Corriendo la pesada cortina de hierro

Estamos recordando, en estos meses, que ha pasado un cuarto de siglo desde que en Polonia se celebraron las elecciones semilibres del 4 de junio en las que ganó el sindicato Solidaridad, liderado por Lech Wałęsa; que en septiembre de 1989 Hungría abrió su frontera con Austria, por la que pasaron miles y miles de alemanes orientales en dirección a la República Federal Alemana; que el 9 de noviembre comenzó el derrumbe del oprobioso muro que dividía a Berlín en dos mitades: la occidental y libre, y la oriental, comunista. Y también que el 17 de noviembre de 1989 tuvo inicio uno de los procesos más pacíficos y ejemplares de transición del totalitarismo hacia la democracia liberal, la llamada revolución de terciopelo, en la ex Checoslovaquia.

Una de las naciones más industrializadas y desarrolladas del mundo en el período de entreguerras, lo que hoy es la República Checa, sufrió la ocupación del nazismo en 1939. Liberada por el Ejército Rojo, Checoslovaquia fue el único país en Europa central en donde el Partido Comunista tuvo predicamento, habiendo obtenido el 38% de los votos en 1946. Tras formar un gobierno de coalición con otras fuerzas, dio un golpe de Estado en 1948 en el que desplazó a los partidos democráticos, implantó la censura y comenzó el viraje hacia la planificación central de la economía de acuerdo al modelo soviético, la persecución contra toda manifestación independiente u opositora, e incluso las purgas dentro del mismo Partido Comunista.

Un intento fracasado de suavizar el rigor stalinista fue el del “socialismo con rostro humano”, el experimento de Alexander Dubček para buscar una nueva legitimidad para un sistema que estaba colapsando. Esa bocanada de aire fresco fue aplastada por los tanques del Pacto de Varsovia, cuando en agosto de 1968 se impuso la “Doctrina Brezhnev” de soberanía limitada en el campo socialista. Lo que siguió fue el régimen de la “normalización”, veintiún años de existencia gris, asfixiante, pobre y decadente, en los que se simuló que se creía en el socialismo como la sociedad del futuro.

En esta atmósfera espesa se desenvolvió la disidencia en varias entidades que se reunían en secreto. La más notable de ellas fue Carta 77, cuyos tres primeros voceros fueron el filósofo Jan Patočka, el ex ministro de Relaciones Exteriores Jíři Hájek y el dramaturgo y ensayista Václav Havel. Carta 77 tuvo el coraje de reclamar en voz alta por la vigencia de los tratados internacionales de derechos humanos que firmó Checoslovaquia, en particular la Convención de Helsinki de 1975. Por esto, Patočka murió durante un interrogatorio, y el resto de los miembros padecieron la prisión, la humillación y la degradación durante años.

El 17 de noviembre de 1989 se conmemoraba la muerte del estudiante Jan Opletal a manos de los nazis, en 1939. En un acto celebrado por los estudiantes, las consignas y discursos contra el fascismo se volvieron contra el totalitarismo entonces imperante. Marcharon hacia el centro de Praga, pero fueron interceptados en la Avenida Nacional, en donde fueron golpeados con bastones por la policía. Este evento despertó las conciencias: estudiantes y artistas se declararon en huelga y tomaron facultades y teatros.

El 19 de noviembre se formó el Foro Cívico en Chequia, y la Opinión Pública Contra la Violencia en Eslovaquia, siendo ambos movimientos de gran heterogeneidad ideológica. Allí estaba Carta 77 con otras agrupaciones disidentes, reclamando por la investigación de la represión y la renuncia de los principales jerarcas del régimen comunista. Allí estaban Václav Havel y Alexander Dubček, que había sido enviado a trabajar como guardaparques en Eslovaquia. Luego se sumaron varios economistas de la Academia de Ciencias que investigaban cómo hacer la transición hacia una economía de mercado: entre ellos, dos futuros primeros ministros y presidentes de la República Checa, Václav Klaus y Miloš Zeman. Los movimientos opositores convocaron a una huelga general para el 27 de noviembre y, día tras día, miles de checos y eslovacos se reunieron en las plazas para reclamar pacíficamente por sus libertades fundamentales tras la jornada laboral. Y todo esto sin violencia, sin romper vidrieras ni quemar llantas. El gobierno comunista esperó, en vano, las instrucciones que nunca llegaron desde Moscú.

La huelga general del 27 de noviembre, de 12 a 14, tuvo un acatamiento masivo. Ante esta evidencia, el gobierno comunista llamó al Foro Cívico y a Opinión Pública Contra la Violencia a iniciar conversaciones para la formación de un gobierno de transición, una coalición de opositores y comunistas hasta la celebración de comicios generales en junio de 1990.

Václav Havel fue electo como último presidente de la República Socialista Checoslovaca por un Parlamento con hegemonía comunista, asumiendo el 10 de diciembre de 1989, junto al gabinete de ministros de esa gran coalición. Ejemplo de transición de terciopelo, en esa jornada histórica triunfaron “el amor y la verdad sobre el odio y la mentira”, en palabras de Havel. Hubo otras transiciones, sí, pero de hierro: aquellas en las que los partidos comunistas hicieron autogolpes de Estado y se cambiaron de nombre, para seguir gobernando sin Estados de Derecho y con elecciones amañadas, como sigue ocurriendo hoy en Bielorrusia y Asia Central.

En 1989, polacos y húngaros, alemanes orientales, checos y eslovacos volvieron a Europa, corriendo la pesada cortina de hierro.

La democracia truncada de Hong Kong

Ha ganado espacio en los medios internacionales la noticia de que una parte significativa y creciente de la ciudadanía de Hong Kong está exigiendo la elección directa del próximo gobernador a partir del 2017, a lo que el gobierno de la República Popular de China respondió estableciendo nuevas reglas para tutelar férreamente ese proceso comicial.

Desde que en 1984 los gobiernos del Reino Unido y la República Popular China firmaron la declaración conjunta para la devolución de la colonia, los británicos fueron abriendo las puertas a una mayor participación de la ciudadanía en la conformación del gobierno regional. El Consejo Legislativo (LegCo) es en parte electo por los ciudadanos en circunscripciones uninominales de base geográfica, y también por representación funcional, por electorados muy pequeños, en los que eligen los empresarios, profesionales y sectores económicos determinados como el turismo, las finanzas o ramas de la industria. Desde la elección del 2012, el Consejo Legislativo está compuesto por 35 diputados por el voto de los ciudadanos, y otros 35 de la representación funcional que, en su mayoría, simpatizan con las posturas del gobierno en Beijing. Continuar leyendo

Libricidio en Irak

Cuando las fuerzas militares del autoproclamado “Estado Islámico” ingresaron en la ciudad de Mosul, en el norte de Irak, provocaron la expulsión de los cristianos allí residentes, y también comenzaron con la destrucción sistemática del patrimonio religioso, arquitectónico y cultural de las iglesias árabes. Esta política deliberada de quema de templos y libros también la están ejecutando contra bibliotecas públicas y privadas con miles de textos sobre filosofía y jurisprudencia islámica, historia y literatura árabe, ciencias y tecnología, arguyendo que su contenido es “ateo e inmoral”. Con furia iconoclasta similar a la de los talibán en Afganistán, arrasan con monumentos, estatuas y tumbas, como la del historiador kurdo Ibn al-Athir al-Jazari (1160-1233). Como todo régimen autoritario, el ISIS libra combates absurdos para eliminar el vicio, quemando cigarrillos en las plazas.

Al genocidio contra las minorías cristianas y yazidí, se añade entonces el etnocidio contra la propia cultura árabe sunnita y, más específicamente, un libricidio para borrar el registro escrito de la memoria y el conocimiento de los iraquíes.

El libricidio, explica la historiadora Rebecca Knuth en su obra sobre esta práctica en el siglo XX, es una política planificada y sistemática de quema de libros por parte de una autoridad. No es el resultado desafortunado de un accidente de guerra o de la barbarie circunstancial de un grupo de combatientes, sino un imperativo ideológico de eliminar toda expresión intelectual que sea diferente a lo que se busca imponer. Rebecca Knuth nos recuerda los libricidios en la Alemania nazi, la Unión Soviética, la revolución cultural con Mao, con el Jmer Rouge en Camboya, lo que viene ocurriendo en el Tíbet bajo la opresión de la República Popular China y lo que pasó en la guerra civil en Yugoslavia contra las bibliotecas de Sarajevo. Y también en el libricidio emprendido por el ejército de Saddam Hussein en Kuwait, durante la invasión de 1990, con el objetivo de poder reescribir la historia del emirato que se anexaba como una provincia más de Irak.

¿Por qué el autoproclamado Estado Islámico destruye textos de autores musulmanes? Su propósito es imponer una versión exclusivista y estrecha, con las anteojeras de la más estricta intolerancia religiosa, que se contrapone con la historia y la jurisprudencia islámica de varias centurias. Y es que no quieren dejar rastros de que hay fatwas –pronunciamientos legales de reconocidos juristas musulmanes- que condenan categóricamente lo que hoy está haciendo el ISIS en nombre del Islam. Desde los primeros tiempos, en el mundo musulmán se elaboró una teoría religiosa y política sobre la convivencia con los llamados Pueblos del Libro –judíos y cristianos, y luego zoroastrianos y mandeos- en el seno de la comunidad islámica. Fue así como pudieron florecer sociedades que preservaron y estudiaron gran parte del legado de la filosofía y la ciencia del helenismo, perdidas mayormente en Occidente con las invasiones germánicas. El fundamentalismo religioso del ISIS quiere borrar con otras identidades religiosas y homogeneizar toda creencia, aniquilando los textos de autores que disienten o sean diferentes de lo que ellos pretenden imponer.

Genocidio, etnocidio y libricidio se superponen en esta tormenta de intolerancia religiosa que se abate sobre Medio Oriente, exterminando personas, aniquilando religiones, quemando los soportes materiales de la cultura.

Minorías religiosas en peligro en Irak

El avance del autoproclamado Estado Islámico en Siria e Irak (ISIS) pone en peligro a varias minorías religiosas en Medio Oriente. Las iglesias cristianas árabes –católicos, nestorianos, monofisitas, ortodoxos- de Irak están siendo expulsadas o masacradas en el norte. El llamado Estado Islámico, que es de una estrecha interpretación sunita y que pretende restablecer el califato, considera a los musulmanes chiítas como herejes, pero estos habitan en las regiones meridionales.

En esta atribulada zona del mundo nada es sencillo ni homogéneo, porque hay allí otras minorías religiosas que tienen un lejano parentesco con el judaísmo, el cristianismo y el Islam, además de haber recibido influencias del zoroastrismo, gnosticismo y maniqueísmo.

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Dos sentencias por el genocidio camboyano

Dos antiguos líderes del Jmer Rouge, el partido comunista de Camboya que gobernó salvajemente entre 1975 y 1979, fueron sentenciados a prisión perpetua por la deportación de la población de las ciudades al campo, en la que murieron miles de personas. Son dos octogenarios: Nuon Chea, de 88 años; y Khieu Samphan, de 83. Otros líderes del movimiento Jmer Rouge murieron durante el proceso; pero el principal de ellos, el enigmático Pol Pot, falleció en la selva en 1998 antes de que comenzaran los juicios por crímenes contra la humanidad.

El Reino de Camboya se independizó de Francia en 1954 pero, siendo parte del convulsionado Sudeste asiático, fue también escenario colateral de las dos guerras de Vietnam. Cuando se abolió la monarquía, comenzó la guerra civil del gobierno militar de Lon Nol contra guerrillas marxistas, que finalmente tomaron la capital Phnom Penh en 1975.

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Cristianos perseguidos en Medio Oriente

La guerra civil en Siria, que ya contabiliza 170 mil muertes y unos dos millones de refugiados, más los recientes avances en territorio iraquí del autoproclamado Estado Islámico, han puesto en primera plana la persecución a las minorías cristianas en Medio Oriente. No se trata de un transplante europeo, sino de población autóctona que nunca abandonó la fe de sus ascendientes, abrazada hace dos mil años. Fue en esas latitudes donde nació y se desarrolló el cristianismo, donde prosperaron varias iglesias que se desgajaron del tronco único al calor de debates teológicos. En disidencia con el Concilio de Éfeso, del año 431, siguió su propio camino lo que en Occidente se conoce como el nestorianismo, cuya expresión en Irak es la Iglesia Asiria del Oriente. Veinte años más tarde y por oposición al Concilio de Calcedonia del año 451, que postuló que Jesús tiene dos naturalezas, divina y humana, se apartaron los monofisitas –iglesias no calcedónicas-, cuyas expresiones son las iglesias coptas de Egipto, Eritrea y Etiopía, la Iglesia Apostólica Armenia y la Iglesia Ortodoxa Siriana, en Siria e Irak.

En ese Oriente tan cercano gobernó el Imperio Romano de Oriente o Bizantino, cuya religión oficial era el cristianismo ortodoxo, que tenía sus patriarcados en Constantinopla, Alejandría y Antioquía. En el siglo VII, los imperios Bizantino y Persa libraron una larga guerra que los debilitó, circunstancia que fue aprovechada por los árabes, portadores de una nueva religión revelada: el Islam. Muchos antiguos cristianos adoptaron la religión del vencedor, por lo que aquellas poblaciones otrora creyentes en que Jesús era el Mesías, mayoritariamente se volcaron hacia la revelación proclamada por el Profeta Muhammad, o Mahoma. Comenzó un largo proceso de arabización, pero las antiguas iglesias cristianas conservaron sus lenguas rituales como el arameo, el siríaco y el griego. Cristianos y judíos actuaron como funcionarios en los nuevos reinos musulmanes que emergieron, e introdujeron la filosofía y el conocimiento clásico al mundo islámico.

Algunas de las antiguas denominaciones del cristianismo oriental reconocieron, siglos después, la primacía del Papa en Roma, y fue así como se formó la Iglesia Católica Caldea, que es la mayoritaria entre los cristianos de Irak. Y ya en el siglo XIX, se introdujeron las concepciones reformistas de los luteranos y anglicanos, haciendo más complejo el mosaico del cristianismo en Medio Oriente. Así, pues, encontramos en la región cinco grandes vertientes: ortodoxos, nestorianos, monofisitas, católicos y protestantes. En el actual Líbano, las estimaciones demográficas varían entre un mínimo de 30% y otras fuentes que sostienen que las denominaciones cristianas constituyen la mayoría de la población. En Egipto, en tanto, los cristianos coptos vieron reducida su libertad durante la presidencia de Muhammad Mursi, líder de los Hermanos Musulmanes, depuesto por las Fuerzas Armadas en julio del 2013.

Los regímenes autoritarios de Hafiz al Assad y Bashar al Assad, en Siria, y el de Saddam Hussein en Irak, fueron laicos y nacieron al calor del nacionalismo árabe, por lo que lo religioso quedó relegado al ámbito privado. La minoría cristiana en Siria, que es aproximadamente el 10% de la población, es una de las víctimas de las facciones islamistas radicales en la guerra civil, y esto se está replicando ahora en Irak. En el siglo XIX, tanto el Imperio Ruso como Francia solían intervenir en el Imperio Otomano para proteger a los cristianos ortodoxos y católicos, respectivamente; y la estrecha relación del país galo con los cristianos libaneses se mantuvo durante el siglo XX. Pero hoy ya no hay ninguna nación que se proclame protectora de las minorías cristianas en la región.

Los cristianos del Medio Oriente se debaten entre la emigración al Occidente, la conversión –forzosa o por conveniencia- al Islam o la aceptación de regímenes autoritarios laicos que no se entrometan con su fe. Cada vez más reducidas, estas iglesias aún preservan un patrimonio teológico, histórico, lingüístico y arquitectónico de tremendo valor para conocer el cristianismo de los primeros siglos. Una versión minoritaria -pero fuertemente armada y organizada- del Islam está diezmando la población cristiana en el Medio Oriente a través de ejecuciones, crucifixiones o expulsiones, tal como en estos días ocurrió en Mosul, en el norte de Irak. Muy lejos de la convivencia religiosa que hubo en la región durante siglos, una fuerte ola anticristiana está azotando a Medio Oriente, África y también en Asia Oriental.

Los cristianos orientales son un puente de conexión y diálogo entre los mundos árabe-musulmán y occidental, un canal de comunicación imprescindible para superar siglos de mutua incomprensión, brechas idiomáticas y cosmovisiones diferentes.

Las coincidencias del Kremlin con los populismos latinoamericanos

En busca del protagonismo mundial que su país perdió tras el desplome de la Unión Soviética, el presidente de la Federación de Rusia, Vladimir Putin, visitó la Argentina pocos meses después de que anexó por la fuerza a la península de Crimea y de seguir en conflicto con Ucrania. Lejos está de la prominencia que tuvo el zar Alejandro I, que se instaló en París para elegir al sucesor del emperador Napoleón en el trono de Francia; también está distante del pasado soviético reciente, que desde Stalin en adelante puso en vilo a la humanidad por su carrera atómica con Occidente.

El régimen de Putin, un ex agente de la desaparecida KGB, se sostiene por un férreo nacionalismo que sirve para legitimar un sistema político con fuertes connotaciones autoritarias y de fachada democrática, ya que se celebran elecciones en las que las fuerzas opositoras liberales apenas pueden hacerse oír. El actual mandamás del Kremlin es el beneficiario de la transición de hierro de Rusia, en el que la antigua nomenklatura se reconvirtió para seguir manipulando la economía y la política. Es la figura central de la política rusa desde que llegó a ser primer ministro en 1998, cuando Boris Yeltsin era presidente. Ocupó la primera magistratura desde el 2000 al 2008, hizo un enroque con Dmitri Medvedev como primer ministro del 2008 al 2012, y volvió a ser presidente de la Federación de Rusia desde entonces.

La presidente Cristina Fernández de Kirchner da una señal tan clara como equivocada hacia el mundo democrático, al invitar a la cena con Vladimir Putin a Nicolás Maduro y Evo Morales. Y es que Venezuela, Bolivia, Cuba y Nicaragua fueron países que votaron en contra de la resolución que rechazaba la anexión de Crimea y la desintegración territorial de Ucrania, aprobada por los representantes de cien naciones en la Asamblea General de las Naciones Unidas en marzo de este año. Si bien la República Argentina se abstuvo, las expresiones públicas de la presidente Fernández de Kirchner fueron de simpatía hacia la posición de Putin.

Tras la fuerte presión que Putin ejerció sobre el entonces presidente ucraniano, Viktor Yanukóvich, para que no firmara el acuerdo de asociación con la Unión Europea, tratando a Ucrania como si fuese un país vasallo, despertó la ira de sus vecinos. A partir de la anexión de la península de Crimea y el apoyo a los rusoparlantes que viven en Ucrania, Putin ha salido en busca de nuevos socios en el mundo para afianzar su posición, virando hacia los regímenes autoritarios del Asia Central y la República Popular China. Con esos países tiene vínculos militares a través de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO), la Organización para la Cooperación de Shangai (SCO) y comerciales con la Unión Aduanera con Bielorrusia y Kazajistán. Los medios de comunicación en Rusia se han hecho eco de un discurso xenófobo y fuertemente hostil hacia Europa y los Estados Unidos, fomentando la sensación de aislamiento en la opinión pública.

La cultura y la ciencia rusas, tan ricas y geniales, no han dotado al gigante eslavo de gobernantes demócratas respetuosos del derecho. Los rusos de hoy, desprovistos de la ideología imperial zarista que heredaron de Bizancio y del marxismo en versión leninista, apoyan hoy mayoritariamente a Putin como el hombre fuerte que los volvió a instalar como una nación con presencia en el escenario mundial. Pero para ello necesita socios, aun cuando sean lejanos como los de América latina y sólo los una el rechazo hacia la esencia limitante del poder del constitucionalismo liberal. Aquí es donde entran en sintonía la autocracia de Putin y los populismos latinoamericanos, buscando crear lazos comerciales para prolongar el sustento material de sus regímenes, a la vez que ponen frenos al desarrollo de la sociedad civil, a la prensa independiente y al surgimiento de economías de mercado competitivas que no estén manipuladas por los amigos y cómplices del poder.

Caminos abiertos

Esta semana, dos eventos que marcaron la historia de Asia y Europa cumplieron un cuarto de siglo. En la República Popular China, el 4 de junio de 1989 se produjo la masacre de Tiananmen, que reprimió a los estudiantes que reclamaban la democratización del régimen socialista. En esa misma jornada, en Polonia triunfaba en las urnas el sindicato Solidaridad, poniendo en evidencia la falta de legitimidad del comunismo en Europa Oriental.

Polonia era una posición clave en el tablero de ajedrez de la Guerra Fría, un país que había sido invadido y repartido entre el Reich nazi y la Unión Soviética en 1939. El paupérrimo nivel de vida del socialismo real despertaba el descontento de la población, y por ello se creó en agosto de 1980 el sindicato Solidaridad en la ciudad de Gdańsk, en los astilleros Lenin, liderado por el electricista Lech Wałęsa.

La existencia de un sindicato que no respondiera al régimen comunista era un severo cuestionamiento a la legitimidad del sistema socialista, ya que ponía en evidencia que no era un gobierno de, por y para los proletarios. Si bien el sindicato Solidaridad fue declarado ilegal y debió funcionar en la clandestinidad durante los años siguientes, el apoyo decidido que tuvo por parte de la Iglesia Católica –la figura de Juan Pablo II fue un elemento de gran motivación para la feligresía polaca- y el reconocimiento que tuvo Wałęsa en Occidente, obteniendo el Premio Nobel de la Paz en 1983, le dieron vida a este movimiento.

En esos tiempos de vida clandestina, uno de los miembros más destacados de Solidaridad, el sacerdote Jerzy Popiełuszko, fue asesinado por agentes del Servicio de Seguridad en 1984. Cobijados por los vientos de deshielo de la era de la Perestroika y glasnost provenientes de la Unión Soviética en la era Gorbachov, el sindicato Solidaridad realizó varias huelgas que llevaron a que el régimen comunista polaco negociara una salida electoral en la llamada Mesa Redonda, en la que se acordó que se pudiera votar por un tercio del Parlamento (Sejm) y que se creara un Senado con cien escaños.

El 4 de junio de 1989, Solidaridad ganó todas las bancas de ese tercio del Parlamento y 99 de las cien bancas de la cámara alta. En consecuencia, pudo nombrar al primer ministro, Tadeusz Mazowiecki, que dio los pasos iniciales hacia la transición a la democracia, aun cuando los comunistas conservaban la mayoría del Parlamento y la presidencia bajo el general Jaruzelski.

El mismo día en el que se celebraron esos históricos comicios en Polonia, los jóvenes que se manifestaban en la plaza de Tiananmen en Beijing fueron implacablemente reprimidos por el llamado Ejército de Liberación Popular, la fuerza armada del Partido Comunista de la República Popular China. Los estudiantes habían tomado la plaza durante varias semanas para reclamar por lo que llamaban la “quinta modernización”: la democracia, tomando la consigna de las cuatro modernizaciones en la economía y la defensa propuestas por Deng Xiaoping. Aún se ignora cuántos fueron los muertos y el régimen todavía imperante intenta diluir lo ocurrido llamándolo “incidente”, prohibiendo su mención y conmemoración.

Dos fueron los caminos abiertos en esa jornada histórica: en Europa fue el primer paso para el desmoronamiento del socialismo real, un sistema de opresión, censura y estancamiento; en Asia Oriental, en cambio, los tanques fueron la demostración de que el régimen comunista chino no está dispuesto a reconocer las libertades individuales ni a abandonar el monopolio del poder. En Europa se expandió el horizonte de las democracias liberales hacia el Oriente, mientras que en gran parte de Asia sigue siendo una noble aspiración.

Un Estado cada vez más ausente de sus funciones primordiales

Cuando los aspirantes a presidente comienzan a hacer los primeros movimientos de gimnasia para el 2015, curiosamente se esmeran en prometer el mantenimiento de una serie de políticas desplegadas por el kirchnerismo, a fin de captar buena parte del electorado que acompañó al oficialismo. Tal como ocurrió en 1999, cuando los entonces candidatos Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde y Domingo Cavallo se comprometían en preservar la convertibilidad, quienes hoy se lanzan al ruedo afirman que sostendrán los grandes lineamientos de este “modelo” –si es que tal cosa existe- pero en forma prolija y transparente.

El boom agroexportador que benefició a todos los países de América del Sur fue una época dorada para la expansión del gasto público, con lo que a la gran cantidad de trabas a la iniciativa privada se suma el abultamiento de empleados que se sostienen con impuestos e inflación. Los organismos del Estado han sido poblados por jóvenes con currículum de militancia en agrupaciones kirchneristas como La Cámpora en cargos de relevancia, que nada aportan al funcionamiento gubernamental eficaz, relegando a los profesionales con conocimiento y experiencia a áreas marginales.

De este modo, se da la paradoja de que quienes proponen más presencia estatal, terminan obstaculizando el desempeño fluido de la función pública. A esto, cabe añadir la utilización de los espacios en los organismos estatales para fines de camaradería proselitista, ya que estas agrupaciones son ámbitos de pertenencia, y para ello organizan asados, cine y bandas de música para sus militantes con un costo que pesa sobre los contribuyentes.

¿Qué se piensa hacer con este Estado ganado por las usinas de militantes, transformado en una fábrica de impedimentos? En las antípodas encontramos a Japón, en donde los funcionarios públicos acceden por rigurosos exámenes y pueden llegar hasta el cargo de viceministro: el primer ministro nipón sólo nombra veinte funcionarios. En Taiwán, a los tres poderes clásicos se suman el Yuan de exámenes y el Yuan de control, siendo el primero de los mencionados para evaluar a los ingresantes al empleo público. Muy lejos de Asia Oriental, en Argentina se asume como natural que los gobiernos acumulen empleados que pesan sobre el contribuyente fatigado.

Por respeto al ciudadano y al empleado público que ingresó y progresó por sus méritos, no se puede seguir asumiendo como natural lo que es absurdo. La militancia es para competir en elecciones, haciendo pegatinas, marchas y bullicio, pero no sirve para tomar decisiones complejas y administrar el Estado. Y bien sabemos que gobernar con magia no es realista, y eso se traduce en un Estado cada vez más ausente de sus funciones primordiales.

Las máscaras del antijudaísmo

Tras nuevas máscaras se ocultan los rostros de odios ancestrales, recurriendo a argumentos novedosos para justificar la violencia hacia los judíos, buscando nuevos adeptos entre los jóvenes y adolescentes. Con pocos días de diferencia, dos expresiones de la relativización de la Shoá fueron conocidas en Argentina. La primera, del asesor Jaime Durán Barba, que afirmó que “Hitler era un tipo espectacular”, dejando en un plano secundario la política de exterminio sistemático planificada y aplicada por los nazis. En el mismo reportaje, Durán Barba también ponderó la “finura” de Stalin, mentor de ejecuciones tras juicios con sentencias dictadas por él, deportaciones de pueblos, persecuciones paranoicas, purgas, hambrunas y masificación de los campos de concentración en la Unión Soviética, con un número de víctimas que sobrepasa los veinte millones de muertos.

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