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	<title>Francisco Delich &#187; José Boglich</title>
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		<title>Elogio del Pacto de Olivos</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Oct 2014 10:20:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Francisco Delich</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
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		<category><![CDATA[Reforma constitucional]]></category>
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		<description><![CDATA[Nuestra cultura política, escasamente sofisticada, tiene entre sus rasgos mayores el desprecio por la negociación política y a la consecuencia natural de estas –los pactos o consensos políticos- como sinónimos del mal. Los calificativos morales (traición, mentira), sociales (ilegitimidad) y estéticos (monstruosos) acompañan el concepto pacto en cualquier tiempo, lugar y  naturaleza: religiosos, políticos o... <a href="http://opinion.infobae.com/francisco-delich/2014/10/17/elogio-del-pacto-de-olivos/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Nuestra cultura política, escasamente sofisticada, tiene entre sus rasgos mayores el desprecio por la negociación política y a la consecuencia natural de estas –los pactos o consensos políticos- como sinónimos del mal.</p>
<p>Los calificativos morales (traición, mentira), sociales (ilegitimidad) y estéticos (monstruosos) acompañan el concepto <i>pacto</i> en cualquier tiempo, lugar y  naturaleza: religiosos, políticos o económicos. Suena extraña la invocación principista en políticos duchos en esquives, ambigüedades y confusiones morales, pero es frecuente en la práctica.</p>
<p>Nuestra cultura política que marcó el siglo XX (a diferencia del siglo XIX) hizo del repudio generalizado de los pactos, de cualquier pacto, un estandarte de acción; pero no hubo reparos en pactar el derrocamiento de gobiernos legítimos al que los partidos políticos acudieron entre 1930 y 1983. <strong>Urdieron alianzas tácticas de corto plazo para el golpe de Estado pero rechazaron pactos estratégicos para consolidar las instituciones.<span id="more-27"></span></strong></p>
<p>La política es el arte de la negociación y el acuerdo, de la defensa de intereses y puntos de vista. La democracia es el marco de esa negociación. Tanto mayor el carácter democrático de las instituciones y de las prácticas tanto más fácil y fructífera la acción de la sociedad civil.</p>
<p>Tenemos historias de pactos considerados inmorales o de consecuencias funestas. Entre los primeros <strong>el pacto Perón-Frondizzi que le permitió a éste alcanzar la presidencia, poner en marcha el más ambicioso proyecto de desarrollo nacional de la segunda mitad del siglo XX y devolver al peronismo a la legalidad.</strong></p>
<p>Y mucho más atrás en el tiempo el <strong>pacto  Roca-Runciman que salvó la producción agropecuaria argentina manteniendo el mercado británico abierto</strong> según explicó  José Boglich, el más radicalizado de los dirigentes socialistas de la época y consecuente opositor del gobierno de Justo.</p>
<p><strong>El pacto de Olivos</strong> combatido enconadamente por la oposición de disidentes peronistas agrupados en el Frente Grande y disidentes radicales que tuvieron en Fernando de la Rúa su figura más emblemática ( y su primer beneficiario). <strong>Y una formidable campaña mediática negativa </strong>que siguió durante la convención constituyente y después.</p>
<p>Los opositores más encarnizados del pacto de Olivos y de la Reforma son ahora sus defensores más vigorosos. Sin embargo <strong>el pacto de Olivos sigue siendo demonizado en el viejo estilo de la política encerrada en el faccionalismo.</strong></p>
<p>También yo pensé por entonces que el pacto de Olivos (cuya gestación era pública) y la reforma de la Constitución era una pantalla para la reelección del presidente Carlos Menem. A fines de noviembre (1993) una hubo reunión del Comité Nacional para elegir al Presidente del partido con un único candidato, Raúl Alfonsín.</p>
<p>Había sido electo primer delegado titular de la UCR (Córdoba) al Comité Nacional y con el gobernador Angeloz viajando en Alemania no lo votamos. Todavía no termino de lamentar aquella abstención -y sospecho que Angeloz tampoco-.</p>
<p>En mi caso formaba parte de los astutos (sic) intelectuales que había descubierto (sic) que la Reforma serviría para la reelección de Menem. <strong>Me oponía y escribí una carta –como corresponde-para dejar constancia</strong>. Meses después me crucé con Raúl Alfonsín, convertido en Presidente del partido; me miró- sospecho ahora que con lástima- y cuando reiteré que sólo se trataba de la reelección de Menem- dijo escuetamente “por supuesto, pero Menem durará cuatro años y la Constitución cien”. Para mí fue suficiente: dejé a los astutos con su astucia y me sumé a los tontos que le creyeron.</p>
<p>Alfonsín era de los pocos dirigentes que querían y creían en la democracia que contribuyó decisivamente a construir. Y ahora releyendo el largo capítulo que dedica en su “Memoria Política” (2004, FCE) cuando la Constitución ha cumplido solamente veinte años y aprecio la <strong>reivindicación federal de la propiedad del subsuelo, las limitaciones al presidencialismo, </strong>la creación del Consejo de la Magistratura, la ampliación de los derechos, entre otras innovaciones importantes, advierto mejor la baja calidad de cultura política que no termina de digerir y potenciar las nuevas normas encerrada en miradas mezquinas y de corto plazo.</p>
<p>Alfonsín recuerda que su convicción de reformar la Constitución era parte de la <strong>refundación de un Estado Federal, Republicano y Democrático</strong> listo para convivir en el mundo del planeta del siglo XXI. Para eso había creado el Consejo para la consolidación de la Democracia desde 1987 y consensuado allí no pocos acuerdos que se convirtieron en decisiones constitucionales en 1994. No había improvisación  en 1993, si no la dura comprobación de la imposibilidad de llevarla a cabo durante su gestión. La oportunidad se abrió en 1993.</p>
<p>El pacto de Olivos, tan demonizado, era la condición necesaria de un pacto que peronistas y radicales ofrecían al futuro. Para firmarlo  “<i>debíamos superar dogmatismos absurdos; ya había terminado en el mundo la era de las convicciones absolutas, de los mesianismos y de los historicismo fáciles”· </i>Justo con el final anticipado de su mandato había terminado la guerra fría y una oportunidad de convivencia se abría en América Latina. (Alfonsín 2004:159) Así lo entendió el Presidente de la democracia.</p>
<p>La vigencia de los pactos que permitieron la unidad del Estado-Nación después de la lucha fratricida entre unitarios y federales, se estableció en la propia Constitución de 1853-60 para fundar el Estado y reza desde entonces así: &#8220;&#8230;<i>en cumplimiento de los pactos preexistentes…</i> &#8221;</p>
<p><strong>El pacto de Olivos es ahora un pacto preexistente</strong>. Su fórmula  fue extremadamente original y práctica a la vez: un pacto para respetar los principios fundamentales de la CN histórica, un acuerdo para modificar y actualizar sus institutos y libertad para disentir e innovar.</p>
<p>La Constitución de 1853 fue aprobada en el marco del final de una guerra civil cuando la República se estaba inventado y la democracia era una utopía, cuando la ciudadanía era un derecho pero no una práctica. El pacto de Olivos fue avalado y legitimado por el setenta por ciento de los ciudadanos argentinos que desafiaron al poder mediático, a los conservadores autoritarios que habían adherido a los golpes de Estado durante medio siglo, a los supuestos progresistas que retroceden frente a las oportunidades de transformación.</p>
<p>El pacto de Olivos demostró que <strong>un acuerdo de los dos partidos más populares del siglo XX era capaz de pensar y refundar el Estado, superar en visión de futuro a las elites del puerto, y encaminarse a afrontar el mundo globalizado.</strong></p>
<p>La UCR pagó el costo de aquel pacto y fue humillado electoralmente en 1995. El peronismo también: debió aceptar que la Constitución de 1949, de decisivo valor simbólico fuera borrada de la historia institucional de la propia CN.</p>
<p>Pero la historia posterior comienza a mostrar que, si el impacto positivo en las  instituciones no es aún completo, es porque encuentra su límite en la cultura de la intransigencia. <strong>Si todavía no se utilizan sus mecanismos que permiten mejorar la convivencia y fortalecer la democracia, si el Congreso no puede sancionar aún una ley de coparticipación federal prevista en la reforma de 1994, no se debe al pacto de Olivos</strong> <strong>sino a la dificultad de negociar un acuerdo político</strong> para saltar del federalismo asimétrico, a un sistema federal que tienda a la equidad regional.</p>
<p>Es exactamente a  la inversa: <strong>habrá una nueva ley acorde con una nueva práctica política, cuando un pacto generoso abra las puertas al desarrollo equitativo de todo el país</strong> y se cumpla el sueño de una Constitución inclusiva. <strong>Tendremos una mejor práctica institucional cuando asumamos que la democracia es siempre consenso y disenso, mayoría y minoría, conflictos y luchas, pactos y rupturas</strong>. Y hagamos del pacto de Olivos, uno de los símbolos de la democracia recuperada.</p>
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