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	<title>Alberto Benegas Lynch (h) &#187; Chantal Mouffe</title>
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		<title>A raíz de Miguel Wiñazki</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Jan 2016 09:51:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Mucho se ha escrito sobre lo que ha dado en denominarse populismo, algunos trabajos de fondo y otros de difusión (como la tan eficaz Gloria Álvarez), pero en todos los casos parecería que se prefiere eludir el término “socialismo”. En ciertas situaciones porque sus autores provienen de esa tradición de pensamiento y en otras por simple moda o conveniencia dialéctica.</p>
<p>Lo cierto es que en mayor o menor medida, la definición medular la ofreció Marx (no Groucho, del cual no pocos parecen derivar sus elucubraciones, sino Karl): la abolición de la propiedad privada tal como reza el <i>Manifiesto comunista</i> en su eje central. También puede adherirse a la conjetura de la honestidad intelectual de Marx, puesto que su tesis de la plusvalía y la consiguiente explotación no la reivindicó una vez aparecida la revolucionaria teoría subjetiva del valor expuesta por Carl Menger en 1870, que echó por tierra con la teoría del valor-trabajo marxista. Por ello es que después de publicado el primer tomo de <i>El capital </i>en 1867 no publicó más sobre el tema, a pesar de que tenía redactados los otros dos tomos de esa obra, tal como nos informa Friedrich Engels en la introducción al segundo tomo veinte años después de la muerte de Marx y treinta después de la aparición del primer tomo. Contaba con apenas 49 años de edad cuando publicó el primer tomo y siendo un escritor muy prolífico se abstuvo de publicar sobre el tema central de su tesis de la explotación; sólo publicó dos trabajos adicionales en otro contexto: sobre el programa Gotha y el folleto sobre la comuna de París.<span id="more-1292"></span></p>
<p>En realidad,<strong> lo que terminó de demoler la tesis marxista —y en general las estatistas— fue la contribución de Ludwig von Mises en 1920 sobre la imposibilidad de cálculo económico, evaluación de proyectos y contabilidad en ausencia de propiedad privada y, por ende, de precios.</strong> En otros términos, en esta línea argumental, no hay tal cosa como economía socialista, ya que, por ejemplo, no se sabe si conviene construir los caminos con oro o con asfalto si no hay precios de mercado.</p>
<p>De todos modos, como dice el ex marxista Bernard-Henri Lévy en su <i>Barbarism with Human Face</i>: “Aplíquese marxismo en cualquier país que se quiera y siempre se encontrará un Gulag al final”. Este es el sentido por el que Stéphane Courtois <i>et al. </i>escriben en <i>El libro negro del comunismo</i><i> </i>que ese sistema asesinó a más de cien millones de personas hasta el momento. Y no es cuestión de buenas intenciones, puesto que estas son irrelevantes; lo importante son los resultados: por más que se adopte un socialismo moderado siempre se trata de atropellar derechos y estrangular libertades. Incluso en la isla-cárcel cubana el tilingaje se refiere a la educación, sin percibir la diferencia con el adoctrinamiento y el lavado de cerebro, a la par de la llamada salud pública, que, como bien explica la neurocirujana cubana Hilda Molina, consiste en pocilgas inauditas e inhumnas con una vidriera para ciertos enfermos VIP que hacen propaganda al sistema.</p>
<p>El problema básico de todo estatismo radica en los energúmenos de diverso color político que pretenden dirigir vidas y haciendas ajenas concentrando ignorancia, en lugar de comprender que el conocimiento está fraccionado y disperso entre millones de personas y que su coordinación es ajena a los caprichos de los engendros de la planificación de las pertenencias de otros. Los estatistas de toda laya no se percatan del nexo causal entre las tasas de capitalización y los ingresos y los salarios en términos reales, que no son un asunto voluntarista, sino de marcos institucionales que garantizan la libertad de cada cual (esto explica, por ejemplo, la diferencia en el nivel de vida entre Uganda y Canadá).</p>
<p>Uno de los libros que más ha calado hondo a favor del populismo es el de Ernesto Laclau titulado <i>La razón populista</i> (sobre el cual escribí en abril del año pasado en mi columna en <b>Infobae</b> junto con un comentario sobre otra de sus obras: <i>Nuevos resultados sobre la revolución de nuestro tiempo</i>). Pero ahora aparece no un simple <i>review</i> crítico sobre el primero de los libros mencionados de Laclau, sino un ensayo formidable por la calidad de su contenido, por cierto exhaustivo, y por la destreza en el manejo de la pluma. Se trata del anti-Laclau por excelencia (y anti-Chantal Mouffe, su mujer) titulado <i>Crítica de la razón populista,</i> cuyo autor es Miguel Wiñazki.</p>
<p>El libro de marras muestra la máscara del populismo “para encubrir el traspaso del dinero grande” hacia los que se esconden en el poder político y se presentan siempre como parte de un melodrama en medio de batallas y victorias celestiales. Explica Wiñazki: “La razón populista es la cosmovisión filosófica que concibe dos entidades sociopolíticas irreductiblemente antagónicas. El pueblo y al antipueblo.<b> El populismo propone una batalla cultural para promover e instituir la hegemonía del pueblo sobre el antipueblo</b>”.</p>
<p>Por nuestra parte, traemos a colación el hecho de que esta es la receta fundamental de Antonio Gramsci, en el sentido de tomar la cultura y la educación, puesto que, con mucha razón, para bien o para mal, el resto se da por añadidura. Si no se estudian los valores y los principios de una sociedad abierta (para recurrir a terminología popperiana), es imposible que tenga lugar el respeto recíproco, lo cual subrayamos es la esencia del liberalismo (no la estupidez del neoliberalismo, ya que ningún intelectual de fuste se reconoce bajo esa etiqueta que sólo ha servido para continuar con la corrupción y el ensanchamiento del Leviatán).</p>
<p>Miguel Wiñazki concuerda que la democracia entendida como los Giovanni Sartori de nuestra época en cuanto a que las mayorías no pueden avasallar los derechos de las minorías se ha transformado en pura cleptocracia, a saber, Gobiernos de ladrones de libertades, de propiedades y de sueños de vida, lo cual ejemplifica con los bufones del Orinoco, el gobernante ecuatoriano, el boliviano y los Kirchner y concluye en esta materia: “Después de décadas de populismo, lo más concreto y tangible son los pobres”. Es decir, <b>se usa a los pobres en la articulación de discursos demagógicos pero el resultado, como señala el autor, es indefectiblemente el incremento de la pobreza en un ámbito de permanente clientelismo social </b>que se sustenta en una miserable explotación de los más necesitados.</p>
<p>Otro punto neurálgico que subraya Wiñazki del populismo es la xenofobia nacionalista, siempre haciendo uso (y abuso) de terminología épica (lo cual me recuerda un ensayo de mi autoría de hace años titulado “Nacionalismo: cultura de la incultura” publicado en una revista académica chilena, <i>Estudios Públicos,</i> y que se encuentra en internet).</p>
<p>También el autor que venimos comentando se detiene con fuerza argumental en los permanentes ataques a la libertad de expresión, un aspecto trascendente que nos retrotrae a lo consignado por Thomas Jefferson: “Frente a la alternativa de no contar con gobierno y disponer de libertad de prensa, por una parte, y por otra tener gobierno sin esa libertad, prefiero decididamente lo primero”. Los populismos no resisten la crítica, que es precisamente la misión del periodismo independiente (valga el pleonasmo).</p>
<p>Otras cuatro características que destaca este autor de la crítica populista son el estado “de beligerancia permanente”, “la oscuridad de las cuentas públicas”, “la adhesión, de rodillas a la Biblia oficialista” y la tendencia “a borronear la división de poderes”. Agregamos que aquel servilismo humillante y denigrante es a veces peor que la actitud prepotente y arrogante de los gobernantes populistas: cuando se hace un paneo televisivo y se ven los rostros de los aplaudidores oficiales da pavor y mucha vergüenza, un público integrado también por mal llamados empresarios que se amamantan del privilegio estatal y detestan la competencia y los mercados abiertos, ya que el populismo “es fascismo sin geometría marcial”. Los Gobiernos populistas, escribe también Wiñazki, “requieren de un eco y nada más que eso”.</p>
<p>Hay todavía otro acierto del responsable de <i>Crítica a la razón populista</i> y es el desafortunado uso de la expresión “militante” (y esto va para cualquier posición política), una palabreja que proviene de la organización militar rígida y vertical, lo cual está en las antípodas de cualquier manifestación en el campo civil y que más bien se condice con el circo público. Nada hay más parecido a un autómata que reniega de la condición propiamente humana que un militante con las consiguientes consecuencias éticas y estéticas. Es “el colapso de la razón”, dice certeramente Wiñazki.</p>
<p>Las referencias bibliográficas que aparecen en este libro son en su mayoría sumamente jugosas. Rescato la que alude a Gustave Le Bon, con su notable explicación del fenómeno nocivo de las masas, donde “lo que se acumula no es la sensatez sino la imbecilidad”, al decir de ese pensador; a Étienne de la Boetié y su análisis de gran calado sobre las cadenas que la gente se coloca al apoyar con su obediencia borrega a gobernantes descarriados; al gran George Steiner y, claro está, al correr de la pluma, irrumpe el ogro filantrópico de Octavio Paz.</p>
<p>Wiñazki demuestra con afilada argumentación seguramente lo más dañino de los populismos en cuya prédica: “Los espíritus libres son herejes” en medio de “conspiraciones permanentes” y una “pasión loca por monopolizar el uso de la palabra”.</p>
<p>Por último, el autor subraya: “El Papa [actual] tiene muy buenas relaciones con los regímenes populistas latinoamericanos” y destaca la influencia de sacerdotes tercermundistas, no solamente en la construcción de populismos, sino, como es de público conocimiento, en la fabricación de movimientos violentos. Lo cita a Loris Zanatta, quien afirma: “los Morales, los Castro, los peronistas y los sandinistas […] Son estas las raíces del populismo en América latina y Bergoglio siempre adhirió a ellas”. Por lo que me toca, advertí de esto, entre otros, en mi artículo en <i>La Nación</i> titulado “La malvinización del papa Francisco” (por aquella manifestación de bipolaridad propia de muchos argentinos de euforia y depresión resumida en el período de auge en “el que no salta es un inglés”, antes del derrumbe anímico que naturalmente siguió a esa disparatada aventura militar que puso fin a un Gobierno que combatió al terrorismo con procedimientos repulsivos y absolutamente inaceptables).</p>
<p>Como en todo trabajo hay facetas que no compartimos (en este caso colaterales); incluso en los escritos de uno mismo revisados luego de un tiempo comprobamos que podíamos haber mejorado la marca, puesto que como ha apuntado Jorge Luis Borges —citando a Alfonso Reyes—, dado que no hay texto perfecto “si no publicamos, nos pasamos la vida corrigiendo borradores”. Pero para mi nota periodística semanal basta con lo dicho.</p>
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		<title>Ernesto Laclau</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Apr 2014 10:49:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Se ha escrito mucho sobre el autor que figura en el encabezado de esta nota  pero observo que la mayoría, sea para criticarlo o para aplaudir lo que dice, se aferra a sus extensos e interminables textos farragosos, en tramos ininteligibles, construidos en base a una larga cadena de galimatías conceptuales. No es que todo lo que escribió Laclau sea incomprensible; hay pasajes muy claros, pero parecería que <strong>el estilo obedece a una estrategia que consiste en tirar la estocada con una idea-fuerza y luego adornarla largamente con una escritura sin sentido alguno para impresionar a los snobs y a los acomplejados</strong> (me refiero a aquellos que cuando no entienden conjeturan que el que escribe “debe saber mucho”). Karl Popper aludía a esos escritores reiterando que “la búsqueda de la verdad solo es posible si hablamos sencilla y claramente […] Para mí, buscar la sencillez y la lucidez es un deber moral de todos los intelectuales: la falta de claridad es un pecado y la presunción un crimen”.</p>
<p>No quiero abusar de la paciencia del lector pero tomo más o menos al azar una de las parrafeadas típicas de Laclau, esta vez de su libro <i>Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo,</i> al efecto de ilustrar lo dicho para que cada uno juzgue por sí mismo. Por ejemplo: “Toda tipografía presupone un espacio dentro del cual la distinción entre regiones y niveles tiene lugar, ella implica, en consecuencia, el cierre del todo social, que es lo que permite que éste último sea aprehendido como una estructura inteligible que asigna identidades precisas a sus regiones y niveles. Por si toda objetividad es sistemáticamente rebasada por un exterior sustitutivo, toda forma de unidad, articulación y jerarquización que pueda existir entre varias regiones y niveles será el resultado de una construcción contingente y pragmática y no una conexión esencial que pueda ser reconocida”.</p>
<p>Lamentablemente, en lo personal, al dirigir tesis doctorales, he comprobado que no son pocos los alumnos que arrastran una especie de inercia en cuanto a que en sus monografías y similares durante la carrera de grado <strong>les han inoculado la manía del oscurantismo</strong> como si fuera un camino fértil para exhibir supuestos conocimientos sofisticados. En estos casos, se consume bastante tiempo en volver a la normalidad. Alan Sokal y Jean Bricmont han ilustrado magníficamente el punto señalado cuando publicaron un muy celebrado ensayo con referato en <i>Social Text</i>, luego de lo cual declararon que se estaban burlando de la comunidad académica ya que el trabajo contenía disparates superlativos y se aprestaron a publicar su propia refutación, a lo que la dirección del <i>journal</i> en cuestión concluyó que “no tenía altura académica” por lo que los autores decidieron publicar todo el material y el relato de lo sucedido en un libro titulado<strong> <i>Imposturas intelectuales.</i></strong></p>
<p>Vamos entonces lo que estimamos es el núcleo del mensaje de Laclau en sus escritos, las estocadas a las que nos referimos más arriba. En el libro que hemos citado de este autor sostiene en el contexto de su adhesión a la teoría de la plusvalía que “la clásica falacia liberal acerca de la relación entre obrero y capitalista consiste en reducir a esta última a su forma jurídica -el contrato entre agentes económicos libres- y que la crítica a esta falacia consiste en mostrar la desigualdad de las condiciones a partir de las cuales capitalista y obrero entran en la relación de producción”.</p>
<p>En esta misma línea argumental escribe el mismo autor en la misma obra que “en el caso de que la gestión del proceso económico deje de estar en las manos privadas del capitalista y pase a ser una gestión social, la emancipación del capitalista respecto del productor directo es transferida a la comunidad en su conjunto. Lo que el productor directo pierde en términos de autonomía individual, lo gana por otro lado con creces en tanto miembro de una comunidad” y, como remedio, sugiere “una intervención consciente, por lo tanto, permite regular la realidad crecientemente dislocada del mercado” puesto que “el mito del capitalismo liberal fue de un mercado absolutamente autorregulado”.</p>
<p>Este es en una cápsula el núcleo duro de Laclau en materia económica. Una perspectiva nada original pero que rebalsa en errores muy sustanciales. Primero, los salarios e ingresos en términos reales son consecuencia de las tasas de capitalización, es decir, fruto del ahorro interno y externo que hacen de apoyo logístico para elevar el nivel de vida. <strong>Los arreglos contractuales son siempre entre desiguales lo cual significa asimetrías en gustos y en informaciones, de lo contrario no se llevarían a cabo</strong>. En cuanto a las desigualdades patrimoniales, en un mercado abierto éstas responden a las votaciones de los consumidores en el plebiscito diario del supermercado y equivalentes, lo cual, a su vez, permite incrementar las antedichas inversiones, especialmente para bien de los más necesitados. Como hemos puntualizado en otras oportunidades, esto último no ocurre cuando los empresarios dejan de estar compelidos a satisfacer las demandas del prójimo puesto que sus riquezas se deben al privilegio otorgado por el poder político.</p>
<p>Por otra parte, en el mercado del cual todos formamos parte cuando adquirimos lo que necesitamos (incluso los libros de Laclau) las compras y ventas de bienes y servicios significan intercambios de derechos de propiedad y cuando éstos se vulneran se alteran los precios que al trasmitir señales falsas obstaculizan la contabilidad y la evaluación de proyectos hasta, en el extremo, tal como ocurría antes de la demolición del Muro de la Vergüenza en Berlín, se elimina toda posibilidad de cálculo económico. La idea de la llamada dirección estatal “conciente” es precisamente a lo que el premio Nobel en Economía Friedrich Hayek combate y refuta en su <i>La fatal arrogancia. Los errores del socialismo</i>. <strong>La función de los gobiernos en una sociedad abierta consiste en proteger los derechos de los gobernados, marcos institucionales que Laclau rechaza tal como veremos enseguida.</strong></p>
<p>Por último, afirmar que lo que pierde el capitalista lo gana con creces la comunidad cuando la gestión la lleva a cabo el aparato estatal pasa por alto el hecho de que la asignación de los siempre escasos factores de producción operan a ciegas si no se administran por aquellos que los consumidores consideran más eficientes para atender sus requerimientos y, por ende, el traspaso de la gestión empresaria al Leviatán inexorablemente significa una pérdida neta o, más bien, un derroche.</p>
<p>En otro de sus libros titulado <i>La razón populista </i>comienza afirmando que <strong>“la noción misma de individuo no tiene sentido en nuestro enfoque” puesto que se dirige a ese antropomorfismo denominado “pueblo” basado en la supremacía de la mayoría sin cortapisas conducida por el líder</strong> con quien se establece un “lazo libidinal” en el contexto de un enfrentamiento al “otro antagónico” (las variantes capitalistas) en donde no hay división de poderes sino que <strong>el Poder Legislativo y el Judicial necesariamente deben acompañar las decisiones hegemónicas</strong>. Por eso no es de extrañar que, como lo señaló en una entrevista en <i>Página/12</i> titulada “Vamos a una polarización institucional”, que subraye su adhesión al peronismo, al chavismo y a todos sus imitadores para concluir que, en este ámbito, “soy partidario hoy en América latina de la reelección presidencial indefinida”, esto es, puro bonapartismo.</p>
<p>Con su mujer -Chantal Mouffe- también ha publicado ensayos y un libro de gran difusión titulado <i>Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia </i>donde, como queda dicho, entienden la democracia como las mayorías ilimitadas a contracorriente de toda la tradición democrática que desde sus comienzos ha enfatizado en el respeto a las minorías, lo cual está representado contemporáneamente por Giovanni Sartori y tantos otros intelectuales de gran calado.</p>
<p>Laclau se aparta de la tradición estrictamente marxista para ubicarse en un posmarxismo, así consigna en el libro citado en primer término que “yo nunca he sido un marxista total” puesto que <strong>“nuestro trabajo puede ser visto como una extensión de la obra de Gramsci”</strong>, en definitiva, “yo no he rechazado el marxismo. Lo que ha ocurrido es muy diferente, y es que <strong>el marxismo se ha desintegrado y creo que me estoy quedando con sus mejores fragmentos”.</strong></p>
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