007, con licencia para beber

Hace poco me topé con una referencia a una nueva traducción italiana de Live and Let Die de Ian Fleming, en la que James Bond ordena un martini preparado con vermut Martini rojo, es decir, dulce. Ahora bien, al lego habría que explicar que es una herejía absoluta siquiera hablar de hacer un martini con vermut dulce.

Es verdad que no falta quien jure que los primeros cocteles martini que se sirvieron en Estados Unidos, allá en el siglo XIX, estaban hechos con 2 onzas de Martini Rosso, es decir, rojo y dulce, 1 onza de ginebra Old Tom, una pizca de marrasquino, junto con otros ingredientes que seguramente horrorizarían a cualquier persona de buena cuna hoy en día. Pero otros sostienen que el martini se popularizó en su forma actual usando no el vermut Martini Rosso sino el Noilly Prat –un vermut seco casi transparente– y que la bebida fue llamada así no por el Martini Rosso, sino por la ciudad californiana de Martinez (o, según a quién le preguntemos, por un cantinero de apellido Martínez). A cualquier persona interesada en analizar este tema tan intricado le recomendaría consultar la obra seminal Martini, Straight Up: The Classic American Cocktail, de Lowell Edmunds.

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Sobre avatares y adúlteros

En mayo de 2012 me enteré de que yo tenía un avatar en la Red: un tuitero que se hacía llamar UmbertoEcoOffic y que dio a conocer la noticia de la muerte de Gabriel García Márquez. El tuit en cuestión dio la vuelta al mundo, generando alarma y provocando innumerables solicitudes de confirmación y mensajes de condolencia en diversos idiomas. A la larga, organizaciones noticiosas, particularmente en el mundo de habla inglesa, cotejaron los datos – como la prensa siempre debe hacer – y descubrió que el escritor colombiano aún estaba vivo y sano. Y además se enteraron de que yo no tengo Facebook ni una cuenta en Twitter.

La verdad es que ya de por sí recibo demasiados mensajes, y no tengo deseo alguno de contaminar el universo con los míos. De hecho, cualquier persona frustrada con problemas de identidad puede adoptar libremente casi cualquier nombre en línea, desde Aristóteles hasta el Primer Ministro italiano Mario Monti.

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En busca de un héroe

Los de hoy son tiempos difíciles para quienes creen en la Unión Europea. Parecen interminables las malas noticias, desde que el primer ministro británico David Cameron que pregunta a sus compatriotas si todavía la quieren (o, para el caso, si alguna vez la quisieron), hasta las declaraciones del perenne dirigente italiano Silvio Berlusconi, quien parece cambiar de opinión todos los días: en un momento dice que está a favor de una Europa unificada y al siguiente –cuando no está haciendo un llamado emotivo a los fascistas– consiente a quienes creen que a Italia le iría mejor si retornara a la lira. En resumen, sólo puedo imaginarme que, a más de medio siglo, los padres fundadores de Europa se revuelcan en la tumba.

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Todos son críticos

De vez en cuando veo a uno de mis contemporáneos haciendo algo que yo no haría, quizá porque sencillamente no han acumulado suficiente experiencia. Y por ello, aquí, me permitiré sembrar algunas semillas de sabiduría desde las alturas (o las profundidades) de mi avanzada edad. Si alguien expresa una opinión insultante sobre tu trabajo literario o artístico, no salgas corriendo ni llames a un abogado; incluso si las palabras de tu enemigo han cruzado la muy delgada línea entre la critica y el insulto.

En 1958, Beniamino dal Fabbro, un crítico musical italiano valiente y muy polémico, escribió un artículo periodístico en el cual masacró una actuación de María Callas, una estrella por quien él sentía muy poco respeto. No puedo recordar exactamente qué escribió, pero recuerdo muy claramente el epigrama que este afable y sarcástico personaje distribuyó entre sus amigos en el legendario Bar Jamaica en el distrito artístico de Brera en Milán: “La cantante d’Epidauro / meritaba un pomidauro”, que se traduce aproximadamente como “La cantante de Epidauro / merecía un jitomate”. Callas, quien era un personaje difícil también, se enfureció tanto que decidió demandarlo.

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Baile en torno a la muerte

Magazine Littéraire, una revista mensual francesa, consagró su número de octubre a un solo tema: cómo trata la literatura el tópico de la muerte. La leí con interés pero a fin de cuentas resulté decepcionado. Algunos de los artículos quizá hayan tocado ideas con las que todavía no estaba familiarizado, pero al final simplemente reiteraban un argumento bien conocido: que, además de abordar la idea del amor, la literatura siempre ha manejado el concepto de la muerte. Los artículos señalaban la presencia de la muerte tanto en la narrativa del siglo pasado como en la literatura gótica pre-romántica, pero también hubieran podido mencionar la mitología griega -quizá la muerte de Héctor y el duelo de Andrómaca- o los sufrimientos de los mártires en muchos textos medievales. Por no hablar del hecho de que la historia de la filosofía empieza con la premisa del más fundamental de los silogismos: “Todos los hombres son mortales”.

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Doctor, me duele cuando leo esto

Para aliviar mi dolor de artritis, un doctor me aconsejó que empezara a tomar cierto medicamento que, en el interés de evitar fatigosas disputas legales, mejor no mencionaré aquí. Más bien le voy a dar un nombre imaginario: Mortac. Antes de tomar Mortac, hice lo que haría cualquier persona razonable y leí la hojita con información para el paciente que venía con las pastillas: ésa que ofrece consejos tan prudentes como la de evitar tomar el medicamento si pensamos empujárnoslo con una botella de vodka, si tenemos que conducir un remolque mil kilómetros ese mismo día o si sucede que tenemos lepra o estamos embarazados con trillizos.

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