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	<title>Diego Rojas &#187; Cordobazo</title>
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		<title>Paro general: máquina del futuro de los trabajadores</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Apr 2014 10:10:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Diego Rojas</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Al momento de que estas líneas se publiquen, habrá comenzado uno de los mecanismos más potentes que poseen los trabajadores para exhibir sus reclamos y su fuerza: el paro general. La medida de fuerza colectiva realizada por las masas enormes –mayoritarias- que componen el cuerpo social de la Argentina es una máquina de fenomenal potencia... <a href="http://opinion.infobae.com/diego-rojas/2014/04/10/paro-general-maquina-del-futuro-de-los-trabajadores/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p dir="ltr">Al momento de que estas líneas se publiquen, habrá comenzado <strong>uno de los mecanismos más potentes que poseen los trabajadores para exhibir sus reclamos y su fuerza: el paro general.</strong></p>
<p dir="ltr">La medida de fuerza colectiva realizada por las masas enormes –mayoritarias- que componen el cuerpo social de la Argentina es una máquina de fenomenal potencia obrera –un método que la atraviesa desde que se fisionomizara como clase. <strong>La paralización de la economía es una prerrogativa de los sectores laboriosos</strong>, sobre los que se funda la producción de la nación. Es una forma de la acción que le permite defenderse de las ofensivas de empresarios y gobiernos, a la vez que avanzar en la obtención de derechos, y al mismo tiempo en su consolidación política. Tal vez los abuelos de los abuelos de algún lector hayan participado en los paros de 1919 contra el gobierno de Hipólito Yrigoyen, o en la gran huelga general de 1936, quizás un patriarca familiar haya estado entre los miles que se movilizaron en el marco del paro general de 1945 para pedir la liberación de Juan Perón, un lector mismo pudo haber participado del Cordobazo en 1969 que acabó con Onganía, o de la gran huelga con coordinadoras de junio y julio de 1975 que derrotó al fascista López Rega, o del paro del 31 de marzo de 1982 que marcó el carácter de cadáver político de la dictadura militar, o de los paros contra Alfonsín, o del paro de la CGT de 1999 que señaló el final del ciclo menemista. Sirva esta leve enumeración para ilustrar de qué manera el método del paro general forma parte de nuestra historia viva, de nuestro sino.</p>
<p dir="ltr">Cada paro, claro, tiene sus propias características. La disposición generalizada de la realización de esta medida de fuerza entre vastos sectores laboriosos indica que sus reservas de energía para enfrentar el ajuste de Capitanich y Kicillof -es decir, <strong>su ánimo de derrotar el intento de que la crisis sea pagada por ellos mediante un retroceso tajante en sus condiciones de vida-</strong> no sólo están firmes, sino en aumento. No es para menos. Una devaluación gigantesca, una inflación que no cesa y que avanza mes a mes –a pesar del bluff gubernamental de esa fantochada de los “precios cuidados”-, aumentos de tarifas que podrían llegar al 500% en el gas justo antes de que empiece el invierno –todos tópicos que denigran el nivel de vida del campo popular y que constituyen la forma ortodoxa del ajuste-. <strong>A la vez que el gobierno acude a los organismos financieros internacionales –que alguna vez dijeron, con impostura, repudiar</strong>- para acceder a créditos que los ayudarían a paliar la crisis. Pero, por el contrario, la crisis económica mundial se profundiza en el eslabón argentino y, en especial, el brasileño, cuyos desmadres repercutirán en la región. Paradoja de paradojas, <strong>la mano ajustadora es la de Axel Kicillof, de cierto pasado izquierdista, esperanza blanca de la progresía y los kirchneristas vergonzantes</strong>, convertido en un agente de Chevron y los organismos financieros, un peón cool y palermitano de los beneficiados por el ajuste.</p>
<p dir="ltr">¿Quiénes llaman al paro? Hugo Moyano y Luis Barrionuevo, viejos burócratas sindicales, hombres de fortuna y negocios inefables –aunque se pueda señalar que Moyano tiene empresas que prestan servicios a la obra social de su gremio, que su esposa es gerenciadora de servicios privados contratados por su sindicato y que reside en una coqueta mansión de Parque Leloir (además de que su gremio esté implicado en serios casos de ajustes mafiosos por las disputas por la caja); mientras que la autodefinición de Barrionuevo como “ultraalcahuete de Carlos Menem” lo pinta por entero-. Burócratas sindicales, carreristas que responden a sus intereses personales, ajenos a los destinos históricos de los trabajadores. Pero astutos. Una astucia que actúa en dos ámbitos: por un lado, quieren descomprimir con una huelga aislada luego del abandono del plan de lucha después del <strong>paro del #20N de 2012</strong>; por el otro, es una manera de posicionarse en la rosca del postkirchnerismo, que los tiene entre los protagonistas de la construcción de una alternativa pejotista y derechista al kirchnerismo. Moyano y Barrionuevo llaman al paro con el método que corresponde a un sector parasitario de los trabajadores. <strong>Y paran sin movilización.</strong></p>
<p dir="ltr">Pablo Micheli, de la CTA, se sumó al método de la falta de movilización, a pesar de que había apelado a marchas a Plaza de Mayo en el último periodo. Se adaptó. No así los sectores que le exigían a las centrales sindicales el paro general desde hace un tiempo de años considerable, la izquierda que crece en direcciones sindicales, seccionales gremiales y comisiones internas que forman parte de las cinco centrales. Los grupos sindicales integrados por militantes del Frente de Izquierda, principalmente, y algunos otros grupos que orbitan alrededor de él o incluso en contra de él. <strong>La izquierda que, en el momento en que estas líneas lleguen al lector, estará realizando el paro activo del 10 de abril de 2014.</strong></p>
<p dir="ltr">Este cronista presenció el inicio del paro general que se produjo en la planta AGR, que imprime productos del grupo Clarín, en la Pompeya profunda. Allí –donde trabajan 350 operarios gráficos que votaron en asamblea la paralización de actividades frente al llamado a no parar la producción de su dirección sindical kirchnerista- el paro era total. Y un piquete integrado por cincuenta obreros le daba visibilidad a los reclamos con bombos, cantos y banderas. El paro había sido votado pese a que partes sustanciales de sus salarios sería disminuido debido a la caída del presentismo. Pero la decisión había sido parar, por la necesidad de defender las condiciones de vida, por la comprensión de la necesidad de una respuesta política al ajuste. En una planta del grupo Clarín, que llamó a trabajar a los jefes y que puso remises a disposición de los empleados que decidieran carnerear. Pero el paro era total. Escenas de esa naturaleza se repitieron en grandes fábricas gráficas, del SMATA, de la UOM, de la Alimentación, del Neumático, en el subte. <strong>Lugares donde los sindicatos decidieron no parar, pero los trabajadores sí. (No debería dejar de hacerse notar que el kirchnerismo mostró, ante el paro, su faceta más reaccionaria, antiobrera, macartista e irrespetuosa de la clase obrera con la que decidió romper).</strong></p>
<p dir="ltr">La activación de la máquina del paro general expresa una tendencia profunda, que da cuenta del descontento con el gobierno y de la ruptura de miles de trabajadores con el kirchnerismo. <strong>Una expresión más del fin de ciclo K</strong>. Las razones del paro no podrían ser más justas. Y el paro general no podría ser más necesario. Para que los trabajadores dejen de ser la medida del ajuste, para derrotar al ajuste de Kicillof, para que las paritarias no tengan techos digitados por Balcarce 50, para evitar la debacle de las condiciones de vida, para que se abandone la entrega al capital financiero y se reorganice la nación para beneficiar a las mayorías populares. Hoy hay paro general. Ya forma parte de la corriente que impulsa a los trabajadores a ser sujetos políticos de peso en el próximo período. Falta más. Mucho más. Pero es, innegablemente, un primer paso formidable.</p>
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		<title>CFK: el discurso isabelino de la devaluación</title>
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		<pubDate>Fri, 07 Feb 2014 09:27:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Diego Rojas</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cada partícula de la lengua tiene la virtud de la polisemia, de la variedad de significaciones, de poner en juego cada palabra en un rumor –que no cesa- de los sentidos. Valga la aclaración debido al uso del adjetivo: “isabelino”. Podría referirse a aquella época en la que Inglaterra se consolidó como una nación pujante... <a href="http://opinion.infobae.com/diego-rojas/2014/02/07/cfk-el-discurso-isabelino-de-la-devaluacion/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Cada partícula de la lengua tiene la virtud de la polisemia, de la variedad de significaciones, de poner en juego cada palabra en un rumor –que no cesa- de los sentidos. Valga la aclaración debido al uso del adjetivo: “isabelino”. Podría referirse a aquella época en la que <strong>Inglaterra</strong> se consolidó como una nación pujante en los inicios del capitalismo, aque<span style="font-size: 13px">l <strong>Reino Unido</strong></span><span style="font-size: 13px"><strong> </strong>del siglo XVI bajo<strong> la monarquía de Isabel</strong>, que también dio un impulso feroz a las artes y la cultura. Esa era, por ejemplo, legó el “teatro isabelino”, encabezado por el genial <strong>William Shakespeare,</strong> pero también albergó a otros de talla gigantesca, como <strong>Christopher Marlowe</strong> o<strong> Ben Johnson</strong>. Sin embargo, “isabelino” también podría aplicarse al modo de existencia del kirchnerismo en esta, su fase final. En este caso, el adjetivo no remitiría de ninguna manera a la pujanza de aquella época británica, sino al gobierno que, por ciertas características, podría considerarse como precursor de las medidas del ocaso K: el de<strong> María Estela Martínez de Perón</strong>. Le decían Isabelita.</span></p>
<p>Una digresión. Frente a la reivindicación setentista que realizan los dirigentes y militantes kirchneristas, una vez <strong>Jorge Altamira</strong>, el dirigente trotskista, me dijo que él se consideraba “sesentista” y no “setentista”. Que los sesenta habían marcado la maduración de una generación que había logrado desarrollarse de manera autónoma de los poderes, que había producido la mayor insurrección obrera independiente de la Argentina -el <strong>Cordobazo</strong>-, que buscaba tomar en sus manos un destino histórico, estratégico. Incluso a nivel internacional, ya que esa generación había sido testigo y actora de que se había producido el levantamiento contra la <strong>Unión Soviética</strong> en <strong>Checoslovaquia</strong> conocido como <strong>“La primavera de Praga”</strong>; o esa huelga general de masas obreras y estudiantiles conocida como el “<strong>Mayo francés”</strong>, entre otros hitos. El “setentismo”, según Altamira, planteaba un desvío de ese momento promisorio. Expresaba la subordinación a <strong>Perón</strong> -que regresaba para abortar el alza revolucionaria sesentista-, el auge militarista de las organizaciones foquistas, el furor del vanguardismo esclarecido y armado y la máscara con que la burguesía nacional se disfrazaba de “popular” y conquistaba para la derrota a los jóvenes de esa época. Coincido con ese planteo. Creo que el “setentismo” del que hace gala el kirchnerismo hoy no es sino una forma de expresar un montonerismo senil. No es una cuestión de edad: tal senilidad es compartida tanto por <strong>Orlando Barone</strong>, hombre en la edad provecta que cree que este gobierno es transformador, como por los jóvenes que acuden a los patios de la Casa Rosada a aplaudir la devaluación, mientras se consideran a sí mismos los “pibes para la liberación”. Una explosión del sinsentido.</p>
<p><span id="more-306"></span>Un momento isabelino. <strong>La devaluación del peso que decidió el gobierno de Cristina Fernández</strong> y su equipo económico (encabezado por el agente de las petroleras -ex pseudoizquierdista- <strong>Axel Kicillof</strong>) presenta similitudes de método, y más, con la que realizó el gobierno de <strong>Isabel</strong> <strong>Martínez</strong> (a través de su ministro<strong> Celestino Rodrigo</strong>, del riñón del fascista <strong>José López Rega</strong>). La devaluación realizada por el gobierno kirchnerista alcanza un 30 % del valor del peso frente al dólar en los últimos meses y llega al doble si se compara a esta misma época del año en 2013, cuando el valor del dólar era de cuatro pesos. Esta grandiosa incautación de los salarios de los trabajadores –y de los ingresos de los sectores populares en general- se produce en momentos en los que se empezará a discutir las paritarias, aunque existen reclamos para que esas discusiones se realicen ya o que se entreguen bonos que compensen la depreciación salarial hasta su comienzo. La devaluación produce que la energía aumente su precio, al menos los combustibles, ya que están atados a los precios internacionales del petróleo. Un país ensamblador como la Argentina ve el incremento de las partes que debe importar, a la vez que también sucede lo mismo con los productos farmacéuticos que, en gran parte, se fabrican en el exterior. Este panorama de devaluación, depreciación salarial, inflación y tarifazos es lo que une a la devaluación cristinista de hoy con la devaluación isabelista de 1975. Pero más, y peores, semejanzas se dieron cita en la vocinglería emitida por la presidenta en su discurso del martes 4 de febrero en la Casa Rosada.</p>
<p>Contundente, <strong>Cristina Fernández confirmó la perversión del significado que adquiere para el kirchnerismo la fórmula: “redistribución de los ingresos”</strong>. Primero, planteó la existencia de asalariados que podían comprar dólares, es decir, que ganaban más de 7200 pesos. Para la presidenta, este sería un signo de la “prosperidad” (sic) de la década ganada. Y en nombre del caso de unos trabajadores esclavos encontrados en <strong>Misiones</strong> –los primeros indicios señalan que en una de las estancias del peronista de derecha <strong>Ramón Puerta</strong>-, la presidenta explicitó su noción de equidad: “Porque no es justo que este señor esté así, con una ristra de chorizos (en referencia a la foto de uno de los trabajadores esclavos), y haya otro que pueda, siendo trabajador registrado, comprar dólares y que además le subsidien la luz, el gas y todo. No es justo”. El trabajador en blanco, más allá de que su salario no cubra la canasta básica de 8500 pesos, sería <strong>un aprovechador frente a la miseria que el kirchnerismo no pudo erradicar en estos diez años</strong> y meses que gobierna. De este modo, Cristina Fernández anunció el tarifazo, vía quita de subsidios a los consumidores –ya que las grandes empresas siguen siendo subsidiadas y siguen siendo el sujeto de los beneficios de este gobierno-, que sobrevendrá. Antes había anunciado un incremento equivalente a 9 pesos por día más para los jubilados. El aumento del 11 % <span style="font-size: 13px">que anunció con bombos y platillos ha sido comido ya solamente por la inflación de enero. La “redistribución del ingreso” se realizará entre los sectores postergados de la sociedad, trabajadores y jubilados, que transferirán una parte de sus ingresos a los aún más postergados. Los empresarios, chochos. Tal como en 1975, los trabajadores serán la variable del ajuste producido por la devaluación.</span></p>
<p>Aún más preocupante es la posición planteada por la Presidenta, enunciada una vez dispuesta a dar su discurso a los jóvenes K que habían concurrido al Patio de las Palmeras de la Rosada a aplaudir la devaluación. <a href="http://www.youtube.com/embed/myDw9K4KP_I?rel=0">Estas son las palabras que dijo Cristina Fernández</a>: “Me llama poderosamente la atención, y no lo puedo dejar de decir, que todavía subsisten grupos, o grupitos chiquitos de 10, 15, 20, que cortan la calle porque se pelearon con el gobierno de la Ciudad o quien sea, no importa. Y que, sin embargo, no hacen nada cuando ven que otros hacen algo respecto de los intereses que dicen representar. Por eso hay que convencer a esa gente, a estos argentinos, que dejen de cortar la calle molestando a otros argentinos y se dediquen por lo menos a cuidar a la gente en serio. Cuando vean a alguien cortar una calle, yo les pido a cada uno que vayan y le pregunten: &#8216;<strong>¿Estás enojado por algo? Vení, acompañáme a un supermercado, a una librería, a controlar que no le roben a la gente</strong>. Ahí lo único que estamos haciendo es jorobar a otros argentinos que van al trabajo&#8217;. Irritar a la gente. O tal vez esa sea la verdadera intención. Defender otros intereses que desconocemos pero que siempre nos imaginamos. <strong>Como yo siempre digo: cuando parecés muy de izquierda, apareces del otro lado seguro porque la tierra es redonda”.</strong></p>
<p>Su secretario de Seguridad, el ex militar e infiltrado en huelgas mineras en Santa Cruz, <strong>Sergio</strong> <strong>Berni</strong>, había declarado hacía pocos días que se sentía: “asqueado” (sic) por los cortes de calle. En sintonía fina con el ex militar Berni, Cristina Fernández llamaba a la juventud kirchnerista a intervenir para levantar esos cortes. De conjunto, <strong>una actitud fascistizante</strong> a la hora de caracterizar el derecho a la protesta.</p>
<p>Isabelino. Así se podría describir, en la acepción que liga al adjetivo con la figura de María Estela Martínez de Perón (mejor conocida como Isabelita) y su devaluación de 1975, al final del ciclo kirchnerista. Sin embargo, y en honor a la polisemia, también se podría usar el adjetivo “isabelino” para referirse al gobierno K si se lo ligara al uso que le dio la reina Isabel II al término “<em>annus horribilis”</em> en 1992.<strong> Como viene la mano, bien podría ser éste un <em>“annus horribilis</em>”. La cosa es que recién comienza.</strong></p>
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