A 30 años de democracia: ¿moderados?

Estamos atravesando lo que parece el fin de un ciclo. Un ciclo más dentro de una historia o tipo de historia a la que la Argentina nos tiene acostumbrados, y que construimos entre todos nosotros, nuestros padres, nuestros abuelos.

Hasta 1983 vivimos la alternancia de gobiernos democráticos -o pseudo democráticos- y gobiernos militares. Para algunos, se trataba de reglas de juego del partido que históricamente le tocó jugar a la Argentina. La Argentina eran ellos, y a ellos les tocaron las fichas y las aprovechaban. No había que preocuparse demasiado si a otros, por muchos que fueran, no les había tocado nada. El derrame les permitirá recibir algunas fichas y también jugar. Así debía ser. Para otros, la mayoría de los argentinos arrastraban una pesada herencia colonialista, autoritaria y oligárquica que impedía al pueblo pensar en un modelo de país justo, equitativo e igualitario, pero que al mismo tiempo se desarrollara económicamente sin depender de vacas y granos, que solo beneficiaban a unos pocos. El derrame no era tal. Así no. En el medio, otros muchos que sólo querían trabajar y vivir en paz, pero no se involucraban en lo público.

Desde 1983 la alternancia de ciclos continuó, pero con una diferencia fundamental: la democracia. Ahora dependíamos de nosotros mismos, podíamos expresarnos libremente, elegir; pero el tiempo nos mostró que la cosa no era tan fácil. Mucha retórica, mucha política, mucha democracia, pero seguíamos negados o incapacitados para definir un proyecto común de país. Ellos y nosotros. Nosotros y ellos. Y así seguimos, divididos, negados a pensar en un futuro nuevo, distinto. Política y retórica nos siguen condenando a vivir entre extremos. Entre proyectos reivindicativos que, antes como ahora, siguen beneficiando a unos pocos: la gloria de los años ‘30 o las luchas de los ‘70.

Los discursos extremistas han pretendido arrastrar a los argentinos hacia uno u otro extremo, pero siempre con las mismas características, el beneficio circunstancial de unos pocos, y el mismo resultado, la imposibilidad de construir una identidad común y consolidar bases comunes (políticas de estado) que nos permitiera crecer social y económicamente aun con alternancias en el gobierno. En el medio sigue quedando un importante sector de la sociedad, antes dormido, que ahora parece haber despertado y dispuesto a hacerse cargo de su ciudadanía, que trasciende el sólo hecho de votar.

Sin perjuicio de esta pobre evolución, marcada por la mediocridad y mezquindad, destaco diversos avances. En primer lugar la consolidación de la democracia. El argentino medio rechaza los autoritarismos, militares o dictatoriales, y desea vivir dentro de un estado de derecho. En segundo lugar destaco una mayor conciencia social en todos los sectores de la sociedad. La pobreza que antes se ignoraba, ahora se ve. Y de cerca. La exclusión y la discriminación están a la vuelta de la esquina, para todos. La tecnología y los medios de comunicación aceleraron el proceso. En tercer lugar advierto una mayor conciencia de que los fanatismos (de derecha, de izquierda, religiosos, culturales), la mentira, el odio y la agresión, en el mediano y largo plazo no conducen a nada. Todo vuelve, y cada vez más rápido. Por el contrario, fanatismo, mentira, odio y agresión enferman. Enferman a la persona, psíquica y físicamente. Que lo digan los médicos. Y enferman a la sociedad, desorientándola, haciéndola desconfiada, quitándole naturalidad y frescura. Hace tiempo que estamos enfermos, pero parece que ahora nos queremos curar. Por otro lado no nos bancazos la tibieza. Soñamos con un país sólido, y funcionarios con cojones, que se animen a tomar decisiones y se aguanten las consecuencias.

Destaco asimismo una mayor conciencia en la importancia de rol del Estado y el involucramiento en lo público de aquél amplio sector de la sociedad que antes no participaba, y dormía confiado en que había otro que defendía sus intereses. Algunos seguirán diciendo que el interés de otros radica en reforzar el Estado proveedor, para seguir viviendo a costa del esfuerzo y sacrificio de otros, llevando al máximo el principio del “nunca es suficiente”. Otros seguirán diciendo que el interés de algunos radica en llegar al poder para achicarlo. Pero lo cierto es ya pocos desconocen la necesidad de un Estado presente, de la importancia de defender el espacio público y de proteger los recursos naturales y el medio ambiente. Y de a poco nos vamos dando cuenta que el Estado debe ser administrado, y que para ello no sirven la política, la retórica, los discursos ni el voluntarismo. Que los recursos son de todos y son escasos, y que hay que gestionarlos eficientemente. Que sin gestión eficiente de los recursos no es viable un proyecto familiar, y mucho menos un proyecto de país.

Ahora se trata de una elección de medio término. Nada cambiará demasiado en el corto plazo. Pero es un momento oportuno para comenzar a diseñar un futuro distinto que nos permita romper esa tendencia hacia la mediocridad y aprovechar al máximo, sumando y no dividiendo, las capacidades de cada uno de los argentinos.

Poder Judicial: menos democratización, más República

Democratizar” no es un término apropiado para el Poder Judicial.

Democracia es participación del pueblo en el gobierno, en la toma de decisiones y en la elección de sus autoridades.

La Justicia y el rol del Poder Judicial poco tienen que ver con este sentido del término; las decisiones de los jueces no necesariamente deben adecuarse a la opinión de la mayoría.

Los magistrados están para proteger los derechos de las personas, aun frente a las mayorías y los grupos de poder (político, económico y social). El Poder Judicial debe ser el tercero imparcial que resuelva nuestros conflictos.

Ello no implica decir que en Argentina el sistema de administración de justicia y de selección de magistrados funcione bien y que no haya que reformarlo: la reforma judicial es necesaria y requiere de cambios importantes. Romper quintas y tradiciones que no le hacen bien a nadie, acercar el Poder Judicial a la gente, ampliar el acceso a la justicia y mejorar la gestión para que los problemas se resuelvan rápido y los procesos no duren tanto tiempo.

Pero el criterio orientador de la reforma no debe ser la democracia, sino los principios republicanos que marca nuestra Constitución Nacional: igualdad ante la ley, división de poderes, independencia judicial, publicidad, transparencia y rendición de cuentas.

La esencia del Poder Judicial es su independencia, y para esto debemos garantizar que los jueces puedan decidir de manera imparcial y defender los derechos individuales frente a los avances de la mayoría, del Estado y de cualquier otro poder circunstancial.

La reforma judicial pendiente deberá fortalecer la institucionalidad del Poder Judicial y garantizar su independencia, y cualquier propuesta o avance que sea contrario a esto debe ser rechazado.