¿Por qué la Argentina no ayuda al Papa?

Lo más triste que nos puede pasar como Nación es no estar a la altura de la oportunidad que la Providencia nos brindó el 13 de marzo de 2013, el día que Jorge Bergoglio se convirtió en Sumo Pontífice de la Iglesia Católica Romana. Pasado el tiempo de la emoción por lo que ese acontecimiento significó, debemos estar ya en el tiempo de la interpelación.

Argentina es un país rico, bendecido por la naturaleza y, en los últimos 30 años, también por la historia, ya que llevamos un largo período de democracia ininterrumpida, no sólo en el país sino en la región y en el continente.

Un argentino se ha convertido hoy en una autoridad mundial, un faro hacia el cual se vuelven muchos en busca de consejo, mediación y hasta solución. Con toda la carga que eso implica. Una carga que el Papa no elude. Contribuyó a evitar un agravamiento de la crisis siria, acogió en su casa a palestinos e israelíes para rezar por la paz, medió entre Cuba y Estados Unidos para una reconciliación y no cesa de tender puentes para la construcción de una nueva sociabilidad mundial, como la invitación al presidente de China, Xi Jinping, para “abogar juntos por una paz mundial más duradera al servicio de un mundo más fraterno y solidario”.

Frente al último atroz capítulo de la tragedia que, en palabras de Francisco, está convirtiendo al mar Mediterráneo “en un gran cementerio”, los diarios informan que el Papa “pide más respaldo ante la ola de inmigrantes”. Las autoridades italianas advierten por su parte que los pueblos de Sicilia no dan abasto para recibirlos. Se da el caso de que localidades del sur de Italia de 30 a 35.000 habitantes ya han recibido un número de refugiados que representa casi el 50% de esa cifra. Es insostenible.

Es evidente que el llamado del Santo Padre se dirige en primer término a los países de la OTAN, cuya responsabilidad y medios son mayores, tanto respecto de las violencias que están desencadenando estos éxodos desesperados, como en su posible solución.

Pero el hecho de que la Argentina se encuentre alejada geográficamente de los conflictos que hoy ensangrientan al mundo no nos autoriza a estarlo también espiritual, moral o políticamente. En la posguerra, nuestro país se involucró en el auxilio a una Europa hambreada, en un gesto que nos honró ante el mundo y que por muchos años fue nuestra marca de identidad. Hoy, deberíamos volver a poner nuestros recursos y sobre todo nuestra imaginación para aportar a una globalización más humana.

“Muchos deberían leerlo, no solamente sacarse fotos”, sugirió alguna vez Cristina Kirchner en referencia al Santo Padre. Pero hay mucho más que los líderes que visitan a Francisco en la Santa Sede deberían hacer, además de estudiarse la Evangelii Gaudium como había hecho la Presidente en aquella ocasión: pensar en cómo ayudarlo a cargar la cruz en vez de colgarse de ella.

De otro modo, cuesta entender el entusiasmo por viajar a Roma que exhiben algunos. Sin propósitos a la altura de la persona con la cual van a entrevistarse.

La Argentina debería ofrecerle a Francisco ayuda concreta. Somos 41 millones de habitantes en 2.780.400 kilómetros cuadrados. Brindando por ejemplo asilo a mil familias libias –unas 5 ó 6 mil personas-, haríamos un aporte, tal vez menor considerando la dimensión del problema, pero de altísimo valor simbólico y como ejemplo concreto, que otros países amigos podrían emular.

Con una iniciativa así, le aportaríamos a Francisco una carta para exhibir. Pero sobre todo le demostraríamos que, respecto de su persona, de su investidura y de su prestigio, no queremos anotarnos sólo en un haber -que no hemos decidido-, sino fundamentalmente en la responsabilidad de aportar a construir una nueva sociabilidad comunitaria mundial. 

Juan Pablo II y el Justicialismo

Muchos años antes del extraordinario acontecimiento del advenimiento de un Papa argentino, otro Pontífice, surgido también de las periferias políticas del mundo, dejó una impronta imborrable en nuestra historia, no sólo por su activismo en favor de la paz sino por la identificación que tantos sentimos con su mensaje pastoral. Su pontificado y el de Francisco constituyen signos de la Providencia hacia nuestro país que a ningún argentino de bien pueden dejar indiferente.

Un 2 de Abril de hace diez años pasaba a la inmortalidad Juan Pablo II, el hombre que intervino para evitarnos una guerra fratricida con nuestros hermanos chilenos, que visitó dos veces nuestro país recorriéndolo de punta a punta, y que formuló una encíclica (Laborem Exercens) que fue fuente de inspiración para todos aquellos dirigentes y militantes que pensábamos que el trabajo es ante todo para el hombre un lugar en la vida.

Aquella Carta Encíclica que Juan Pablo II promulgó el 14 de septiembre de 1981 contenía fundamentos para la defensa de la dignidad humana del trabajo de una total identidad con la Doctrina Justicialista. Fue por ello que un grupo de dirigentes, cuadros políticos y sindicales impulsamos la constitución de la Fundación Laborem Exercens para contribuir a instituir política y gremialmente los caminos que el Papa ecuménicamente abría desde la fe. Continuar leyendo

Geopolítica en torno a una muerte sospechosa

“La redistribución de los recursos humanos, espirituales y materiales de un país, cuando se pasa de un período de normalidad a otro extraordinario o viceversa, requiere planes coordinados que no pueden dejarse a merced de la corazonada que inspire la exaltación de un sentimiento o la audacia de una improvisación”, decía Juan Domingo Perón el 6 de septiembre de 1944, al dejar constituido el Consejo Nacional de Posguerra, un organismo que creó para hacer transitar a la Argentina por los intersticios del nuevo orden geopolítico que sobrevendría ante el inminente fin de la Segunda Guerra Mundial.

Con el objetivo de determinar el rol a cumplir por nuestro país en el mundo en la nueva etapa y qué instrumentos eran los adecuados para desempeñarlo con el mayor grado posible de autonomía política, económica y social, Perón no sólo convocó a técnicos sino también a los actores empresariales del momento: nombres de la industria como Di Tella (padre), Dodero o Kraft, y del agro, como Menéndez Behety, Delfino y otros.

Perón crea este Consejo como instituto de estudios -think tank se diría hoy-, para obtener el mayor rendimiento posible de los activos de la Argentina en el mundo de posguerra, llegando incluso a hacer una formulación política -la Tercera Posición-, tan equidistante de las dos potencias que en ese momento se disputaban la hegemonía del ejercicio del poder, que lo encumbró como un líder de concepto mundial.

A la inversa, en la actualidad vemos como las categorías de observación de la realidad que en ese período de nuestra historia instalaron prestigiosamente a la Argentina en el mundo son remplazadas por una compulsión –“exaltación” e “improvisación”, diría Perón- que lleva a confundir tiempos, circunstancias y estrategias. Y que nos hace sufrir activamente las consecuencias de la imposición de la agenda de potencias, de las cuales, con un poco de inteligencia y previsión, podríamos haber sido partícipes con beneficio para el país.

Es que la geopolítica está afuera de la imaginación y expectativas de una dirigencia de cabotaje. La Argentina padece las consecuencias de la renuncia de los integrantes de su clase política al esfuerzo intelectual de actuar como dirigentes con vocación de estadistas, para tomar en cambio el atajo electoral que lleva a un cortoplacismo inconducente.

Pero la crisis abierta por el gravísimo episodio de la muerte dudosa de un fiscal de la Nación no es momento para llevar agua al molino electoral partidario, sino para una profunda reflexión –amplia, plural- y para la convocatoria al aporte de todos en el trazado de líneas de acción en un contexto internacional que, como el de mediados de la década del 40, está en plena mutación.

 

La onda expansiva del nuevo tablero internacional

Ingresamos a un siglo XXI en el que los reacomodamientos mundiales exigen una perentoria velocidad de adaptación de la que hoy la Argentina carece.

China, Estados Unidos y Rusia configuran actualmente el triángulo del poder mundial. Desde Europa, Alemania actúa como amortiguar de las tensiones entre EEUU y Rusia. Moscú hace esfuerzos para sacarla de la OTAN y Washington para contar con su apoyo incondicional, como vemos en la crisis de Ucrania. Pero Alemania, fiel a su genética, tratará de mantener la unidad de Europa, evitar una crisis mayor entre Rusia y EEUU y, en la medida de lo posible integrar más a la primera, convenciéndola de que puede alcanzar una mayor unidad política con el Viejo Continente sin necesidad de usar extorsivamente sus recursos energéticos.

Israel, pueblo fundante de nuestra civilización occidental, que ha sobrevivido aun en los momentos más difíciles de su historia por su ejemplar capacidad de aprender incluso de sus perseguidores, ve hoy en China un liderazgo mundial que supone puede en el futuro corresponderse más con los objetos de su agenda política.

Estados Unidos sufre en algunos conflictos del planeta la colusión entre los otros dos vértices que componen el triángulo de poder mundial. Trata en consecuencia de debilitar al menos poderoso y fuerza a la baja el precio del barril del petróleo hasta niveles que complican a la economía rusa y lesionan su influencia en las regiones del mundo donde ellos también tienen objetivos propios.

China, silenciosa, casi subrepticiamente, se convierte en la primera potencia mundial, sin alardes, para no hacerse cargo de las cargas que tal liderazgo presupone.

En Medio Oriente, el acercamiento de Israel con China, aceleró, de momento, el de Estados Unidos con Irán. Relación que afecta sustantivamente a Israel que, al sentirse desprotegido por la principal potencia de Occidente, estrecha aun más los vínculos con el nuevo poder que surge de Oriente.

Las ondas expansivas de estos reacomodamientos llegan hasta el último rincón del planeta. Y la Argentina es uno de los países menos preparado para absorberlas, y hasta para entenderlas. 

Se aproxima Beatriz Sarlo cuando habla del “amateurismo de la conducción diplomática local y el giro de la Argentina dentro de las zonas de influencia planetarias” (24/01/2015). Lo hace Carlos Pagni, cuando escribe que “jueces y fiscales son piezas de un ajedrez que se juega en otra parte” (23/01/2015).

 

Cómo salir del decadente eje bolivariano y de la improvisación

Pero la dirigencia argentina, más producto de la imagen que de la idea, abandonó casi por completo el entusiasmo por estudiar el mundo; una tendencia que se acentuó en estos últimos años en los que la compulsión y el capricho sustituyeron el esfuerzo de imaginación que todo líder debe hacer para anticiparse a los acontecimientos que determinan la evolución de la geopolítica mundial y poder cabalgarlos con el mayor provecho para su país. Y “el que no tiene capacidad para prever deberá tener buen lomo para aguantar…”

Desde los comienzos de la gestión kirchnerista, más allá de las cortinas de humo del relato, la Argentina desarrolló una política que fue concurrente con los intereses de Estados Unidos. En un artículo de octubre de 2007, en el que recordaba que Luis D’Elía fue eyectado del gobierno por criticar el dictamen judicial de Alberto Nisman contra Irán, el politólogo Carlos Escudé, destacaba que, “desde muy temprano en la gestión, (los diplomáticos estadounidenses) afirmaron que la Argentina cooperaba de manera muy aceptable con los principales puntos de la agenda exterior norteamericana: la lucha contra el terrorismo, el narcotráfico y el lavado de dinero”. El título de su artículo era: “Occidentales con disimulo”. Tres años después, en mayo de 2010, Escudé escribió: “En (el determinante ámbito geoestratégico) es notoria la posición argentina frente a Irán. Durante tres años consecutivos, 2007, 2008 y 2009, nuestros mandatarios denunciaron a ese Estado terrorista en la mayor vidriera del mundo: la apertura de las sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas. (…) En octubre de 2007, (sostuve) que el gobierno argentino era disimuladamente pro-occidental. Hoy debo decir que (…) ya ni siquiera hay disimulo”.

El problema es que la Argentina fue inconsecuente con esa política, por metodología inconsulta en la habilitación de una base china de observación espacial en nuestro territorio. Una decisión que debió haber sido fruto de una resolución común con Brasil, Uruguay y Paraguay. Nuestros primos hermanos mayores del Norte pueden no estar a la altura de las circunstancias, pero nos guste o no, somos americanos, y no podemos renunciar a hacer el máximo esfuerzo imaginativo posible para participar de una agenda común, de modo de evitar que, por renuncia a ese esfuerzo, tomemos el atajo de aliarnos in totum a otra potencia extracontinental.

Regionalmente, el nuevo gobierno que se instale a fines de este año puede salir del decadente eje bolivariano empujando al Mercosur – o lo que quede de él- y en obvio diálogo con Brasil, a aproximarse a México, país que, al abrirse después de muchísimos años a la participación extranjera en las licitaciones para una explotación mixta de sus reservas petroleras, puede proveernos de los recursos energéticos que necesitemos hasta volver al autoabastecimiento y a su vez facilitarnos una vía de participación en la Asociación Asia Pacífico, la integración económica más importante del futuro.

En la medida de lo posible, se debe impulsar negociaciones en conjunto –regionales, subregionales- con China, para un mayor equilibrio. Y para colocar a la Argentina en la situación geopolítica más armónica posible entre China, Estados Unidos, Rusia y Europa. Y sin desmedro de los vínculos con otras potencias emergentes como India o Sudáfrica.

Esto en el plano del poder. En el plano de la autoridad, recurrir a Francisco, un argentino que es Papa, líder de 1.200 millones de católicos y referente moral de la mayor parte de la humanidad, no para colgarse de la sotana sino para aprender y seguir sus enseñanzas.

 

La “mugre” de afuera

Es tan adolescentemente inútil y fatal hacer seguidismo de una potencia mundial, como suponer que se puede salir indemne de hacerle un desplante. Las consecuencias están a la vista. Algo de esto parece intuir la Presidente cuando pide que no se traslade al país la “mugre internacional”. Pero a este atisbo de conciencia, le falta la autocrítica de una conducción impulsiva que fue el principal acelerador de la importación de esa “mugre”.

Poco antes de que Néstor Kirchner tomara la palabra en la ONU, en septiembre de 2007, para acusar a Irán pública y formalmente por primera vez, el propio Horacio Verbitsky le advertía a la gestión kirchnerista que “si el envío de un chinchorro (sic) menemista a la expedición estadounidense al desierto de Irak en 1990 fue una de las causas de los atentados de 1992 y 1994 contra la embajada de Israel y la AMIA, la situación es más peligrosa ahora: (George W. Bush) tiene el plan de atacar Irán, acaso con armas nucleares, por obvias razones económicas y geopolíticas, y sólo necesita el casus belli que le permita presentarlo ante el mundo como un acto altruista” (Página 12, 23 de septiembre de 2007).

A la autocrítica, además, debería seguirle la rectificación del rumbo porque, del mismo modo que la sobreactuación contra Irán –en una hipótesis que hasta la CIA desmiente hoy- fue más gravosa para la Argentina que el haber enviado naves al Golfo, también lo es la iniciativa de habilitar una base de observación espacial china en nuestro territorio; no por el proyecto en sí, ni por China, ni por EEUU, sino por lo inconsulto y unilateral de la decisión.

Por una metodología individualista y casi autocrática en el ejercicio del poder, que ha instalado un clima anti-institucional en el cual todas las “mugres” –externas e internas- parecen posibles. En geopolítica, los caprichos se pagan. 

Las señales de Francisco empiezan a ser correspondidas por China

De Lampedusa a Tierra Santa, de Seúl a Estrasburgo, el activismo del Pontífice argentino por la paz y la dignidad humana no se detiene.

En su reciente discurso ante el Parlamento Europeo, el Santo Padre se dirigió a los más de quinientos millones de ciudadanos representados por los eurodiputados allí reunidos, para pedir “un marco jurídico claro, que limite el dominio de la fuerza y haga prevalecer la ley sobre la tiranía del poder”. Afirmando con severidad que “no se puede tolerar que el Mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio”.

Una semana después, en Turquía, adonde viajó según sus propias palabras “como peregrino”, alentó a no resignarse frente a los “continuos conflictos” y a “renovar siempre la audacia de la paz” para poner fin a los “sufrimientos” en aquellas regiones.

En Estambul, además, Francisco multiplicó los gestos de cercanía y amistad con la Iglesia Ortodoxa, a través de abrazos y liturgias compartidas con el Patriarca de Constantinopla, Bartolomé I; un llamado a la unidad que pavimenta el camino para viajar a Moscú, donde los ortodoxos son la religión mayoritaria. Iniciativa que ya está en marcha. Continuar leyendo

Helmut Kohl, el estadista que unió a Alemania sin desunir a Europa

“Helmut llevaba el sentido común al nivel de la genialidad”
(François Mitterrand)

A 25 años de la caída del Muro de Berlín, ¡cómo no recordar a Helmut Kohl!, el jefe político que aspiró a una mundialización controlada y civilizada al servicio de todos, respetuosa de la diversidad cultural y protectora del medio ambiente. Fue este líder católico un implacable opositor al sistema que imperaba detrás de la Cortina de Hierro, y un estadista capaz de unir a Alemania sin desunir a Europa y sin enemistarse con Estados Unidos.

Su taller de creatividad política internacional estaba conformado por líderes de la dimensión de Gorbachov, Bush padre, Mitterrand, Thatcher, los cancilleres Chevardnadze, Baker, Scowcroft, Blackwill, Védrine, Guigou, Bianco, Teltschick, Bitterlich y Hartmann. Sin embargo lo que más le costaba era la unidad interna. En 1989, tras la caída del Muro y el derrumbe de los regímenes soviéticos, pocos creían posible la reunificación alemana así como el acuerdo de Maastricht, que fijaba las metas económicas para la unidad monetaria europea.

Merece indiscutiblemente el calificativo de estadista porque privilegió los intereses permanentes de su Patria por encima de sus intereses personales inmediatos. Por eso promovió la inmediata reunificación de su país contra la opinión de sus pares europeos y de muchos de sus compatriotas, sabiendo que pagaría un costo electoral por ello: Pero no tomó sus decisiones pensando en las encuestas. Recuerdo que en una charla con él en 1998, con motivo de la organización de la conducción de la IDC (Internacional de Partidos de Centro), el ex Canciller me dijo: “La unidad interna lleva más tiempo de lo pensado por la reticencia de una generación de dirigentes que no han vivido la guerra ni la posguerra y que tienen por lo tanto dificultades para encarnar verdaderamente el imperativo de la unidad y en algunos casos buscan adolescentemente excusas para entrar en colisión con Estados Unidos”.

Kohl proponía –y lo realizó concretamente- modificar la hegemonía monetaria del dólar pero sin crear rispidez política alguna con Estados Unidos. Otros, en cambio, tenían más entusiasmo por las rispideces que por el significado estratégico de la creación del euro. Cabe notar que, a la vanguardia de los procesos de paz y reconciliación en y entre las naciones se encuentran generalmente los principales protagonistas del período doloroso que se quiere cerrar. A la inversa, frecuentemente se oponen quienes sienten la necesidad de compensar una falta o aquietar sus conciencias. Como hemos visto que sucedió en esta década en nuestro país.

Recuerdo que Kohl también me dijo en aquella ocasión: “Es decisivo que intentemos llegar al otro lado de la montaña antes del fin de siglo. En los últimos quince años hemos conseguido poner el tren de Europa en las vías y la locomotora está en esa dirección. Independientemente de los cambios que pudiera haber, y de las dificultades que surjan, la locomotora ya no podrá retroceder. En tres años habrá una sola moneda, y muchos europeos no terminan de entender lo que significa, sobre todo su componente social y cultural, ya que el mundo adquirirá un carácter multipolar al tener más de una moneda de reserva y nuestros amigos norteamericanos tendrán que aceptar que ya no están ‘solitos’ para hacer lo que quieran. Y lo van a aceptar porque siempre he tenido buenas relaciones con ellos”.

“Por esto –agregó- para los alemanes y para los europeos es importante tener buenas relaciones con USA, pero también con Asia y América Latina, para institucionalizar la pluripolaridad”.

Recuerdo también que reconoció “el valor del presidente Carlos Menem, cuando le dijo a Clinton, respecto del ALCA, que la Argentina solo negociaría como bloque” por la importancia que eso tenía para sostener el Mercosur. Pero parece ser que nadie es profeta en su tierra. En Alemania, Helmut Kohl debió padecer la ingratitud de una generación de nuevos políticos –incluso algunos de los que él mismo había formado- que, “apresurados y desagradecidos”, quisieron olvidar lo que le debían.

Pero el nombre de este estadista de talla ya estaba en la Historia. En marzo de 2007, al cumplirse el 50º aniversario de los Tratados de Roma, el dirigente portugués José Manuel Durao Barroso, entonces Presidente de la Comisión Europea, propuso a Helmut Kohl para el premio Nobel de la Paz: “Creo que lo merece por todo lo que ha aportado a la reunificación de Alemania y de Europa. Es una forma, no sólo de rendir tributo a un gran europeo, sino también de recordar a todo el mundo lo que significa para Europa vivir en paz hoy”.

La propuesta suscitó reacciones de entusiasmo en muchos sectores de la dirigencia política mundial. Paradójicamente, una sola persona se mantuvo fría. Fue Angela Merkel, la misma que, en una “mezquindad sin precedentes” según la mayoría de la dirigencia de la CDU (Unión Cristiana Demócrata, el partido de Helmut Kohl), fue también quien le dio el golpe de gracia cuando un ignoto sujeto desde Canadá lo acusó de haber usado fondos negros para financiar la campaña de dirigentes europeos afines.

Angela Merkel, una política de la Alemania ex comunista, cuya carrera en la CDU fue apadrinada superlativamente por Helmut Kohl, pertenece a esa generación que no había vivido la guerra (a la que la caída del Muro de Berlín sorprendió tomando un baño sauna en un club, según ella misma relató) y que no entendía o no le interesaba la trascendencia de lo que su padre político había aportado a la paz y a la unidad de Europa. Por algo aceptó luego (Merkel) junto a otros dirigentes sacar la mención a las raíces cristianas de Europa en el proyecto de Constitución de la UE, aun en contra de la opinión de Juan Pablo II. Un hecho que debilitó la unidad cultural, política y económica de Europa, como salta a la vista hoy.

Pero el euro está ahí, gracias a la obra de este último gran estadista del  siglo XX, que como oportunamente destacó Gorbachov “con su aporte evitó una tercera guerra mundial”.

Por todo ello, como dijo una vez Felipe González: “Gracias, Helmut”.

Foto Romano- Kohl

El 12 de octubre de un Gobierno con déficit de historicidad

Es triste, indignante y a-histórico que los argentinos lleguemos a este 12 de octubre embarcados en una polémica por la antojadiza decisión oficial de desplazar un monumento, en lo que no sólo constituye una ofensa a la comunidad italiana que lo donó sino una verdadera operación de vaciamiento cultural que abona el terreno de la enemistad social y la desunión cultural.

Paradójico es que la iniciativa provenga de una administración que se dice peronista, considerando el declarado hispanismo del fundador de ese partido que, el 12 de octubre del 1947, homenajeaba a España en términos que deberían hacer avergonzar a quienes hoy mancillan ese patrimonio cultural común.

En aquel mensaje, Perón hablaba en nombre de quienes “formamos la Comunidad Hispánica” para homenajear “a la Patria Madre, fecunda, civilizadora, eterna, y a todos los pueblos que han salido de su maternal regazo”.

Y afirmaba además “la existencia de una comunidad cultural hispanoamericana de la que somos parte y de una continuidad histórica”.

Aclaraba que el concepto de raza no era “biológico” sino “cultural”, algo que los zonzos que rebautizaron el 12 de octubre –feriado establecido por Hipólito Yrigoyen por otra parte- con el pomposo nombre de “Día del respeto a la diversidad cultural” deberían recordar, ya que con ese concepto se reivindicaba el mestizaje, signo distintivo de las nacionalidades hispanoamericanas.

Así lo definía Perón: “Para nosotros, la raza constituye nuestro sello personal, indefinible e inconfundible. Para nosotros los latinos, la raza es un estilo. Un estilo de vida que nos enseña a saber vivir practicando el bien y a saber morir con dignidad. Nuestro homenaje a la madre España constituye también una adhesión a la cultura occidental. Porque España aportó al occidente la más valiosa de las contribuciones: el descubrimiento y la colonización de un nuevo mundo ganado para la causa de la cultura occidental”.

En concreto, una clara reivindicación de la colonización española que debería interpelar a quienes vergonzantemente buscan reescribir la historia. “Su obra civilizadora cumplida en tierras de América no tiene parangón en la historia –agregaba Perón-. Es única en el mundo. (…) Su empresa tuvo el sino de una auténtica misión. Ella no vino a las Indias ávida de ganancias y dispuesta a volver la espalda y marcharse una vez exprimido y saboreado el fruto. (…) Traía para ello la buena nueva de la verdad revelada, expresada en el idioma más hermoso de la tierra. Venía para que esos pueblos se organizaran bajo el imperio del derecho y vivieran pacíficamente. No aspiraban a destruir al indio sino a ganarlo para la fe y dignificarlo como ser humano…”

Perón no desconoce la leyenda negra sobre la conquista, ésa que hoy impulsa a la juvenilia que nos gobierna a la iconoclasia. Y por eso dice: “Como no podía ocurrir de otra manera, su empresa fue desprestigiada por sus enemigos, y su epopeya objeto de escarnio, pasto de la intriga y blanco de la calumnia (…) …se recurrió a la mentira, se tergiversó cuanto se había hecho, se tejió en torno suyo una leyenda plagada de infundios y se la propaló a los cuatro vientos”.

En su mensaje, el entonces Presidente de la Nación, también advertía sobre “el propósito avieso” detrás de esta leyenda: “Porque la difusión de la leyenda negra, que ha pulverizado la crítica histórica seria y desapasionada, interesaba doblemente a los aprovechados detractores. Por una parte, les servía para echar un baldón a la cultura heredada por la comunidad de los pueblos hermanos que constituimos Hispanoamérica. Por la otra procuraba fomentar así, en nosotros, una inferioridad espiritual propicia a sus fines imperialistas (…)”.

Finalmente, Perón hasta tendría respuestas para los que pretenden contraponer a Juana Azurduy con Colón, porque donde ellos siembran discordia, él veía continuidad histórica: “Son hombres y mujeres de esa raza los que en heroica comunión rechazan, en 1806, al extranjero invasor (…). Es gajo de ese tronco el pueblo que en mayo de 1810 asume la revolución recién nacida; esa sangre de esa sangre la que vence gloriosamente en Tucumán y Salta y cae con honor en Vilcapugio y Ayohuma; es la que bulle en el espíritu levantisco e indómito de los caudillos; es la que enciende a los hombres que en 1816 proclaman a la faz del mundo nuestra independencia política”, etcétera, etcétera.

Y advertía: “Si la América olvidara la tradición que enriquece su alma, rompiera sus vínculos con la latinidad, se evadiera del cuadro humanista que le demarca el catolicismo y negara a España, quedaría instantáneamente baldía de coherencia y sus ideas carecerían de validez. Ya lo dijo Menéndez y Pelayo: ‘Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original, ni una idea dominadora”.

Pensamiento original es justamente lo que falta en todas estas movidas icónicas que impulsa el kircherismo, que por un lado cuestiona el monumento a Cristóbal Colón frente a la sede de Gobierno y por el otro cree que el Che Guevara tiene más que ver con nuestra historia y cultura e instala su imagen en la Casa de Gobierno. Como hace con el estalinista David Siqueiros en cuya biografía el acto más saliente es haber intentado asesinar a León Trotsky en su exilio mexicano.

Trasladar el monumento al hombre que con su empresa unió dos continentes y dio origen a un largo proceso, que con sus luces y sus sombras, engendró nuestra Nación e instalar a la vez, en la mismísima sede de Gobierno -con bombos y platillos- la obra de un pintor que no tiene ningún vínculo con nuestra historia, resulta como mínimo contradictorio.

Son las concesiones que le gusta hacer a la Presidente a lo políticamente correcto, buscando una vez más el aplauso fácil, pero no se trata de caprichos gratuitos pues siempre son a costa de lo que en Argentina debiera ser permanente: los fundamentos de nuestra existencia nacional y la consolidación de nuestro Estado.

Alegremente se convierten en repetidores de la leyenda negra a la que hacía referencia Perón, y se suman a la zoncera extemporánea de juzgar el pasado con parámetros del presente, desconociendo que la Argentina -al igual que las demás naciones latinoamericanas- es fruto del mestizaje étnico y cultural de la España de entonces con las civilizaciones autóctonas; a ese sustrato, siglos después, se sumaron nuevos contingentes de emigrados del continente europeo que encontraron en estas tierras una acogida y una apertura que estaba inscripta en sus genes, fruto del mismo carácter de la conquista y civilización española que hoy se quiere repudiar en la figura de Colón.

Bien decía Rodolfo Walsh, escritor al que el kirchnerismo dice venerar pero no ha leído ni entendido, que “la principal falencia del pensamiento montonero” era su “déficit de historicidad”…

¿Qué otra cosa es si no pregonar un modelo “nacional y popular” y a la vez relacionarse vergonzantemente con la propia historia; o golpearse el pecho con supuesto orgullo patrio y dejarse conducir culturalmente por usinas de pensamiento transnacional?

San Martín entre dos fuegos

La armonía entre un pueblo y un conductor permite, en determinadas circunstancias de la historia, alcanzar cumbres a las que sólo llegan aquellos que son portadores de un acendrado sentido heroico de la vida y de una inquebrantable fe en Dios. Ese momento lo vivió nuestra Nación en sus primeros años con José de San Martín, por eso con justicia lo llamamos “Padre de la Patria”.

Sin embargo, su trayectoria permanece en muchos aspectos incomprendida, desde diferentes corrientes de pensamiento. Si cierta historiografía liberal quiso reducirlo a la condición de militar brillante, minimizando el genio político sin el cual no hubiese podido llevar adelante una hazaña de tamaña magnitud, el neo-revisionismo populista de hoy lo relega justamente por su condición de militar, como si hubiera en ello algún menoscabo. Pero hay otros motivos.

San Martín no fue unitario ni federal; fue americano, fue argentino, como él mismo se presentaba en sus cartas. Siempre tendió la mano a todos y buscó la conciliación y la unidad. Y se negó a desenvainar su espada para combatir a sus propios compatriotas, pese a que algunos de ellos estaban dispuestos a hacer eso con él: apresarlo y juzgarlo porque no le perdonaban el haber contrariado sus mezquinos designios. La figura de San Martín es por lo tanto intragable para quienes, de uno y otro lado, se asumen como una facción. Y así se explica que ayer haya sido víctima de manipulación y recorte y hoy lo sea de ninguneo.

Por eso, en este nuevo aniversario de la muerte del hombre que con su grandeza, vigor y  amplitud de miras nos dotó del patrimonio geográfico en el que pudimos, a pesar de desencuentros, construir un destino común, quiero homenajearlo recordando el prólogo que el entonces Presidente de la Nación, General Juan Domingo Perón, redactó para el primer tomo de la colección de Documentos para la historia del Libertador General San Martín, cuya publicación había dispuesto él mismo por ley Nº 13.661/1949 (de homenajes al Libertador en el primer centenario de su fallecimiento).

 

El prólogo de Perón sobre San Martín

El hombre, desde el principio de los tiempos, ha tratado de penetrar el misterio que lleva, como un enigma, dentro de su corazón.

Desde la más remota antigüedad, la mayor preocupación del hombre fue llegar a las honduras de su intimidad: “conocerse a sí mismo”.

Los filósofos de todos los tiempos buscaron la “sabiduría”, conocer al hombre, mediante la observación directa de sí mismos y de la humanidad que los rodeaba.

Los historiadores prefirieron en cambio penetrar el misterio del hombre, mirándolo desde lejos…

Acaso los filósofos hayan partido siempre de la hipótesis de que el hombre es demasiado pequeño… Es indudable en cambio que los historiadores han fundado siempre su quehacer en “la grandeza del hombre” como hipótesis de trabajo.

Los pueblos se parecen en esto a los filósofos o a los historiadores.

Les atrae como un abismo el enigma de conocerse a sí mismos.

Hay pueblos que sólo miran, con el microscopio del instante en que viven, nada más que el presente. Son pueblos sin porvenir, enfermos de pequeñeces.

Otros pueblos, en cambio, se afanan por el conocimiento de sí mismos, contemplando, desde lejos, la altura de sus hombres y la grandeza de sus vidas.

Son pueblos “enfermos de grandeza”.

La eternidad los espera desde el porvenir y frecuentemente Dios los elige para cumplir un destino superior entre los demás pueblos.

Para que un pueblo pueda mirarse en su pasado y contemplar por lo tanto, su porvenir con grandeza de corazón necesita poseer en su historia, un momento por lo menos de gloria indiscutible.

Momentos así suelen darse con escasa frecuencia porque se necesitan para ello: la estatura de un hombre gigantesco y el pedestal de un pueblo extraordinario.

Pueblos hay que pasan por el mundo sin encontrarse con “el hombre” anhelado; y hombres gigantescos no encuentran muchas veces “el pueblo” que desean.

Los argentinos que siguieron a San Martín por los caminos de su inexorable designio de “ser lo que debía ser o no ser nada”, constituyeron indudablemente el extraordinario pedestal de nuestro Gran Capitán.

Para seguir los caminos de San Martín era necesario un pueblo consciente de su responsabilidad frente al destino de las naciones hermanas que debía liberar con su generoso sacrificio.

Y para conducir soldados de un pueblo así, era menester un alma como la de San Martín, capaz de ascender hasta las más altas cumbres de la humildad.

El Instituto Nacional Sanmartiniano, publicando esta extraordinaria documentación, actualizada mediante búsquedas afanosas, impregnadas de invencible patriotismo, nos pone de frente ante la grandeza indiscutible de San Martín.

En su grandeza sublime nos miramos ya, midiéndola con la grandeza del pueblo que supo conocerlo, comprenderlo y amarlo sangrando desde San Lorenzo a Guayaquil y más allá todavía.

Bien está que nos miremos así para conocernos con absoluta verdad… porque sólo contemplando la grandeza pasada podremos penetrar en la eternidad que nos espera desde el porvenir.

Yo tengo la presunción ahora, de creer que Dios ha vuelto a elegirnos, como en los tiempos de San Martín, para cumplir un designio de liberación entre los pueblos.

Acaso en estas páginas esté el secreto de nuestro destino y tal vez se encuentren algún día, leyéndolas, el pueblo y el hombre capaces de realizarlo más allá de las cumbres que sólo puede hollar la humildad.

Dios quiera que este esfuerzo extraordinario que honra a la historiografía nacional impregne de virtud sanmartiniana esta segunda mitad de nuestro siglo, en la que, sin duda, habrá de decidirse el destino de América y por ende de la humanidad.

Juan Perón

Negar los muertos de hoy resta autoridad para reivindicar los de ayer

“Yo maté a mi propio hijo por ser indiferente a lo que estaba pasando”. Esta dura admisión de Eduardo Tonello, padre de Pablo, el joven de 27 años, asesinado hace dos semanas en Palermo por un delincuente que quiso robarle la bicicleta, expone en carne viva el triste fenómeno de una sociedad que deja que maten a sus hijos en la mayor indiferencia.

Además del dolor infinito de cada deudo, si un día midiéramos esta tragedia, si hiciéramos la cuenta de los muertos, quizá se tomaría conciencia de la pérdida irreparable en materia de vida, juventud, talento, formación, sueños, energías, que representa para un país el flagelo creciente de una criminalidad desbordada por la falta de una política de Estado para enfrentarla.

Pero no sacar esta cuenta es parte de la negación. Contar los muertos obligaría a asumirlos. Y acá se trata de negarlos.

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Francisco es argentino, pero es infantil pedirle por Malvinas

Cuando el poder se debilita, migra inexorablemente en el sentido de la autoridad. Es el principio que explica muchos de los reconocimientos que recibe el Papa por parte de dirigentes políticos mundiales.

Barack Obama, pese a ser de confesión protestante y presidente de la primera potencia mundial, no preguntó “¿cuántas divisiones tiene el Papa?” –como en su tiempo lo hizo Stalin- para reconocer la autoridad de Francisco.

En septiembre pasado, cuando Obama, en nombre de la “seguridad nacional estadounidense”, buscaba respaldo en el G20 para atacar militarmente a Siria, el Papa envió una carta a Vladimir Putin en la cual abogaba por una salida negociada al conflicto, subrayando la urgencia del cese de la violencia y de hacer llegar asistencia humanitaria a toda la población.

Francisco convocó además a una “Jornada mundial de ayuno y oración por la paz en Siria, Medio Oriente y el mundo” en plaza San Pedro, una actividad que fue seguida por millones de personas en todo el planeta.

Siria aceptó entonces la propuesta de Rusia de poner sus armas químicas bajo control internacional. Y Obama no tuvo más remedio que postergar el ataque militar y aceptar la propuesta de Francisco de respetar el derecho internacional y la solución pacífica de los conflictos; condicionado también por el peso moral de haber recibido –apenas investido- un Premio Nobel de la Paz sin haber tenido la posibilidad de hacer algo para merecerlo.

Sin embargo, este hecho no agota en modo alguno la totalidad del vínculo del Papa con los Estados Unidos. Cabe recordar que, en los primeros tiempos de su pontificado, Francisco dispuso que El Vaticano firmase un acuerdo con el Financial Crimes Enforcement Network para fortalecer la lucha contra el lavado de dinero que financia el terrorismo y el narcotráfico. Temas que, junto a la modificación de las restricciones inmigratorias y la lucha contra la trata de personas, configuran asuntos comunes de la agenda entre EEUU y el Vaticano.

Ahora bien, frente a la nueva iniciativa de Putin de anexar Crimea, Obama queda interna y externamente debilitado. Y el poder, como decíamos al inicio, cuando se debilita, migra en el sentido de la autoridad.

El poder, incluso el de la primera potencia mundial, es una categoría de orden físico que sólo a través del reconocimiento a la autoridad puede ascender al orden de categoría moral. Lo que Obama -el poder- necesitaba y Francisco -la autoridad- requería es lo que lleva al encuentro de ambos. Y ese aporte enriquece a Francisco en la antesala de su viaje a Tierra Santa en el que se propone promover la paz en una convulsionada región, víctima de guerras fratricidas y escenario de disputa entre potencias mundiales.

En conjunto, tanto la visita del presidente de Francia, como la del de EEUU y la de la Reina de Inglaterra, colocan de hecho a Francisco como un líder espiritual de Occidente.

 

El todo es superior a las partes

Francisco es un argentino que es Papa, por eso no prescindió del pasaporte de su país natal.

Pero en su condición de Sumo Pontífice, lo primero a salvaguardar son sus intereses estratégicos como jefe del Vaticano y cabeza de una Iglesia ecuménica, y no los que derivan de su condición de argentino.

Es por ello que, si durante el encuentro con la reina Isabel II eventualmente surgen temas vinculados con la Argentina, él no tendrá en cuenta los requerimientos adolescentes de un oficialismo oportunista y mediático. Y, para tratarlos, usará responsablemente la táctica de la “aproximación indirecta” formulada por el ideólogo militar inglés Lidell Hart, uno de los autores preferidos por Bergoglio en sus años de formación política juvenil. Pero para los temas geopolíticos que se aborden, casi con seguridad recurrirá a Disraeli -constructor del imperio británico al que también Bergoglio oportunamente leía-, autor del conocido concepto de que los Estados “no tienen amigos ni enemigos permanentes; lo único permanente son los intereses”.

Y el Papa es el titular de un Estado que necesita contar con el respaldo de las principales potencias occidentales, en particular cuando en agosto próximo, en respuesta a su “genética jesuita”, inicie un viaje al Asia (Corea del Sur) donde entre otros objetivos buscará aportar a la reconciliación de la península coreana. Y muy en especial, en el contexto de una estrategia sin tiempo, empezar a acercarse y acercar a China.

“Envié una carta al presidente Xi Jinping cuando fue electo tres días después de mí, y él me respondió. Es un pueblo grande al que quiero mucho”, dijo Francisco en una entrevista al cumplirse un año de su elección como Papa, para enfatizar la importancia que asigna a la potencia que alberga al veinticinco por ciento de la población del planeta.

China tiene sus “tiempos” en materia diplomática, pero recordemos que allí todavía hoy es venerado el padre Mateo Ricci -otro jesuita-, cuatro siglos después de haber cumplido su misión en esas tierras.

Nada mejor, entonces, que construir un lecho espiritual para que China se abra culturalmente a Occidente. Y nada más trascendente que este vínculo con Oriente, para un Francisco que aspira a colocar al Vaticano como elemento de armonía en el tablero de la disputa geopolítica mundial.

Por todo ello, el encuentro con la Reina de Inglaterra -cabeza de la Iglesia Anglicana- es objetivamente concurrente con los propósitos estratégicos de Francisco. A pesar de Malvinas. Y a pesar de las solicitudes de los “apresurados y desagradecidos” que ayer lo estigmatizaban y hoy en virtud de su prestigio “se le cuelgan de la cruz”.

Coherentes con la impericia serial demostrada, desprestigiando a la Argentina internacionalmente en las relaciones con Venezuela y con Irán, ahora, en una actitud no sólo desubicada sino hasta perversa, importunan a Francisco pidiéndole que abogue por Malvinas.

Teniendo en cuenta que el Papa debe considerar al mundo en su conjunto y no en función de una parte, puede afirmarse que, geoestratégicamente, la Reina es más concurrente con los objetivos de Francisco que los enviados del Gobierno argentino con sus “imberbes” demandas.