20 años de impunidad

Los atentados en Buenos Aires inauguraron una nueva era en la guerra abierta, que el terrorismo islámico desató contra ciudades y objetivos civiles en nuestro tiempo.

Los atentados a la Embajada de Israel y a la sede de la AMIA pueden tener móviles diferentes, pero un común denominador. Irán contrata como política de Estado de régimen terrorista, paga con redes internacionales globales; e implementa, a través de sus embajadas, con la necesaria participación de la conexión local. Luego será en Londres, New York y Atocha, en formatos diferentes, bajo el mismo principio: el mundo ya no es un lugar seguro; y hace falta, nada más que tomarse un avión, para recordar lo que la memoria social y la justicia internacional rápidamente olvidan

Nuestras vidas están amenazadas permanentemente por el terror; y son pocos los Estados como Irán, que reconocen abiertamente —frente al silencio y complicidad de los demás— que esa es su bandera; y que han declarado una guerra mundial libre. La embajada de Irán en Latinoamérica es Venezuela. Así, como Buenos Aires es capital de la impunidad. 

No debemos olvidar que en las otras ciudades, en donde se perpetraron atentados similares, hay policía, inteligencia, causas, jueces, culpables y condenas a favor de la sociedad; y que cuentan con un Estado eficiente —y no, como nuestro caso, en donde agencias del Estado encubren con su maquinaria de hacer inteligencia para los asesinos, en lugar de preservar y defender a las víctimas, donde un Poder judicial no tiene poder; y donde la política de Estado carece de vocación de llegar hasta el final de los primeros y últimos culpables—.

Nosotros, los ciudadanos argentinos, contamos, con el pasar de los años, con dos datos de la realidad en cuanto al atentado de la AMIA, que sí constan en el expediente y la causa judicial. La responsabilidad del atentado es de Irán, y existió una conexión local culpable, en la implementación de la masacre. 

A pesar de eso, nuestro canciller firmó el certificado de impunidad de quienes niegan la tragedia más cruenta, el genocidio de seis millones de judíos y de tantos otros miles de muertos; los mismos que piden la destrucción de los judíos y del Estado de Israel. Y lo firmó justo en un Día Internacional en Memoria de las Víctimas de la Shoá, el día en el que el mundo entero se compromete a no olvidar y a que como humanidad seamos testigos del horror y custodios de nuestros hermanos sin distinción.

Irán pretendió, desde el primer momento, rechazar las imputaciones y desconocer a la Justicia argentina. Es decir, negar lo que la Fiscalía requiere, que es, ni más ni menos, que Irán permita que sus funcionarios imputados sean juzgados con las garantías que confiere la ley, sin la impunidad que les asegura Teherán.

Nuestra peor pesadilla fue superada por la realidad. No sólo la presunción de que nada se obtendría para avanzar en la causa, sino lo que no nos deja salir del estupor, la vergüenza y la indignación es la claudicación de principios por intereses. Sabemos qué principio se cedió: el de la justicia. Aún no sabemos qué intereses se negociaron. El Poder Ejecutivo decidió canjear Irán por AMIA. Su prioridad ahora ya no es la causa, sino la negociación con Irán. 

Argentina le otorga todo, absolutamente todo lo que Irán pretendía, dándole la espalda al pueblo argentino que viene luchando por una justicia que no llega.

La dilación que asegura el acuerdo, que no es vinculante a la causa, es un acto de obstrucción a la Justicia. El acuerdo ha cruzado un límite en el rumbo y las prioridades de nuestra sociedad. Si la política exterior argentina propone alinearnos con Irán, será solo la sociedad argentina la que pueda revertirlo.

La masacre de la AMIA no es sólo un tema comunitario judío, sino, fundamentalmente, una prioridad de todos los argentinos. Quiero decirlo con claridad, y en una sola frase: nuestro canciller firmó un acuerdo que es, en sí mismo, un acto de encubrimiento.

No olvidamos y renovamos nuestro compromiso de revertir por inconstitucional y vergonzoso el acuerdo con Irán. Las víctimas de la Shoá y de la AMIA claman justicia como nosotros reclamamos que quienes firmaron con Irán también sean juzgados.

Por verdad, memoria y justicia.

Macri, Start Up de la Argentina

El concepto de “start up” apareció cuando la innovación tecnológica generó el cambio de paradigma, por el cual la creatividad y el desarrollo de las nuevas tecnologías digitales transformaron nuestras vidas. Lo vemos desde internet, los smartphones, la biotecnología, la medicina y toda la revolución que cambió nuestras vidas, cuando ideas de jóvenes emprendedores en universidades migraron a los start up, que son incubadoras de ideas que las transforman en nuevas tecnologías que se hacen productos y empresas que han desarrollado una nueva economía y nuevas potencias.
Es este el caso de Israel. Muchas veces eclipsada esta dimensión por el conflicto, la guerra y el terror, a Israel se la ve como sumida en la violencia de la región; y no siempre reconocida por la revolución tecnológica que sus incubadoras de ideas transformaron: su economía agrícola exportadora hace medio siglo en un líder mundial en tecnología de punta en nuestros días.Es por ello que la visita de Mauricio Macri a Israel debe ser inscripta en una sinergia y en analogía con lo que Israel hizo con los start up para reinventarse y ser un líder protagónico en el mundo; y lo que Mauricio propone, representa y lidera como un cambio en la política, que como alternativa no solo ya se lo ve como quien hace en política la diferencia, sino que además de no ser más de lo mismo va por una transformación paradigmática, que es el salto cuántico al futuro.

Mauricio es el start up de la Argentina.
Incubando las mejores ideas para sumar valor a nuestra riqueza natural e inscribir con el talento de los argentinos —que bien reconocido está en lo privado—, para migrarlo a lo público —como fue su ejemplo personal—, y finalmente desarrollar la Argentina con innovación, creatividad y haciendo futuro con políticas de Estado que pongan al país y a los argentinos dentro del mundo, y no fuera de él, como hoy vivimos.
Pude verlo y compartir con Mauricio esta visita en reuniones ejecutivas: armando equipos, aprendiendo y escuchando interesado en comprender cómo un desierto en una región violenta se transformó en una potencia en educación superior, innovación tecnológica y desarrollo económico que permitió el progreso de toda una sociedad.Mientras Israel debe afrontar el terrorismo y el desafío de la seguridad nacional, velando y garantizando la seguridad personal de sus habitantes; Argentina, que no tiene desafíos ni problemas de seguridad nacional, no puede garantizar con el Estado la seguridad personal.

Israel tiene aún el desafío de lograr coexistir con un Estado palestino independiente, soberano y digno para que se derriben los muros que los separan, como, al mismo tiempo, se renueve la esperanza de que compartan el mismo progreso en la región toda, que hoy ya tiene Israel para los suyos.
Análogo será el desafío en Argentina, donde no hay guerra ni muros, pero hay dos poblaciones: una que vive asegurada en los muros de lo privado y otra olvidada en la inequidad de la exclusión y la pobreza por mala praxis de quienes nos vienen gobernando durante décadas, dilapidando oportunidades, como en el caso de los últimos diez años, por la ausencia de políticas públicas con los mismos estándares de la capacidad desarrollada en lo privado.
Mauricio Macri como presidente de la Argentina derribará estos muros y pondrá en marcha el start up de una Argentina que desarrollará esperanza y futuro para todos los argentinos.

Sin vergüenzas

La impericia y negligencia del acuerdo fue declarada inconstitucional por la Cámara Federal. El fallo será apelado, y así lo anunciaron dos ministros sin ministerios: Relaciones Exteriores; Justicia y Seguridad. No es convicción ni procedimiento institucional. Es, esencialmente, un acto reflejo de la soberbia que nos gobierna y que no reconoce errores, sino que denuncia conspiraciones.

Apelan sin vergüenzas. Saben que nos mienten, pero van por más; es decir, una vez más, van por todo. Impunidad. Apelan, en lugar de admitir errores y propiciar la derogación de esta vergüenza del memorándum de entrega a Irán para cancelar las alertas rojas, para que no avance la causa y solo prospere la impunidad. La de ellos, que no tienen vergüenza, y la del régimen iraní, sin principios ni escrúpulos, solo teología política fanática que propicia el terror.

La Argentina no tiene política exterior. No tenemos justicia eficiente e independiente, mucho menos tenemos seguridad. Vivimos intoxicados por la violencia. La que es simbólica, en lo gestual y discursivo de una autocracia ejecutiva unipersonal que lleva una década dividiendo a los argentinos, como en las acciones cotidianas del delito y el crimen a las que nos acostumbramos, ya anestesiados. La política interior se diferencia de la exterior en cuanto a que su mala praxis ha malogrado nuestro crecimiento económico en inflación, recesión, desempleo, habilitación al lavado de fondos, proliferación del narcotráfico. 

Vivimos enfermos de violencia cultural, verbal y física, que tiene la más cruenta evidencia en el delito y el crimen; producto de haber negado casi diez años un problema de todos por igual, mientras la decisión política del Ejecutivo, nos desconocía diciendo que era una sensación o una manipulación de los medios.

No tener política exterior no nos exime del alto costo de la impericia y la probada negligencia de quienes tienen responsabilidad en un tratado que la Cámara Federal dictaminó que es inconstitucional. El mismo Canciller reconoce frente a la dirigencia comunitaria que fracasó.Y la Presidente lo anticipó en Naciones Unidas y en el Congreso de la Nación: Irán no colabora, y el pacto con Irán no tiene vigencia por la misma indiferencia de Irán, que solo necesitaba la negligencia ejecutiva en manos del Canciller que firmó y la de legisladores oficialistas que -con trámite exprés- votaron, en obediencia debida y a libro cerrado, esta ley que debe ser derogada tanto por inconstitucional como por inmoral.

El doble estándar de pactar con Irán por vía inconstitucional es una traición a la soberanía nacional, en su justicia independiente, como a la memoria sagrada de las víctimas, que volverán a profanar con sentidas palabras en las efemérides de los ya veinte años de impunidad que se cumplen por el atentado a la AMIA, que clama y reclama memoria y justicia.

Que el memorándum es inconstitucional no era tema de debate sino una obviedad que requería solo de coraje, valor y coherencia de jueces que dictaminen, con justicia, lo obvio. Ahora tenemos por delante una deuda interna que es, una vez derogado, sentarnos a trabajar para retomar lo que Néstor construyó y Cristina destruye. Avanzar con el dictamen de la Fiscalía de investigaciones independiente, denunciar en foros internacionales al régimen terrorista fundamentalista de Irán, cortar nuestras relaciones comerciales, expulsar a sus funcionarios de nuestro país, legislar que estos crímenes no prescriben, que Latinoamérica toda colabore en desmantelar la red de terrorismo, inteligencia, financiamiento y células dormidas y activas que Irán despliega en la región.

Quedará pendiente junto con reparar este pacto inconstitucional y vergonzoso, no solo en el exterior —donde ya no somos creíbles y estamos aislados—, sino en el seno de nuestra sociedad, que necesita ministerios de Justicia, Seguridad y Relaciones Exteriores. Más allá de sus actuales ministros que, ya sin vergüenzas, han demostrado lo que no pueden ni quieren hacer, por no saber o simplemente por su mal desempeño en la función pública, hasta el día en que se vayan o lleguen a ser juzgados, los argentinos necesitamos que se revierta el estado en el que se encuentra la política nacional. Necesitamos constitucionalidad, orden republicano, federalismo, representación y la posibilidad de vivir en la seguridad que trae para nuestro pueblo la educación y el trabajo que hace al progreso y nos devuelve la paz.

Cuatro Papas que son uno

Sin la valiente y generosa renuncia de Benedicto, Francisco como Papa no hubiera sido posible. Sin Juan XXIII, Juan Pablo II no hubiera podido construir su gigantesca figura, tan cerca del mundo como de la gente; y a partir del Concilio Vaticano II y a partir de esa nueva Iglesia, ofrendarse como peregrino y estadista de nuestro tiempo, en una iglesia global que participó de los grandes cambios que modificaron los tiempos modernos.

Dos Papas que con justicia hoy son proclamados santos por aquello que hicieron, y que permite que seamos testigos privilegiados de ver cómo quedan inscriptos como piedras angulares de la construcción sólida y eterna del mensaje universal de la Iglesia Católica Apostólica Romana, que deja un legado para la humanidad toda.

Pero esta mañana, quienes fuimos transformados espiritualmente por un tiempo y espacio únicos que unieron el cielo con la tierra, fuimos parte de un evento que será punto de inflexión para toda la humanidad, que aún espera el desafío de que seamos todos como uno, en una gran familia humana.

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El abrazo de Benedicto y Francisco, uniendo en el tiempo presente un nuevo milagro de dos santos, que, aun sin estar canonizados, nos dan testimonio de que en el presente se hace futuro con grandeza, cuando se renuncia al ego de la persona y se cancela el poder como atributo para hacerlo un recurso transformador que permite estar al servicio de Di-s y de los hombres, en un legado ejemplar como el que nos dieron al mundo entero desde la Plaza de San Pedro.

Cuatro Papas: dos de la eternidad, ya consagrados santos, y dos aquí en la Tierra, quienes con su integral ejemplaridad dan clara evidencia de que se pude liderar desde el espíritu y no desde la fuerza; y que el mundo entero puede ser conducido por la esperanza del amor y de la paz, que no es espera ni ilusión, sino firme compromiso de creer para ver y encarnar en cada uno de nosotros la promesa mesiánica de que juntos como hermanos podremos hacer, aquí en la tierra, algo del cielo.

La santidad esta mañana se nos revela manifestando que Juan XXIII, Juan Pablo II, Benedicto y Francisco se hacen Uno tanto en Di-s como en cada uno de nosotros.

Por una ley para mejorar nuestra educación

La educación es un cimiento donde se asienta toda construcción social. Sin ella: viviríamos condenados a la ley del más fuerte. Gracias a ella: aprendemos, nos capacitamos, nos instruimos y nos hacemos más humanos en la familia extendida que somos como sociedad.

Por eso presentamos en el Congreso un Proyecto de Ley de Agencia Federal de Evaluación de la Calidad Educativa (AFECE), cuya función principal será proveer información cualitativa y cuantitativa destinadas al diseño de políticas educativas que garanticen el principio de equidad y calidad para todos los alumnos del territorio nacional.

Y lo hacemos a través de una ley porque las políticas públicas en materia educativa no deben encontrarse sujetas a las voluntades de los poderes ejecutivos que detenten el poder según el momento histórico. Es menester y responsabilidad del Estado, en particular del Congreso de la Nación, el dictado de normas que aseguren la equidad educativa en todo el territorio nacional.

Es fundamental disponer de información precisa y confiable en el momento adecuado, ya que permite evaluar la situación frente al objetivo primordial del sistema educativo: que todos y cada uno de los niños, jóvenes y adultos puedan acceder, permanecer y egresar del sistema educativo con los saberes necesarios para insertarse en la sociedad.

Porque el futuro no es lo que vendrá, sino lo que hacemos hoy para que eso suceda.

Hace un año se profanó la memoria del Holocausto

Hace un año, un Día Internacional en Memoria de las Víctimas de la Shoá como hoy, se profanó la memoria del Holocausto.

Estoy aquí, en Yad Vashem, el museo y memorial de las víctimas de la Shoá, el Holocausto. Ingreso por el portal donde se inscribe el versículo bíblico de Ezequiel; y camino por el sendero de árboles plantados en recuerdo a los justos de todas las naciones y religiones, que dieron sus vidas por defender las de los judíos, perseguidos y asesinados por los nazis.

Sin embargo, el dolor no es solo judío, europeo o vinculado a la Segunda Guerra Mundial, sino que es también cercano, nacional, muy argentino. Hace exactamente un año sin que le tiemble la mano, se le derrita la sangre fría ni lata su corazón de piedra, nuestro canciller firmó un acuerdo con Irán, una teocracia que niega la Shoá que aquí se documenta y se hace memoria, en un día donde el mundo entero se compromete a no olvidar y a que como humanidad seamos testigos del horror y custodios de nuestros hermanos sin distinción.

Ya pasó un año y se siguen burlando de nosotros, los argentinos.
Se votó a libro cerrado en febrero pasado, y todavía el parlamento iraní no lo convalidó.

Lo que sí han logrado el canciller, la Presidente y la diplomacia iraní es profanar la memoria de la Shoá, firmando en un día como hoy, hace un año, el certificado de impunidad de quienes niegan la tragedia más cruenta, el genocidio de seis millones de judíos y de tantos otros miles de muertos; los mismos que piden la destrucción de los judíos y del Estado de Israel.

No olvidamos y renovamos nuestro compromiso de revertir por inconstitucional y vergonzoso el acuerdo con Irán.

Las víctimas de la Shoá y de la AMIA claman justicia como nosotros reclamamos que quienes firmaron con Irán también sean juzgados.

Por verdad, memoria y justicia.

No olvidamos la Shoá, la recordamos cada día, como hoy lo hace la comunidad internacional.
Un día que quedará por siempre grabado en la lamentable trayectoria de nuestro canciller, a quien tampoco lo vamos a olvidar.

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Las Pascuas judeocristianas

Estas Pascuas serán una celebración signada en el espíritu del Papa Francisco. No solo la Semana Santa, acorde a la liturgia cristiana, sino también nuestra celebración judía de las Pascuas: Pesaj. La fiesta de la Libertad que celebramos a partir de esta noche.

El encuentro personal y el afectuoso saludo que la semana pasada en la Sala Clementina me permitió reencontrarme con mi maestro y Rabí Jorge Bergoglio, ya investido como Papa Francisco, renovó también la raíz común. Fueron breves instante, intensos en emoción y compartidos en oración. Recité la bendición que se prescribe decir frente a los sabios de la humanidad y agradecimos el tiempo y espacio donde Dios se nos revela, sentí que lo hacia en ese abrazo. Abrazar a Francisco fue para mi afirmarme al tronco judeocristiano, tan vivo y presente cada día como en especial en esta próxima festividad de las pascuas judeocristianas.

Pesaj y Pascua comparten los valores de la redención y la salvación. Desde el relato bíblico del Éxodo, como primera alianza en la Ley que nos hizo libres, hasta la Última Cena; en la que —celebrando Pesaj— se forjó una nueva alianza que dio origen al credo cristiano de Dios. Su Hijo y el Espíritu Santo que vuelven a manifestarse en la Eucaristía, cuyo origen histórico fue en este tiempo pascual que hoy celebramos cuando nuestro común rabino Jesús se revela a sus discípulos como Cristo. Jesús que celebrara Pesaj con los suyos tomando el pan ázimo —la Matzá—, presento su cuerpo para la comunión; y en la copa de vino del Kidush, de la consagración y del agradecimiento como su propia sangre.

Encontramos cómo el tronco de la misma raíz mesiánica se divide en dos ramas, que, ya diferenciadas en los siglos siguientes, se desarrolla en la misma tierra y bajo el mismo cielo para dar frutos de la siembra de lo humano que cosecharemos juntos como hermanos. Son  los mismos frutos divinos de lo mesiánico, sea celebrado en Pesaj en la espera del Mesías que aun esperamos o en la Semana Santa como la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo. Celebramos juntos de maneras diferentes en el nombre del mismo Padre que anhela que sus hijos se unan y reúnan en la misma mesa.

Así, las liturgias diferentes de dos tradiciones reveladas que —unidas en valores a la tradición islámica— hacen del servicio a lo humano en el monoteísmo ético, un mismo camino al que llegamos por diferentes senderos.

Hoy, conmovidos aún por la transformación de nuestro querido Bergoglio, en Papa Francisco, llegamos a las Pascuas judeocristianas convocados al mismo desafío: servir a Dios es servir al hombre, y el poder terrenal se hace celestial cuando no abusamos de él, sino que lo desplegamos para que los que menos tienen, tengan lo mínimo de lo digno.

Así, en estas fiestas, la redención y salvación es recuperar lo digno de lo humano, revela lo que hay en nosotros de divino. Tenemos en este nuevo tiempo la buena nueva de un hombre que se hace grande por bajar su perfil, y desde la cúspide de su ejemplaridad baja al llano, donde siempre sabe transformar la realidad por lo que hace, transmitiendo con claridad concreta potente y fértil los gestos de aquello que debe transformarse en nuestra forma de ser.

Escuchemos con fervor su llamado. Que todas las religiones y seres humanos nos unamos en la espiritualidad, que es esa energía que nos permitirá reparar, curar, sanar; amar lo humano en cada hermano; renunciando a la posesión; anticipando la fraternal ofrenda que, desde el sermón de la montaña, vuelve Francisco a decir: «Bienaventurados sean los pobres, porque de ellos será el reino de los cielos», un cielo que podemos anticipar en la tierra para que no debamos esperar a que partan. Partamos y repartamos nuestro pan aquí. Partir el pan en bendición de equidad con justicia social es el milagro humano de multiplicarlo,  de la misma forma que lo consagra la liturgia cristiana en la hostia de cada misa, así nosotros esta noche tomaremos Matzot, el pan de la pobreza que comieron nuestros antepasados en Egipto; y que hoy proclama la libertad para todos los hombres que serán libres cuando todos los que tengan hambre vengan a la mesa y coman.

Pan para el cuerpo de la dignidad humana. Pan para el alma de la redención y la salvación, que en el amoroso llamado de unidad en la diversidad, el Papa Francisco nos enseña que estas Pascuas son tan cristianas como judías.

Ser custodios de nuestros hermanos

(Desde Ciudad del Vaticano)

En la Homilía de coronación del Papa Francisco, fuimos testigos de su mensaje universal: nos llamó a que seamos custodios de lo humano.

Presentes en esta peregrinación de almas, convocados por la Iglesia Católica Apostólica Romana esta mañana en la Plaza de San Pedro, nos llamó nuestro querido Bergoglio, ya como Papa Francisco, y nos dijo que todos somos parte del misterio de una creación que el Creador dispuso para que pongamos la bondad y la misericordia como guías de nuestra vocación de custodiar. Así trajo la figura bíblica de José, en su fiesta que celebra el inicio del nuevo Ministerio Petrino, recordando a quien dispuso todo su ser en la consagración de custodiar.

Así se le confirió a Pedro un poder, pero un poder verdadero que es el poder de servicio.

Que este día de fiesta para todos los que nos sentimos llamados por el Papa Francisco podamos de su ejemplo servir con el poder de cuidar a los que más necesitan, alejándonos de la tentación de servirnos del poder. 

Recordó así también, con referencia al Evangelio, la promesa al Patriarca Abraham donde todos, como hijos de la misma familia en la fe monoteísta, raíz del humanismo ético, somos custodios de la creación de lo humano, expresión de lo divino.

Que podamos honrar al Papa Francisco con el orgullo de ser compatriotas y en el desafío de saber en su nombre dar el ejemplo.

Bergoglio, mi rabino

Bergoglio fue designado como nuevo Papa y asume la figura de Sumo Pontífice como Francisco. Un punto de inflexión en la historia de la Iglesia, de la Argentina y, confío, ¡también lo será del mundo!

Pero más allá de todas las consideraciones de su figura y su obra, hay un aspecto de su persona en la que muchos nos nutrimos de su ser en valores y de su hacer con la coherencia de sus acciones.

Rabí es maestro. Así fue denominado Jesús. En este rol y función nos lo presenta el Evangelio.

Bergoglio es maestro. Fiel a mi raíz judía y mi vocación rabínica, dentro de mi comunidad de origen y en la comunidad de destino que es la sociedad argentina toda, encontré en quien fue ungido Sumo Pontífice a un maestro que me escuchó, me orientó y aconsejó sobre cómo desplegar mi vocación de servir, tanto al Creador como a sus criaturas en el desafío del bien común.

Desde su prólogo en mi libro Argentina ciudadana, hasta sus prédicas en las solemnes festividades en el Templo de la calle Libertad, cada encuentro, cada instante de su presencia fue una referencia.

Siempre destaco su vocación de rabino. Como cardenal primado enseñó a recuperar la raíz judía de la cristiandad y proyectó desde la Iglesia la dimensión universal de escribir, en la prosa de los días, esa poesía de quien para poder ver transformada la realidad debe seguir las enseñanzas de este pastor de almas, mi maestro, rabino, amigo que me dio el ejemplo de creer para poder ver.

En la admiración y gratitud por su enseñanza, elevo mi corazón en oración para que el logro de esta nueva dimensión, ser un nuevo faro desde el Atalaya, con su visión inspirada en el Padre de todos, nos guíe, como sus hijos y hermanos que somos, a un mundo mejor.