Apegados al fracaso

Walter Habiague

Al gobierno nacional le sirve más perder las batallas que ganar la guerra, porque como no cree en lo que grita, el éxito lo dejaría desnudo de laureles y desorientado.

Tiene que sostener la “derrota” porque así legitima la mentira. En ese enamoramiento forzoso por el fracaso, el metejón con la epopeya catedrática diluye el sentido de “país”.

Este raro triunfo gubernamental implica el fracaso de la Nación porque quiebra el orden público.  No hay orden ni institucionalidad en la victimización permanente.

Para la propaganda solo sirve la trinchera y en ella la emergencia perpetua es la única política de Estado. La alarma constante manda y aturde disimulando la falta de sustancia. Finalmente, de cara a la sociedad, nada vale nada y todo es relativo. Solo prevalece el Relato. Lo esencial (la vida concreta de los argentinos) es invisible, definitivamente.

Así vemos como se desprecian las tragedias argentinas de hoy (muerte, desnutrición,  narco, inseguridad,  inflación, desempleo), porque significan un fracaso sin rédito y requieren una solución, un éxito.

En cambio se hace bandera con las “tragedias de ayer” (dictadura, híper, 2001), porque se las puede exprimir todavía y su fracaso de ayer es épica de hoy. 

El pasado es generoso con la mentira porque solo pide revisión a cambio de legitimidad. El presente es ingrato para el que desprecia la Verdad.

Claramente para el gobierno es muy sencillo iniciar conflictos y hasta darse el lujo de perderlos a voluntad, porque así maneja todas las variables. Fabrica, vende y compra su propio heroísmo. El problema se le presenta con los conflictos reales, concretos, los que no dejan gloria. Los conflictos en los que mueren argentinos. Esos se omiten.

Mezcla rara de vanguardia iluminista y último tren zapatista, el oficialismo posa de barricada y no puede, no sabe y no quiere llevar sus ideas al éxito. El único éxito posible en el imaginario oficial es el triunfo de la Mentira sobre la Verdad. La derrota venciendo al éxito como herramienta de legitimidad política. La destrucción misma. Y en el camino de este industrioso fracaso se condena perversamente al país, atándolo a sus caídas.

 

La Mentira se muerde la cola

Desde la ficción inicial de Néstor y Cristina como paladines de la revancha por los DDHH de hace 40 años o de un progresismo en el que no creen ni han creído nunca, toda la dinámica de conducción y militancia oficial se sostiene sobre un ideal falseado y por lo tanto, cualquier cosa parecida a la realidad los deja en evidencia.

Este es el gobierno que mientras grita “no criminalizamos la protesta” echa mano de la Gendarmería para reprimir trabajadores en huelga. Este es el gobierno que con 190 mil millones de deuda pagados a los “buitres blandos”, conduce a la Nación hasta un abismo por el insano manejo de 1.600 millones no restructurados que dejaron pudrir al sol durante años.

Los “buitres” configuran el enemigo que el oficialismo supo generar con prolija paciencia para celebrar el final de fiesta. Mientras tanto, el verdadero enemigo le marca la agenda internacional y la política interna.

Hay contradicciones que sólo se explican por la mentira, por el error o por un interés que nunca es el que se declara. Las contradicciones son el patrimonio en negro del discurso oficial.

 

Aliados

Con esta lógica malsana, conviene ir pensando qué triunfo obtendrá el oficialismo perdiendo en las elecciones del 2015 y quién representa ese nuevo éxito, ese tributo al cristinismo en su berretín de Fénix.

Si esta década ha significado el uso de la política como instrumento de la ambición personal, corresponde a la política promover una verdad que quiebre, desde la “incorrección”, esa  tendencia. El conjunto sobre la parte. El éxito de la Nación como marco del éxito de cualquier facción.

Para los argentinos que se mueren hoy, la política es una estafa y las ideas que se llevan adelante son pobres malversaciones de ideales. Pero afortunadamente la mentira, el fracaso, lo faccioso, lo delictivo y  la soberbia, han logrado que hoy lo “incorrecto” en política sean la Verdad, el éxito, el conjunto, la honestidad y la humildad.

Tanta épica de papel maché, tanta torpeza y mezquindad, han instalado felizmente la necesidad política (impostergable) de un estadista que piense en grande para construir éxitos sencillos en la vida diaria.