Francisco: qué hacer, después de la euforia

La columna vertebral de la “idea” cristiana de la vida, que sucede a la fe cristina y es consecuencia de la misma, es la suprema realización de lo que es justo. Esa equidad humana se logra a través de una armonía y la fuerza armónica por antonomasia es el amor. Tal es así, porque el amor es la prolongación de Dios en la tierra.

La asunción del papa Francisco no debe ser interpretada como un regalo, un premio, ni mucho menos un triunfo semejante a una epopeya, sino en principio, y en términos de lo que como sociedad nos incumbe, como un pedido de reformulación del proceder humano frente a su más esencial e ineludible responsabilidad, la realidad. Porque se ha perdido aquella armonía.

Esta felicidad debe concluir en la prudencia, la reflexión e introspección, porque cuando los humos de la euforia se hallan disipado, una revitalización de la fe debe subsistir en el tiempo.

Sin lugar a dudas, estamos frente a un suceso antológico, precisamente por la posibilidad que significa. Pero el nuevo obispo de Roma “no representa la paz, sino la espada”. Particularmente a los católicos nos convoca a reencauzar el sentido terrenal de nuestra fe, a través de su medio, la religión. Y la expansión que esta última debe tener en la totalidad del desenvolvimiento de nuestra persona. Ya que, cuando nuestra fe deja de ser la guía metafísica de nuestra persona, la religión se vuelve un fin y pierde su propósito.

A su vez, el esplendor de la fe es consustancial con la condición humana y la conciencia de su realidad terrestre, obviamente exenta de potestades divinas. Por ello, creo que debemos reequilibrar la noción de la interacción entre lo humano y lo divino. El cristianismo no tiene lugar de cabal realización cuando aun sin intención nos arrogamos (ilusoriamente) más verticalidad de la que es humanamente posible. Se produciría una disociación, más que una interacción de ambos componentes entre los cuales, a su vez, no podemos reconocer fronteras precisas. Es decir, buscar la perfecta relación entre el hombre y Dios, dejando que su ser se prolongue a través nuestro.

En términos de implicancias sociales, el sumo pontífice ya se ha pronunciado con palabras de extraordinaria profundidad: “El verdadero poder es el servicio”. Es decir, cuanto más poder “temporal” cedo, más “poder” espiritual “acumulo”. Lo que nos indica que ese servicio es constante; nos conduce a la eternidad y a la vuelta del estado de armonía. Ya que esa máxima entrega al otro es precisamente el amor. Por ejemplo, la acción de dar limosna es solo de incidencia circunstancial (no de plenitud de justicia), destinada a la intención de suplir parcialmente una extremada situación de vulnerabilidad de la dignidad humana. Pero no restaura la injusticia social.

La dignidad humana tiene un umbral mínimo a partir del cual la supervivencia de la persona evoluciona en la posibilidad de contemplar su existencia con verdadera libertad. De lo contrario, la caridad en este caso particular estaría consintiendo indirectamente esa forma de esclavitud. Porque la esclavitud es ser privado del derecho natural a la plenitud de la vida. En consecuencia, es ser privado de conocer, “comprender”, experimentar a Dios y el sentido más profundo de la existencia que de Él se desprende.

Por lo tanto, la marginación de una persona, en cualquier orden, tiene inexorables consecuencias en el funcionamiento interno, de interdependientes relaciones personales de una comunidad. Porque la misma funciona como un sistema cerrado, en el cual…“la libertad de cada individuo es viable, solo cuando encuentra su límite primario, en sí mismo…” (Leonardo Pucheta). Así, cuando no se respeta ese mecanismo, es cuando una comunidad se aleja de sí misma y pierde la posibilidad de ser.

El dinamismo de la vida actual condiciona o incluso imposibilita muchas veces dilucidar esta problemática. Por eso, la Providencia ha puesto un alto momentáneo a la proliferación desenfrenada de esta inconsciencia colectiva, que conduce indefectiblemente a un estado de individualismo automatizado. Brindándonos así, una enorme posibilidad, al indicarnos que solo en la búsqueda de la unidad se halla la esperanza de una Nación.

Compatriotas del nuevo Papa

La elección del cardenal Jorge Bergoglio como cabeza mundial de la Iglesia Católica ha producido lógicamente un gran furor en todo el mundo.

En la Argentina, la principal sensación ha sido la de una gran sorpresa. También ha producido un enorme orgullo y alegría. A pesar de haber sido personalmente alcanzado por todas esas sensaciones, creo que es momento de someterse a una profunda reflexión.

Pienso que el exceso de sorpresa de alguna manera manifiesta un déficit de fe. Porque la expectativa y especulación humana acerca de quién podía o debía ser electo, que produce la sorpresa posterior al hecho, no tiene alcance a la voluntad de Dios. Termina siendo un acto de especulación, antes que un acto de espera al mensaje que Dios tiene preparado.

La humanidad atraviesa actualmente una de las más grandes crisis culturales  y sociales de toda su historia.La Argentina es una de las principales afectadas. Profundamente es una crisis de unidad, una crisis de “verdad”, producto de un estadio de relativismo instalado que engendra la degradación de valores fundamentales. En el fondo, esto es consecuente a la falta de aceptación de la necesidad insoslayable de una verdad elevada a la humanidad.

Para quienes somos creyentes, la Patria como territorio es una donación material de Dios a los hombres para que siembren y cosechen vida en comunidad, pero que sólo fue y es posible a través del sacrificio de los hombres. Por lo tanto, el orgullo nacional debe ser concurrente con la voluntad de contribuir a esa Nación que representa la unidad en el bien general.

Ser compatriotas del nuevo Papa y “conocerlo” más de cerca que el resto de la humanidad no debe hacernos caer en el error de acercar su persona, y hacer descender lo que la misma representa, a nosotros, en vez de ascender nosotros al lugar que la Providencia le ha otorgado. De lo contrario, estamos  “faranduleando” este acontecimiento y disminuyendo la trascendencia y las responsabilidades que del mismo se desprenden. Es decir, esta alegría debe tener una continuidad en una conciencia colectiva de la oportunidad que significa. Asumir el deber que tenemos como argentinos. Porque hemos sido convocados como pueblo al compromiso de acercar el mensaje y la voluntad de Dios a toda la humanidad.

Los laicos católicos tenemos un rol fundamental en esta misión. No debemos delegar responsabilidades, porque no hay estratos de responsabilidad enla Iglesia que todos conformamos, sino sólo de institucionalidad. La condición de laico no significa menor intensidad en el compromiso.

La realidad del país clama por unidad y esta es una gran esperanza. La convocatoria a la fe que es connatural a la Iglesia debe expandirse a través nuestro, sin alejarnos entre nosotros o de quienes no comparten nuestra fe, porque como afirmó el cardenal Jorge Bergoglio, hoy papa Francisco: “La Iglesia crece, no por proselitismo, sino por atracción”.