El valor de la comunicación

Al ver los terribles acontecimientos que en los últimos días que están aconteciendo en Venezuela, hacen recordar lo ocurrido hace años atrás en países como Egipto, Libia y Túnez, en donde gobiernos asentados durante décadas llegaron a su fin con motivo de las movilizaciones de protesta y que de un país a otro se contagiaban hasta agotar sus regímenes. En aquella época asistimos a la histórica elección en Egipto y vimos las movilizaciones masivas en la legendaria Plaza Tahrir, que marcaban el fin de 40 años de Mubarak en el poder. Las imágenes no dejaban de sorprender ante las férreas restricciones a la libertad de prensa allí reinantes. Tanto en esos países como ahora en Venezuela, el proceso de registro, distribución, emisión de los acontecimientos tiene un común denominador y protagonista: la comunicación masiva por medio electrónicos. Miles de sms, Twitter, videos de YouTube y blogs han contribuido a generar un fenómeno que da a conocer lo que ocurre, las movilizaciones, la protesta y la crueldad de la muerte. La masividad en la convocatoria se debe a las mismas redes de comunicación, nuestro país así lo vivió en reiteradas oportunidades el año pasado.

La historia nos demuestra que desde que Gutemberg inventara la imprenta, la difusión de cualquier tipo de información, sea cultural, política o religiosa, siempre incomodó a los gobernantes. Antes de que cayera físicamente el muro del Berlín, éste había sido derribado por la información que circulaba de un lado a otro, imposible de ser detenida por barricadas, muros o cables electrificados. En los históricos días de las caídas de los regímenes de los países del Este, todo se dio como un contagio indiscriminado e inmanejable por la información que se transmitía de un lugar a otro. El deseo de libertad no ha podido ser censurado o reprimido nunca. Algo similar hemos presenciado durante los últimos años en los países de medio oriente y el norte de África, en donde los sistemas parecían pétreos. A pesar de su poder, dureza o totalitarismo, fueron incapaces de impedir la comunicación de la gente.

Las redes electrónicas e Internet en particular han sido los medios de convocatoria y manifestación al inconformismo reinante. Es sorprendente observar como en Venezuela se pretende controlar en forma directa la información por medio de la censura. Los sms, fotos y vídeos tomados por teléfonos celulares, los comentarios en Twitter recorren el mundo en forma inmediata. La respuesta del gobierno es predecible: censurar la comunicación de todo tipo. Hackers, empresas privadas y ciudadanos con un conocimiento mínimo de tecnología logran burlar estos intentos dando a conocer lo que piensan u ocurre.

Infinidad de bibliografía sostiene que los regímenes autoritarios tratan de todas formas el perpetuarse en el poder. A veces lo logran; hasta que ocurre algo imprevisto. Situaciones imposibles de reprimir que explicadas solo desde el análisis político son insuficientes. Las mayorías de las naciones cuentan con redes de telecomunicaciones y con mecanismos técnicos, jurídicos o socialmente imposibles de controlar. La característica principal de las redes sociales es su extrema complejidad. Esto hace que escapen de un centro uniforme formador de opinión, reglas o conductas. El deseo de libertad es la riqueza del hombre, y ésta pareciera que hoy ha tomado el nombre servidores, redes, satélites o celulares. En la Unión Soviética la literatura que circulaba deforma ilegal y clandestina se llamaba samizdat, hoy podría haberse llamado Internet.

La mejor vacuna contra el totalitarismo y el abuso

Los primeros días del 2014 vienen con una sensación de deja vú. ¿Qué nos pasa como país cuando no aprendemos del pasado? La actitud de Ricardo Echegaray y sus acompañantes agrediendo al periodista Ignacio Otero y al equipo de camarógrafos del noticiero de TN trae reminiscencias nefastas. ¿Recuerdan cuando el empresario Yabrán acudía a métodos mafiosos para evitar que su foto saliera en los diarios? ¿Recuerdan lo que sucedió con el periodista José Luis Cabezas, por quien esperamos justicia todavía?

Esa Argentina de la impunidad, de la corrupción al más alto nivel gubernamental, esa Argentina de la pizza y el champagne y la década del 90, es la que aflora cuando uno piensa en el episodio de Río de Janeiro. Cuatro personas de la mano de Echegaray golpeando a periodistas con el fin de evitar que las imágenes del funcionario se publicaran. Está claro, no hay diferencias ideológicas entre el funcionario y los preceptos menemistas. Tampoco hay diferencias entre los niveles de corrupción entre el gobierno de Carlos Menem y el de Cristina Fernández de Kirchner.

Dirigentes de la oposición solicitaron de inmediato la renuncia del funcionario por considerar que se traspasaron todos los límites de la ética pública en un viaje compartido entre el jefe de la AFIP y la Aduana y su controlado, el poderoso empresario Jorge Lambiris dueño de una empresa de depósitos fiscales y logística aduanera, devenido en patovica. Pero está claro, Echegaray es Cristina. Sería imposible que la señora Presidenta le exigiera la renuncia a un miembro de su gobierno por cumplir a rajatabla con las exigencias del “modelo”.

El Jefe de la AFIP y su entorno agredieron a periodistas. Ok, eso es lo que establece el manual del buen kirchnerista. La propia Presidenta desde su atril nos tiene acostumbrados a la diatriba permanente contra los medios  y periodistas. Cada vez que pueden los funcionarios ningunean a los “periodistas no militantes” los escrachan o los enjuician en la Plaza de Mayo. Es más, en diciembre, el matrimonio oficialista que gobierna Santiago del Estero se animó a meter preso por diez días al periodista Juan Pablo Suárez acusándolo de sedición.

El funcionario que debe controlar a las empresas que operan en la aduana viaja de compinche con el empresario de la empresa de logística aduanera más importante. ¿Y qué? ¿Acaso a Ricardo Jaime, ex secretario de Transporte, no le pagaban el alquiler de su departamento las empresas de transporte? ¿Acaso Vanderbroele, accionista del fondo que controla Ciccone, no pagaba las expensas del departamento de Boudou? De testaferros y amigos generosos saben un montón, si no miren la suma que Lázaro Báez le pasa a los Kirchner por el alquiler de los hoteles de la familia presidencial.

Echegaray y su comitiva pasaron la noche en un lujoso hotel de Río y pagaron la cena 1000 dólares por cubierto. ¿Se acuerdan de la presidenta provisional del Senado y de su esposo el gobernador Alperovich de gran lujo sobre los camellos de Dubai? ¿Y de las estadías de la Presidenta en el exclusivo Hotel Mandarine de Nueva York o en las islas Seychelles? La ostentación y el incremento sideral de los patrimonios personales de los funcionarios es una marca registrada de la década k.

Durante la breve nota de Otero antes de la golpiza, Echegaray se jactaba de haber podido comprar dólares por los sistemas que él mismo implementó para que todo el que tenga capacidad contributiva pueda comprar divisas. Pero se olvidó de decir el funcionario que nos mandó a todos a vacacionar en el país antes de salir de gira por Copacabana, que al ciudadano común cuando intenta ir a Brasil solo le venden reales. Este doble discurso es también una marca identitaria del modelo, mientras declaman lo nacional y popular, compran autos importados, carteras italianas e invierten en Punta del Este. Mientras expropian Aerolíneas Argentinas, viajan en Emirates Airlines.

¿Qué miembro del gabinete se va a animar a sugerirle a Echegaray que renuncie? ¿Por qué motivos deberían hacerlo? Probablemente por los mismos que debería renunciar casi todo el gobierno. Entonces ¿qué hacemos?, se pregunta la indignada ciudadanía. Hay dos vías concretas de poner límites a la corrupción y la impunidad. Una, la más importante, es a través del voto. Y Mientras esperamos al 2015 para ejercerla, probemos con la vía complementaria que es la de la autodefensa. Defendiendo la libertad de expresión y el ejercicio independiente del periodismo nos protegemos a nosotros mismos como sociedad. Es el método más efectivo para poner límites al poder descontrolado. Nadie debería olvidarlo. Desde la Fundación LED seguiremos difundiendo este mensaje. La mejor vacuna contra el totalitarismo y el abuso de poder es la información de los ciudadanos, la prensa independiente garantiza que todo lo que se quiera ocultar se sepa tarde o temprano.

La democracia no soporta modelos hegemónicos

Con la elección del domingo pasado, terminó una forma de hacer política en la Argentina: la del autoritarismo.

Se advirtió en la puesta en escena del gabinete nacional en el búnker de campaña. Con la curiosa ausencia del secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno, el Presidente en ejercicio Amado Boudou pronunciaba hasta el hartazgo el nombre de Néstor Kirchner como forma de conjurar el trance y a la vez disfrazar el aplastante mensaje de las urnas. Los argumentos utilizados causarían cierta perplejidad si no hubiéramos escuchado a la Presidenta ensayarlos en las PASO sobre la victoria en la Antártida. “Retuvimos la mayoría parlamentaria”, “somos la fuerza más votada”, esgrimían esta vez, mientras los números hablaban solos y se perdía en bastiones donde el oficialismo se creía invencible.

La primera reflexión post electoral debería enfocarse entonces en cómo en dos años se desvaneció el capital político acumulado de un espacio que detentó la mayor concentración de poder político y económico desde el retorno de la democracia. La respuesta está justamente allí, la democracia no soporta modelos hegemónicos, en los que el disenso se convierte en un motivo de castigo y no en una sana forma de fortalecer el sistema democrático.

Ganó, ayer, una nueva forma de ser argentinos, con ciudadanos comprometidos  que defienden el derecho de decir no, de interpelar a los funcionarios sospechados de corrupción y pedir la cárcel para ellos. Prevalece en la sociedad el gen que afloró durante el #8N, nadie se hace el distraído, nos comprometemos todos por un país sin autoritarismos y sin corrupción y lo expresamos en las urnas.

Pero, lo más importante y sustancial, es que quedó derrotada junto al oficialismo su peor herramienta, el cepo a la palabra.

Queda claro que la política comunicacional que el gobierno nacional aplicó durante una década nos costó a los argentinos cerca de 7000 millones de pesos por año. Los recursos públicos dedicados a la cooptación de medios, a la publicidad oficial, al Fútbol para Todos, a la televisión digital, a los medios públicos y su formidable aparato de persecución del disenso, se dilapidaron en desmedro de las prioridades que realmente le importan a la sociedad.

La formidable maquinaria de propaganda gubernamental no alcanzó para ocultar los reclamos de una sociedad movilizada que advirtió hace tiempo que el “modelo” hace agua si no atiende el bienestar de todos. Los reclamos sobre la inseguridad o la inflación, o el calamitoso estado del transporte ferroviario no fueron siquiera escuchados.

Mientras la sociedad reclamaba políticas públicas el gobierno ofrecía 7D y comenzaba una loca carrera contra cualquiera que opinara diferente. Campanella, Darín, recientemente Alfredo Casero, sufrieron la presión junto a las consultoras privadas o a las organizaciones de consumidores obligadas a no publicar más índices de precios. En vez de combatir las causas de la inflación se combatieron  “los mensajeros”, diarios, anunciantes, empresarios inmobiliarios o ciudadanos fueron perseguidos solo por expresar datos de la realidad o críticas al gobierno.

Cómo olla de presión el modelo autoritario fue acumulando rechazo. La elección que ganó tan holgadamente Gabriela Michetti en la Ciudad de Buenos Aires expresa el inicio del tiempo de cambio.

El camino es largo, recuperar la confianza, respetar el valor de la opinión del otro, y consolidar la unidad de la sociedad que hoy se muestra divida es un trabajo de todos.

El afán por controlar “el relato”

El balance de estos diez años de kirchnerismo en el país puede abordarse desde varias perspectivas -política, económica o social- pero si se aborda desde la relación con los medios de comunicación se podrá describir una síntesis perfecta de la concepción de poder que Néstor Kirchner desarrolló desde sus primeros años de gobernador de Santa Cruz y consolidó al acceder al gobierno nacional.

Al igual que en la provincia, las primeras acciones se desplegaron en silencio, a través de la distribución de recursos públicos para coptar voluntades. La pauta oficial, que se incrementó 1678% desde el 2003 hasta hoy, y fue la herramienta principal a la hora de premiar o castigar líneas editoriales. Su distribución arbitraria funcionó, durante esta década, tanto como anzuelo fidelizador de algunos periodistas, como látigo represor de las expresiones críticas.

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