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	<title>Carlos Mira &#187; liberalismo</title>
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		<title>La confesión brutal de un intelectual orgánico</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Mar 2014 09:07:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Mira</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Alejandro Dolina]]></category>
		<category><![CDATA[Antonio Gramsci]]></category>
		<category><![CDATA[Estado]]></category>
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		<category><![CDATA[liberalismo]]></category>
		<category><![CDATA[Nazarena Vélez]]></category>

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		<description><![CDATA[Alejandro Dolina es lo que Antonio Gramsci definiría como un intelectual orgánico, es decir, alguien que gotea sin descanso un mantra incansable cuyo objetivo final es el cambio del sentido común medio de la gente. El marxista italiano creía (con razón) que una vez cambiado ese eje de pensamiento colectivo no haría falta la violencia... <a href="http://opinion.infobae.com/carlos-mira/2014/03/28/la-confesion-brutal-de-un-intelectual-organico/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><b>Alejandro Dolina es lo que Antonio Gramsci definiría como un intelectual orgánico</b>, es decir, alguien que gotea sin descanso un mantra incansable cuyo objetivo final es el cambio del sentido común medio de la gente.</p>
<p>El marxista italiano creía (con razón) que una vez cambiado ese eje de pensamiento colectivo no haría falta la violencia para imponer el comunismo: la gente lo pediría voluntariamente.</p>
<p>Se trataba de <b>una apuesta cultural</b>. <b>Gramsci tenía muchas diferencias metodológicas con los que creían que el componente de la violencia física era una parte necesaria del proceso para imponer la dictadura del proletariado. </b>Los llamaba “bestias”.<b> Y proponía otros caminos: la conquista mental del núcleo medio de la sociedad</b>; llegar allí por la explotación de los medios de comunicación, del cine, del arte, de la poesía, del periodismo… Conquistado ese terreno, la violencia sería innecesaria.</p>
<p><span id="more-408"></span></p>
<p>Alejandro Dolina es <b>un trabajador indefinible</b>. No es un periodista, pero trabaja en los medios desde hace muchos años; no es un poeta, pero escribe por aquí y por allá y ha ganado fama de decidor ocurrente; no es un intelectual, pero retuerce su lenguaje atinadamente y, si no lo es, lo parece; no es un escritor pero ha publicado obras; no es un actor, pero más de uno diría que es un “artista”, como mi abuelo definía a la farándula y a los que salían en las revistas.</p>
<p><b>Eso es un intelectual orgánico: un hombre que no encuadra en ninguna de las definiciones tradicionales pero que comunica permanentemente</b>, que tiene espacios, que es consultado. Hoy diríamos, “que tiene aire”.</p>
<p>Muy bien, este personaje, <b>Alejandro Dolina, acaba de decir en uno de estos programas que también son toda una definición de la época</b> (se los llama “programas de panelistas”, porque ya no son de “chimentos”, porque han dejado de hablar meramente de la farándula y se han metido con la política, con la economía y con la inseguridad, mezclando la inflación con Nazarena Vélez, y el pago del cupón del PBI con Maradona, con la misma facilidad que cualquiera de nosotros se cambia de camisa) que <b>“para los que quieran un Estado liberal en donde se pueda prosperar libremente…”</b> El tono de la frase caía hacia el final de las palabras como dando a entender que los que quieren eso, bueno, <b>allá ellos…</b> Y continuó, “pero los que queremos un Estado que intervenga en la economía, que vigile y que controle…” Esta vez, en lugar de caer, el tono se encendía hacia el final de la frase, como enfatizando que allí estaba la razón, que ése era el modelo de la verdad, que lo otro era una mácula minoritaria del pensamiento que podían llegar a sostener algunos alienados, pero para los que querían la “normalidad”, bueno, era el gobierno de la señora de Kirchner el que los estaba representando.</p>
<p>Se trató de un vómito. Dolina, acelerado por la propia dinámica desordenada de esos programas (el conductor de éste en particular tiene un bate de béisbol para amenazar con poner orden a la fuerza cuando todo se desmadra en una cadena incomprensible de gritos, todos mezclados) expresó de modo dramático una verdad que muchos otros, más pícaros que él, ocultan y disimulan.</p>
<p><b>El intelectual mató al orgánico</b>. El sentido común de las premisas racionalistas siguió el orden lógico que la política oculta porque, si todos actuaran sobre la base de ese tipo de sincericidio, la gente se daría cuenta y su negocio se les acabaría.</p>
<p>¿Cuál fue la confesión brutal de Dolina? ¿Qué dijo -evidentemente sin darse cuenta, sin advertir que el fragor de su discusión lo estaba llevando a admitir, efectivamente, el corazón del problema, el núcleo final que distingue las concepciones en pugna- que nadie advirtió lo suficientemente rápido como para poner de relieve que allí, en esa frase, quedaba demostrado cuál es la verdad de lo que se estaba discutiendo?</p>
<p><b>Lo que Dolina dijo fue que en un Estado “liberal” se puede prosperar libremente y que en un Estado intervencionista el gobierno decide quién y cuánto prospera.</b> Esta es la confesión más clara y absoluta proveniente de un defensor del intervencionismo del Estado  -que por lo menos yo he escuchado- en el sentido de que <b>lo que este tipo de concepción se propone es que la gente no prospere libremente.</b></p>
<p>Es, en el mejor de los casos, <b>la confesión más cruel de la predilección por la pobreza y de la preferencia por la miseria igualitaria</b>. Y, en el peor de los casos, la admisión de que se está a favor de un régimen corrupto que encumbre a una casta verdaderamente desigual (a la que no le falta nada, que viste la mejor ropa, que come en los mejores lugares, que viaja, que tiene su vida arreglada) para que desde las Altas Torres disponga quién progresa y quién no, hasta dónde se es pobre y hasta qué nivel dejaran prosperar a los demás.</p>
<p>Y Dolina tiene razón. Es exactamente así. De lo que se discute (o de lo que se debería discutir) es si queremos un “Estado en donde se pueda prosperar libremente” (no lo digo yo, lo dice Dolina) o si queremos un Estado en donde la prosperidad esté limitada por la casta del poder a la que le conviene mantener pauperizadas a amplias franjas sociales para ir allí a hacer demagogia populista y conservar de ese modo el poder a través de una democracia deficitaria.</p>
<p>Esa es toda la discusión: la construcción de un “Estado liberal” (como lo llamó Dolina) en donde todos puedan prosperar libremente y en dónde el techo de la prosperidad esté marcado por los esfuerzos que cada uno esté dispuesto a hacer, por la inventiva, por la creatividad, por la búsqueda constante de una felicidad que, mientras se busca, crea riqueza interdependiente; o, al contrario, el establecimiento de <b>un Estado autoritario en donde los límites a la vida de cada uno los defina una superestructura que desde la comodidad de sus cargos nos convenza de que su intervención es en pos de la igualdad y de la redistribución del ingreso.</b></p>
<p><b>Nunca antes en un medio masivo de comunicación había escuchado yo una síntesis tan clara y tan bestial de lo que no puede tomarse de otro modo como no sea una confesión</b>. Quien decía que en un “Estado liberal” se puede “prosperar libremente” no era un defensor del Estado liberal, era un intelectual orgánico del intervencionismo autoritario. <b>Era él quien tácitamente confesaba que el Estado colectivista llena de trabas la vida para que la gente no prospere</b>. Y eso deja al desnudo por qué para esa concepción la prosperidad individual es un enemigo: si la gente pudiera prosperar individualmente, <b>por sus propios medios</b>, esa casta se volvería en gran medida inútil. O no “inútil” en los términos en que podría interpretarse la palabra “inútil”, pero si reducida a los verdaderos límites de los cuales nunca debieron salir: unos simples administradores de los dineros públicos (que sobradamente importante debería ser esa misión), inquilinos temporarios de un poder que la gente común les endosa para poder ocuparse de los más importantes quehaceres de su vida privada y responsables por el manejo limpio y transparente de la administración común. Pero punto. Esa, ni más -pero tampoco menos-, debería ser su misión. Ni salvadores de la Patria, ni mucho menos la Patria misma, ni fundadores de ninguna era, ni protectores de nadie, ni acreedores de ninguna idolatría.</p>
<p>Para el colectivismo, es fundamental hacer como que ayuda a los que menos tienen, pero “hasta ahí”, no sea cosa que salgan de la pobreza y de la dependencia realmente y los pierda como carne de cañón electoral: <b>los mejoro hasta donde valoren esa mejora como algo que depende de mi voluntad, pero no los mejoro al punto de perderlos como zombies prestadores de votos.</b></p>
<p>¿Quién puede defender una indignidad semejante?, ¿quién puede perfeccionar la hipocresía al punto de llegar a ponerle un pie deliberado en la cabeza al crecimiento de la gente, porque si la deja crecer a lo mejor los pierde como masa electoral?, ¿quién puede hacer semejante cálculo político?</p>
<p>Obviamente un beneficiado groso. Un participante de la primera fila de los presupuestos públicos, un militante a sueldo. Pero Dolina no es eso. Dolina es, probablemente, un convencido inocente de que la intervención dosificada del gobierno puede contribuir a la constitución de una sociedad más feliz. Dolina carece de la picardía del beneficiado directo. Es un instrumento, una herramienta, un engranaje que la maquinaria usa para seguir el camino gramsciano de cambiar “el sentido común colectivo”</p>
<p>En ese oceáno de inocencia se le escapó un exabrupto. Pero <b>su incontinencia dejó expuestas,  quizás como nunca antes, las verdaderas disyuntivas entre las que la sociedad argentina debería elegir.</b></p>
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		<title>Con las naves quemadas</title>
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		<pubDate>Tue, 04 Feb 2014 10:35:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Mira</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[Axel Kicillof]]></category>
		<category><![CDATA[cristinismo]]></category>
		<category><![CDATA[demagogia populista]]></category>
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		<category><![CDATA[odio social]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Uno de los aspectos más criticados al gobierno del kirchnerismo y a la vez más ninguneado por éste -esto es, el <b>clima de división social</b>- se va convirtiendo en un tema central del drama económico que vive el país.</p>
<p>Ese clima le cierra al gobierno una válvula de escape. Tanto se enseñoreó en la <b>titularidad de la verdad</b> que hoy no puede recurrir a la ayuda de nadie.</p>
<p>Es cierto que la cara de piedra les permite a algunos lanzar acusaciones de conspiración contra los bancos y luego ir a pedirles la escupidera del dinero, como hizo el ministro <b>Axel Kicillof</b> sobre el fin de semana, nada más y nada menos que con los bancos extranjeros.</p>
<p>Pero esos son estertores de la desesperación. Se busca plata: de los exportadores a quienes se califica de desestabilizadores, de los retailers a quienes se acusa de inescrupulosos o de los bancos de quienes se asegura que orquestan un golpe de Estado.</p>
<p>Pero el camino que el gobierno se ha cerrado a sí mismo es <b>el de las ideas</b>: no puede ir a buscar ninguna al canasto de las disponibles; se metió en un callejón que lo obliga a rumiar en la antigüedad de las que siempre usó.</p>
<p>Hasta los bastiones más rancios del estatismo saben que <b>el factor de velocidad del deterioro no resiste una multiplicación por dos años</b>. Todo ese tiempo en manos de este marasmo dirigista y asfixiante va a matar a todos, incluso a ellos. Pero el gobierno se privó a sí mismo de usar la llave de la puerta que le permitiría descomprimir esta situación.</p>
<p>Ha etiquetado, insultado, ironizado a todos los que advertían el curso del desastre. Y lo que es peor, se ha mofado sarcásticamente de las ideas que esas personas sugerían.</p>
<p>Hace <b>11 años</b> que el país está en <b>quiebra internacional</b> por no pagar sus deudas y por no presentarle a los acreedores una solución que éstos estén preparados para aceptar. El gobierno subestimó la situación y hasta se dio el lujo de cargar a los que opinaban que lo que estaba haciendo no era bueno. Eso aisló al país tanto como los discursos anti occidentales y las alianzas extravagantes, que parecieron buscarse más con el ánimo de molestar a aquellos a quienes el gobierno no soporta que como una política coherente, aquilatada y a la que sinceramente se considerara como una opción mejor para el país. Todo lo que ha emprendido el gobierno aparece hoy como hecho <b>“en contra de” y “para diferenciarse de”</b> más que como una política sincera y convencida.</p>
<p>El resultado de esta postura en el frente externo nos ha dejado hoy sin puertas a las que golpear en el mundo. Todos huyen de nosotros como de la peste. No inspiramos confianza a nadie y cualquiera consideraría fuera de sus cabales a quien pusiera un cobre en la Argentina.</p>
<p>Del mismo modo, fronteras adentro, el gobierno estiró la cuerda del <b>odio ideológico</b> a tal punto que hoy no puede llamar a nadie para que lo ayude. Ha roto los puentes de comunicación con todo aquel que no sea de la propia tropa aplaudidora de sí misma. Lo único que valió siempre es lo que ellos decían; todo lo demás se reducía al lugar del ridículo, generalmente por la vía del sarcasmo bajo y la altanería desubicada.</p>
<p>Parece poco creíble que el gobierno plantee una cuestión de convicciones. <b>La única convicción visible es la de sostener el poder</b>. Pero hasta ahora ese fin fue compatible con la <b>demagogia populista</b> de izquierda y es precisamente eso lo que ha terminado. El mantenimiento de la lógica populista de izquierda dirige al gobierno hacia la pérdida del poder. Hasta <b>el peronismo está alarmado </b>porque está sospechando que la sociedad, por primera vez, está adquiriendo conciencia de que es ese movimiento el inoperante, y de que nadie hará distingos entre cristinismo y peronismo.</p>
<p>Es más, suena hasta tragicómico, pero para el horror de sus aborrecibles enemigos, <b>el péndulo argentino podría llevar nuevamente al país hacia el “neoliberalismo”.</b></p>
<p>La testarudez, el capricho y la irresponsabilidad han conducido a la Argentina a este punto impensado. Ojalá que la sociedad sea más inteligente que el gobierno y pueda abrazar por primera vez en más de un siglo la libertad verdadera. Decenas de veces hemos dicho que el “neoliberalismo” no existe. Que lo que sí existe, gracias a Dios, es el liberalismo; <b>la idea que fundó este país</b> y gracias a la cual fue grande alguna vez. Quizás su peor pecado haya sido haberlo hecho grande en un período muy corto de existencia, menos de 80 años. Esa velocidad en el éxito nos hizo creer que éramos algo más de lo que éramos y no pudimos absorber con dosificación las consecuencias de un cimbronazo internacional que nos noqueó.</p>
<p>Pero el único camino que nos puede sacar hoy del pozo a que nos ha conducido el populismo de izquierda es el <b>liberalismo económico moderno, el occidentalismo</b>, la competitividad exterior, la libertad interior y la persecución inquebrantable de la delincuencia.</p>
<p>Ese camino está cerrado para el gobierno porque <b>la hondura de la grieta</b> que produjo lo ha llevado a un punto sin retorno. La pregunta entonces es cómo vamos a transitar los dos años de faltan para que la señora de Kirchner complete su período. El gobierno ha tirado la llave de la caja que contenía las medidas que podrían salvarlo y con sus propias ideas se hundirá junto con todos nosotros.</p>
<p><b>La oposición tampoco ha emitido señales</b> contundentes en el sentido de proyectar medidas de las que harían falta para detener el deterioro y avanzar hacia el desarrollo. Todos siguen con mensajes tímidos como si aun no estuvieran convencidos de que fueran a convocar a las mayorías nacionales si se expidieran públicamente en el sentido de tomar las medidas que habría que tomar.</p>
<p>Si esos políticos estuvieran acertados  -es decir que sus cálculos de conveniencia les estuvieran indicando que efectivamente perderían votos si dijeran que van a liberalizar la economía, revisar las alianzas internacionales y recomponer las relaciones con el mercado financiero internacional- entonces las responsabilidades por lo que está ocurriendo y por lo que pudiera ocurrir habría que retirarlas hasta del propio cristinismo para ponerlas en cabeza de nosotros mismos, que tenemos, aparentemente la <b>estrafalaria idea de que es posible tener los niveles de vida de EEUU o Australia pero aplicando las ideas de Castro, Chavez o Lumumba.</b></p>
<p>Se supone que la democracia es un sistema insuperable, porque permite la rectificación pacífica de los errores cuando éstos se manifiestan con efectos negativos evidentes. Cerrarse a los beneficios de esa simpleza implica, en alguna medida, cerrarse a la democracia misma. Es lo que mejor define al cristinismo. <b>La democracia no es un sistema épico de gobierno. No quema ninguna nave</b>. Pero Cristina las ha quemado a todas.</p>
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