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	<title>Alberto Benegas Lynch (h) &#187; Erich Fromm</title>
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		<title>Tras el poder</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Sep 2015 09:37:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>No me refiero a la capacidad de hacer algo sino al dominio sobre otros. En primer lugar, como ha señalado Erich Fromm, quien ejerce el poder o quienes lo desean tienen una personalidad siempre débil, puesto que es del todo insuficiente, por lo que necesitan del sujeto dominado para completar su vacío existencial, ya que no se sienten alimentados con su ser en verdad escuálido.</p>
<p>Desde que James Buchanan y Gordon Tullock explicaron el <i>public choice, </i>ya no cabe la sandez de sostener la teoría del “servidor público” en abstracto de los intereses personales, ya que se trata de sujetos que persiguen los suyos igual que cualquier mortal, es decir, no hay acciones desinteresadas (en verdad una perogrullada, dado que se actúa porque está en interés del sujeto actuante). Es cierto, sin embargo, <b>que en algunos casos puede estar en interés del político hacer el bien a otros, pero, como es de público conocimiento, la situación más frecuente es que se trata de individuos que buscan la foto, los favores <i>non</i> <i>sanctos</i></b>, cuando no, los dineros malhabidos.</p>
<p>Hay pigmeos mentales que toda su vida sueñan con ser ministros y equivalentes solo para satisfacer sus inclinaciones, aunque comprenden que no podrán hacer bien las cosas, puesto que no se han tomado el trabajo de abrir caminos con ideas liberales de fondo. Muchos son los que describen incendios, pero muy pocos son los que se detienen a explicar el foco del fuego y el modo de eliminarlo.<span id="more-1074"></span></p>
<p>Este panorama ocurre ya se trate del derecho divino de los reyes o del derecho ilimitado de las mayorías en sistemas de democracia pervertida, tal como apunta Bertrand de Jouvenel en su monumental <i>On Power. Its Nature and the History of its Growth</i>. El poder en este sentido se opone al amor, tal como lo explica magníficamente León Tolstoi en <i>The Law of Love and the Law of Violence </i>y también Ronald V. Sampson en su <i>The Psychology of Power, </i>donde ilustra su idea contraponiendo en los extremos la figura de Jesús a la de Adolf Hitler.</p>
<p>En general <b>los que ocupan posiciones en la estructura política son vistos con admiración por la gente, en lugar de mirarlos como sus empleados siempre con recelo</b>, y mayor el recelo cuanto mayor el poder, según escribió Lord Acton en correspondencia con el obispo inglés Mandell Creighton, que reclamaba mayor condescendencia para quienes detentan poder, de donde surge la célebre sentencia de aquel historiador decimonónico respecto al correlato entre corrupción y poder.</p>
<p>Hace bastante tiempo escribí sobre lo que considero la génesis del poder en un trabajo que titulé “La radiografía del poder” -para AIPE, que lo distribuyó-, que ahora en parte reitero y que puede describirse en el contexto de seis pasos sucesivos.</p>
<p>En primer término, la relación hombre-mujer. No pocas son las personas que desde su más tierna infancia se acostumbran a ver en su hogar, en la relación de sus padres, una relación de fuerza. La relación macho-hembra como una cuestión de músculo. Este es un cuadro de situación en el que no prevalece la argumentación mejor, sino la amenaza de la fuerza bruta: “Esto es así porque lo digo yo”. <b>Este espectáculo bochornoso del más primitivo salvajismo produce cierto acostumbramiento al escenario dominante-dominado.</b></p>
<p>La segunda etapa se extiende a la relación padres-hijos. Son muy frecuentes los casos en donde se imponen conductas e ideas “porque somos tus padres”, o más directamente “porque me da la gana” como toda respuesta. Casos en donde está mal visto que los hijos discutan con sus padres y cuestionen ideas y valores. No se trata de un intercambio pacífico de opiniones, sino de una relación de fuerza. Se impone, la discusión termina con manifestaciones absurdas de autoridad que se aceptan debido a las amenazas tácitas o explícitas.</p>
<p>La tercera etapa en esta serie de acontecimientos lamentables en los que se va creando un cierto acostumbramiento al sojuzgamiento servil se traslada al ámbito de la educación formal, en la que los Gobiernos establecen pautas, textos y sobre todo estructuras curriculares desde ministerios de educación y equivalentes. De este modo, <b>a través de la cadena de mandos, se crea una atmósfera enrarecida en el estudiantado</b>. Muchos terminan por resignarse y dar por sentado que la educación debe imponerse desde el vértice del poder y que de ninguna manera es fruto de arreglos contractuales entre educadores y educandos. A su vez, los profesores de escuelas y sus directivos no pueden ejecutar buena parte de sus iniciativas porque tienen la espada de Damócles: la Gestapo moderna, esto es, los inspectores de los aludidos ministerios y reparticiones gubernamentales. En este clima también es frecuente que se hagan formar a los alumnos al efecto de cantar cotidianamente marchas guerreras que son complementadas por los frecuentes regalos de padres a hijos varones de soldaditos, metralletas, misiles y otras manifestaciones de violencia, como fomentar que los adolescentes practiquen esos jueguitos virtuales donde gana el que mata más.</p>
<p>El cuarto capítulo se refiere a la influencia que tiene la opinión de los demás sobre el individuo, ya preparado a una conciencia colectivista y masiva. <b>Las opiniones mayoritarias anulan el pensamiento propio de la persona acomplejada de sus propias ideas</b>, todo esto como consecuencia de los climas que se han ido acumulando en las etapas anteriormente señaladas. La opinión dominante envuelve a las personas con baja autoestima y gran inseguridad de sus propios juicios y hace que se ahogue cualquier manifestación de su voz interior. Sofocan esta voz y la sustituyen por “el pensamiento colectivo”. Así, el hombre masificado deja de tener auténtica voz para convertirse en puro eco. En esta instancia, conviene recordar el conocido experimento por el que se le dice a un grupo de personas menos a una que se pronuncie equivocadamente sobre los tamaños relativos de bastones exhibidos en pantalla, con lo que se comprueba que en definitiva el individuo no informado del truco termina por manifestarse como lo hace el grupo, aunque el error sea evidente.</p>
<p>La quinta sección de este análisis frecuentemente termina en el diván del psicoanalista por parte de personas confundidas y aterradas de salirse del libreto, que propone la articulación de los discursos de los demás con lo que habitualmente intensifican su relación de dependencia. Esta vez con un profesional, que no siempre encamina las cosas hacia su debido cauce, tal como lo apunta Thomas Szasz en su obra <i>The Myth of Mental Illness</i>.</p>
<p>La última etapa (o el noveno círculo si se quiere hacer un paralelo con la figura de Dante) es la exacerbación y la adoración del poder político que se manifiesta en grado creciente en el uso y el abuso de la fuerza enquistada en instituciones contrarias a los principios básicos de una sociedad abierta. Se explicita este sexto capítulo a través de la <b>mayor e irrefrenable politización de las relaciones sociales, relegando los acuerdos voluntarios y pacíficos a un segundo o tercer plano</b>. El avance del Leviatán tiene así preparado el camino para el atropello a los derechos de las personas en un clima del acostumbramiento a la dependencia y a la reverencia al poder. De este modo, los individuos abandonan su condición humana para transformarse en autómatas o más precisamente en una pestilente y amorfa masa de carne que obedece ciegamente al líder, puesto que no alcanza a comprender la diferencia sideral entre la autoridad moral y la autoridad impuesta que le han enseñado a reverenciar para convertirse en aplaudidor oficial.</p>
<p>Es por esto último que la persona, cuando opera en el terreno político, se suele identificar como “militante”, una palabra agraviante que indebidamente se extrapola a lo civil: deriva de la cadena de mandos, de la obediencia debida y del ámbito militar, lo cual no tiene relación alguna con el mundo de la civilidad (claro que en no pocos casos se trata de mequetrefes que se limitan al coro, que pretenden decorar con saltos más o menos histéricos, que no reflejan rasgos de pensamiento alguno).</p>
<p>Este proceso decadente y muy maloliente, fruto del paisaje desolador descrito, solo puede revertirse en la medida en que aparezcan personas con coraje y honestidad intelectual y que se pongan de pie para defender a rajatabla sus autonomías individuales y la de su prójimo, y asuman de esta manera su condición de humanos, a saber, mostrar aprecio por lo más precioso de sus facultades: la capacidad de decidir, de elegir su destino y asumir las correspondientes responsabilidades.</p>
<p>Termino esta nota periodística con la mención de una parte sustancial de la tradición liberal-lockena-hayekiana en cuanto a que <b>la legislación contraria al derecho debe ser combatida y revertida y no acatada sumisamente si se desea vivir en libertad</b>. Al fin y al cabo, como ha dicho Benedetto Croce, la historia debe ser vista como “la hazaña de la libertad”, en cuyo contexto el costo de esa preciada libertad “es su eterna vigilancia”, tal como expresó Thomas Jefferson.</p>
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		<title>Amar al prójimo</title>
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		<pubDate>Sat, 15 Aug 2015 10:44:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Antes de entrar al fondo del asunto que ahora nos convoca, es de interés precisar que el aspecto medular del amor implica trasmitir alimento para el alma, que es lo más preciado del ser humano; sin duda que además de ello hay ayudas físicas y otras consideraciones que rodean el bienestar de las personas. Alimento del alma porque es lo que caracteriza la condición humana, esto es, estados de conciencia o la mente que permiten el libre albedrío y distinguen a la persona de aspectos puramente materiales y configuran lo de mayor jerarquía. Los kilos de protoplasma no deciden ni hacen posible las ideas autogeneradas, la racionalidad, la argumentación, la existencia de proposiciones verdaderas y falsas, la moralidad de los actos y la misma libertad. Los seres humanos no somos loros. El alma, la traducción de ‘psique’ en griego, es lo más preciado del hombre y lo que lo separa de todas las otras especies conocidas.</p>
<p>La ayuda al prójimo, la caridad, puede ser material o de apostolado y se define en el contexto de un acto voluntario realizado con recursos propios, sean estos crematísticos o de trasmisión de conocimientos para la aludida alimentación espiritual (depende de las circunstancias, se debate si en verdad es mejor regalar un pescado en lugar de enseñar a pescar).<span id="more-1012"></span></p>
<p>Ahora viene un asunto de la mayor importancia y es el concepto de interés personal<b>. Todos los actos se llevan a cabo por interés personal</b>. <b>En el lenguaje coloquial se suele hablar de acciones desinteresadas para subrayar que no hay interés monetario, pero el interés personal queda en pie</b>. En verdad se trata de una perogrullada: Si el acto en cuestión no está en interés de quien lo lleva a cabo, ¿en interés de quién estará?</p>
<p>Estaba en interés de la madre Teresa el cuidado de los leprosos, está en interés de quien entrega su fortuna a los pobres la realización de esa transferencia, puesto que su estructura axiológica le señala que esa acción es prioritaria. También está en interés del asaltante de un banco que el atraco le salga bien y también para el masoquista que la goza con el sufrimiento y así sucesivamente. Todas las acciones contienen ese ingrediente, ya sean actos sublimes o ruines. Una buena o mala persona se define por sus intereses.</p>
<p>En esta línea argumental, Erich Fromm escribe en <i>Man for Himself. An Inquiry into the Psychology of Ethics</i>: “La falla de la cultura moderna no estriba en el principio del individualismo, no en la idea de que la virtud moral equivale al interés personal, sino en el deterioro del significado del interés personal; no en el hecho de que la gente está demasiado interesada en su interés personal, sino en que no están interesados lo suficiente en su yo”. Es decir, el problema radica en que la gente no se ocupa lo suficiente de cuidar su alma.</p>
<p>Es curioso, pero en la interpretación convencional parecería que uno tiene que <b>abdicar de uno mismo, lo cual constituye una traición grotesca a la maravilla de haber nacido</b>. La primera obligación es con uno mismo y, además, si no hay amor propio, no puede haber ningún tipo de amor hacia el prójimo. La persona que se odia a sí misma es incapaz de amar a otro, puesto que el amar al prójimo necesariamente debe proporcionar satisfacción al sujeto que ama.</p>
<p>Es sumamente interesante detenerse a meditar sobre la reflexión de Santo Tomás de Aquino en la materia, así, en la <i>Suma Teológica, </i>afirma: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo, por lo que se ve que el amor del hombre para consigo mismo es como un modelo del amor que se tiene a otro. Pero el modelo es mejor que lo modelado. Luego el hombre por caridad debe amarse más a sí mismo que al prójimo” (2da., 2da., XXVI, art. IV).</p>
<p>En el “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” la clave radica en el adverbio “como”. Hay solo tres posibilidades: Que el amor sea igual, mayor o menor. Las dos primeras constituyen inconsistencias lógicas, por ende, se trata de la tercera posibilidad. En el primer caso, si fuera igual, no habría acción alguna, puesto que para que exista acción debe haber preferencia; la indiferencia, en este caso la igualdad, no permite ningún acto. Si en un desierto hay una persona muriéndose de sed y tiene una botella de agua a la derecha y otra a la izquierda y se mantiene indiferente, se muere de sed. Para no sucumbir debe preferir, esto es, inclinarse más por una de las alternativas. Cuando alguien entra a un bar y manifiesta que quiere una bebida y el mozo le informa que tiene Coca y Pepsi y le pregunta qué prefiere, si la respuesta es que le da lo mismo, de hecho estará frente a tres variantes: elegir Coca, elegir Pepsi o delegar la decisión en el mozo, pero si se mantiene indiferente e indeciso frente a uno de los tres caminos, no beberá nada.</p>
<p>En segundo lugar, si se sostuviera que el amor al prójimo es mayor que el amor propio, se estaría incurriendo en un sinsentido, puesto que, como queda dicho, el motor, la finalidad de la acción, la brújula, el mojón y el punto de referencia es el interés personal, lo cual define la acción, que, por ende, no puede ser menor que el medio a que se recurre para lograr ese cometido. En consecuencia, <b>es siempre menor el amor al prójimo que a uno mismo</b>. Esto incluso se aplica al que da la vida por un amigo: Ese arrojo y esa decisión se lleva a cabo porque para quien entrega la vida por un amigo es un acto por él más valorado que cualquier otra acción alternativa.</p>
<p>A veces se confunden conceptos, porque aparecen problemas semánticos de peso. <b>El interés personal no debe ser confundido con el egoísmo, ya que esta última expresión significa que el medio que le satisface al sujeto actuante no está nunca fuera de su propio ser</b>. De este modo, no es concebible para el egoísta la satisfacción y el bienestar de otros. El interés personal, sin embargo, abarca acciones cuyos medios para la satisfacción de quien actúa son también otros o incluso principalmente otros. En este sentido, es pertinente recordar una reflexión de uno de los más destacados pensadores de la escuela escocesa del siglo XVIII, Adam Ferguson, quien en su <i>History of Civil Society </i>afirma: “Por su parte, el término benevolencia no es empleado para caracterizar a las personas que no tienen deseos propios; apunta a aquellos cuyos deseos las mueven a provocar el bienestar de otros”. Y esto se aplica también a “dar en caridad hasta que duela”, puesto que para quien la lleva a cabo significa que el dolor del caso está en interés de quien entrega, nuevamente sea lo crematístico o el apostolado.</p>
<p>Otra expresión un tanto confusa y que además se traduce en una contradicción es la de altruismo, si se la define con el ingrediente que señala el diccionario de la Real Academia Española en cuanto a que consiste en la “complacencia en el bien ajeno aun a costa del propio”, materia que han explorado filósofos de fuste en distintas ocasiones. Hacer el bien a costa del propio bien hemos visto que resulta en un imposible, puesto que quien hace el bien es porque prefiere esa conducta, es porque le hace bien, es porque le interesa proceder en esa dirección.</p>
<p>También es de gran importancia no confundir la autoestima con el narcisismo. Lo primero es esencial para actualizar las potencialidades de cada uno, es fundamental para construir la personalidad y para saber enfrentar lo que puedan hacer o decir los demás, es vital para tener el valor de escuchar la propia conciencia y, consecuentemente, para la honestidad intelectual. En otros términos, para evitar lo que escribió Alexis de Tocqueville en <i>La democracia en América</i>: “El poder moral de la mayoría hace que internamente individuos se avergüencen de contradecirla, que, en efecto, los silencian y ese silencio culmina con la paralización del pensamiento”.</p>
<p>Por su parte, el narcisismo bloquea por completo la posibilidad de prestar atención a reflexiones y consideraciones que no sean las propias, lo cual no toma en cuenta que el conocimiento conlleva la característica de la provisionalidad abierta a posibles refutaciones. Desafortunadamente <b>a veces se confunde el narcisismo con el individualismo, ya que este último término significa ni más ni menos el respeto a las autonomías de cada uno y para nada el aislacionismo, por el contrario, suscribe con entusiasmo la cooperación libre y voluntaria entre las personas</b>. En cambio, son los socialismos o los llamados comunitarismos colectivistas los que son aislacionistas al trabar cada vínculo entre las personas, desde las tarifas aduaneras mal llamadas “proteccionistas” y las infinitas intervenciones de los aparatos estatales entre partes que actúan de modo legítimo.</p>
<p>El interés personal y la autoestima apuntan a la felicidad de cada uno, que es el objeto último de todos. Nathaniel Branden en su notable libro titulado <i>Honoring the Self </i>afirma: “La barrera más grande a la felicidad es el sinsentido de sostener que la felicidad no constituye nuestro destino”. Bertrand Russell, en <i>La conquista de la felicidad</i>,<i> </i>explica: “Un hombre que se preocupara de que comieran los demás olvidándose de comer él mismo moriría […] [Por otro lado] es imposible adquirir la libertad espiritual, en que la verdadera felicidad consiste, porque es esencial para la felicidad que nuestra manera de vivir surja de nuestros impulsos más profundos y no de los gustos y deseos accidentales de los que son, por casualidad, nuestros vecinos o nuestros amigos”.</p>
<p>El bien otorga paz interior y tranquilidad de conciencia que permiten rozar destellos de felicidad que es la alegría interior, pero no se trata solo de no robar, no matar, acariciar a los niños y darle de beber a los ancianos. <b>Se trata de actuar como seres humanos contestes de la enorme e indelegable responsabilidad de la misión de cada uno encaminada a contribuir, aunque más no sea milimétricamente, a que el mundo sea un poco mejor respecto al momento del nacimiento</b>, siempre en el afán del propio mejoramiento, sin darle descanso a renovados proyectos para el logro del noble propósito de que prime el respeto recíproco. Edward de Bono en <i>La felicidad como objetivo </i>nos dice: “El marxismo sugirió que el hombre debería mirar la felicidad del Estado antes que la suya personal; y si el Estado parecía requerir su sufrimiento, este era entonces necesario para la felicidad del Estado […] [en otras palabras] la entrega del yo a algún poder externo”.</p>
<p>En resumen, no hay nada más sublime que el amor que tiene distintos grados de acercamiento y profundidad según sea el tipo de relación, de la establecida con los progenitores, la conyugal, la prole, de alumnos, amigos y el vínculo con quienes necesitan ayuda en diversos planos, pero <b>debe estarse muy en guardia de quienes alardean de amor al prójimo, mientras proponen sistemas autoritarios que prostituyen la misma noción de amor y, en la práctica, fomentan el odio</b>. También, como consigna Tibor Machan en su obra titulada <i>Generosity</i>,<i> </i>“Un acto de generosidad requiere como primer requisito la propiedad privada”, puesto que la beneficencia y la solidaridad requieren la entrega de lo que pertenece al donante. Entregar por la fuerza el fruto del trabajo ajeno es un asalto, aunque pueda ser legal. En no pocos casos hay que estar en guardia con los que declaman a los cuatro vientos el amor, porque habitualmente son narcisistas que en definitiva no lo practican con nadie, cuando no proponen políticas que conducen a graves confrontaciones.</p>
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