Si no quiere cobrar, no robe

Cortito y al pie. Nunca un problema se resolvió tan rápido, tan fácil, tan simple. Si quiere evitar ser linchado, no robe. Ese sería el primer consejo que le daría a los malvivientes preocupados por la ola creciente de violencia donde por cada 752 mil personas que asaltan, uno les devuelve, al menos, una trompada. (Los números no son de fuentes oficiales y deben ser tomados a la ligera).

El problema es complejo y viene como resultado de varias décadas perdidas, ganadas tal vez pero solo por unos poquitos, dueños de aviones privados y bóvedas, hoteles y edificios en Puerto Madero.

Por suerte, quien les escribe se toma con liviandad el tema de opinar sobre todo y hoy es experto en sociología del crimen y mañana será técnico de la selección. En definitiva, un aspirante de periodista, doctorado en todo, leído en nada.

Como dije antes, el tema es complejo, pero lo lleva a cabo gente normal, sencilla. Digamos que el tema de los linchamientos parte de lo más natural de las personas, de eso que traemos de nuestra ascendencia animal. Las cosas se arreglan con violencia, la supervivencia del más apto, un enfoque casi nietzcheano donde el más fuerte debe ayudar al más débil a perecer.

Si todo estuviese tan bien, si la asignación universal por hijo funcionara, si sacar subsidios al gas para mantener a 2 millones de individuos que no laburan ni estudian fuese el camino correcto, nada de esto sucedería. Los linchamientos son el síntoma de que algo está mal, muy mal, en el intento forzado de convivencia que llamamos nostálgicamente sociedad.

Y si el linchamiento es el síntoma, la enfermedad definitivamente es el kirchnerismo. No por acción si no por inacción. Negligencia casi con intención de dañar, o al menos de mirar para el costado.
Cristina, tan cínica como acertada, dijo que no podemos esperar que den valor a la vida personas que les enseñaron que su vida vale dos pesos. El problema es que la única responsable de esa realidad es ella.

¿La inseguridad se combate con educación? FALSO. La desigualdad social se combate con educación. La inseguridad se combate con policía, con armas, con equipamiento para que los que nos defienden estén mejor preparados que los que nos atacan. Es fácil ser juez de la Corte Suprema, andar con seguridad las 24hs y pedir que ningún chorro vaya preso.

Pongan un policía por esquina, una comisaría por barrio. Pongan patrulleros que patrullen de verdad, manejando despacito, mirando lo que sucede alrededor. Pongan fiscales que se animen a investigar y dejen de suspender a los que investigan al estado. Pongan jueces que no hayan sido nunca de La Cámpora, jueces que hayan leído el código penal al menos una vez.

Pongan todo lo que hace falta y recién ahí tendremos el derecho y la altura moral de juzgar a los ciudadanos comunes que hartos de la zona liberada se les fue la mano en eso de la legítima defensa.

Ensayo sobre la ceguera

Supongamos un caso de estudio en el cual dos familias iguales, misma situación económica, misma conformación, hasta padres con caracteres similares, se dedican a criar cada una a un hijo de la misma edad de forma opuesta. A uno le enseñan a estudiar, a trabajar, a formarse y a conseguir sus propias cosas. También le enseñan a ahorrar porque no siempre va a tener mucha plata. Al otro le dan todo lo que pide y lo que no también. Si reprueba en el colegio no le dicen nada y si no quiere trabajar hasta los 40 es su decisión. Adivinen cuál va a ser exitoso.

Cuando el país entero se unió bajo el lema “que se vayan todos”, no nos imaginamos que el peor mal que nos podían hacer era inundar las calles de dólares.

Las reservas crecían aun con el pago de la deuda al FMI y nos creímos que sabíamos todo, que habíamos encontrado la receta del éxito. Creímos que estábamos para dar cátedra a Europa y que Estados Unidos era un peón de China. También creímos que 678 algo de razón tenía. Y como ese chico al que nunca le enseñaron nada en su vida, creímos que la buena iba a durar para siempre, que ahorrar no era necesario.

Nos encegueció la plata, el consumo, las cuotas sin interés, el fútbol gratis. Dejó de importar cuánto se robaran mientras los subsidios a la electricidad nos dejaran tener tres aires prendidos a la vez en septiembre. Las paritarias nos aumentan los sueldos un 20% y festejamos aunque la inflación supere eso y ganemos cada vez menos, y eso para la mitad del país con la suerte de estar en blanco.

Miramos con ese cinismo horrendo de creer que dar una moneda en el subte es cuidar a la gente que menos tiene, y festejamos la Asignación Universal por Hijo. Cinco años después nos venden que está bien dar un plan a los que no laburan ni estudian. Finalmente, con diez años de crecimiento la gente estudia cada vez menos y trabaja cada vez menos, mientras el 40% de la población con capacidad de trabajar vive del Estado.

Nos volvimos ese hijo mantenido.

En el país donde el Congreso es la escribanía del Gobierno, descubrimos por las malas que hay ciertas leyes que no se pueden romper. No se puede ganar 5 y gastar 10. No se puede vivir con lo propio cuando absolutamente todo lo que producimos tiene componentes importados. Cuando no nos alcanza el gas, ni el petróleo, ni la energía en general.

Ahora tenemos un país lleno de ciegos dando tumbos, golpeándose las cabezas entre sí sin entender que nos pasó. Pero tenemos un pequeño grupo de vivos que aprovecharon eso, que siempre vieron. No todos los que defienden el modelo lo compraron. Muchos nunca perdieron de vista que era un dibujo para hacer la suya, para salvarse para siempre. Los vivos que van y vienen, que saltan de espacio en espacio, oficialistas y opositores. Son fáciles de reconocer.

Sería bueno que si un día recuperamos la visión podamos aprender de nuestros errores. Entender que cada paso que avanza el Estado sobre lo que no debiera ser estatal es un lugar más de corrupción, de coimas y de ineficiencia.

Sería bueno que una vez, si nuevamente un gobierno se va y deja todo arrasado, hagamos algo para que sus integrantes sean juzgados y se los ponga en el lugar que corresponde, o que al menos nos conformemos con no volver a votarlos cuando se cambien de camiseta y nos digan que en verdad siempre fueron del otro equipo.

 

Menem eterno

Menem llevaría 24 años en el poder. Asumió en el ’89, meses antes de la renuncia de Alfonsín, cuando la hiperinflación y la crisis política se le había escapado de las manos al caudillo radical. Ganó ese año. Después modificó la constitución para poder repetir. Ganó de nuevo en el ’95. Luego se tomó un descanso entre insultos y demonizaciones. Volvió a ganar en 2003, y nunca más se fue.

Tal vez no ganó de hecho. Técnicamente ni se presentó. Pero sigue detrás del poder como el primer día. Cristina así lo confiesa. Ella es la titular del Poder Ejecutivo. Responsable entre otras cosas de la energía, de darnos luz. Ella delega en quien considere idóneo para resolver cualquier inconveniente. Lleva 12 años gobernando. Dice que todo lo malo es culpa de Menem.

El innombrable seguiría a cargo del transporte ya que los trenes son un desastre. Con esta lógica él está a cargo también del petróleo, del correo, las rutas, autopistas, hospitales y escuelas. Dónde hay un problema, él es el único responsable.

Catorce años después de su última presidencia parece ridículo seguir analizando si es responsable o no de lo que nos sucede hoy en día. La realidad es que durante su gestión la energía y la nafta alcanzaban, y hoy la importamos de países como Bolivia y Uruguay, cosa impensada en la década de los ’90, cuando estos países eran como nuestros hermanos menores.

Pero el discurso político es así. Todos compramos el último de los Redondos pero cuando toca el Indio pedimos “Jijiji”. Cada vez que los improvisados que nos gobiernan abren la boca, la platea de aplaudidores analfabetos pide a gritos la misma canción: la guita se la llevaron las empresas en los ’90 y todavía la estamos pagando.

Puede que parte sea cierto. Tan cierto como que Néstor y Cristina se llevaron del país los fondos de la privatización de YPF para nunca devolverlos. O sea que quizás sí se la llevaron toda en la época de Menem, ellos también.

Y así llegamos, un cuarto de siglo después, a esta realidad que supera la ficción. Este chiste de mal gusto donde 51 muertos por un accidente de tren motivó al secretario de Transporte a decir que era culpa de los que se amontonaban en el primer vagón, y que si era feriado no se moría nadie.

Ahora nos dicen que con más de 32 grados se corta la luz. Es como decir que cada día que alguien tenga hambre, puede haber faltante de comida. Estamos en verano. ¡Todos los días hace más de 32 grados!

Pero la vida en Argen y en Tina es así. Sobrevivimos a los cortes de luz, al calor, al bochorno, a la vergüenza y a la impunidad. El mundo se ríe de nosotros por lo que pudimos ser y nunca fuimos, y nosotros nos reímos de ellos porque… bueno, porque no entendimos nada.

Si el mundo fuese una autopista nosotros seríamos una carreta con las balizas en el carril derecho a 25km/h con las ventanillas bajas cagados de calor. Los países que nos rodean se suman a la evolución. Producen más y mejor. Tienen más laburo. Mejor calidad de vida. Miran para atrás con orgullo de cómo fueron mejorando pasito a pasito, de a poco, constantes.

Nosotros miramos para atrás y estamos cada vez peor. Cada vez más pobres. Cada vez más corruptos. Cada vez peor salud y educación. Ya festejamos cuando nos comparamos con alguna fecha pasada y al menos salimos empatados.

Menem dejó de gobernar hace 14 años. Es hora de que los que lo sucedieron dejen de echarle la culpa y se hagan un poco cargo. 

¿Y si prendemos fuego todo?

El libro Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira, de Roberto Payró, es uno de los textos de actualidad que mejor retratan a la sociedad y a la política argentina. Este libro corto, plagado de humor y de imágenes que nos referencian hoy a casi cualquier político argentino, tiene una particularidad: fue escrito hace más de 100 años.

Cuenta la historia de un tipo llamado Mauricio Gómez Herrera, quien pasa de una familia humilde de un pueblo chico del interior a las primeras líneas de la política nacional, de diputado a jefe de policía.

El protagonista es hijo de la generación del 80, pero podría haber nacido radical de Yrigoyen, peronista del ’45 o del ’73. Pudo ser kirchnerista de La Cámpora, cineasta de izquierda o denunciador de Lilita.

La historia de su crecimiento vertiginoso en la política con vivezas criollas, casamientos por interés, cargos, alianzas y traiciones es aplicable a cualquier época, cualquier partido y cualquier proceso que hayamos vivido, donde la inteligencia para vender es más importante que la capacidad de hacer, y donde la habilidad para reinventarse para saltar de partido en partido sin ensuciarse es el ítem más buscado del currículum en el mercado laboral de la política.

El gran enigma argentino es cómo entramos al siglo XX como una de las diez potencias mundiales y salimos del mismo siglo en helicóptero entre saqueos y golpes de estado opositores.

Desde que empezamos a votar el país fue más o menos el mismo durante ya 100 años. Con distintos colores políticos, distintos presidentes y sobre todo con distintas coyunturas internacionales que hacen de un país que casi no desarrolló ninguna industria salvo la de los alimentos, un péndulo que va de la pobreza y la crisis a la opulencia y el derroche.

Cada gobierno que llega destruye lo que hizo el anterior, lo demoniza discursivamente, cambia algunas cosas, y termina cayendo en los mismos vicios, con la idea de que son medios para el fin último de convertir en realidad la eterna promesa de campaña de ser, efectivamente, un cambio.

Pero esto no cambia, y probablemente nunca cambie. Los políticos no salen de un repollo. Son el resultado de la sociedad en la que nacen. Exponen los mismos vicios. Son ventajeros y en gran medida corruptos. Facilistas, aunque excepcionalmente inteligentes y creativos.

Cada diez o doce años tenemos saqueos, inflación, crisis, ajustes y a miles de planes sociales manifestándose cerca de las fiestas. Los problemas son los mismos con un Estado quebrado como en 2001, con una hiperinflación como en el ’89 o con un Estado millonario con soja a U$D 500 la tonelada y parados sobre la segunda reserva de petróleo no convencional del mundo.

La clase política es responsable, pero no la única. Los buenos modales se aprenden en casa y depende de todos cambiar este paradigma.

Tal vez prendernos fuego no sea tan malo, en el largo plazo. Tal vez haga falta que explote todo para entender de una vez que no somos el pueblo elegido y que la única forma de desarrollarnos es con trabajo serio a largo plazo. Aunque ojalá no lleguemos a eso.

Una buena y una mala

El que dijo que el mal de muchos es consuelo de tontos no entendía nada. Cuando el mal es de muchos, es un consuelo buenísimo. Uno está dispuesto a aguantar como sociedad o como pueblo una crisis. La bancás. Pasas de Coca a Goliat y de vacío a pollo entero a la parrilla. Lo comentás con humor. Vas traficando información de dónde comprar más barato y mejor. Lo malo entre todos se sobrevive mejor.

Los saqueos ya son un mal de todos. Los vivimos hace 12 años cuando el país quebraba y el Estado nos robaba los ahorros, y los vivimos ahora cuando la economía no está tan mal. Aunque vaya empeorando año a año, estamos a años luz del desastre que vivimos en 2001.

Pero los saqueos aparecen, cada tanto, para recordarnos que por más bien que nos vaya, por más plata que tengamos, somos una sociedad subdesarrollada.

Cada saqueo es un baldazo de agua fría que nos recuerda que con 10 años de crecimiento el nivel educativo sigue empeorando y los pibes salen cada vez peor. En 10 años de crecimiento seguimos tomando medidas anticrisis cuando la crisis pasó hace ya casi cuatro mundiales.

La asignación universal y la teoría de querer a todos dentro de la escuela son perfectas en esos momentos donde todo se va al tacho. Con el tiempo, cuando todo se ordena y volvemos a crecer, es necesario levantar los estándares y construir aunque sea de a poco alguna base que nos saque del destino casi inevitable de caernos cada 10 o 12 años. Pasar de los planes sociales a promover más y mejor trabajo, algo que está estancado hace tiempo, incluso para los números del Indec. Y pasar de escuelas de contención a escuelas de nivel, para sacar algo un poco más competitivo para el mercado laboral que una horda de adolescentes maleducados subiendo fotos a Facebook de lo que saquearon.

La mala es que cada vez que algo sale mal nos damos cuenta de que el gabinete nacional no existe desde 2005, que los ministros no se reúnen, no tienen planes de trabajo y menos aún de contingencia, que cada vez que explota algo pareciera que los funcionarios corren en círculos, golpeándose la cabeza y operando medios para ver quién queda como el responsable de algo que es responsabilidad de todos. Si el kirchnerismo quiere desentenderse de la seguridad, entonces que deje de cobrar impuestos.

La buena es que seguimos siendo Argentina. Un país enorme, con mucho espacio libre y muchos recursos que nos van a permitir seguir siendo una masa uniformemente improductiva que con vender algo de lo que producimos logra los estándares de vida de un país desarrollado.

La buena es que con la producción de alimentos y la futura extracción de shale oil vamos a pasar los próximos cien años decidiendo en qué queremos gastar la fortuna que nos encontramos y que definitivamente no nos ganamos.

Y la mejor es que dentro de lo malo, lo bueno es que estos recursos, a pesar de nosotros, van a permitirnos seguir viviendo con educación y salud gratuitas y dentro de todo de calidad, con derechos laborales que son la envidia de cualquier país rico del mundo.

La buena, en definitiva, es que somos un país con suerte, aprovechémoslo.

Axel, el cazabobos

Algunos errores que no nos podemos permitir. Pensar que es un militante más de La Cámpora, bardero, engreído, sin preparación. Algo de eso hay, también hay mucho de personaje, pero preparado está. Otro error es suponer falta de capacidad. Si algo no le falta es capacidad. En términos generales, de cualquier político exitoso se presupone cierta inteligencia, y él no debe ser la excepción.

El mundo de los winners no es el de los que logran, sino el de los que aparentan. Una gestión exitosa mal vendida es tan útil como una oficina de vicepresidencia de la Alianza. Una suma de fracasos vendidos como duras luchas entre el bien y el mal, donde el Estado supuestamente triunfa por el pueblo contra los intereses corruptos de unos pocos, es siempre un acierto.

Analicemos sus victorias. Junto con Recalde en Aerolíneas, logró comprar una empresa fundida y licuar las deudas de los amigos de Néstor. No la estatizaron, así no deberían presentar nunca un balance. Pierden millones de dólares por día. Están tapados de causas penales por sobreprecios. Los aviones de Aerolíneas están tan mal que chocaron dos veces en un mes saliendo del estacionamiento. Dentro de poco van a tener que volar con la P de principiante pegada al ala.

Otro eje del relato del marxista es YPF, una estatización a Repsol, a quienes acusaron de desinvertir después de haberla controlado durante 10 años sin emitir una queja. Decidieron no pagar las acciones robadas. La Unión Europea sancionó la compra de biodiesel argentino. Nos tocaron los dólares y salimos a negociar. Mientras, YPF incumplió con todas las metas para estos dos años. La crisis energética es el peor rojo en las reservas que cada vez son menos. Y regalamos lo poco que había a Chevron, los amigos petroleros yanquis. Marx, mientras, se revuelca en su tumba.

A esto podemos agregarle la condena al 80% de los jubilados a cobrar la mínima. El Fútbol para Todos con negocios multimillonarios para unos pocos. El cepo al dólar del cual no saben cómo volver. El emisionismo descontrolado y su terrible consecuencia, la oficialmente negada inflación, que nos hace cada vez un poco más pobres.

Estas son victorias porque el fracaso se esconde, agachado y tembloroso, detrás de un relato épico de conquistas sociales que los argentinos compramos. Las estatizaciones, sea cuales fueren, tienen una aceptación del 80% promedio a lo largo y a lo ancho del país, en todas las edades y clases sociales. La gente que no le cree nada al gobierno. La que piensa que por cada peso se roban dos. La que grita “que se muera la yegua” entre cacerolas y programas de Lanata, por alguna razón termina apoyándolas. Como si las empresas estatizadas no quedaran en cabeza del mismo gobierno al que odian de manera visceral.

La mitad más uno del país sigue siendo kirchnerista, aunque no lo sepa. Y esa verdad, mal que nos pese, es la que termina decidiendo en cada elección ejecutiva. En dos años, veremos si la regla se mantiene.

La Fiesta del Chivo

En esta obra increíble el genial Mario Vargas Llosa cuenta la historia del ex dictador de la República Dominicana Rafael Leónidas Trujillo. Un personaje que amasó fortunas incalculables para él y sus amigos. Reprimió y asesinó a miles de opositores e inmigrantes haitianos, pero también logró niveles de crecimiento y desarrollo que el país nunca volvería a ver.

Gobernó durante 30 años ininterrumpidos en los cuales la única constante fue su figura, y los grandes líderes de su movimiento fueron subiendo y bajando, creciendo y estrellándose, día a día, a orden y capricho del dictador.

En este culto a su persona, su juego consistía en levantar personas cercanas y bajarlas sin explicación ni razón aparente. De esta forma, por un lado medía la lealtad de los que de repente perdían todo y, por el otro, mantenía a todos alertas y asustados, nunca demasiado cómodos en un cargo ni con demasiado poder.

En definitiva. Nadie podía ganar más que él ni tener mejores posesiones. Nadie podía levantar la cabeza ni brillar demasiado. Poderosos y lacayos, todos sirvieron de títeres de un tipo que supo mantener el poder por un período mucho más largo que el normal para las dictaduras contemporáneas latinoamericanas.

Con diferencias y semejanzas, vemos muchas cosas en común con el gobierno kirchnerista que supo y sabe mantenerse en el poder muy por encima del promedio. Con tres gobiernos consecutivos, sin posibilidad de re reelección y con los propios sin saber si quedarse o saltar al barco tentador de los ex funcionarios que ahora son opositores, empezamos a ver algunas paranoias propias de líderes como Trujillo.

Tal vez la salida de Guillermo Moreno sea una de ellas.

Algunos suponen que se tuvo que ir por el hartazgo de la gente. Por una mala imagen cosechada con decisión tras decisión contra la clase media. Si bien este es un gobierno que vive de las apariencias, nunca se caracterizó por elegir a sus personajes por cómo medían, ni a mantenerlos o sacarlos por cansancio. Si no ya habrían pasado a retiro a D’Elía, Oyarbide, Kicillof, Cabandié.

Otra posibilidad es que Cristina se haya cansado y haya culpado al ex superministro de los fracasos en materia económica desde la imposición del cepo cambiario. Pero tanto Néstor como Cristina se jactan de saber de economía y de ser la última voz en la materia. Por más poderoso que se vuelva un secretario de Comercio Interior de un país que se propone vivir con lo propio, se entiende que él, con mayor o menor iniciativa y poder de decisión, estaba cumpliendo órdenes.

Lo que nadie parece cuestionar, desde adentro y desde afuera, es que fue un soldado del proyecto del matrimonio K, que siguió órdenes sin cuestionar, que gritó cuando había que gritar, que trabajó cuando había que trabajar, que se peleó con cuanto empresario había que pelearse, ya sea por razones honestas o por broncas personales de sus jefes.

Parece contradictorio que el ejemplo de militancia, de compromiso, de lealtad, de honestidad  y sobre todo, de ultrakirchnerismo, pueda ser exiliado a la fuerza a un cargo de segunda línea en una embajada que ni si quiera es de las 2 o 3 más importantes.

Pero más contradictorio, y más triste aún, fue ver a la tribuna de aplaudidores y militantes del monotributo festejar con orgullo y nostalgia a su luchador incansable contra los monopolios y las corporaciones, a saludarlo en su partida. Y no ver a ninguno cuestionar a su presidenta por echarlo como a un perro, sin explicaciones ni recompensas, sin premios ni agradecimientos. Simplemente por dejar de ser útil para este reinado que ya duró demasiado.

En contra de Aliexpress

Hace más o menos un mes que no sabemos quién nos gobierna. Se sabe que en lo legal a la cabeza del ejecutivo nacional quedó Boudou, el que no es amado por nadie. Pero el país está tan patas para arriba que no sabemos si Cristina dijo la verdad o mintió, si tuvo un hematoma, un ACV o si actuó para levantar la imagen, cosa que finalmente sucedió.

Lo cierto es que de alguna manera, somos un país lo suficientemente chico como para que esos detalles formales no nos afecten. Hay que ser especialmente burro para arruinarlo. Para encontrar la salida trasera en un helicóptero.

Somos suficientemente chicos como para que eso no nos afecte, pero lo suficientemente ricos como para vivir una existencia por encima del promedio mundial, sin demasiado esfuerzo, ni trabajo ni eficiencia, y apegados a las mediocridades propias de nuestra cultura.

El famoso E-Commerce, o comedio electrónico, fundado en la compra de productos de cualquier lugar del mundo vía internet, atenta contra nuestro pequeño oasis en el desierto de los países condenados a tener políticas serias a largo plazo, o trabajar en serio, para tener un buen pasar económico.

Aunque en el fondo afecte nuestros pequeños corazones liberales, hambrientos de libertad, de abrirnos al mundo, a la globalización, tenemos que entender que no hay industria que sobreviva a comprar una campera por USD 12, y 2 remeras y un jean por USD 20.

En Estados Unidos o en China cuando te echan te echan, lo hacen sin seguro, sin indemnización. La misma flexibilidad laboral afecta al líder del mundo libre y al gigante comunista, ironías de un mundo ideologizado que de ideología tiene poco.

Pero nosotros tenemos la posibilidad de cumplir con el sueño de la tercera posición. Podemos tener metas altas para un país chico, sin ambiciones de grandeza ni de potencia. Seguir siendo 40 y pico de millones pero dormir sobre recursos naturales que pueden alimentar a un tercio del planeta.

Seguir fomentando derechos laborales, paritarias, salarios y beneficios sin destruir a la industria.

Todo esto se puede hacer porque, a pesar de nuestras ganas constantes de arruinarlo, nacimos en un país fenomenalmente rico.

Con un poco de orden, planificación y control sobre el ridículo y corrompido gasto público, podemos cumplir nuestro sueño de ser una versión mejorada de Europa, con una linda democracia participativa al estilo Atenas, aunque nunca en la vida hayamos leído un libro de historia griega.

De todas formas, al final lo más probable es que no haya cambios, ni se le animen a estas páginas de venta de cosas a precios regalados. Pero no es por buena onda, ni por ser cool o modernos. Nada le gustaría más al comisario Moreno que empezar a prohibir sitios de internet por antinacional y popular. Pero al final de cuentas, nadie se le anima al gigante asiático. Por más que nos mientan con que vivimos con lo nuestro, el consumo chino de soja argentina es nuestro respirador artificial, y sin él no vivimos un día.

La UBA es K gracias al Partido Obrero

En 2006 parecía estar todo en orden para que Atilio Alterini asumiera como rector de la UBA luego de ser decano de la Facultad de Derecho. El currículum le sobraba, así como el consenso de los diferentes sectores que gobiernan la universidad. De repente apareció una ridícula acusación de haber sido juez de la dictadura. Tan irracional como suponer que Lilita Carrió fue parte de la dictadura por entrar a la Fiscalía de Chaco vía decreto ejecutivo en 1979.

El PO y demás agrupaciones de ultraizquierda simplemente sabotearon asamblea tras asamblea hasta bajar su candidatura y así dejar en bandeja la posibilidad al kirchnerismo de poner al rector. En principio parece no haber relación, pero los actos del PO no fueron inocentes. Para poder llevar adelante la asamblea se necesitaría el control de la Policía Federal, y el Estado nacional no participó hasta asegurarse de que el candidato fuera suyo. Fue así como el Rubén Hallú terminó asumiendo en una asamblea cerrada dentro del Congreso de la Nación con el control de la Federal. El PO se aseguró que sólo pudiese asumir un candidato afín al gobierno nacional.

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El país de los mosquitos

Hace casi 60 años el mundo observó asombrado el trágico accidente de un avión que transportaba a un grupo de estudiantes, ninguno de ellos mayor de edad.

Por esas cosas incomprensibles de la vida, tal vez por caprichos del destino, o solo con fines literarios, ese avión cayó sobre una isla desierta y el grupo de chicos sobrevivió.

De repente esta isla se volvió su único mundo, al menos por un tiempo. Su realidad, libre de adultos, de reglas, de contratos sociales preestablecidos. Un mundo sin límites a la imaginación y a la concepción inocente de la vida en sociedad que sólo la visión de un chico puede comprender. Un borrón y cuenta nueva de la forma de organizar la conducta de los hombres en sociedad.

Este nuevo gobierno joven, ideal, libre de los vicios de los adultos ya corrompidos, arranca como una democracia participativa donde todos opinan, todos deciden y todos trabajan. Rápidamente evoluciona en una tiranía con liderazgos fuertes y oposiciones débiles.

En busca del orden y de la justicia estos líderes ejercen el monopolio de la fuerza hasta llevarlo a los límites de la violencia y de la muerte, todo en nombre del bien común.

Hace casi 60 años el mundo observó asombrado como una novela para chicos llamada El señor de las moscas, de William Golding, ponía en jaque los pilares fundamentales sobre los cuales se fundaron nuestras democracias.

Este libro se anima a desnudar la eterna lucha entre la civilización y la barbarie. Pone en cabeza de los jóvenes, libres de los principios sociales que les serían inculcados por el paso inevitable del tiempo, la naturaleza humana más cruda y salvaje, la de la jerarquía del más fuerte sobre el débil. La concepción nietzcheana donde el más débil debe perecer y el fuerte tiene la obligación de ayudarlo.

Los actos ridículos y barbáricos de Juan Cabandié que derivaron en el despido de una pobre chica que sólo cumplía con su trabajo nos hace recordar obligatoriamente este memorable cuento.

Nos lleva a reflexionar sobre las consecuencias de dejar la suma del poder en manos de chicos sin experiencia ni voluntad alguna de diálogo. Nos despierta, como un baldazo de agua fría de realidad, de que delegar el monopolio de la violencia en manos de estos políticos jóvenes, en manos de La Cámpora, termina siempre así. Porque, no nos engañemos, un correctivo y su consiguiente despido por no respetar la ley del más fuerte, del diputado, del hijo de desaparecidos, es violencia.

La creciente influencia de los jóvenes K en las decisiones más importantes de la política, de la gestión y de la economía nos hace sentir así, gobernados por ese grupo de menores que terminaron matándose entre sí. Un grupo de chicos que cuando se les dio la posibilidad de gobernar, perdieron la inocencia, y la cambiaron por violencia.

El creciente poder de estos personajes nos hace sentir que vivimos en una versión moderna de ese cuento de hace 60 años, que vivimos en el País de los Mosquitos.