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	<title>Federico Gaon &#187; Recep Tayyip Erdogan</title>
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		<title>El nuevo dilema de Erdogan</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Oct 2015 11:09:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Gaon</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Hace dos meses escribía que Recep Tayyip Erdogan <a href="http://opinion.infobae.com/federico-gaon/2015/08/28/el-dilema-de-erdogan/">tenía un dilema por delante</a>. Con su popularidad en un bajo histórico, en aquella oportunidad discutía que para imponerse en las elecciones anticipadas (y generales) del 1.º de noviembre el mandamás turco, en el poder desde hace más de una década, tenía que dar con un logro resonante en política exterior. Actuar o no actuar en Siria y en Irak: esa era la cuestión. Por ponerlo sucintamente, Ankara se opone al régimen de Bashar al-Asad, porque representa una gran fuente de inestabilidad regional y porque se supone el apéndice de Irán, al que Turquía quiere contrarrestar. Por otro lado, el Estado Islámico (ISIS) también representa un grave peligro, pero el Gobierno turco teme que una derrota yihadista signe una victoria kurda irreversible, poniendo a los kurdos un paso más cerca de su tan ansiada estatidad. En agosto este era el dilema de un Erdogan presionado doméstica e internacionalmente por su ambigüedad y su vacilación. Los analistas concedían al respecto que si el sultán turco quería asegurarse una mayoría parlamentaria en los comicios, necesitaba tomar una resolución contundente y, lo que es más difícil (considerando los riesgos), conseguir una victoria rápida que sea mediatizable y redituable en términos electorales.</p>
<p>Bien, ¿qué puede hacer el oficialismo turco, a poco más de una semana de las elecciones, para incrementar sus posibilidades? Independientemente de lo que pase en los próximos días, lo más probable es que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), capitaneado por Erdogan, se posicione como la primera fuerza política del país. El problema pasa, no obstante, por el hecho de que Erdogan no quiere verse obligado a formar una coalición para poder gobernar, pues hasta ahora nunca ha tenido que negociar o conciliarse con sus contrincantes políticos. Para peor, ya no puede intervenir en Siria ni aunque quisiera; y de momento difícilmente pueda actuar en Irak. Vladimir Putin le ha ganado de antemano, y le ha cortado a los turcos la posibilidad de interponerse, en detrimento del prestigio de Turquía como actor regional. Consecuentemente, podríamos decir que Erdogan se enfrenta ahora a un nuevo dilema: ¿cómo proyectar poder? ¿Apuntar sus cañones al escenario doméstico o al campo de batalla externo? Por lo pronto, la distinción entre uno y el otro parece haberse desvanecido del glosario político de los turcos. Y dispare a donde dispare, Erdogan arriesga con incendiar Turquía y sus alrededores.<span id="more-226"></span></p>
<p>Para poner la situación en contexto, hay varias razones por las cuales el AKP viene perdiendo popularidad. Una de ellas es la economía. Afectada por una gestión que gastó demasiado y por la pérdida de confianza del consumidor en los mercados, la economía turca está estancada. En tanto el desempleo y la inflación están en alza, el Gobierno mantiene una pugna con el Banco Central por la política monetaria. Otra razón es el detrimento de las instituciones y las garantías civiles en el país. Desde las protestas en la emblemática plaza Taksim en 2013, un segmento importante de la oposición comparte una preocupación por los escándalos de corrupción que envuelven al Gobierno, y la mano de este en opacar la libertad de expresión, a la par que avanza en una agenda de islamización paulatina.</p>
<p>Por otro lado, cabe destacar que a comienzos de 2013 se estableció una tregua entre Turquía y el Partido de los Trabajadores Kurdos (PPK). Paradójicamente, varios comentaristas políticos plantean que de no haber escalado el conflicto en Siria con el auge del ISIS, muchos kurdos quizás hubieran votado al AKP durante las últimas elecciones de junio. El proceso de reconciliación, aunque inconcluso, perfilaba a Erdogan como un líder interesado en poner fin a la contienda, y lo que es más, como alguien dispuesto a conceder mayores garantías a los kurdos como grupo cultural. Sin embargo, al estallar la violencia yihadista y al negarse a apoyar a las milicias kurdas que combatían al ISIS, Erdogan y su primer ministro escudero, Ahmet Davutoğlu, se distanciaron del sentimiento del electorado kurdo. El caso queda mejor ilustrado por la inacción turca durante el asedio de Kobane, desarrollado virtualmente a las puertas de Turquía, el cual enfrentó a los yihadistas contra las milicias de las Unidades de Protección Popular (YPG) que responden al Partido de la Unión Democrática (PYD) de los kurdos sirios.</p>
<p>Entre los analistas se conjetura que Erdogan esperaba sacar réditos con la tregua, principalmente a los efectos de ganarse al electorado kurdo y poder seguir gobernado sin necesidad de pautar con otras fuerzas políticas. En palabras de Mustafa Akyol, un renombrado periodista y escritor de la escena local: “Erdogan le daría al movimiento kurdo lo que quería, y a cambio el movimiento kurdo le daría a Erdogan lo que él quería: apoyo vital en el Parlamento para pasar una nueva constitución con un sistema presidencialista hecho a medida [de Erdogan]”.</p>
<p>Con la tregua devastada por los eventos del último año, que ponen a las milicias kurdas nuevamente en la mira de las fuerzas armadas turcas (antes que al ISIS), el electorado kurdo en Turquía se concentró en el Partido Democrático de los Pueblos (HDP), una plataforma predominantemente kurda y socialista. Durante las últimas elecciones de junio, <b>el HDP se hizo con el 13% de los votos, marcó así la primera vez en la historia turca en la que una fuerza kurda se hace con representantes en el parlamento, consiguiendo, por si fuera poco, 80 escaños</b>. El AKP, que había logrado 255 bancas, sólo necesitaba 20 escaños más para formar la mayoría y, ergo, gobernar cómodamente sin necesidad de pautar con las fuerzas de la oposición. Por esta razón, se concede que el ascenso casi meteórico del HDP, que se niega a votar a Erdogan como superpresidente a la usanza de un Putin o un Hugo Chávez, le ha restado al AKP votos indispensables.</p>
<p>En respuesta, el Gobierno ha convertido la campaña política en un “nosotros” contra “ellos”. Conscientes de que el voto kurdo está perdido, Erdogan y Davutoglu apuntan ahora a ganarse al electorado más jingoísta, asociado con el Partido de Acción Nacionalista (MHP). Como resultado, los voceros del Gobierno han salido a despotricar contra los occidentales, contra los kurdos, contra los izquierdistas y contra toda fuente percibida por los sectores más duros como adversas a los intereses nacionales, con la notoria excepción de los rusos (véase más adelante). Erdogan notoriamente llamó a los turcos a votar por candidatos domésticos, lo que se lee: “No voten a los kurdos, no voten al HDP”. En relación con el <a href="http://www.infobae.com/2015/10/10/1761416-turquia-suben-95-los-muertos-el-atentado-contra-una-marcha-la-paz-ankara">ataque terrorista del 10 de octubre</a>, el más terrible hasta la fecha en la historia turca (con 102 fatalidades confirmadas), aunque la evidencia sugiere que los responsables fueron dos suicidas con nexos al ISIS, el Gobierno insistió en vincular al PPK en el trágico asunto.</p>
<p>A propósito de este último grupo, el PPK es designado como una organización terrorista y se reconoce que está bien afincada en territorio anatolio, motivo por el cual los sucesivos Gobiernos turcos vienen combatiéndola desde hace tres décadas. De allí estriba la reticencia de Ankara a combatir al ISIS. En vista de sus funcionarios, el yihadismo es una amenaza secundaria al lado de las milicias kurdas, expresas en su deseo por conseguir autodeterminación para los suyos. Con semejante clima convulsionado, lo cierto es que el oficialismo turco ha añadido leña al fuego, poniendo discursivamente a todos los kurdos en la misma bolsa, apelando a caracterizaciones de otredad maniqueas bastante peligrosas. En un discurso reciente, Erdogan expusó lo siguiente: “Digo abiertamente que el PKK, el PYD, y el YPG no son organizaciones diferentes al ISIS. Todas son organizaciones terroristas con sangre en sus manos. Quienquiera que se exprese de un modo acorde con el patrón insensible de cualquiera de estas organizaciones es condescendiente con sus actos de terrorismo puro, que amenazan nuestra existencia”. En este sentido, el HDP, sospechado de tener vínculos con el PKK, en el examen del oficialismo también entra en la lista terrorista.</p>
<p>Fuera como fuera, la intromisión rusa en Siria descartó por completo la opción de una intervención militar turca en contra de Asad. De este modo, el Gobierno turco, que conjeturó que su ambivalencia era estratégica a los efectos de posicionar a Turquía como un <i>game-changer</i>,<i> </i>como un jugador de peso en el tablero, se ha quedado ahora sin posibilidad de arriesgar una movida ofensiva, que podría poner al país en un curso de colisión con Rusia. Por ello, Erdogan y compañía ya no pueden utilizar la carta castrense para ganar votos, apelando al “baño de sangre” de Asad y al terrorismo proveniente de los rincones del vecindario. Al caso, Turquía, que en los foros internacionales abogaba por una Siria sin Asad, peticionaba por una zona de exclusión aérea en el norte sirio. Evidentemente, con los cazas rusos surcando los cielos al servicio del dictador damasceno, esta posibilidad ha quedado completamente anulada.</p>
<p>De acuerdo con Metin Gurcan, experto turco en cuestiones castrenses, la tajante incorporación de Rusia a la ecuación siria le representa al AKP una pérdida en términos domésticos. “Quizás por primera vez, las élites del AKP se quedaron sin poder recurrir a su hábito de utilizar la política exterior como una herramienta para hacer política doméstica”. Aquí vale recalcar que un mes antes de que Moscú movilizara su músculo en Medio Oriente, Erdogan afirmó de Putin: “Ya no cree que Rusia debería apoyar a Asad hasta el final”. Hoy, comprensiblemente desde el ángulo de la política, Erdogan omite referirse a los rusos en sus alocuciones.<b> Con su accionar, Putin ha humillado indirectamente al presidente turco, pinchándolo en donde más le duele: su imagen de hombre fuerte.</b></p>
<p>En concreto, imposibilitado a jugar la carta exterior atada al ejercicio del poder duro, Erdogan ha entremezclado lo doméstico con lo externo. Podría decirse que está desesperado. Según lo estiman las encuestadoras, los resultados electorales del 1.º de noviembre serían muy similares a aquellos registrados en junio. En consecuencia, el AKP recibiría nuevamente alrededor del cuarenta por ciento de los votos, y el HDP cerca del doce. Por todo esto, el nuevo dilema al que se enfrenta Erdogan se traduce en rigor como una apuesta explosiva: ¿cómo ganar las elecciones con una mayoría parlamentaria, sin arriesgar, en el proceso, gestar las condiciones para una tensión generalizada en todo el país? Dado el historial de violencia terrorista y sectaria de la región, y en efecto dentro de Turquía también, la posibilidad de una insurgencia kurda dentro de Anatolia no es una posibilidad irracional.</p>
<p>A juzgar por sus declaraciones, <b>parece ser que Erdogan apostó todas sus fichas en conseguir la mayoría a como dé lugar. No obstante, si los comicios confirman el resultado de las elecciones de junio y el AKP no puede conformar una mayoría, Turquía podría verse envuelta en una severa parálisis gubernamental</b>, agravada por el resquebrajamiento social fogoneado por el actual Gobierno.</p>
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		<title>El dilema de Erdogan</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Aug 2015 09:39:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Gaon</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Tras sufrir una recaída electoral en junio, con su popularidad en un bajo histórico, Recep Tayyip Erdogan, fiel a su estilo, ha vuelto a apostar a la política exterior para ganar los puntos que le faltan. Apelando a un tono nacionalista, tanteando una ofensiva contra los enemigos del Estado, el oficialismo busca compensar por la gestión que falta en casa y, apalancándose en el contexto actual de guerra regional, busca recuperar los votos que en las últimas elecciones no pudo cosechar. <b>Es la primera vez, desde las elecciones generales de 2002, que la plataforma de Erdogan, el </b><b>Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), no logra hacerse con una mayoría parlamentaria.</b><b></b></p>
<p>Pese a ganar las elecciones pasadas, dado que no ha podido formar coalición con otra fuerza política, Turquía llamará a elecciones anticipadas en noviembre. <b>Erdogan intenta cambiar el sistema turco para convertirlo en un presidencialismo moldeado en el ejemplo ruso y, en los tres meses que quedan hasta los próximos comicios, espera recuperar votantes apoyándose en una política exterior fornida</b>. Esta, que en el pasado reciente ha sido duramente criticada por su ambivalencia frente al conflicto en Siria y el avance del yihadismo, en los últimos meses se ha endurecido; y mientras el Gobierno la presenta como el cálculo estratégico propio de los intereses nacionales, la oposición, los periodistas y los analistas sospechan que estriba de intereses políticos bastante limitados, con mira a réditos inmediatos en el plano doméstico. De cualquier modo, vale preguntarse si la política exterior turca es sustentable, como desde ya también inquirir si le saldrá bien o no la apuesta a Erdogan.<span id="more-177"></span></p>
<p>Para situarnos en contexto, en la última década, bajo la conducción del AKP, Turquía le ha dado un nuevo significado al viejo mantra de su política exterior. Puesto por Mustafa Kemal Atatürk como una instrucción de no intervencionismo y neutralidad, “paz en casa, paz en el mundo”, la interpretación del mandamiento ahora ha cambiado. Bajo los lineamientos de Ahmet Davutoglu, internacionalista del partido y escudero de Erdogan, <b>ya no es indispensable que haya paz en casa para promover paz en el mundo, pues Turquía ya está consolidada y lista para ocupar su rol histórico en Medio Oriente.</b></p>
<p>Sin embargo, luego de su idealismo, la política exterior turca está plagada de contradicciones.</p>
<p>Desde que comenzara la guerra civil siria cuatro años atrás, Turquía, aunque carga agravios con los sirios y los kurdos, se ha mostrado reacia a intervenir en los asuntos que se desarrollan fuera de sus fronteras. Más allá del Gobierno de turno, los turcos y los sirios mantienen una animosidad histórica por disputas territoriales y discusiones en torno a los recursos hídricos. Para peor, bajo el clan al-Assad, Siria albergó y apoyó al Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), el grupo independentista kurdo considerado terrorista por Turquía y gran parte de la comunidad internacional. Por este asunto, en 1998 Ankara estuvo cerca de declararle la guerra a Damasco, la cual decidió ceder ante las presiones turcas y así evitar una posible escalada. Lo cierto, no obstante, es que con el amargo devenir de la intervención estadounidense en Irak ha quedado en evidencia lo valiosa que es la estabilidad, con actores predecibles y conocidos. Sin final a la vista para los conflictos sectarios en todo Medio Oriente, la clásica sentencia de los juristas musulmanes, que el <i>statu quo</i> es preferible al caos, parece dominar el dictamen en las capitales de la región y Ankara no es la excepción.</p>
<p>En público, por supuesto, Erdogan movilizó tropas a la frontera, mandó a sus diplomáticos a Damasco a protestar y a pedir por moderación en oposición al “salvajismo” contra la población civil. En privado, la intervención quedó descartada por temor a despertar diablos más peligrosos que el régimen de Bashar al-Assad, por temor a enviar el mensaje equivocado al resto del mundo y quizás, antes que todo eso, por simple temor a que dicha jugada fracase.</p>
<p>Desde que llegó al poder, <b>en términos de política internacional, Erdogan está determinado a mostrar que Turquía bajo su mando, aunque afiliada a la OTAN, en rigor no la acompaña</b>. Se opuso a la intervención aliada en Irak, y lanzó una retórica que tuvo más resonancia en el mundo árabe que el discurso de El Cairo (2009) de Barack Obama. Etiquetada por los analistas como “neootomanismo”, la política de Erdogan se caracteriza a grandes rasgos por un nuevo interés en los asuntos de Medio Oriente y por una expresa divergencia con Estados Unidos, el tradicional aliado del establecimiento castrense turco. Obama tiene una buena relación personal con Erdogan y suele referirse a él como “mi amigo Recep”. Sin embargo, entre otros ejemplos, hasta hace un mes atrás Ankara no le permitía a Washington utilizar la base aérea de Incirlik, ubicada en el sureste turco, para atacar posiciones del Estado Islámico (ISIS). No es secreto que el Gobierno turco está preocupado y molesto frente al progresivo apoyo estadounidense a los militantes kurdos -a quienes clasifica como terroristas. Siendo este el caso, no sería insólito que bajo la misión de contener a la horda yihadista, Turquía apunte sus armas contra las fuerzas kurdas. <b>Aunque Erdogan vende a Turquía como si esta fuera a “</b><b>cambiar el juego</b><b>”, hasta ahora los turcos solo han llevado a cabo un ataque aéreo contra el ISIS y varios contra los bastiones kurdos en el sureste turco</b>. Los kurdos, y no los yihadistas, parecen ser la prioridad.</p>
<p>Gracias al revisionismo de sus dirigentes, Turquía ha vuelto al escenario internacional y lo ha hecho con una fórmula que -por lo menos a mi criterio- podría expresarse lacónicamente como “habla fuerte y lleva un gran garrote”. Erdogan es un hombre con un carácter afanoso y, cual líder populista, ciertamente le cuesta hablar suave. <b>Sus declaraciones potentes contra Occidente, Israel y sus advertencias contra los regentes sunitas de Medio Oriente, durante la Primavera Árabe, lo convirtieron en un campeón de las masas, y todo sin flexionar el músculo militar de su país</b>. Ahora bien, la problemática contradicción llegó cuando a Turquía le llegó la hora de golpear y se dejó estar.</p>
<p>En primer lugar, pese a declaraciones robustas contra el régimen de al-Assad, Ankara no puede arriesgarse a fracasar. Según una mirada, el ejército turco no está preparado para contender con la guerra civil siria y lo máximo que podría hacer sería establecer un cordón sanitario alrededor de la frontera siria-turca, exponiendo a los uniformados a retaliaciones. Dicha fuerza interventora, apostada en el terreno, podría ser contraproducente, y, al echar leña al fuego, volcar a los yihadistas contra la población civil turca (ya han declarado su intención de conquistar Estambul), o bien retroalimentar la insurgencia de los kurdos, siempre ávidos por conseguir su independencia.</p>
<p>En la coyuntura actual, semejante fiasco sería el fin cantado de Erdogan. Por otro lado, ya más genéricamente, Ankara no está dispuesta a antagonizar de más con Moscú. En este sentido, detrás de bambalinas, los turcos le tienen más miedo a los rusos que a los estadounidenses, quienes no amenazan con desquites. En los últimos años Turquía ha experimentado un rápido crecimiento en su demanda energética e importa de Rusia el 57 % del gas natural que necesita. En todo caso, <b>los turcos prefieren que sean los norteamericanos quienes hagan el trabajo sucio y confronten a los sirios</b>. Cuando Ankara le pide a Washington una zona de exclusión área sobre Siria, la cual ella misma no está dispuesta a impartir con sus propios medios, en rigor, independientemente de lo que diga la presa, Erdogan está actuando para conservar el estado de las cosas. No puede arriesgarse a una guerra abierta con su vecino meridional, pero tampoco puede dejar de hacer algo. Necesita minimizar el número de desplazados que llegan a Turquía (escapándose de los bombardeos de al-Assad) y necesita, en el proceso, ser consecuente con la apariencia de mandamás con la que viene vistiéndose hace una década.</p>
<p>En segundo lugar, si la aletargada acción de los turcos se explica en el miedo de estos a que los kurdos en el norte de Siria e Irak funden su propio Estado, paradójicamente, en tanto el ISIS es repelido, este escenario se vuelve más factible. A pesar de la ambivalencia que despertó el autoproclamado Califato, no existe analista que conceda que los yihadistas no presentan una amenaza contra la seguridad turca. El hecho de que el ISIS de momento tenga prioridades más dañinas para Erbil (capital del Kurdistán iraquí) o Damasco no implica que Ankara esté fuera de peligro en el largo plazo. Si bien es cierto que Turquía finalmente se unió a la coalición contra el ISIS el mes pasado, Erdogan y compañía siguen atormentados por la incertidumbre. Temen que si actúan determinadamente contra los yihadistas, terminen destrabando la guerra en favor de los kurdos, cuya autonomía el establecimiento turco está decidido a evitar a toda costa. Por todo esto, la disyuntiva del Gobierno turco consiste en cómo hablar lo suficientemente fuerte para dar credibilidad a sus amenazas, mas evitando iniciar una pelea que luego no pueda ser ganada y que le cueste el poder al AKP.</p>
<p>Por estas razones tiendo a pensar que la magra intervención que Turquía montó el último mes tiene más que ver con el plano doméstico que con el externo. El Gobierno turco no arriesgará una intervención militar propiamente dicha, esto es, enviando soldados y vehículos blindados a cruzar la frontera. Podrá haber ataques aéreos o de artillería esporádicos, quizás incluso con mayor frecuencia, pero juzgo muy poco probable que la acción turca sobrepase estos pasos.</p>
<p>En suma, Erdogan estaría arriesgándolo todo con una escalada de violencia considerable, fuera dirigida contra la yihad o contra el régimen sirio. Arriesgaría su continuidad en el poder y complicaría severamente el prospecto de que su país salga relativamente bien parado de la crisis regional. Con una intervención mal planificada y ejecutada, Erdogan tiene mucho más para perder que ganar. Si tras una intervención las cosas salen mal, el prestigio nacional, algo de lo cual los turcos son extremadamente sensibles y recelosos, recibiría un porrazo, y el AKP tendría, en tal caso, una herida difícil de tapar. Pero tampoco puede el Gobierno turco permanecer del todo inerte, especialmente si pretende reafirmarse en las próximas elecciones. En efecto, tal como han marcado varios comentaristas, en el Gobierno y en el ejército prevalece un clima de vacilación. Actuar o no actuar, esa es la cuestión y el dilema de Erdogan.</p>
<p>Quedará por verse si el AKP reúne, a partir de los resultados que arrojen las elecciones de noviembre, la mayoría necesaria para continuar gobernando sin necesidad de formar coalición. Pero para mejorar sus posibilidades, el oficialismo debe resolver el dilema de su política exterior. Erdogan necesita una victoria que pueda ser mediatizada, aunque simbólica, para justificar la ambivalencia del último año y mostrarle a su pueblo que la prudencia del sultán -como le dicen a Erdogan- dictaba la razón. En contraposición, si la apuesta sale mal, Erdogan no solo arriesga su presidencia, sino también su lugar en la historia.</p>
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		<title>Elecciones en Turquía: ¿el fin de la era Erdogan?</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Jun 2015 11:26:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Federico Gaon</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>El último 7 de junio, Turquía celebró elecciones generales y ya se discute que el resultado electoral podría tener implicaciones trascendentales para la escena política del país. Siendo una república parlamentaria, el primer ministro no es electo por voto popular directo, sino por los miembros del Parlamento. Las elecciones determinan el número de bancas que cada partido político tendrá en la Gran Asamblea Nacional situada en Ankara, de modo que, en este caso, lo más destacable de los recientes comicios ha sido la pérdida de la tradicional y cómoda mayoría con la que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) de Recep Tayyip Erdogan solía contar.</p>
<p>Para tener una mayoría constituyente un partido debe obtener como mínimo 276 bancas de un total de 550, y resulta que, en está ocasión, por primera vez luego de doce años de dominación, el AKP ha perdido su predominio sobre la Asamblea. La fuerza filoislamista de Erdogan, formalmente liderada por su escudero Ahmet Davutoglu, ha conseguido 258 bancas, razón por la cual por lo pronto le será más difícil convenir un nuevo Gobierno. Llegado el caso, nos encontramos ante un cambio de paradigma en la política turca que podría traer importantes repercusiones tanto en el panorama doméstico como en el escenario internacional.</p>
<p><strong>Para empezar, si bien el AKP sigue siendo la plataforma política más popular, llevándole una diferencia de 126 bancas a la segunda fuerza más votada, puede discutirse que a partir de ahora el oficialismo ya no sobrepasará el sistema con relativa facilidad.</strong> El AKP en este sentido viene siendo duramente criticado por sus opositores por el estilo personalista y autocrático de Erdogan. A veces referido por sus detractores como “el sultán”, Erdogan viene impulsando una reforma constitucional para dotar a Turquía de un sistema presidencial, en el cual sería el presidente, y no el primer ministro, quien se convertiría en el Jefe de Gobierno. El oficialismo defiende la propuesta argumentando que un presidencialismo haría de Turquía un país más estable y eficiente, desplazando al frágil sistema de coaliciones e interminables discusiones en donde el parlamentarismo ha sido propenso a caer. Pero, por otro lado, dicha reforma le permitiría al AKP, que todavía es mayoría, dirigir el país (con el liderazgo del etiquetado sultán) sin la inconveniencia de tener que mediar y negociar con legisladores de otros espectros políticos.</p>
<p>Trabado por la oposición que no le permite llevar a cabo sus designios, lo cierto es que Erdogan ha buscado enaltecer la posición simbólica del presidente, intentando facilitar una suerte de transición cultural hacia un sistema donde el poder ejecutivo deje de descansar en el primer ministro. Por esta razón, en 2007 el AKP logró pasar una reforma electoral para que el presidente, pese a su posición ceremonial, fuese electo por voto popular y no ya por el parlamento, incluida la posibilidad de la reelección. Además, en agosto de 2014, Erdogan, entonces primer ministro, decidió postularse a presidente y cederle la primera jefatura de la nación a Davutoglu. <strong>Habiendo ganado casi el 52 por ciento de los votos, los comentaristas y analistas presentaban la maniobra como una ávida jugada estratégica para consolidar poder y en efecto hacer más digerible la prospectiva transición a un presidencialismo con Erogan a la cabeza.</strong> Otro hecho que da cuenta del mismo propósito es el majestuoso e imponente palacio presidencial que el Gobierno inauguró en octubre del año pasado, con un costo estimado en los 615 millones de dólares.</p>
<p>Hasta ahora los analistas explicaban el éxito del AKP en base a dos cuestiones importantes. Primero, Turquía con Erdogan ha tenido una gran bonanza económica que ha elevado la calidad de vida de millones de habitantes. Durante la década pasada la economía turca creció exponencialmente gracias a bajos intereses y poca inflación, factores que permitieron un incremento destacable en el consumo doméstico y la atracción de capital extranjero. Como resultado, el producto interno bruto (PIB) per cápita incrementó drásticamente, de alrededor de 6.000 dólares en 2003, hasta alrededor de 8.700 para comienzos de 2014. En segundo lugar, más intangiblemente pero indubitablemente capitalizable, durante la gestión de Erdogan Turquía adquirió una renovada vitalidad como actor internacional.<strong> Empleando una retórica y política exterior que los analistas han etiquetado como “neo-otomanista”, en los últimos años el populista viene articulando un discurso nacionalista, antisraelí y antioccidental, atractivo tanto en Anatolia como en un nivel regional; compatible con las plataformas masivas que han surgido en el mundo árabe tras las protestas de 2011.</strong></p>
<p>No obstante, las circunstancias han cambiado. En tiempos recientes la economía turca ha comenzado a mostrar signos estar desacelerándose. La inflación y el desempleo se han disparado, el crecimiento ralentizado, y con un déficit en su cuenta corriente el país ha perdido competitividad. Acaso un flagelo común a todo populismo, con su notoriedad aún en auge, desde 2007 en adelante muchos analistas discuten que el Gobierno desvirtuó su responsabilidad fiscal inicial, para dar lugar a proyectos más cortoplacistas –socavando la estabilidad monetaria con empréstitos y malversación de las arcas públicas. Erdogan está convencido que altas tasas de interés causan inflación, y sobre esta cuestión viene peleándose con el Banco Central, una entidad que al día de hoy retiene su independencia frente a las presiones de la facción gobernante.</p>
<p>Bajo la dirección de Erdogan la experiencia económica turca en algún punto encuentra paralelos con la realidad de algunos países latinoamericanos. El semanario británico <em>The Economist</em> sostiene que el Gobierno cayó en “la trampa del ingreso medio”, esto es, su apremio por resultados en el campo de la industria de productos básicos con salarios bajos, y la falta de interés en reformas estructurales a largo plazo para incentivar la innovación y la promoción de una industria avanzada.<strong> Al igual que en América Latina, un problema de fondo que gravita sobre Turquía, que desalienta las inversiones privadas y ergo reduce los prospectos de la economía, tiene que ver con el debilitamiento institucional que ha dejado la prolongada gestión personalista de un líder que no se muestra muy dispuesto a compartir o transferir la batuta.</strong></p>
<p>La misma desazón ha dejado la política exterior, virtualmente conducida por Erdogan, quien como resultado de su unilateralismo ha aislado incluso a funcionarios de su propia plataforma. A partir de la Primavera Árabe la agenda exterior turca incrementó la proyección de Ankara en la región, mas no sin también proyectar un nacionalismo en casa para consumo de las masas. Este doble juego, sin embargo, ha puesto al país en ridículo por el grado de irresponsabilidad con el cual ha lidiado con la guerra civil siria y la crisis humanitaria que se está desarrollando en los territorios lindantes. El caso más claro que ejemplifica la ineptitud turca ha sido la ambivalente posición del Gobierno en relación al Estado Islámico (ISIS). Siendo que los turcos tienen sus razones para desconfiar de los kurdos, Ankara se negó a ayudar directa o indirectamente a los militantes de esta etnia en su lucha contra los yihadistas, esencialmente por temor a desbalancear la ecuación en favor de separatistas que le reclaman a Turquía independencia. Esta postura no ha sido bien recibida en las capitales occidentales, y la inacción del Gobierno de cara a la crisis siria y al ISIS sustenta la noción de que Turquía está perdiendo prestigio y relevancia, no solamente desde la mirada de los analistas, pero desde aquella de los turcos corrientes también.</p>
<p>Las protestas que sacudieron Turquía en 2013 hicieron eco de muchos de los agravios que preocupan a la oposición. <strong>Grupos de derecha como de izquierda canalizaron sus quejas en cuanto al estilo autoritario del “sultán”, el deterioro de las instituciones y la libertad de expresión, la política exterior, y la paulatina imposición de pautas islámicas en la vida pública</strong>. Gonul Tol, experta en asuntos turcos, afirma sin rodeos que “Erdogan es su propio peor enemigo”. Ciertamente podemos convenir que el no tan simbólico presidente desconoce las limitaciones de su cargo, y se comporta como si su reforma presidencialista ya hubiese sido puesta en marcha. Desde luego este no ha sido el caso, y para dificultar sus anhelos, una encuesta reveló que el 77% de los tucos no apoya semejante iniciativa. Llegado este punto, en mi opinión creo que cualquier Gobierno de tinte populista con doce años de gestión consecutiva estaría (si es que ya no lo está) a un paso de la crisis. Su narrativa simplemente no se condice con la realidad, y esto genera resquemor y expectativa por un cambio entre segmentos de la población.</p>
<p>Una encuesta conducida por el Pew Research Center el año pasado mostraba a la sociedad turca altamente polarizada en estos temas. Desde lo general, alrededor de la mitad de los ciudadanos estaban en desacuerdo tanto con el capitán Erdogan como con el compás que empleaba para tramar el rumbo del país. Volviendo pues al aquí y ahora, en palabras de Cengiz Çandar, destacado periodista turco, con el resultado de las elecciones “la política turca ha dejado de ser un show unipersonal”. Desde el lunes de la semana pasada, el AKP tiene concretamente 45 días estipulados por la Constitución para ponerse de acuerdo con la oposición y formar un nuevo Gobierno. La decepcionante pérdida de popularidad ha forzado a Davutoglu a presentarle su renuncia a su “sultán” y benefactor; y bien, de no alcanzarse acuerdo, Erdogan ya adelantó que será necesario llamar a elecciones anticipadas, las cuales él tiene potestad de convocar.</p>
<p>Desde otro lugar, <strong>también debe destacarse que los kurdos tendrán por primera vez representación en la Asamblea.</strong> Habiendo alcanzado un 13 por ciento de los votos, superado el umbral legal que exige que las fuerzas políticas consigan al menos un diez por ciento de los mismos para obtener bancas en el parlamento, el Partido Democrático de los Pueblos (HDP) de sustrato kurdo se ha asegurado presencia con 80 parlamentarios. Esto es definitivamente una buena noticia en virtud de conceder representatividad a un grupo étnico que representa entre el 15 y el 20 por ciento de la población de Turquía, y hasta ahora excluido de las deliberaciones. No obstante el hito suscita fuertes controversias. Si bien el HDP ha apoyado el proceso de paz entre el Gobierno y los separatistas del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), una agrupación considerada terrorista por el grueso de la comunidad internacional, los líderes democráticos del primer grupo están acusados de mantener vínculos cercanos con la dirigencia terrorista del segundo.</p>
<p>Algunos analistas sugieren que, de convocarse a nuevas elecciones, Erdogan podría recuperar votos apelando a instintos otomanistas tradicionales que devienen de un largo historial de “turquificación” de las minorías étnicas para quitarle protagonismo a una fuerza política que despierta mucha oposición por su mera esencia sectaria. De obrar así, esto sería bastante irónico siendo que fue Erdogan quien combatió esta tendencia durante sus primeros años en el poder, ofreciéndole a los kurdos ciertos derechos culturales oprimidos durante décadas anteriores. Pese a esto, y en todo caso, dado que ninguna fuerza política está cómoda con perpetuar la influencia del conocido mandamás, habiendo también discordia dentro de las propias filas del AKP, <strong>es muy plausible que con independencia de lo que deparen los próximos meses este sea el inicio del fin de la era Erdogan.</strong> Los últimos comicios pueden ser perfectamente interpretados como un referéndum personal a la figura del líder, y si hay algo que ha quedado en evidencia es que los turcos no quieren a un sultán como presidente vitalicio.</p>
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