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	<title>Gustavo Gorriz &#187; Afganistán</title>
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		<title>Aylan Kurdi: mis inútiles mil palabras</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Sep 2015 03:00:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gustavo Gorriz</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Si es verdad que una imagen vale más que mil palabras, qué decir, qué escribir sobre la pérdida irreparable de Aylan, ese pequeño niño sirio que ofrendó su vida en las playas de Turquía para sacudir al mundo con el horror de los refugiados.</p>
<p>Ese mortal testimonio visual que no necesita de ninguna palabra pudo más que las miles de portadas de los miles de periódicos, pudo más que el millón de notas periodísticas posteriores, pudo más que las palabras emotivas del poeta y la representación que artistas del mundo entero realizaron para homenajear al niño-ícono que no estará ausente de ningún resumen de la década en que vivimos y al que muchos le auguran el triste privilegio de convertirse en el personaje del año.</p>
<p>Fue increíble también observar la reacción de las comunidades de todo el planeta -la gente de a pie, incluso, adolescentes y niños- ante ese manifiesto brutal que transitó como nunca por las redes sociales. Y quizás sean las palabras del periodista Pedro Simón, en su extraordinaria columna “El niño en la playa” (<i>El Mundo</i>, España), las que mejor hayan transmitido esa angustia colectiva: “¿Cuántos niños sin nombre se ha tragado el océano? ¿Llevaban camiseta azul o una verde cuando se ahogaron? ¿Hicieron alguna vez un castillo de arena?”.<span id="more-151"></span></p>
<p>Es que ese cuerpito inerte en las playas turcas puso imagen a la tragedia de millones de personas, como en otro tiempo lo hizo Ana Frank con su diario escrito en la “casa de atrás”, en Ámsterdam, en la que permaneció escondida de los nazis durante dos años antes de morir en un campo de concentración. Ícono de las aberraciones de la Segunda Guerra Mundial, Ana Frank tiene en común con Aylan el hecho de que los padres de ambos fueron los únicos sobrevivientes para dar testimonio de sus tragedias.</p>
<p>También nos ha quedado como símbolo y causa del derrumbe final de Vietnam la lacerante foto de la “niña del napalm”, Phan Thi Kim Phúc, desnuda y quemada huyendo de su aldea, foto sobre cuya publicación se discutió, al igual que con la de Aylan, en la mesa de las redacciones del mundo debido a su brutal crudeza.</p>
<p><b>Todos estos seres humanos, reflejo de las sucesivas crisis que hemos vivido, pusieron el cuerpo, su carne, su final, su dolor definitivo para corporizar lo que el mundo sabía y que, en la comodidad de la ignorancia, de una ignorancia cómplice, prefería desconocer</b>. Hoy, ante el <i>shock</i> internacional provocado por muerte de Aylan, los dirigentes del mundo se esfuerzan para buscar soluciones viables a un drama que se arrastra desde hace décadas. Que Angela Merkel y François Hollande intenten ahora ofrecer soluciones, que se critique como nunca la flema inglesa de Cameron por su dureza con la temática, no hace sino demostrar que <b>las reacciones de los líderes mundiales obedecen sobre todo a razones mediáticas de una tragedia colectiva que no podían desconocer</b>. Quizás el papa Francisco, con su mano piadosa puesta sobre Lampedusa y sus migrantes africanos, sea el único que se salve del naufragio universal de la política internacional ante la magnitud sin precedentes de este drama.</p>
<p>Aylan es apenas el rostro visible de los datos impactantes que nos entrega el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), según los cuales en el primer semestre de este año murieron o desaparecieron en aguas del Mediterráneo un total de 1850 personas, triplicando las 590 víctimas registradas entre enero y junio de 2014. Grecia e Italia son, sin dudas, los países más afectados por este éxodo. En el primero de esos países habían arribado en solo seis meses 68.000 refugiados, mientras que a Italia habían llegado 67.500 desplazados. Un tercio de los hombres, las mujeres y los niños llegados por mar a Italia y Grecia procedían de Siria, lo que muestra la dimensión de la tragedia humanitaria que vive ese país árabe.</p>
<p>En su informe anual de 2014<b>, Acnur señalaba que Turquía, debido a su frontera común con Siria y con las regiones kurdas del norte de Irak, encabezaba la lista de países de destino con 1,59 millones de refugiados</b>. Le seguían Pakistán, con 1,51 millones procedentes mayormente de su vecino Afganistán, y el Líbano, con 1,15 millones de refugiados también llegados desde Siria. El año pasado se alcanzó un récord histórico de desplazamientos forzosos y para tomar dimensión del problema pensemos que cada minuto 30 personas se ven obligadas a huir de sus hogares debido a guerras, conflictos o porque son perseguidas por motivos políticos, raciales o religiosos.</p>
<p>Resulta imposible que los líderes del G-20 y de la Unión Europea ignoraran esta fatal realidad que involucra a millones de seres humanos. <b>El niño que todos quisiéramos acunar, y que algunos otros quisieran esconder, es el nuevo símbolo del drama migratorio</b>. Es la cara de millones de desamparados, es el frágil cuerpo que yace sin vida y que invita a extender la mirada hacia todos los excluidos, de África, de Medio Oriente y también de todos aquellos que nos tocan por aquí, a la vuelta de la esquina. En las “espaldas mojadas” que cruzan la frontera entre México y Estados Unidos y sufren a manos de las mafias, en las peleas entre mareros en El Salvador, Honduras y Guatemala, en la candente frontera colombo-venezolana, en los migrantes por hambre y en búsqueda de trabajo desde Perú, Bolivia o Paraguay e, incluso, en los escondidos de sus desgracias en los rancheríos de Formosa, Tucumán o Santiago del Estero, lugares donde algunos aseguran que “la miseria no existe”.</p>
<p>Vivimos días tristes. Finalizo estas inútiles palabras con mi homenaje a Galib, otra anónima víctima de la indiferencia del mundo. Galib no tuvo el tristísimo privilegio de ser captado por la cámara, esa que tomó a su hermano menor Aylan en las arenas turcas. Galib tenía solo cinco años.</p>
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		<title>Drones y el estrés de matar</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Aug 2015 09:43:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gustavo Gorriz</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Los drones llegaron no solo para quedarse, sino que, más que pronto, formarán parte de nuestra cotidianeidad y seguramente modificarán el paisaje urbano de manera sorprendente. Para quienes no están familiarizados con ellos, deberían ir comprendiendo que su vertiginoso desarrollo hace imparable su inminente aparición en nuestras vidas. Como muchos otros inventos trascendentes, se repite la siguiente historia: fueron imaginados por escritores de ciencia ficción de la talla de Ray Bradbury o Isaac Asimov, o por directores de cine como Steven Spielberg, James Cameron o Hayao Miyazaki. También se repite el hecho de que fueron los militares y la industria bélica quienes iniciaron el desarrollo que luego encontró rápidamente uso civil.</p>
<p>Las noticias vinculadas a ellos y a la constante evolución de sus capacidades son casi diarias y van del festejo por los logros científicos crecientes a la preocupación constante por los peligros que generan, algunos de ellos gravísimos, como por ejemplo, los ocurridos con la aviación comercial en los últimos meses.<span id="more-145"></span></p>
<p>Hoy, ya en manos de compañías privadas, los drones pueden aplicarse tanto a la seguridad como a la meteorología, a la fotografía, a la logística y al cine. También, a la vigilancia fronteriza, a la previsión de incendios y en breve, hasta realizarán el tradicional <i>delivery</i>. Incluso Facebook acaba de crear un innovador sistema para llevar Internet a áreas remotas del planeta mediante la fabricación de un dron que puede permanecer en el aire alrededor de 90 días, funcionando con energía solar y volando a una altura menor de 30 km del suelo. Su nombre es Aquila y procura acercar la web a lugares remotos en países en desarrollo. Como puede apreciarse, el uso de los drones es infinito, pero se mantiene aquello de que <b>es la industria bélica la que aún hoy impulsa su desarrollo, y hay un gran empeño militar para su uso por razones vinculadas a la eficiencia, a la economía de recursos y a las posibilidades que le brinda a las operaciones militares,</b> ya sean estas de vigilancia, de inteligencia o de acción directa.</p>
<p>Las Fuerzas Armadas más desarrolladas llevan más de una década empleando los drones, que se han vuelto indispensables en Afganistán, Libia, Somalía, Siria, Yemen o Irak y que realizan también operaciones secretas en otras docenas de países, muchas de ellas, por cierto, al margen de la legalidad internacional.</p>
<p>Sin embargo, al optimismo y al éxito inicial por los grandes logros y nulos costos en términos de personal, en la utilización de los drones han comenzado a surgir los primeros y muy graves problemas. Hay un incesante incremento de requerimientos de ese tipo de operaciones (aumentaron un 1000 % en la década) y a ese incremento se contrapone una importante reducción de operadores militares. Por ejemplo, ya la Fuerza Aérea de los Estados Unidos tiene un importante éxodo de pilotos de drones y manifiesta una incapacidad para mejorar el nivel de reclutamiento de ese personal. ¿Qué ocurre? ¿Dónde y cuándo comenzaron a surgir esos problemas? Aparentemente, son de larga data y nacen de una combinación de incesante exceso de trabajo, bajas expectativas profesionales y estrés vinculado con la actividad, que no fue en su momento adecuadamente contemplado.</p>
<p><b>Las acciones de videovigilancia y las operaciones militares son desgastantes y suelen estar acompañadas además por la falta de un adecuado descanso</b>, producto de su crecimiento geométrico. Asimismo, los pilotos consideran que no hay incentivos académicos ni profesionales, y que los ascensos en sus respectivas carreras no son los imaginados originalmente dentro de sus respectivos escalafones. Sumado a todo lo anterior, casi la totalidad de los pilotos manifiesta el devastador efecto que les provocan en la vida familiar las operaciones militares que realizan. En ellas, las más de las veces, hay altísimos componentes de ansiedad, adrenalina y, en muchas ocasiones, estos ataques remotos implican realizar acciones que se cobran vidas humanas. Incluso en algunas de esas operaciones existen “daños colaterales”, con muertos civiles e incluso niños, cuando están en juego objetivos como un líder del Estado islámico o un terrorista buscado durante años.</p>
<p>Inicialmente se pensó lo contrario, es decir, que evitar que los pilotos de naves tripuladas estuvieran en masa en las zonas de operaciones permitiría que este otro tipo de “combatientes” llevara una vida más normal y sin tantos efectos del estrés postraumático propio de la guerra convencional. Quedó claro el error y la conciencia plena de que estos soldados entienden claramente que su accionar no es sobre un videojuego, sino sobre vidas humanas que quedan afectadas para siempre. A los pilotos les resulta intolerable cerrar sus computadoras y encontrar un mensaje de sus esposas para que pasen por el supermercado o retiren a los chicos del colegio. Este tipo de trastorno de estrés postraumático (TEPT), presente tanto en aquellos que participan en una guerra como en otras situaciones límites (violaciones, desastres naturales, violencia doméstica, etcétera), generalmente provoca actitudes de evasión, revivir los hechos ocurridos, hiperexcitación o estados de ánimo negativos, todos ellos detectados tanto en estos militares como en aquellos que han puesto el cuerpo en el campo de batalla afgano o iraquí.</p>
<p>No hay duda de que los drones se seguirán desarrollando y que su empleo seguramente crecerá de manera exponencial. Ahora bien, lo que nos señala el surgimiento de estas graves dificultades es que se deberá analizar muy profundamente cómo atenuar las causas que provocan los trastornos y determinar acciones claras y concretas que permitan reducir su impacto. Al respecto es muy interesante leer los puntos de vista de P. W. Singer, uno de los mayores expertos en tecnología bélica del siglo XXI, quien no solo desarrolla desde hace años la importancia del empleo de los drones, sino que además plantea incómodas preguntas, como por ejemplo: ¿Cómo devuelve el terrorismo una acción realizada por drones provenientes de países desarrollados? ¿Cómo evitar que las filmaciones realizadas por drones no se filtren y se vuelvan un mero entretenimiento? También fue el primero en preguntarse sobre el efecto psicológico que estas acciones tienen sobre pilotos que no comprometen su físico a ningún riesgo y ejecutan operaciones devastadoras.</p>
<p>Miles de veces nos sorprendemos con actos violentos inexplicables, que son particularmente frecuentes en territorio estadounidense y que se llevan docenas de vidas en colegios o lugares pacíficos por la acción de personas desequilibradas que estuvieron vinculadas previamente a acciones de guerra en distintos lugares del planeta.</p>
<p><b>Los drones generan casos de estrés extremo en estos pilotos que, alejados de las zonas de conflicto, igualmente, están sometidos a tensiones propias de la guerra convencional</b>. Por esa razón deben ser objeto de todo cuidado antes de que esas situaciones de estrés los haga perder el control y generar consecuencias violentas, que ya hemos visto muchísimas veces en las noticias, sin encontrarles naturalmente una explicación convincente.</p>
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		<title>Crisis no, guerra</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Feb 2015 11:27:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gustavo Gorriz</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La Yihad global, con su alto contenido de terror y las previsibles consecuencias de su profunda xenofobia y autoritarismo, en nada se parece a una <i>crisis</i>, palabra cuya definición alude a un cambio súbito y violento pero acotado a un lapso de tiempo breve y determinado. <strong>Cuando hablamos de yihadismo, lo cierto es que se trata de un ataque global y poco importa si se llama Al Qaeda, Estado Islámico (EI) o Boko Haram, organizaciones que acarrean la muerte no solamente a Siria, Irak, Libia, Nigeria, Pakistán o Afganistán, sino a todo el mundo.</strong> <i>Charlie Hebdo</i>, el semanario víctima de un atentado en París que se cobró 17 víctimas y provocó la mayor marcha pública desde la Segunda Guerra Mundial, es prueba de ello, porque no hizo otra cosa que traer a cada una de nuestras casas la irrefutable prueba de que el terrorismo internacional no es una simple crisis, sino una verdadera <i>guerra</i>, y que, tal como manifestó el Ministro de Defensa francés Jean Ives Le Arian, “una guerra que será larga” y para la cual debemos prepararnos.<span id="more-108"></span></p>
<p>Algunos días después del atentado en París, <strong>ocurrió la muerte del fiscal Nisman en Buenos Aires, a quien también alcanzó la larga mano del terrorismo que en nuestro país se cobró 85 vidas</strong> un 18 de julio de 1994. en el atentado a la AMIA. Días después de la muerte del fiscal, la presidenta se refirió a este acontecimiento por cadena nacional como un posible hilo de Ariadna que permitiría llegar a los culpables del atentado a la mutual judía, para lo cual introdujo el relato mitológico que cuenta el modo en que Teseo logra salir del laberinto al que entró para matar al Minotauro, gracias la hilo de oro entregado por Ariadna.</p>
<p>Pero hay otro modo de analizar la cuestión y es focalizarnos, más que en el hilo de Ariadna, en el Minotauro, ese ser mitológico mitad hombre, mitad toro, que exigía la entrega de siete jóvenes y siete doncellas a sus enemigos. <strong>Porque el terrorismo es ese monstruo que devora las víctimas indefensas en una guerra sórdida y de un fanatismo absoluto</strong> que, tal como nos muestran las redes sociales, ha traído a nuestras vidas diariamente insensibilidad, locura y muerte.</p>
<p>Si consideráramos el atentado a la Embajada de Israel en 1992 y el atentado a la AMIA en 1994 como puntos de partida, el terrorismo, ese monstruo fanatizado, ya se ha cobrado la vida de miles y miles de víctimas. Las Torres Gemelas, los trenes de Atocha en Madrid, el metro en Londres, las oficinas de la ONU en Argelia o el centro comercial Nairobi (Kenia) son solo algunos de esos ejemplos. Esa larga lista termina con la reciente muerte del periodista japonés Kenji Goto, de la cadena televisiva NHK y de la TV Asahi, secuestrado en Siria y cruelmente decapitado en el desierto. Se suma además, en estas horas, la macabra ejecución del piloto jordano Muaz Kasasbeh, quemado vivo por los yihadistas ultraislámicos ante el horror de la comunidad internacional.</p>
<p>El mundo está en peligro, como se nos recuerda a diario, y pensar que lo que debemos superar es una simple crisis resulta una verdadera tontería. El Papa Francisco, en su homilía en el cementerio de Fogliano Redipuglia, que alberga a miles de caídos en la contienda mundial de 1914-1918, lo explicó claramente. En esa oportunidad <strong>hizo referencia a una Tercera Guerra mundial, combatida por partes y azuzada por intereses espurios como la codicia.</strong> No hizo otra cosa allí que referirse a ese laberinto en el que todos estamos perdidos.</p>
<p>Entonces, el terrorismo internacional es el monstruo, ese que desenvuelve en un laberinto gigante –el mundo entero– y que se transforma indistintamente en una u otra organización. Y<strong> el mundo está en guerra, no en crisis, y aún no hay un Teseo; ergo, tampoco hay un hilo de Ariadna que, terminado el peligro, nos permita salir del laberinto.</strong></p>
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