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	<title>Alberto Benegas Lynch (h) &#187; Interés personal</title>
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		<title>Doug Casey, para pensar</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Mar 2016 10:19:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Se trata de una persona muy consistente con sus principios, cuyo eje central radica en el valor de la libertad, esto es, concebir la sociedad como interacciones voluntarias en las que prima el respeto recíproco; sólo justifica el uso de la fuerza cuando es de carácter defensivo. En este contexto, cada uno puede hacer de... <a href="http://opinion.infobae.com/alberto-benegas-lynch/2016/03/19/doug-casey-para-pensar/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Se trata de una persona muy consistente con sus principios, cuyo eje central radica en el valor de la libertad, esto es, concebir la sociedad como interacciones voluntarias en las que prima el respeto recíproco; sólo justifica el uso de la fuerza cuando es de carácter defensivo. En este contexto, cada uno puede hacer de su vida lo que le plazca, siempre y cuando no lesione derechos de terceros.</p>
<p>Doug Casey es de hablar pausado y bien articulado, con contenidos muy sustanciales y bien fundamentados. Es un inversionista de dotes excepcionales.</p>
<p><b>Se autodefine como un “especulador internacional”, lo cual subraya un concepto básico, pero poco comprendido.</b> Todos los seres humanos somos especuladores. Todos apuntamos a pasar de una situación menos favorable a juicio de sujeto actuante a una que estimamos que nos proporcionará mayor satisfacción. El acto puede ser ruin o sublime, pero siempre está presente la especulación. Hablar de especulador es equivalente a aludir a la acción humana. Algunos aciertan en sus conjeturas, otros se equivocan, pero todos especulan. La madre especula con que su hijo se encuentre bien, el asaltante a un banco especula con que le saldrá bien el atraco y así sucesivamente.</p>
<p>Como señala Casey, de lo anterior se deriva que todos actuamos en nuestro interés personal. En rigor, no hay tal cosa como acciones desinteresadas, lo cual, por otra parte, pone en evidencia que si un acto no está en interés de quien lo lleva a cabo, simplemente no se ejecutará.<span id="more-1387"></span></p>
<p>Doug Casey es autor de numerosos libros, algunos de los cuales han estado en la lista de bestsellers del <i>New York Times</i>, ha dirigido consultoras de reconocido prestigio, ha pronunciado conferencias en diversas instituciones estadounidenses y del exterior, ha publicado valiosos newsletters de gran tirada, con lectores de todas partes del mundo, ha sido invitado a diversos programas televisivos y ha producido documentales como la célebre <i>Meltdown America.</i> Sin perjuicio de la administración de sus inversiones personales, ahora está trabajando en la escritura de una saga de novelas de gran calado.</p>
<p>En esta nota periodística centro la atención en algunos pocos aspectos de su último libro, titulado <i>Totally Incorrect,</i> que consiste en preguntas y reflexiones que le formula Louis James al autor y que, a su turno, este se explaya en sus consideraciones.</p>
<p>Resumo mi lectura del referido libro en cinco temas. En primer lugar, la preocupación y la alarma de Casey por lo que sucede en Estados Unidos. La deuda pública colosal, el nivel astronómico del gasto del Gobierno central, las absurdas y asfixiantes regulaciones, los inmorales “bailouts” a empresarios incompetentes e irresponsables. La manía por involucrarse en guerras permanentes, la liquidación de las libertades individuales y el consiguiente abandono del debido proceso con la excusa del terrorismo, la inaudita y contraproducente lucha contra las drogas que todo lo corrompe a su paso, la pésima política respecto al medioambiente, que destroza la propiedad privada en nombre de la defensa de la propiedad del planeta, lo dañino de la Reserva Federal y la banca central en general. Además, el inaceptable espionaje a los ciudadanos del país y del extranjero por parte del Gobierno, que en todo se contraponen a los consejos originales de los padres fundadores.</p>
<p>El segundo punto que rescato de la obra es el referido a la educación. Casey señala con énfasis la imperiosa necesidad de eliminar la politización a través de ministerios y secretarías que deciden pautas, textos y estructuras curriculares.<b> Sugiere abrir a la competencia todos los centros educativos y pondera los procedimientos del <i>homeschooling</i>. Muestra que la genuina educación consiste en profesores que estimulen el pensamiento independiente e incentiven el desarrollo de las potencialidades de cada estudiante</b>, al contrario de lo que se considera habitualmente, en el sentido —como consigna el autor— de que los estudiantes “piensan que alguien les dará<i> </i>educación, cuando en realidad la educación es algo que cada uno debe darse a sí mismo”.</p>
<p>En este contexto, como dice en el libro Louis James, el asunto medular de este momento estriba en que en el llamado mundo libre hay demasiada polución intelectual.</p>
<p>En tercer lugar, se refiere extensamente a la idea de caridad. Aclara antes que nada que se trata de un acto realizado con recursos propios y de modo voluntario, al contrario de lo que se piensa de modo generalizado en cuanto a que el aparato estatal es solidario cuando arranca recursos de los vecinos para entregarlos a otros, lo cual no sólo es la antítesis de un acto de caridad o beneficencia, sino que se trata de un asalto. Luego sostiene que, por un lado, es partidario de la caridad individual más bien referida a “enseñar a pescar en lugar de regalar un pescado” y, por otro, desconfía de la institucionalización de asociaciones de caridad, ya que se suelen convertir en burocracias que en parte tuercen sus objetivos hacia los salarios de secretarias y demás funcionarios.</p>
<p>Pero tal vez lo más importante que destaca Casey en este campo es el complejo de culpa de empresarios y la presión social para que entreguen parte de sus ganancias en obras caritativas para “devolver algo de lo que han quitado”. Esta línea argumental me recuerda el magnífico ensayo tan bien documentado de Milton Friedman en <i>The New York Times Magazine, </i>titulado “The Social Responsibility of Buisness is to Increase Profits”. Esto es así debido a que en un mercado abierto y competitivo los empresarios están forzados a atender las demandas de su prójimo para obtener beneficios. Si el empresario da en la tecla con las necesidades de los demás, obtiene ganancias y si yerra, incurre en quebrantos. El cuadro de resultados muestra el camino para que los siempre escasos factores de producción estén en las mejores manos a criterio de los consumidores. Desde luego que esto se extiende a todas las inversiones en las que el empresario, al sacar partida de lo que estima que son costos subvaluados en términos de los precios finales, es decir, a través del arbitraje, ubica recursos en las áreas que conjetura que serán más demandadas.</p>
<p>De más está decir que <b>esto no ocurre con los empresarios prebendarios, cuyos patrimonios no provienen del plebiscito diario en los diferentes mercados presentes o futuros, sino del privilegio y de los mercados cautivos, con lo que se convierten en explotadores de la gente.</b></p>
<p>Otro aspecto del libro de marras es su muy ajustada definición de fascismo, en contraste con el comunismo, donde ambas tradiciones de pensamiento coinciden en la necesidad de demoler la sociedad abierta a través del estrangulamiento de la propiedad privada. El fascismo permite el registro de la propiedad a nombre de particulares, pero usa y dispone del aparato estatal, mientras que el comunismo directamente usa y dispone el gobierno. Señala que en la gran mayoría de los países el fascismo se aplica de modo generalizado en prácticamente todos los campos. Razonamientos que me recuerdan a las cuidadosas elaboraciones de Jean-François Revel en su obra <i>La gran mascarada,</i> en la que se detiene a considerar el estrechísimo parentesco ente el nacional-socialismo y el comunismo.</p>
<p>Por último, en esta reseña parcial y muy telegráfica, termino con un pensamiento del autor sobre los musulmanes: “Hay toda la razón para creer que cualquier grupo perteneciente al mundo islámico intentará defenderse de las Cruzadas medievales enmascaradas como estadounidenses modernos. Retribuirán la lucha no con aviones, misiles y tanques, sino con armas que pueden solventar […]. Algunos, especialmente en círculos de la seguridad nacional, se preguntan discretamente qué se debe hacer con la amenaza musulmana. Mi respuesta es absolutamente nada. No veo a los musulmanes como una amenaza diferente de los cristianos, los judíos, los budistas o cualquier otro grupo religioso. Los que conozco son tan agradables y decentes como cualquier otra persona. Una vez que uno busca una respuesta para el &#8216;tema musulmán&#8217; se está buscando problemas del peor tipo, tal como hicieron los alemanes cuando trataron de responder a &#8216;la amenaza judía&#8217;. Desafortunadamente esta es la dirección en la que se está moviendo Estados Unidos. No dudo que, antes de que termine esta década, aquellos de nosotros que tenemos amigos musulmanes seremos observados como terroristas potenciales por la razón apuntada”.</p>
<p>Por mi parte, agrego que <b>no debe asimilarse un criminal con una denominación religiosa</b>, del mismo modo que no hubiera sido pertinente aludir al “terrorismo cristiano” en épocas de la Inquisición, ya que las hogueras eran encendidas por asesinos seriales disfrazados de religiosos. Muchos fundamentalistas desean aquella confusión, porque las llamaradas del fanatismo pseudoreligioso siempre aniquilan, amputan y matan en nombre de Dios, la bondad y la misericordia.</p>
<p>Espero que a raíz de estos breves comentarios sobre uno de los libros de Doug Casey, haya quienes se interesen en traducir al castellano y publicar el libro referido para beneficio de los lectores del mundo hispanoparlante. Se trata de un hombre íntegro que dice lo que piensa sin rodeos ni subterfugios y, por tanto, no teme a ser políticamente incorrecto.</p>
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		<title>Amar al prójimo</title>
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		<pubDate>Sat, 15 Aug 2015 10:44:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Antes de entrar al fondo del asunto que ahora nos convoca, es de interés precisar que el aspecto medular del amor implica trasmitir alimento para el alma, que es lo más preciado del ser humano; sin duda que además de ello hay ayudas físicas y otras consideraciones que rodean el bienestar de las personas. Alimento del alma porque es lo que caracteriza la condición humana, esto es, estados de conciencia o la mente que permiten el libre albedrío y distinguen a la persona de aspectos puramente materiales y configuran lo de mayor jerarquía. Los kilos de protoplasma no deciden ni hacen posible las ideas autogeneradas, la racionalidad, la argumentación, la existencia de proposiciones verdaderas y falsas, la moralidad de los actos y la misma libertad. Los seres humanos no somos loros. El alma, la traducción de ‘psique’ en griego, es lo más preciado del hombre y lo que lo separa de todas las otras especies conocidas.</p>
<p>La ayuda al prójimo, la caridad, puede ser material o de apostolado y se define en el contexto de un acto voluntario realizado con recursos propios, sean estos crematísticos o de trasmisión de conocimientos para la aludida alimentación espiritual (depende de las circunstancias, se debate si en verdad es mejor regalar un pescado en lugar de enseñar a pescar).<span id="more-1012"></span></p>
<p>Ahora viene un asunto de la mayor importancia y es el concepto de interés personal<b>. Todos los actos se llevan a cabo por interés personal</b>. <b>En el lenguaje coloquial se suele hablar de acciones desinteresadas para subrayar que no hay interés monetario, pero el interés personal queda en pie</b>. En verdad se trata de una perogrullada: Si el acto en cuestión no está en interés de quien lo lleva a cabo, ¿en interés de quién estará?</p>
<p>Estaba en interés de la madre Teresa el cuidado de los leprosos, está en interés de quien entrega su fortuna a los pobres la realización de esa transferencia, puesto que su estructura axiológica le señala que esa acción es prioritaria. También está en interés del asaltante de un banco que el atraco le salga bien y también para el masoquista que la goza con el sufrimiento y así sucesivamente. Todas las acciones contienen ese ingrediente, ya sean actos sublimes o ruines. Una buena o mala persona se define por sus intereses.</p>
<p>En esta línea argumental, Erich Fromm escribe en <i>Man for Himself. An Inquiry into the Psychology of Ethics</i>: “La falla de la cultura moderna no estriba en el principio del individualismo, no en la idea de que la virtud moral equivale al interés personal, sino en el deterioro del significado del interés personal; no en el hecho de que la gente está demasiado interesada en su interés personal, sino en que no están interesados lo suficiente en su yo”. Es decir, el problema radica en que la gente no se ocupa lo suficiente de cuidar su alma.</p>
<p>Es curioso, pero en la interpretación convencional parecería que uno tiene que <b>abdicar de uno mismo, lo cual constituye una traición grotesca a la maravilla de haber nacido</b>. La primera obligación es con uno mismo y, además, si no hay amor propio, no puede haber ningún tipo de amor hacia el prójimo. La persona que se odia a sí misma es incapaz de amar a otro, puesto que el amar al prójimo necesariamente debe proporcionar satisfacción al sujeto que ama.</p>
<p>Es sumamente interesante detenerse a meditar sobre la reflexión de Santo Tomás de Aquino en la materia, así, en la <i>Suma Teológica, </i>afirma: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo, por lo que se ve que el amor del hombre para consigo mismo es como un modelo del amor que se tiene a otro. Pero el modelo es mejor que lo modelado. Luego el hombre por caridad debe amarse más a sí mismo que al prójimo” (2da., 2da., XXVI, art. IV).</p>
<p>En el “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” la clave radica en el adverbio “como”. Hay solo tres posibilidades: Que el amor sea igual, mayor o menor. Las dos primeras constituyen inconsistencias lógicas, por ende, se trata de la tercera posibilidad. En el primer caso, si fuera igual, no habría acción alguna, puesto que para que exista acción debe haber preferencia; la indiferencia, en este caso la igualdad, no permite ningún acto. Si en un desierto hay una persona muriéndose de sed y tiene una botella de agua a la derecha y otra a la izquierda y se mantiene indiferente, se muere de sed. Para no sucumbir debe preferir, esto es, inclinarse más por una de las alternativas. Cuando alguien entra a un bar y manifiesta que quiere una bebida y el mozo le informa que tiene Coca y Pepsi y le pregunta qué prefiere, si la respuesta es que le da lo mismo, de hecho estará frente a tres variantes: elegir Coca, elegir Pepsi o delegar la decisión en el mozo, pero si se mantiene indiferente e indeciso frente a uno de los tres caminos, no beberá nada.</p>
<p>En segundo lugar, si se sostuviera que el amor al prójimo es mayor que el amor propio, se estaría incurriendo en un sinsentido, puesto que, como queda dicho, el motor, la finalidad de la acción, la brújula, el mojón y el punto de referencia es el interés personal, lo cual define la acción, que, por ende, no puede ser menor que el medio a que se recurre para lograr ese cometido. En consecuencia, <b>es siempre menor el amor al prójimo que a uno mismo</b>. Esto incluso se aplica al que da la vida por un amigo: Ese arrojo y esa decisión se lleva a cabo porque para quien entrega la vida por un amigo es un acto por él más valorado que cualquier otra acción alternativa.</p>
<p>A veces se confunden conceptos, porque aparecen problemas semánticos de peso. <b>El interés personal no debe ser confundido con el egoísmo, ya que esta última expresión significa que el medio que le satisface al sujeto actuante no está nunca fuera de su propio ser</b>. De este modo, no es concebible para el egoísta la satisfacción y el bienestar de otros. El interés personal, sin embargo, abarca acciones cuyos medios para la satisfacción de quien actúa son también otros o incluso principalmente otros. En este sentido, es pertinente recordar una reflexión de uno de los más destacados pensadores de la escuela escocesa del siglo XVIII, Adam Ferguson, quien en su <i>History of Civil Society </i>afirma: “Por su parte, el término benevolencia no es empleado para caracterizar a las personas que no tienen deseos propios; apunta a aquellos cuyos deseos las mueven a provocar el bienestar de otros”. Y esto se aplica también a “dar en caridad hasta que duela”, puesto que para quien la lleva a cabo significa que el dolor del caso está en interés de quien entrega, nuevamente sea lo crematístico o el apostolado.</p>
<p>Otra expresión un tanto confusa y que además se traduce en una contradicción es la de altruismo, si se la define con el ingrediente que señala el diccionario de la Real Academia Española en cuanto a que consiste en la “complacencia en el bien ajeno aun a costa del propio”, materia que han explorado filósofos de fuste en distintas ocasiones. Hacer el bien a costa del propio bien hemos visto que resulta en un imposible, puesto que quien hace el bien es porque prefiere esa conducta, es porque le hace bien, es porque le interesa proceder en esa dirección.</p>
<p>También es de gran importancia no confundir la autoestima con el narcisismo. Lo primero es esencial para actualizar las potencialidades de cada uno, es fundamental para construir la personalidad y para saber enfrentar lo que puedan hacer o decir los demás, es vital para tener el valor de escuchar la propia conciencia y, consecuentemente, para la honestidad intelectual. En otros términos, para evitar lo que escribió Alexis de Tocqueville en <i>La democracia en América</i>: “El poder moral de la mayoría hace que internamente individuos se avergüencen de contradecirla, que, en efecto, los silencian y ese silencio culmina con la paralización del pensamiento”.</p>
<p>Por su parte, el narcisismo bloquea por completo la posibilidad de prestar atención a reflexiones y consideraciones que no sean las propias, lo cual no toma en cuenta que el conocimiento conlleva la característica de la provisionalidad abierta a posibles refutaciones. Desafortunadamente <b>a veces se confunde el narcisismo con el individualismo, ya que este último término significa ni más ni menos el respeto a las autonomías de cada uno y para nada el aislacionismo, por el contrario, suscribe con entusiasmo la cooperación libre y voluntaria entre las personas</b>. En cambio, son los socialismos o los llamados comunitarismos colectivistas los que son aislacionistas al trabar cada vínculo entre las personas, desde las tarifas aduaneras mal llamadas “proteccionistas” y las infinitas intervenciones de los aparatos estatales entre partes que actúan de modo legítimo.</p>
<p>El interés personal y la autoestima apuntan a la felicidad de cada uno, que es el objeto último de todos. Nathaniel Branden en su notable libro titulado <i>Honoring the Self </i>afirma: “La barrera más grande a la felicidad es el sinsentido de sostener que la felicidad no constituye nuestro destino”. Bertrand Russell, en <i>La conquista de la felicidad</i>,<i> </i>explica: “Un hombre que se preocupara de que comieran los demás olvidándose de comer él mismo moriría […] [Por otro lado] es imposible adquirir la libertad espiritual, en que la verdadera felicidad consiste, porque es esencial para la felicidad que nuestra manera de vivir surja de nuestros impulsos más profundos y no de los gustos y deseos accidentales de los que son, por casualidad, nuestros vecinos o nuestros amigos”.</p>
<p>El bien otorga paz interior y tranquilidad de conciencia que permiten rozar destellos de felicidad que es la alegría interior, pero no se trata solo de no robar, no matar, acariciar a los niños y darle de beber a los ancianos. <b>Se trata de actuar como seres humanos contestes de la enorme e indelegable responsabilidad de la misión de cada uno encaminada a contribuir, aunque más no sea milimétricamente, a que el mundo sea un poco mejor respecto al momento del nacimiento</b>, siempre en el afán del propio mejoramiento, sin darle descanso a renovados proyectos para el logro del noble propósito de que prime el respeto recíproco. Edward de Bono en <i>La felicidad como objetivo </i>nos dice: “El marxismo sugirió que el hombre debería mirar la felicidad del Estado antes que la suya personal; y si el Estado parecía requerir su sufrimiento, este era entonces necesario para la felicidad del Estado […] [en otras palabras] la entrega del yo a algún poder externo”.</p>
<p>En resumen, no hay nada más sublime que el amor que tiene distintos grados de acercamiento y profundidad según sea el tipo de relación, de la establecida con los progenitores, la conyugal, la prole, de alumnos, amigos y el vínculo con quienes necesitan ayuda en diversos planos, pero <b>debe estarse muy en guardia de quienes alardean de amor al prójimo, mientras proponen sistemas autoritarios que prostituyen la misma noción de amor y, en la práctica, fomentan el odio</b>. También, como consigna Tibor Machan en su obra titulada <i>Generosity</i>,<i> </i>“Un acto de generosidad requiere como primer requisito la propiedad privada”, puesto que la beneficencia y la solidaridad requieren la entrega de lo que pertenece al donante. Entregar por la fuerza el fruto del trabajo ajeno es un asalto, aunque pueda ser legal. En no pocos casos hay que estar en guardia con los que declaman a los cuatro vientos el amor, porque habitualmente son narcisistas que en definitiva no lo practican con nadie, cuando no proponen políticas que conducen a graves confrontaciones.</p>
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