¿Existe la posibilidad de un BRICSA?

‎Uno de los objetivos históricos de la persistente y ordenada diplomacia brasileña a lo largo del siglo XX ha sido insertar al país en los mecanismos institucionales de mayor visibilidad y gravitación del sistema internacional. Ello la llevó a apartarse de opciones de neutralidad durante las dos Guerras Mundiales. Pasando a integrar la fallida Liga de las Naciones, que se confirmaría como un pato rengo post-1918 dada la reticencia de la gran potencia estadounidense a comprometerse en su consolidación.

Lo mismo sucedería finalizada la conflagración contra el nazi-fascismo en 1945 de la mano de las Naciones Unidas. Un Brasil beligerante junto a los aliados desde 1942 fue la rendija por la cual durante las décadas posteriores y, en especial cuando Brasilia se comenzó a sentir con espaldas más anchas en lo político y económico en los años 60 y 70, para aspirar a ser miembro permanente del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Espacio de élite reservada para las potencias triunfadoras de la gran conflagración y para la China comunista de Mao a partir de 1972-73, cuando Washington decide jugar su “carta china” y usufructuar las tensiones de Moscú con su ex aliada Pekín.

A comienzos de esa misma década, el todopoderoso titiritero de la política exterior americana, Henry Kissinger, hizo su famoso comentario sobre Brasil como “Estado llave” en América Latina. Parecía haber llegado el esperado momento de la dirigencia brasileña de ser el “sub hegemón” de la zona sur del hemisferio americano en un esquema de consulta, respeto, garantías mutuas y ciertos márgenes de maniobra cara a cara con la Casa Blanca.

Los meses y años posteriores demostrarán que ese click tan esperado se retrasaba y no llegaría. Washington restringía la venta de tecnología nuclear a Brasil y el proteccionismo sobre exportaciones de materias primas hacia su mercado seguían y se acentuaban. Para peor, la crisis del petróleo del 73 y luego del 79 impactaban de lleno en un territorio brasileño inmenso pero carente en ese entonces de pozos con la capacidad de respaldar la expansión económica del país. El mazazo final seria la crisis de la deuda externa detonada en 1982, cuando la tasa de interés de referencia de la Reserva Federal alcanza su máximo para neutralizar la inflación de dos dígitos en EEUU pero al mismo tiempo tornar impagable la plata dulce contraída por diversos países emergentes a mediados y fines de los 70.

El “milagro económico” de 1964 a 1973 quedaba atrás y se entraba en una larga etapa de dos décadas de bajo crecimiento y alta inflación. El único consuelo era que el rival regional por el liderazgo, la Argentina, tenía un escenario igual o peor con el agregado de la guerra y postguerra de Malvinas. Así como un sistema político en donde ni militares ni peronistas ni radicales lograban darle gobiernos estables desde 1955 en adelante. En cambio, pese a sus limitaciones y tropiezos, los uniformados del Brasil gestionaron ininterrumpidamente entre 1964 y 1984, y en líneas generales continuaron una política económica desarrollista iniciada por gobiernos democráticos ya en la década de los 50. Nada más distantes que las idas y vueltas de la Argentina. En otras palabras, no era tanto que Brasil hiciese las cosas bien, su vecino del sur las hacía peor.

Aún así, ciertos elementos le seguirían dando a Buenos Aires interesantes activos de negociación, tal como su desarrollo en materia nuclear, de vectores misilísticos de uso dual y satélites, como también el marcado desinterés en Washington de poner todas las fichas en un solo casillero de la ruleta. La política exterior encarnada por Guido Di Tella en los 90, más allá de sus histrionismo y frases provocadoras, entendió perfectamente esto.

Los años 90 le darían a Brasil un atributo importante en su consolidación cómo aspirante a esa categoría. El denominado Plan Real en1993 viabilizaría una estabilización de sus variables macroeconomicas y control de la inflación. El impacto de la crisis económica rusa a finales de esa década fue capeada exitosamente por Brasil con la ayuda del FMI y un rol activo y cooperante de la administración Clinton. Pese a ello, el Real tuvo de devaluarse aportando un tiro de gracia a la ya agonizante Convertibilidad del tipo de cambio en la Argentina.

La historia posterior es más que conocida: al colapso económico y político de nuestro país en el 2001, le sucedería el ascenso de la izquierda del PT en Brasil de la mano del entonces ya tanta veces candidato fallido a la Presidencia Lula Da Silva. Esta “institucionalizacion” de sectores que usualmente habían visto la política desde la oposición y priorizando lo clasista o lógica politica agonal o de confrontación, estaban ahora en la cúspide del poder. Un sindicalista pragmático cómo Lula no dudo en continuar las sanas políticas macroeconómicas de su antecesor Fernando Henrique Cardoso, así como una política exterior prudente y de buena sintonía con las grandes potencias en general, y con los EEUU en particular.

Para el 2003-2004, otro factor inesperado entraba en la escena. El boom de los precios de las materias primas que exportaban nuestros países, en especial soja, carnes y minerales. Brasil podía comenzar a combinar, luego de décadas, baja inflación, altos ingresos por exportaciones y crecimiento económico. Este círculo virtuoso le permitirá incorporar al equivalente a la población argentina, unos 40 millones de habitantes, al consumo de niveles de capas medias bajas y medias. Dándole forma a un portentoso mercado interno que se combinó con las grandes demandas de alimentos y materias primas por parte de China, India y otros emergentes. Con ese marco, la Presidencia del Brasil no dudo en apostar fuerte a un intenso lobby internacional junto a Alemania, Japón, India y Sudáfrica para lograr una reforma en el Consejo de Seguridad de la ONU y, en especial, en lo referido a las bancas permanentes con poder de veto.

Para el 2005, ya era evidente que ni los EEUU, ni China ni Francia y el Reino Unido tenían consenso básicos para viabilizar estos cambios. A partir de ese momento, Brasilia comenzó a poner el foco en darle forma político-estratégica-diplomática a una sigla inventada por fondos de inversión de los EEUU para colocar bonos en mercados dinámicos a comienzo del siglo XXI, o sea BRIC: Brasil, Rusia, India y China. En un primer momento, Moscú, Pekín y Nueva Delhi no se mostraron muy interesadas, dado que dos de ellas ya tenían su plazas aseguradas en la mesa chica del Consejo de Seguridad, y los herederos de Ghandi contaban con un poderoso arsenal nuclear y una naciente relación preferencial con los EEUU, paí, que comenzaba a verlos como protagonistas claves para la futura, lenta y paciente contención a la ascendiente China.

Sin duda, Brasil era y debía ser el más preocupado y ocupado en darle carne y forma a esa categoría financiera especulativa de BRIC. Así, con la paciencia y método que caracteriza a la diplomacia verdeamerilla, y aprovechando la imagen y carisma mundial de Lula, Brasilia dio importantes pasos para impregnarle contenido a ese acrónimo inventado en Wall Street. En la misma sinfonía, la diplomacia del gobierno de Lula -en especial su brillante y carismático ex Ministro de Defensa, Nelson Jobim- llevó a cabo también un incansable esfuerzo para ir dando forma a un espacio sudamericano: el UNASUR, que marcaba una línea imaginaria que cruzaba a la altura del Canal de Panamá.‎ Un regreso al viejo sueño de cogestion del hemisferio.

De esa línea hacia arriba, el “patio trasero” del hegemón estadounidense y hacia el sur, la presencia de una potencia regional prudente garantizaría un marco de seguridad y estabilidad a intereses nacionales vitales de Washington. El bolivarianismo de Hugo Chavez y su estrecha alianza con el régimen cubano, paradojicamente arriba de la línea geográfica imaginaria, fue de gran utilidad para este inteligente proyecto geopolítico brasileño. Para complementarlo y facilitarlo, la Argentina, tras la Cumbre de Mar Del Plata en 2005, comenzaba a perder la posibilidad de tener la cintura suficiente para moverse hacia Washington o Brasilia según fuese conveniente (Cabe recordar que, luego de ese acalorada cumbre de Presidentes que dio por tierra, con justas razones económicas, con el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), Lula se encargo de invitar al presidente George W. Bush a pasar unos días en su residencia privada en Brasil).

A casi una década de esos eventos, que luego tendrían nuevos capítulos cómo el allanamiento de un avión militar de los EEUU en Ezeiza, se produce en julio del año pasado en Brasil la cumbre de los países de los BRICS (la S por la recientemente agregada Sudáfrica). Potenciada por el paso por la Argentina por unas horas del mandatario ruso y el chino, y la esperanza más o menos justificada de poder apoyarse en los recursos financieros de estos Estados cómo forma de poder tomar distancia del “pérfido capitalismo internacional”.

Luego de algunas versiones cruzadas y malentendidos, quedó en claro que la Argentina no sería invitada a sumarse a los BRICS cómo miembro pleno sino como observadora junto a todos los restantes países del UNASUR durante la cumbre en la ciudad de Fortaleza. Si en algo Brasilia no tiene un lógico interés es en sumar a Buenos Aires a este espacio, por el cual ha hecho un gran esfuerzo para constituirlo cómo un escenario donde sobresalir claramente sobre todo el resto de la región y posicionarse como una de las potencias del mundo multipolar. Siempre recordando que dentro de la sigla BRICS conviven países que aún apuntas parte de sus misiles nucleares uno contra otro, o sea China y la India, u otros dos que los une transitoriamente el balancear el mega poder norteamericano, pero que a ojos vistas pueden volver a tener serias tensiones cómo lo tuvieron a lo largo de su historia y aun cuando ambas eran comunistas en la guerra soviético-china de 1969.

Nuestro país está en óptimas condiciones de sacar provecho de ese mundo emergente, siempre que no se asuma al mismo como un atajo o mecanismo para revanchas o jueguitos para la tribuna. Cabría repasar los estudios y análisis sobre lo no tan fácil y barato que ha resultado para Venezuela y Ecuador algunos “préstamos blandos” chinos que han tenido en diversos casos como garantías de pago las reservas petroleras de estos países.  En eso, hay mucho que aprender del Brasil y su capacidad de darle un espacio importante de autonomía a su política exterior de los enredos y necesidades estéticas ideológicas que plagan las políticas domésticas. Sabiendo que no contamos con sus capacidades materiales pero sí de algunos activos que aún nos permiten sentarnos en la mesa con los grandes jugadores.

Psicología de una larga relación

Mientras nuestros estadistas y próceres, con algunas excepciones, como Sarmiento, Zeballos y Alberdi, focalizaban su visión internacional en la pujante y poderosa Europa del siglo XIX, los mandos políticos del Brasil del Imperio portugués y luego la monarquía brasileña independizada de la metrópoli, pusieron siempre parte de su atención en esa ex colonia británica que conformaría los EEUU. Quizás por el histórico vinculo de Portugal con Inglaterra y de esta última, en una relación amor y odio, con sus ex dominios en América del Norte, las tierras brasileñas fueron más permeables a intuir o ver el fenómeno del ascenso del poder de Washington a escala hemisférica y luego a nivel mundial a comienzos del siglo pasado.

Ya a principios del 1900, el gran Canciller y ajedrecista de la política exterior de Brasil, el Barón de Río Branco, formulaba algunas de las directrices de la política de inserción regional e internacional de su país. En la visión del Barón, el desafío era equiparar y superar a la ascendente potencia argentina que, de la mano de una elite política con visión, la inserción virtuosa en el mercado como proveedor de materias primas al Imperio británico y receptor de grandes inversiones portuarias y ferroviarias de los ingleses, así como la llegada de millones de inmigrantes laboriosos de Europa, haría que Buenos Aires pasara a ser la capital de la principal potencia sudamericana para 1910.

Habría que esperar a mediados del siglo XX para que el PBI brasileño equiparase el argentino, para ser hoy cuatro veces más grande. La forma propuesta por Río Branco para concretarlo era tener un vínculo fuerte y privilegiado con los EEUU, pero sin que ello derivase en la vía libre a la intromisión lisa y llana de Washington en la zona así como tampoco motivar conflictos bélicos a gran escala con Buenos Aires. La decisión de Brasil de estar del lado de Gran Bretaña, Francia y los EEUU contra Alemania en la Primera Guerra Mundial y su participación directa en la Segunda Guerra Mundial junto a EEUU en Italia y en la concesión de bases en la costa sudamericana para que la Armada americana pudiese operar mejor contra los submarinos alemanes, fue parte de esa orientación. Vis a vis la neutralidad argentina en ambas guerras y algunas que otras simpatías hacia el Eje germano-italiano.

 

Una recorrida por la literatura politológica e histórica sobre la postura Argentina post 1945 muestra diversos autores que exploran las razones por las cuales nuestro país “no se subió” al tren de la hegemonía americana. Si bien dista de ser el propósito de este artículo abordar en detalle las razones, muy exhaustivamente abordadas por Carlos Escudé en sus escritos de la décadas de los 80 y 90, también es interesante ver como existe una corriente historiográfica en Brasil que se pregunta los motivos por lo cual su país “fue bajado” de ese tren post 45. Básicamente, por el menor interés de Washington en América Latina luego Segunda Guerra y su foco de atención en la contención a la URSS en Europa y Asia. Habrá que esperar a la revolución cubana en 1959 para que el temor de la penetración comunista y la difusión del foquismo guerrillero llevara a la superpotencia a retomar una agenda activa o “gran estrategia” en la zona, tal como la articuló a comienzos de los años 30 cuando existió la percepción de una penetración nazi-fascista en la entonces poderosa Argentina y en el Sur de Brasil. Cabe preguntarse si la reciente y creciente penetración comercial y económica de China, activará este mecanismo en Washington, pero esto es tema para otro artículo.

 

Para la década del 50, pensadores geopolíticos brasileños buscaban la forma de darle textura teórica a la relación con los EEUU. De ahí, en ámbitos militares y diplomáticos surgió el concepto de “barganha leal” de Golbery do Couto e Silva, o el intento de establecer un acuerdo implícito o explícito por el cual Washington delegaba la gestión del día a día de Sudamérica al Brasil y este ultimo garantizaría el núcleo duro de los intereses de seguridad de las barras y estrellas. Pero de hecho, ello jamás se concretó. Quizás por el viejo y siempre válido concepto que afirma que las grandes potencias no delegan el poder, solo lo ejercen o lo pierden.

Esta búsqueda de una relación estrecha y privilegiada con los EEUU seguiría y se profundizará en los 60 y en especial a partir del golpe de 1964. A comienzos de la década siguiente, Henry Kissinger, desde su posición clave en la política exterior del presidente Richard Nixon, hizo la famosa referencia a Brasil como “Estado llave” en América Latina. Esto, parecía ser el preludio de la concreción en los hechos de la deseada “barganha leal”. Pero la evolución posterior dio por tierra con esa expectativa. Washington seguía focalizando su interés en la Guerra Fría con los soviéticos, en abrir una puerta diplomática con la China de Mao crecientemente enfrentada a Moscú y en navegar las turbulentas aguas económicas posteriores a la crisis del petróleo de 1973 y la competencia económica de nuevos gigantes como Alemania y Japón.

Por ello, los años 70 comenzarían a mostrar un lento proceso de alejamiento hacia posturas más autonomistas, pero nunca contestatarias o erráticas (pasar de alineamiento a confrontación como la Argentina). Un Brasil que ya se sentía ganador de la carrera hegemónica que tuvo con la Argentina durante fines del siglo XIX y el XX, así como marginado del acceso a la tecnología nuclear estadounidense y afectado crecientemente por el proteccionismo comercial del mundo desarrollado, asumiría una estrategia que combinaría relaciones constructivas con Washington con espacios de debate y disputa así como el intento de consolidar su propia influencia al sur del Canal de Panamá.

La combinación de democracia estable (década del 80), economía estable (a partir de los 90) y boom de los precios de las materias primas que exporta el país (de 2003 en adelante) así como un liderazgo carismático y pragmático como el de Lula Da Silva y la institucionalización del PT y la izquierda del país como fuerza seria y realista, le daría renovadas fuerzas y espaldas a la aspiración de Brasilia de ser el interlocutor privilegiado del mundo en general y con los EEUU en particular en lo atinente a nuestro región. La aspereza de la relación de los países bolivarianos con la superpotencia, si bien nunca interrumpiendo la exportación de más de un millón de barriles diarios de Venezuela a la “potencia imperialista”, y la progresiva y persistente deterioro de la relación argentino-americana del 2005 en adelante, acrecentaba aun más la idea del Brasil como el país que combinaba masa crítica de poder y pragmatismo. Esa realidad, fue y es hábilmente utilizada por diplomacia de los herederos del Barón de Río Branco.

En este escenario, el caso Snowden y la difusión del espionaje de la NSA, una de las 14 agencias de inteligencia de EEUU y dotada de un presupuesto de 50 mil millones dólares, que tienen a Brasil, México y Colombia como los países latinoamericanos más vigilados (un verdadero golpe al ego del eje castrista-bolivariano) se da en momento en donde la presidencia de Dilma Rousseff enfrenta varios desafíos con vistas a su reelección. A las manifestaciones populares que se dieron meses atrás en Río, San Pablo y otras ciudades reclamando por la corrupción y la baja calidad de los servicios públicos, se le sumó la deserción de algunos sectores del PT hacia nuevas formaciones opositoras y la presencia de Lula merodeando y generando versiones sobre si pretende postularse a un nuevo mandato. Todo ello combinado por un enfriamiento de la economía en el 2013, lo cual parecería continuar en los próximos dos años así como un ascenso de la inflación al 6 por ciento anual; considerada amenazante y alta ya para los operadores económicos y amplios sectores de la sociedad.

Por todo ello, el caso Snowden le brinda a Rousseff una bandera para recuperar voluntades e intención de voto (hoy cercana al 35-36 por ciento) luego de haber llegado a tener 70 por ciento de imagen positiva el año pasado. Como comentábamos en un pasado artículo desde esta columna, todos los países dentro de sus capacidades económicas, tecnológicas y humanas llevan a cabo espionaje, contra espionaje y desinformación sobre otros Estados. Aun aquellos que por su subdesarrollo no lo pueden hacer a gran escala, tienden a concentrarse en inteligencia interior. Tanto sea respetando o no los marcos legales. Ni qué decir cuando se trata de no democracias o de democracias delegativas y no republicanas. Por ende, el levantar la voz en el caso Snowden tiene tanto de legítimo como de útil actuación. Por esas vueltas e ironías del destino, a pocas horas del reciente y duro discurso de la primera mandataria brasileña en Naciones Unidas, regresaba al Brasil un submarino de guerra de ese país que había pasado los últimos largos meses en maniobras, sólo reservadas para aliados, con la Armada americana en aguas internacionales. Al mismo tiempo, el gobierno de Obama daba el ok a transferir tecnología sensible de los aviones de combate F18 si Brasilia se inclinaba por comprar 36 de ellos en lugar de hacerlo a competidores franceses y sueco-británicos. También, otras voces diplomáticas y políticas en Brasil, en un sutil off the record, afirmaban que pasado el fragor de la tensión se concretaría una nueva cumbre Obama-Rousseff y que Brasilia usaría esta “cuenta pendiente” de Washington con la potencia sudamericana para buscar erosionar o quebrar la “amistosa negativa” de EEUU de dar el ok para que Brasil sea uno de los nuevos miembros con poder de veto en una futura reforma del Consejo de Seguridad de la ONU junto a otros como Alemania, Japón e India. En el mismo sentido, afirman que este pataleo más que justificado es además un modo con el que la elite brasileña se decide a transmitirle a sus pares americanos que esta es una relación que debe ser más valorada, cuidada y no vista como algo dado. En otras palabras, ser tratados y jerarquizados como una potencia internacional en toda su dimensión. Aun en sus enojos, los Estados Unidos del Brasil (como se denominó oficialmente el país entre 1889 y 1968) no pierde de vista su viejo sueño de un vínculo estrecho, de mutuo respeto y estratégico con su ex homónimo del Norte.

Brasil: bienvenidos los ‘60

En momentos en que a nivel político está de moda hablar del “setentismo” y con el regreso de la música y la estética “Graduados” de los “ochentas” en Argentina, el gigante brasileño parece recibir a toda orquesta los “sesentas”. Más allá de que la historia no se repite, si bien algunas veces rima, ese cliché con algo de verdad hace referencia al ingreso, seguramente esporádico, pero definitivo, de una gran masa de clase media en la vida política y socioeconómica en Brasil.

Los ’60 serán recordados por la agitación de los hijos de la clase media en los países desarrollados, e incluso en la Argentina. La Ciencia Política comenzó a analizar y problematizar este fenómeno ya en aquellos momentos, comenzando por el gran Samuel Huntington y su ya clásica visión sobre la turbulencia que generaba y generaría la “brecha” entre las realidades cotidianas y las expectativas de esas crecientes capas medias. Una literatura, con correlatos de excepcionales politólogos como Martín Lipset y argentinos como Guillermo O’ Donnell, que pese a su casi medio siglo de antigüedad seguramente serán de interés para los tomadores de decisión y periodistas brasileños.

¿Cómo se llego a esto? ¿Cómo es que de un día para el otro la imagen del Brasil como país estable y de movimientos lentos y previsibles -un “país ballena” como suele decirle Mónica Hirst- pasa a pegar saltos y cabriolas más propias de la Argentina? Quizás una de las respuestas más articuladas y con anclaje en la historia sea enumerar y articular algunos aspectos claves: la estabilidad política del Brasil puede reconocerse como un activo (más aún si se la compara con la Argentina y otros de sus vecinos). Incluyendo el período de su régimen militar (1964-1984), el cual avanzó de manera sustancialmente ordenada para finalmente dar progresivamente mayores grados de apertura política y finalmente encarar una transición pautada con el poder político. Cabría sólo sobrevolar todos los cambios, giros, tragedias y colapsos que se dieron el la Argentina durante esas mismas dos décadas.

La llegada de la democracia brasileña nos mostrará que sólo uno de sus presidentes no pudo finalizar su mandato por razones que no fuesen de salud. Nos referimos al breve período de Fernando Collor de Mello. Seguramente, un mandatario que no terminó de entender cabalmente que la densidad institucional no daba para proyectos fundacionales y atropelladas como las que llevaron a cabo sus pares de países como la Argentina y Perú en los ’90. El comienzo de esa misma década combinaría la estabilidad institucional con la macroeconómica de la mano del Plan Real. La lluvia ácida de inflaciones de dos a tres dígitos anuales comenzaría a quedar atrás de la mano de un manejo más prudente de las cuentas fiscales y la deuda externa. El comienzo del siglo XXI le abriría la puerta, luego de varios intentos frustrados, al PT y su carismático Lula da Silva a acceder al poder. De esta forma la izquierda democrática y sus ramas sindicales y sociales se comenzaban a integrar definitivamente al establishment político. Con sus particularidades y estilos, pero con los pies definitivamente dentro del plato para ventaja de la estabilidad política del país en el futuro. Quizás esta misma realidad moderó en parte la ofensiva de la oposición más prudente sobre el debilitado Lula en aquellos complicados meses del 2004 y comienzos del 2005, en pleno escándalo por corrupción en el gobierno. Esa oportunidad no fue desaprovechada por el ex líder sindical y con el voto de los sectores populares y campesinos del noreste, que comenzaban a ser activamente asistidos con planes sociales, obtuvo su reelección y la era dorara sus años en el poder.

De manera casi simultanea a la llegada del PT a la presidencia, Brasil se vio ampliamente beneficiada por el boom de las materias primas que generaba el ingreso definitivo de las masas criticas de las poblaciones de China, India y en menor medida África en el consumo de alimentos, minerales, etc., multiplicando por 4, 5 y hasta 6 sus precios internacionales. Ese nuevo mundo, que también ha favorecido de lleno a nuestro país y sin el cual no se puede explicar el ciclo político argentino de los últimos 10 años, logró aportarle crecimiento y disponibilidad financiera al Brasil.

Para mediados de la pasada década, nuestro vecino y socio combinaba estabilidad política y económica, crecimiento y un liderazgo fuerte, y estaba dispuesto a no forzar el entramado institucional de la mano de una re-reelección. Consolidando una constante en la historia del Brasil moderno, el rechazo a visiones de hombres providenciales por encima de todo y de todos. Esta dinámica, así como la existente en la segunda potencia latinoamericana -México- y en la tercera -Colombia-, da un sentido bastante claro sobre hacia dónde se orientará Latinoamérica en los próximos lustros y décadas, bastante alejado de corrientes más épicas y de la excepcionalidad de las personas por sobre las instituciones, como se da en los países bolivarianos.

La foto del Brasil que nos quedaba de los últimos años es la validación popular al PT con la victoria de Dilma Rousseff, la elección de ese país para organizar eventos de la magnitud del Mundial de fútbol y los Juegos Olímpicos, fuerzas armadas crecientemente repotenciadas y respaldadas por el poder político, de izquierda paradójicamente, la visión en EEUU y en Europa acerca de una Brasilia como interlocutura clave, así como las mejoras masivas en materia socioeconómica. Esas 40 millones de personas que se sumaban a las capas medias eran lo más visible y contundente de ese éxito.

Para algunos, la agitación y malestar de las últimas semanas es un chispazo pasajero. Para otros, quizás una mayoría, el reflejo de serios problemas por venir que irán desdibujando los logros del Brasil. La nuestra es una postura intermedia y quizás más optimista. Regresando a los clásicos de la ciencia política que citáramos, no habría demasiado para sorprenderse pero la realidad es que uno vuelve a mirar esos libros cuando se dan de manera sorpresiva algunos de los fenómenos que ellos analizaron y anticiparon. Más allá de ello, el sistema político y la sociedad civil del Brasil tienen los cimientos suficientemente sólidos como para capear el temporal.

Si hace un año o menos muchos pecaban de idealistas con la dinámica en ese país, ahora no cabe cometer la misma equivocación en el sentido contrario. La existencia de un sistema de partidos sustancialmente fuerte, una macroeconomía sana, altos precios internacionales de los productos exportables, una fuerte y activo mundo empresarial privado y público, una política exterior pragmática y activa, un arraigado federalismo, una dirigencia política con capacidad de autocontrol frente a la punición del poder, justifican este cauto optimismo. En otras palabras, la suficiente mediación institucional para canalizar las expectativas y malestar. Ya nada será igual para el Brasil y habrá cierta “saudade” (melancolía) en algunos sobre ese país que hasta hace poco era la “niña bonita” del proceso de modernización en la región. Pero una mirada mas atenta pondrá en evidencia, más temprano que tarde, que los “sesentas tardíos” vienen a hacer más sustentables los cambios.