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	<title>Gustavo Gorriz &#187; Rosario</title>
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		<title>Ganas de matar</title>
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		<pubDate>Wed, 26 Feb 2014 11:23:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gustavo Gorriz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<category><![CDATA[Carlos Marcelo Fernández Durañona]]></category>
		<category><![CDATA[Claudia Piñeiro]]></category>
		<category><![CDATA[Horas oscuras]]></category>
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		<category><![CDATA[revista DEF]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: left;">&#8220;Hace un par de semanas, le pegaron un tiro a Cacho. Le robaron el celular, le apuntaron a la cabeza y le dispararon, pero no lo mataron. Cacho tiene una librería escolar a unas veinte cuadras de donde vivo. Tuvo suerte, la bala apenas le rozó el parietal. Estuvo unos días internado en el hospital municipal y luego volvió a su casa. No salió en los diarios. Si lo que le pasó hubiera ocurrido diez años atrás, a lo mejor la historia nos sorprendería y generaría el interés periodístico necesario para convertirla en noticia. Sin embargo, <strong>hoy parece no ser novedad que alguien esté dispuesto a matar a otro después de robarle su teléfono móvil</strong>. Solo algunos diarios zonales se acercaron a preguntar detalles de lo sucedido. Pero Cacho no tiene ganas de hablar.&#8217;Para qué&#8217;, dice. Cuenta lo indispensable: a las siete de la tarde de un día cualquiera, cerraba el portón de su casa en un barrio de gente de trabajo del cono urbano bonaerense cuando se acercaron unos chicos a robarle el celular, se lo dio pero no fue suficiente y le dispararon a la cabeza. Nada que, detalles más, detalles menos, no hayamos escuchado antes&#8221;.</p>
<p style="text-align: right;"><strong>Claudia Piñeiro</strong></p>
<p>Con el extracto de este texto de la exitosa escritora argentina, se iniciaba un editorial (<strong><em>Horas oscuras</em></strong>) que publicamos en la <strong>revista <em>DEF</em></strong> en un ya lejano marzo de 2008. Hace pocos días, y cumpliéndose lo que auguraba aquel texto –solo que con un final más triste– fue asesinado en <strong>Quilmes</strong>,<strong> Carlos Marcelo Fernández Durañona</strong> en una entradera en la puerta de su casa. El abogado apenas alcanzó a pedir que no se llevaran a su esposa Verónica durante el robo del auto con el que ella llegaba del trabajo y por toda respuesta recibió un disparo en el pecho y murió en minutos. Su mujer fue liberada en <strong>Bernal</strong>, previo canje de 500 pesos, 300 dólares y dos computadoras. Esposa viva, marido muerto. Delincuentes casi tan pobres como al principio del raid.</p>
<p><span id="more-31"></span>Este es el valor de una vida hoy en la Argentina. Solemos recordar que este tipo de hechos no ocurrían en nuestro país, eran tiempos en que los vecinos se “ventilaban” en las veredas de los barrios. La costumbre continuaba hasta bien entrada la noche y formaba parte de la serena vida de nuestra comunidad. Pero sucede que esas historias son cosas del pasado, definitivamente del pasado. <strong>La vida hoy vale 500 pesos, 300 dólares y dos computadoras</strong>. Hace siete años, Claudia Piñeiro prologaba aquel antiguo editorial. Las horas son mucho más oscuras que entonces. Han crecido las ganas de matar.</p>
<p>En la Argentina de estos días, los funcionarios discuten y no logran ponerse de acuerdo en cuestiones básicas vinculadas al delito y al narcotráfico y a las probabilidades de combatir con éxito estos males que, como la hidra de Lerma en la mitología griega, regeneran doblemente cada cabeza cortada. Esta pelea se extiende incluso a las estadísticas, a las cantidades de homicidios, a los responsables de la trata de personas y a cuál es la verdadera realidad de la droga. En casi ningún tema se ponen de acuerdo, en esta lucha diaria, desigual y hasta la fecha, perdidosa.</p>
<p>No es cuestión de caerles a los políticos con rencor, no dudo de su inteligencia ni de su dedicación a la tarea encomendada. Lo que sí sospecho –y creo que esta sospecha es compartida cada vez más por más ciudadanos– es que sus opiniones están vinculadas a sus cargos y responsabilidades y que no parecen mostrar en sus discursos las firmes convicciones que requiere el dramatismo del ahora. La pregunta que nos hacemos es qué pasaría si estos intercambiaran roles en los puestos de gobierno, si serían capaces de decir mañana lo contrario de lo que hoy afirman. También nos asiste la supina certeza de que si alguno de ellos fuera mañana oposición, radicalizaría geométricamente cada uno de sus argumentos. Creo que nuestra sociedad está agotada de ver esconder a sus muertos debajo de la alfombra, de mirar los fardos encendidos que se arrojan unos contra otros y de escuchar declaraciones cargadas de dramaturgia y ausentes de cualquier contenido.</p>
<p>Ya Carlos M. Fernández Durañona es historia, seguro le ganó la pulseada la última declaración prostibular de la <strong>Ritó</strong>, que nombre llevará el nuevo bebé del Diego o los muertos que dejaron en <strong>Rosario</strong> la banda de “<strong>Los Monos</strong>”. El fin del joven abogado de Quilmes ya es historia para todos, menos para sus deudos. Ellos ya no se reirán nunca más durante años, seguramente no festejarán la Navidad y el cumpleaños 44 de Carlos solo será un calvario a superar. <strong>A lo mejor, para el “fierita” que lo mató sin piedad, su muerte es la consecuencia de haber tenido una casa, de haber tenido un auto, de haber soñado un futuro… ese futuro que quizás para él jamás existió.</strong></p>
<p>Lo poco que vale la vida en nuestra sociedad no es obra de un par de casos aislados ni una casualidad no cuantificable. La vida no vale nada porque hay miles de personas excluidas que no trabajan y que no estudian, también porque la violencia y la droga hacen estragos con ellos; la pérdida de valores esenciales se refleja además en todos los niveles de nuestra sociedad. Los más excluidos jamás están a mitad de cuadra –eufemismo solo para decir que “curten la esquina”–: son los pibes con horas y horas sin hacer nada, son los consumidores de paco, esos que se turnan para limpiar parabrisas, esos que esperan a la abuela descuidada o a la escolar que regresa a su casa. Buscan hacer la plata para vivir hoy, mañana será otro día.</p>
<p>Disculpen todos, pero acá sí que no hay tu tía, un deterioro de este calibre se gesta durante décadas y excede al oficialismo de turno. Es más, excede a la propia política y es responsabilidad de todos. Dicen que “a los tibios los vomita Dios”, este diagnóstico es una cuestión de Estado donde el individualismo y la conveniencia política es el peor veneno posible. Una pelea frontal de todos los estamentos del Estado y una sociedad involucrada, quizás permitirían hacerle saber a <strong>Escobar Gaviria</strong> en el infierno, que sí es posible vencer estos gravísimos flagelos.<strong> Recuperar la paz a tiempo le permitirá al vecino volver a la vereda “a tomar el fresco”, al decir de nuestros abuelos. Ganar esa batalla tiene que ser posible.</strong></p>
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		<title>Narcotráfico: la salsa y el 11/14</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Jan 2014 18:37:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Gustavo Gorriz</dc:creator>
				<category><![CDATA[Sin categoría]]></category>
		<category><![CDATA[América latina]]></category>
		<category><![CDATA[Argentina]]></category>
		<category><![CDATA[Bertold Brecht]]></category>
		<category><![CDATA[Carlos Arriola]]></category>
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		<category><![CDATA[Rosario]]></category>
		<category><![CDATA[Rubén Blades]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Cuenta la leyenda que, cuando el cantante panameño<strong> Rubén Blades</strong> le presentó a su productor <strong>Gerry Masuchi</strong> la canción<strong> Pedro Navaja,</strong> este la vetó instantáneamente por prolongada (duraba más siete minutos) y por considerarla poco bailable. Corría 1978 y, gracias a la insistencia de su autor, fue grabada y se convirtió finalmente en la salsa más escuchada de la historia. Esta canción urbana, de la cual <strong>García Márquez</strong> dijo haber querido ser el autor, narra una escena violenta y estereotipada en un barrio pobre latino. Con inesperado humor negro, participan tres actores principales: Pedro, el maleante que no había encontrado presa en su día; la prostituta, también sin clientes para “hacer pesos con que comer”, y el borracho presencial que aprovechará el drama que se está por desatar. El recorrido lleva a Pedro a intentar robar a la mujer, a quien en el forcejeo apuñala, mientras esta saca una<strong> Smith &amp; Wesson</strong> con la que le dispara y lo hiere de muerte; la casual presencia del tercer actor lo lleva a aprovecharse de la situación huyendo con el puñal, el revólver y el escaso dinero de los caídos. “<strong>La vida te da sorpresas</strong>, sorpresas de te da la vida, ay, Dios”, canta en la huida el afortunado con su botín.</p>
<p>Esta maravillosa canción, tan valiosa en sí misma, está tomada de una obra de <strong>Bertold Brecht</strong> y se transformó en un clásico eterno al contar las desventuras que la<strong> pobreza</strong>, la <strong>droga</strong> y la <strong>ausencia de oportunidades</strong> provocan en los más desvalidos. Un camino que lleva o a un desenlace fatal o, en el mejor de los casos, a una triste vida de desaliento y miseria. Ambientada en el bajo <strong>Manhattan</strong>, en <strong>Nueva York</strong>, en una zona habitada por inmigrantes puertorriqueños en barrios de alta tasa de criminalidad, podría en realidad trasladarse a muchas de las ciudades de <strong>Centroamérica</strong> de la época sin casi ningún cambio escenográfico.</p>
<p><span id="more-10"></span>Durante decenas de años, la <strong>Argentina</strong> cantó Pedro Navaja, recibió y festejó a <strong>Rubén Blades</strong> y repitió esa hipnótica letra ajena a nuestra cotidianeidad, pero pegadiza y perfecta en su construcción dramática. De repente, para el gran público –pero podríamos decir que lentamente para los expertos– Pedro Navaja, la prostituta y el borracho se instalaron en nuestra realidad. Parece, además, que se instalaron con la intención de quedarse.</p>
<p><strong> Rosario</strong>, por citar una de nuestras ciudades donde se desarrolla el nuevo drama, ha pasado un enero plagado de homicidios, homicidios cuyas características ni siquiera existían hace veinte años: <strong>muertes mafiosas</strong>, con la voluntad explícita de que lo mafioso se manifieste, haciendo de cada una de esas muertes una ceremonia macabra. Una tasa de 22 asesinatos cada cien mil habitantes coloca a esta ciudad entre las más violentas de <strong>América Latina</strong>, acompañando como dijimos, la masa de esas muertes con el sello de docenas de proyectiles y ejecuciones sumarias finales, más de las veces innecesarias. “Avisos”… que le dicen.</p>
<p>Por nombrar un caso, <strong>Carlos Arriola</strong> vivía en libertad vigilada por una causa de drogas desde el 2007. El sábado 18 de enero esperaba que su hijo Sebastián finalizara unas compras en un supermercado. Eran las 14 hs. y dos hombres en moto y a pleno sol le tiraron nueve veces con una pistola 9 milímetros y lo remataron con un tiro en la cabeza. Especula la policía, con un posible “<strong>vuelto en un tema de drogas</strong>”.</p>
<p>Sólo un caso entre una docena de casos, consecutivos y vinculantes, donde un Pedro Navaja dijo presente, mientras los indigentes se llevan lo que sobra y cientos de prostitutas pelean por el mejor cliente en el Gran Rosario. Llegó Pedro con su violencia, con su indiferencia a la hora de matar o morir. Entre tanto, toda una dirigencia política dormía la siesta, los dejaba crecer, crecer dentro de una sociedad que aún no conocía el drama de morir por veinte pesos.</p>
<p>Se cierra esta nota y falta el 11/14… ¿Error de tipeo? No. Dicen los que saben que un camión de gran porte es muy difícil de detener a alta velocidad; dicen también que muchos accidentes se producen por la imprudencia de terceros inexpertos, que desconocen esta realidad. Bien, el narcotráfico es hoy en la Argentina ese camión de gran porte y al que le dejamos tomar alta velocidad durante años. <strong>Detenerlo no será fáci</strong>l. Toda la energía y toda la voluntad política serán más que necesarias. ¿La tenemos?</p>
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