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	<title>Alberto Benegas Lynch (h) &#187; Stalin</title>
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		<title>¿Qué son los héroes?</title>
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		<pubDate>Sat, 03 Oct 2015 10:06:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Personalmente no me gusta la expresión “héroe”, porque está manchada de patrioterismo y atribuida generalmente a personas que en realidad han puesto palos en la rueda en las vidas de su prójimo. Por otra parte, Juan Bautista Alberdi escribió en su autobiografía: “La patria es una palabra de guerra, no de libertad”, puesto que hay otras formas de expresarse menos pastosas para referirse al terruño de los padres.</p>
<p>El manoseo creciente de las palabras “héroe” y ”patria” ha hecho que se desfiguren y trastoquen. La primera, según el diccionario, es la “Persona que ha realizado una hazaña admirable para la que se requiere mucho valor”.</p>
<p>Me inspiró esta nota una parte de uno de los libros de John Stossel (<i>No, They Can´t</i>), preocupado porque la mayoría de la gente relaciona a los héroes con políticos y militares. El autor aclara que esos en general han manipulado vidas y haciendas ajenas, por lo que <strong>para él los verdaderos héroes son pioneros y empresarios creativos y los intelectuales de la libertad, que han contribuido enormemente a mejorar la vida de todos.</strong></p>
<p>Señalo que esto que apunta Stossel tiene una larga tradición que descubrí que comienza de manera sistemática con el decimonónico Herbert Spencer en su libro titulado <i>El exceso de legislación.</i> En esta obra, Spencer despotrica muy fundadamente contra los aparatos estatales que destrozan autonomías individuales y subraya la arrogancia de gobernantes, a pesar de que: “Todos los días registra la crónica algún fracaso, todos los días reaparece la idea de que no hace falta más que una ley del Parlamento y una tropa de empleados para llevar a cabo un fin cualquiera apetecido”. Agrega: “Siempre he estado predicando el desengaño: no pongáis vuestra confianza en la legislación”.<span id="more-1115"></span></p>
<p>En esta dirección, Spencer subraya: “La iniciativa privada ha hecho mucho, y lo ha hecho bien. La iniciativa privada ha roturado, desecado y fertilizado el país y edificado ciudades, ha excavado minas, tendido vías de comunicación, abierto canales y establecido ferrocarriles; ha inventado y llevado a perfección arados, telares, máquinas de vapor, prensas de imprimir e innumerables máquinas; ha construido nuestros buques, nuestras vastas manufacturas, nuestros muelles; ha establecido bancos, sociedades de seguros y periódicos; ha cubierto el mar con líneas de vapores y la tierra de telégrafos eléctricos. La iniciativa privada es la que ha traído a la altura en que al presente se encuentran la agricultura, la industria y el comercio y las está desenvolviendo con creciente rapidez”.</p>
<p>Por no decir nada de la medicina, que ha estirado la expectativa de vida de modo notable y tantos descubrimientos e iniciativas resultado de tecnologías que en la época de Spencer sonarían a magia imposible. En este contexto, <b>la mayor parte de las veces los aparatos estatales teóricamente encargados de velar por la justicia y la seguridad se convierten en un implacable Leviatán que todo lo destruye a su paso</b>.</p>
<p>La antedicha tradición spencerina fue retomada por Alberdi, quien en el tomo octavo de sus <i>Obras completas </i>concluye: “Si recordamos, dice Herbert Spencer, que toda la historia está llena de los hechos y gestos de los reyes, en tanto que los fenómenos de la organización industrial, visibles ellos son, no han logrado sino recientemente atraer un poco de atención; si recordamos que todas las miradas y pensamientos se dirigen a las acciones de los que gobiernan, que nadie hasta estos últimos tiempos tenía ojos ni pensamientos para los fenómenos vitales de cooperación espontánea a los cuales deben las naciones su vida, su crecimiento y progreso”.</p>
<p><b>Los </b><b>usos reiterados del héroe y la patria afloran en obras que encierran el germen de la destrucción de las libertades individuales, </b>como el “superhombre” y “la voluntad de poder” de Nietzsche o “el héroe” de Thomas Carlyle. Este último, en su célebre conferencia en Londres del 22 de mayo de 1840, estimó: “Puede reconocerse como el más importante entre los grandes hombres aquel a cuya voluntad o voluntades deben someterse los demás […] es resumen de <i>todas</i> las figuras del heroísmo […] toda dignidad terrena y espiritual que se supone reside para mandar sobre nosotros, enseñarnos continua y prácticamente, indicarnos qué tenemos que hacer día tras día, hora tras hora”.</p>
<p>Difícil resulta concebir una visión más cavernaria, de más baja estofa, de mayor renunciamiento a la condición humana y de mayor énfasis y vehemencia para que se aniquile y disuelva la propia personalidad en manos de forajidos, energúmenos y megalómanos, que, azuzados por poderes omnímodos, se arrogan la facultad de manejar vidas y haciendas ajenas, siempre en el contexto de cánticos sobre patriotas y héroes.</p>
<p>Este tipo de razonamientos y propuestas inauditas son los que dieron pie a los Hitler de nuestra época. De las ideas de Carlyle, esto dice Ernst Cassirer, el filósofo político, autor de numerosas obras, ex rector de la Universidad de Hamburgo y profesor en Oxford, Yale y Columbia: “Los primeros indicios del misticismo racial”, “Una defensa abierta al militarismo prusiano” y “La divinización de los caudillos políticos y una identificación del poder con el derecho”. Por su parte, Jorge Luis Borges consigna en su prólogo a la obra que reúne seis conferencias de Thomas Carlyle sobre la heroicidad: “Los contemporáneos no lo entendieron, pero ahora cabe una sola y muy divulgada palabra: nazismo […] [Él]<b> escribió que la democracia es la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan </b>[…], abominó de la abolición de la esclavitud […], declaró que un judío torturado era preferible a un judío millonario”.</p>
<p><b>La manía del héroe y el líder indefectiblemente conducen a la prepotencia, al abuso de poder y, finalmente, al cadalso en nombre de la patria</b>. Por eso resulta tan pernicioso que se les enseñe a estudiantes la historia como una narración bélica con elogios y salvas para la guerra y los guerreros, cuando no deben memorizar los pertrechos de cada bando sin entender el porqué de tanta trifulca. Lamentablemente, es cierto que la historia está colmada de hechos violentos, pero enseñarla como algo glorioso, un hito y algo que debe ser venerado y objeto de admiración resulta sumamente destructivo y una buena receta para perpetuar y acentuar el mal.</p>
<p>Cada uno debe constituirse en líder de sí mismo. <b>Los caudillos y los tiranuelos que son aclamados como líderes no hacen más que expropiar lo más preciado que posee el ser humano, que es el uso de su libre albedrío para la administración de su propio destino</b> al realizar sus potencialidades únicas e irrepetibles. Dice la primera acepción de “héroe” en el<i> Diccionario…</i> de la Real Academia Española: “Entre los antiguos paganos, el que creía haber nacido de un dios o una diosa y de una persona humana, por lo cual le reputaban más que hombre y menos que dios”. Si bien es cierto que hay otras acepciones, como la que consignamos más arriba, la expresión de marras está teñida de un pesado tufillo a guerra, sangre, batalla, violencia y ferocidad.</p>
<p>Pero, en todo caso, si se insiste en recurrir a la expresión “héroe”, debería aplicarse a personas excepcionales, como Ana Frank, Sophie Scholl, Sor Juana Inés de la Cruz, Lucretia Mott, Voltairine de Cleyre, Rose Wilder Lane, Mary Wollstonecraft, Germaine de Staël, Isabel Paterson, Hannah Arendt, Taylor Caldwell, Mariquita Sánchez de Thompson, Victoria Ocampo, Alicia Jurado, Anna Politkovskaya, Edith Stein, Ayn Rand o Mallory Cross Johnson, sólo para citar unos pocos nombres del mal llamado sexo débil que han dado extraordinarios ejemplos de fortaleza y coraje moral frente a cualquier signo de autoritarismo. Agrego el nombre de una joven que hoy vive en la isla-cárcel cubana desde donde se debate con una perseverancia arrolladora: Yoani Sánchez (cuando la revista <i>Time</i> la incluyó entre las cien personas más influyentes y apareció bajo el subtítulo de “héroes y pioneros”, ella escribió que prefiere “la simple categoría de ciudadana”).</p>
<p>El día en que en las plazas aparezcan las efigies de estas personalidades, podremos conjeturar que el mundo va en buena dirección, ya que, como tituló uno de sus libros Jerzy Kosinski: <i>No Third Path.</i></p>
<p>En esta misma línea de mantener la brújula firme y los principios en alto, Albert Camus escribe en la introducción de <i>El hombre rebelde</i>: “No siendo nada verdadero ni falso, bueno ni malo, la regla consistirá en mostrarse más eficaz, es decir, el más fuerte. Entonces el mundo no se dividirá ya en justos e injustos, sino en amos y esclavos”.</p>
<div>
<p>Las inmundicias de los Stalin, Pol Pot, Mao, Hitler y Mussolini de este planeta son consecuencia de las alabanzas al “hombre fuerte” en el poder, el carismático. Para ellos se tejen todo tipo de cánticos que rebalsan en referencias a lo heroico y grandioso a cuales les siguen personajes detestables tales como los Perón, Trujillo, Stroessner, Pérez Jiménez, Somoza y Rojas Pinilla que, si los dejan, se ponen a la altura o incluso superan en saña a sus maestros. <b>En esta instancia del proceso de evolución cultural sólo hay opción entre la democracia y la dictadura, no importa de qué signo sea.</b> Estas están siempre paridas de libros, artículos y conferencias que ensalzan al héroe como el mandamás de las multitudes.</p>
<p>Transcribo una anécdota horripilante de Paul Johnson en <i>Commentary</i> de abril de 1984 en la que relata uno de los casos en que se trata como héroe a un canalla: “En las Naciones Unidas en ocasión de la visita oficial de Idi Amin, presidente de Uganda, el primero de octubre de 1975. Para esa fecha ya era un notorio asesino serial de una crueldad indescriptible; no solo había liquidado personalmente algunas de sus víctimas, sino que las desmembraba y preservaba partes de las anatomías para consumo futuro: el primer caníbal con refrigerador […] A pesar de ello, fue electo presidente de la Organización para la Unidad Africana y, en esa capacidad, fue invitado a dirigirse a la Asamblea General de las Naciones Unidas. Su discurso fue una denuncia a lo que denominó ‘la conspiración zionista-nortemericana contra el mundo ‘y demandó no sólo la expulsión de Israel de las Naciones Unidas, sino su extinción […] La Asamblea le brindó una ovación de pie cuando llegó, lo aplaudieron periódicamente en el transcurso de su discurso y, nuevamente, se pusieron de pie cuando dejó el recinto. Al día siguiente, el secretario general de la Asamblea [Kurt Waldheim] le ofreció una comida en su honor”.</p>
<p>Como he escrito antes, resulta que en medio de los debates para limitar y, si fuera posible, eliminar las acciones extremas que ocurren en lo que de por sí ya es la maldición de una guerra, como los denominados “daños colaterales”, aparece la justificación de la tortura por parte de Gobiernos considerados baluartes del mundo libre. Ya sea a través del establecimiento de zonas fuera de sus territorios para tales propósitos o expresamente delegando la tortura en terceros países, con lo que se retrocede al salvajismo más brutal.</p>
<p>También en la actualidad se recurre a las figuras de “testigo material” y de “enemigo combatiente” para obviar las disposiciones de las Convenciones de Ginebra. Según el juez estadounidense Andrew Napolitano, el primer caso se traduce en una vil táctica gubernamental para encarcelar a personas a quienes no se les ha probado nada, pero que son detenidas según el criterio de algún funcionario del Poder Ejecutivo y, en el segundo caso, nos explica que, al efecto de despojar a personas de sus derechos constitucionales, se recurre a un subterfugio también ilegal que elude de manera burda las expresas resoluciones de las antes mencionadas convenciones que se aplican tanto para los prisioneros de ejércitos regulares como para los combatientes que no pertenecen a una nación.</p>
<p>Termino con un pensamiento referido al proceso electoral para elegir Gobiernos que, si se toma con cuidado y responsabilidad, entre otras muchas cosas, puede modificarse la noción errada del héroe. Y no es con cuidado y responsabilidad que se encara la elección si de entrada afloran tremendas confusiones en el uso del lenguaje. La semana pasada Luis Alberto Lacalle —el ex presidente de Uruguay— muy atinadamente me dijo que resultaba un disparate aludir al recinto donde se vota como “cuarto oscuro”, puesto que naturalmente en esas condiciones no se puede ver nada, por lo que es un pésimo comienzo para elegir bien. Se trata del cuarto secreto, como dicen los uruguayos.</p>
</div>
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		<title>A propósito de García Márquez</title>
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		<pubDate>Sat, 03 May 2014 10:03:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Acabo de leer el libro publicado hace poco por Plinio Apuleyo Mendoza titulado Gabo. Cartas y recuerdos. Plinio es coautor con Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa de la muy valiosa e ilustrativa tríada sobre el idiota latinoamericano, pero aquél trabajo sobrepasa en un punto a este trío. Y el punto se hace sentir... <a href="http://opinion.infobae.com/alberto-benegas-lynch/2014/05/03/a-proposito-de-garcia-marquez/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Acabo de leer el libro publicado hace poco por Plinio Apuleyo Mendoza titulado <i>Gabo. Cartas y recuerdos</i>. Plinio es coautor con Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa de la muy valiosa e ilustrativa tríada sobre el idiota latinoamericano, pero aquél trabajo sobrepasa en un punto a este trío.</p>
<p>Y el punto se hace sentir de modo filoso, contundente y de un modo feroz cuando <strong>el autor traza un paralelo entre las esperanzas de latinoamericanos pobres convencidos por intelectuales de izquierda de que su salvación está en el socialismo.</strong> En eso estribaba la esperanza y el sueño de cambio. Esto se inculcaba con más fuerza al sostener que los generales-dictadores de la época representaban al capitalismo a lo que se agregaba que los gobiernos estadounidenses apoyaban estas manifestaciones brutales de autoritarismo (recordemos a Trujillo en la República Dominicana, Somoza en Nicaragua, Stroessner en Paraguay, Perón en Argentina, Vargas en Brasil, Rojas Pinilla en Colombia, Pérez Giménez en Venezuela, Ubico en Guatemala y Batista en Cuba).</p>
<p>El paralelo lo establece con motivo de su visita (junto a García Márquez) a Alemania Oriental. Allí dice Plinio Apuleyo Mendoza que se topó por todos lados con la pobreza más colosal y la mugre más espantosa y maloliente pero con una diferencia sustancial: <strong>allí no había esperanza alguna porque la revolución ya se había consumado…y era eso</strong>. Esto, sigue diciendo el autor, provoca y explica “el cambio de actitud” de las personas para convertirla en resignación y tristeza, en lugar de la esperanza de sus colegas latinoamericanos. Esto nos parece una observación crucial que se encaja en la piel del lector de un modo profundo y perecedero. Una imagen vívida que todo lo explica.</p>
<p>Escribe Plinio que esa visita, que también fue a la URSS, hizo que perdiera su “inocencia respecto al mundo socialista”, ya que adhería a esa postura, experiencias que, en esa instancia, no fueron suficientes para abandonar el intento por implantar un socialismo distinto al de las masacres de Stalin, de ahí que al comienzo apoyó el experimento cubano, idea que a poco andar abandonó para abrazar la causa liberal.</p>
<p>Esto me recuerda el tránsito intelectual de mi amigo Eudocio Ravines (finalmente asesinado en México) que en su juventud fue Premio Lenin y Premio Mao y organizó el comunismo en España y en Chile (con especial encargo del Kremlin de infiltrar la Iglesia católica), quien, al principio -antes de escribir <i>La gran estafa</i> y miles de columnas a favor de la sociedad abierta- pensaba que el problema era Stalin y tardó en darse cuenta que la raíz del mal radica en el sistema socialista.</p>
<p>Plinio Apuleyo Mendoza afirma en el libro que venimos comentando que “los latinoamericanos de nuestra generación tuvieron de jóvenes una versión seráfica del socialismo, que la realidad se ha encargado de corregir severamente. Las desesperadas circunstancias políticas de América Latina, sus generales en el poder, presos y exiliados en todas partes, avivaban nuestras simpatías por el mundo socialista, que conocíamos solo de modo subliminal a través de toda la mitología revolucionaria […] una gran decepción similar a la que tuve de niño cuando supe que los juguetes de Navidad no los traía el Niño Jesús”.</p>
<p>Se preguntaba este autor “cómo y por qué la Alemania capitalista [Occidental] que hemos visto en Heidelberg y en Frankfurt, parece reluciente como una moneda recién acuñada, con edificios recién construidos, vitrinas resplandecientes, bellos parques, cafés repletos de gente, música y muchachas resplandecientes por todos lados mientras que la Alemania socialista, la nuestra, al fin y al cabo, parece negra y lúgubre como una cárcel”.</p>
<p>Respecto a su relación con Gabriel García Márquez debe destacarse que prácticamente convivió con él en Barcelona, París, Caracas, Bogotá y La Habana durante muchos años y es el padrino del hijo mayor del premio Nobel. Subraya Plinio al referirse a las experiencias apuntadas y sus divergencias de fondo con el régimen totalitario del castrismo: <strong>“Desde luego es lo que pienso yo: no García Márquez. El, hoy en día, pone a Cuba fuera de la cesta”</strong>. Algo increíble en verdad, incluso el célebre caso Padilla que tanto conmovió a otros escritores, no modificó la postura de García Márquez quien siguió manteniendo hasta su muerte una relación estrecha con el asesino de la isla-cárcel.</p>
<p>Es bueno recordar que Cuba, antes del advenimiento de Castro, a pesar de los inaceptables crímenes y barrabasadas de Batista, arrastraba ventajas anteriores como la nación de mayor ingreso <i>per</i> <i>capita</i> en Latinoamérica, notables industrias del azúcar, refinerías de petróleo, cerveceras, plantas de minerales, destilerías de alcohol, licores de prestigio internacional; tenía un número de televisores, radios y refrigeradores en relación a la población igual que en Estados Unidos, líneas férreas de gran confort y extensión, hospitales, universidades, teatros y periódicos de gran nivel, asociaciones científicas y culturales de renombre, fábricas de acero, alimentos, turbinas, porcelanas y textiles. En realidad no es necesario extenderse en estos temas y las masacres morales y físicas del socialismo cubano contra propios (“gusanos contrarrevolucionarios”) y extraños (“imperialistas mal paridos”), puesto que ya lo han hecho con gran solvencia, entre muchos otros, personalidades como Carlos Alberto Montaner, Huber Matos y Armando Valladares.</p>
<p>A veces -según la magnitud y publicidad del caso- resulta difícil separar la condición profesional de la conducta personal. Otras veces esa dificultad se esfuma puesto que los hechos y dichos privados no trascienden más de lo prudente. En el caso de García Márquez surge la dificultad debido precisamente a que ha exhibido una y otra vez lo que a nuestro juicio es su aspecto oscuro al hacer gala de su vinculación con el origen y la fuente de un sistema oprobioso y criminal.</p>
<p><strong>De todos modos he disfrutado uno de sus libros (<i>Noticias de un secuestro</i>) y varios de sus cuentos</strong> que si bien no me parece que estén a la altura de los de un Giovanni Papini, algunos de ellos son estupendos e imposibles de dejar una vez que se comenzaron a leer como <em>Algo muy grave va a suceder en este pueblo</em>, que paradójicamente no está incluido en la muy difundida edición de bolsillo titulada <i>Todos los cuentos</i>, colección en la que en el Prólogo a <em>Doce cuentos peregrinos</em> nos da una pista de su tremenda autoexigencia como escritor: “Nunca he vuelto a leer ninguno de mis libros por temor a arrepentirme”. Seguramente esto es por lo dicho por Borges al citarlo a Alfonso Reyes: “como no hay tal cosa como un texto perfecto, si uno no publica se pasa la vida corrigiendo borradores”.</p>
<p>Concluye Plinio su libro afirmando: &#8220;<strong>Mi filosofía política es liberal y no marxista como en los tiempos de mi juventud; he dejado de ser un hombre de izquierda y pienso que el delito contrarrevolucionario tan severamente castigado en Cuba equivale a un delito de opinión propio de un régimen totalitario. Creo que el balance de la revolución cubana es catastrófico”.</strong> Opiniones que le visto ratificar con solvencia al autor cada vez que nos hemos encontrado en congresos en los que participamos como oradores.</p>
<p>Es que el liberalismo significa respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros. La vida se torna insoportable si cada uno pretende imponer su visión de las cosas al prójimo. Cada uno debe poder encaminarse por donde estime pertinente siempre y cuando no lesione derechos de terceros y debe asumir las consecuencias de sus hechos. E<strong>n esto consiste la tolerancia que mejor expresada es <i>respeto</i> puesto que <i>tolerancia</i> puede interpretarse con cierto tufillo inquisitorial en el sentido de que se “tolera”, es decir, se “perdona” el error ajeno.</strong> El conocimiento es siempre de carácter provisional sujeto a refutaciones, de allí la importancia de los debates abiertos.</p>
<p>Lo interesante y productivo de la sociedad libre es que la asignación de los siempre escasos recursos se hace conforme a las votaciones diarias de los consumidores según sean sus necesidades, y las diferencias resultantes permiten maximizar las tasas de capitalización que, a su turno, elevan salarios e ingresos en términos reales.</p>
<p><strong>Nada más peligroso que los megalómanos que pretenden fabricar el “hombre nuevo” a la fuerza</strong>, quienes concentran ignorancia al entrometerse en la vida y las haciendas ajenas en lugar de percatarse de que el conocimiento está disperso y es fragmentado entre millones de actores que expresan sus necesidades a través de arreglos contractuales libres y voluntarias en un contexto donde se respeta el derecho de propiedad.</p>
<p>Es de esperar que el magnífico libro de Plinio contribuya a reafirmar la desilusión de tantos que han cifrado sus esperanzas en la prepotencia de la fuerza y que, en todo caso, <strong>retomen la tradición de quienes se sentaron a la izquierda del rey en la Asamblea Constituyente en la Francia revolucionaria para oponerse a los abusos del poder y no para engrosarlos</strong>.</p>
<p>De todos modos, las ventas de García Márquez (cincuenta millones de ejemplares solo de <i>Cien años de soledad</i>) son un buen síntoma ya que, si bien, como escribe Daniel Pennac, “el verbo leer no resiste el imperativo”, hoy, a diferencia de antaño, la buena lectura en gran medida se sustituye por aparatos electrónicos de imagen y audio de golpeteos ruidosos, “estupidez, vulgaridad y violencia”.</p>
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		<title>Hannah Arendt</title>
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		<pubDate>Sat, 12 Apr 2014 10:45:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alberto Benegas Lynch (h)</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>En 1968 cuando fui becado por la Foundation for Economic Education en New York, en uno de los seminarios de Murray Rothbard,  paralelos a los regulares, nos recomendó a los asistentes una obra de una persona que hasta el momento no había escuchado nombrar. <strong>Se trataba de <i>The Origins of Totalitarianism </i>de Hannah Arendt.</strong> Una intelectual alemana que trabajó su tesis doctoral con Jaspers (a quien se refiere con admiración en “Karl Jaspers: A Laudiatio” incluido en su <i>Men in Dark Times</i>), amante de Martin Heidegger (que se volvió nazi) y finalmente, después de un breve matrimonio terminado en divorcio, casada con el filósofo-poeta marxista Heinrich Blücher. Luego de largos e intensos estudios, Arent se trasladó a Estados Unidos donde enseñó en las universidades de Princeton, Chicago,Columbia, Berkley y Yale.</p>
<p>El libro mencionado básicamente trata de las <strong>características comunes de los sistemas impuestos por Stalin y por Hitler</strong> (uno se alzó con el poder después de la revolución bolchevique y el otro a través del proceso electoral). La autora muestra las ideas y políticas comunes de estos dos monstruos del siglo XX: la infernal maquinaria de propaganda, las mentiras más descaradas, el terror, la eliminación de opiniones disidentes, la necesidad de fabricar enemigos externos e internos para aglutinar y enfervorizar a las masas, el extermino de toda manifestación de individualidad en aras de lo colectivo, el antisemitismo, el estatismo rampante y las extendidas y sistemáticas purgas, torturas y matanzas.</p>
<p><span id="more-88"></span></p>
<p>Tal como consigna Arendt en esa obra, <strong>“el único hombre por quien Hitler tenía respeto incondicional era Stalin” y “Stalin confiaba solo en un hombre y éste era Hitler”</strong>. Esto va para los encandilados mentales que como dice Revel en <i>La gran mascarada</i> no son capaces de ver la<strong> comunión de ideales entre el comunismo y el nacionalsocialism</strong>o y su odio mancomunado al liberalismo.</p>
<p>A pesar de que <strong>en algunos pocos textos Hannah Arendt resulta a nuestro juicio ambigua, confusa y, por momentos, contradictoria</strong> tal como ocurre, por ejemplo, en “The Social Question” (ensayo incluido en <i>On Revolution</i>), ha producido material extraordinariamente valioso donde pone de manifiesto una notable cultura y percepción (especialmente su conocimiento de la filosofía política y de la historia de los Estados Unidos). En “Lying in Politics” (trabajo incluido en <i>Crisis of the Republic</i>) muestra las patrañas que ocurren en los ámbitos políticos y abre su escrito con el escándalo de los llamados <em>Papeles del Pentágono</em> donde el gobierno de Estados Unidos pretendió ocultar horrendos sucesos en Vietnam enmascarados en “los secretos de Estado” y el “patriotismo”.</p>
<p>Las valientes denuncias e investigaciones independientes del poder en el contexto de la libertad de expresión es lo que, según Arendt, permiten el cambio puesto que “<strong>el cambio sería imposible si no pudiéramos mentalmente removernos</strong> de donde estamos físicamente ubicados e imaginar que puede ser diferente de lo que actualmente es”. Las piruetas verbales, los engaños, los fraudes y los crímenes llevados a cabo en nombre de la política tal como los describió Maquiavelo, son disecados por la autora, quien concluye en “Truth and Politics” (como parte de la colección de su <i>Between Past and Future</i>) que “nadie ha dudado jamás que<strong> la verdad y la política están más bien en malos términos,</strong> y nadie que yo sepa ha encontrado la veracidad entre las virtudes políticas”.</p>
<p>También en la referida <i>Crisis of the Republic </i>aparece otro escrito de gran calado titulado “Civil Disobedience”. Veamos a vuelapluma este formidable ensayo solo para marcar sus ejes centrales.</p>
<p>Como advierte Arendt, el tema de <strong>la desobediencia civil de los que reclaman justicia</strong> (naturalmente no de los criminales) <strong>parte del hecho del “no del todo feliz casamiento entre la moral y la legalidad”</strong>, lo cual complica el andamiaje jurídico en el sentido de que no puede sostenerse legalmente lo que es contrario a la ley del momento. Sin embargo, desde Sidney y Locke <strong>el derecho a la resistencia a la opresión insoportable está sustentado por la Declaración de la Independencia norteamericana en adelante</strong> (“Cuando cualquier forma de gobierno se convierte en destructivo de éstos fines [de preservar y garantizar derechos], es el derecho de la gente alterarlo o abolirlo y establecer un nuevo gobierno”), puesto que la ley en la tradición estadounidense está basada en valores y principios extramuros de la ley positiva (en esto se basó la Revolución en el país del Norte contre Jorge III y en tantos otros lados como, por ejemplo, en Cuba contra Batista, antes de convertirse en una tenebrosa isla-cárcel o la derrota por fuerzas aliadas de Hitler quien había triunfado electoralmente para ascender al poder).</p>
<p>Dice la autora que ejemplos contemporáneos de desobediencia son los de los movimientos antiguerra y los relacionados con los derechos civiles. Cita el ejemplo de Henry David Thoreau cuando se negó a pagar impuestos a un gobierno que defendía la esclavitud e invadía México.</p>
<p>En su trabajo -titulado también “Civil Disobidience”- entre muchas otras cosas Thoreau se pregunta: “<strong>¿Debe el ciudadano en parte o en todo renunciar a su conciencia en favor del legislador?</strong> ¿Por qué entonces tenemos conciencia? Creo que debemos ser hombres primero y luego gobernados. No es deseable que se respete la ley sino el derecho […] Las leyes injustas existen: ¿debemos contentarnos con obedecerlas o debemos enmendarlas?”. Por su parte, Hannah Arendt elabora a raíz de la desobediencia civil sobre los síntomas de la pérdida de autoridad política debido a los atropellos gubernamentales “que no se cubren aun si son el resultado de decisiones mayoritarias” que en última instancia son el efecto de una “tendencia que representa a nadie más que a la maquinaria partidaria”, lo cual expresa en el contexto de lo dicho por Tocqueville en cuanto a “la tiranía de las mayorías” y de “la ficción del contrato social” en concordancia con autores de la talla de Hume.</p>
<p>También Arendt lo cita a Sócrates cuando dice (en <i>Gorgias</i>, 482) que <strong>es mejor para él estar en desacuerdo con la multitud que estar en desacuerdo con él mismo</strong> (muy importante a tener en cuenta en los tiempos que corren). A lo cual cabe adicionar a las otras características de aquél filósofo como la conciencia de nuestra propia ignorancia (por otra parte, <i>ubi dubium ibi libertas</i>: donde no hay duda no hay libertad), sus reflexiones sobre la <i>psyké</i> y la importancia del esfuerzo por conocer (“la virtud es el conocimiento”) en el contexto de la excelencia (<i>areté</i>) que facilita su método de la mayéutica, a lo que podemos incorporar el lema de la Royal Society de Londres que es muy socrático: <i>nullius in verba </i>(no hay palabras finales).</p>
<p>Por último, en su interesantísmo y muy documentado libro <i>The Life of the Mind</i>, nos parece que hay un punto clave que está insinuado por Arendt pero que no se desarrolla ni se extraen las consecuencias de esa omisión parcial cuyo tema es muy pertinente dados los debates que actualmente se llevan a cabo en distintos campos de la ciencia.</p>
<p>Me refiero especialmente aunque no exclusivamente a la sección dedicada a la relación alma-cuerpo. Es éste un aspecto medular e inseparable a la condición humana, es decir, el libre albedrío. Si fuéramos solo kilos de protoplasma y no tuviéramos psique (alma), mente o estados de conciencia, no habría posibilidad alguna de contar con proposiciones verdaderas o falsas, no tendría sentido el pensamiento ni el debate, no habría ideas autogeneradas, ni la moral, la responsabilidad individual ni la libertad. Seríamos loros complejos, pero loros al fin.</p>
<p>Como ha explicado el premio Nobel en neurofisiología John Eccles, “uno no se involucra en un argumento racional con un ser que sostiene que todas sus respuestas son actos reflejos, no importa cuan complejo y sutil sea el condicionamiento”. Por su parte, el filósofo de la ciencia Karl Popper sostiene que “si nuestras opiniones son el resultado distinto del libre juicio de la razón o de la estimación de las razones y los pros y contras, entonces nuestras opiniones no merecen ser tenidas en cuenta. Así pues, un argumento que lleva a la conclusión que nuestras opiniones no son algo a lo que llegamos nosotros por nuestra cuenta, se destruye a si mismo”. Y agrega este autor que si el determinismo físico (o materialismo filosófico) fuera correcto, un físico competente, pero ignorante en temas musicales, analizando el cuerpo de Mozart, podría componer la música que ese autor compuso.</p>
<p>Como apunta en <i>Mind and Body </i>el prolífico profesor de metafísica John Hick: “Un mundo en el que no hubiera libertad intelectual sería un mundo en donde no existiría la racionalidad. Por tanto, la creencia del determinismo no puede racionalmente alegar que es una creencia racional. Por ello es que el determinismo resulta autorefutado o lógicamente suicida. El argumento racional no puede concluir que no hay tal cosa como una argumentación racional.”</p>
<p>Decimos que <strong>este tema es medular en vista de los frecuentes apoyos al determinismo físico en áreas de la filosofía, la psiquiatría</strong> (curiosamente el estudio de la psiquis niega frecuentemente la psique), <strong>el derecho</strong> (especialmente en ciertas posturas del derecho penal donde se afirma que el delincuente no es responsable de su crimen debido a que está determinado por su herencia genética y su medio ambiente), <strong>la economía</strong> (especialmente nada menos que en teoría de la decisión -donde paradójicamente no habría decisión- y en la novel neuroeconomics) <strong>y, en parte, en las recientemente desarrolladas neurociencias.</strong></p>
<p>Hay sin duda valiosos aportes en defensa de la sociedad abierta con la que simpatiza Hannah Arendt, pero son alarmantemente escasas las contribuciones que aluden a este tema tan vital para la libertad y, como queda dicho, <strong>hay numerosas publicaciones en defensa del determinismo físico lo cual no augura un futuro promisorio para la sociedad abierta</strong>, a menos que se revierta esta tendencia que conduce a la negación de la libertad en sus mismos cimientos. Ningún liberal, no importa su profesión y dedicación, puede estar ausente de un asunto de tamaña envergadura del cual necesariamente derivan todas las demás conclusiones.</p>
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