento más importante de la democracia: tenemos la posibilidad de encauzar el voto y seremos invencibles”. Toda una declaración de prioridades su consideración sobre los trabajadores, que se queda muy corta.

El sindicalismo, que surge como una herramienta para equiparar la asimetría de condiciones existentes entre el empleador y el trabajador, ha desnaturalizado su finalidad desde el momento en que sus representantes están más preocupados por cómo se verán en televisión y en ser “el Lula Da Silva argentino”. Moyano, en el lenguaje político no significa en absoluto “representante de los trabajadores”, significa “poder de extorsión” y es por eso que cuando rompió su matrimonio con el kirchnerismo se generó un equilibrio en la balanza de poder en Argentina, básicamente porque de esa manera “el control de la calle” pasaba a estar disputado luego de varios años de monopolio del oficialismo.

Moyano y los líderes sindicales se convirtieron en un eufemismo, en la variable del poder, y esto es independiente de su representatividad de los trabajadores más que el poder de sus estructuras organizacionales. La semana pasada debieron recurrir a la obstrucción de los accesos para obligar a que los trabajadores acaten el paro, no pudieron hacer una sola movilización, para que las centrales generales tuvieran cierto grado de diálogo debió interceder el Papa… ¡El Papa!

El sindicalismo argentino no tiene una crisis, tiene varias y de ellas se desprenden algunos desafíos: iniciar un proceso de despartidización, siendo que en una estructura legal donde se prima la unicidad sindical la inclinación de una Central de trabajadores hacia un partido produce un desbalance democrático; limpiar su imagen, generar un vínculo humano y transparente entre el afiliado y los representantes, volver a enamorar a los trabajadores de la importancia de los sindicatos; generar diagnósticos y propuestas estructurales para los desafíos del presente y el futuro, lo cual implica una inversión para la profesionalización del entendimiento de las condiciones laborales y libere a los representantes sindicales de opiniones coyunturales.

Me hubiera encantado poder marchar junto a otros miles de trabajadores la semana pasada a una convocatoria que me hiciera sentir representado, pero no confío en nuestros representantes sindicales y confieso que me encantaría poder confiar.

Sucesión La Cámpora

“Que no estén en política para robar, que sean profesionales y sobre todo, militantes”. Ese fue el pedido que Néstor Kirchner hizo a los referentes juveniles kirchneristas en Agosto de 2010 para poder incorporar 200 nombres en distintas áreas del Gobierno Nacional. La Cámpora todavía era una agrupación entre otras varias juventudes filo-kirchneristas.

Dos meses más tarde falleció Néstor Kirchner, apenas unos días después de un gran acto donde La Cámpora impuso su protagonismo en el Luna Park, en el que entronizó la figura del “héroe colectivo” representado en el Nestornauta. Nacían la épica y el relato como consecuencia de una lectura de la crisis alrededor de la Resolución 125 donde se creyó que el problema fue comunicacional.

Néstor Kirchner, según consta en la reciente biografía publicada por Sandra Russo sobre La Cámpora, quería que esta fuera una “JP de masas” para dejar de ser una “juventud de cuadros” –cuadros como sinónimo de funcionarios-.Pasaron poco más de tres años y hoy La Cámpora es un actor fundamental para entender nuestra política nacional, no por su discutible potencia territorial sino por su penetración en las esferas del Estado. Hoy La Cámpora es poderosa, posiblemente tome algunas de las principales decisiones del gobierno nacional, o sea parte de ese proceso de toma de decisiones, y sí decididamente tiene un rol en la continua construcción del relato.

Es en este contexto que resulta reveladora la columna de Silvia Mercado “Para Cristina su única heredera es La Cámpora”. Es reveladora porque implica el deber de entender mejor a La Cámpora para comprender los años venideros, y cuáles son todos los desafíos que tienen los partidos políticos con vocación democrática de la actualidad y en especial las juventudes.

Estos desafíos son varios y posiblemente no podríamos ponernos de acuerdo con el lector, pero rápidamente puedo sugerir un desafío central: convicción democrática. Una convicción democrática que tiene dos dimensiones esenciales, por un lado el rol del político y por el otro lado la función del Estado.

La función del Estado que tiene la doble condición de estar integrado por personas y proyectos. La forma en que ingresan esas personas y los intereses que deben defender se ponen en jaque cuando están cruzados por lo político y creen que todo es plausible de ser militado, desde la relación con un jefe, la compra de cartuchos de tinta, el día del humorista y hasta un plan nacional de prevención de adicciones.

Y por otro lado cuál debe ser el rol del político en un contexto en el que no se termina de entender que no somos un argentino multiplicado por 40 millones y no existe “la gente”, sino 40 millones de argentinos diferentes con sus respectivas expectativas y problemáticas. Falta que la democracia incorpore datos a la discusión pública. Falta que la democracia sea más propensa a incorporar realidades contingentes que opiniones absolutas.

Con un funcionamiento menos patológico del Estado y un rol del político más encauzado se pueden plantear hipótesis de solución y sobre esas hipótesis de solución se pueden plantear consensos, y los consensos –actividad que patológicamente desconoce el kirchnerismo- sirven para dar continuidad a las decisiones políticas, por obvio que parezca. Es por eso, que creo que hay una trampa, si el kirchnerismo hubiera querido que sus políticas tuviesen continuidad en el tiempo, si hubieran tenido mejores convicciones democráticas, hubieran consensuado.

Por eso creo que quizás hubiera sido mejor si Néstor Kirchner no les pedía nada y en vez de insertarlos políticamente en el Estado, hubiera preparado un partido político que superase las contingencias electorales del corto plazo. Eso sí hubiera sido revolucionario en nuestra política.

Bob Marley y Pablo Escobar no son lo mismo

En los últimos años se instaló un lobby político y cultural al servicio de la despenalización del consumo de marihuana. Muchos vimos esos debates que se hacen en la tele, en que se juntan dos posiciones extremas: un pibe versus un padre, un hippie contra un conservador. Una discusión hermosa y apasionante donde se ponen en boga dos derechos constitucionales, por un lado la libertad personal y por el otro el de la salud pública.

De esta manera, como en tantas otras situaciones de nuestra discusión pública, se arman nuestros Boca-River. Así se desnaturaliza el eje, y la atención se centra en quién parece más inteligente o menos marginal.

Paralelamente creció exponencialmente el narcotráfico.

En estos meses distintos actores nacionales han deslizado declaraciones en favor de la despenalización y comenzaron a esgrimir la idea de que despenalizando la marihuana se reduce el narcotráfico. No hay ninguna evidencia empírica que demuestre esa hipótesis.

El Secretario de Seguridad de la Nación declaró que “la lucha contra el narcotráfico a nivel mundial fracasó” y que por eso se debía avanzar hacia una legalización completa de las drogas. La premisa es falsa. Tan es así, que la Junta internacional de fiscalización de estupefacientes, dependiente de la ONU, utilizó como ejemplo la “tendencia peligrosa” adoptada por Uruguay, siendo que las medidas internacionales conjuntas sobre las que se trabaja han mostrado resultados positivos en el control de la cosecha de plantaciones de coca y adormideras para la producción de heroína, en donde por primera vez en 15 años se logró disminuir la cantidad de plantaciones, cuestión que no sucedía desde 1999.

En este sentido, que Uruguay haya despenalizado el consumo no ha contribuido a nuestra discusión. No contribuye porque si bien hablamos el mismo idioma, vemos los mismos programas de televisión y estamos cerca, somos países bien diferentes, con condiciones muy distintas y por ende con problemas propios de esas condiciones. No tenemos el mismo sistema educativo, ni los mismos niveles de pobreza, ni la misma extensión territorial, ni la misma solidez institucional, ni las mismas fuerzas de seguridad, ni el mismo problema con la corrupción. Las condiciones económicas, culturales y sociales que requiere el narcotráfico no tienen nada que ver con que se pueda fumar porro en una plaza. Además el narcotráfico no está en Argentina para poder vender droga a los argentinos.

Lo primero que se debe entender es que el narcotráfico es un negocio internacional que comercia en dólares. Argentina durante algunos años tuvo un tipo de cambio desdoblado y un salario mínimo vital y móvil extremadamente débil en dólares -280 dólares mensuales-. Esto, más una debilidad institucional estructural que implica fuerzas de seguridad sobrepasadas, legislaciones indulgentes y un estado desinteresado, generó un combo que derivó en que se consuman 400.000 dosis diarias de paco aproximadamente –según datos de la Sedronar para el año pasado-. Ejércitos de pibes, esclavizados mediante la adicción y una contención social perversa que genera un “sentido de pertenencia” hacia las narcobandas que deriva en un cóctel explosivo que el Estado no logra desmantelar.

Hay una tara argentina en pensar que podemos resolver problemas estructurales con el boletín oficial. La ley es una herramienta al servicio de la resolución de problemas pero para ser efectiva requiere que las fuerzas políticas delimiten un objetivo social respecto a la droga en sus dos dimensiones: consumo personal, y comercialización para el financiamiento de actividades criminales.

La despenalización de la marihuana, en este contexto, es una irresponsabilidad al servicio del consumo clase-media que no tiene nada que ver con la lucha contra el narcotráfico.

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Contra Frank Underwood

Frank Underwood es el personaje principal de la serie “House of cards”, que hace furor desde una plataforma digital. En los primeros treinta segundos de la serie Frank escucha un choque y un ladrido. Frank sale de su casa y hay un perro atropellado, mientras levanta la cabeza del animal otros llaman a la ambulancia y dice “hay dos tipos de dolor, el dolor que te hace fuerte o el dolor inútil, que es el que solo te hace sufrir. No tengo tiempo para cosas inútiles”, tras lo cual mata al perro.

En política se convirtió en una especie de piropo “ser el Frank Underwood” de algo o alguien, pese a que es la historia de cómo el jefe de bancada del Partido Demócrata en los Estados Unidos asciende en la estructura del poder político a base de mentiras, estafas, extorsión, manipulación, adulación y peores cosas.

Un sindicalista conocido, consultado una vez sobre sus métodos para controlar la vida interna de su sindicato contestó “mire, soy sindicalista, no administro una casa de muñecas”. Por supuesto el sindicalista tiene razón, nuestra cultura política es compleja y frágilmente democrática, uno no pretende que las cosas cambien de la noche a la mañana, pero desde la secundaria nos taladran con Maquiavelo y la pregunta “¿El fin justifica los medios?”, nadie nos preguntó “¿Se puede hacer el bien sin principios?”. Y a veces las preguntas lo cambian todo.

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Está instalado que si decís que el fin justifica los medios sos más vivo que si crees que los medios importan. No sé por qué permitimos que esto sea así. Se instauró una ética fierita del poder, en donde lo importante “es el poder” como una cosa en sí misma, que produce una adoración fetichista a su alrededor. Donde no se integran proyectos políticos por principios o valores compartidos sino por “posibilidades de gobernar”, “quien tiene más gobernadores” y si “tiene los fierros para gobernar”. Y gente que parece inteligente, eh. Paralelamente se construyó una noción de hacer política donde el vocablo realpolitik opera como un eufemismo para decir “si tiene que robar, roba, si tiene que matar, mata siempre que sea por un bien mayor”.

De esta manera se instaló que si se roba se tiene gobernabilidad y si sos honesto no durás medio round en el poder. Estas son las ataduras mentales de las que hay que liberarse. Si la mayoría de quienes vieron “House of cards” quieren ser como Frank Underwood estamos jodidos. Es cierto, ya Nietzsche decía que “no existen los fenómenos morales sino una interpretación moral de los fenómenos” y posiblemente el poder tenga poco que ver con la moral, pero lo que se hace con él tiene la potencialidad de ser utilizado con moralidad, y con esto no pretendo esgrimir un argumento de inocencia política o de estigmatización del mal llamado pragmatismo.

También hay algo interesante y sexy en Frank Underwood, ve con desdén a los políticos que valen dinero. Con esta lógica él se apega aún más a la idea de que lo importante es el poder y como consecuencia de esa convicción, cree que el dinero es una debilidad. Se hace acreedor de favores, de debilidades ajenas. Lo que Frank no entendió es que el poder también es una debilidad, y en su caso esa debilidad es notoria. Para acceder, administrar y ejercer el poder hace falta una preparación vital, pero también se necesita un medio ambiente que aplique contornos a esa preparación, que represente los ideales que seleccionamos como sociedad.

En mi caso, creo que querer “ser el Frank Underwood” de lo que sea no está bien, y que alguien lo tenía que decir.

La búsqueda de la felicidad

No, no tiene que ver con la película.

Hace unos años, en su columna semanal “Plop”, Roberto Pettinato escribióSiempre digo lo mismo: la Argentina es el único país en el que sólo tenés que complicar una causa y todo queda en la nada. Si hubiesen encontrado 3 mails contra Jaime, ya estaría preso. ¡Pero no! ¡Tenían que ser 26.500!”. No, tampoco tiene que ver con Pettinato, ni con Ricardo Jaime.

No obstante, siempre me pareció que esto que decía Pettinato guardaba algo más, hasta que di con el trabajo del sociólogo Barry Schwartz “La paradoja de la elección, por qué más es menos”.

En “La paradoja de la elección”, Schwartz cuestiona la idea de que “somos más libres mientras más opciones tenemos”. Su trabajo se basa en la demostración de que esta idea opera como una de las principales contradicciones de la sociedad occidental, que se caracteriza por ser de consumo industrial. Sostiene que mientras mayor es la oferta, menos se disfruta de lo consumido y que incluso la abundancia de opciones causa parálisis, en donde la incapacidad para tomar una decisión desmotiva y genera un efecto diametralmente opuesto al de “libertad”, en el que el individuo se ve incapaz de elegir.

Esto desmotiva y llega a generar una sensación de que sea cual sea la decisión nunca se podrá tomar la mejor, siempre existirá la posibilidad de haber podido elegir mejor. Barry Schwartz explica que desmotiva tener que elegir entre más de 100 jeans cuando se ingresa en un shopping, o los más de 6.5 millones de tipos de estéreos que existen en el mundo.

En la política argentina opera algo parecido. Hay más de 10 precandidatos a Presidente y, si se tuviera que trazar un mapa de diferencias, llamémosle ideológicas, sería muy difícil determinar diferencias generales. Casi todos estarían a favor de “lo bueno” y en contra de “lo malo”. Hay un enorme desafío aquí a la hora de trabajar mejores maneras de representación democrática.

Los dos grandes movimientos estéticos de las democracias occidentales se dan alrededor de la tensión entre las ideas de igualdad y libertad. Sin embargo, esta tensión no es antagónica, no es que se trata solamente de igualdad o solamente de libertad, son integrativas, preferenciales pero complementarias una con la otra, no se anulan. Aquí en Argentina esta relación está totalmente desbalanceada. Casi todas las propuestas son variaciones sobre la igualdad y del otro lado alguna posición muy marginal alrededor de la idea de libertad.  

Esto es claro en la popular declaración de principios de la Revolución Francesa, quizás una de las más hermosas de las revoluciones democráticas: “libertad, igualdad y fraternidad”. Y quizás en la idea de “fraternidad” se podría encontrar una pista que nos ayude a pensar mejor la necesaria complementariedad entre igualdad y libertad. Sin embargo también hay una declaración de principios no tan recordada aquí –bastante despreciada con motivo de ciertas nociones ridículas y porque la verdad no es tan “marketinera”-, como la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América del Reino de Gran Bretaña:

 “Concebimos como evidentes por sí mismas dichas verdades: Que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Hay una bella hipótesis que sostiene “no se elige Presidente, se elige a quien mejor sabe representar el progreso”. En la búsqueda de la felicidad parece haber un secreto guardado, y un enorme desafío para toda la clase política.

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Tenemos que liberar al Papa de nuestros problemas

El decisivo rol de Juan Pablo II en Polonia para poner fin al comunismo -y luego en el resto de Europa- ha hecho creer a más de uno en la idea de que Francisco, por ser argentino, tiene que venir y solucionar todos nuestros problemas.

Francisco asumió hace casi un año en el contexto de un severo deterioro de la relación de la iglesia con sus fieles y envuelta en casos polémicos de corrupción y abusos de distinto tipo. Asumió y su primer gesto fue la manera en que se presentó, despojado materialmente de los ostentosos ornamentos que acompañaron históricamente a sus antecesores.

Un Papa simple, pulcro, humilde, sonriente y sencillo.

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De ahí en más fue todo rock and roll. Cambió su residencia a un hotel 3 estrellas, empezó a trasladarse como un cura común, y dejó plantada en más de una ocasión a la aristocracia eclesiástica para asestar entre líneas que quería “una iglesia pobre para los pobres” cimentada en el trabajo de “pastores con olor a oveja”. Incluso, según alguna versión, se le atribuye haber dicho “no soy un príncipe medieval”.

No hace falta ser un genio para saber cuánto debe incomodar su figura en la curia vaticana. Nuestro Papa se levanta cada mañana sabiendo esto, y quizás sea por eso que le pone la energía que le pone a cada día.

Su día se desarrolla sabiendo que 24.000 personas mueren al día víctimas del hambre, de las cuales un 10% es a causa de guerras y hambruna y el restante por desnutrición crónica. Esto principalmente en África. También sabe que los países árabes y la política exterior de las potencias aún resultan un peligro para la paz en Medio Oriente, tal como sucedió con Siria, que se vio ante la amenaza de ser invadida por Estados Unidos -cuestión que no fue aprobada por el Congreso de los Estados Unidos-. Sabe que el calentamiento global que está produciendo catástrofes climáticas producto del abuso que hacen las corporaciones transnacionales del medio ambiente. También, es consciente de que las reformas de la Iglesia implican cambios serios en su conducción administrativa y financiera, y luego en su relación con los fieles, que implicará algún cambio de rumbo en sus políticas internas.

Si a todo esto se le agrega que en Argentina los sindicatos están divididos, tal como sucedió hace unos días, y se supone que debe trabajar para unirlos en un contexto en el que el Gobierno Nacional es vulnerable, estamos siendo muy egoístas.

Cualquier hipótesis en la que se supone que podría intervenir el Papa sobre nuestra política interna podría superarse con esta pregunta: ¿Hace falta que intervenga Francisco en esto?

Nuestro orgullo por el Papa no tiene que ser una presión para él, como hasta ahora ha sido. Nuestro orgullo por el Papa tiene que ser una presión para la ciudadanía, para los fieles, para los sindicatos y para los políticos. Tenemos que liberarlo de nuestros problemas.

Ninguno de nuestros problemas es tan grave en comparación con los problemas que acontecen en los lugares más olvidados del mundo, así como ningún problema debe hacernos olvidar algo esencial: el Papa es un líder espiritual, y el mundo occidental, anclado totalmente sobre una dimensión material, también enfrenta una enorme crisis espiritual. Tiene una tarea titánica, para la cual muchos creemos que se encuentra totalmente preparado.

Esto exige no ser tan chiquititos. No tenemos que preguntarnos qué puede hacer el Papa por Argentina sino más bien qué podemos hacer nosotros para ayudar al Papa, nuestro orgullo.

Ser kirchnerista ya no es tan cool

Era muy difícil, luego del 27 de Octubre de 2010 explicar por qué no se era kirchnerista. Era una escena común ver a alguien joven lucir una remera del Nestornauta o Cristina Capitana. Hoy no es tan difícil explicarlo. Dejó de serlo desde el primer cacerolazo del 13 de septiembre de 2012, cuando se habían prendido las mechas de las bombas que están explotando hoy –y posiblemente antes también- y los que no éramos kirchneristas nos dimos cuenta de que no estábamos tan solos.

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No sé si fue la devaluación, el aburguesamiento, el haberse acostumbrado a la comodidad de creer que la confianza del voto es eterna, la corrupción desfachatada de Boudou, la fuerza de toro con que embistió Lanata durante dos años, la desidia en la gestión nacional, o la fe en que sus mejores pericias se ven en la adversidad –como incluso en alguna ocasión desde aquí también se ha dicho- o si simplemente el poder degenera y corrompe.

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Nos gobiernan Batman y Robin

batman y robin manejan economia

La reaparición pública de la Presidente el pasado miércoles dejó tres ejes: primero que apareció, con detalles accesorios como el abandono del luto y que se la notó sana; luego el lanzamiento del plan Progresar como medida paliativa frente a la generación de jóvenes que ni trabaja, ni estudia, y que hoy por hoy alcanza un número cercano al millón y medio; y en tercer lugar partidizó políticamente al Estado al intentar poner como asunto de Estado la relación de la agrupación oficialista juvenil La Cámpora con un gobierno municipal.

Sin embargo, al día siguiente se devaluó el peso en un 12% y el día viernes el jefe de Gabinete junto al ministro de Economía de la Nación, en un sketch en el que también podrían haber aparecido vestidos de Batman y Robin, anunciaron una serie de medidas que cumplieron la doble función de operar por un lado sobre la sensación de que podía haber una explosión social si no se intentaba algo con la economía y a su vez como el segundo de los gestos a los potenciales prestamistas que podría tener Argentina, como el Club de París o Rusia -el primer gesto fue la aclaración de Kicillof de que Argentina cumpliría todas sus deudas contraídas al momento-.

Esto deja un saldo extraño, quizás más vinculado con un fenómeno que trae aparejado el siglo XXI como es el de la imposición del profesionalismo comunicacional político, que subsume a la responsabilidad del liderazgo y los principios a la conveniencia comunicacional, al título fácil. Que la Presidente haya dado “una buena noticia” y retado a un intendente por pelearse con no sé quién, un día antes de una planificada devaluación y esquivado la explicación a la sociedad sobre la consistencia programática del plan de devaluación, los efectos, sus implicancias y con qué objetivo se hacía, es extraño cuanto menos.

En los libros de historia no se va a poder decir que el liderazgo de este turno presidencial fue un liderazgo de coraje, como posiblemente alguno pueda decirlo sobre el de Néstor Kirchner. Lo hicieron con los cacerolazos, con la tragedia de Once, lo hicieron con los saqueos y ahora con la economía. No dan la cara, no explican, no dan soluciones. Mientras tanto se muestran juntos Batman y Robin, uno que parece estar librando una batalla silenciosa por adentro y el otro que todos los días quiere mostrar que es muy malo y está enojado con la década del 90 –de la que ya pasaron 15 años, en los que el kirchnerismo gobernó casi 11- . El pasado viernes a Jorge Capitanich, luego de la intervención de Kicillof solo le faltó decir “¡A la baticueva, Axel!”.

Como corolario de todo este asunto, un tema fundamental es que se ha reconocido la cifra, que hasta ahora se mantiene informal y al margen de las mediciones del INDEC, de que en Argentina hay un millón y medio de jóvenes que ni trabaja ni estudia entre 18 y 24 años. Que a su vez las medidas económicas tomadas recientemente apuntan a que solo pueden “atesorar dólares para el ahorro” las personas que ganan $7500 siendo que es, según el Gobierno, el punto a partir del cual se tiene “capacidad contributiva”, y que ganando $7500 ya se pasa a pertenecer al 25% más rico de la sociedad.

El PJ y el kirchnerismo están en la chiquita

La administración del Gobierno Nacional, por acción u omisión, inició el camino hacia un modelo político basado en la descentralización de la toma de decisiones. Esta descentralización de la toma de decisiones comenzó con un empoderamiento de la figura del jefe de Gabinete de Ministros, que ahora se encuentra relativizada por las recientes actuaciones del ministro de Economía, Axel Kicillof.

El empoderamiento real del jefe de Gabinete de Ministros hubiera permitido la construcción de una experimentación democrática, postergada por el kirchnerismo, respecto a la atenuación de las responsabilidades cotidianas del Presidente, cuestión que hoy sólo es por título, tal como sucedió con todos sus antecesores. Capitanich así se enfrenta a una encrucijada similar a la de Daniel Scioli: pocos creen que está de acuerdo con lo que debe defender, pero así y todo lo hace. Para alguno esto puede ser una virtud o un defecto según se entienda que esta actitud es responsable -sabiendo que dan batallas internas que luego pierden- o simplemente hipócrita.

Este ensayo deja como saldo la experimentación democrática de la atenuación del hiperpresidencialismo pero en una versión extraña. Es muy reciente para analizar si esto es positivo o negativo dentro de la agenda del kirchnerismo, pero sí permite analizar las posibilidades que se abren respecto al rol que puede ocupar la figura presidencial en el esquema gubernamental.

En cuanto a Axel Kiciloff, Néstor Kirchner decía que cuando un país es administrado por las corporaciones, el ministro de Economía se convierte en una figura relevante. Para complementar esta aseveración del ex presidente Kirchner podría decirse que en nuestro país en particular se puede observar que gobierna una facción enemiga de los intereses nacionales cuando la administración política de los Ministerios de Industria y Agricultura es irrelevante.

Este escenario muestra claramente una dimensión infantil de la administración del poder y de la gestión. Le da a uno y le saca al otro según el momento. Esto a su vez exhibe, por la personalidad de la Presidente, que su desaparición de la escena pública implica que sus problemas de salud persisten. Asistimos a la interna de cara a 2015 en que el kirchnerismo y el PJ se van a disputar las riendas del poder para definir las posibilidades de subsistir con el control del Gobierno y el futuro o bien desgastarse para que surja una alternativa.

Hay algo muy seguro, tanto el Gobierno como el PJ perdieron el eje. Puede sonar inocente pero el peronismo fue revolucionario y poderoso toda vez que se pensó como una fuerza profundamente transformadora para el progreso de los trabajadores y se convirtió en reaccionaria y sectaria toda vez que se pensó para sobrevivir en el poder.

No escapa a esta lógica el radicalismo como fuerza nacional, hoy cooptado conceptualmente por el socialismo santafesino, siendo que al igual que el peronismo se encuentra vacío de contenido y de valores. Argentina atraviesa una época de profunda crisis en sus partidos políticos. No faltan los que dicen que “las sociedades tienen los gobiernos que se merecen”, pero éste es un facilismo que termina dañando la noción democrática de la representación y construyendo en el imaginario colectivo una atmósfera de tolerancia al mal gobierno.

No es casual que el papa Francisco obsequie a cada presidente que lo visita el Documento de Aparecida, documento de la Iglesia donde se advierte sobre el peligro del egoísmo, la individualidad, la influencia de las corporaciones internacionales, del narcotráfico y su vínculo con la política y del ejercicio de la política sin principios ni valores. Tampoco es casual que haya recibido a algunos políticos y a otros no.

En el Documento de Aparecida figuran muchas de las claves políticas para entender la inevitable influencia que el Papa tendrá en el mediano plazo en la política Argentina, no porque ahora sea poderoso y pueda hacer lo que quiere sino más bien porque es necesario y su propuesta es por demás sensata, es una verdadera propuesta política, de valores y principios, para el progreso, la transformación y la vida en sociedad.

Si este Documento no es leído por ningún presidente debería ser leído por cualquiera que quiera serlo mientras el PJ y el kirchnerismo están “en la chiquita”.

2013: de “Cristina Eterna” a “¡La hora referí!”

Este año comenzó repleto de tensiones, muchas de ellas por batallas que decidió dar el kirchnerismo abiertamente al público y otras que intentó silenciosamente, pero que forzosamente terminaron siendo popularizadas. El caso paradigmático fueron los coletazos del fallido 7D -7 de diciembre de 2012, fecha en la que se suponía la Corte Suprema se expediría a favor del Gobierno nacional por la Ley de Medios en detrimento del Grupo Clarín, cosa que no sucedió- y que signó el comienzo del 2013. De las que silenciosamente se tejieron luego del fallido 7D se podrían resumir principalmente en el avance sobre la Justicia, que consistió principalmente en la construcción de un poder propio, del Gobierno Nacional, dentro de la Justicia, para obtener impunidad y para ampliar el horizonte hegemónico de su influencia, hoy limitada por el voto popular.

Los cacerolazos del 2012 llevaron a que los partidos políticos y los principales líderes políticos de cada jurisdicción tuvieran el doble desafío de tener que saber representar la decepción popular de una Presidente que hizo casi todo mal después de ganar y a la vez tener que lograr convertirse en alternativas superadoras, más allá de la representación de la indignación. En algunos casos se logró mejor que en otros.

En medio de todo esto aumentó de una manera abrupta y violenta la influencia del narcotráfico, de la inseguridad, de la anomia social, de la inflación, de la presencia del Gobierno Nacional en los medios gráficos, televisivos y radiales, del desconocimiento del destino de los impuestos que paga la ciudadanía y aportan municipios y provincias, de la ineficiencia, de la inacción, de que los discursos pueden suplantar la responsabilidad del Estado sobre el gobierno y por último de la corrupción.

No se recuerda ninguna medida seria del segundo turno presidencial de Cristina Fernández para modificar y contener el desmoronamiento estructural de la economía y la convivencia social. Lo que queda es producto de parches sobre algunas medidas, polémicas, del primer turno presidencial: Ley de Medios, AUH -vía decreto presidencial-, nacionalización de los fondos de las AFJP -que hoy son utilizados para pagar la AUH, Fútbol para Todos y el programa de netbooks en escuelas-. En el segundo turno presidencial se recuerda la estatización de un porcentaje mayoritario de las acciones de YPF-Repsol que tuvo una administración tan paupérrima que luego de las diatribas de latinoamericanismo emancipatorio devinieron en un acuerdo con la petrolera norteamericana Chevron para mostrar algo de seriedad para atraer inversiones.

Muchas veces, incluso desde esta columna, ocupamos tiempo pensando, reflexionando y cuestionando la forma en que el kirchnerismo hace política y muy poco nos detenemos a decir que lo peor que tiene el kirchnerismo es su manera de gestionar, de gobernar. Se puede, discursivamente, pretender dividir a la sociedad y pensar que podemos darle clases a Estados Unidos -¿se acuerdan del “efecto jazz”?- pero el problema lo tenés cuando no gobernás ni para los “buenos” ni para los “malos”. Como sucede ahora.

Y sí, no sólo han gobernado y gestionado lo público como si fuera una empresa familiar sino que además han administrado realmente mal el poder. Han destrozado el sistema federal, han utilizado los recursos nacionales para realizar una construcción de poder miserable y dirigida, donde se favorecieron notablemente a los intendentes fanáticos -aunque sería más justo decir rufianes-, dispuestos a hacer monumentos a Néstor Kirchner por sobre las municipalidades que se resistieron a la berreteada. De esta manera, el Gobierno Nacional puenteó serialmente a los gobiernos provinciales y establecieron un vínculo directo con los intendentes. Efecto que se les volvió en contra en las últimas elecciones.

Las elecciones de octubre signaron una paliza electoral aún más importante que la de 2009, no solo porque Néstor Kirchner ya no está y Cristina no tiene reelección sino porque han insistido en sus defectos. En el apriete, el grito, el robo, la indiferencia, la soberbia y la mediocridad.

Jorge Asís, quizás el periodista político más influyente de 2013, ha signado un axioma ya desde 2008/2009 en el que afirma que “al kirchnerismo se lo debe comprender por sus recuperaciones”. Esta racionalización de la táctica kirchnerista que hace Asís también ha permitido que se incorpore en la lógica opositora la noción de que “éstos se recuperan”. Cosa que sucedió, o al menos parecía que iba a suceder. Jorge Milton Capitanich asumió como reacción a la derrota electoral de octubre como jefe de Gabinete del PJ, puesto para asegurar la gobernabilidad y orientar la gestión hacia una agenda de temas normales, necesarios. No obstante, esto duró dos semanas, hasta que las papas empezaron a arder y el desgobierno de los últimos años comenzó a mostrar la hilacha. No hay audacia política que sustituya el gobernar mal, y más aún, gobernar mal tantos años.

Los saqueos, la anomia social, la desintegración cultural de los sectores más vulnerables, dejan un regalo peligroso para la democracia que es la tolerancia a la extrema mediocridad, uno de los enormes desafíos que tendrá la dirigencia política desde 2016.

Este año ha sido posiblemente peor que el 2001 porque en éste sucedieron cosas muy parecidas y peores -porque hubo organización delictual- pero con un mango en la calle. El 2013 del kirchnerismo nos regala a todos un aprendizaje: el problema del progreso no es solo un problema de plata.