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	<title>Esteban Wood &#187; cocaína</title>
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		<title>Marihuana, el ensayo uruguayo</title>
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		<pubDate>Sat, 10 May 2014 09:33:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esteban Wood</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Empezó la experimentación social a gran escala. Con la reglamentación de la Ley Nº19172 que establece el marco jurídico aplicable dirigido al control y regulación de la importación, exportación, plantación, cultivo, cosecha, producción, adquisición, almacenamiento, comercialización, distribución y uso de la marihuana y sus derivados, el Estado uruguayo avanzó en la utopía de que la vida es... <a href="http://opinion.infobae.com/esteban-wood/2014/05/10/marihuana-el-ensayo-uruguayo/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Empezó la <strong>experimentación social a gran escala</strong>. Con la reglamentación de la Ley Nº19172 que establece el marco jurídico aplicable dirigido al control y regulación de la importación, exportación, plantación, cultivo, cosecha, producción, adquisición, almacenamiento, comercialización, distribución y uso de la marihuana y sus derivados, <strong>el Estado uruguayo avanzó en la utopía de que la vida es puro experimento, y de que existe amplio margen para la prueba y el error</strong>.</p>
<p>Hay voces que desde la otra orilla se alzan en favor del <i>laissez faire, laissez passer</i> (dejar hacer, dejar pasar). <strong>Julio Calzada, secretario general de la Junta Nacional de Drogas del Uruguay</strong>, afirma que su país “no pretende exportar esta propuesta, sino que los dejen intentar este nuevo camino”. Nadie discute el derecho soberano de toda nación a definir sus políticas internas, ni tampoco a plantear en un ámbito de multilateralidad la orientación de sus estrategias internacionales. El tema es que <strong>en un mundo de fronteras difuminadas, inmediato, pequeño y global, es imposible evitar el impacto transnacional de ciertas medidas sobre la salud y el bienestar de la población</strong>. Si no fuera así, nadie debería discutir sobre Botnia.</p>
<p><strong>La nueva ley, transformada en improvisado experimento, plantea inconsistencias, vulnerabilidades, y demasiados lugares grises en manos del flamante organismo de aplicación: el Instituto de Regulación y Control del Cannabis (IRCCA).</strong> ¿Cuál será el destino previsto para los excedentes de cannabis no consumidos, que queden en poder de aquellos usuarios que acepten incorporarse al registro, o en almacenaje en las dependencias que se habiliten a tal efecto, o en los clubes de cannabicultores? ¿Cómo se controlará que en un domicilio particular se cumpla con el requerimiento de sólo seis plantas de cannabis, y que la plantación no supere los 480 gramos anuales, sin corromper el ámbito privado del ciudadano? ¿De qué manera el sistema de trazabilidad podrá detectar desvíos y adulteraciones en los casos de pequeñas cantidades, sabiendo que la tenencia de marihuana para consumo no está penalizada en Uruguay y que cualquiera puede portar libremente esta droga? ¿Por qué un usuario de cannabis, acostumbrado a consumir aquellas especies cuya concentración de tetrahidrocannabinol (THC) sea superior al 15% establecido por ley, abandonaría esa práctica? ¿A quién recurrirá si agota rápidamente los 40 gr mensuales al aumentar la dosis para lograr el mismo efecto? ¿Desde qué fundamento científico se espera que un adicto a la pasta base o la cocaína opte por consumir marihuana, sabiendo empíricamente que el camino hacia una adicción se traduce en forma inversa?<strong> ¿Qué sucederá con los menores de 18 años, que seguirán recurriendo a la clandestinidad para acceder a la sustancia, con el agravante de una mayor circulación de la misma debido al nuevo estatus legal?</strong> ¿Qué exigencias de seguridad se impondrán a las farmacias y locales habilitados para el expendio de cannabis, para evitar que la sustancia sea robada de los depósitos? <strong>¿La prohibición de reventa de la marihuana legal será tan categórica como lo que sucede con la reventa de entradas de futbol o con el expendio de alcohol a menores,</strong> o sólo será el camino para el desarrollo de una nueva actividad ilegal que simplemente cambiará de manos? ¿De qué forma se disuadirá el turismo cannábico, sabiendo que no bastará con restringir la venta de marihuana sólo a uruguayos para evitar que la droga se comparta en las calles como el mate? ¿Cómo se pretende financiar el IRCCA o aumentar el presupuesto para fortalecer los programas de prevención y rehabilitación de adicciones, si como punto de partida la marihuana legal ha sido beneficiada con un régimen tributario mínimo? ¿Existen previsiones para limitar las licencias a farmacias, o la radicación de los denominados “clubes de membresía”, en zonas aledañas a establecimientos educativos o similares? ¿Se endurecerán las penas por conducir bajo los efectos de la marihuana?</p>
<p><i>Laissez faire, laissez passer&#8230;</i> Aún sabiendo que la ley es cuestionable desde la perspectiva liberal porque implica la intervención máxima del Estado en la vida privada de las personas, los albañiles de la <strong>retórica liberalizadora de las drogas</strong> están dispuestos a incorporar el concepto “regulación” a la terminología que utilizan para defender su posición abolicionista. Aseguran que a diferencia de la legalización, la acción de regular lleva implícita la intencionalidad de un Estado presente, activo, eficiente, dispuesto a controlar la dinámica de la oferta y la demanda del uso de drogas. <strong>Así lo cree también Mujica, que abrazado a las teorías de Milton Friedman insiste en tildar de dogmáticos y sectarios a los que “están en contra de la honradez de la palabra experimento”</strong>. Así pretenden también que lo crea la opinión pública mundial.</p>
<p>Atemoriza que en Argentina se sigan alzando voces a favor de este tipo de medidas, que perciben en el modelo uruguayo una salida facilista al problema del narcotráfico. Algunos sectores de opinión aún parecen no advertir la relación directamente proporcional que existe entre la legalidad (o la percepción de legalidad, que es aún más grave) de las sustancias y el consumo masivo. Muchos siguen pensando que el fuego se puede apagar con nafta.</p>
<p>Desde 1931(Ley Nº 8764) y hasta 1996 (Ley Nº 16753), Uruguay tuvo el monopolio de la droga alcohol con la destilación y fabricación de bebidas alcohólicas. Con este antecedente, la paulatina eliminación de las barreras legales vigentes generaría, como único resultado, una baja en el precio de la marihuana y un simple cambio en la rentabilidad del negocio. El control, antes en manos de los traficantes, luego bajo regulación estatal, pasaría finalmente a las empresas multinacionales que lo operarían bajo los criterios del esquema de libre mercado. De todas formas, a priori <strong>no será sencillo controlar un mercado de demanda constante, que a mayor disponibilidad de marihuana crecerá aún más, sin que en paralelo surjan articulaciones que sigan aprovechándose de los grises e inconsistencias de la regulación.</strong></p>
<p>La legalización de la marihuana no puede ser presentada ante la opinión pública como una solución simplista ni efectiva para reducir los problemas judiciales, de seguridad o de violencia pública. Las organizaciones criminales cuentan con una alta capacidad para transformarse y ajustarse a las nuevas condiciones del negocio. Con el ánimo de conservar los niveles de rentabilidad, diversificarían el mercado, abriéndolo para quienes se sostenga la prohibición (los menores de edad, las personas no registradas o quienes busquen niveles más altos de THC), o bien creando uno paralelo, por contrabando, similar al que existe en el caso del tabaco.</p>
<p>Decir que la legalización de la marihuana desfinanciaría el 50 por ciento del negocio del narcotráfico es mentirle burdamente a la gente. <strong>Detrás del crimen organizado también están el tráfico de armas, la trata de personas, el terrorismo, el contrabando y el lavado de activos. ¿Deben legalizarse también?</strong></p>
<p>Es indudable que estamos en presencia de un debate que como sociedad se debe dar, pero que no puede restringirse a un mero enfoque de supuestos ideológicos individualistas y egoístas, que limitan a un análisis económico lo que en esencia es un problema socio-sanitario. Las políticas públicas sobre drogas deben basarse en evidencias científicas y empíricas. Así lo afirma la Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas (CICAD &#8211; OEA).</p>
<p>Frente a la errónea categorización de la marihuana como droga blanda, <strong>cada vez más y más investigaciones científicas demuestran con datos duros los daños a la salud ocasionados por su consumo</strong>. Se trata de una sustancia con principios psicoactivas muy potentes, que impactan sobre el sistema nervioso central, el cerebro y el aparato cardiovascular. Se ha comprobado que produce cambios significativos en los procesos cerebrales responsables de las habilidades y comportamientos que implican el pensamiento abstracto, la toma de decisiones, la flexibilidad cognitiva y la corrección de errores. Cerebros jóvenes en pleno desarrollo, vulnerables a la experimentación con el tetrahidrocannabinol.</p>
<p>Un Estado debe velar por la realización efectiva de los derechos de las minorías. Pero bajo ningún aspecto puede legislar de espaldas al bien común y el bienestar de una manifiesta mayoría que desea vivir en una sociedad saludable. Bien dijo Julio María Sanguinetti, ex presidente de Uruguay: “Bajar los brazos de este modo,<strong> proclamar la incapacidad de la sociedad para evitar la difusión de drogas y darle a los jóvenes la señal de que es algo permitido no nos conducirá a buen puerto</strong>. La cuestión es demasiado seria y compleja para reducirla a mágicas medidas de ingeniería social.”</p>
<p>¿A qué costo se pretende entonces avanzar en el camino de la experimentación? <i>Laissez faire, laissez passer&#8230;</i></p>
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		<title>Obama y la marihuana</title>
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		<pubDate>Mon, 27 Jan 2014 14:18:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Esteban Wood</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Puede discutirse si su posición resultó un tanto ambigua para quienes propician una flexibilización en la estrategia mundial contra las drogas, o demasiado laxa para quienes defienden el actual modelo restrictivo. Pero lo cierto es que nadie debería escandalizarse por lo que dijo <strong>Barack Obama</strong> acerca de la <strong>marihuana</strong> en el marco de un extenso reportaje que le realizó recientemente la revista <em><strong>The New Yorker. </strong></em>Al margen de ciertos reduccionismo en los cuales incurrió la prensa escrita local en sus titulares, los conceptos del presidente de los<strong> Estados Unidos de Norteamérica</strong> aportan una mirada interesante sobre el actual debate público en torno a la problemática, que van más allá del <strong>dilema prohibicionista/abolicionista.</strong></p>
<p>Dijo Obama: “Como bien ha sido documentado, de joven fumé marihuana y lo veo como un mal hábito y un vicio no tan diferente a los cigarrillos que fumé durante gran parte de mi vida. Su uso no es algo que aliente. Dije a mis hijas que consumir marihuana es una mala idea, es perder el tiempo, no es saludable&#8221;.</p>
<p>Desde un análisis discursivo, es posible interpretar que al mencionar el consejo para sus hijas, Obama elige amplificar un mensaje preventivo “paternalista” hacia una franja etaria que hoy está en el centro de preocupación. El <strong>National Institute on Drug Abuse (NIDA</strong>) dio a conocer los resultados del estudio &#8220;<strong>Monitoreando el futuro 2013</strong>” entre adolescentes de Estados Unidos. Los indicadores muestran una disminución alentadora en el consumo de drogas legales como el tabaco y el alcohol, pero a la vez reflejan la baja percepción de riesgo con respecto al uso de cannabis y otras drogas de prescripción médica, que se traduce en el aumento en su consumo. Y para quienes argumentan que la cultura de los sesentas y setentas tenía mucho de <em>cool</em> y libertaria, la ciencia (no la ideología) ha comprobado que la marihuana es ahora mucho más perjudicial que hace 30 años en tanto se ha reducido la proporción de cannabidiol (efecto protector) y aumentado la del tetrahidrocannabinol (principio psicoactivo).</p>
<p><span id="more-7"></span>Dijo Obama: &#8220;No creo que la marihuana sea más peligrosa que el alcohol en términos de impacto sobre el consumidor individual&#8221;.</p>
<p>En 2010, la revista médica <em><strong>The Lancet</strong> </em>publicó una interesante investigación que evaluó los efectos perjudiciales que tienen las drogas no sólo en el consumidor, sino en su entorno y en la sociedad. Valiéndose de nueve categorías de daño para el individuo y de siete categorías de perjuicios colectivos, los autores del estudio subrayaron que <strong>el alcohol, además de ser la droga más perjudicial en términos generales, es casi tres veces más dañina que la cocaína y el tabaco. </strong>Otra lectura posible a los dichos de Obama sugiere un cuestionamiento al doble estatus moral de una cultura que mientras condena y prohíbe a ciertas sustancias que proscribe, sí tolera e incluso fomenta el consumo de otras que admite socialmente.</p>
<p>Dijo Obama: “Los chicos de clase media no van a la cárcel por fumar marihuana, los pobres sí. Y generalmente los chicos afroamericanos/latinos suelen ser los pobres, y los que tienen menos recursos y apoyo para evitar las penas más duras”.</p>
<p>En abril del 2013, la <strong>Casa Blanca</strong> lanzó una ambiciosa estrategia que convocó a <strong>reformar las políticas de drogas</strong> sobre la base de la evidencia científica en el campo de las <strong>neurociencias</strong>, la evidencia empírica de los programas preventivos, una mayor posibilidad de acceso a los programas de rehabilitación, un histórico énfasis en la recuperación del adicto y una reforma de la justicia penal. También ha venido desarrollando una interesante experiencia con relación a las denominadas <strong>Cortes de Drogas</strong> (Drug Courts), una suerte de modelo jurídico-terapéutico que surge como alternativa no punitiva para el tratamiento del dependiente de drogas. Pero si bien la administración Obama ha comenzado a trabajar en este nuevo paradigma, subsisten ciertas desigualdades que sirven de sustento para que pensadores como <strong>Noam Chomsky</strong> refieran a la resignificación de las drogas como arma de discriminación: <strong>“Estados Unidos criminaliza a los pobres con las drogas”.</strong></p>
<p>Dijo Obama: “Exageran quienes argumentan que la legalización es la panacea que resuelve todos los problemas”.</p>
<p><strong> Ruth Marcus</strong>, columnista del <em><strong>Washington Post</strong>,</em> interpretó el sentir de muchas personas (entre los cuales me cuento) cuando escribió que &#8220;ni la sociedad ni nuestros chicos serán mejores con otra nueva sustancia psicoactiva legal en circulación&#8221;. La condición legal o ilegal de una droga no determina su capacidad intrínseca de daño, pero sí condiciona el alcance de la oferta, la facilidad para adquirirla, el precio y, en definitiva, el volumen del consumo, que la venta legal abarata y la publicidad apuntala. Otro dato no menor es el impacto de los costos asociados a las drogas. En Estados Unidos, según estadísticas del 2007, las drogas ilícitas impactaron en más de 193 billones de dólares por improductividad, atención a la salud y costos del sistema de justicia. En nuestro país, un estudio del 2008 del O<strong>bservatorio Argentino de Drogas</strong> dio cuenta de similar situación: el costo total atribuible al abuso de drogas (legales/ilegales) fue estimado en 14.149 millones de pesos, un 3,69% del PBI.</p>
<p>Dijo Obama: “Cuando hablamos de drogas más duras, el daño al consumidor es profundo y el costo social es profundo. ¿Estamos abiertos a que alguien venga con la propuesta de autorizar una dosis calibrada de <strong>cocaína</strong> o <strong>metanfetamina</strong>, con la promesa de que será menos nociva que el vodka o que no te pudrirá los dientes?”.</p>
<p>Quienes propician la legalización de las sustancias actualmente prohibidas (y todas las nuevas drogas de diseño por surgir) y/o la despenalización de las actividades relacionadas con ellas sostienen que la esencia invasiva de la individualidad, promovida por las políticas prohibicionistas, entraña en sí misma un conflicto frente a los presupuestos básicos del Estado de Derecho. Como en el modelo uruguayo, también asocian el concepto de legalización al de regulación, en el cual el Estado debe velar por un mínimo de condiciones de calidad en las sustancias. Si lo que impera en torno al debate parece avenirse con la filosofía liberal y con la moral individualista que animan al sistema de libre mercado y libre comercio,<strong> la inquietud de Obama es tan válida como lo sería en nuestro país si algún bien intencionado pensador promoviera el libre consumo de “paco” o de cualquier otra basura destructiva, bajo la concepción de los derechos y garantías individuales contempladas en el artículo 19 de nuestra Constitución Nacional.</strong></p>
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