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	<title>Adrián Ravier &#187; Milton Friedman</title>
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		<title>Axel Kiciloff, mi profesor</title>
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		<pubDate>Tue, 08 Oct 2013 11:03:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adrián Ravier</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Inicié mis estudios de grado en 1997 en la <strong>Licenciatura en Economía</strong> que dictaba la <strong>Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires</strong> (<strong>UBA</strong>). Por ese entonces no sabía quiénes eran <strong>Marx, Keynes, Friedman o Hayek</strong>, aunque sí me identificaba desde temprano con lo que hoy entiendo son las ideas de un liberalismo clásico. Mi formación en la UBA fue bastante pobre, pues apenas me acerqué a Marx y a Keynes, pero “nada” escuché de Friedman y Hayek. El <strong>“neoliberalismo menemista”</strong> ya estaba en su última fase y no había curso en el que no se criticara al neoliberalismo, la convertibilidad, la apertura económica y la privatización. <strong>Julio Olivera</strong> era un prócer olvidado que merecía el <strong>Premio</strong> <strong>Nobel</strong>. <strong>Marcelo Ramal</strong> era el profesor marxista que comenzaba a abandonar la academia para ingresar en la política. <strong>Pablo Levín</strong> era “el mejor profesor” de la facultad según el Centro de Estudiantes.<b> </b><strong>¡Axel Kicillof era la gran promesa!</strong></p>
<p>Llegué a cuarto año en el 2000 y tuve que elegir dos materias optativas. La lista era extensa y la elección era difícil pues estaban “Cálculo financiero”, “Mercado de capitales”, “Economía agraria”, “Instituciones al derecho público” y “Economía marxista”, entre muchas otras. Para ese entonces mi formación ya era más rica, o al menos, puedo decir, me había acercado bastante más a Keynes, Friedman y Hayek. El mérito de ese “enriquecimiento” debo decir que no se lo debo a la UBA, sino a seminarios privados que tuve la suerte de cursar en <strong>UCEMA, ESEADE y UCA</strong>, y gracias al esfuerzo de fundaciones privadas. Desde joven me interesó la economía comparada, conocer los argumentos de ambos lados. Fue así que decidí optar por <strong>“Economía marxista”</strong>, dictada en ese momento por <strong>Pablo Levín</strong> y su ayudante, <strong>Axel</strong> <strong>Kicillof</strong>.</p>
<p>Pablo Levín era un hombre mayor y participó muy poco del curso. Recuerdo sólo dos cosas: 1) recomendó su libro sobre <em><b>“El capital tecnológico”,</b></em> publicado en <strong>Ed. Catálogos</strong> (1997); 2) su explicación de <strong>la teoría del valor</strong> de <strong>Aristóteles</strong>. Explicó que para Aristóteles el intercambio sólo podía ser justo si las dos cosas que se cambiaban tenían exactamente el mismo valor. Y luego pidiendo disculpas por el término que utilizaría dijo que salvo “una puta casualidad” las cosas que se intercambian nunca tienen el mismo valor.<b> </b><strong>Muy rápidamente Levín pasó a ser un mito para mí.</strong></p>
<p>Pero el curso tuvo su valor. Es que <strong>Axel Kicillof ofrecía la claridad que a Levín le faltaba</strong>. Recuerdo que llegó con <strong><i>El capital</i></strong> y nos preguntó qué preferíamos: si estudiarlo completo, o dedicar atención sólo a los primeros capítulos, haciendo un análisis muy profundo, de tal modo que después cada uno pueda recorrer el camino por su cuenta en los años siguientes. Pero antes de escuchar una respuesta, sugirió tomar este segundo camino. Recuerdo haber sido el único que prefería estudiarlo completo. Aprobé el curso con una síntesis crítica del capítulo I de <em>El capital</em> –sobre mercancía-, pero no recibí ningún comentario.</p>
<p>En 2002 terminé la licenciatura, pero siempre seguí a Kicillof de cerca. Puedo confirmar su militancia constante dentro de la Facultad y el reconocimiento general que adquirió como académico. Constantemente ofrecía talleres de lectura para los estudiantes, profundizando en autores clásicos como <strong>Adam Smith, David Ricardo, Alfred Marshall, John Maynard Keynes</strong> y hasta el mismo <strong>Karl</strong> <strong>Marx</strong>. El Centro de Estudiantes siempre lo apoyó. Recuerdo que defendió su tesis doctoral sobre los “<strong>Fundamentos de la Teoría General</strong>”, para lo cual realizó extensas investigaciones entre 1998 y 2005. No pude asistir a ella, pero compré el libro que publicó en 2007 y que lleva ese título, y de hecho, suelo recomendarlo a mis alumnos cuando hago alguna referencia a Keynes o su Teoría General. Si uno se pregunta por qué un libro tan confuso, mal escrito e inconsistente -según indican los especialistas- tuvo tremendo impacto, en este libro puede encontrar una respuesta.</p>
<p>Kicillof fue uno de los pocos jóvenes que en la UBA obtuvo cargos docentes en forma constante. Domina la microeconomía, también la macroeconomía y la teoría monetaria y es un experto en la historia del pensamiento económico. Diré que <strong>es de los pocos académicos que intenta ignorar los manuales tradicionales y, en su lugar, va a las fuentes, algo que aprendió del mencionado Pablo Levín.</strong> Recuerdo que hace unos años recibí un correo electrónico suyo convocando a un taller de lecturas en la misma UBA para desarrollar una “<strong>Macroeconomía marxista”</strong>. En ese momento yo mismo elaboraba mi tesis doctoral, y trataba de incluir un estudio comparado de los distintos enfoques macroeconómicos. Incluía la macroeconomía del trabajo de Keynes, también la macroeconomía del dinero de Friedman, las expectativas racionales de <strong>Lucas</strong> y la macroeconomía del capital de <strong>Hayek-Garrison,</strong> pero nada sobre Marx. Asistí al evento, pensando que podía enriquecer mi tesis con ello.</p>
<p>La reunión tuvo lugar en un subsuelo de la Facultad y recuerdo que asistieron unas 60 personas, con una importante “vocación marxista”. Circularon panfletos y comentarios en extremo anticapitalistas, a los cuales no estaba muy acostumbrado. La presentación introductoria de Kicillof no podía dejar de ser histórica y no podía dejar de criticar los programas de estudio que no incluían a Marx todo lo que él hubiera querido. Recuerdo haber dicho que estaba en desacuerdo, pues yo mismo era egresado de la UBA y no había estudiado otra cosa que Marx-Keynes, pero se me ignoró. A los pocos minutos se habló del <strong>marginalismo</strong> de <strong>Menger-Jevons-Walras</strong>, y recuerdo que Kicillof me preguntó si estaba bien decir que Menger era neoclásico. Le dije que no, pero también me ignoró y siguió adelante. <strong>Kicillof ya me reconocía como a un austriaco.</strong> Después de esto tuvimos un diálogo por mail donde le envié el artículo sobre el <strong>Methodenstreit</strong> de<b> </b><strong>Jesús Huerta de Soto</strong>, para que observe las diferencias entre la <strong>Escuela Austriaca</strong> y la <strong>Escuela Neoclásica</strong>, pero si bien me lo agradeció, nunca supe si lo leyó.</p>
<p>También recuerdo un debate entre <strong>Juan Carlos de Pablo y</strong> <strong>Juan Carlos Cachanosky</strong> que tuvo lugar en <strong>ESEADE</strong> en 2006, para discutir la relevancia de la Teoría General de Keynes, después de 70 años de su publicación. Kicillof estaba sentado al fondo y al terminar me le acerqué para consultar su opinión sobre esta discusión. Su comentario resumía que había tenido un inesperado bajísimo nivel. Por supuesto que yo disentía, pero las críticas a Keynes habían sido muy fuertes y el público era tan hostil a sus ideas como lo fueron aquellas de la UBA con las mías.</p>
<p>En 2010 publicó otro libro que también compré y recomiendo a los interesados en el campo de estudio: <strong><i>Siete lecciones de historia del pensamiento económico</i></strong>. No mucho tiempo después, Kicillof pasó a ocupar un cargo en el<strong> Directorio de Aerolíneas Argentinas</strong>. Me sorprendió mucho, pues lo consideraba un académico serio (aun sabiendo que no tiene numerosas publicaciones en revistas científicas bien rankeadas). Por supuesto que estábamos y estamos en las antípodas, pero no podía imaginarme a un intelectual en dicho cargo. Seguí bastante los debates en torno a Aerolíneas Argentinas, interesado particularmente en escuchar sus argumentos. <strong>Se lo criticó por los déficits anuales que acumulaba la compañía, pero él siempre argumentó que tomó una empresa en quiebra con 10.000 millones de dólares de déficit</strong>, el que se fue reduciendo año a año. Explicó que una aerolínea de bandera siempre iba a perder dinero, pues el objetivo no es ganarlo, ni equilibrar las cuentas, sino conectar a todas las provincias del país, aun aquellas en donde mantener los vuelos no es rentable. De allí surgió mi pedido de una<b> </b><strong>política de cielos abiertos</strong>, debate que aún está fuera de discusión. También <strong>recuerdo informes suyos criticando al INDEK, pero desde que se acercó al kirchnerismo no volvió a emitir opinión sobre esta institución</strong>, ni volvió a mencionar sus propios informes.</p>
<p>Desmintió varias veces el cargo de <strong>ministro de Economía</strong> que le imputaban los medios, pero hoy ya ocupa el cargo de viceministro y tiene un acercamiento e impacto real sobre las decisiones de la presidente. Su exposición pública va en aumento y lógicamente no pierde la claridad que lo caracteriza. Al contrario de la política tradicional, Kicillof es una persona de ideas claras. Si accede a una entrevista, le cuesta mentir, no puede ser confuso y es muy transparente. Hace sólo unos días le preguntaron sobre la <strong>estatización de las pensiones</strong> y de <strong>YPF</strong>. Con mucha naturalidad explicó que lo único que se está haciendo es revertir el proceso tomado durante el “noventismo neoliberal”, con su apertura irracional y con sus “salvajes” privatizaciones, para devolverle al Estado las funciones que puede y debe cumplir.</p>
<p>Como se ve, el debate es de filosofía política, de libro de texto. ¿Qué funciones debe cumplir el Estado? Detrás del noventismo y del kichnerismo hay diferentes respuestas, y se procede en consecuencia, sin atender en ninguno de los dos casos a la <strong>Constitución</strong> <strong>Nacional</strong>, ni a las instituciones. Son las ideas, entonces, las que hoy nos permiten entender que este proceso de estatizaciones apenas está comenzando<strong>. Lo único que le pido a los lectores es que no caigan en el fatal error de pensar que noventismo y kichnerismo son las únicas opciones</strong>. Insisto en conjeturar que el desenlace de este modelo no será muy diferente del anterior.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Posibles escenarios ante el fin de la economía neoclásica</title>
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		<pubDate>Mon, 23 Sep 2013 04:04:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adrián Ravier</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La “Metodología de la economía positiva” de Milton Friedman (1953) se ha constituido en un clásico de la literatura por disociar el irrealismo de los supuestos del que parte una teoría, de su validez o relevancia, señalando que aquello que debemos pedir a una teoría es que permita predecir, no describir correctamente el mundo. El... <a href="http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/09/23/posibles-escenarios-ante-el-fin-de-la-economia-neoclasica/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>La “<a href="http://www.ppge.ufrgs.br/giacomo/arquivos/eco02277/friedman-1966.pdf" target="_blank">Metodología de la economía positiva</a>” de <strong>Milton Friedman</strong> (1953) se ha constituido en un clásico de la literatura por disociar el irrealismo de los supuestos del que parte una teoría, de su validez o relevancia, señalando que aquello que debemos pedir a una teoría es que permita predecir, no describir correctamente el mundo.</p>
<p>El trabajo fue el origen de generaciones de economistas que han intentado desarrollar <strong>modelos económicos</strong> que se orienten al análisis cuantitativo y a la predicción, abandonando el análisis descriptivo, cualitativo de sus antecesores clásicos. Al respecto el <strong>Premio Nobel James Buchanan</strong> nos recuerda que su generación de economistas sentía “<strong>pasión por salvar el mundo</strong>”. Hoy, los alumnos que se acercan a las facultades de economía, son atraídos por el uso de la matemática.</p>
<p>Tras la<strong> crisis financiera internacional</strong>, y tras la incapacidad de dichas generaciones de economistas por predecirla, se han alzado cientos de voces de los más prestigiosos economistas del mundo, reclamando el fin de la economía neoclásica, alegando que para predecir los sucesos futuros que sobrevendrán en la economía real es necesario primero comprenderlo, y que los supuestos irreales son sólo un <strong>“juego” que distrae el intelecto</strong> de los economistas en un sentido opuesto al que se requiere.</p>
<p>Estos economistas señalan el <strong>abuso de la matemática en economía</strong> y abogan por el fin de los modelos de equilibrio general o parcial, con información plena o relevante, pidiendo el retorno de la filosofía de la incertidumbre y los desequilibrios.</p>
<p>Lo cierto es que más allá de este reclamo, la mayoría de los economistas siguen haciendo su ciencia como si nada hubiera ocurrido. Si el reclamo tendrá o no algún tipo de respuesta, aun no lo sabemos.</p>
<p>Es por ello que propongo un ejercicio. Imaginemos que los economistas deciden abandonar la síntesis neoclásica. ¿Qué escenario enfrentaría la profesión?</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b>La economía neoclásica</b></p>
<p>Tratemos de dar respuesta primero a qué escuelas de pensamiento engloba la economía neoclásica. Qué es lo que en definitiva se pierde con tal hipotético suceso.</p>
<p>Desaparecería la <strong>economía monetarista</strong> o <strong>Escuela de Chicago</strong>, aquella iniciada en los trabajos de <strong>Irving Fisher, Frank Knight y Jacob Viner</strong>, que alcanzaran su máxima expresión en los escritos de Milton Friedman, y que ha dado lugar a numerosos premios Nobel, como el mismo Friedman, <strong>Gary Becker o Edmund Phelps</strong>.</p>
<p>También desaparecería la <strong>Nueva Macroeconomía Clásica</strong>, en la que contribuyeron John Muth, <a href="http://www.cepchile.cl/dms/archivo_1352_215/rev60_rosende.pdf" target="_blank">Robert Lucas</a>, Thomas Sargent y Robert Barro, con sus modelos de expectativas racionales e “información relevante”. Esta escuela en cierta medida reemplazó al monetarismo de Chicago, absorbiendo a sus principales figuras y ocupando la escena en la vieja Escuela de Chicago.</p>
<p>En el mismo entorno, aparece el <strong>Public Choice</strong> o Escuela de la Elección Pública de <a href="http://fce2.ufm.edu/publicaciones/laissezfaire/30-31/LF-30_%28Ravier%29.pdf" target="_blank">James M. Buchanan</a> o la <strong>Nueva Economía Institucional</strong> de Douglass North. Es cierto que James M. Buchanan aboga por estudiar la cataláctica de Mises y Hayek, y rescata la economía política, no matemática, pero por desgracia, gran parte de la teoría contemporánea de la Elección Pública ha sido moldeada por la corriente dominante. También es cierto que Douglass North o Ronald Coase han destacado el rol de las instituciones en el análisis económico, tan necesario como importante, pero los modernos desarrollos de la tradición, siguen también la corriente y el método mainstream.</p>
<p>No podemos olvidarnos de la síntesis neoclásica del keynesianismo. Aquella que John Hicks y <a href="http://www.elcato.org/paul-samuelson-qepd" target="_blank">Paul Samuelson</a>, entre tantos otros, contribuyeron a formular, y que dominaron por unas tres décadas entre 1940 y 1970, hasta que la contrarrevolución monetarista entró en escena. Es importante señalar que los macroeconomistas hoy exigen abandonar el anticuado modelo IS-LM.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b>La economía heterodoxa</b></p>
<p>Quedan los autores previos a la revolución marginal, lo que de algún modo lleva a retornar hacia los griegos, la escolástica y especialmente los Clásicos. También queda la <strong>Escuela Austríaca de Economía,</strong> que más allá de que su fundador, Carl Menger, participó de la revolución marginal, nunca adhirió a la economía matemática y a los modelos de equilibrio (aunque la macroeconomía de <strong>Hayek</strong> sí se adhirió en los años 1930). Ludwig von Mises, sobre las bases de los trabajos de Menger y Böhm Bawerk reconstruyó la teoría económica en su tratado “<a href="http://mises.org/Books/humanaction.pdf" target="_blank">La acción humana</a>”, donde justamente abogaba por estudiar la economía partiendo del hombre de carne y hueso, y fijando todo el interés en el realismo de las implicaciones lógicas que se obtienen de la acción, la que es necesariamente individual, subjetiva y dinámica, además de estar enmarcada en un entorno de incertidumbre.</p>
<p>En el otro extremo, vuelve <strong>Karl Marx</strong>, aunque limitado a las preguntas que todavía no encuentran respuesta tras el debate sobre la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo de 1920, y que se reprodujera en los años 1930, entre Lange y Hayek. En su ya clásico libro titulado “<a href="http://www.fcjs.urjc.es/httpddoc/Huerta-Soc.pdf" target="_blank">Socialismo, Cálculo Económico y Función Empresarial</a>”, donde justamente repasa dicho debate, el propio <strong>Jesús Huerta de Soto</strong> señala que Marx, tiene “curiosas coincidencias con el análisis del proceso de mercado de los teóricos austríacos”.</p>
<p>También<strong> retorna John Maynard Keynes,</strong> como ha reclamado su biógrafo Robert Skydelsky. “Debemos distinguir al Keynes hombre, del Keynes mito”, señalaba <a href="http://catallacticconsulting.com/wp-content/themes/wpremix3/documentos/EAE14.pdf" target="_blank">Ricardo Crespo</a>, quien agrega que Keynes en 1946 declaró no ser keynesiano”. Esto por supuesto da lugar también a los trabajos de Axel Leijonhufvud, quien intenta recuperar a Keynes de la síntesis neoclásica que se había construido sobre él.</p>
<p>Tampoco podemos olvidarnos de la <strong>Economía Social de Mercado</strong>, en la que ha contribuido Wilhelm Röpke, <strong>Ludwig Erhard</strong> y Walter Eucken y donde hoy se destacan algunos defensores modernos como <a href="http://www.uca.edu.ar/uca/common/grupo12/files/La_Escuela_Social_de_Mercado-_una_opcion_de_organizacion_economica_para_Latinoamerica.pdf" target="_blank">Marcelo Resico</a>.</p>
<p>Para terminar, existen numerosos movimientos heterodoxos que son menos conocidos, que han criticado el enfoque neoclásico y que reclamarían su lugar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b>Un nuevo escenario</b></p>
<p>Un suceso hipotético como el mencionado, llevará a la profesión a retroceder, quitar aquello que no sirve, tomar aquello que queda, y ver dónde estamos.</p>
<p>Por supuesto que el debate entre <strong>Estado y Mercado</strong> continuará independientemente del lenguaje y los métodos que los economistas elijan para debatir. Pero lo dicho nos deja un escenario renovado y diferente.</p>
<p>Nos deja con algunos marxistas en defensa de un socialismo golpeado, tras la caída de todos los régimenes en el este de Europa y la imposibilidad de dar respuesta al planteo original de Ludwig von Mises en 1920. De hecho, la hipotética respuesta de equilibrio desarrollada por <strong>Oskar Lange</strong> y otros socialistas, considerada como un desvío indebido al debate, caería junto con la crisis del paradigma neoclásico.</p>
<p>Keynes resurge, pero <strong>su intervencionismo también está limitado a los procesos inflacionarios</strong> que supo generar en los años 1970 y que dieron lugar a la <strong>contrarrevolución monetarista</strong> y el resurgimiento austríaco. Difícilmente este keynesianismo vuelva a plantear la política monetaria y fiscal activa que reclamaba en los años 1930, o el mercantilismo proteccionista exacerbado que Keynes promovió en vida. Más bien, parecieran moderarse a que tales políticas sólo pueden ser útiles en circunstancias particulares como la de aquella gran depresión de los años 1930, o los sucesos que hoy mismo estamos enfrentando tras la gran depresión global.</p>
<p>La Economía Social de Mercado es todavía un movimiento demasiado pequeño, y no tiene hoy centros de investigación, más allá de las contribuciones de la <strong>Fundación Konrad Adenauer</strong>. Tampoco parece representar todavía una escuela de pensamiento independiente, ajena al keynesianismo y a la Escuela Austríaca de la cual se nutrieron originalmente, aunque sí puede permitir un diálogo fructífero entre éstos, y ofrecer un punto intermedio de política económica.</p>
<p>En la defensa de los mercados libres ya no habrá lugar para la Escuela de Chicago, lo que deja un monopolio en manos de la Escuela Austriaca, que recobró importancia en los años 1970 con el Premio Nobel a Friedrich Hayek, y que hoy incrementa su importancia con publicaciones científicas en variados campos.</p>
<p>Demás está decir que un suceso hipotético como el imaginado dará lugar a ciertos <strong>replanteos dentro de las escuelas de pensamiento caídas</strong>, como el monetarismo, el public choice o la nueva economía institucional, que posiblemente se reconstruyan y den lugar a nuevos movimientos.</p>
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		<title>Carta de Friedman a Cristina</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Aug 2013 04:47:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adrián Ravier</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Es sabido que Milton Friedman escribió una carta a Augusto Pinochet el 21 de abril de 1975. Algunos intelectuales, como José Piñera, dirán que Friedman jugó un rol central en la refundación de Chile. Otros, como Rolf Lüders, dirán que aquella visita no jugó ningún rol, puesto que Pinochet ya estaba entonces convencido de tomar -en el ámbito económico- el camino de la economía... <a href="http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/08/22/carta-de-friedman-a-cristina/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Es sabido que<b> </b><strong>Milton Friedman</strong> escribió una carta a <strong>Augusto Pinochet</strong> el 21 de abril de 1975. Algunos intelectuales, como <strong>José Piñera</strong>, dirán que Friedman jugó un rol central en la refundación de Chile. Otros, como<b> </b><strong>Rolf Lüders</strong>, dirán que aquella visita no jugó ningún rol, puesto que Pinochet ya estaba entonces convencido de tomar -en el ámbito económico- el camino de la economía de mercado. Un tercer grupo -quizás el más amplio- jamás le perdonará a Friedman el haber colaborado con un dictador.</p>
<p>Al margen de la disputa política y social, lo cierto es que &#8220;estrictamente en lo económico&#8221; <strong>el diagnóstico de Friedman</strong> era muy claro y contundente, y advertía cuáles eran los dos problemas centrales de Chile en ese momento:<b> </b><strong>la acelerada inflación y la ausencia de una saludable economía de mercado.</strong> Éstos son, casualmente,<b> </b><strong>los problemas centrales de la Argentina de hoy</strong> y las recomendaciones económicas que por entonces ofreció Friedman son precisamente las mismas que hoy necesita nuestro país. A continuación tomamos aquella carta, y con pequeñas variaciones,<b> </b><strong>imaginamos que fuera destinada a nuestra presidente.</strong></p>
<p><strong><span id="more-110"></span>Estimad[a] señor[a] presidente:</strong></p>
<p>Durante la visita que le hiciéramos el viernes 21 de marzo, realizada con el objeto de discutir la situación económica de [Argentina], usted me pidió que le transmitiera mi opinión acerca de la situación y políticas económicas luego de completar mi estancia en su país. Esta carta responde a tal requerimiento.</p>
<p>Permítame primero decirle cuán agradecidos estamos mi esposa y yo de la cálida hospitalidad que nos brindaran tantos [argentinos] durante nuestra breve visita; nos hicieron sentir como si realmente estuviéramos en casa. Todos los [argentinos] que conocimos estaban muy conscientes de la seriedad de los problemas que su país enfrenta, dándose cuenta de que el futuro inmediato iba a ser muy difícil. Sin embargo, todos mostraban una firme determinación en aras de superar dichas dificultades y una especial dedicación en el trabajo por un futuro más próspero.</p>
<p><strong>El problema económico fundamental de [Argentina] tiene claramente dos aristas: la inflación y la promoción de una saludable economía social de mercado.</strong> Ambos problemas están relacionados: cuánto más efectivamente se fortalezca el sistema de libre mercado, menores serán los costos transicionales de terminar con la inflación. Sin embargo, y pese a estar relacionados, se trata de dos problemas diferentes: el fortalecimiento del libre mercado no culminará con la inflación <em>per se</em>, como tampoco terminar con la inflación derivará automáticamente en un vigoroso e innovador sistema de libre mercado.</p>
<p><strong>La causa de la inflación en [Argentina] es muy clara: el gasto público</strong> corresponde, aproximadamente, a un [45] % del ingreso nacional. Cerca de un cuarto de este gasto no deriva de impuestos explícitos y, por lo tanto, debe ser <strong>financiado emitiendo una mayor cantidad de dinero;</strong> en otras palabras,<b> </b><strong>a través del impuesto oculto de la inflación.</strong> […]</p>
<p>Este impuesto-inflación genera un enorme daño al inducir a las personas a dedicar un gran esfuerzo por limitar su posesión de dinero<br />
en efectivo. Esa es la razón por la cual la base es tan estrecha. En la mayoría de los países, desarrollados y subdesarrollados, la<br />
cantidad de dinero es más cercana al 30% del ingreso nacional que al [10,7 %] de éste. […]</p>
<p><strong>Existe sólo una manera de terminar con la inflación: reducir drásticamente la tasa de incremento en la cantidad de dinero</strong>. En la situación de [Argentina], el único modo para lograr la disminución de la tasa de incremento en la cantidad de dinero es reducir el déficit fiscal. Por principio, el déficit fiscal puede ser reducido disminuyendo el gasto público, aumentando los impuestos o endeudándose dentro o fuera del país. Exceptuando el endeudamiento externo, los otros tres métodos tendrían los mismos efectos transitorios en el empleo, aunque afectando a diferentes personas -<strong>disminuir el gasto público afectaría inicialmente a los empleados públicos</strong>, aumentar los impuestos afectaría inicialmente a las personas empleadas por quienes pagan impuestos, y endeudarse afectaría inicialmente a las personas empleadas por los titulares de los créditos o por la las personas que, de otro modo, hubieran conseguido esos fondos prestados.</p>
<p>En la práctica, disminuir el gasto público es, por lejos, la manera más conveniente para <strong>reducir el déficit fiscal</strong> ya que, simultáneamente, contribuye al fortalecimiento del sector privado y, por ende, a sentar las bases de un saludable crecimiento económico.</p>
<p><strong>La disminución del déficit fiscal es requisito indispensable para terminar con la inflación.</strong> Un problema menos claro es cuán rápidamente debe terminarse con ella. Para un país como <strong>Estados Unidos</strong>, en el cual la inflación [de 1975 era] de alrededor del 10%, yo aconsejo una política gradual de eliminación en dos o tres años. Pero para [Argentina], en que la inflación se mueve entre el [2] % y [3] % mensual, creo que graduar su eliminación no es viable; conllevaría una tan gravosa operación por un periodo de tiempo tan largo, que temo la paciencia no acompañaría el esfuerzo.</p>
<p><strong>No existe ninguna manera de eliminar la inflación que no involucre un periodo temporal de transición de severa dificultad, incluyendo desempleo.</strong> Sin embargo, y desafortunadamente,<strong> Argentina enfrenta una elección entre dos males, un breve periodo de alto desempleo o un largo periodo de alto desempleo, aunque sutilmente inferior al primero</strong>. En mi opinión, las experiencias de <strong>Alemania</strong> y <strong>Japón</strong> luego de la <strong>II Guerra Mundial</strong>, de <strong>Brasil</strong> más recientemente, del reajuste de postguerra en Estados Unidos, cuando el gasto público fue reducido drástica y rápidamente, argumentan en pro de un tratamiento de shock. Todas estas experiencias sugieren que este periodo de severas dificultades transicionales sea breve (medible en meses) para que así la subsecuente recuperación sea rápida.</p>
<p>Para mitigar los costos de la transición y facilitar la recuperación, creo que <strong>las medidas fiscales y monetarias debieran ser parte de un paquete que incluya medidas que eliminen los obstáculos a la empresa privada y que alivien la aguda angustia.</strong></p>
<p>Para acotar, haré un bosquejo de los contenidos de un paquete de propuestas específicas. Mi conocimiento de [Argentina] es muy limitado como para permitirme ser tanto preciso como exhaustivo, de modo que estas medidas deben ser consideradas más bien como ilustrativas.</p>
<p>Si este enfoque de shock fuera adoptado, creo que debiera ser anunciado pública, muy detalladamente y, además, entrar en vigor en<br />
una fecha muy cercana a dicho anuncio. <strong>Cuánto mejor informado se encuentre el público, más contribuirán sus reacciones al ajuste</strong>. A continuación propongo una muestra de las medidas que debieran ser tomadas:</p>
<p>[1].- <strong>Un compromiso del gobierno de reducir su gasto en 25% dentro de seis meses</strong>; reducción que debiera tomar la forma de una disminución transversal del presupuesto de cada repartición en 25%, con los relativos a personal a tomarse tan pronto como sea posible. Sin embargo, las reducciones de gasto debieran ser escalonadas en base a un periodo de seis meses para permitir el pago de generosas indemnizaciones. (Cualquier intento de ser selectivo o parcial tiene la probabilidad de fracasar debido a las posibles manipulaciones de cada repartición por lograr que la reducción presupuestaria afecte a otra de ellas. <strong>Es preferible hacer primero una reducción transversal, para luego reasignar el total ya reducido</strong>). […]</p>
<p>[2].- Un categórico compromiso del gobierno de que después de seis meses <strong>no financiará más gasto alguno a través de la emisión de dinero</strong>. (Así como la recuperación económica se vaya dando, la cantidad de dinero deseable en términos reales, esto es, la cantidad consistente con precios estables, aumentará. Sin embargo, este incremento debiera servir como base para la expansión de un mercado de capitales privado en vez de utilizarse para financiar gasto público).</p>
<p>[3].- Continuar con vuestra política actual de un <strong>tipo de cambio diseñado para aproximarse a un tipo de cambio de libre mercado.</strong></p>
<p>[4].- La eliminación de la mayor cantidad posible de obstáculos que, hoy por hoy, entorpecen el desarrollo del libre mercado. Por ejemplo, <strong>suspender, en el caso de las personas que van a emplearse, la ley actual que impide el despido de los trabajadores.</strong> En la actualidad, <strong>esta ley causa desempleo</strong>. También, eliminar los obstáculos a la creación de nuevas instituciones financieras. Asimismo, <strong>eliminar la mayor cantidad posible de controles sobre los precios y salarios</strong>. El control de precios y salarios no sirve como medida para eliminar la inflación; por el contrario, es una de las peores partes de la enfermedad. (Eliminar obstáculos, pero no sustituir subsidios. La empresa privada tendrá la facultad de gozar de las recompensas del éxito sólo si también arriesga soportar los costos del fracaso. Todo hombre de negocios cree en la libre empresa para todos, pero busca también favores especiales para sí mismo. <strong>Ningún obstáculo, ningún subsidio;</strong> esa debiera ser la regla).</p>
<p>[5].- Tome las providencias necesarias para aliviar cualquier caso de real dificultad y severa angustia que se de entre las clases más pobres. Tome en cuenta que las medidas tomadas no producirán, por sí mismas, daño en estos grupos. <strong>El despido de empleados públicos no reducirá la producción, sino que simplemente eliminará gasto</strong>- sus despidos no significarán la producción de un pan o un par de zapatos menos. Pero indirectamente, algunas de las clases menos privilegiadas serán afectadas y, séanlo o no, el programa de medidas será señalado como el culpable de sus angustias. Por lo tanto, sería beneficioso tomar ciertas providencias de este tipo en dicho programa. En este aspecto, mi ignorancia de la situación y acuerdos actuales vigentes en [Argentina] me hacen imposible ser más específico.</p>
<p><strong>Un programa de shock tal como este podría eliminar la inflación en cuestión de meses</strong>. También fundaría las bases necesarias para lograr la solución de su segundo problema- la promoción de una efectiva economía social de mercado.<br />
Este no es un problema de reciente origen, sino que surge de tendencias al socialismo que comenzaron hace [80] años y que<br />
alcanzaron su lógico, y terrible clímax, durante el régimen de [Perón]. […]</p>
<p><strong>La eliminación de la inflación llevará a una rápida expansión del mercado de capitales,</strong> lo cual facilitará en gran medida la<br />
privatización de empresas y actividades que aún se encuentran en manos del Estado.</p>
<p><strong>El más importante paso en este sentido es la liberalización del comercio internacional para, de este modo, proveer de una efectiva competitividad a las empresas</strong> [argentinas] y promover la expansión tanto de las importaciones como de las exportaciones. Lo anterior no sólo mejorará el bienestar del [argentino] común al permitirle adquirir todos los bienes al menor costo, sino que también disminuirá la dependencia de [Argentina] en una sola exportación de importancia: <strong>[la soja].</strong></p>
<p>Estoy conciente de que su Gobierno ya ha dado pasos importantes y planea otros futuros en orden a reducir las barreras al comercio<br />
internacional y a liberalizarlo, y que, como resultado de ello, la ventaja competitiva real de [Argentina] se refleja mejor en éste hoy que en las décadas pasadas. Este es un gran logro. También veo que en esta área existe un fuerte argumento a favor de una gradualización para entregar a los productores [argentinos] una oportunidad para ajustarse a las nuevas condiciones. No obstante, <strong>gradualismo no debe significar quedarse estancado</strong>. En mi opinión personal, creo que un buen consejo para [Argentina] sería dirigirse a la liberalización del comercio a una velocidad y en una extensión mucho mayores de las que hasta ahora han sido propuestas. <strong>Un comercio totalmente libre es el objetivo final deseable, aunque no sea posible de alcanzar en el más cercano futuro.</strong></p>
<p><strong>Quisiera concluir esta carta diciendo que estoy seguro que [Argentina] tiene un gran potencial</strong>. Ha sido un pueblo capaz, letrado, creativo y lleno de energía [...]. Hace unos [ochenta] años atrás, [Argentina], como muchos otros países, incluyendo el mío, se encausó en la ruta equivocada- por buenas razones y sin maldad, ya que fueron errores de hombres buenos y no malos. <strong>El mayor error, en mi opinión, fue concebir al Estado como el solucionador de todos los problemas, de creer que es posible administrar bien el dinero ajeno.</strong></p>
<p>Si [Argentina] toma hoy la senda correcta, creo que puede lograr otro milagro económico: despegar hacia un crecimiento económico sostenido que proveerá una ampliamente compartida prosperidad. Pero para aprovechar esta oportunidad, [Argentina] deberá primero superar un muy dificultoso periodo de transición.</p>
<p style="text-align: right;"><strong>Sinceramente, Milton Friedman</strong></p>
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		<title>¿Hoy somos todos keynesianos?</title>
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		<pubDate>Fri, 02 Aug 2013 05:06:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adrián Ravier</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Las ideas de John Maynard Keynes surgieron en el marco de la Gran Depresión de los años treinta. Entre los años 50 y 60 muchos economistas coincidían en afirmar &#8220;ahora somos todos keynesianos&#8220;. Incluso Milton Friedman llegó a decirlo en 1965. La nueva crisis revitalizó el pensamiento de Keynes y The Economist colocó a dos prestigiosos economistas a responder la gran pregunta: ¿Somos hoy todos keynesianos?... <a href="http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/08/02/hoy-somos-todos-keynesianos/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Las ideas de <strong>John Maynard Keynes</strong> surgieron en el marco de la <strong>Gran Depresión</strong> de los años treinta. Entre los años 50 y 60 muchos economistas coincidían en afirmar &#8220;<strong>ahora somos todos keynesianos</strong>&#8220;. Incluso <strong>Milton Friedman</strong> llegó a decirlo en 1965. La nueva crisis revitalizó el pensamiento de Keynes y <strong><i><a href="http://www.economist.com" target="_blank">The Economist</a></i></strong> colocó a dos prestigiosos economistas a responder la gran pregunta: ¿Somos hoy todos keynesianos? De un lado<b> </b><strong>Brad De Long</strong>, del otro<b> </b><strong>Luigi Zingales. ¿Qué respondieron?</strong></p>
<p><strong>La respuesta de Brad De Long</strong></p>
<p><strong>Se suponía que Brad De Long iba a defender la postura, pero pidió disculpas y afirmó que ya no, &#8220;hoy no somos todos keynesianos&#8221;. </strong>Por ejemplo, leyendo <strong><i>The New York Times</i></strong> encuentra que <strong>William Poole</strong>, ex presidente de la<b> </b><strong>Reserva Federal de St Louis</strong>, considera que &#8220;el gasto del gobierno no puede liderar el camino hacia una recuperación sostenida, debido a que su efecto de estímulo se verá compensado por anticipado con impuestos más altos y con la necesidad de financiar el déficit&#8221;.</p>
<p>En 1970 William Poole fue un keynesiano que daba por sentado que la política de déficit y el gasto fiscal tenían un papel adecuado y<br />
eficaz en la lucha contra las recesiones. Pero Poole no está solo. <strong>Robert Barro</strong>, <strong>de Harvard University</strong>, <strong>dijo sobre la propuesta de estímulo fiscal de Obama: &#8220;Este es probablemente el peor proyecto de ley que se ha presentado desde la década de 1930</strong>. No sé qué decir. Quiero decir que está perdiendo una enorme cantidad de dinero, que tiene una teoría simplista que no creo que funcione (…) No creo que vaya a expandir la economía (…) Va más en la línea con tirar el dinero a la gente (…) Creo que es basura&#8221;.</p>
<p><strong>John Cochrane</strong>, de la <strong>Universidad de Chicago</strong>, agrega: &#8220;Nadie ha enseñado esto a estudiantes de postgrado desde 1960 (…)<b> </b><strong>Son los cuentos de hadas que se han demostrado falsos.</strong> Es muy reconfortante en tiempos de crisis volver a los cuentos de hadas que escuchábamos cuando éramos niños, pero esto no los hace menos falsos&#8221;. Cochrane agrega que &#8220;el gobierno emitirá bonos para pedir prestado, lo que significa que los inversores al comprar<b> </b><strong>bonos del Tesoro de EEUU</strong> dejarán de invertir en acciones o productos, anulando el efecto de estímulo&#8221;.</p>
<p><strong>Edward Prescott</strong>, de la <strong>Arizona State University</strong>, quien ganó un <strong>premio Nobel de Economía</strong> <strong>en 2004</strong> por su estudio sobre los ciclos económicos, hizo esta contribución: &#8220;Los economistas en el campo están profundamente divididos sobre la cuestión del estímulo federal (…) No sé por qué Obama dijo que todos los economistas están de acuerdo en esto. Ellos no lo están&#8221;.</p>
<p><strong>Eugene Fama</strong>, de la <strong>Universidad de Chicago</strong>, declaró: &#8220;Los rescates y planes de estímulo son financiados mediante la emisión de más deuda pública (¡<strong>el dinero debe venir de alguna parte</strong>!). La deuda, agregó, absorbe los ahorros que de otro modo irían a inversión privada&#8230; a pesar de la existencia de recursos ociosos, los rescates y planes de estímulo no agregan nada a los recursos actuales en uso. Acaban de mover recursos de un uso a otro&#8221;.</p>
<p>De Long concluye que &#8220;el argumento de los señores Fama, Prescott, Cochrane, Barro, Poole y compañía es lo que los economistas llaman la<b> </b><strong>Ley de Say</strong>. Es la afirmación de que las decisiones de aumentar el gasto, ya sea que vengan del gobierno o de cualquier otra persona, no pueden estimular la economía y aumentar el empleo y la producción porque la demanda debe ser creada por la oferta. <strong>Si el gobierno gasta, alguien más debe recortar sus gastos</strong>&#8220;. &#8221;Así que ahora, <strong>no puedo decir que somos todos keynesianos. Lo más que puedo decir es que deberíamos serlo&#8221;.</strong></p>
<p><strong>La respuesta de Luigi Zingales</strong></p>
<p>Y que podemos tomar de lo dicho por Luigi Zingales, quien se suponía defendería una posición opuesta a la de De Long. <strong>Se pregunta: &#8220;¿Qué significa ’ser keynesiano’?</strong> Simplemente creer en el papel de los componentes de la demanda en la determinación de la producción total es una caracterización insuficiente. Un verdadero keynesiano difiere, en tanto que él también cree que: 1)<b> </b><strong>La política monetaria no es la herramienta más eficaz para estabilizar la economía</strong> y puede ser completamente ineficaz en algunas circunstancias (<strong>trampa de liquidez</strong>); 2) <strong>la política fiscal es eficaz</strong> y el gasto del gobierno es la herramienta preferida; 3)<b> </b><strong>la intervención del gobierno funciona y las consecuencias a corto plazo son más importantes que las de largo plazo&#8221;.</strong></p>
<p>&#8220;Con esta definición en mente, hay cuatro formas en las cuales la afirmación ‘todos somos keynesianos’ puede ser interpretada. Sugiero que la declaración es falsa en tres de cuatro de estas interpretaciones&#8221;. &#8220;<strong>La primera interpretación es que la profesión económica ha llegado a un consenso sobre las posiciones keynesianas. Esta declaración es definitivamente falsa.</strong> Si usted navega a través de los artículos publicados en la revista líder de la <strong>American Economic Association</strong> en 2008, verá que sólo uno de los 12 artículos que se ocupan de las cuestiones macroeconómicas (Código JEL E) soporta (aunque muy indirectamente) la idea de una política fiscal de expansión como una herramienta política. Un desequilibrio aún mayor está en el pináculo de nuestra profesión. Entre los 37 ganadores del premio Nobel de Economía en los últimos 20 años, cuatro recibieron el premio por sus contribuciones a la macroeconomía. Ninguno de ellos podría ser considerado keynesiano. De hecho, es difícil encontrar trabajos académicos que apoyan la idea de un estímulo fiscal&#8221;.</p>
<p><strong>&#8220;La segunda interpretación posible es que existe un consenso entre los economistas en que las causas de la crisis actual es keynesiana.</strong> <strong>Incluso en esta interpretación la declaración es falsa</strong>. No creo que ningún economista se atrevería a decir que la actual crisis económica de EEUU ha sido causada por <strong>subconsumo</strong>. Con cero de ahorro personal y un gran déficit presupuestario del gobierno de <strong>Bush</strong> hemos tenido una de las políticas keynesianas más agresivas en la historia&#8221;. &#8220;La adhesión a los principios de Keynes no sólo no evitaron el desastre económico actual, sino que incluso han contribuido enormemente a la causa. El deseo keynesiano de gestionar la demanda agregada, haciendo caso omiso de los costos a largo plazo, impulsado por <strong>Alan Greenspan</strong> y <strong>Ben Bernanke</strong> a mantener las tasas de interés extremadamente bajas en 2002, impulsaron el consumo excesivo de las familias y la asunción de riesgos excesivos por parte del sector financiero. Más importante aún ha sido la formación keynesiana de nuestros responsables políticos lo que les ha llevado a ignorar el papel que desempeñan los incentivos en las decisiones económicas.</p>
<p><strong>La principal diferencia entre Keynes y la economía moderna es el énfasis en los incentivos.</strong> Keynes estudió la relación entre los agregados macroeconómicos, sin ninguna consideración por los incentivos subyacentes que conducen a la formación de estos agregados. Por el contrario, la economía moderna basa todos sus análisis sobre los incentivos. En 1998, cuando el<b> </b><strong>co-Fed</strong> coordinó el rescate de <strong>Long Term Capital Management</strong>, no se preocuparon por el impacto que esta decisión tendría sobre los incentivos para asumir riesgos y la liquidez adecuada de precios. Cuando el señor Bernanke diseñó el rescate de <strong>Bear Stearns</strong>, no se preocuparon por el impacto que esta decisión tendría sobre los incentivos de los otros bancos de inversión para aumentar el capital social a precios bajísimos. Cuando cambió de posición dos veces en el espacio de dos días, dejando a Lehman caer, pero rescatando a <strong>AIG</strong>, no se preocuparon por el impacto que tendría en la confianza de los inversores y los incentivos para invertir.</p>
<p>Éste es el <strong>comportamiento errático</strong> que ha asustado al mercado y ha creado la actual crisis económica: en una encuesta reciente el 80% de los estadounidenses declaran que tienen menos confianza de invertir en el mercado como consecuencia de la forma en que el gobierno ha intervenido”. “Si los principios keynesianos y la educación son la causa de la depresión actual, es difícil imaginar cuál puede ser la solución. Por lo tanto, incluso la tercera interpretación que deben seguir las recetas keynesianas para combatir la actual crisis económica, es falsa. No discuto la idea de que algún tipo de intervención del gobierno puede aliviar las condiciones económicas actuales, y que una política económica keynesiana puede hacerlo. Con un déficit de cuenta corriente que en 2008 fue de 614 mil millones dólares, un déficit presupuestario que fue 455 mil millones dólares y los gastos militares de 731 mil millones dólares, es difícil argumentar que el gobierno no está estimulando la demanda lo suficiente.</p>
<p>L<strong>a crisis actual no es una crisis de demanda, es una crisis de confianza.</strong> <strong>El mal gobierno corporativo, junto con las políticas del mal gobierno, ha destruido al sector financiero</strong>, asustando a los inversores y congelando los préstamos. Es como si una bomba nuclear hubiera destruido todas las carreteras de EEUU, y afirmaran que para mitigar el impacto económico de un evento semejante, debería invertir en los bancos. Es posible que con el tiempo haya un <strong>efecto goteo.</strong> Pero si el problema es de los caminos, lo que necesitamos es reconstruir los caminos, no subsidiar al sector financiero. Y si el problema es el sector financiero, se deseará solucionar este problema y no la construcción de carreteras”.</p>
<p>“La única interpretación en virtud de la cual la declaración en cuestión es cierta es que ‘nosotros’ el pueblo estadounidense y sus<br />
representantes elegidos sean todos keynesianos. <strong>El keynesianismo ha conquistado los corazones y las mentes de los políticos y las personas comunes y corrientes, ya que proporcionan una justificación teórica para el comportamiento irresponsable.</strong> La ciencia médica ha establecido que uno o dos vasos de vino al día son buenos para su salud a largo plazo, pero ningún médico recomienda a un alcohólico en recuperación seguir esta receta. Lamentablemente, los economistas keynesianos hacen exactamente esto.<b> </b><strong>Le dicen a los políticos, que son adictos a gastar nuestro dinero, que los gastos del gobierno son buenos.</strong> <strong>Y qué decir a los consumidores, que se ven afectados por problemas graves de gasto, que el consumo es bueno, mientras que el ahorro es malo.</strong> En la medicina, tal comportamiento tendría que ser expulsado de la profesión médica; en economía, le ofrece un trabajo en Washington”. Un 37 % de los lectores de <strong><i>The Economist</i></strong> que votaron en la encuesta afirmaron que SÍ, que &#8220;hoy somos todos keynesianos&#8221;. Un 63 % dijo que NO, que esta afirmación carece de sentido.</p>
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		<title>¿Es posible un retorno al patrón oro?</title>
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		<pubDate>Tue, 23 Jul 2013 05:31:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adrián Ravier</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Analistas económicos y políticos de posiciones diversas han coincidido en aseverar que la crisis financiera internacional encuentra su causa en la política monetaria que maneja la Reserva Federal de los Estados Unidos. Éstos no apuntan sólo a la mala política monetaria que creó la burbuja inmobiliaria, sino también al modo en que se ha administrado el dinero desde 2008... <a href="http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/07/23/es-posible-un-retorno-al-patron-oro/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Analistas económicos y políticos de posiciones diversas han coincidido en aseverar que la <strong>crisis financiera internacional</strong> encuentra su causa en la política monetaria que maneja la <strong>Reserva Federal de los Estados Unidos</strong>. Éstos no apuntan sólo a la mala política monetaria que creó la <strong>burbuja inmobiliaria</strong>, sino también al modo en que se ha administrado el dinero desde 2008 en adelante, depreciando el dólar y exportando con ello algunos problemas internos de Estados Unidos al resto del mundo.</p>
<p>Analistas de Estados Unidos, Europa y Asia empezaron a preguntarse entonces si es posible crear una alternativa a este inestable patrón dólar, y la primera respuesta que surgió no fue el <strong>euro</strong>, la <strong>libra</strong>, el <strong>marco</strong> <strong>suizo</strong>, el <strong>yen</strong> <strong>japonés</strong> o el <strong>yuan</strong> <strong>chino</strong>, sino un posible retorno al oro. El <strong>Congreso de Estados Unidos</strong> incluso creó una comisión a la que distintos teóricos e historiadores de la moneda y la banca han sido invitados para exponer sus posiciones.</p>
<p><span id="more-82"></span>Lo que aquí nos proponemos -siguiendo a <strong>Lawrence H. White</strong>- es responder a los diez argumentos centrales que la literatura presenta en contra de un retorno al <strong>patrón oro</strong>, incluyendo argumentos de presidentes de la Reserva Federal como <strong>Alan Greenspan </strong>y <strong>Ben Bernanke</strong>, economistas de renombre como <strong>Tyler Cowen</strong> y <strong>Paul Krugman</strong>, y analistas como <strong>Eduardo Porter</strong> y <strong>Jesús Fernández</strong> <strong>Villaverde</strong>. Al respecto, un especialista en temas monetarios como <strong>Friedrich Hayek</strong> reflexionaba en 1943: &#8220;El patrón oro, como sabemos, tuvo indudablemente grandes defectos, pero corremos el gran peligro de que su condena, hoy día de moda, pueda oscurecer el hecho de que también tuvo grandes virtudes, ausentes en la mayoría de sus alternativas&#8221;.</p>
<p>Analicemos entonces los diez argumentos centrales que expone la literatura:</p>
<p><strong>   1. El patrón oro deja que la cantidad de dinero sea determinada por fuerzas accidentales</strong></p>
<p>Hay un germen de verdad en este punto, puesto que el patrón oro permite que la cantidad de dinero en circulación sea determinado por las fuerzas de la oferta y la demanda en el mercado del oro. Sin embargo, en el sistema vigente de Banca Central y dinero fiat la oferta de dinero es controlada por las decisiones de un comité de expertos de la Reserva Federal. La pregunta que queda es bajo cuál sistema se comporta mejor la cantidad de dinero y su poder adquisitivo.</p>
<p>La experiencia dicta que<b> </b><strong>el stock de oro nunca fue estable.</strong> Sin embargo, durante el mayor descubrimiento de oro en <strong>California</strong>, en 1848, la caída del poder adquisitivo del dinero fue ínfima. En el intervalo de mayor inflación, el índice general de precios para los Estados Unidos subió de 5.71 en 1849 a 6.42 en 1857, un incremento de 12.4 % en un período de ocho años. La literatura es clara en este respecto, en expertos de historia monetaria como <strong>Hugh Rockoff</strong> o <strong>Rolnich</strong> y <strong>Weber.</strong></p>
<p><strong>   2. El patrón oro produciría una deflación dañina</strong></p>
<p>Si bien el patrón oro ofreció bastante estabilidad mientras operó, es cierto que en ciertos momentos hubo <strong>deflación de precios</strong>. Por ejemplo, entre 1880 y 1900, Estados Unidos evidenció un prolongado período de deflación récord. Sin embargo, dicho período no fue para nada desastroso en la economía real. El producto real per cápita comenzó dicho período en $3.379 y terminó en $4.943 (ambos medidos en dólares de 2000). El crecimiento real per cápita fue más que saludable con un 46 %, lo que implica que el producto real más que se duplicó.</p>
<p>Es así que, como explica <strong>George Selgin</strong>, los economistas debemos aprender a distinguir un proceso de deflación benigna y saludable, de otro dañino, como el que en efecto ocurrió entre 1929-1933 en la conocida <strong>Gran Depresión</strong>. La deflación benigna sería aquella que viene acompañada por aumentos de productividad, donde la caída de precios sólo redunda en un aumento del salario real.</p>
<p><strong>   3. El patrón oro fue responsable de los pánicos bancarios del siglo XIX y de la contracción monetaria de 1929-33, con la consecuente gran depresión</strong></p>
<p>La contracción monetaria de 1929-33 es precisamente el ejemplo clásico de la deflación dañina. Pero hay que notar que ésta no se generó bajo la existencia de un sistema de patrón oro, sino precisamente bajo la atenta mirada de la Reserva Federal. Uno podría observar el caso de <strong>Canadá</strong> en el período 1929-33 y ver que efectivamente bajo patrón oro no hubo pánico. Tampoco encontramos pánicos en Canadá en el siglo XIX. Fue el sistema de Banca Central en definitiva el que debilitó al sistema bancario.</p>
<p><strong>   4. El beneficio del patrón oro (controlar la inflación) se podría alcanzar con un costo menor, simplemente controlando la cantidad de dinero fiat</strong></p>
<p>Si bien este condicional es cierto, en la práctica no ocurrió tal cosa. El propio Alan Greenspan ha explicado que lo mejor que la Reserva Federal puede hacer en política monetaria es intentar replicar exactamente lo que un sistema de patrón oro habría hecho en cada caso. Greenspan incluso ha reconocido que en los años &#8217;70 la Reserva Federal generó una inflación acelerada porque el patrón oro no limitó la política monetaria. Y es que en ausencia de competencia las autoridades monetarias no tienen conocimiento ni incentivos para administrar bien el dinero.</p>
<p>Además, aun reconociendo que en los últimos 30 años la inflación ha sido más baja que en el período de posguerra, aun estos niveles de inflación actuales son mayores que los que evidenció el sistema de patrón oro. Por otro lado, el costo del sistema de patrón oro ha sido exagerado por los economistas, incluso por <strong>Milton Friedman</strong>, al asumir que el 100 % de la <strong>oferta monetaria (M2)</strong> debía estar respaldada en oro. Pero <strong>Lawrence H. White</strong> ha demostrado bajo su estudio de la historia monetaria que un sistema de banca libre con reserva fraccionaria puede operar con sólo un 2 % de los billetes respaldados en oro, lo cual reduce drásticamente la cantidad de oro necesaria para retornar a dicho sistema. Finalmente, debemos señalar que dicho costo es realmente muy bajo en relación con los daños que el sistema de Banca Central ha generado en la sociedad en el último siglo.</p>
<p><strong>   5. El patrón oro no implica ningún límite, porque el gobierno podría devaluar o simplemente suspender la obligación de respaldar sus billetes en cualquier momento que lo desee</strong></p>
<p>Objeciones como ésta podrían presentarse a otras normas o reglas, como es el caso de la Constitución. Pero aun así, las reglas constitucionales resultan útiles. <strong>Kydland </strong>y <strong>Prescott </strong>han señalado exitosamente la necesidad de fijar reglas para la política monetaria, lo cual redunda en un compromiso de parte de las autoridades monetarias, al mismo tiempo que ofrecen previsibilidad.</p>
<p>De más está decir que el patrón oro no es la única regla. El propio Milton Friedman ha ofrecido su regla de una tasa de crecimiento monetario fija para cada período, o los objetivos de inflación regulan hoy la política monetaria de varios bancos centrales. Pero el patrón oro tiene una historia mucha más extensa y exitosa que estas reglas alternativas y es la única alternativa que no requiere de un banco central.<b> </b><strong>Dejar la política monetaria en manos de banqueros privados bajo competencia, en lugar de la institución gubernamental, como era el caso de Estados Unidos antes de 1913, elimina la posibilidad de las dañinas sorpresas monetarias. </strong>También es cierto que el gobierno puede suspender el patrón oro en situaciones de emergencia como fue el caso en la Guerra Civil, pero el espíritu del patrón oro presiona para retornar al sistema y a la paridad, como de hecho ocurrió en Estados Unidos, según han demostrado Bordo y Kydland.</p>
<p><strong>   6. El patrón oro, como cualquier sistema de tipo de cambio fijo, es vulnerable a la especulación</strong></p>
<p><strong>Nicolás Cachanosky</strong> ha explicado que en un sistema de patrón oro no hay tipos de cambio, por lo que no puede haber especulación sobre ellos. Lo que sí tenemos es paridad, pero la aclaración es necesaria. Lo que abre la puerta a la especulación es la debilidad de la paridad que ofrece un sistema monetario, sea el sistema de patrón oro o cualquier otra moneda de reserva. Un Banco Central puede ser débil, y ése es precisamente cuando combinamos un sistema de Banca Central con el patrón oro. Afortunadamente, <strong>el patrón oro no requiere de un Banco Central</strong>. White y Selgin muestran que con un sistema de emisores privados de dinero descentralizado, no hay institución capaz de devaluar, por lo que no hay razones para esperar la peligrosa especulación.</p>
<p><strong>   7. El dinero fiat es necesario para que un prestamista de última instancia responda a las necesidades de liquidez del sistema bancario</strong></p>
<p>La historia muestra que un prestamista de última instancia prácticamente no sería necesario bajo un sistema monetario sólido y estable. Nuevamente vale la pena comparar el caso de Estados Unidos y Canadá en el siglo XIX. En los casos excepcionales donde tal cosa fuera necesaria, <strong>Richard H. Timberlake</strong> enseña que las cámaras de compensación pueden resolver el problema.</p>
<p><strong>   8. El cambio a un sistema de patrón oro involucra costos masivos de transición</strong></p>
<p><strong>El costo de transición para retornar al patrón oro sería muy bajo.</strong> A diferencia del caso europeo con la transición al <strong>euro</strong>, no sería necesario redenominar los precios, porque la denominación del dólar se mantendría. A la tasa adecuada entre dólar y oro, los precios no necesitarían pegar un salto.</p>
<p><strong>   9. Abandonamos el patrón oro en primer lugar por buenas razones</strong></p>
<p>Como bien explica <strong>Juan Carlos Cachanosky</strong>, en 1933 el presidente <strong>Roosevelt </strong>devaluó el dólar de $20.67 a $35 por onza de oro, pero el problema no era el patrón oro, sino la debilidad del sistema de la Reserva Federal. La deflación se podría haber resuelto con una mejor política monetaria y reforma bancaria, pero sin abandonar el patrón oro.</p>
<p>En 1971 <strong>Nixon</strong> declaró la inconvertibilidad del dólar con el oro porque la propia Reserva Federal había expandido la oferta monetaria demasiado como para mantener la paridad del dólar en $35 la onza. Se hubiera evitado esto si la Reserva Federal no hubiera aplicado políticas monetarias tan agresivas en los años 1960.</p>
<p><strong>Benjamin Anderson</strong> o <strong>Murray Rothbard</strong> explican que no fueron las reglas del patrón oro las que fallaron. Fue, más bien, la Reserva Federal la que falló.</p>
<p><strong>   10. No hay oro suficiente y Estados Unidos no puede recrear el sistema de Patrón Oro internacional por sí mismo</strong></p>
<p>Sí hay oro suficiente para retornar al patrón oro “si definimos correctamente el precio del dólar en términos de oro”. Pero la segunda parte de este argumento ha quedado para el final porque representa la objeción más fuerte presentada contra el retorno a este sistema. Un retorno unilateral de Estados Unidos al patrón oro privaría a su economía de los beneficios de un sistema de patrón oro internacional. Es por ello que un acuerdo global resulta necesario. Esto, sin embargo, no parece ser un gran obstáculo. <strong>En tiempos tan inestable como los actuales, la búsqueda de un sistema monetario sólido está a la orden del día. Un retorno global al oro puede ser la solución real a la crisis financiera global de los últimos años.</strong></p>
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