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	<title>Graciela Adriana Lara &#187; Aula</title>
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		<title>Los adolescentes, entre el centeno y sin guardián</title>
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		<pubDate>Fri, 06 May 2016 08:57:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adriana Lara</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>A veces me toca presenciar el cambio de conducta, pero lo que más me impresiona es el cambio en el rostro. Caritas que aplaudieron entusiastas el final de alguna lectura, que bajaron ojos emocionados al recibir elogios, se vuelven grises. La mirada pierde el aura que le da la inocencia, se vuelve turbia. Y el chico, luego de pasar más o menos años “portándose mal” dentro del aula, corta la conexión con la escuela, porque ahora siente vergüenza.</p>
<p>El abandono no es abrupto, pero tarde o temprano sucede. Lamentablemente, la escuela gimotea aliviada ante otro problema espantoso que fue incapaz de resolver.</p>
<p>¿Qué se hace dentro de un espacio cerrado con 20, 25, 30, 35 o más adolescentes que provienen de diversas realidades? <b>Chicos que saben (o no saben) distintas “cosas escolares”, que se niegan a quitarse los auriculares y a abandonar sus celulares (“un ratito, es porque estoy explicando algo importante y quiero que entiendas, por favor”), chicos que se duermen cerrando los ojos más o menos, porque se quedaron toda la noche navegando en internet, buceando, buscando y buscando en el único campo que creen despejado y que en realidad está plagado de peligros y es el campo de centeno, pero sin guardián.<span id="more-162"></span></b></p>
<p>Cuando la escuela respira impotente, me agobian las preguntas y me pierdo yo también. ¿Qué hace un adulto ahí encerrado, rodeado de adolescentes que no quieren estar ahí, que se sienten mal por cualquier tipo de razón, que están enojados por cualquier otro tipo de razón, que se comportan en forma extraña, porque quizás consumieron alguna sustancia prohibida, que se aburren soberanamente, que no le ven sentido alguno a estar ahí, pero tampoco al estar en algún otro lugar en ese exacto momento?</p>
<p>Esta semana me la pasé escuchando dentro de mis aulas que los jóvenes muertos en la fiesta electrónica eran unos “chetos que se habían drogado mal” y que debían “joderse” (aunque “pobres, las familias”). Ninguno de mis alumnos se considera cheto, así que ignoro qué habrán razonado en aquellas otras aulas que jamás pisé, donde los adolescentes experimentan realidades “chetas” que ignoro. Mis alumnos son pobres. Muchos trabajan desde su infancia. Saben lo que es el hambre, lo que duelen los golpes, la discriminación y la indiferencia, que no se confunda el lector ante el detalle de los auriculares y el celular. Muchos conocen el mundo de la noche adulta desde mucho antes de ser adultos. Saben de alcohol, cigarrillos, marihuana, paco. Algunos son padres y madres, a pesar de que no han dejado de ser casi niños. “Drogarse bien”, decían. Me hicieron enojar, pero reaccioné. La pregunta dejó de ser retórica, patética y existencial para volverse significativa: “¿Qué hace un adulto dentro del aula?”. Educa. Habla con los adolescentes, se comunica con ellos, los escucha, les contesta, los ayuda a encontrar el camino personal para desenmarañar el hilo del razonamiento propio y el pensamiento crítico, que está vagando por entre el centeno en soledad. Intenta que permanezcan, que no se pierdan.</p>
<p>Los fracasos son estadísticamente mayores a los éxitos: la cantidad de alumnos que egresan de la escuela secundaria y sus desempeños académicos lo demuestran. Si un alumno aprobó todas sus materias y egresó luego de, por lo menos, doce años de educación formal sin comprender lo que lee, algo muy grave está pasando y tiene que ver con que existe una contradicción entre la ponderación de los contenidos mínimos obligatorios que el alumno ha alcanzado cada año y la forma en que se lo evaluó y promocionó.</p>
<p><b>El de las drogas es un problema más que se suma al “clima inapropiado dentro del aula” y la vuelve un lugar inhóspito y complicado</b>, pero me parece más fácil resolver por parte de las autoridades este tema que la enorme desidia en la que se han envuelto los chicos desde que el mundo de los adultos ha decidido abandonar sus tareas de guardián y los ha dejado solos.</p>
<p>En las escuelas necesitamos ayuda urgentemente. Las preguntas se vuelven retóricas y los docentes a veces nos agotamos en ellas, de puro cansancio por desgañitarnos en soledad gesticulando como locos ante molinos de viento.</p>
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		<title>Cuando suene el timbre</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Sep 2015 03:00:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adriana Lara</dc:creator>
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		<description><![CDATA[&#8220;Los alumnos decidirán si ingresan al aula cada vez que suene el timbre&#8221;. El titular, que pertenece al diario Elentrerios.com, podría ser un chiste. ¿El tiempo verbal es correcto? ¿Se trata de una publicación satírica? ¿De una ficción? La nota detalla (y critica) una propuesta simple: Los alumnos podrán, además de contar con casi cuarenta... <a href="http://opinion.infobae.com/graciela-adriana-lara/2015/09/21/cuando-suene-el-timbre/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.elentrerios.com/politica/los-alumnos-decidiran-si-ingresan-al-aula-cada-vez-que-suene-el-timbre.htm">&#8220;Los alumnos decidirán si ingresan al aula cada vez que suene el timbre&#8221;</a>. El titular, que pertenece al diario <i>Elentrerios.com</i>, podría ser un chiste. ¿El tiempo verbal es correcto? ¿Se trata de una publicación satírica? ¿De una ficción?</p>
<p>La nota detalla (y critica) una propuesta simple: Los alumnos podrán, además de contar con casi cuarenta inasistencias durante el año para utilizar a gusto y placer, decidir su asistencia a clases durante la jornada educativa. “Me gusta Matemáticas, voy”. “No me gusta, me quedo andá a saber dónde y bajo la responsabilidad de quién (haciendo vaya a saber qué cosa)”. Esta propuesta (y muchos otros proyectos y directivas acerca de lo que debe suceder dentro de una escuela) se basa en <b>la inclusión entendida en su forma más aberrante: estar, de vez en cuando, algunas horas adentro de un edificio escolar.</b></p>
<p>La opinión acerca de si es placentero, divertido o fácil estudiar no parece haber cambiado con el tiempo. No es raro escuchar a los adultos decir: “Cuando era adolescente, estudiaba porque en mi casa, si me llevaba alguna materia, cobraba”. No se estudiaba por gusto, en general era por obligación. En otras épocas, llegar tarde, hacerse la rata, no aprender adrede eran la excepción y no la regla.</p>
<p>No olvido la educación en tiempos de dictadura militar. Por supuesto, no estoy añorando tiempos espantosos repletos de censura y de miedo. Escribo sobre inclusión y sobre cómo cambió la tarea de enseñar, palabra que ha adquirido un matiz negativo a causa de un pasado que no debemos olvidar ni repetir.<span id="more-145"></span></p>
<p>Un adolescente del siglo XXI es diferente a los que vivieron en otras décadas, porque el contexto en el que se inserta es diferente. Las familias cambiaron y la tecnología brinda posibilidades que antes no existían, pero la adolescencia continúa siendo la etapa de ebullición, de torpeza corporal, de confusión y desazón, de enamoramientos. <b>Creer que un adolescente, por el mero hecho de que tiene un celular en la mano, está capacitado para decidir si aprende o no en la escuela es una verdadera ingenuidad</b>. Los jóvenes de hoy continúan necesitando la guía de los adultos, la sensación de seguridad que dan los límites claramente demarcados, las obligaciones, derechos y responsabilidades. El adolescente vive en el presente, rara vez piensa en el futuro, aunque sea el propio. Sencillamente, porque es adolescente.</p>
<p><b>En lugar de permitir que los chicos no ingresen a las aulas, mejoremos lo que sucede dentro de ellas.</b> El adolescente ideal que maneja su presentismo, su trayectoria escolar, su aprendizaje e intereses y planifica su futura carrera profesional no existe. Eso lo hacen los adultos jóvenes que recibieron una educación adecuada durante su adolescencia.</p>
<p><b></b>A la manera de quien ideó el proyecto entrerriano, podríamos proponer absurdamente abrir dentro de las escuelas salones de contención inclusiva. Se solucionaría el dramático problema docente de evaluar y calificar situaciones incalificables todos los santos trimestres, de un plumazo. Podríamos cambiar las planillas (que muchas veces dicen “año 19” y “bolilla N” y traen demasiados casilleros) por otras multicolores, alegres, donde no hubiera aprendizajes que medir sino emoticones divertidos. Los docentes (o los compañeros) podrían decirle a los alumnos que no desean participar de las clases o están perturbando el clima áulico : “Estimado, ¿no prefiere retirarse al salón de contención inclusiva a hacer lo que está haciendo, para que podamos continuar con la clase?0”</p>
<p><b>La mayor objeción a este tipo de ideas es que, si continuamos presentando el aprendizaje como hasta ahora, probablemente  </b><b>quedarán muy pocos chicos adentro de las aulas</b>, aunque quizás para los ideólogos de las propuestas de este tipo eso no sea un problema. Otro detalle que se me ocurre tiene que ver con que en el modelo de examen de ingreso de la Universidad de la Matanza del año pasado, por tomar un ejemplo al azar, hay un texto de Teun van Dijk. Los chicos que elijan no entrar, probablemente, no lograrán comprenderlo. Tampoco podrán cumplir con la pretensión de esta y otras universidades acerca de la corrección ortográfica y la producción de textos coherentes.</p>
<p><b>Ni los niños ni los adolescentes están capacitados para decidir no aprender</b>, aunque la afirmación suene autoritaria. El chico que toma estas decisiones y se abandona al mero vegetar adentro de un edificio intentará en un futuro acceder a la universidad y no podrá. Intentará leer y no entenderá. Se presentará a una entrevista de trabajo y no lo conseguirá. Y, además de lamentar el haber tomado tan malas decisiones durante su adolescencia, culpará a los adultos responsables de su educación por habérselas permitido, con toda la razón del mundo.</p>
<p>Es hora de tomar el problema de los cambios que se necesitan en la escuela secundaria de forma seria. <b>Relajar normas básicas únicamente excluye</b>. Interpretar cualquier límite como autoritarismo o el aprendizaje como algo banal e innecesario excluye. Vaciar de significado el horario de entrada, el sonido del timbre, la puntualidad y la participación en las clases excluye. El adolescente del siglo XXI expresa la confusión de valores y comportamientos contradictorios de muchos adultos del siglo XXI, que creen que educar a un joven consiste en librarlo a su buena suerte, que es lo mismo que dejarlo solo.</p>
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		<title>Acerca de los &#8220;climas inapropiados&#8221;</title>
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		<pubDate>Wed, 29 Apr 2015 10:33:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Adriana Lara</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Supongamos que fuimos invitados a un cumpleaños infantil, a realizarse en un saloncito. Nos pusimos bonitos, compramos un regalo acorde a la edad y sexo del homenajeado, asistimos a la hora indicada. Y nos encontramos con un panorama así: Niños gritando y corriendo. Escribiendo sobre las mesas y paredes, destrozando los muebles, cortinajes y adornos.... <a href="http://opinion.infobae.com/graciela-adriana-lara/2015/04/29/acerca-de-los-climas-inapropiados/">continuar leyendo &#8594;</a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Supongamos que fuimos invitados a un cumpleaños infantil, a realizarse en un saloncito. Nos pusimos bonitos, compramos un regalo acorde a la edad y sexo del homenajeado, asistimos a la hora indicada. Y nos encontramos con un panorama así:</p>
<p>Niños gritando y corriendo. Escribiendo sobre las mesas y paredes, destrozando los muebles, cortinajes y adornos. Desobedeciendo las consignas propuestas por la animadora de la fiestita, contratada por los papás. &#8220;Y ahora, vamos al pelotero&#8221;. &#8220;No queremos, no queremos&#8221;. &#8220;Y ahora, vamos a la mesa, que vienen los panchos&#8221;. Menos, quieren. Le revolean los panchos al pobre panchero, lo insultan, lo desprecian. Ensucian todo el lugar. Cuando aparece &#8220;el personaje elegido&#8221;: un Spiderman delgado y adolescente, se entretienen riéndose de él y pateándolo. Es el caos; el niño cumpleañero mete su cara dentro de una torta que debe haber salido una fortuna y feliz, al parecer, arroja pedazos embadurnando a los invitados.</p>
<p>Podemos suponer las reacciones de los adultos presentes, también, ya que estamos. Y agregar las que <i>a nosotros</i> nos hubieran parecido correctas, las que <i>nosotros</i> hubiéramos adoptado ante la situación que nos parece que generó &#8230; &#8221;un clima inapropiado&#8221; para un cumpleaños.</p>
<p>Quizás la animadora, frustrada y humillada, continuará gritando, micrófono en mano, consignas al aire, hasta que la fiestita de pesadilla termine y pueda irse a su casa con los pesos que le pagarán al final dentro del bolsillo, cansada hasta la muerte. El personal del salón, impávido, contemplará la escena sin intervenir: los padres pagan y los daños están incluidos en el servicio. Son los habituales. El pobre Spiderman, que estudia Ingeniería y hace esto como changa, evalúa los nuevos moretones de sus piernas flacas y decide, como siempre, que será su última fiestita y que odia a los niños. Posiblemente, en la puerta, los padres del cumpleañero, embelesados, repartan las bolsitas con golosinas y <i>souvenires</i> y afirmen: &#8220;Por suerte, salió todo bien&#8221;, como unos enajenados.</p>
<p>Usted, lector, seguramente no vería nada normal en estas reacciones y hubiera procedido diferente si hubiera sido animador, dueño del saloncito o padre dentro de ese ficticio cumpleaños.  Porque si usted hubiera sido un invitado, la hubiera pasado tremendamente mal. Hubiera vivido, por lo menos, una situación incómoda. Posiblemente, se hubiera retirado del lugar con alguna excusa.  ¿Qué es lo que pensaría acerca de lo que sucedió allí? ¿Cómo juzgaría la conducta y las reacciones de los adultos ante lo que a todas luces es un comportamiento absolutamente inadecuado para una fiestita? Seguramente, usted tiene muy en claro cómo hubiera sido su proceder para que ese mismo cumpleaños se hubiera desarrollado en un &#8221;clima apropiado&#8221; y no como un aquelarre.</p>
<p><strong>Cuando los chicos rompen todo, desobedecen, andan a los gritos, pelean entre ellos, insultan y faltan el respeto a los adultos en su casa, en el seno de sus familias, cada padre, cada madre, cada responsable, reacciona de la manera que le parece correcta.</strong> Todos estamos de acuerdo con que eso está mal y hay que modificarlo por el bien de todos, para poder seguir viviendo sin perder la razón. Habrá quien piense que hay que buscar los motivos que llevaron a los chicos a comportarse de esa manera y solucionar el problema. Habrá quien vaya al psicólogo, quien se siente a conversar, quien se desagarre las vestiduras y no haga nada, quien vaya a su iglesia, quien grite, quien llore, quien pegue, quien llame a otros adultos, quien llame a la policía. Habrá quien se vaya, quien traslade la situación a otros para que la resuelvan. Habrá quien la agrave y se comporte del mismo modo que los chicos, o peor. Los humanos, somos tan variados como ocurrentes en nuestras reacciones.</p>
<p>Habrá quien le eche la culpa a los chicos. Y quien le eche la culpa a los adultos.</p>
<p>Habrá chusmeríos y rumores acerca de lo que sucede en &#8220;esa casa&#8221;. Al igual que, si nuestro ficticio cumpleaños hubiera existido, circularían chismes de todo tipo.</p>
<p>¿Qué sucedería si los mismos comportamientos inadecuados que describimos ocurrieran en una escuela, adentro de un aula? <strong>¿A quiénes culparíamos si asistiéramos como espectadores invisibles a una ficticia clase en donde un docente imaginario fuera insultado y desobedecido constantemente, donde imperara el caos, el desorden, el destrozo y la violencia física y verbal?</strong> ¿Cuáles serían las reacciones que esperaríamos del docente ficticio ante eso que, evidentemente, está impidiendo que los chicos aprendan y que él pueda enseñar? También estaríamos ante un &#8221;clima inapropiado&#8221;.</p>
<p>Al igual que en las situaciones anteriores: habrá quien le eche la culpa a los chicos por maleducados. A los padres de los chicos, que no los supieron educar.  Al docente, porque no tiene autoridad dentro de la clase. A la escuela, que no pone orden y ayuda al docente (o lo despide y pone otro que sepa qué hacer). Al siglo XXI. A los tiempos modernos. A internet. A los mensajes satánicos de la música escuchada al revés. A la comida chatarra, ya que estamos. Es muy fácil echar culpas.</p>
<p>Por suerte, todas las que describí son situaciones ficticias, que raramente ocurren. Si sucedieran con frecuencia, lo que me parecería correcto es que con urgencia hubiera equipos de especialistas trabajando en elaborar herramientas útiles para que padres y comunidades educativas resolvieran juntos los problemas climáticos.</p>
<p>Los del saloncito, que se embromen. Se puede volver a hacer cumpleaños en las casas, a la antigua, qué tanta vuelta con eso. Pero los papás y los docentes no tendrían que embromarse, esos no están haciendo ningún negocio. Están ocupándose de la educación de los futuros ciudadanos del país. <b>De sus reacciones ante los problemas que impidan que se lleve adelante un aprendizaje pleno dependerá que exista un futuro pacífico construido por ciudadanos instruidos y solidarios.</b> Así que, pensándolo bien&#8230; a pesar de que nuestras invenciones quizás, tal vez, remotamente, puedan suceder únicamente en casos excepcionales&#8230; no estaría de más que los equipos de especialistas abandonaran el plano de la ficción y comenzaran a trabajar en algo nuevo para ayudar a enfrentar estos  problemas con algo más que los acuerdos de convivencia que están en vigencia en las escuelas. Digo, por si estos no fueran suficientes en algún momento cercano&#8230; Mejor prevenir que lamentar, decían las abuelas. Y cuando desmejora el clima, mejor tener paraguas en la cartera.</p>
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