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	<title>Alberto Benegas Lynch (h) &#187; Nathaniel Hawthorne</title>
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		<title>El problema de tener dos caras</title>
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		<pubDate>Sat, 28 Jun 2014 10:49:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La integridad moral y la honestidad intelectual exigen que quien habla muestre lo que estima es lo correcto. Desde luego que puede haber error, es parte de la condición humana, <strong>lo que es reprobable es la doblez, la hipocresía y la mentira.</strong> La persona -la personalidad- es lo individual, lo exclusivo, es lo que distingue a tal o cual ser humano, es su capital más valioso y distintivo.</p>
<p>Es de interés recordar el  célebre experimento del psicólogo Solomon Asch que consistió en reunir en una habitación a un grupo de personas a quienes se les muestra gráficos con bastones de distinta altura y se les pregunta opiniones sobre comparaciones de tamaño impresos en esos gráficos. Se les dice a todos menos a una persona que en cierto momento se pronuncien sobre equivalencias falsas. El experimento se basa en observar la reacción de la única persona que no está complotada para sostener falsedades y ésta, en la inmensa mayoría de los casos, en sucesivas muestras, primero revela desconcierto frente a la opinión de los demás, luego el tono de voz va cambiando revelando inseguridad hasta que finalmente se pronuncia como el resto de las personas, es decir, se inclina por un veredicto falso.</p>
<p>Este conocido experimento y otros similares son para<strong> poner de manifiesto la enorme influencia del grupo mayoritario sobre grupos minoritarios</strong> tal como primero expresó John Stuart Mill en el siglo XIX. Este problema grave que desdibuja por completo la personalidad se refleja en conductas que son arrastradas por la opinión dominante que desembocan en seres humanos que renuncian a lo más preciado de cada cual con lo que se disuelve la persona que, de tanto decir y hacer lo que hacen y dicen los demás, ingresa a un terreno vertiginoso que aterriza en una crisis existencial fruto del correspondiente vacío.</p>
<p>Carl Rogers explica que muchas de las personas que atiende en su consultorio manifiestan problemas en el trabajo, en el matrimonio, en las reuniones sociales, angustias, falta de proyectos, asuntos sexuales,  relaciones interpersonales de diversas características y así sucesivamente, pero subraya que estas cuestiones son en verdad pantallas que ocultan un tema de mayor envergadura, cual es, el más completo desconocimiento de quienes son. <strong>De tanto hacer y decir lo que estiman que los hará quedar bien ante los demás pierden la brújula de lo que en realidad son sus valores y principios. </strong></p>
<p>Como ha dicho Julián Marías, la persona no es sólo lo que se ve en el espejo ni la que dice “yo” cuando golpea a la puerta y se le pregunta quien es. Tal como reza el precepto bíblico, <strong>somos nuestros pensamientos y si los distorsionamos para satisfacer al público con lo “políticamente correcto”, quedamos a la intemperie</strong>, nos perdemos en un desierto implacable que no permite reconocer lo más relevante de nuestro ser. En verdad lo más desolador y triste imaginable puesto que habremos renunciado nada más y nada menos que a la condición humana: renunciamos a la actualización de nuestras potencialidades para internarnos en un oscuro callejón sin salida.</p>
<p>No nos estamos refiriendo a la discreción sobre nuestros pecados (nadie puede tirar la primera piedra), cuando hablamos de la doble cara estamos aludiendo a discursos de cosmética para calzar con el gusto de la opinión mayoritaria. Este es el sentido de la sabia sentencia pronunciada por Nathaniel Hawthorne en <i>La letra escarlata</i>: “Ningún hombre, por un considerable período de tiempo, puede recurrir a una cara para sí mismo y otra para la multitud sin finalmente confundirse sobre cual es la verdadera”.</p>
<p>Qué horrible es nacer para no ser nadie y dejar que la vida flote en una nube anodina mientras alrededor se desploman aspectos vitales. Esto es lo que sucede con los que se limitan a ir a la oficina, hacer sus necesidades, dormir, alimentarse y copular sin ninguna contribución al mundo en que viven en cuanto a las ideas prevalentes al efecto de mejorar el clima y el futuro de sus hijos. <strong>Todos naturalmente quieren que se los deje en paz para hacer sus cosas, pero para tener paz hay que poner manos a la obra. </strong></p>
<p>En otro sentido, se deslizan por la vida <strong>los mequetrefes del <i>status quo </i>que hoy pululan por los pasillos del poder y en general los de las llamadas oposiciones</strong>, con las mismas sonrisas obscenas e idénticas propuestas aunque siempre bajo los rótulos de que la economía será floreciente, que no habrá más corrupción, que la herencia recibida será corregida y que se implementará justicia y seguridad. También están en la misma bolsa los economistas que ansían el poder y la juegan de intelectuales con aquella meta subalterna bajo el poncho. En este contexto, Borges consignó que “ya se había adiestrado en el hábito de simular que era alguien para que no se descubriera su condición de nadie”.</p>
<p>Es sabido que en el mundo hay problemas que se han acentuado. Las dictaduras electas en América latina, el desbarranque estadounidense respecto a los consejos de los Padres Fundadores, el resurgimiento de los nacionalismos en  Europa, el golpe en Tailandía, la reincidencia de Irak, el fundamentalismo en Irán, los sucesos en Egipto, el régimen de Siria y el sistema gangsteril en Rusia. Pero los problemas se agravan de modo exponencial cuando quienes dicen simpatizar con el liberalismo caen en el síndrome de Asch según el experimento descripto más arriba.</p>
<p>Esta es una nota preocupante puesto que <strong>los supuestos defensores de la sociedad abierta abdican de su responsabilidad y adhieren a lo que proponen los enemigos del sistema,</strong> bajo el curioso pretexto de que el patrocinar concesiones es conducente al efecto de frenar la avalancha autoritaria, sin percatarse que los de la vereda de enfrente les están moviendo el piso y así corriendo el eje del debate en dirección al estatismo.</p>
<p>No hay que cansarse de repetir lo importantísimo que Friedrich Hayek ha escrito en <i>Los intelectuales y el  socialismo</i> (hay que leer detenidamente puesto que es un pasaje de notable calado): “Necesitamos líderes intelectuales que estén preparados para resistir los halagos del poder y la influencia y que estén dispuestos a trabajar por un ideal, independientemente de lo reducidas que sean las posibilidades de su realización inmediata. Tiene que haber hombres que estén dispuestos a apegarse a principios y luchar por su completa realización por más que al momento resulten remotas […] Aquellos que se ocupan exclusivamente por lo que aparece como práctico según el estado de la opinión pública del momento se encuentran que incluso esto se ha convertido en políticamente imposible como resultado de cambios en la opinión pública que no han hecho nada por guiar. A menos que hagamos de los fundamentos filosóficos de la sociedad libre una vez más una meta intelectual y su implementación un objetivo que desafía la imaginación de nuestras mejores mentes, las perspectivas de la  libertad son en verdad oscuras”.</p>
<p>No puede tenerse la ridícula pretensión de corregir el mundo, de lo que se trata es de poner el granito de arena en todos los ámbitos sin disfraz y hablando claramente para así tener una conciencia tranquila de haber hecho lo posible para que en los círculos que a cada uno le toque actuar se haya contribuido a que el mundo mejore aunque más no sea milimétricamente en el transcurso de la corta experiencia terrenal. Bien ha subrayado T. S. Elliot que “nuestro deber es intentar lo mejor, el resto no es de nuestra incumbencia”.</p>
<p>Es frecuente que se diga que quienes operan de un modo abierto y sincero son muy poco prácticos sin ver que los que en realidad desconocen por completo la practicidad son ellos ya que con sus recetas retroceden a pasos agigantados: en todo caso los prácticos, en el otro campo, son los socialistas que van al fondo de los temas en todos los terrenos y le corren el eje del debate por minutos a los ingenuos e infantiles que se autoconsideran prácticos. Muchas veces “los prácticos” se burlan de los resultados electorales de las izquierdas pero son los que en gran medida marcan la agenda. En los medios resulta un espectáculo bastante bochornoso el observar debates entre representantes de las izquierdas y los llamados “prácticos” que quedan descolocados al borde del papelón quienes finalmente optan por quedarse callados bajo el  pretendido comodín de que “son demasiado radicales para contestarles”, pero en verdad carecen de argumentos por haber dedicado tiempo a la “practicidad” de la componenda y solo atinan a esbozar alguna estadística (inmediatamente refutada) ya que no son capaces de escudriñar en los fundamentos.</p>
<p>Por supuesto que <strong>el abrirse camino con opiniones personales contrarias a las comunes acarrea costos</strong> como toda acción humana (a pesar de las versiones marxistas de sostener que la economía se circunscribe a lo puramente material) <strong>pero las ganancias psíquicas son muy grandes</strong>. John Wimmer explica muy bien en <i>No Pain, No Gain</i> que los que argumentan a contracorriente a veces se sienten tentados a abandonar la faena pero que en definitiva, de ceder, significa “esconder basura bajo la alfombra” y autoengañarse. Como apunta Aldous Huxley, no pueden obtenerse objetivos caminando en la dirección opuesta. Todos deben dedicar tiempo para que se los respete, no es cuestión de atrincherarse en los negocios conjeturando que otros harán de escudo y resolverán los entuertos.</p>
<p>El tema de lo que aquí denominamos el síndrome Asch comienza en los colegios cuando el docente impone una sola bibliografía y rechaza otras y lo toma a mal cuando un estudiante cuestiona lo dicho. El espíritu contestatario en el aula resulta vital para formar seres humanos y no autómatas. <strong>La honestidad intelectual es probablemente la virtud más excelsa y es lo que permite sacar partida de tradiciones de pensamiento distintas.</strong></p>
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		<title>Un libro de Carlos Fuentes</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Jan 2014 10:09:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Hasta antes de leer la obra que comentaré a continuación, pensé que en el género de la ficción había una tríada que representaba bien los problemas del poder político: S<em>eñor presidente</em> de <strong>Miguel Ángel Asturias</strong>, <em>La fiesta del chivo</em> de <strong>Mario Vargas Llosa</strong> y<em> Yo, el supremo</em> de <strong>Roa Bastos</strong>. Ahora me doy cuenta que se trata de un cuarteto (hacemos una analogía) que se completa con <strong><em>La Silla del Águila</em> </strong>de<strong> Carlos Fuentes</strong>.</p>
<p>En este trabajo de Fuentes, si bien la trama está referida a <strong>México</strong>, en última instancia alude a las características de todos los gobiernos. Le encuentro cierta similitud con <em>El príncipe</em> de <strong>Maquiavelo</strong>. En este caso, se suele condenar al autor de perverso cuando en verdad estaba describiendo lo que ocurre en los pasillos del poder. Así, por ejemplo, escribe Maquiavelo que “podría citar mil ejemplos modernos y demostrar que muchos tratados de paz, muchas promesas han sido nulas e inútiles por la infidelidad de los príncipes, de los cuales, el que más ha salido ganando es el que ha logrado imitar mejor a la zorra. Pero es menester respetar bien ese papel; hace falta gran industria para fingir y disimular, porque los hombres son tan sencillos y tan acostumbrados a obedecer las circunstancias, que el que quiera engañar siempre hallará a quien hacerlo”. O cuando se lee que el gobernante “debe parecer clemente, fiel, humano, religioso e íntegro; mas ha de ser muy dueño de sí para que pueda y sepa ser todo lo contrario […] dada la necesidad de conservar el Estado, suele tener que obrar contra la fe, la caridad, la humanidad y la religión […], los medios que emplee para conseguirlo siempre parecerán honrados y laudables, porque <strong>el vulgo juzga siempre por las apariencias</strong>”.</p>
<p><span id="more-7"></span>El libro de Fuentes se construye en base a un entramado epistolar cuyo eje central se refiere al poder político mexicano con todas las tramoyas, vericuetos, traiciones y abusos típicos de la politiquería, intercalado con relaciones amorosas de diverso calibre. Son setenta los capítulos que corresponden a sesenta y nueve cartas y una especie de<em> post-sriptum</em>, mediante lo cual ilustra magníficamente lo que el autor se propone describir, posiblemente al efecto de que el lector discuta consigo mismo sobre el poder y se cuestione sus diversos aspectos.</p>
<p>En cierto sentido me recuerda el ensayo, también sobre México pero aplicable a otros lares, titulado <strong><em>Toma de posesión: el rito del poder</em> </strong>de <strong>Fernando Serrano Migallón,</strong> que abarca desde la sociedad prehispánica hasta <strong>Carlos Salinas de Gortari</strong>, donde, sin proponérselo el autor, quedan estampadas las prepotencias de gobernantes, las rencillas del poder que se llevan por delante los derechos de la gente en el contexto de un boato rayano en la ridiculez (tengamos en cuenta el aforismo en cuanto a que “entre lo sublime y lo ridículo hay sólo un paso”).</p>
<p>Estimo que el mejor modo de poner de manifiesto lo dicho es <strong>transcribir algunos pasajes cortos de <em>La Silla del Águila</em></strong>. Aquí va una muestra representativa por orden de aparición y por boca de los personajes de la novela: “para mí todo es política, incluso el sexo. Puede chocarte esta voracidad profesional”, “el poder es mi vocación”, “te lo digo a boca de jarro: todo político tiene que ser hipócrita. Para ascender, todo vale. Pero hay que ser no sólo falso, sino astuto”, “la fortuna política es un largo orgasmo”, “no hay gobierno que funcione sin el aceite de la corrupción” y “no hay mejor entrenamiento para la política que el adulterio”.</p>
<p>Como esto está muy generalizado y no circunscripto a países del tercer mundo, es decir, la democracia -el respeto irrestricto de las mayorías por las minorías- que ha devenido en <strong>cleptocracia</strong>, vale la pena hacer un alto en el camino y considerar propuestas que intentan rectificar el rumbo, no en base a la espera de milagros con los mismos sistemas y procedimientos, sino en base a incentivos distintos. En este sentido, es de gran relevancia discutir la propuesta de <strong>Friderich Hayek</strong> para el <strong>Poder Legislativo</strong>, la de <strong>Bruno Leoni</strong> para el <strong>Poder Judicial</strong> y la de <strong>Montesquieu</strong> aplicable al <strong>Poder Ejecutivo</strong>. Son propuestas radicales que he considerado en otras oportunidades, pero, en todo caso, si éstas no se aceptan hay que usar las neuronas para pensar en otras pero no quedarse de brazos cruzados y comprobar cómo se degrada el sistema institucional camuflado con votos. Incluso esto es necesario para dar lugar a otros debates como los fértiles de las externalidades, el dilema del prisionero y las asimetrías de la información.</p>
<p>En <em>La Silla del Águila</em> los personajes vinculados a la política discuten sobre engaños, estrategias, enredos amorosos, consejos inauditos y confesiones inconfesables. En no pocos pasajes se advierten ideas atrabiliarias de <strong>Carlos Fuentes</strong> -especialmente en materia económica- del todo compatibles con otras declaraciones suyas expresadas de viva voz por otros canales y en otros de sus escritos, pero de cualquier manera, sigue en pie que esta obra desnuda el alma del poder (además de los otros desnudos literales que se insinúan o que se describen en la novela).</p>
<p>Resultan tragicómicas las descripciones que se hacen de los diversos funcionarios gubernamentales, como que “el encargado de las comunicaciones se comunica mejor en silencio, a oscuras, y expidiendo, como lo hace, concesiones y contratos mediante jugosas comisiones” o cuando se describe al “secretario de Estado para la Vivienda… que sólo ha construido una casa: la suya”, a los que viven declamando “lealtad al espíritu de la Patria – <em>whatever that means</em>!” y a funcionarios que son “como poner un pirómano al frente del cuerpo de bomberos” (lo cual me recuerda a <strong>Ray Bradbury</strong> en <em><strong>Farenheit 451</strong>,</em> a lo que agrego que es una espléndida metáfora para aludir a nuestros gobiernos: bomberos que incendian).</p>
<p>Fuentes describe a través de los diálogos epistolares de referencia “las bajezas a que conduce el servilismo político”, la obsecuencia y los aplaudidores que reciben todo tipo de privilegios (aquí me surge <strong><em>Opiniones de un payaso</em> </strong>de <strong>Heinrich Böll</strong>, especialmente referido a la hipocresía de pseudoempresarios prebendarios) y las náuseas que provoca trabajar con funcionarios aberrantes que hacen decir a subordinados que “debo disciplinarme y aceptar la diaria compañía de tan repugnante sujeto” en el contexto de que “el más ilustrado de los gobernantes requiere la seguridad que le da un <em>yes-man</em>, el que le dice que sí a todo” que demanda “obsequiosidad ante los superiores y crueldad con los inferiores”, todo mientras están en el poder, luego de lo cual, cuando se ven obligados a dejar el trono, se preguntan incrédulos “¿A dónde se fueron mis amigos?”.</p>
<p>Por último -porque en una nota periodística no pueden abarcarse todos los aspectos de la trama de una novela- establezco dos correlatos más con otros escritos. En primer lugar, cuando Fuentes le hace decir a uno de sus actores “yo soy de los que prefieren matar a miles de inocentes que dejar que se me escape un solo culpable”. En este caso, la comparación que me viene a la memoria es la cita del megalómano <strong>Marat</strong> en la <strong>contrarevolución francesa</strong> que hace<strong> Albert Camus</strong> en <em><strong>El hombre rebelde</strong>:</em> “¡Es que no comprenden que yo sólo quiero cortar miles de cabezas para salvar muchas más!”.</p>
<p>El segundo caso es cuando en <em>La Silla del Águila</em> (nótese que los dos sustantivos van con mayúscula para indicar la solemnidad del poder) se declara que “la máscara se ha convertido en la cara”. Esto es lo que se consigna en la formidable<strong><em> The Scarlet Letter</em> </strong>de <strong>Nathaniel Hawthorne</strong> referida a los horrendos “juicios” de brujería: “ningún hombre, por un período considerable de tiempo, puede usar una cara para consigo mismo y otra para la multitud, sin finalmente confundirse respecto a cual es la verdadera”.</p>
<p>He disfrutado con esta lectura proporcionada por Carlos Fuentes, gracias al obsequio de <strong>Juan de Anchorena</strong> que indudablemente conjetura bien acerca de mis inclinaciones bibliográficas. Como una nota al pie, es de interés destacar un párrafo de la novela que puede parecer un tanto misteriosa al lector desprevenido, y es cuando se exclama “¡Por la pata perdida de Santa Anna…!”. El mismo Fuentes se refiere al episodio en su prólogo a la obra antes referida de <strong>Roa Bastos</strong> y es que <strong>Antonio López de Santa Anna</strong>, quien gobernó México por once períodos intercalados, en una ocasión perdió una pierna en una batalla, por lo que la hizo enterrar en la Catedral mexicana con toda la pompa de los funerales oficiales y cada vez que dejaba el poder la gente la desenterraba, pero cuando volvía al gobierno el tirano nuevamente enterraba su extremidad con idénticas formalidades. Otra forma de ilustrar los descaros del poder.</p>
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