El 12 de octubre de un Gobierno con déficit de historicidad

Es triste, indignante y a-histórico que los argentinos lleguemos a este 12 de octubre embarcados en una polémica por la antojadiza decisión oficial de desplazar un monumento, en lo que no sólo constituye una ofensa a la comunidad italiana que lo donó sino una verdadera operación de vaciamiento cultural que abona el terreno de la enemistad social y la desunión cultural.

Paradójico es que la iniciativa provenga de una administración que se dice peronista, considerando el declarado hispanismo del fundador de ese partido que, el 12 de octubre del 1947, homenajeaba a España en términos que deberían hacer avergonzar a quienes hoy mancillan ese patrimonio cultural común.

En aquel mensaje, Perón hablaba en nombre de quienes “formamos la Comunidad Hispánica” para homenajear “a la Patria Madre, fecunda, civilizadora, eterna, y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo”.

Y afirmaba además “la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y de una continuidad histórica”.

Aclaraba que el concepto de raza no era “biológico” sino “cultural”, algo que los zonzos que rebautizaron el 12 de octubre –feriado establecido por Hipólito Yrigoyen por otra parte- con el pomposo nombre de “Día del respeto a la diversidad cultural” deberían recordar, ya que con ese concepto se reivindicaba el mestizaje, signo distintivo de las nacionalidades hispanoamericanas.

Así lo definía Perón: “Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal, indefinible e inconfundible. Para nosotros los latinos, la raza es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien y a saber morir con dignidad. Nuestro homenaje a la madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental. Porque España aportó al occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental”.

En concreto, una clara reivindicación de la colonización española que debería interpelar a quienes vergonzantemente buscan reescribir la historia. “Su obra civilizadora cumplida en tierras de América no tiene parangón en la historia –agregaba Perón-. Es única en el mundo. (…) Su empresa tuvo el sino de una auténtica misión. Ella no vino a las Indias ávida de ganancias y dispuesta a volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. (…) Traía para ello la buena nueva de la verdad revelada, expresada en el idioma más hermoso de la tierra. Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraban a destruir al indio sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano…”

Perón no desconoce la leyenda negra sobre la conquista, ésa que hoy impulsa a la juvenilia que nos gobierna a la iconoclasia. Y por eso dice: “Como no podía ocurrir de otra manera, su empresa fue desprestigiada por sus enemigos, y su epopeya objeto de escarnio, pasto de la intriga y blanco de la calumnia (…) …se recurrió a la mentira, se tergiversó cuanto se había hecho, se tejió en torno suyo una leyenda plagada de infundios y se la propaló a los cuatro vientos”.

En su mensaje, el entonces Presidente de la Nación, también advertía sobre “el propósito avieso” detrás de esta leyenda: “Porque la difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica seria y desapasionada, interesaba doblemente a los aprovechados detractores. Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica. Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas (…)”.

Finalmente, Perón hasta tendría respuestas para los que pretenden contraponer a Juana Azurduy con Colón, porque donde ellos siembran discordia, él veía continuidad histórica: “Son hombres y mujeres de esa raza los que en heroica comunión rechazan, en 1806, al extranjero invasor (…). Es gajo de ese tronco el pueblo que en mayo de 1810 asume la revolución recién nacida; esa sangre de esa sangre la que vence gloriosamente en Tucumán y Salta y cae con honor en Vilcapugio y Ayohuma; es la que bulle en el espíritu levantisco e indómito de los caudillos; es la que enciende a los hombres que en 1816 proclaman a la faz del mundo nuestra independencia política”, etcétera, etcétera.

Y advertía: “Si la América olvidara la tradición que enriquece su alma, rompiera sus vínculos con la latinidad, se evadiera del cuadro humanista que le demarca el catolicismo y negara a España, quedaría instantáneamente baldía de coherencia y sus ideas carecerían de validez. Ya lo dijo Menéndez y Pelayo: ‘Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora”.

Pensamiento original es justamente lo que falta en todas estas movidas icónicas que impulsa el kircherismo, que por un lado cuestiona el monumento a Cristóbal Colón frente a la sede de Gobierno y por el otro cree que el Che Guevara tiene más que ver con nuestra historia y cultura e instala su imagen en la Casa de Gobierno. Como hace con el estalinista David Siqueiros en cuya biografía el acto más saliente es haber intentado asesinar a León Trotsky en su exilio mexicano.

Trasladar el monumento al hombre que con su empresa unió dos continentes y dio origen a un largo proceso, que con sus luces y sus sombras, engendró nuestra Nación e instalar a la vez, en la mismísima sede de Gobierno -con bombos y platillos- la obra de un pintor que no tiene ningún vínculo con nuestra historia, resulta como mínimo contradictorio.

Son las concesiones que le gusta hacer a la Presidente a lo políticamente correcto, buscando una vez más el aplauso fácil, pero no se trata de caprichos gratuitos pues siempre son a costa de lo que en Argentina debiera ser permanente: los fundamentos de nuestra existencia nacional y la consolidación de nuestro Estado.

Alegremente se convierten en repetidores de la leyenda negra a la que hacía referencia Perón, y se suman a la zoncera extemporánea de juzgar el pasado con parámetros del presente, desconociendo que la Argentina -al igual que las demás naciones latinoamericanas- es fruto del mestizaje étnico y cultural de la España de entonces con las civilizaciones autóctonas; a ese sustrato, siglos después, se sumaron nuevos contingentes de emigrados del continente europeo que encontraron en estas tierras una acogida y una apertura que estaba inscripta en sus genes, fruto del mismo carácter de la conquista y civilización española que hoy se quiere repudiar en la figura de Colón.

Bien decía Rodolfo Walsh, escritor al que el kirchnerismo dice venerar pero no ha leído ni entendido, que “la principal falencia del pensamiento montonero” era su “déficit de historicidad”…

¿Qué otra cosa es si no pregonar un modelo “nacional y popular” y a la vez relacionarse vergonzantemente con la propia historia; o golpearse el pecho con supuesto orgullo patrio y dejarse conducir culturalmente por usinas de pensamiento transnacional?

San Martín entre dos fuegos

La armonía entre un pueblo y un conductor permite, en determinadas circunstancias de la historia, alcanzar cumbres a las que sólo llegan aquellos que son portadores de un acendrado sentido heroico de la vida y de una inquebrantable fe en Dios. Ese momento lo vivió nuestra Nación en sus primeros años con José de San Martín, por eso con justicia lo llamamos “Padre de la Patria”.

Sin embargo, su trayectoria permanece en muchos aspectos incomprendida, desde diferentes corrientes de pensamiento. Si cierta historiografía liberal quiso reducirlo a la condición de militar brillante, minimizando el genio político sin el cual no hubiese podido llevar adelante una hazaña de tamaña magnitud, el neo-revisionismo populista de hoy lo relega justamente por su condición de militar, como si hubiera en ello algún menoscabo. Pero hay otros motivos.

San Martín no fue unitario ni federal; fue americano, fue argentino, como él mismo se presentaba en sus cartas. Siempre tendió la mano a todos y buscó la conciliación y la unidad. Y se negó a desenvainar su espada para combatir a sus propios compatriotas, pese a que algunos de ellos estaban dispuestos a hacer eso con él: apresarlo y juzgarlo porque no le perdonaban el haber contrariado sus mezquinos designios. La figura de San Martín es por lo tanto intragable para quienes, de uno y otro lado, se asumen como una facción. Y así se explica que ayer haya sido víctima de manipulación y recorte y hoy lo sea de ninguneo.

Por eso, en este nuevo aniversario de la muerte del hombre que con su grandeza, vigor y  amplitud de miras nos dotó del patrimonio geográfico en el que pudimos, a pesar de desencuentros, construir un destino común, quiero homenajearlo recordando el prólogo que el entonces Presidente de la Nación, General Juan Domingo Perón, redactó para el primer tomo de la colección de Documentos para la historia del Libertador General San Martín, cuya publicación había dispuesto él mismo por ley Nº 13.661/1949 (de homenajes al Libertador en el primer centenario de su fallecimiento).

 

El prólogo de Perón sobre San Martín

El hombre, desde el principio de los tiempos, ha tratado de penetrar el misterio que lleva, como un enigma, dentro de su corazón.

Desde la más remota antigüedad, la mayor preocupación del hombre fue llegar a las honduras de su intimidad: “conocerse a sí mismo”.

Los filósofos de todos los tiempos buscaron la “sabiduría”, conocer al hombre, mediante la observación directa de sí mismos y de la humanidad que los rodeaba.

Los historiadores prefirieron en cambio penetrar el misterio del hombre, mirándolo desde lejos…

Acaso los filósofos hayan partido siempre de la hipótesis de que el hombre es demasiado pequeño… Es indudable en cambio que los historiadores han fundado siempre su quehacer en “la grandeza del hombre” como hipótesis de trabajo.

Los pueblos se parecen en esto a los filósofos o a los historiadores.

Les atrae como un abismo el enigma de conocerse a sí mismos.

Hay pueblos que sólo miran, con el microscopio del instante en que viven, nada más que el presente. Son pueblos sin porvenir, enfermos de pequeñeces.

Otros pueblos, en cambio, se afanan por el conocimiento de sí mismos, contemplando, desde lejos, la altura de sus hombres y la grandeza de sus vidas.

Son pueblos “enfermos de grandeza”.

La eternidad los espera desde el porvenir y frecuentemente Dios los elige para cumplir un destino superior entre los demás pueblos.

Para que un pueblo pueda mirarse en su pasado y contemplar por lo tanto, su porvenir con grandeza de corazón necesita poseer en su historia, un momento por lo menos de gloria indiscutible.

Momentos así suelen darse con escasa frecuencia porque se necesitan para ello: la estatura de un hombre gigantesco y el pedestal de un pueblo extraordinario.

Pueblos hay que pasan por el mundo sin encontrarse con “el hombre” anhelado; y hombres gigantescos no encuentran muchas veces “el pueblo” que desean.

Los argentinos que siguieron a San Martín por los caminos de su inexorable designio de “ser lo que debía ser o no ser nada”, constituyeron indudablemente el extraordinario pedestal de nuestro Gran Capitán.

Para seguir los caminos de San Martín era necesario un pueblo consciente de su responsabilidad frente al destino de las naciones hermanas que debía liberar con su generoso sacrificio.

Y para conducir soldados de un pueblo así, era menester un alma como la de San Martín, capaz de ascender hasta las más altas cumbres de la humildad.

El Instituto Nacional Sanmartiniano, publicando esta extraordinaria documentación, actualizada mediante búsquedas afanosas, impregnadas de invencible patriotismo, nos pone de frente ante la grandeza indiscutible de San Martín.

En su grandeza sublime nos miramos ya, midiéndola con la grandeza del pueblo que supo conocerlo, comprenderlo y amarlo sangrando desde San Lorenzo a Guayaquil y más allá todavía.

Bien está que nos miremos así para conocernos con absoluta verdad… porque sólo contemplando la grandeza pasada podremos penetrar en la eternidad que nos espera desde el porvenir.

Yo tengo la presunción ahora, de creer que Dios ha vuelto a elegirnos, como en los tiempos de San Martín, para cumplir un designio de liberación entre los pueblos.

Acaso en estas páginas esté el secreto de nuestro destino y tal vez se encuentren algún día, leyéndolas, el pueblo y el hombre capaces de realizarlo más allá de las cumbres que sólo puede hollar la humildad.

Dios quiera que este esfuerzo extraordinario que honra a la historiografía nacional impregne de virtud sanmartiniana esta segunda mitad de nuestro siglo, en la que, sin duda, habrá de decidirse el destino de América y por ende de la humanidad.

Juan Perón

Negar los muertos de hoy resta autoridad para reivindicar los de ayer

“Yo maté a mi propio hijo por ser indiferente a lo que estaba pasando”. Esta dura admisión de Eduardo Tonello, padre de Pablo, el joven de 27 años, asesinado hace dos semanas en Palermo por un delincuente que quiso robarle la bicicleta, expone en carne viva el triste fenómeno de una sociedad que deja que maten a sus hijos en la mayor indiferencia.

Además del dolor infinito de cada deudo, si un día midiéramos esta tragedia, si hiciéramos la cuenta de los muertos, quizá se tomaría conciencia de la pérdida irreparable en materia de vida, juventud, talento, formación, sueños, energías, que representa para un país el flagelo creciente de una criminalidad desbordada por la falta de una política de Estado para enfrentarla.

Pero no sacar esta cuenta es parte de la negación. Contar los muertos obligaría a asumirlos. Y acá se trata de negarlos.

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Francisco es argentino, pero es infantil pedirle por Malvinas

Cuando el poder se debilita, migra inexorablemente en el sentido de la autoridad. Es el principio que explica muchos de los reconocimientos que recibe el Papa por parte de dirigentes políticos mundiales.

Barack Obama, pese a ser de confesión protestante y presidente de la primera potencia mundial, no preguntó “¿cuántas divisiones tiene el Papa?” –como en su tiempo lo hizo Stalin- para reconocer la autoridad de Francisco.

En septiembre pasado, cuando Obama, en nombre de la “seguridad nacional estadounidense”, buscaba respaldo en el G20 para atacar militarmente a Siria, el Papa envió una carta a Vladimir Putin en la cual abogaba por una salida negociada al conflicto, subrayando la urgencia del cese de la violencia y de hacer llegar asistencia humanitaria a toda la población.

Francisco convocó además a una “Jornada mundial de ayuno y oración por la paz en Siria, Medio Oriente y el mundo” en plaza San Pedro, una actividad que fue seguida por millones de personas en todo el planeta.

Siria aceptó entonces la propuesta de Rusia de poner sus armas químicas bajo control internacional. Y Obama no tuvo más remedio que postergar el ataque militar y aceptar la propuesta de Francisco de respetar el derecho internacional y la solución pacífica de los conflictos; condicionado también por el peso moral de haber recibido –apenas investido- un Premio Nobel de la Paz sin haber tenido la posibilidad de hacer algo para merecerlo.

Sin embargo, este hecho no agota en modo alguno la totalidad del vínculo del Papa con los Estados Unidos. Cabe recordar que, en los primeros tiempos de su pontificado, Francisco dispuso que El Vaticano firmase un acuerdo con el Financial Crimes Enforcement Network para fortalecer la lucha contra el lavado de dinero que financia el terrorismo y el narcotráfico. Temas que, junto a la modificación de las restricciones inmigratorias y la lucha contra la trata de personas, configuran asuntos comunes de la agenda entre EEUU y el Vaticano.

Ahora bien, frente a la nueva iniciativa de Putin de anexar Crimea, Obama queda interna y externamente debilitado. Y el poder, como decíamos al inicio, cuando se debilita, migra en el sentido de la autoridad.

El poder, incluso el de la primera potencia mundial, es una categoría de orden físico que sólo a través del reconocimiento a la autoridad puede ascender al orden de categoría moral. Lo que Obama -el poder- necesitaba y Francisco -la autoridad- requería es lo que lleva al encuentro de ambos. Y ese aporte enriquece a Francisco en la antesala de su viaje a Tierra Santa en el que se propone promover la paz en una convulsionada región, víctima de guerras fratricidas y escenario de disputa entre potencias mundiales.

En conjunto, tanto la visita del presidente de Francia, como la del de EEUU y la de la Reina de Inglaterra, colocan de hecho a Francisco como un líder espiritual de Occidente.

 

El todo es superior a las partes

Francisco es un argentino que es Papa, por eso no prescindió del pasaporte de su país natal.

Pero en su condición de Sumo Pontífice, lo primero a salvaguardar son sus intereses estratégicos como jefe del Vaticano y cabeza de una Iglesia ecuménica, y no los que derivan de su condición de argentino.

Es por ello que, si durante el encuentro con la reina Isabel II eventualmente surgen temas vinculados con la Argentina, él no tendrá en cuenta los requerimientos adolescentes de un oficialismo oportunista y mediático. Y, para tratarlos, usará responsablemente la táctica de la “aproximación indirecta” formulada por el ideólogo militar inglés Lidell Hart, uno de los autores preferidos por Bergoglio en sus años de formación política juvenil. Pero para los temas geopolíticos que se aborden, casi con seguridad recurrirá a Disraeli -constructor del imperio británico al que también Bergoglio oportunamente leía-, autor del conocido concepto de que los Estados “no tienen amigos ni enemigos permanentes; lo único permanente son los intereses”.

Y el Papa es el titular de un Estado que necesita contar con el respaldo de las principales potencias occidentales, en particular cuando en agosto próximo, en respuesta a su “genética jesuita”, inicie un viaje al Asia (Corea del Sur) donde entre otros objetivos buscará aportar a la reconciliación de la península coreana. Y muy en especial, en el contexto de una estrategia sin tiempo, empezar a acercarse y acercar a China.

“Envié una carta al presidente Xi Jinping cuando fue electo tres días después de mí, y él me respondió. Es un pueblo grande al que quiero mucho”, dijo Francisco en una entrevista al cumplirse un año de su elección como Papa, para enfatizar la importancia que asigna a la potencia que alberga al veinticinco por ciento de la población del planeta.

China tiene sus “tiempos” en materia diplomática, pero recordemos que allí todavía hoy es venerado el padre Mateo Ricci -otro jesuita-, cuatro siglos después de haber cumplido su misión en esas tierras.

Nada mejor, entonces, que construir un lecho espiritual para que China se abra culturalmente a Occidente. Y nada más trascendente que este vínculo con Oriente, para un Francisco que aspira a colocar al Vaticano como elemento de armonía en el tablero de la disputa geopolítica mundial.

Por todo ello, el encuentro con la Reina de Inglaterra -cabeza de la Iglesia Anglicana- es objetivamente concurrente con los propósitos estratégicos de Francisco. A pesar de Malvinas. Y a pesar de las solicitudes de los “apresurados y desagradecidos” que ayer lo estigmatizaban y hoy en virtud de su prestigio “se le cuelgan de la cruz”.

Coherentes con la impericia serial demostrada, desprestigiando a la Argentina internacionalmente en las relaciones con Venezuela y con Irán, ahora, en una actitud no sólo desubicada sino hasta perversa, importunan a Francisco pidiéndole que abogue por Malvinas.

Teniendo en cuenta que el Papa debe considerar al mundo en su conjunto y no en función de una parte, puede afirmarse que, geoestratégicamente, la Reina es más concurrente con los objetivos de Francisco que los enviados del Gobierno argentino con sus “imberbes” demandas.

Por qué el populismo del siglo XXI es antipopular

Si hay un signo por excelencia de la degradación de la política –tanto en el plano del debate como de la práctica- en estos últimos años, éste es sin dudas la reivindicación del populismo en la cual se solazan varios personeros del Gobierno, como si no se tratase de una deformación de lo popular. Incluso de su contradicción.

Un pensador que goza del favor oficial ha llegado al ridículo de decir que “el populismo no es ni bueno ni malo”, lo que habla a las claras de su rigor intelectual.

Jactarse del populismo equivale a jactarse del cortoplacismo, la demagogia y el clientelismo; sus principales rasgos.

El populismo es un atajo que tienta a los dirigentes y los lleva a hacer rápido y mal lo que de otro modo les exigiría reflexión, ponderación, inteligencia, sacrificio de intereses personales de corto plazo, esfuerzo y capacitación.

El populismo no es nacional ni popular, sino una corrupción de ambas categorías.

Porque una política popular es aquella en la cual los intereses de los dirigentes, los de la gente, los del Estado y los de la Nación adquieren un carácter concurrente.

El populismo, en cambio, consagra la supremacía circunstancial de un interés de la gente, en beneficio demagógico del dirigente y en detrimento del Estado y la Nación. El Estado, en el tiempo, queda inerme como prestador de servicios. Y el populismo termina siendo, estratégicamente, un modelo antinacional y antipopular.

En estos diez años de kirchnerismo, hemos tenido todas las muestras de esta deformación y degradación de la política.

El populismo jurídico, que se ocupó más en garantizar los intereses de los delicuentes que los del trabador. Y aspira a exceptuar al Estado de las responsabilidades que le compete como prestador de servicios.

El populismo financiero, que impidió promover una renegociación de nuestra deuda en default que involucrara al tan acusado Fondo Monetario Internacional como tercero en discordia. En cambio, se optó por cancelar la totalidad de la deuda con ese organismo, lo que fue acompañado por un “grito de Independencia” pour la galerie, mientras se trataba como deudor privilegiado al ente denostado en el discurso y se castigaba duramente a todos los demás tenedores de bonos; jubilados argentinos incluidos. El costo de aquella demagogia lo estamos pagando hoy: diez años después, Argentina no tiene crédito externo, corre riesgo de volver a caer en default y, finalmente, tiene que ceder a las tan criticadas exigencias del FMI –nuevo índice de precios, por ejemplo- para aflojar su ahogo financiero.

El populismo consumista se tradujo en la negativa a reconocer y combatir la inflación, con el argumento de que la palabra ajuste jamás se les caería de los labios, y para poder seguir anunciando periódicamente nuevos subsidios y estímulos al consumo, y llevó a la situación actual: el “ajuste” lo impone la realidad y, como siempre que eso sucede, no hay modo de evitar que afecte a los más débiles de la cadena, se diga lo que se diga.

Gracias al populismo energético, la expropiación de YPF –que no nos iba a costar nada y por la cual hasta le cobraríamos multas aRepsol- terminará con el desembolso de 5.000 millones de dólares por una administración que, habiendo heredado un país con autoabastecimiento y superávit en ese rubro, hoy tiene dificultades para pagar la cuenta de las importaciones de energía. El populismo energético subsidió el consumo de los sectores urbanos más acomodados -Capital y alrededores- mientras sacrificaba a los más pobres y al interés estratégico nacional en la materia, desestimulando la producción.

Al populismo del siglo XXI no le faltó su proyección internacional. La afición de la Presidente por el turismo revolucionario definió las prioridades. CFK tuvo su Mayo del 68 en París, se sumergió en los túneles del Vietcong y peregrinó a La Habana, mientras la Argentina iba ganando en irrelevancia internacional.

Toda la política de ”redistribución” oficial estuvo teñida de populismo. Por eso ha fracasado, y diez años de crecimiento a tasas chinas (por el solo hecho de vivir en el mundo) el Gobierno fue incapaz de transformarlo en desarrollo ni reducir la brecha social de modo significativo. Es más fácil dar subsidios que ofrecer servicios de calidad: educación, salud, seguridad. El Gobierno llenó los bolsillos de la gente transitoriamente mientras los chicos salen día a día más ignorantes de la escuela, la atención hospitalaria declina y la vida de la gente –a merced de la violencia delictiva y de la droga- cada vez tiene un valor menor.

El último parche anunciado por la Presidente, como cortina de humo para tapar la brutal devaluación y el ajuste que no tuvo más remedio que poner en marcha, lleva el pomposo nombre de Programa de Respaldo a Estudiantes de Argentina (Progresar), pero de programa no tiene nada y sólo es un nuevo subsidio: 600 pesos –devaluados- a jóvenes desocupados con la finalidad de que estudien. En teoría, suena bien. Sin embargo, el sociólogo Javier Auyero –insospechado de neoliberalismo-, aun concediendo que “no está mal otro programa de transferencia de dinero”, apuntó al rasgo esencialmente negativo de este tipo de asistencias. “El problema es que no se invierte en servicios no mercantilizados, como la salud pública, la educación y la vivienda”, dijo. “Estos programas –agregó- se han convertido en la principal estrategia para lidiar con la pobreza [pero], si bien compensan en algo a los más necesitados”, a la vez “están desconectados depolíticas redistributivas más permanentes, elemento constitutivo de cualquier sistema de protección social universalista”.

Es más fácil escrachar a comerciantes y empresarios que defender en serio el ingreso popular, diseñando, por ejemplo, una verdadera política antiinflacionaria.

Es más fácil y efectista anunciar nuevas dádivas que desarrollar un transporte público digno, apostar a la recuperación de la excelencia educativa o invertir en infraestructura hospitalaria.

Es más fácil designar al “campo” (uno de los sectores más dinámicos y competitivos del país) como enemigo que crear las condiciones de previsibilidad y confiabilidad que garantizarían mayores inversiones, y por ende más empleo y más productividad.

Una política antipopular por más votos que junte no deja de ser antipopular. El populismo -ayer de Néstor y hoy de Cristina- es hijo de la tiranía de lo inmediato que por cinco minutos de protagonismo soslayó en el largo plazo los intereses del Estado y de la Nación. Por eso, aun ganando elecciones, no deja de ser esencial, estructural y estratégicamente antipopular.

Salvo que creamos que el costo de tener un Estado que no ejerce el monopolio de la fuerza pública, pero que aspira a concentrar el (monopolio) de la opinión, que ahuyenta la inversión productiva, que no asegura servicios públicos eficientes, que ha dejado degradarse la educación hasta límites inimaginables, y que no ha cuidado nuestra moneda, lo pagan los “ricos” antes que los pobres.

Una agenda parlamentaria para salir del populismo

El próximo 10 de diciembre asumirán sus bancas los legisladores electos el pasado 27 de octubre. Para que junto con la composición del Congreso cambien las cosas en el país, es oportuno hacer público el cuadro de situación económica con el que estos representantes y el conjunto de la sociedad se encontrarán en el 2014.

Proceso inflacionario: Fuerte distorsión de precios relativos. Tipo de cambio, tarifas y tasas de interés negativas para el ahorro.

Caída de reservas: Deterioro de solvencia externa, para atender pagos externos del sector público, más déficit de balanza energética, turística y del complejo automotor.

Pérdida de solvencia fiscal: Compuesta por fuertes subsidios a la energía, transporte, etcétera, que superan el 4,5% del PBI.

Mayor creación primaria “de dinero”: Menor cobertura de la base monetaria con reservas del Banco Central que bajó del 123% en el 2006 al 65% en el 2013.

Estancamiento de la inversión: Menores niveles de actividad y empleo (dónde quedó la creación de un nuevo millón de puestos de trabajo).

Cepo cambiario: Desde su creación las reservas cayeron u$s 14.000 millones. De u$s 47.5000 millones a s$u 33.500 millones.

Dólar: El paralelo creció 116%, pasó de $4,62 a $10 la brecha se amplió casi el 70% desde noviembre del 2011.

Activos monetarios: En poder de privados representan cuatro veces la reservas internacionales del Banco Central.

Subsidios: Presupuesto 2014, $140.000 millones. 4 puntos del PBI.

Reservas brutas: u$s 33.062 millones. Netas: u$s 23.500 millones.

Reserva de divisas: 30% de la potencia del Banco Central.

Frente a este estado de cosas, la principal preocupación ha de ser la del logro de un mayor grado de gobernabilidad, producto de más y mejor complementariedad entre el Poder Ejecutivo y el nuevo Parlamento votado recientemente por el pueblo argentino. Pues la gobernabilidad depende siempre de la armonía entre las decisiones de Gobierno y el grado de consenso social que aquéllas logren alcanzar. Y el ámbito para organizar esa armonía en esta instancia es el Congreso Nacional. Que cumpliendo con  el mandato electoral, deberá abandonar perentoriamente su condición de “escribanía” del Ejecutivo.

El Poder Legislativo pasará  así a constituirse como un poder restituyente de las instituciones fundamentales del país y como ámbito para diseñar una nueva agenda que reestablezca: la estabilidad, la seguridad (jurídica) y la previsibilidad que faciliten una nueva sociabilidad comunitaria entre los argentinos. Y entre la Argentina y el mundo, que permita restaurar un clima de negocios para la formulación de un plan general de inversiones que contribuya a la reducción del déficit, la capitalización del país y la creación de empleo digno para los millones de argentinos hoy desocupados.

Después de años de descalificaciones por parte de un Gobierno que consideraba un “abuso” el solo hecho de pensar distinto, tendrá también el nuevo parlamento la responsabilidad de hacer respetar la división de poderes para evitar que la facción (el gobierno) en su retirada le deje el campo minado al nuevo conjunto que llegue (2015). Tendrá también esa agenda que hacerse cargo de incorporar las demandas de los sectores más dinámicos y competitivos de la economía del país, pues sin el aporte de ellos será muy difícil homologarnos económicamente con la comunidad mundial y en consecuencia con las instituciones multilaterales de crédito.

Hay que salir del populismo, “no hay de todo para todos” (John Stuart Mill), porque se está dejando a un Estado inerme como prestador de servicios y encima en el nuevo Código Civil el oficialismo quiere exceptuarlo de sus responsabilidades como tal. Y volver a una política “popular” en cuyo marco los intereses de los dirigentes sean concurrentes con los de la gente, los del Estado y los de la Nación.

De lo que se trata, entonces, es de poner un límite a un Gobierno que durante años mediante el solo trámite de desconocer las cifras reales de la inflación subvirtió todos los precios relativos, desde el tipo de cambio a las tasas de interés: resintiendo la producción, la inversión y el ahorro.

Finalmente, hoy vemos muchos candidatos pero la Argentina necesita de un estadista, pues estos diez años de desquicio no dejan espacio ni tiempo para el aprendizaje, o se está previamente preparado para gobernar o se lo devora (al candidato) la entropía de la circunstancia.

Francisco, un lecho en el que todos se pueden rendir

Francisco se ha constituido en el lecho en el cual todos pueden rendirse con dignidad: cristianos, ateos, agnósticos, marxistas… Desde el más humilde al más “poderoso”.

Porque él, con su autoridad y su mensaje, trata de que a través suyo se reconcilien con Dios incluso aquellos que no creen: ahí tenemos la carta pública al agnóstico editor italiano del diario La Repubblica que le planteó una serie de preguntas sobre la fe, el hombre, la religión. “El creyente no es arrogante”, le respondió el Papa y se puso a dialogar públicamente con él.

La misiva que en la persona de Vladimir Putin dirigióal G20 (los poderosos), en la que pidió que por cualquier medio se evitase la guerra, es otro ejemplo de ello. O su resultado, la nota que el presidente ruso publicó en el New York Times, donde menciona a Francisco y dice: “cuando pedimos la bendición del Señor, no debemos olvidar que Dios nos creó iguales”.

La reunión con el fundador de la Teología de la Liberación fue una mano tendida hacia quienes en el pasado coquetearon con el marxismo.

Francisco ofrece reconciliación a diestra y siniestra.

También para una Europa en crisis existencial, que renegó de sus raíces cristianas en su Carta Magna, el Papa argentino constituye una esperanza. Así como el hecho de que la poderosa Angela Merkel fue una de las primeras jefas de gobierno en reunirse con él, la iniciativa de los europarlamentarios italianos de postularlo para el premio Sajarov -que otorga la Eurocámara a quienes se destacan en la promoción de “los valores fundadores de Europa”- es una muestra de la expectativa de muchos de que el Papa pueda aportar al relanzamiento espiritual de la Unión (UE).

“En los pocos meses de su pontificado, el Papa Francisco ha despertado los mejores sentimientos de todos y con sencillez pero con una gran humanidad y autoridad ha conseguido comenzar un recorrido de paz y de hermandad que entusiasma tanto a los fieles como a los que no lo son”, escribieron los diputados italianos.

Algunos, sin embargo, se privan todavía de su interlocución, pero no pueden evitar que el efecto de su autoridad y su accionar los alcance.

Obama felicitó a Putin por su propuesta de desarme. Pero el que creó las condiciones diplomáticas para el diálogo fue Francisco. La circunstancia que le permitió a Washington desandar -aunque sea momentáneamente- un camino sin quedar desairado fue fruto de la iniciativa papal de colocarse al frente del reclamo de diálogo y negociación.

Francisco construye su autoridad en secreto, producto del diálogo consigo mismo y la verdad. Y hace pública esa autoridad sólo cuando la realidad le exige, como Santo Padre, poner un límite al desenfreno del poder.

Como cuando convocó a la vigilia de ayuno y oración por la paz en la cual participaron en Roma más de cien mil feligreses y varios millones en todo el mundo.

Como en la citada carta al G20, cuando pidió a sus miembros que no quedasen “indiferentes ante el drama” de “la querida población siria” y que abandonasen “la búsqueda inútil de una solución militar”. Además denunció “los intereses unilaterales” que no permitieron evitar “la masacre sin sentido”.

Como cuando fue a Lampedusa, “periferia existencial” de Europa, y pidió perdón a Dios “por aquellos que con sus decisiones a nivel mundial han creado situaciones que conducen a estos dramas”.

En un mundo que, desde el alba del siglo, estaba huérfano de liderazgo, Francisco promueve una nueva sociabilidad comunitaria mundial. Y su mensaje llega hasta los más recónditos e inesperados ámbitos.

La autenticidad de su vocación ecuménica es reconocida por quienes han sido constantes interlocutores suyos. Por eso fueron representantes de la comunidad judía argentina los primeros en proponer el Nobel de la Paz para Francisco. Un premio que, según el testamento de Alfred Nobel, debe ir a quien haya hecho “el mayor o el mejor trabajo por la fraternidad entre las naciones, por la abolición o la reducción de armamentos y por el mantenimiento y promoción de congresos por la paz”. Por ello creo que Francisco es el mejor candidato, aunque el comité del Nobel pueda una vez más -como ya lo ha hecho en el pasado reciente- renegar de la voluntad póstuma del creador del galardón (ver Un Nobel para Francisco).

A Francisco “nada de lo humano le es ajeno“. Por eso él no dice “con éste sí”, o “con éste no” (“¿Quién soy yo para cuestionar a una persona porque es gay?”). El sectario, el faccioso o el individualista se formula edificar “con algunos”. Él quiere hacerlo “con todos”. Porque se propone aportar a la construcción de una sociedad para todos, con el concurso y la participación de todos, en la convicción de que “nadie puede realizarse en un conjunto que no se realice”.

Por todo esto la dirigencia política mundial tiene la indelegable responsabilidad de instituir políticamente, en todos los organismos multilaterales donde se toman decisiones que comprometen el presente y porvenir de la humanidad, las iniciativas que Francisco ecuménicamente formula desde la fe.

Un Nobel para Francisco

Estoy persuadido de que en el siglo XXI la comunidad política mundial debe hacer el esfuerzo necesario para que no quede vestigio alguno de dictaduras que masacran a sus pueblos ni de democracias imperiales que aspiran a imponerse por la fuerza. Y de que la guerra es el recurso del “poder” cuando no puede hacerse respetar como “autoridad”.

Fue por ello que, en junio de 2003, propuse al Plenario de la Internacional de Partidos Políticos de Centro (IDC), reunido en Portugal y al que asistí como representante del Partido Justicialista, respaldar la candidatura de Juan Pablo ll al premio Nobel de la Paz. Los considerandos de mi propuesta de resolución eran al mismo tiempo los argumentos para rechazar la solicitud formulada por José María Aznar y José Manuel Durao Barroso de que los partidos políticos allí reunidos apoyásemos el documento aprobado en las Islas Azores donde se tomó la decisión de invadir Irak.

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Ningún político habla así

En Argentina estamos de campaña. Pero no hay política aquí. La política está en Brasil. Ningún político nos habla como hoy Jorge Bergoglio les habló a nuestros jóvenes y al mundo. Ninguno de los candidatos a representarnos dice algo que emocione, interpele, convoque.

En su breve mensaje, el Papa habló tres veces de valores, una palabra que los políticos locales no usan porque la creen pasada de moda. No es cool. Francisco mostró una mayor conexión con la realidad que viven los argentinos que todos los candidatos.

Desde las periferias sociales, políticas y existenciales de nuestro continente, denunció a “los mercaderes de la muerte”, cuyo lucro con las drogas implica la destrucción y muerte de tantos jóvenes. “No es la liberalización del consumo de drogas, como se está discutiendo en varias partes de América Latina, lo que podrá reducir la propagación y la influencia de la dependencia química”, advirtió Bergoglio, sin que ningún dirigente argentino se sintiese responsable. En cambio, un candidato dijo en lo que pretendió ser una respuesta al Papa, que en el Congreso se debatió una ley de atención integral al adicto ¡Como si hiciera falta una ley para ocuparse del problema!

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