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	<title>Alberto Benegas Lynch (h) &#187; Individualismo</title>
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		<title>A propósito de John Dos Passos</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Sep 2015 11:23:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Este escritor (1896-1970) es considerado <strong>uno de los más destacados de la literatura estadounidense del siglo veinte</strong>. Se apartó de la narrativa lineal para, tal como se ha indicado, incursionar en una especie de extrapolación del collage en pintura a la escritura al relatar historias simultáneas sin aparente conexión, lo cual se percibe especialmente en su <i>Manhattan Transfer</i>, justamente para describir muchas vidas y acontecimientos distintos de personas de muy diversos orígenes que buscaban un destino mejor en la Nueva York de la estatua de la libertad con las célebres, generosas y hospitalarias líneas de Emma Lazarus al pie.</p>
<p>Dos Passos comenzó siendo socialista en su juventud, tradición que abandonó a raíz de su viaje a la Unión Soviética tal como describe ese tránsito intelectual en sus memorias (<i>Años inolvidables</i>).</p>
<p>En este artículo me detendré a escudriñar dos de sus ensayos, “Pensamientos en un teatro de Roma” y, especialmente, “A Question of Elbow Room” (que no tiene una traducción exacta). <strong>Borges sostenía que hay escritos que no puede traducirse</strong>, por ejemplo, “estaba sentadita”. En nuestro caso, puede traducirse pero de manera parcial como “una cuestión de espacio vital” pero no es exacta (como se ha dicho, “it´s raining cats and dogs” puede traducirse como “llueve mucho” pero naturalmente no que “llueven gatos y perros” etc. Siempre hay que tener en cuenta lo consignado por Victoria Ocampo en cuanto a que “no se puede traducir a puro golpe de diccionario”).</p>
<p>En todo caso, comencemos con este último ensayo que nos ocupará más espacio que el primero donde el autor alude a la importancia del individualismo como respeto a las autonomías individuales y no como peyorativamente se lo suele entender, es decir, como la apología del aislamiento y la autarquía que en realidad es propugnada por los socialismos, intervencionismos y “proteccionistas”. Precisamente, el individualismo permite abrir de par en par las relaciones interindividuales para beneficio de las partes involucradas.</p>
<p>Nuestro autor destaca a Chaucer como pionero en su <i>Cantebury Tales</i> al centrar la atención en la individualidad de sus personajes, que según él cambió la forma de hacer literatura y atribuye esta tendencia a la evolución del derecho y al consiguiente respeto recíproco en las instituciones inglesas. Dos Passos define muy bien el “elbow room” como inseparable de la dignidad de la condición humana y de su necesaria libertad.</p>
<p>Se detiene a considerar lo que ha venido ocurriendo en el tradicional baluarte del mundo libre que poco a poco ha abandonado la filosofía jeffersionana del pensamiento independiente y la posibilidad que cada uno siga su camino, asumiendo la responsabilidad por sus actos, para en su lugar “enseñar a las personas a ajustarse a las demandas de la sociedad y del estado” y escribe que Jefferson “al igual que su contemporáneo escocés, Adam Smith, confiaba en los resultados del interés personal” que desde luego no incluye la lesión de iguales derechos.</p>
<p>Reitera que en Estados Unidos, “edificar un Estado que permita el mayor ´elbow room´ parece un concepto obsoleto” tendencia que dice el autor deberíamos sustituir por <strong>“la pasión por el individualismo en lugar de la conformidad”</strong> <strong>y sostiene que aparentemente “el primer resultado de la comunicación masiva y la educación masiva ha sido el nivelar el pensamiento al más bajo común denominador, muy cerca del nivel del idiota”</strong>, cosa que desde luego no significa dejar de preocuparse por la extensión de ambas cosas las que Dos Passos admira cuando de excelencia se trata.</p>
<p>Por último, señala y advierte los riesgos de la votación mayoritaria <i>ilimitada</i> y en ese contexto lo cita a Thomas Maculay que en una carta a H. S. Randall dice: “Siempre he estado convencido de que las instituciones puramente democráticas [ilimitadas en el proceso electoral respecto a los derechos de las minorías] tarde o temprano destrozarán la libertad o la civilización o más bien las dos”.</p>
<p>Como he apuntado antes,  Robert Nozick ha escrito que no hay tal cosa como “el bien social”, no cabe el antropomorfismo de lo social, no es una entidad con vida propia. Es la persona, el individuo, que piensa, siente y actúa. En el extremo, resulta tragicómico cuando se afirma que Inglaterra propuso tal o cual cosa a lo que le contestó África de esta o aquella manera, en lugar de precisar que fue fulano o mengano el que se expresó en un sentido o en otro.</p>
<p>Como queda dicho, la Escuela Escocesa, especialmente Adam Smith y Adam Ferguson, señaló que en una sociedad abierta cada persona siguiendo su interés personal satisface los intereses de los demás con lo que crean un sistema de coordinación más complejo de lo que cualquier mente individual puede concebir. En libertad, las relaciones sociales se basan en la necesidad de satisfacer al prójimo como condición para mejorar la propia situación. Esto va desde las relaciones amorosas y la simple conversación a los negocios cotidianos de toda índole y especie.</p>
<p>Como también ha destacado Hume y tantos otros pensadores de fuste, el interés personal es la característica central de la condición humana, en verdad resulta en una tautología puesto que si no está en interés del sujeto actuante no habría acción posible. Todos las acciones -sean éstas sublimes o ruines- se basan en el interés personal. Los marcos institucionales de una sociedad libre apuntan a minimizar los actos que lesionan derechos, es decir, el fraude y la violencia.</p>
<p><strong>Es el colectivismo el que bloquea y restringe los arreglos contractuales libres y voluntarios entre las partes</strong> que deja de lado el hecho que el conocimiento está fraccionado y está disperso entre millones de personas, para en cambio concentrar ignorancia al pretender la regimentación de la vida social.</p>
<p>En los procesos de mercado, es decir, en los procesos en que la gente contrata sin restricciones (siempre que no se lesionen derechos de terceros), los precios constituyen las señales e indicadores para poder operar. Cuando los aparatos estatales se inmiscuyen en estos delicados mecanismos, inevitablemente se producen desajustes y desórdenes de magnitud diversa. Como se ha subrayado reiteradamente, en la medida en que los precios no reflejan en libertad las recíprocas estructuras valorativas, se obstaculiza la evaluación de proyectos y la contabilidad y se oscurece la posibilidad de conocer el aprovechamiento o desaprovechamiento del siempre escaso capital.</p>
<p>El colectivismo -el ataque a la propiedad privada- conduce a lo que Garret Hardin bautizó ajustadamente como “la tragedia de los comunes”, a saber, lo que es de todos no es de nadie y se termina por destrozar el bien en cuestión. El colectivismo funde a las personas como si se trataran de una producción en serie de piezas amorfas que pueden manipularse como muñecos de arcilla, en cuyo contexto naturalmente el respeto desaparece.</p>
<p>Como queda expresado, <strong>el individualismo abre las puertas de par en par para que se lleven a cabo obras en colaboración, ese es el sentido por el que el hombre se inserta en sociedad</strong> (la autarquía nacionalista empobrece y embrutece). No es entonces para que lo dominen, sino para cooperar con otros produciendo ventajas recíprocas. El mismo mercado es una obra en colaboración así como lo es el lenguaje y tantas otras manifestaciones de la vida social.</p>
<p>No debe perderse de vista que los múltiples trabajos en colaboración remiten a la consideración y satisfacción del individuo. Por eso, cuando se dice que debe contemplarse el bien común y no la satisfacción individual se está incurriendo en un error conceptual. Como han explicado Michael Novak y Jorge García Venturini, el bien común es el bien que le es común a cada uno, es decir, el bien del conjunto es precisamente la satisfacción legítima de cada cual.</p>
<p>Prácticamente todo es el resultado de obras en colaboración: nuestras ideas son fruto de innumerables influencias de otros pensadores, no hay más que mirar una máquina de afeitar para imaginar los cientos de miles de personas que colaboraron, desde la fabricación del plástico, la combinación del metal, las cartas de crédito, los bancos, los transportes, los departamentos de marketing etc. Solo los megalómanos estiman que sus arrogantes decisiones son consecuencia de su sola voluntad y participación.</p>
<p>Arnold Toynbee en su crítica al colectivismo en <i>Civilization on Trial </i>escribe que “La proposición de que el individuo es una mera parte de un conjunto social puede ser cierta para los insectos, abejas, hormigas y termitas, pero no es verdad en el caso de seres humanos”.</p>
<p><strong>En el segundo ensayo que mencionamos de Dos Passos refuta el mal llamado “Estado Benefactor” y concluye que “una de las enseñanzas de la historia es que naciones enteras y tribus de hombres pueden ser aplastados por el peso imperial de instituciones que sus propios miembros han diseñado”.</strong> En esta línea argumental muestra la coincidencia entre el fascismo y el comunismo y apunta que todas las medidas totalitarias se llevan a cabo alegando “el bien de los trabajadores y campesinos; es la base de lo que podríamos denominar la mentalidad Fidel Castro”.</p>
<p>Finalmente, <strong>subraya que el relativismo prevalente es uno de los más importantes causantes de la decadencia</strong>. Por nuestra parte, hemos escrito en otra ocasión que por el principio de no-contradicción, una proposición no pude corresponderse y no corresponderse simultáneamente con el objeto juzgado (el relativista toma como verdad su relativismo). También cabe destacar que, sin duda, todo lo que entendemos es subjetivo en el sentido de que es el sujeto que entiende, pero cuando hacemos referencia a la objetividad o a la verdad aludimos a las cosas, hechos, atributos y procesos que existen o tienen lugar independientemente de lo que opine el sujeto sobre aquellas ocurrencias y fenómenos que son ontológicamente autónomos. Lo antedicho en nada se contradice con el pluralismo y los diversos fines que persiguen las personas, dado que las apreciaciones subjetivas en nada se contraponen a la objetividad del mundo. Constituye un grosero <i>non sequitur</i> afirmar que del hecho de que las valorizaciones y gustos son diversos, se desprende la inexistencia de lo que es.</p>
<p>Recordemos que Ortega y Gasset en uno de sus trabajos más conocidos afirma que <strong>“la gente es nadie”</strong> ya que <i>gente</i> constituye un antropomorfismo,  de lo que se trata es de establecer relaciones interindividuales con quien nos plazca y que todas las personas son únicas por una sola vez en la historia de la humanidad. Escribe Ortega en ese artículo que “se juega frívolamente, confusamente, con las ideas de lo colectivo, lo social, el espíritu nacional, la clase, la raza […] Pero en el juego las cañas se ha ido volviendo lanzas. Tal vez, la mayor porción de las angustias que hoy pasa la humanidad provienen de él”.</p>
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		<title>Amar al prójimo</title>
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		<pubDate>Sat, 15 Aug 2015 10:44:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Antes de entrar al fondo del asunto que ahora nos convoca, es de interés precisar que el aspecto medular del amor implica trasmitir alimento para el alma, que es lo más preciado del ser humano; sin duda que además de ello hay ayudas físicas y otras consideraciones que rodean el bienestar de las personas. Alimento del alma porque es lo que caracteriza la condición humana, esto es, estados de conciencia o la mente que permiten el libre albedrío y distinguen a la persona de aspectos puramente materiales y configuran lo de mayor jerarquía. Los kilos de protoplasma no deciden ni hacen posible las ideas autogeneradas, la racionalidad, la argumentación, la existencia de proposiciones verdaderas y falsas, la moralidad de los actos y la misma libertad. Los seres humanos no somos loros. El alma, la traducción de ‘psique’ en griego, es lo más preciado del hombre y lo que lo separa de todas las otras especies conocidas.</p>
<p>La ayuda al prójimo, la caridad, puede ser material o de apostolado y se define en el contexto de un acto voluntario realizado con recursos propios, sean estos crematísticos o de trasmisión de conocimientos para la aludida alimentación espiritual (depende de las circunstancias, se debate si en verdad es mejor regalar un pescado en lugar de enseñar a pescar).<span id="more-1012"></span></p>
<p>Ahora viene un asunto de la mayor importancia y es el concepto de interés personal<b>. Todos los actos se llevan a cabo por interés personal</b>. <b>En el lenguaje coloquial se suele hablar de acciones desinteresadas para subrayar que no hay interés monetario, pero el interés personal queda en pie</b>. En verdad se trata de una perogrullada: Si el acto en cuestión no está en interés de quien lo lleva a cabo, ¿en interés de quién estará?</p>
<p>Estaba en interés de la madre Teresa el cuidado de los leprosos, está en interés de quien entrega su fortuna a los pobres la realización de esa transferencia, puesto que su estructura axiológica le señala que esa acción es prioritaria. También está en interés del asaltante de un banco que el atraco le salga bien y también para el masoquista que la goza con el sufrimiento y así sucesivamente. Todas las acciones contienen ese ingrediente, ya sean actos sublimes o ruines. Una buena o mala persona se define por sus intereses.</p>
<p>En esta línea argumental, Erich Fromm escribe en <i>Man for Himself. An Inquiry into the Psychology of Ethics</i>: “La falla de la cultura moderna no estriba en el principio del individualismo, no en la idea de que la virtud moral equivale al interés personal, sino en el deterioro del significado del interés personal; no en el hecho de que la gente está demasiado interesada en su interés personal, sino en que no están interesados lo suficiente en su yo”. Es decir, el problema radica en que la gente no se ocupa lo suficiente de cuidar su alma.</p>
<p>Es curioso, pero en la interpretación convencional parecería que uno tiene que <b>abdicar de uno mismo, lo cual constituye una traición grotesca a la maravilla de haber nacido</b>. La primera obligación es con uno mismo y, además, si no hay amor propio, no puede haber ningún tipo de amor hacia el prójimo. La persona que se odia a sí misma es incapaz de amar a otro, puesto que el amar al prójimo necesariamente debe proporcionar satisfacción al sujeto que ama.</p>
<p>Es sumamente interesante detenerse a meditar sobre la reflexión de Santo Tomás de Aquino en la materia, así, en la <i>Suma Teológica, </i>afirma: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo, por lo que se ve que el amor del hombre para consigo mismo es como un modelo del amor que se tiene a otro. Pero el modelo es mejor que lo modelado. Luego el hombre por caridad debe amarse más a sí mismo que al prójimo” (2da., 2da., XXVI, art. IV).</p>
<p>En el “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” la clave radica en el adverbio “como”. Hay solo tres posibilidades: Que el amor sea igual, mayor o menor. Las dos primeras constituyen inconsistencias lógicas, por ende, se trata de la tercera posibilidad. En el primer caso, si fuera igual, no habría acción alguna, puesto que para que exista acción debe haber preferencia; la indiferencia, en este caso la igualdad, no permite ningún acto. Si en un desierto hay una persona muriéndose de sed y tiene una botella de agua a la derecha y otra a la izquierda y se mantiene indiferente, se muere de sed. Para no sucumbir debe preferir, esto es, inclinarse más por una de las alternativas. Cuando alguien entra a un bar y manifiesta que quiere una bebida y el mozo le informa que tiene Coca y Pepsi y le pregunta qué prefiere, si la respuesta es que le da lo mismo, de hecho estará frente a tres variantes: elegir Coca, elegir Pepsi o delegar la decisión en el mozo, pero si se mantiene indiferente e indeciso frente a uno de los tres caminos, no beberá nada.</p>
<p>En segundo lugar, si se sostuviera que el amor al prójimo es mayor que el amor propio, se estaría incurriendo en un sinsentido, puesto que, como queda dicho, el motor, la finalidad de la acción, la brújula, el mojón y el punto de referencia es el interés personal, lo cual define la acción, que, por ende, no puede ser menor que el medio a que se recurre para lograr ese cometido. En consecuencia, <b>es siempre menor el amor al prójimo que a uno mismo</b>. Esto incluso se aplica al que da la vida por un amigo: Ese arrojo y esa decisión se lleva a cabo porque para quien entrega la vida por un amigo es un acto por él más valorado que cualquier otra acción alternativa.</p>
<p>A veces se confunden conceptos, porque aparecen problemas semánticos de peso. <b>El interés personal no debe ser confundido con el egoísmo, ya que esta última expresión significa que el medio que le satisface al sujeto actuante no está nunca fuera de su propio ser</b>. De este modo, no es concebible para el egoísta la satisfacción y el bienestar de otros. El interés personal, sin embargo, abarca acciones cuyos medios para la satisfacción de quien actúa son también otros o incluso principalmente otros. En este sentido, es pertinente recordar una reflexión de uno de los más destacados pensadores de la escuela escocesa del siglo XVIII, Adam Ferguson, quien en su <i>History of Civil Society </i>afirma: “Por su parte, el término benevolencia no es empleado para caracterizar a las personas que no tienen deseos propios; apunta a aquellos cuyos deseos las mueven a provocar el bienestar de otros”. Y esto se aplica también a “dar en caridad hasta que duela”, puesto que para quien la lleva a cabo significa que el dolor del caso está en interés de quien entrega, nuevamente sea lo crematístico o el apostolado.</p>
<p>Otra expresión un tanto confusa y que además se traduce en una contradicción es la de altruismo, si se la define con el ingrediente que señala el diccionario de la Real Academia Española en cuanto a que consiste en la “complacencia en el bien ajeno aun a costa del propio”, materia que han explorado filósofos de fuste en distintas ocasiones. Hacer el bien a costa del propio bien hemos visto que resulta en un imposible, puesto que quien hace el bien es porque prefiere esa conducta, es porque le hace bien, es porque le interesa proceder en esa dirección.</p>
<p>También es de gran importancia no confundir la autoestima con el narcisismo. Lo primero es esencial para actualizar las potencialidades de cada uno, es fundamental para construir la personalidad y para saber enfrentar lo que puedan hacer o decir los demás, es vital para tener el valor de escuchar la propia conciencia y, consecuentemente, para la honestidad intelectual. En otros términos, para evitar lo que escribió Alexis de Tocqueville en <i>La democracia en América</i>: “El poder moral de la mayoría hace que internamente individuos se avergüencen de contradecirla, que, en efecto, los silencian y ese silencio culmina con la paralización del pensamiento”.</p>
<p>Por su parte, el narcisismo bloquea por completo la posibilidad de prestar atención a reflexiones y consideraciones que no sean las propias, lo cual no toma en cuenta que el conocimiento conlleva la característica de la provisionalidad abierta a posibles refutaciones. Desafortunadamente <b>a veces se confunde el narcisismo con el individualismo, ya que este último término significa ni más ni menos el respeto a las autonomías de cada uno y para nada el aislacionismo, por el contrario, suscribe con entusiasmo la cooperación libre y voluntaria entre las personas</b>. En cambio, son los socialismos o los llamados comunitarismos colectivistas los que son aislacionistas al trabar cada vínculo entre las personas, desde las tarifas aduaneras mal llamadas “proteccionistas” y las infinitas intervenciones de los aparatos estatales entre partes que actúan de modo legítimo.</p>
<p>El interés personal y la autoestima apuntan a la felicidad de cada uno, que es el objeto último de todos. Nathaniel Branden en su notable libro titulado <i>Honoring the Self </i>afirma: “La barrera más grande a la felicidad es el sinsentido de sostener que la felicidad no constituye nuestro destino”. Bertrand Russell, en <i>La conquista de la felicidad</i>,<i> </i>explica: “Un hombre que se preocupara de que comieran los demás olvidándose de comer él mismo moriría […] [Por otro lado] es imposible adquirir la libertad espiritual, en que la verdadera felicidad consiste, porque es esencial para la felicidad que nuestra manera de vivir surja de nuestros impulsos más profundos y no de los gustos y deseos accidentales de los que son, por casualidad, nuestros vecinos o nuestros amigos”.</p>
<p>El bien otorga paz interior y tranquilidad de conciencia que permiten rozar destellos de felicidad que es la alegría interior, pero no se trata solo de no robar, no matar, acariciar a los niños y darle de beber a los ancianos. <b>Se trata de actuar como seres humanos contestes de la enorme e indelegable responsabilidad de la misión de cada uno encaminada a contribuir, aunque más no sea milimétricamente, a que el mundo sea un poco mejor respecto al momento del nacimiento</b>, siempre en el afán del propio mejoramiento, sin darle descanso a renovados proyectos para el logro del noble propósito de que prime el respeto recíproco. Edward de Bono en <i>La felicidad como objetivo </i>nos dice: “El marxismo sugirió que el hombre debería mirar la felicidad del Estado antes que la suya personal; y si el Estado parecía requerir su sufrimiento, este era entonces necesario para la felicidad del Estado […] [en otras palabras] la entrega del yo a algún poder externo”.</p>
<p>En resumen, no hay nada más sublime que el amor que tiene distintos grados de acercamiento y profundidad según sea el tipo de relación, de la establecida con los progenitores, la conyugal, la prole, de alumnos, amigos y el vínculo con quienes necesitan ayuda en diversos planos, pero <b>debe estarse muy en guardia de quienes alardean de amor al prójimo, mientras proponen sistemas autoritarios que prostituyen la misma noción de amor y, en la práctica, fomentan el odio</b>. También, como consigna Tibor Machan en su obra titulada <i>Generosity</i>,<i> </i>“Un acto de generosidad requiere como primer requisito la propiedad privada”, puesto que la beneficencia y la solidaridad requieren la entrega de lo que pertenece al donante. Entregar por la fuerza el fruto del trabajo ajeno es un asalto, aunque pueda ser legal. En no pocos casos hay que estar en guardia con los que declaman a los cuatro vientos el amor, porque habitualmente son narcisistas que en definitiva no lo practican con nadie, cuando no proponen políticas que conducen a graves confrontaciones.</p>
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		<title>Evolución: una apostilla</title>
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		<pubDate>Sat, 04 Oct 2014 10:50:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Es difícil entender la postura de quien se declara opuesto al evolucionismo. Dado que los seres humanos estamos años luz de la perfección en todas las materias posibles, entre otras cosas, debido a nuestra colosal ignorancia, la evolución es el camino para intentar la mejora de la marca respecto de nuestra posición anterior, en cualquier campo de que se trate. Lo contrario es estancarnos en el empecinamiento al mostrarnos satisfechos con nuestros raquíticos conocimientos. Es cierto que en el transcurso de la vida, tomando como punto de referencia el universo, en términos relativos es poco lo que podemos avanzar, pero algo es algo. No hay tema humano que no sea susceptible de mejorarse.</p>
<p>Pero aquí viene un tema crucial: <strong>el simple paso del tiempo no garantiza nada, se requiere esfuerzo de la mente para progresar, básicamente en cuanto a la excelencia de los valores.</strong> También en la ciencia que no abre juicios de valor (simplemente describe), en su terreno específico, el científico genuino tiene presente la ética ya que sin el valor de la honestidad intelectual se convierte en una impostura. El progreso es sinónimo de evolución pero no es un proceso automático, como queda expresado, hay que lograr la meta con trabajo.<span id="more-232"></span></p>
<p>En el siglo xviii, especialmente John Priestley y Richard Price, sostuvieron que, si existe libertad, el hombre inexorablemente progresaría. Este es un punto que debe clarificarse. La libertad es una condición necesaria para el progreso, más no es suficiente. La libertad implica respeto recíproco, lo cual puede existir pero si el hombre se degrada inexorablemente habrá involución y, en última instancia, un ser degradado a niveles del subsuelo, un monstruo cuyo objetivo es, por ejemplo, sistemáticamente perder el conocimiento, tampoco respetará a su prójimo (ni sabrá de que estamos hablando, lo cual, por ejemplo, está sucediendo cada vez con mayor intensidad a raíz de los incentivos perversos que genera la llamada “guerra contra las drogas”, y debe tenerse presente que el tema no es limitarse a abrir el consumo sino especialmente la producción sin lo cual empeora la situación, un aspecto medular que se llevó a cabo para terminar con la catástrofe de la Ley Seca que ha sido reiteradamente enfatizado, entre otros, por Milton Friedman en el contexto de las drogas).</p>
<p>Hans Zbiden nos recuerda la novela de Saltykow -La conciencia perdida- en la que todos los personajes deciden desprenderse de sus respectivas conciencias como algo inútil a los efectos de “sentirse liberados”. Sin embargo, los esfuerzos resultaron contraproducentes puesto que un misterioso desasosiego los empuja a retomar la voz interior y la brújula para que la conducta tenga sentido. El tema se repite en el conocido personaje de Papini, un engendro que la degradación más escalofriante hizo que ni siquiera tuviera un nombre ya que se lo identificaba con un número, igual que en El innombrable de Samuel Beckett.</p>
<p>De cualquier modo, es de gran interés introducir el concepto de la involución al efecto de percatarse de que el cambio no necesariamente significa evolución. En el medio está la conducta del ser humano que puede destruir o construir.</p>
<p>Entre muchos otros, Clarence Carson en <em>The Fateful Turn</em> alude al célebre profesor de filosofía de Harvard, Josiah Royce que en sus obras incluye aspectos de lo que estamos tratando en esta nota, lo hace especialmente en <em>The Word and the Individual</em> y en<em> The Spirit of Modern Philosophy.</em></p>
<p>Royce se detiene a enfatizar que muchas veces se piensa que el progreso equivale a lo nuevo y que hay que adaptarse para pasar por un “ser ajustado” (políticamente correcto diríamos hoy). Esta visión, dice el autor, conduce al fracaso y al retroceso. Aunque en sus primeros trabajos no fue claro al analizar el determinismo en el plano humano, en su última etapa resulta contundente al salirse del cul-de-sac a que inexorablemente conduce ese tema para recostarse en el libre albedrío, en la capacidad de la mente para elegir entre distintos caminos, para refutar a los que sostienen que todo está previamente programado en el ser humano. De este modo obvió las contradicciones de aquella postura puesto que la racionalidad carece de sentido si la razón no juega un rol decisivo, lo cual implica libertad y, en este contexto, vincula estas consideraciones con el evolucionismo que proviene de sujetos pensantes (lo cual no debe interpretarse en el contexto del constructivismo) y no como algo imposible de modificarse, lo cual ocurre en el campo de la biología.</p>
<p>Darwin tomó la idea del evolucionismo de Mandeville que la desarrolló en el campo cultural, dos territorios bien distintos, por ello es que resulta ilegítima la extrapolación de un área a otra como cuando se hace referencia al “darwinismo social”, sin percatarse que el evolucionismo humano trata de selección de normas no de especies y, lo más importante, a diferencia de la biología, los más fuertes trasmiten su fortaleza a los más débiles vía las tasas de capitalización como una consecuencia necesaria aunque no buscada y, a veces, no querida. Todo lo cual es bien distinto de la sandez del llamado “efecto derrame” como si el proceso consistiera en que los menesterosos recibieran algo después de que el vaso de los opulentos rebalse.</p>
<p>En términos más generales,<strong> el progreso está atado al nivel axiológico puesto que inexorablemente descansa en un esqueleto de valores cuya consideración es ineludible para mejorar (aunque “mejorar” es, en otro plano, una estimación subjetiva, desde el punto de vista de cualquier escala de valores es inescindible del respeto recíproco, precisamente para que todos puedan encaminarse a las metas que estimen pertinentes).</strong></p>
<p>Siempre tras el progreso hay ideas que lo sustentan y explican. No hay tal cosa como los ciclos irreversibles de la historia ni “las leyes históricas”, todo depende de lo que hagan diariamente los seres humanos. De lo contrario sería aconsejable descansar y esperar el ciclo favorable. La posición de los Fukuyama son marxismos al revés. Paul Johnson ha escrito con mucha razón que “Una de las lecciones de la historia que uno tiene que aprender, a pesar de ser muy desagradable, es que ninguna civilización puede tomarse por segura. Su permanencia nunca puede considerarse inamovible: siempre habrá una era oscura esperando a la vuelta de cada esquina”.</p>
<p>Por su parte, Arnold Toynbee también insiste en que la civilización es un esfuerzo “hacia una especie más alta de vida espiritual. No puede uno describir la meta porque nunca se la ha alcanzado o, más bien, nunca la ha alcanzado ninguna sociedad humana […] la civilización es un movimiento no una condición, es un viaje y no un puerto”.</p>
<p>Una receta básica en dirección al progreso es el fortalecimiento de las autonomías individuales, es decir, el individualismo<strong>. En no pocas ocasiones se interpreta el individualismo como sinónimo de seres autárquicos que se miran el ombligo cuando, precisamente, significa el respeto recíproco a los efectos de poder interactuar con otras personas de la forma más abierta y fluida posible.</strong></p>
<p>Son los socialismos en sus diversas vertientes los que bloquean y coartan las relaciones interpersonales alegando “proteccionismos”, “culturas nacionales y populares” y similares al tiempo que se le otorgan poderes ilimitados a los gobernantes del momento para atropellar los derechos de la gente, con lo que se quiebra la cooperación social y la dignidad de las personas.</p>
<p>El trabajo en equipo surge del individualismo, a saber, que las personas para progresar descubren que logran mucho más eficientemente sus propósitos que si procedieran en soledad y asilados. Por el contrario, los estatismos al intervenir en los acuerdos libres y voluntarios para cooperar, crean fricciones y conflictos cuando imponen esquemas que contradicen las preferencias de quienes deciden arreglos diferentes y que cumplen con la sola condición de no lesionar derechos de terceros.</p>
<p>Las evoluciones humanas son procesos complejos y lentos que son detenidos o desfigurados cuando el Leviatán se entromete, y cuesta mucho recomponer los desaguisados. Como hemos dicho, el mojón o punto de referencia es siempre el valor moral que cuando se lo decide ignorar por cuenta propia o por entrometimientos del aparato estatal se desmorona la evolución para convertirse en involución como han apuntado autores de la talla de C. S. Lewis en <strong>The Abolition of Man.</strong></p>
<p><strong>Un ejemplo de involución en marcha que interesa a todo el mundo libre es la amenaza que significa la deuda gubernamental estadounidense que algunos tratan como si pudieran expandir el techo de la deuda ad infinitum sin problemas, para lo cual podría directamente eliminarse el tope legal de marras que resulta una parodia, como si se pudiera vivir gastando más de lo que entra para siempre (hoy es de 17 billones o 17 millones de millones de dólares -doce ceros- el 105% del producto).</strong></p>
<p>Por último, un punto muy controvertido en el que desafortunadamente la mayor parte de los literatos no coincide. Es la importancia, al escribir, de dejar algún testimonio de los valores con que se sustenta la sociedad abierta aunque más no sea por alguna hendija colateral (incluso para la supervivencia de los mismos literatos). En este sentido, por ejemplo, comparten enfáticamente lo dicho el citado Giovanni Papini, T. S. Eliot y Victoria Ocampo. No necesito decir que de ningún modo esto debe surgir de una disposición de cualquier índole que sea, lo cual ofendería a todo espíritu libre, se trata de un simple comentario para ser considerado como un andarivel para la defensa propia.</p>
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